Historia de la Transición y novela negra: “Las apariencias no engañan” de Juan Madrid

La editorial Alianza, con verdadero acierto, ha decidido reeditar en este año 2019 varias novelas de uno de los grandes maestros del género negro en España: Juan Madrid.

Así se ha creado una ocasión tan buena como otra cualquiera para leer, o re-leer, por ejemplo, “Las apariencias no engañan”.

Y ahora, naturalmente, cabe preguntarse, qué se va a sacar de esa lectura, o relectura. de esa novela de la serie que Juan Madrid dedicó a su personaje estrella, el decantado Antonio Carpintero. Conocido por el alias de Toni Romano que, como leemos en alguna de las novelas del autor en las que reaparece años después -“Adiós Princesa”, por ejemplo- no parece agradarle mucho.

La respuesta a esa pregunta es que la lectura, o re-lectura, de la reeditada “Las apariencias no engañan” puede resultar muy provechosa en una España actual que, hoy, mira hacia atrás, hacia la Transición a la democracia que la fundó, quizás no con ira pero si con cierta incertidumbre, preguntándose si aquel fue el camino correcto o, cuando menos, si ese camino -que parecía ser el menor de los males- no se anduvo con pasos torcidos que puedan acabar en otra estrepitosa caída histórica. Una de esas que el público general español parece esperar, por sistema y desde los tiempos de Cánovas del Castillo que, en buena medida, fue el instaurador de esa malsana costumbre.

Así es, “Las apariencias no engañan”, aparte de ser una ágil y magnífica novela negra como las que el autor lleva años escribiendo, es también, ya, un documento histórico para reconstruir aquella época que, aunque no lo parezca, queda muy distante en el tiempo.

“Las apariencias no engañan” es también una fiel criatura de su creador. Contiene todos los elementos propios del universo literario de Juan Madrid. Es decir, una ácida mirada sobre el Mundo, en sus aspectos más sórdidos y en los más brillantes, hecha desde una izquierda desengañada, sin embargo, de los paraísos artificiales del presunto “socialismo real”. Esa misma mirada crítica cae en “Las apariencias no engañan”, como un rayo que no cesa, sobre la España que se zafa -aparentemente- del pesado manto de la dictadura franquista hace ahora cuatro décadas, en el momento histórico que refleja esa novela como telón de fondo.

En ese lugar y momento se encuentra Antonio Carpintero, conocido por su padre -y amigo- literario como Toni Romano. Personaje perseguido durante años por su propio autor y que en “Las apariencias no engañan” nos describe su vida y con ella su época histórica.

Antonio Carpintero es un superviviente. Un chaval salido de los barrios pobres de un Madrid miserable (el que ha dejado tras de sí la guerra civil provocada por monárquicos y franquistas diversos) que trata de abrirse camino primero boxeando y, casi al mismo tiempo, ingresando en la Policía del Régimen.

En ella pasará más de veinte años, pero finalmente renunciará a la misma, por una mera toma de conciencia. La que él mismo describe muy nítidamente y que se da cuando la experiencia le lleva a la conclusión de que la Policía, a diferencia de lo que él creía, es tan sólo una línea de contención de los poderosos frente a los robagallinas y desheredados que han creado previamente esos mismos poderosos. Es decir, la misma gente que ha puesto a Antonio Carpintero -por mera cuestión del azar del nacimiento- en los barrios pobres de Madrid de los que ha querido salir desde que tiene uso de razón.

Ese abandono del cuerpo policial por parte de Antonio Carpintero, lleva a este ex-policía a reaparecer en el Mundo como vigilante de un local de la noche madrileña de esa época en la que la dictadura agoniza y la democracia trata de consolidarse en España.

Ese trabajo, como en toda buena novela negra, lleva a Antonio Carpintero a cruzarse con el reparto habitual en el género: es decir las clases altas locales provocando misterios sin resolver y complejas tramas debido a sus negocios turbios, la bella mujer perteneciente a dichas clases entrometiéndose en la investigación, seduciendo al detective (ya sea profesional o amateur), policías estereotipados que cruzan de un lado a otro de la línea que separa la Ley y el Orden -al que se supone deben servir- para entrar a codearse con el Crimen que -también se supone- deben combatir porque así lo ordenan los poderosos que han puesto en marcha todo el embrollo a base de una despiadada ambición.

No faltan a la cita viejos policías duros pero íntegros. Tampoco, por supuesto, toda clase de hampones y otras personas de vida maltrecha como prostitutas y “taitas” y otros macarras. Alguno de los cuales, aparte de haber hecho una buena amistad con Antonio Carpintero durante y después de su salida de la Policía, servirán de esas víctimas propiciatorias -caídas en accidentes de lo más sospechoso- que no pueden faltar en una buena novela negra como lo son las que salen de mano de Juan Madrid.

La novedad en “Las apariencias no engañan” es que todo ese elenco, habitual en toda novela policíaca, en este caso refleja a la España de la Transición.

Una en la que el Franquismo sigue pegado, como moho, a las paredes de las comisarias y a los polis, tanto veteranos como más nuevos -los de la generación aún joven que representa Antonio Carpintero- así como, por supuesto, a las clases dirigentes que detonan la intriga que da vida a “Las apariencias no engañan”.

Los personajes de esta novela, en efecto, son caras conocidas. Vistas algunas en las películas del primer Almodóvar, en la trilogía “Nacional” de Berlanga y, por supuesto, en “El crack” de Garci.

De ahí sale la lección fundamental de Historia que puede ofrecer, más allá de la novela negra, “Las apariencias no engañan”: mostrarnos de qué clase de material estaba hecha la sociedad española en un pasado reciente, que para muchos no es Historia, sino un recuerdo personal.

Gente que cobijaba, perfectamente, toda la sordidez -a alta y baja escala social- que discurre paralela a esas familias de la, finalmente, triunfante clase media que Antonio Carpintero ve en las páginas finales de “Las apariencias no engañan”, viviendo plácidamente sus cómodas y ya finalmente democráticas circunstancias en bonitos chalets suburbanos. Unos que, sin embargo, alojan entre sus vecinos a personajes salidos de la miseria rural importada a Madrid por los Planes de Estabilización de 1959 en adelante, que han conseguido catapultarse hasta ese nuevo status únicamente merced a sus tratos oscuros con las clases dirigentes que son el primer motor de la novela.

Sin duda una inquietante -pero necesaria- visión de la que el autor, Juan Madrid, ha hecho el eje principal de la mayor parte de su obra. En algunos casos crudamente explícita, como en el desasosegante recorrido por los últimos 80 años de Historia de España -desde la Guerra Civil hasta la crisis de 2011- reflejado en la que han definido como su novela más ambiciosa. Esto es: “Perros que duermen”.

Todo ello, en definitiva, hace que la oportuna reedición de “Las apariencias no engañan” en este año 2019 nos permita volver sobre nuestros pasos, hacia 1978. Cuando se reinstauraba -prácticamente por decreto- un régimen democrático en España. Se trata de un viaje lleno de emociones vertiginosas, a veces mareantes, pero, por eso mismo -como todas las experiencias extremas- es un periplo enriquecedor. Como no podía ser menos al ir por esos parajes de nuestra memoria -a veces tenebrosos, a veces brillantes- de la mano de un Virgilio llamado Juan Madrid…

 

Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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