La “Gran Guerra” vista desde África: “Hermanos de alma” de David Diop

El aniversario de la Primera Guerra Mundial, no hay duda, ha generado un buen número de relatos, novelas… que han ido a engrosar lo que ya se escribió en su momento. Cuando los acontecimientos se estaban desarrollando hace ahora cien años.

Las páginas de “La novela antihistórica” han tomado buena cuenta de esas nuevas producciones. Hay más de una reseña que lo demuestra. Alguna con apenas un año de antigüedad. Como ocurre con el caso de “Los desertores”.

Así pues, se podría decir que “Hermanos de alma”, la primera novela del profesor David Diop, sólo sería una novela más sobre la Primera Guerra Mundial escrita desde la perspectiva de quien cuenta los hechos cien años después.

En cuestiones como la Literatura, la Historia… las opiniones subjetivas tienen un mayor peso que en las llamadas Ciencias Exactas. Por lo tanto afirmar, aunque no sea rotundamente, que la novela de Diop no es una novela más sobre la Primera Guerra Mundial escrita a cien años de distancia de los hechos, podría ser arriesgado. O cuando menos discutible.

Sin embargo, hablando de Literatura o Historia como ciencias sociales se pueden aportar, como en todas las ciencias, hechos objetivos que respalden lo que, de otro modo, podría pasar tan sólo por una opinión subjetiva.

Los hechos que demuestran que la novela de David Diop es algo cuando menos relativamente original, son unos cuantos. Justo los que se van a describir después de este párrafo.

Lo primero que hace interesante, y original, la novela “Hermanos de alma”, como novela histórica -si es que acepta esa descripción- es que nos describe la “Gran Guerra” desde una perspectiva a la que estamos poco acostumbrados en Europa.

A saber: la de un fusilero senegalés, un soldado “chocolate” -como se dice en la misma novela-, un negro del año 1914. Es decir, alguien que desde la perspectiva de los blancos de la época -o “toubabs”, por usar la expresión senegalesa que también se utiliza en la novela- sería, en el mejor de los casos, miembro de una raza vista como menor de edad y necesitada de la protección y guía de las razas presuntamente avanzadas y civilizadas. En el peor de los casos, ya se sabe, el soldado “chocolate” sería un salvaje.

Y en esta cuestión del salvajismo el profesor Diop, senegalés él mismo, educado a caballo entre esa nación africana y la antigua metrópoli francesa, se sumerge con verdadera inteligencia.

A través de la voz de Alfa Ndiaye, el protagonista absoluto de “Hermanos de alma”, Diop nos introduce en el mundo de esos jóvenes africanos que, ahora hace un siglo, fueron llamados a filas por la metrópoli para salvar esa supuesta superior civilización europea -en su versión francesa- a la que ellos deberían estar tan agradecidos.

Y al entrar en ese mundo peculiar, descubrimos muchas cosas sobre la África y la Europa de hace cien años. Lo primero, que los pretendidos salvajes quizás no lo son tanto, aunque al “toubab”, al blanco garante y emisor de la supuesta civilización, le viene bien que los presuntos salvajes actúen precisamente así, como salvajes. Para intimidar a otros “toubabs” que, según su versión de los hechos, no están lo bastante civilizados. Cual es el caso de los alemanes. Esos a los que la propaganda aliada de 1914 describe como “hunos” y cuyo supuesto salvajismo, paradójicamente, hay que contener con más salvajismo. Presuntamente importado -como tantos otros bienes- de las colonias africanas.

El choque con esa paradoja -que es la base de lo que realmente fue la Primera Guerra Mundial- es el eje en torno al cual girará el relato de Alfa Ndiaye que, desde la perspectiva de un muchacho senegalés de campo, rural, no demasiado interesado en aprender nada, ni siquiera el Corán, acaba descubriendo que los verdaderos salvajes son los civilizados “toubabs” que exigen de los soldados “chocolates” que se comporten como tales para amedrentar a otros presuntos salvajes. Blancos y germánicos por más señas…

Alfa Ndiaye se pierde en ese laberinto, cuando se enfrenta a la barbarie científicamente diseñada por la presunta raza superior de los “toubabs”. Eso empieza con la agonía de su amigo -una que recuerda al relato “La muerte de Dolguchov” de la “Caballería roja” de Isaak Babel-, curiosamente un miembro de la saga Diop (¿tal vez el abuelo del propio autor?) convertido en un sucio despojo, sin asomo de dignidad humana ya, por culpa de un soldado alemán que lo abre en canal con su bayoneta. Por ahí Alfa desciende a los consabidos abismos de la locura. A ese corazón de las tinieblas conradiano del que “Hermanos de alma” parece ser una imagen especular escrita en África.

Desde esa cordura que disminuye paulatinamente a medida que se desarrolla la novela, David Diop, por boca de un Alfa Ndiaye acorralado -dentro de su cabeza y dentro de la ya incivilizada civilización europea- describe un mundo en el que el cielo se cubre de acero hirviente, en cantidades anómalas, que mata sin cesar, y la tierra se convierte en una larga cicatriz de trincheras que Alfa Ndiaye compara -seguro que no por casualidad- con una vagina que pare soldados o que los acoge como un útero protector. La visión demencial del Mundo que facilita ese sector del mil veces descrito “Frente occidental”, no se detiene ahí. En ese mundo de locura Alfa Ndiaye se vuelve loco, pero lo hace de un modo al que los supuestamente civilizados “toubabs” del 1900 no han hecho ascos. Así Alfa, buscando expiar la muerte de su amigo y compañero, más que hermano, Mademba Diop, se infiltra en la Tierra de nadie, captura soldados alemanes, los destripa y posteriormente regresa a su trinchera-útero con dos trofeos: el fusil del enemigo abatido y la mano amputada como señal de que no volverá a ser utilizada contra los soldados “chocolate” o “toubab”. Algo que recuerda mucho a las coletas de “bóxer” cortadas por soldados alemanes enviados a sofocar esa rebelión china en 1900. Macabro episodio que utilizaba el primer relato del “Mi siglo” de Günter Grass y que parece haber inspirado esa parte de “Hermanos de alma”…

En cualquier caso, una muestra de sana ferocidad -para el año 1914- que es recibida con entusiasmo por sus compañeros, africanos y europeos, hasta que, a partir de un determinado número, esas manos amputadas empiezan a despertar los miedos atávicos tanto de unos como de otros. Para los africanos Alfa es un brujo, un devorador de almas al que conviene no provocar. La superstición más desarrollada de los “toubabs” considera que Alfa, en realidad, es un loco. Uno más de los muchos que producirá esa “Gran Guerra”.

Es así como David Diop elabora una primera novela corta pero magistral. Donde se describe sin concesiones la Primera Guerra Mundial, desprovista de todo baño civilizatorio, de toda explicación intelectual. Reducida a su osamenta básica de locura colectiva, de racionalidad y Ciencia puesta al servicio de la Barbarie -de toda raza y color- más primaria.

Diop, a través de la voz del cada vez más enloquecido Alfa Ndiaye, nos describe también otros hechos históricos ligados con esa “Gran Guerra”. Como el colonialismo europeo que más adelante producirá el subdesarrollo que padecemos hoy día -aunque sea en distinta medida- tanto en África como en una Europa que soporta el peso de una inmigración no deseada y mal aceptada, pese a ser la última responsable del problema.

Pero ese relato no es en absoluto maniqueo. Ese colonialismo no se da sin la ambición de los propios africanos. En este caso la de Mademba Diop, el más que un hermano de Alfa Ndiaye, que, descubrimos, ha muerto porque ha ido voluntariamente a esa guerra de los “toubabs” con el fin de ganar ascendiente en el Senegal colonial y convertirse en un hombre rico y poderoso por medio del comercio. Es decir, en uno de esos que constituirán las élites que traen tanto la descolonización como el subdesarrollo posterior basado en el Neocolonialismo. El mismo que se incuba cuando la frágil economía tradicional -ganadera y agrícola- de, por ejemplo, Senegal, empieza a ser sustituida -ya antes de la “Gran Guerra”- por monocultivos coloniales como el cacahuete. Algo a lo que se opone el padre de Alfa (con una serie de razones que describen perfectamente la génesis del Neocolonialismo y subdesarrollo actuales que soporta buena parte de África), pero no así el padre de la muchacha que será su primer -y último- amor.

David Diop es también lo suficientemente sutil y sincero como para, por esa boca de Alfa Ndiaye, que dice hablar con la verdad de Dios en todo momento, descubrirnos que ese colonialismo francés tiene también sus ventajas, que realmente sí trajo algo parecido a la civilización. Por ejemplo, una fuerza militar -la de los fusileros senegaleses, un puesto de prestigio, bien pagado, al menos en 1914, que por eso mismo atrae a Alfa Ndiaye- que pone coto a las razzias de los esclavistas del Norte de África.

Personajes históricos y reales que, como vemos en “Hermanos de alma”, juegan un papel discreto, pero psicológicamente capital, en el desarrollo de los hechos que describe esta pequeña gran novela en la que se nos regala una visión de nuestra Primera Guerra Mundial (y de sus consecuencias actuales) poco conocida. Pero, por eso mismo, interesante, imprescindible incluso para comprender mejor el mundo que hoy nos rodea…

 

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