Amor, Muerte y Fantasía en la época victoriana. “El relojero de Filigree Street” de Natasha Pulley

¿Empezamos hablando de lo que puede no gustar a algunos en “El relojero de Filigree Street” de Natasha Pulley, que debuta con esta novela?.
No tiene porque ser un mal comienzo. Al fin y al cabo todo en esta vida siempre es susceptible de mejorar. Incluidas las reseñas de “La novela antihistórica”. De entrada hay que decir que esta primera novela de Natasha Pulley tiene muy pocos fallos que se puedan volver contra ella. De hecho, hay en ella verdadera maestría – extraña en una primera novela, aunque sea de una licenciada en Literatura de Oxford- que flaquearía sólo en un punto: los diálogos de los personajes de esta novela, muy coral en ocasiones -como poco a dos voces, casi siempre- son los de personas rematadamente ingeniosas e inteligentes. Y además ingeniosas e inteligentes en el modo que se consideraba ser ingenioso e inteligente en las clases altas de la Inglaterra victoriana.

Parece obvio que Natasha Pulley ha tratado de evitar ese tono monocorde que puede resultar muy bien desde el punto de vista de la prosa poética, pero que también puede restar veracidad -y acaso garra- a la novela.

Es para lo que parece estar ahí, en las primeras páginas de “El relojero de Filigree Street”, George, el mendigo que vive a la puerta de la pensión en la que se aloja Nathaniel Steepleton, el protagonista principal de esta novela. O también, aunque en menor medida, Seis, la hospiciana que emplea -a veces- en su taller el barón Keita Mori, otro de los grandes protagonistas de esta novela.

Sin embargo, aparte de esas excepciones notables, el tono predominante en la mayoría de los diálogos de “El relojero de Filigree Street” es el de un ácido, sarcástico, humor de clase media alta inglesa de la época que parece derramarse -como una inusitada bendición- en una sociedad donde el acento marcaba barreras infranqueables y, de hecho, era una seña de identidad, una huella indeleble, verdaderamente útil para avezados detectives, como nos descubrió Arthur Conan Doyle.

Pero, más allá de eso, ¿qué hay de malo en “El relojero de Filigree Street”?. Realmente nada. Claro está, más allá de la subjetividad de cada cual.

Toda la novela funciona como un mecanismo de relojería sofisticado. Como los creados por el barón Keita Mori. Y gracias a él Natasha Pulley nos da un paseo, a ratos agradable, a ratos inquietante, por el Japón Meiji y la Inglaterra de la reina Victoria.

Básicamente los personajes de “El relojero de Filigree Street” se mueven en un mundo en el que el Japón tradicional se desmorona por decreto dictado por el emperador Meiji, en el año 1868, que, escarmentando en cabeza ajena -como se suele decir-, en este caso en la del Imperio chino, toma las medidas para que Japón pueda hacer frente a los bárbaros extranjeros utilizando sus mismos métodos. Desde la moderna administración pública hasta los periódicos, pasando, por supuesto, por el Ejército.

De esa realidad compleja emerge Keita Mori, que constituye prácticamente la columna vertebral de “El relojero de Filigree Street”. Es un pequeño barón, un miembro secundario de uno de los principales clanes nobiliares japoneses cuyos miembros, en 1871, durante la hoy famosa -gracias a “El último samurai” de Edward Zwick- serie de enfrentamientos entre tradicionalistas y modernizadores, cerrarán filas a favor del emperador Meiji y apostarán por una occidentalización que, como demuestra la situación del propio Keita Mori en uno de los momentos estelares de la novela -el capítulo 6, en el que la acción retrocede de 1884 a 1871- no termina de convencer a todos los miembros de dicho clan.

Una duda que el barón Mori, sin embargo, no tiene, sabiendo que su más probable futuro está en el Londres victoriano. Bastante lejos de ese mundo tradicional japonés en el que es una pieza que encaja bastante mal. Incluso peor de lo que encaja, por sus gustos sexuales, en una sociedad como la victoriana, en la que, finalmente y de acuerdo a su alambicado sentido de lo que significa la palabra “amor”, acaba, más que instalándose, enquistándose hasta que la línea principal de los acontecimientos se desarrolla.

A ese respecto la novela de Natasha Pulley cumple a la perfección con el adjetivo de “histórica” que ella misma le quiere dar, tal y como se deja ver en el capítulo de agradecimientos final.

También lo hace cuando se adentra en el Londres victoriano en el que transcurre la mayor parte de “El relojero de Filigree Street”, contando detalles curiosos sobre las mujeres de esa época, que reclaman su puesto en la sociedad con plenos derechos, iguales a los varones. Por ejemplo, cómo eludían uno de esos matrimonios de conveniencia completamente habituales en aquella sociedad, o, mejor aún, cómo revertían esa situación en favor de la mujer que se vería afectada por esa indeseable situación. Una labor que la protagonista femenina de la novela, Grace Carrow, desarrolla a la perfección cuando impone a su padre el candidato que mejor le conviene de acuerdo a sus intereses personales. Esos que pasan por continuar sus investigaciones sobre el éter como vehículo de transmisión de la luz de acuerdo a las teorías de Maxwell que, finalmente, serían descartadas por la de la Relatividad de Albert Einstein. La misma que declara inexistente ese fluido como transmisor de la luz o de cualquier otra cosa. Como posibles futuros aún por escribir cuya trama se teje y se desteje varias veces a lo largo de “El relojero de Filigree Street”.

La novela no olvida otros elementos históricos característicos de la época que ha elegido como marco. Algunos mejor conocidos, como la represión de determinadas conductas sexuales -bien descrita gracias a “biopics” como la dedicada a Oscar Wilde con Stephen Fry en el papel protagonista-, algunos peor conocidos, como la fascinación victoriana por el Japón tradicional que se desmorona a golpe de decreto de la corte imperial Meiji y, sin embargo, los populares creadores de operetas en aquel Londres inefable, Gilbert y Sullivan, tratan de perpetuar en una de sus obras más populares, “El Mikado”, que, tal y como señala Nathaniel Steepleton, no describe precisamente el Japón de 1884, sino más bien todo lo contrario…

Junto a detalles como estos, que van creando una hábil atmósfera de inmersión en la época, Natasha Pulley habla también del incipiente Metro londinense, en el que se deben respirar los vapores de las máquinas previas a la electrificación en túneles subterráneos y mal ventilados, o del conflicto con los independentistas irlandeses que confían en acelerar -por medio de bombas- las gestiones de su representante Parnell en el Parlamento de Westminster.

Sobre esa trama histórica más que menos sólida se desarrolla un relato donde se mezcla una historia de intriga y ribetes entre fantásticos y seriamente científicos. Al menos todo lo seriamente científicos que puedan resultar las lucubraciones de Física protocuántica con las que Grace Carrow trata de explicar lo que está ocurriendo a su alrededor, la marea de acontecimientos que la envuelven y cuyo pulso principal parece salir del enigmático barón Keita Mori y su pequeña tienda de curiosidades. Ese lugar central de “El relojero de Filigree Street” en el que pretende pasar tan sólo por un relojero sumamente habilidoso, encerrado en capas y más capas de misterio personal que sólo se aclararán, por supuesto, en las últimas páginas de esta primera novela de Natasha Pulley.

Una que podrá gustar más o menos, pero no deja indiferente, sino más bien esperando a leer otras futuras obras suyas, en las que veamos materializadas muchas de las grandes promesas esbozadas en “El relojero de Filigree Street”.

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