Más allá de “Yo, Claudio”. “El rey de Nemi. El juicio de Calígula” de Sandra Parente

Ahora, otro 20 de cada mes, llega la hora de hacer frente a las consecuencias de haber aceptado el desafío de hacer una reseña de la primera novela de la historiadora y arqueóloga Sandra Parente, “El rey de Nemi”.

¿Cuál es el resultado? ¿qué se puede decir de “El rey de Nemi”, tras leer sus más de 400 páginas?

Lo primero, y quizás más importante, que es una atípica novela histórica. Sandra Parente se ha arriesgado mucho con ella. Es cierto que en “El rey de Nemi” hay elementos propios de la novela gótica y de terror. Esa que tiene tanto éxito. Así ocurre, por ejemplo, con los desasosegantes capítulos en los que se relata la muerte del emperador Calígula y cómo su alma vaga atrapada entre el Mundo de los Vivos y el Aqueronte, hasta que sólo años después de su muerte y enterramiento secreto, sus deudos le rinden los honores fúnebres debidos y necesarios.

Aquí Sandra Parente demuestra su buen conocimiento del mundo clásico y algo más difícil: convertir en una ficción sugestiva ese conocimiento.

Pero aparte de esos alardes de buena técnica, “El rey de Nemi”, no es la típica novela “de romanos” al estilo de Lindsey Davies o de Santiago Posteguillo.

Desde luego, se refleja con exactitud ese mundo como era de esperar en una especialista en esa época (licencias aparte, como poner la palabra “sadismo” en boca de romanos del siglo I antes y después de Cristo). Y hay una intriga básica en el relato, que impide dejar de leer la novela hasta llegar a su sorprendente epílogo, en el que la autora da toda una vuelta de tuerca a la cuestión de la Metempsicosis, o transmigración de las almas tras la muerte. (Lo que vulgarmente llamamos “reencarnación”).

Pero “El rey de Nemi”, como novela, da mucho más de sí. Va mucho más allá de todo eso. Va incluso más lejos que las novelas de Robert Graves, que precedió a todo lo que Lindsey Davies y Santiago Posteguillo han puesto en práctica después, y se tomó muy en serio esto de escribir novelas “de romanos”.

En efecto, “El rey de Nemi”, apuesta, con mucho valor, por el psicodrama, por una novela muy intelectual, que se arriesga a recuperar un hilo narrativo que, en la época de los videojuegos, la Imagen y las redes sociales, puede resultar, cuando menos, arriesgado como apuesta literaria.

Ese hilo en concreto, es el de la Literatura clásica más ancestral. La que se atribuye a un tal Homero, del que se duda siquiera si existió. Y, en tal caso, si llegó a escribir las famosas “Ilíada” y “Odisea”.

Sí, la mayor parte de “El rey de Nemi” retoma su hilo narrativo en el episodio en el que Ulises viaja al reino de los muertos, al Hades, y contempla allí esa cosa tan paradójica que es la vida de los muertos.

Así es, “El rey de Nemi”, como nos recuerda su subtítulo, se desarrolla en el Inframundo, en el Más Allá del Mundo Clásico, de la civilización griega y romana. En el reino de Caronte, del Can Cerbero y del rey Minos, que actúa como Juez Supremo en esas moradas infernales, decidiendo si las almas que llegan hasta él irán a los suplicios del Tártaro, al Purgatorio de los Asfódelos -donde tras un milenio de áurea mediocridad, beberán en las aguas del río del olvido y se reencarnarán- o a la Gloria eterna de los Campos Elíseos.

La mayor parte de las 400 páginas de “El rey de Nemi” tienen ese escenario, inamovible, escenificando el juicio de Cayo Julio César Augusto Germánico, el emperador romano más conocido como “Calígula”.

En ese escenario del Hades, ante el tribunal presidido por Minos, irán pasando testigos a favor y en contra de Calígula.

Unos traídos por su acusador, el implacable republicano Cicerón, enemigo jurado de la estirpe Julio-Claudia a la que pertenecía ese breve emperador y hoy día un personaje bien conocido gracias a otro de esos productos culturales que podemos etiquetar como “de romanos”. En este caso la notable serie de Televisión “Roma”.

Otros testigos serán llamados por el mismo emperador, que tratará de defenderse de las acusaciones que se le han acumulado hasta nuestros días. Sobre todo, conviene no olvidarlo, gracias a la novela de Robert Graves “Yo, Claudio” y, más aún, gracias a la famosa serie de Televisión de los años setenta basada en ella.

En ambos relatos, Cayo Julio César Augusto Germánico, Calígula, tenía un papel preponderante. No podía ser de otro modo, porque Claudio, el narrador de esos hechos en esa ficción, era su tío y, además, quien lo acabó sustituyendo en el trono una vez que fue asesinado.

Es aquí donde “El rey de Nemi” toma un giro inesperado, pues su autora (como era de esperar) se niega a endosar que lo que contaba sobre Calígula la novela de Robert Graves -y la serie- fuera cierto.

Así es, “El rey de Nemi” recoge todas las barbaridades que varios historiadores romanos, como Suetonio, atribuyeron a Cayo Julio César Augusto Germánico, alias “Calígula”, y, evidentemente, inspiraron las páginas de Robert Graves.

Aparece así la historia de cómo Calígula nombró cónsul a su caballo y lo trataba con más mimo que a su familia, alojándolo en unas lujosas cuadras hechas de mármol.

Aparece así también la historia de su crueldad enfermiza con quienes tuvieron la mala suerte de vivir junto a él.

También sus posibles relaciones incestuosas con su hermana Drusila (aunque más bien nada se dice de las que se le atribuyen con sus otras hermanas). Un tema que, de hecho, ocupa buena parte del clímax de “El rey de Nemi”.

Pero Sandra Parente no se conforma con un nuevo recitado de esos horrores. O de los horrores atribuidos al predecesor de Calígula, Tiberio, cuyos desenfrenos -que también ocupan unas cuantas hojas de “El rey de Nemi”- incluso han pasado al habla popular para describir una situación de disipación extrema.

En esta novela, Calígula tiene ocasión de defenderse, de dar su propia versión de los hechos, de negarlos. O de señalar que han sido exagerados con fines políticos. Algo que la autora -actuando como historiadora del mundo clásico más que como novelista- da a entender sutilmente en las páginas de “El rey de Nemi”.

De hecho, Sandra Parente, hacia la parte final de la novela, nos ofrece un retrato del emperador Claudio bastante diferente al del bondadoso y humanitario tullido -perpetuado por mano de Robert Graves- que no tiene más remedio que asumir el mando tras el asesinato, inevitable, de un Calígula que habría enloquecido paulatinamente. No dejando otra salida salvo la de quitarlo de en medio de una manera tajante y expeditiva…

El Claudio de “El rey de Nemi” es, en parte, el pobre tullido con aficiones intelectuales y despreciado por sus parientes que nos legó Robert Graves. Pero en la novela de Sandra Parente se insinúa con gran habilidad -de acuerdo a la pregunta heredada del Derecho Romano, y de la Oratoria del mismo Cicerón, el cui bono fuerit? (¿a quién beneficiaba?)- que, tal vez, Claudio era tan sólo otro hábil animal político típico de aquella Roma imperial. Extremadamente astuto y esperando su oportunidad, acechando las torpezas de un joven y enfebrecido, imprudente, emperador que pronto se enredaría en sus propios errores hasta quitarse de en medio él mismo sin demasiada ayuda exterior…

Básicamente eso es lo que se puede leer, y aprender, leyendo “El rey de Nemi”. Una información algo más sutil que la que han vertido en sus páginas quienes han precedido a Sandra Parente en la labor de escribir novelas “de romanos”.

Sin duda leer “El rey de Nemi” es un desafío difícil, como todos los desafíos, pero que los buenos lectores harían mal en rechazar. Pues así se estarían privando de la otra cara de la moneda a la que nos ha acostumbrado esa Literatura y Cinematografía “de romanos” que tanto nos fascina aún hoy día, 2000 años después de la desaparición de ese mundo sobre el que brevemente reinó Cayo Julio César Augusto Germánico. Más conocido como “Calígula”.

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