Los rincones oscuros del “Swinging London”. “Suerte maldita” de Danny Miller

Si algo ha conseguido el género negro en la segunda mitad del siglo XX es situar una multitud de detectives en multitud de escenarios históricos. La lista es larga. Habrá quien diga incluso que es agotadora. Los anglosajones, desde luego, son maestros en esta técnica que potencia aún más la llamada “novela negra”. Así tenemos detectives en la Roma imperial como Marco Didio Falco, en la Inglaterra medieval como Fray Cadfael, en la Inglaterra Tudor también y por supuesto -y por partida doble a cuenta de Anne Perry- en la Inglaterra victoriana.

Al otro lado del Canal contamos con las interminables (en el buen sentido de la palabra) aventuras en la Francia del siglo XVII del notario Fronsac (que también ha pasado por las páginas de “La novela antihistórica”) y los misterios del París y la Francia del siglo XVIII, gracias al pesquisidor Nicholas Le Floch.

En España se han dado algunos casos también. Como la serie de Isidoro Montemayor ambientada en la España de Felipe III o el caso, de momento aislado, de “El secreto de Vesalio” y algunos otros detectives decimonónicos de habla española…

Aun así, la idea de Danny Miller de situar su serie de novelas negras en la Inglaterra sesentera, no pierde ni frescura ni originalidad. De hecho, está a la altura de la otra gran serie de novela negra ambientada en el pasado cercano (tan cercano que para algunos más que Historia es un recuerdo personal). Me refiero a “The Troubles”, protagonizada por esa especie de Serpico norirlandés llamado Sean Duffy que, también, ya ha pasado por “La novela antihistórica” hace menos de un año.

Sí, los tumbos que el detective Vincent “Vince” Treadwell da por la Inglaterra de los años sesenta, son material de primera calidad. Precisamente por la original idea de situar los hechos en un mundo muy familiar -casi tanto como la Irlanda del Norte de los años setenta y ochenta- para la mayoría de los occidentales. Sean o no anglosajones.

Como ya se anuncia desde las primera páginas de “Suerte maldita” (segunda entrega de esta serie iniciada con “Besos para los malditos”), Vince Treadwell camina sobre la ola de energía generada en la segunda mitad de los años sesenta que transformó profundamente a la acartonada sociedad de posguerra y empezó a sembrar unas semillas de intenso color, de energía vital, que, tarde o temprano, acabarían estallando en el año prodigioso de 1968 que desencadenó aún más ese mundo a cuyo nacimiento Vince Treadwell asiste. Primero desde el Brighton que inspiraría “Quadrophenia” y después, en “Suerte maldita”, desde el ya sofisticado Londres de 1965. Donde un poli de la “secreta” de Scotland Yard puede, si quiere, pasar por un modelo profesional. Un dandy a la última de Carnaby Street, donde ya empiezan a pulular fotógrafos muy parecidos al Thomas del “Blow-up” de Antonioni y, por supuesto, modelos y famosas estrellas de ese “rock and roll” que va a explotar de manera inminente en productos tan demoledores como los que “The Who” pondrá en las listas de éxitos musicales de aquella Inglaterra que va a asombrar al Mundo. A pesar de que, como relata crudamente “Suerte maldita”, es una nación que tiene que hacer serios esfuerzos para no ser anulada, borrada de un mapa disputado por superpotencias que la rebasan en todos los aspectos. Excepto, quizás (y ahí estaría la clave de su éxito) en la venta de “glamour”.

En los rincones oscuros de ese mundo se moverá Vince Treadwell, comportándose como el perfecto heredero de un Sam Spade que se debe adaptar a una sociedad en rápida evolución. Una en la que las mujeres empiezan a reclamar un puesto distinto al de meros floreros, en el que las clases “subordinadas” (por cuestión económica o “de color”) empiezan a armarse de ideas disolventes.

Aunque sólo sea como mera pose. Como ocurre con los imitadores de Malcolm X que florecen en ese Londres marchoso (y ya casi Ye-yé) en el que Vince Treadwell se mueve como pez en el agua. Desde los círculos selectos de privilegio y clase, hasta los bajos fondos más allá de esa línea imaginaria marcada en Marylebone, en la larga y algo desangelada calle que lleva desde allí hasta un Camden Town que no es, desde luego, ese barrio por el que hoy los turistas -y hasta los paseantes impenitentes de Londres- pueden andar con relativa tranquilidad.

Así es, Vince Treadwell es asignado en “Suerte maldita” a dos casos en los cuales confluyen los dos extremos de esa sociedad en la que ya no se viven los últimos coletazos de la deferencia y encorsetamiento de la sociedad victoriana y eduardiana, pero donde -aun así- haber ido a Eton marca una frontera tan invisible como infranqueable que, sin embargo, también se está derrumbando paulatinamente.

Tal y como constata un Vince Treadwell que confiesa -sinceramente- que las cosas no pueden quedar como en los tiempos en los que la delgada línea azul de la Policía era, ante todo, un cordón sanitario para mantener a raya y convenientemente disciplinadas, perseguidas y castigadas (si era menester) a las clases sociales “peligrosas”.

A través de ese mundo que se desmorona camino de otro mejor -o al menos más respirable- se abre paso el detective Treadwell entrando hasta los lugares más sagrados, más protegidos hasta ese momento. Como ocurre con la llamada “virtud” de las mujeres de esa élite que, por lo que respecta a algunas de ellas -es el caso de Isabel Saxmore-Blaine, la protagonista femenina de “Suerte maldita”- ha quedado ya guardada en los archivos familiares. Y eso pese a las admoniciones que lanzan sus progenitores contra los merodeadores de clase media -como Vince Treadwell- en uno de los pasajes más sabrosos de “Suerte maldita”.

Sobre ese volcán social encima del que bailan atildados galanes y bellas mujeres al estilo de los personajes interpretados -respectivamente- por el Michael Caine y la Susannah York de los setenta, se moverá Vince Treadwell, tratando de resolver un doble asesinato. Uno que es preciso reconstruir abriendo puertas que conducen a oscuras estancias de ese Londres que empieza a ser ya el Londres marchoso de los sesenta y setenta. Es un escenario en el que exclusivos grupos de ricos con solera -y simples nuevos ricos- se ven enredados en oscuras intrigas que tienen que ver con los aspectos menos presentables de esa sociedad que quiere respirar a pleno pulmón, tras las estrecheces de la Segunda Guerra Mundial y la posguerra en la que han sido niños personajes como Vince Treadwell.

Detrás de esas puertas, en esas estancias oscuras, hay de todo. Desde drogas, prostitución y perversiones sexuales entremezcladas con la estética nazi, hasta pequeñas conspiraciones en remotos países de África. Allí donde una Gran Bretaña algo desplazada trata de emitir algún que otro rugido que recuerde que está en el Mundo para algo más que para lanzar a los mercados minifaldas, Mini Coopers y safaris de compras por Carnaby Street y Portobello Road, además de grupos musicales llenos de carisma y ritmo.

La misión es ardua, difícil. Sólo a la altura de tipos duros, duros a pesar de vestir a la última de aquel Londres rutilante. Tipos como Vince Treadwell. Capaz de tirar puertas a empujones, dar con bien escondidos jefes de la mafia londinense o de aguantar -como un boxeador- desde pequeños chaparrones de puñetazos hasta auténticos diluvios de golpes que le acaban cayendo por meterse en rincones demasiado oscuros, demasiado complicados. Unos que se diría era imposible encontrar en aquel Londres desenfrenado y desenfadado, que sólo va a mejorar en esos aspectos en los años siguientes.

Los mismos que, esperemos, sirvan de escenario a más entregas de esta serie de novela negra que, de paso, y por el mismo precio, nos traslada a nuestro pasado más próximo pero no por eso menos pasado y, por tanto, menos digno de ser recordado, rememorado, saboreado y mejor conocido. Visto incluso desde sus ángulos más oscuros. Como ocurre en “Suerte maldita”.

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