Demos una vuelta por las calles del París de la Revolución. Notas sobre “Muestra mi cabeza al pueblo” de François-Henri Désérable

El libro del que hablamos hoy es una pequeña maravilla literaria, traída hasta España tres años después de su publicación en Francia por una editorial también pequeña, “Cabaret Voltaire”.

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Todo esto quiere decir que, probablemente, no oiremos hablar mucho de ella, que su autor no será invitado a programas estrella de máxima audiencia para promocionar su obra, que ésta no estará en una posición principal en las mesas de novedades, donde todavía un gran público -en España, que en esto, como en otras cosas, sigue bastante atrasada- acude a nutrirse de libros en los “Blackfridays”, Navidades y fechas similares.

Es una verdadera lástima que esto sea así, pues a ese gran público, y a cualquier otra clase de público, le será difícil encontrar una mejor novela histórica sobre la época de la revolución francesa e, incluso, sobre algunos de los episodios que desencadena en años posteriores. En la época de las guerras revolucionarias y napoleónicas (1792-1815) o, también incluso, en la de la llamada “Monarquía de julio” que trae la revolución de 1830.

En efecto, la novela de François-Henri Désérable es un mecanismo de relojería salido de manos de un orfebre. Es la obra de un escritor joven -es, más o menos, de la generación de autores españoles recién reseñados en esta página, como Álvaro Arbina- pero, qué duda cabe, es una obra madura. Verdaderamente madura.

La de un verdadero maestro en la narrativa histórica de esa escuela francesa que en España sólo podemos envidiar y es mejor no comparar con lo que, por regla general y en los circuitos comerciales habituales, se nos vende en este país bajo ese adjetivo y, en realidad, apenas pasa de novela “de aventuras”. Y de las más burdas de ese subgénero.

Así es, sin apenas un eje común, François-Henri Désérable nos va retratando en “Muestra mi cabeza al pueblo” los tiempos convulsos y peligrosos de la revolución desencadenada un 14 de julio de 1789.

Son pequeños capítulos en los que se da voz a personajes protagonistas de esos hechos como Carlota Corday y otros menos conocidos, pero no por eso menos interesantes.

Como, por ejemplo, el diputado renano Adam Lux, que se enamora de la propia Carlota Corday cuando la ve conducida al cadalso y la lluvia que cae en esos momentos revela sus formas, empapando su camisa roja de condenada a la guillotina.

Se trata de relatos escritos en primera persona en su mayoría, o contados por testigos muy directos de los hechos, donde se detallan los pormenores de lo que ocurre en esos momentos en los que la monarquía ha caído y las ejecuciones se suceden y, sobre todo, la revolución devora a sus propios hijos.

Es difícil escoger entre todos estos relatos. Todos son igual de magnéticos. En uno de ellos, Carlota Corday cuenta las cosas -es decir, el intento de descabezar la revolución asesinando a Marat- desde su punto de vista. En algunos otros uno de los carceleros del momento, antiguo guardia suizo que logra escapar de los sucesos de las Tullerías -en los que esa guardia es masacrada y la familia real secuestrada por los revolucionarios como paso previo a su ejecución- va contando los detalles de las situaciones que ve pasar ante sus ojos.

Por ejemplo la frustración de algunos compañeros por no llegar a ver desnuda a la reina. Un deseo brutal, un detalle obsceno y en apariencia trivial, pero con el que, sin embargo, F-H Désérable logra, una vez más, dibujar qué fue realmente aquel momento histórico.

Es también ese antiguo guarda, más tarde soldado de Napoleón, mutilado en Wagram, quién cuenta cómo es el último supuesto banquete que celebran los girondinos en la cárcel antes de ser llevados a la ejecución, deteniéndose, casi uno a uno, en aquello que hicieron esos hijos predilectos de la revolución engullidos por la guillotina, por la “Cuchilla Nacional” que, por supuesto, es otra de las grandes protagonistas de esta pequeña gran novela histórica.

En otros capítulos se relata la posteridad de la familia Sanson, los verdugos que ejercen ese trabajo antes, durante y después de la revolución.

El encargado de hacer ese relato es uno de los descendientes del mítico Sanson que actuó durante toda la revolución.

El nieto del famoso abuelo narra en primera persona su descenso a los infiernos al no saber estar a la altura de aquel negocio familiar heredado, incapaz de sostener una familia a causa de su condición oculta de homosexual, desorientado por el juego, el alcohol, el gasto en tugurios donde acude a satisfacer su gusto por la bebida y sus inclinaciones eróticas insatisfechas y, sobre todo, por un cometido judicial que se ha convertido en algo casi anómalo. Y aún peor: en una atracción para turistas ricos que quieren saber, con todo detalle, poniéndose en su lugar, qué sentían las víctimas de la revolución (y posteriores) cuando estaban bajo el filo de la “Cuchilla Nacional”.

Con estos elementos Désérable recrea aquellos días, y así llega incluso a superar a la obra maestra de la Literatura francesa sobre la revolución de 1789. Es decir, “Los dioses tiene sed” de Anatole France.

Es difícil no sostener esa opinión -aunque podría parecer excesiva- cuando François-Henri Désérable pinta el paso de Danton -autor de la frase que da título al libro- hacia el cadalso y sus últimos momentos, o los de Lavoisier, preocupado por leer, por saber más hasta el final. O bien cuando se describe en las páginas de la novela la puerta de Robespierre pintada con sangre de animal por un niño armado con una escoba. Un Robespierre cobarde que se oculta, que no quiere ver a sus víctimas propiciatorias camino de la ejecución…

Parece pues que en Francia, por suerte para ella, la Literatura de Dumas, de Hugo, de France… sigue viva y comunicando su Historia por medio de novelas históricas que realmente merecen ese adjetivo. Justo al contrario de lo que, por lo general, ocurre a este lado de los Pirineos, donde los canales de edición y distribución tradicionales -anteriores a la era Amazon- no permiten ni siquiera soñar con algo parecido a “Muestra mi cabeza al pueblo”.

Una novela histórica de la que no se pueden escribir más elogios tan sólo porque no es una obra más extensa.

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