El relato de la amargura. “Patria” de Fernando Aramburu

“Patria”, la, de momento, última y exitosa novela del donostiarra Fernando Aramburu tiene más de 600 páginas. Sin embargo lo que se puede decir de ella en una reseña de “La novela antihistórica” no requiere, como vamos a ver, demasiado espacio. O no el que requeriría una novela de ese volumen.

En primer lugar hay que decir, o se puede decir de ella, que es ya, desde este momento, un elemento imprescindible para aprender sobre la verdadera Historia de lo que el mundo de ETA insistió/insiste en llamar “conflicto”.

En efecto, Aramburu ha sabido plasmar con mucha habilidad, de un modo magnético, las circunstancias que rodearon ese llamado “conflicto” que, en realidad fue, fundamentalmente, el enfrentamiento de una organización terrorista contra un Estado de Derecho como el español creado por la Constitución de 1978.

Nos lo narra con la práctica de años que sólo ahora, o más bien desde “Los peces de la amargura”, ha empezado a ser conocido por el gran público.

El relato novelado de esos hechos históricos que nos hace “Patria” no puede ser más simple y más sencillo. Si en esta reseña nos dedicásemos, como en muchas otras, a describir los contenidos de esa novela de Fernando Aramburu, todo se podría reducir a que dos familias de un pueblo del interior de Guipúzcoa, de los que sólo sabemos los nombres y en algunos casos tan sólo el apodo (es el caso del Txato, uno de los principales protagonistas), han mantenido una estrecha amistad desde finales de los sesenta hasta los últimos años 80 del siglo pasado. Momento en el que el Txato, jefe de uno de esos dos pequeños clanes familiares, es asesinado por ETA al negarse a pagar el llamado “impuesto revolucionario”.

Esa circunstancia condiciona la vida de esos personajes a lo largo de esas 600 páginas en las que se va y se vuelve al momento inicial pasando siempre, o casi siempre, por el momento trágico que es el núcleo de esa novela. Es decir, el asesinato del Txato, abandonado por todos -o casi todos- porque ETA ha decretado su muerte, al considerar que su empresa de transportes da más dinero del que él les paga vía ese impuesto revolucionario.

Ese es el estrecho molde en el que Aramburu mueve a sus personajes, mostrando en toda su crudeza, a través de ellos, lo que significa, entre los años setenta y el fin de ETA, vivir en un ambiente -el de un pequeño pueblo guipuzcoano de cuyo nombre el autor no necesita acordarse- donde una mayoría está a favor de ETA, ha sido ganada por su propaganda. Como ocurre con Joxe Mari, hijo de Joxian (un simple obrero de una fundición, el mejor amigo del Txato), que acabará ingresando en los comandos operativos de ETA.

Se trata de un ambiente al que sólo unos pocos, por distintas razones, consiguen enfrentarse o huir de él. Es el caso de Arantxa, la hija mayor de Joxian, que mantendrá su básica decencia humana tendiendo la mano al Txato y a su familia, a sus viejos amigos, incluso en circunstancias muy difíciles. Hasta el fin. Es el caso también de Bittori, la mujer del Txato, que corroída por ese hecho, por el asesinato de su marido a manos de los terroristas de ETA, sin nada que perder ya, se mantendrá firme, inflexible, exigiendo que se reconozca que la muerte de su marido fue, como dice Arantxa en un momento de la novela, una auténtica canallada. La huida ante esos hechos está representada en la novela por uno de los hijos de Joxian, Koldo, que se refugia en Bilbao en una triunfante mediocridad, trabajando en el minoritario mundo cultural en euskera. Escapando así de quienes quieren convertirlo en una segunda edición de su hermano, en un continuador de su supuesta lucha.

También representan en “Patria” la huida de esas circunstancias los dos hijos de la víctima, Xabier y Nerea. Bien colocados económicamente en la vida, él como médico y ella como abogada prestando servicio de funcionaria en la Hacienda Foral, la muerte de su padre los ha desarbolado emocionalmente, llevándolos a no tener paz interior, a deambular mentalmente, incurriendo en comportamientos autodestructivos. Como mantener relaciones personales insanas durante largos años o bien, como ocurre en el caso de Xabier, renunciando incluso a una relación con una mujer que funcionaba casi perfectamente.

Eso es lo que nos cuenta “Patria”. Poco más. Como, por ejemplo, el embrutecimiento gradual de Miren, mujer de Joxian, el mejor amigo del Txato, mejor amiga ella misma de Bittori, y madre, por tanto, de uno de los terroristas que (no lo sabremos hasta el final) pudo ser el responsable de la muerte del Txato. Se trata de una mujer que opta por identificarse totalmente con los objetivos de ese hijo terrorista, justificando, contra toda ley natural -la de la amistad, la del afecto, la de la simple humanidad hacia las víctimas…- la serie de crímenes que ese vástago torcido ha llevado a cabo.

Decir todo esto no es decir nada más que lo que pueden decir decenas de reseñas sobre “Patria”.

Pero hay algo más en esa obra, algo que se debe contar. Son cosas que apenas quedan esbozadas sutilmente en la novela. “Patria”, básicamente, relata un hecho monstruoso, algo que no pueden justificar ni siquiera los atajos legales que los gobiernos españoles utilizaron contra ETA. Incluido el uso de asesinatos contra miembros del aparato político y militar de la organización por medio de bandas como el GAL y la tortura sistemática utilizada contra los etarras detenidos. Hechos que Aramburu, honesta y valientemente, no duda en describir también en “Patria”.

En efecto, esa novela de esos hechos históricos, lo que revela en definitiva es que durante más de cuarenta años ETA asesinó a varios centenares de personas sin tener ningún motivo detrás, ninguna justificación para hechos que incluso son difíciles de justificar en circunstancias de verdadera guerra abierta entre naciones. Desde el restablecimiento de la democracia hubiera bastado con que ese mundo resumido en la expresión “izquierda abertzale” hubiera pasado, simplemente, a la acción política. Aceptando el juego democrático básico como lo habían aceptado otras fuerzas de oposición a la dictadura franquista. Como el Partido Comunista y muchos otros.

En lugar de eso, la organización, viendo que, en el año 1978, la independencia de Euskal Herria no surgía espontáneamente de las urnas, o de las calles, decidió mantener lo que ella llamaba “lucha armada”. Tratando de “despertar” por medio de la misma a ese pueblo que le había vuelto la espalda más allá de una minoría que jamás fue algo más que eso: una minoría pese a su ruidosa, amenazante y matonesca actitud ejerciendo un repugnante papel dual de víctimas/verdugos. Todo eso, además, se hizo mediante lo que Aramburu, convertido en personaje de su propia novela, llama una Historia inventada.

En efecto, los ideólogos de ETA justificaron, entre 1978 y 2011, todos esos asesinatos que debían convencer al “Pueblo Vasco” de que votase independencia en las urnas, basándose en una interpretación de la Historia vasca absolutamente falsa.

ETA surgió a finales de los años sesenta, cuando el Mundo entero estaba en ebullición con los llamados procesos de descolonización. Ese ambiente contagió a un imaginario político que, desde la fundación del Nacionalismo vasco por Sabino y Luis Arana a finales del siglo XIX, ya había estado alentando la idea de que los vascos eran un pueblo invadido por los “españoles”. En definitiva, los ideólogos de ETA mezclaron las antiguallas decimonónicas de los Arana con ingredientes más “modernos”, más puestos al día. Caso de las teorías anti-imperialistas de Frantz Fanon…

Lo monstruoso del caso, tal y como insinúa “Patria”, es que el híbrido ideológico que salió de esas lucubraciones era, sencillamente, falso.

La realidad, comprobable en miles de documentos a lo largo de más de 500 años, revela que los vascos no fueron un pueblo oprimido sino opresor, sometiendo, hombro con hombro, con castellanos, extremeños, andaluces…, a toda una serie de pueblos (guanches, aztecas, incas…) durante siglos en los que, desde esas áreas ocupadas cultural y militarmente por esos vascos junto con esos otros fieles vasallos del imperio español, se transfirieron notables cantidades de capital que hicieron del País Vasco (ya incluso en los tiempos fundacionales de ETA y mucho antes) una de las áreas económicamente más desarrolladas del Mundo.

Muy lejos, desde luego, de países pauperizados por la acción colonial española -de la que esos vascos fueron una entusiasta punta de lanza- y que creó una situación de la que sus descendientes se benefician incluso en la actualidad. Como revela la infame explotación económica a la que Miren -madre de un “luchador por la Libertad” de esa supuestamente oprimida Euskal Herria- somete a su asistente sudamericana, Celeste.

Eso, en definitiva, es lo que nos cuenta “Patria”. El relato histórico, crudo y verídico, de una organización que -durante años- mató en nombre de una Historia que no existía porque era incapaz de aceptar la realidad política del País Vasco. La misma libremente manifestada en sucesivas elecciones y que, como auguraban los eslóganes de Izquierda de los años sesenta en los que nació aquella demenciada organización que fue ETA, para lo único que sirvió fue para reforzar a la Derecha. Como cualquier otra forma de terrorismo.

Si algo se puede aprender de esa Historia reciente gracias a “Patria” es eso. Esa cruda y terrible verdad, ese relato de la amargura que nos dice que ETA mató porque sí, por mantener en pie una alucinación histórico-política que sólo existió en la imaginación de algunos ideólogos incapaces de aceptar que las cosas eran distintas a como ellos pensaban.

Detrás sólo ha quedado una sociedad profundamente herida, que se va recomponiendo poco a poco. Quizás en algunos -¿demasiados?- casos olvidando, como se queja Nerea, la hija del Txato, pero, desde luego, volviendo la espalda, con repugnancia, a ese monstruo político que fue ETA y que, cada vez más, va quedando en evidencia gracias a relatos literarios -pero básicamente verdaderos desde el punto de vista histórico- como “Patria”.

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