Un bufón en la Guerra de los Treinta Años: “Tyll” de Daniel Kehlmann

¿Por dónde se podría empezar a hablar de una novela como “Tyll”? La publicidad de las editoriales que la están vendiendo ahora mismo por media Europa, hablan de ella como una verdadera revelación dentro de la Literatura alemana actual.

Hay que reconocer que no se trata, otra vez, de una exageración del marketing editorial. Como sí ocurre en muchas otras ocasiones.

En efecto, Daniel Kehlmann tiene, y eso no se le puede discutir, una prosa verdaderamente sugestiva. Una que bebe, además, de la gran Literatura alemana, de la del siglo XVII, como el “Simplicius Simplicissimus” (la gran novela picaresca alemana) como de la del siglo XX. Del Bertolt Brecht autor de “Madre Coraje y sus hijos” o, más recientemente, de “El encuentro en Telgte” de Günter Grass. Todas ellas reflejadas en la narrativa de “Tyll”. Se ha comparado a Kehlmann, incluso, con Umberto Eco. La comparación no es exacta, no del todo exacta, pero desde luego tampoco es totalmente injusta.

Porque, sí, el autor de “Tyll” tiene también, como el profesor Eco, una vasta cultura histórica que sabe reflejar en su novela, pero no lo hace del mismo modo en el que Eco lo solía hacer en sus, desde luego, fascinantes novelas de mayor o menor trasfondo histórico.

Sin embargo, esa diferencia entre cómo nos cuentan las cosas los libros de Eco y los de Kehlmann, no es un impedimento serio que deba llevar a considerar “Tyll” como una novela prescindible para quienes leen novela histórica o, cuando menos, novelas como las que escribía Umberto Eco.

Así es, “Tyll”, desde sus comienzos, es una novela que, además de bien escrita, es también una fuente de conocimiento bastante fiable sobre lo que fue la devastada Europa de la Guerra de los Treinta Años.

Daniel Kehlmann compone en su novela un abigarrado fresco de esa Europa Central arrasada por la larga guerra de religión entre católicos y protestantes, que toman por un gran campo de batalla lo que hoy es Alemania, invadiéndola desde el extremo sur español hasta el extremo norte sueco. Algo que, tal y como nos cuenta la mirada irónica y algo desencantada del bufón Tyll, convierte a ese país en un paisaje infernal. Lleno de hambre, de destrucción, de enfermedad y desesperación humana a la que, a duras penas, redime el ácido sentido del humor del que Kehlmann dota a su bufón.

De esa manera tan fluida, “Tyll” nos habla de una Europa en la que ser molinero implica trabajar en un oficio tan mal considerado como el de verdugo. Un elemento muy útil para las autoritarias jerarquías que dominan el panorama político en ese momento de la Historia, pero con el que, sin embargo, no se puede tener relación alguna más allá de esa, jerárquica, de autoridad a ejecutor de la Justicia de esa autoridad. No a menos que se quiera quedar señalado y deshonrado públicamente. Tal y como Daniel Kehlmann lo muestra en una magistral escena, en la que uno de los padres de la Literatura alemana, el jesuita Athanasius Kircher, dibuja -en su atribulada y abigarrada mente de erudito europeo de la época barroca- todos sus temores ante esa criatura -el verdugo- del que debe servirse. Pero con el que no puede hablar más allá de lo estrictamente profesional, pues quedaría en grave entredicho.

De ese modo, merced a figuras como Kircher, precisamente, Kehlmann compone en “Tyll” un cuadro verdaderamente fiel de la Europa de la Guerra de los Treinta Años.

Así desfilan por esas páginas personajes salidos de los libros de Historia. No sólo de la gran Historia, sino de la Historia de la cultura popular con la que se enriqueció la práctica de esta ciencia a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

En efecto, el protagonista de la novela, un apócrifo Till Eulenspiegel, es, en realidad, un muchacho alemán que ha tomado la identidad de ese personaje de la cultura popular germánica de la Baja Edad Media, bien descrita en ensayos como el del historiador inglés Peter Burke.

Ese Tyll (que no Till) Eulenspiegel de principios del siglo XVII es, además, hijo de un molinero que tiene toda una interpretación personal del Universo. Exactamente como otro molinero que vivirá en el mundo real, en la verdadera Historia, aproximadamente en las mismas fechas en las que se desarrolla el “Tyll” de Daniel Kehlmann. Es decir, Domenico Scandella, más conocido como Menocchio, y cuya insignificante -pero reveladora- vida fue descrita en uno de los más sólidos libros de Historia del siglo XX: “El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI”, del historiador italiano Carlo Ginzburg.

De esa Microhistoria, la novela de Kehlmann pasa, cómodamente, a la gran Historia, la Historia de grandes acontecimientos y grandes personajes anterior a esa revolución historiográfica de los años sesenta del siglo XX que llevó a la preocupación por escribir, también, la vida y hechos de los personajes hasta entonces insignificantes, al margen de las grandes corrientes de la Historia. O sólo presentes en ella como víctimas, como carne de cañón, como masa de maniobra anónima.

Pero ese retorno, o diálogo continuo entre la Microhistoria y la Historia de grandes personajes, es llevada a cabo por Kehlmann del único modo en el que un escritor -o un historiador- bien instruido podría llevarla a cabo a comienzos del siglo XXI.

Es decir, considerando a esos grandes personajes también como simple carne de cañón, como víctimas de su propia época y sus circunstancias. Por más que sus nombres fueran más famosos que los del, hasta los años setenta del siglo pasado, desconocido Domenico Scandella y muchos otros que han seguido sus pasos desde que Carlo Ginzburg diera el pistoletazo de salida a la práctica de la hoy ya bien conocida y reconocida (salvo dudosas excepciones) Microhistoria.

Es el caso del llamado “Rey de un Invierno”, el príncipe elector Federico V del Palatinado. El detonante, como él mismo reconoce en la novela, de la Guerra de los Treinta Años al aceptar la corona de Bohemia que le ofrecen los nobles protestantes checos, alentando así la guerra que no se apagará hasta 1648.

De todo eso, en primera línea, será testigo el Tyll de Kehlmann. Como vagabundo que huye de su pueblo, al perderlo todo por culpa de un Athanasius Kircher que, actuando como inquisidor itinerante junto con su maestro, acabará con la vida de su curioso padre, que no ha sabido limitarse a su simple existencia de molinero en la oscura Europa central de comienzos del siglo XVII. Una en la que la religión se mezcla con reminiscencias paganas y una ignorancia y unas supersticiones que hoy nos pueden parecer bestiales o errores cómicos -como ocurre con la firme creencia de Athanasius Kircher en dragones y la capacidad de su sangre para curar la Peste- pero que, como bien lo expresa la literatura de Daniel Kehlmann, no son, ni más ni menos, que un retrato bastante exacto de aquella Europa.

El Tyll de Kehlmann será también, aparte de cómico ambulante, siguiendo la tradición del primer Till Eulenspiegel, bufón en La Haya, en la raquítica corte en el exilio de Federico V y de su esposa Isabel Estuardo. Hija de un Jacobo I, rey de Inglaterra y Escocia, que también tiene sus buenas dosis de protagonismo (como no podía ser menos) en la novela de Kehlmann.

En conjunto “Tyll” es una buena novela histórica y de más fácil lectura de lo que se podría esperar dada la densidad de sus personajes y la gran erudición que maneja su autor. Naturalmente pueden echarse cosas en falta en ella. Desde el punto de vista español, por ejemplo, el protagonismo de la Corte de Madrid no aparece correctamente reflejado en todo aquel asunto del Palatinado en el que, sin embargo, fue una pieza fundamental, sucumbiendo aquí Kehlmann a los prejuicios frente a España tan comunes en la Europa del Norte desde hace un siglo y medio.

Una simplificación de los hechos históricos, que, sin embargo, no sólo afecta a los europeos del Sur, padeciéndolo también otros personajes. Caso, por ejemplo, de la mayor parte de los hijos de Federico V del Palatinado e Isabel Estuardo, prácticamente volatilizados de este relato. A pesar de su peso en acontecimientos de la Historia europea del momento. Como es el caso del príncipe Rupert, protagonista de las guerras civiles inglesas, en el Ejército de su tío Carlos I, donde lidera la Caballería realista frente al Parlamento.

Pero, al margen de esos detalles, sólo puede reconocerse, leyendo “Tyll”, que Daniel Kehlmann es, en efecto, un más que digno continuador de la obra de grandes novelistas históricos como, sí, el propio Umberto Eco…

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