Favores que matan. Notas sobre España, las guerras napoleónicas y la novela histórica. “La mujer del reloj” de Álvaro Arbina

Este mes reseñamos una monumental novela, de casi setecientas páginas si incluimos, aparte del texto de la novela en sí, las notas finales del autor, mapas y similares.

Se trata de “La mujer del reloj”. Se trata, pues, de la más reciente novela española sobre la Guerra de Independencia después de “Álava en Waterloo”, de la que ya se ocupó “La novela histórica” en el año 2013.

¿Qué se puede decir sobre ella?. Empecemos por lo que no se ha dicho. Es decir, por lo que han ocultado las habituales reseñas de la novela basadas en un relato estereotipado de ese libro llevadas a cabo por pequeños “bloggers” que, curiosamente, se parecen unas a otras como una gota de agua y vienen a coincidir, unánimemente, en un par de cuestiones sobre “La mujer del reloj”.

Fundamentalmente que es una gran novela -no en el sentido físico- y que está magníficamente ambientada a nivel histórico. Algo que repiten hasta la saciedad los comentaristas más o menos profesionales, es de imaginar que a sueldo de las grandes editoriales -no voy a señalar sus nombres. Es sencillo dar con ellos: se repiten constantemente en las distintas áreas de comentarios de todos esos blogs- haciendo de caja de resonancia de ese mensaje que, de momento, ya ha catapultado al Olimpo de los bestsellers a “La mujer del reloj”, que va por su quinta edición.

Sería fácil unirse a esa corriente y decir lo mismo, que “La mujer del reloj” es una gran novela que, además, goza de una ambientación histórica impecable, pero como “La novela antihistrórica” se creó para subir el nivel de lectura en un país que lo tiene ya muy bajo, como España, y como mentir está, además, muy feo, no va a ser ese el caso de esta reseña.

No va a entrar esta reseña en esa dinámica, además, por el bien de este joven autor, Álvaro Arbina, al que, lo que parece ser producto de una campaña de marketing bien orquestada, le estaría haciendo eso que Stendhal -precisamente un protagonista de las guerras napoléonicas- llamó en uno de sus relatos cortos “favores que matan”, convenciéndole de que, desde un principio, su obra es perfecta e inmejorable.

En efecto, Álvaro Arbina ha demostrado que tiene un gran potencial como escritor y su libro obviamente se ha vendido no sólo gracias a lo que parece una campaña de marketing algo burda orquestada en torno a esos “bloggers” o comentaristas profesionales que se repiten unos a otros como un eco. Sin embargo, si Álvaro Arbina se deja arrastrar por esas voces engañosas, acabará dilapidando todo ese potencial y su próxima novela no será mejor que la anterior. Y así sucesivamente.

Empecemos por lo que es menos cierto en comentarios como esos. Luego hablaremos de lo que realmente sí está bien en “La mujer del reloj”.

Esta novela no está impecablemente documentada. Hay elementos en ella que chirrían con sólo tener algún conocimiento sobre la época. Por ejemplo algunos nombres de personajes están completamente fuera de lugar históricamente hablando. Por ejemplo, determinados apellidos. Como Etxábarri, uno de los aldeanos del pueblo cerca de Vitoria en el que vive Julián, escrito mezclando la grafía castellana actual -por la tilde- y una grafía supuestamente euskérica (“tx” en lugar de “ch”) que en 1808 no existe en absoluto.

No son los únicos detalles en los que la supuestamente impecable ambientación histórica, tan cacareada, falla en “La mujer del reloj”.

En la página 78, cuando Julián acude a dos importantes citas en Vitoria poco antes del estallido de la revolución de 1808, se encuentra con los soldados franceses avasallando a otro aldeanos como él en el mercado. Uno de ellos está a punto de llevarse a su caballo y el autor lo describe como un individuo al que le faltan varios dientes…

Como efecto literario, eso puede pasar por bueno para dar una imagen más feísta y siniestra del soldado napoleónico -supuestamente “típico”- que contente a lectores de ideas simples y cultura muy básica. Históricamente es inaceptable. No ya para un especialista en la época, sino para cualquiera que haya leído novelas históricas sobre el período napoleónico -éstas sí- impecablemente documentadas. Como es el caso de “Memorias de un recluta de 1813” -o su continuación: “Waterloo”- de Erckmann y Chatrian. En ellas se puede leer que uno de los métodos habituales para eludir la conscripción masiva que imponía el emperador era, entre otros como provocarse varices o huir a Suiza, arrancarse varios dientes…

Por una simple razón: el soldado tenía que tener buena dentadura por dos motivos, porque era señal de una salud robusta y porque los necesitaba -todos ellos y especialmente los frontales- para poder cargar y recargar su mosquete, rasgando los cartuchos de pólvora antes de vaciarlos en el cañón y la batería de esa arma y atacarlos con su baqueta para poder hacer un disparo efectivo.

No es el único caso de incoherencia histórica que muestra “La mujer del reloj” y que demuestra que, mucho de lo que se ha dicho de ella, es tan sólo una serie de comentarios sin ningún fundamento.

En la página 114 de “La mujer del reloj” se habla de “reinos vascongados” donde en realidad debería decir “provincias vascongadas” porque tal cosa como los “reinos vascongados” jamás existió. Si acaso la unión de esas provincias bajo el rey de Navarra en tiempos medievales, antes del año 1200…

La escena en la que Julián de Aldecoa es burlado en el convite que ofrece su amiga de la infancia (y amor secreto) Clara Díaz de Heredia es, una vez más, muy efectiva literariamente, pero históricamente es bastante difícil de sostener. En efecto, Julián dispone de botas de montar y, sin embargo, acude al banquete calzado con alpargatas.

Además de eso el protagonista de “La mujer del reloj” está en esa elegante recepción -en la que es presentado como “el señorito Aldecoa” a personalidades tales como el futuro general Álava- vestido únicamente con un chaleco viejo de su padre y unos calzones de paño pardo, propio de los campesinos de la época.

Con ese atuendo, indigno -para la ocasión- hasta de un pobre de solemnidad de la época, sin embargo, Julián se desenvuelve en esa escena pretendidamente histórica.

Imposible porque, además, es descrito como miembro de la red clientelar de los Díaz de Heredia y en redes como esas los clientes -como era su caso- recibían prendas de vestir -incluso equipos completos de vestimenta en buen estado, aunque desechados por los miembros principales de la red- que, sin embargo, por métodos así, trataban de ganarse la fidelidad de los miembros inferiores y más pobres de esas redes. Al tiempo que los convertían en un reflejo de su posición de poder, como magnates capaces de vestir y alimentar -más que dignamente- a sus seguidores, parientes menores, etc…

En las más de quinientas páginas restantes de “La mujer del reloj” se multiplican ejemplos así.

Por ejemplo uno de los esbirros del general Le Duc, Marcel Roland, es descrito en la página 362 del libro como “alto y apuesto”. Ese detalle nuevamente tiene mala base histórica. Marcel Roland es un húsar, como repite varias veces el autor del libro. Por tanto podía ser “apuesto”, pero difícilmente “alto”, porque en esos regimientos se seleccionaban hombres ligeros y de estatura más bien baja para facilitar sus misiones como mensajeros y batidores, donde se necesitaba más rapidez que fuerza o peso en el jinete, como ocurría con los coraceros.

Otro tanto ocurre con el asombro que causa en la página 477 la libertad de acción de una mujer en el Cádiz de 1811, como dueña de un importante negocio. Es algo que también carece de fundamento, siendo esa situación normal en toda España -incluso desde el siglo XVII- en el caso de viudas de empresarios, como es el caso descrito por el autor. Sin embargo, la novela quiere caracterizar como extraordinario, anómalo, exclusivo de la ciudad de Cádiz, ese hecho, como se remacha en el diálogo de la página 483. Algo totalmente improcedente si se tiene en cuenta lo que sabemos, a fecha de hoy, de Historia de la mujer en toda la España de la época.

En la página 626, ya en 1813, justo antes de la batalla de Vitoria, Julián se reencuentra con Álava ya convertido en general aliado. Dice el autor por boca de su personaje que este alto oficial está hablando ante los mandos británicos en un inglés muy depurado… Independientemente de que el general Álava hablase en inglés, lo habitual entre las clases altas de la época españolas, rusas -basta con haber leído “Guerra y Paz”-, británicas, alemanas…, era utilizar como lengua comodín el francés que todos ellos hablaban. Por otra parte la más reciente biografía del general Álava aparecida muchos meses antes de que se publicase “La mujer del reloj”, “El general Álava y Wellington. De Trafalgar a Waterloo”, revelaba que Wellington hablaba español con bastante fluidez… Otro artículo, firmado por el que estas líneas escribe y publicado en el año 2009 por la revista de estudios históricos de Bilbao “Bidebarrieta”, revelaba que no era un hecho aislado ese conocimiento del castellano entre los altos oficiales británicos, describiendo el caso, por ejemplo, de William Parker Carroll, que lo manejaba a la perfección…

Obviamente, desde esa perspectiva, la escena de la página 626 de “La mujer del reloj” demostraría que, en efecto, la documentación histórica de la misma no es tan impecable como se ha dicho.

Más allá de cuestiones de detalle así, estructuralmente la visión de la época que da “La mujer del reloj” también presenta fallos importantes.

Siguiendo con Cádiz, el autor insiste, una y otra vez, en que esa ciudad es el único territorio libre de España en esas fechas -1808 a 1811- cuando lo cierto es que Galicia y otras partes de la Península, aparte de Portugal, han expulsado al invasor desde principios de 1809, manteniendo libres esos territorios prácticamente hasta el final de la guerra.

Por otra parte es obvio que el autor ha querido rendir homenaje -incluso desde la portada de su libro- a la película del año 2000 de Roland Emmerich “El patriota”, tratando de equiparar a los guerrilleros norteamericanos, que en 1776 luchan contra los británicos, a los españoles que desde 1808 lo hacen contra las legiones de Bonaparte. De hecho, eso es patente en la emboscada que se tiende a un pelotón francés entre las páginas 435 y 438 del libro. El ritmo, la actitud, incluso los gestos al recopilar las armas para el ataque… son prácticamente idénticos a las primeras escenas de “El patriota” en las que Benjamin Martin se venga de los británicos que han matado a uno de sus hijos e incendiado su hacienda.

El homenaje es aún más explícito poco después, en la página 440, en un diálogo entre dos personajes, uno de ellos un clérigo vestido como otro guerrillero más. En ese breve diálogo se reproduce, casi palabra por palabra, lo que dice el párroco que se une a las fuerzas de Benjamin Martin en “El patriota” (con la misma sutileza con la que en la 468 se cuela una frase de otra película de época: “Master & commander”).

Es laudable ese esfuerzo de Álvaro Arbina por querer dignificar a la guerrilla española equiparándola a la norteamericana descrita gloriosamente -a diferencia de lo que ha sucedido hasta ahora con la española- en “El patriota”. Sin embargo, “La novela antihistórica” le estaría haciendo a este autor otro de esos favores que matan si no le advirtiera que la mejor manera de dignificar la lucha española de 1808-1815 no es insistir en el manido tópico de la guerrilla como principal fuerza de combate española en esas fechas, sino contar la verdad que hasta ahora han soslayado gran cantidad de novelas históricas. Especialmente las anglosajonas, magníficamente documentadas en el período salvo cuando toca hablar de la guerra española, donde todo se reduce a partidas de salvajes que sólo saben tender emboscadas. Caso, por ejemplo de “Siete hombres de Gascuña” de R. F. Delderfield.

En efecto, desde 1810, el gobierno patriota ha convertido esos cuerpos en unidades versátiles que han vuelto la táctica napoleónica en contra de las propias tropas francesas, creando regimientos de voluntarios con uniformes, bandera, incluso bandas de música y, lo más importante, disciplinados y entrenados por militares profesionales que son enviados a dichas partidas desorganizadas hasta 1810 para hacer de ellas unidades operativas, capaces de combatir como guerrilla o Infantería ligera y, al mismo tiempo, como Infantería pesada o de línea.

El proceso se ha descrito en recientes estudios históricos -algunos firmados por el que estas líneas escribe, otros más difundidos, como “Los granaderos de Castilla” de Arsenio García Fuertes- surgidos al calor del bicentenario y que, una vez más, parece que han sido pasados por alto por el autor de “La mujer del reloj” que, acaso sin pretenderlo, ha hecho un flaco favor a la dignificación, tan vapuleada, del esfuerzo de guerra español de 1808-1815. Dejándola, más o menos, en el mismo estado deplorable en el que la han situado, a sabiendas, novelas históricas anglosajonas como la ya mencionada “Siete hombres de Gascuña” o casi todas las de la serie de Sharpe.

Y es una verdadera lástima esa falta de verdadera documentación histórica que lleva a errores como esos en esta novela, porque “La mujer del reloj” tiene buena madera de novela histórica, no sólo de novela de aventuras en la que todo vale -hasta piratas llamados “capitán Patanegra”- y se pueden mezclar estilos, costumbres, objetos y maneras de distintas épocas, para enganchar mejor a los lectores que sólo buscan una intriga muy básica.

Ciertamente “La mujer del reloj” tiene una buena base para ser algo mejor que eso. Así, por ejemplo, el autor ha sido muy cuidadoso a la hora de describir la situación del valido Godoy negándose a caer en el repetido y facilón tópico de caracterizarlo como un cretino desalmado y sin escrúpulos que investigaciones como las del profesor La Parra han demostrado completamente sin fundamento. Revelando, por el contrario, a un político de altura que trata de sobrevivir en una España convulsa y en una Europa en la que hace tiempo -y no sólo en la corte española, sino también en Viena, Londres, San Petersburgo…- había sonado la voz de “sálvese quien pueda”. Justo lo que Godoy trata de hacer, salvando de paso a España de las turbulencias provocadas por la revolución francesa de 1789 ante la que, muchas veces, se ve sólo. Abandonado por las demás cortes que han sido incapaces de contener a Napoleón y han firmado tratados con él como el de Tilsit en julio de 1807, meses antes que el que firma Godoy.

Hay muchos puntos, de hecho, a favor de “La mujer del reloj”. Por ejemplo, en el medido diálogo que, en las páginas 116 a 121, sostiene el “malo” oficial de esta novela (que rivaliza con “El prisionero de Zenda” también en esto: en tener su propio Rupert de Hentzau) con Alfredo Díaz de Heredia, padre de Clara, haciéndole una cruda, y bien documentada, exposición de en qué consiste la ocupación napoleónica, basada en esquilmar a todas las clases sociales españolas por medio de contribuciones proporcionales en función de la riqueza de cada estrato social. Cargando el peso especialmente sobre los más ricos -como es el caso de este personaje- por medio de detallados organigramas generosamente repartidos por toda la geografía española y conservados, en copia de la época, en muchos archivos municipales.

La caracterización de las Cortes de Cádiz, aunque pasa de un modo bastante leve por la novela entre las páginas 300 a 356 y 386 a 397 del libro, es también apreciable desde el punto de vista histórico, porque son presentadas -más que correctamente- como el segundo intento tras la revolución de 1789 de llevar hasta sus últimas consecuencias las ideas ilustradas que han puesto proa hacia la liberalización y democratización de la sociedad. Rompiendo así esta novela con la infumable caracterización que se hacía de esas Cortes como un grupo de ilusos sin futuro en “El asedio” de Pérez-Reverte que, es obvio, es otra de las novelas que ha influido en “La mujer del reloj”, que le rinde algún que otro discreto homenaje pero no la sigue por tan mal camino.

Finalmente, entre las páginas 632 a 642, Álvaro Arbina hace un relato de la batalla de Vitoria de muy alto nivel. Incluso independientemente de las libertades que este autor reconoce haberse tomado con algunos detalles de ese episodio protagonizado por las tropas de la División Iberia de Longa y de que esa descripción de esa unidad, hasta ese momento asimilada -de modo más o menos nebuloso- a otro cuerpo de “guerrilleros”, puede llevar a preguntarse a muchos de quienes lean “La mujer del reloj” cuándo, cómo y porqué se ha operado tan notable transformación a partir de unidades de semifacinerosos como las que salpican muchas páginas de “La mujer del reloj”, acaparando el protagonismo de la lucha contra Napoleón en España.

Así pues, en conclusión, ¿qué se puede decir de “La mujer del reloj”?.

Pues todo depende, como suele ser habitual, del cristal con el que se mire la cuestión. Si comparamos la novela de Álvaro Arbina con la primera serie de los “Episodios Nacionales” de Pérez Galdós -con la que tantos puntos le unen- quizás sale ganando Galdós. Por poco, pero ganando. Incluso pese a ser, a fecha de hoy, una serie escrita a caballo entre el siglo XIX y comienzos del XX (con todo lo que eso implica de inexactitud, prejuicios hacia la Historia española, etc…).

Si comparamos “La mujer del reloj” con las novelas de Bernard Cornwell sobre la Guerra de Independencia española -no demasiado buenas cada vez que ese autor se sale del marco del Ejército francés y el británico- las cosas quedan muy igualadas, aunque “La mujer del reloj” desmiente bastantes típicos tópicos de los que a Cornwell le gusta hacer una seña de identidad para su exitosa serie de Richard Sharpe.

Finalmente, si comparamos “La mujer del reloj” con novelas de la época napoleónica en las que se ha buscado que la buena ambientación histórica dé relieve a una buena intriga, como podrían serlo “Memorias de un recluta de 1813” o, más recientemente, “El memorial de Waterloo” que un especialista (británico al parecer) ha tenido la asombrosa -y verdaderamente incomprensible- generosidad de publicar primero en español a principios de 2016 pero, significativamente, en un sello independiente (es obvio que una gran editorial española jamás habría aceptado un libro con esos contenidos), el 60% de “La mujer del reloj” se desmorona como un castillo de naipes.

Eso, sin paños calientes, sin favores que matan al autor en su propia cuna literaria, es lo que se puede decir de “La mujer del reloj”: hay en ella un gran potencial para conseguir elevar el nivel de la novela histórica en España y sobre España, pero si su autor se deja llevar por lo que parecen elogios prefabricados por una estudiada campaña de marketing, incapaces, por supuesto, de hacer una crítica sincera de su obra, es de temer que en sus siguientes novelas incurra en los mismos errores y se quede, otra vez, a medio camino de ese objetivo.

Con respecto a los lectores, tendrán que decidir entonces si se limitan a seguir la inercia de lo que parece no ir más allá de una impostada campaña de marketing, si prefieren combinarla con la producción de sellos independientes como el que ha publicado “El memorial de Waterloo” o si, definitivamente, optan por romper con lo que tratan de venderles lo que parecen campañas del marketing más burdo, que sería capaz de jurar y perjurar incluso que “Mein Kampf” es una gran novela histórica si fuere menester.

Las opciones quedan abiertas. El juego continúa.

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