Más allá del Este del Edén: “El banquete celestial” de Donald Ray Pollock

“El banquete celestial” de D. R. Pollock ha alcanzado una merecida fama en poco tiempo. Ya va, de hecho, por su segunda edición en España cuando se escribe esta reseña. Y eso es mucho en ese país y, además, en el caso de una novela que no aspira, precisamente, a ser un bestseller.

En efecto, “El banquete celestial” es, ante todo, una obra muy personal de un escritor que, además, se sitúa casi al margen del “establishment” literario norteamericano. Ciertamente. Como nos advierte la carátula del libro, Pollock procede de las filas de la castigada clase obrera americana y se incorporó de manera tardía a esa élite en la que resuenan nombres como los de E. L. Doctorow, Philip Roth, J. Franzen… Además lo hizo a una edad ya bastante madura, tras apuntarse a cursos de escritura creativa en la Universidad.

Aun así, Pollock ha logrado triunfar. Y de manera fulgurante. Y eso es algo que parece tener muy merecido, si se da una oportunidad a “El banquete celestial” una vez que nos abrimos paso a través de sus primeras treinta o cuarenta páginas. Las mismas que pueden echar para atrás a buena parte del público que, por una razón o por otra, haya decidido adentrarse en esta novela.

En efecto. “El banquete celestial” empieza siendo una descripción cruda y brutal de unos Estados Unidos de principios del siglo XX a la que no estamos acostumbrados.

Así es, los protagonistas de esas primera páginas son los Jewett. Una familia de desafortunados blancos pobres que vagan de desgracia en desgracia por los aledaños de la Norteamérica que linda con el Medio Oeste y la Costa Este. Su triste historia se intercala con toques de realismo mágico que Pollock parece haber tomado de la Literatura sudamericana triunfante a mediados del siglo XX. Probablemente de Gabriel García Márquez. Es al menos lo que sugiere, con fuerza, el episodio en el que Pearl Jewett, el patriarca de ese pequeño clan familiar (compuesto por él y sus tres hijos) se entrevista con un curioso ermitaño peregrino que le habla del banquete celestial con el que se recompensará a los Jewett por sus penurias en la Tierra.

Si ese cuadro inicial de “El banquete celestial” no choca aún lo bastante con la idea que se ha forjado hasta hoy de esa Norteamérica de principios del siglo XX, Pollock añade a él otros personajes desgraciados y privados de casi todo. Como el granjero Ellsworth Fiddler. Estafado hasta perder los ahorros de toda su vida -la astronómica cantidad de 1000 dólares del año 1917 (en el que transcurre la acción)- y castigado, además, con un hijo alcohólico al que la vida, según Ellsworth, se le ha jodido -literalmente- por leer demasiado…

Pero, pasadas esas primeras páginas, en las que todo parece ir a ser un deprimente drama rural que acabe con los tópicos hollywoodienses sobre la América de Teddy Roosevelt, “El banquete celestial” toma otro rumbo distinto en el que se hacen verdad y letra impresa las observaciones de quienes han reseñado la obra desde su primera edición.

Es cierto que “El banquete celestial” es un “Western” trepidante que evoca el Cine de Peckinpah (sobre todo “Grupo Salvaje”) y el de Tarantino (desde “Pulp Fiction” a “Django desencadenado”).

Todo eso empieza cuando los tres hermanos Jewett, que responden a nombres tan caprichosos como el de su padre -Cane (bastón), Chimney (chimenea) y Cob (mazorca)- deciden ajustar cuentas con el Mundo apenas su amargado progenitor muere. El guión para ajustar esas cuentas se lo proporciona una “dime novelette” de esas popularizadas gracias a obras maestras del “Western” como “Sin perdón”. Es decir, novelas “del Oeste” que se vendían en la Norteamérica de finales del siglo XIX a cinco centavos y que contaban aventuras bizarras (en el mal sentido del adjetivo) y a cual más inverosímil.

La que da alas a los hermanos Jewett se titula concretamente “Vida y época del sanguinario Bill Bucket”, escrita por un poeta fracasado que, muchos años antes de que los Jewett se encuentren esa novela durante sus vagabundeos, se ha suicidado -como nos dice Pollock- bebiéndose bastante aguarrás como para limpiar una casa de varios pisos. Eso tras darse un festín carnal gastando el poco dinero que tiene con una prostituta que vive en la misma casa de vecinos. Todo en un Nueva York bastante siniestro. Incluso para el Edgar Allan Poe en el que parece inspirarse este otro personaje de “El banquete celestial”.

Circunstancias así poco importan a los hermanos Jewett, que deciden que el prometido banquete celestial quizás hay que ganárselo a tiros. Al parecer el único argumento que pueden entender personajes como el terrateniente Tardweller, que lleva meses explotándolos miserablemente a cambio de verdaderas miserias como un saco de harina o la promesa de darles algunas gallinas…

Tardweller, descrito como un auténtico bastardo recalcitrante, será el primero en experimentar ese cambio de rumbo de los hermanos Jewett, decididos a convertirse en ladrones de bancos siguiendo -hasta donde sea posible en la Norteamérica de 1917- la estela del imaginario, aunque sanguinario, Bill Bucket. Un renegado sudista que toma ese camino de fuera de la ley tras la derrota de la Confederación, haciéndose entender revólver en mano y por medio de otras truculencias muy celebradas. Sobre todo por Chimney, el segundo de los hermanos Jewett, que es, quizás, quien más se toma en serio esas enseñanzas literarias de segundo orden predicadas por Cane: el hermano mayor de los Jewett, el cerebro del grupo y el único que tuvo tiempo de aprender a leer antes de que la familia cayerá en desgracia por la muerte de la esposa de Pearl Jewett tras una larga y ruinosa enfermedad.

A partir de ahí entramos, a través de “El banquete celestial”, en la Norteamérica de 1917 más parecida a la descrita en una obra ya clásica de la Literatura norteamericana como lo es “Al Este del Edén” de John Steinbeck y a la que -parece claro- Pollock debe bastante de la idea sobre la que edifica su trepidante versión de los hechos de ese año, situada justo en la costa opuesta a la California de los atormentados hermanos Trask.

En efecto, desde el momento en el que los hermanos Jewett empiezan a impartir Justicia por propia mano, retomamos en “El banquete celestial” la Norteamérica a la que nos han acostumbrado obras como la misma “Al Este del Edén” o “Los rateros” de William Faulkner. O, incluso, “La balada de Cable Hogue” de Peckinpah. Pero Pollock va, desde luego, mucho más lejos. Describe, sin piedad, esa sociedad que pasa del carro de mulas a los Ford T -y otros vehículos con motor de explosión y bocina ronca- cabalgados por dandies de elegantes trajes y curiosos sombreros hongo que, bajo las finas camisas de cuello duro y sus chalecos ombligueros, aún tienen sitio para portar revólveres Remington.

En ese proceso están involucrados episodios obscenos de todas las calidades. Desde el Establo de las Putas -montado por un chulo caído en desgracia junto al campamento militar de la ciudad de Meade en el que se concentran las tropas que van a marchar a la Gran Guerra- hasta las desgraciadas aventuras sexuales del teniente Bovard.

Un personaje que ha recalado en ese campamento buscando que lo maten gloriosamente en los campos de batalla europeos para no avergonzar a su pulcra familia de impecable corte victoriano (como corresponde a la época y al rango social del que sale el teniente). Una que admitiría muy mal el hecho de que el joven Bovard sea incapaz de acostarse con mujeres y prefiera la compañía de hombres dados al opio y a imaginativos encuentros sexuales con toques sadomasoquistas. Algo que difícilmente podría encajar en la bienpensante sociedad de la que procede este antiguo alumno de Harvard, obsesionado con el mundo clásico griego, donde esas inclinaciones eran una virtud no incompatible con la vida militar…

Junto a él encontramos personajes tributarios de Dos Passos o Hemingway como el sargento Malone, voluntario veterano de esa “Gran Guerra” que ve con preocupación la deriva belicista del teniente Bovard, psicópatas como el siniestro tabernero Pollard, o desdichadas prostitutas como Matilda. Una de las pupilas del Establo de las Putas -de la que se enamora, sin remedio, un Cane Jewett elevado a la categoría de dandy “Belle Époque” con Ford T propio- y que exhibe en “El banquete celestial” reivindicaciones políticas y sociales que nos recuerdan que aquella América era también la América de arrojadas líderes anarquistas como Emma Goldman. La misma a la que Doctorow, por cierto, convierte en personaje de “Ragtime”. Una novela que, seguramente, también habrá influido en “El banquete celestial”.

Todos estos personajes excesivos, carne de censura o autocensura en la época de “Al Este del Edén” o “Los rateros” (que ya eran de por sí bastante explícitas, abordando el mundo de la prostitución sin muchos ambages), avanzan por las páginas de “El banquete celestial” en un generalmente divertido y trepidante rumbo de colisión. Siempre hacia un final tan inesperado como abierto y que sugiere futuras reapariciones de mucho de este variado elenco en las obras de Pollock aún por venir, al estilo de los Coalhouse de Doctorow o los Sartoris de Faulkner.

Algo que, en conjunto, hace que leer esta novela de Pollock sea una gran idea. Al menos para tener otro punto de vista sobre la Norteamérica del presidente Wilson que marcha hacia la Modernidad absoluta, hacia la Era de Ford, a lomos de la Gran Guerra…

 

 

 

 

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