¿Trabajos de amor perdidos? “Bajo dos banderas”. La Guerra de Independencia de Estados Unidos vista por varios escritores españoles

Esta es la primera vez que en “La novela antihistórica” se escribe una reseña de un volumen escrito por varios autores. Tal vez no sea la última.

En cualquier caso, era bastante difícil sustraerse al atractivo de “Bajo dos banderas”.

Su portada, basada en uno de los cuadros del ya inevitable Augusto Ferrer-Dalmau, es de por sí magnética, pues representa algo que ha estado prácticamente prohibido en España desde hace casi ocho décadas.

Es decir, un conjunto de soldados españoles del siglo XVIII (aquel siglo maldito para la dictadura franquista) mezclados en una aventura de esas que, normalmente, sólo se conocían en aquella España gris y, en general, bastante apaletada, (mala herencia que le quedó a la Democracia del 78) a través de las películas de Hollywood, donde si algún español salía, solía ser en la consabida versión de peón mexicano de aspecto grasiento y, en general, cruel y de pocas luces.

Nada que ver, por ejemplo, con la magnificencia de espectáculos visuales como los que, allá por los setenta, ofrecía el “Barry Lyndon” de Stanley Kubrick.

“Bajo dos banderas” parece querer poner remedio, ahora, a ese desaguisado, a ese raccord de cerca de veinte años que la supuestamente modernizada sociedad española arrastra desde hace varias décadas.

Esto es algo que queda bastante claro en el prólogo a esta obra colectiva firmado por Ignacio S. Galán, el presidente de Iberdrola, que es la empresa que ha patrocinado este libro que, por cierto, no se vende: se regala…

Y así, inevitablemente, llegamos a la pregunta ¿y cómo lleva a cabo esa labor de recuperación histórica “Bajo dos banderas”?

La respuesta a esa interrogante es complicada. Como no podía ser menos tratándose de un volumen colectivo y que además acomete una tarea titánica, muy por encima de la Sociología que ha generado España -por desgracia- durante las últimas ocho décadas.

Puede decirse que “Bajo dos banderas” desempeña esa labor de recuperar esa Historia olvidada (y condenada) de España de manera bastante desigual.

De hecho, lo primero que suscita “Bajo dos banderas” es dudas acerca de cómo se ha elaborado la lista de autores que iban a tener el honor de participar en la obra.

Algunos eran casi inevitables. Así, Juan Eslava Galán, que abre el volumen y elabora la cronología que adjunta la obra, no podía faltar. No sólo por ser un autor conocido del público que lee esta clase dc relatos, sino porque, como es público y notorio -y motivo de orgullo para ambos- es compadre (sic) del editor literario de la obra: Arturo Pérez-Reverte, que también aporta un relato a la misma.

Luego aparecen nombres “bestsellericos”. Caso de Juan Gómez-Jurado y Luz Gabás. Consagrados, como el de Espido Freire o Susana Fortes y a medio camino entre el autor bestseller y el consagrado. Como sería el caso de Lorenzo Silva. Eso, sin embargo, no explica la ausencia de otros nombres.

Curiosamente todos esos candidatos a participar en el volumen y que, sin embargo, no aparecen en él (salvo Reyes Calderón) son de origen vasco. Sería el caso de Alber Vázquez, Dolores Redondo, Juan Pérez-Foncea, Iñaki Zuloaga y Álvaro Arbina.

Dolores Redondo y Arbina podrían perfectamente haber figurado en calidad de autores bestsellers y Reyes Calderón, Vázquez, Zuloaga y Pérez-Foncea, desde luego deberían haber estado por cuestión de principio. Es decir, porque han sido los únicos autores de novela histórica española que han escrito -y publicado, que es lo más difícil- sobre la epopeya de ese país en la Guerra de Independencia norteamericana (o cerca de ella) antes de que “Bajo dos banderas” viera la luz.

Al margen de esa selección que, curiosamente (y a excepción de Espido Freire), deja la esquina vasca del mapa de España fuera de este volumen (incluso contra argumentos de bastante peso), el contenido de esa obra audaz es, como se podía esperar y ya se ha dicho, bastante desigual.

La aportación de Juan Eslava Galán, “El droguero de Mobile”, resulta un tanto chocante. Es una amalgama de relato deudor de Robert Louis Stevenson (que se ajusta muy bien a relatos como los que pretende agrupar “Bajo dos banderas”) y prosa cervantina que resulta bastante anticuada en boca de un madrileño del siglo XVIII. Incluso aunque queramos imaginarnos al protagonista del relato como lector de un autor algo anticuado ya para esa época, como lo fue José Cadalso, en el que, tal vez, también se haya querido inspirar Juan Eslava Galán.

Por lo demás, “El droguero de Mobile” también se queda algo a medias a la hora de mostrar a los lectores el reflejo de esa Historia olvidada que es la decisiva intervención de España en favor de los nacientes Estados Unidos de Norteamérica.

En efecto, es difícil entender qué hace a finales del año 1780 un barco contrabandista español llevando armas a los colonos yankees de la costa de Luisiana cuando, para empezar, ese territorio no está bajo su control sino bajo el de España y, para acabar, las armas que se pagan a ese contrabandista se obtenían prácticamente gratis del Ejército continental norteamericano y eran recibidas por oficiales del mismo. De acuerdo al tratado ya suscrito entre la corona española, la empresa de conveniencia dirigida por el comerciante bilbaíno Gardoqui y el Congreso de los a medio fraguar Estados Unidos. Con lo cual, pese a los ecos de “La isla del tesoro” que despierta esa parte del relato de Eslava Galán, ésta no tiene demasiado sentido histórico.

Como, de hecho, tampoco lo tiene la rocambolesca aventura del droguero, que se lanza a recorrer medio mundo en guerra para traer tinte auténtico de cochinilla desde América y así mejor servir a Francisco de Goya, destinatario de la larga carta que es, en definitiva, el relato que Juan Eslava aporta a este volumen colectivo. Nada de eso tiene mucho sentido porque el gran comercio de especias (y otras mercancías) en esos momentos está en manos de compañías mayoristas dirigidas por el estado o por testaferros del mismo. Como ocurre en el caso de Gardoqui e hijos.

Minoristas como el droguero del relato, no jugaban ningún papel en actividades de ese tipo, limitándose a negociar en segunda instancia -en puertos como Bilbao o Cádiz- los envíos de ese tipo de mercancías. Tanto por las restricciones impuestas por un estado mercantilista y monopolista -el habitual en las grandes potencias del siglo XVIII como España- como porque la aventura, de realizarse, podía salir verdaderamente cara.

En definitiva, el relato de Juan Eslava Galán, a pesar de fragmentos notables (como la defensa de Mobile frente a un ataque británico, donde se describe un Ejército español perfectamente dieciochesco) debía haber afinado más el leitmotiv de su relato y haberlo hecho de acuerdo a la investigación histórica que se ha estado produciendo en estos últimos años sobre este tema. Una que, al parecer, no ha obtenido todo el eco que sería de desear en autores como Juan Eslava.

El relato de Espido Freire que llega a continuación, es una cosa totalmente distinta y verdaderamente original. En efecto, “Los hombres con suerte” (ese es su título) cuenta esa intervención española en la guerra norteamericana desde el punto de vista de los “indios”, de los “salvajes” imprescindibles en esas campañas.

Es evidente que Freire sí se ha documentado a fondo para realizar este relato, situándose en el punto de vista de lo que se llama Historia antropológica, que explica la Historia desde la óptica no de quien lee desde la seguridad del tecnificado siglo XX o XXI, sino desde la de personas que no comparten en absoluto nuestros valores ni muestra visión del Mundo o que, incluso, como ocurre con los muskogi que protagonizan el relato (los que los ingleses llaman “creek”, como dice el narrador) tienen valores absolutamente contrarios.

Si algún “pero” se puede poner a este relato de Espido Freire es la insistencia en él por parte de los españoles (o los británicos) en la cuestión religiosa que, sin embargo, en el siglo XVIII, había quedado ya pospuesta a un segundo plano. Al menos para los europeos que combaten por el control de Norteamérica.

Por lo demás el relato de Freire nos devuelve a un Bernardo de Gálvez magnífico, realista, a la altura del Munro o del Montcalm de Fenimore Cooper o del que refleja el Robert Graves autor de “Las aventuras del sargento Lamb”. Y eso ya es mucho, teniendo en cuenta el papel anómalo y excéntrico con respecto a otros europeos que tanto se ha atribuido a los personajes españoles en novelas y películas pretendidamente “históricas”.

No puede decirse lo mismo, ni siquiera parecido, del siguiente relato, “El hilo del oro”, de Agustín Fernández Mallo. Cabe preguntarse, al leerlo, si realmente era necesario introducir un relato como éste en un volumen que trata de recuperar décadas de atraso histórico para España. Fernández Mallo posa aquí como autor de ese experimento que fue la llamada “Generación Nocilla” (es decir, la de autores nacidos en el Tardofranquismo y crecidos en la Transición) pero, al leerle, queda la duda, angustiosa, de si esa “Generación Nocilla” -en su caso- no es más bien la “Generación pan y chocolate de cartilla de racionamiento”. Pues bajo una aparente posmodernidad que mete hasta a Jim Jarmusch en la danza, Fernández Mallo nos devuelve la imagen de un Bernardo de Gálvez beato hasta el fanatismo religioso. Transido (por si fuera poco) de la doctrina de Max Weber sobre la supuesta superioridad de los protestantes que -al parecer sin que Fernández Mallo lo sepa- ha sido descatalogada científicamente hace ya muchos años.

Es decir, a pesar de lamentar lo mal que administramos los españoles nuestra Historia, el relato de Fernández Mallo lo único que hace es suministrar más leña a esa estúpida hoguera de las ranciedades que lleva ardiendo mucho, demasiado, tiempo. La misma en la que se echa a arder a generales dieciochescos como Bernardo de Gálvez.

Convertido, porque así se lo parece al autor -con bastante poco criterio histórico- en una especie de misionero adventista del Séptimo Día pero moldeado además en una inverosímil versión católico-posmoderna bastante difícil de creer y de digerir y que bien poco aporta a superar el retraso de veinte años -o más- en el conocimiento histórico del gran público español.

Afortunadamente el siguiente relato, “A la ventura”, de Susana Fortes, es justo todo lo contrario. Pese a algunos descuidos históricos -por ejemplo convertir al líder revolucionario Toussaint Louverture en un personaje célebre en 1779, cosa que no era en absoluto- “A la ventura” refleja bien lo que significó realmente aquella intervención española y, es más, las implicaciones políticas que tuvo entre los estratos más bajos de la población (mujeres, sirvientes, trabajadores…). Unas que alentaron los fuegos de posteriores revoluciones, que -pese a quien pese- también llegaron a España del mismo modo que Lafayette y otros oficiales franceses llevaron esas ideas a la Francia de Luis XVI.

El relato que sigue a “A la ventura”, firmado por la popular Luz Gabás, abunda en esa línea, pero abordando la cuestión no desde el punto de vista múltiple de las escalas más bajas de la sociedad colonial española, sino desde el de la mujer de Bernardo de Gálvez, el gran héroe de esta epopeya española en Norteamérica.

La aportación que, a continuación, hace el autor bestseller Juan Gómez-Jurado a este volumen colectivo es verdaderamente irregular. Por un lado, hay pasajes notables en su relato. En el que, además, el autor superventas demuestra que ha superado la fase de novela “de aventuras” en la que se ha movido y triunfado. Así, es de elogiar que ponga en valor una batalla naval prácticamente desconocida en España pese a haber sido un descalabro fenomenal para la Armada británica. Se trata de la primera de las dos que tendrán lugar en el Cabo San Vicente, donde se captura -prácticamente sin lucha- una flota británica, desequilibrando así -aún más- el curso de la guerra en favor de Estados Unidos.

Sin embargo, otras partes del relato de Gómez-Jurado chirrían. Para empezar, da al almirante Córdova todo el protagonismo en esos hechos en lugar de a Juan de Lángara, Nada adecuado teniendo en cuenta que Córdova, en general, tuvo un papel más bien airado en las dos batallas del Cabo San Vicente (ésta de 1780 y la de 1797).

Además de esto, la manera en la que habla el viejo artillero que relata esa primera batalla del Cabo San Vicente pretende sonar vieja y sólo suena a anacrónica (incluso más allá de lo que podría ser permitido en una novela “de aventuras”: “dar cera”, “Jorgito” por Jorge III, las fragatas calificadas como barcos inútiles, etc…). Por otra parte, como ya se puede suponer por la fecha en la que se desarrolla el relato (el año 1805), Gómez-Jurado no desaprovecha la ocasión para aguar la victoria de Cabo San Vicente con una derrota española. Lo cual viene a estar cuando menos de más en un libro que trata de poner en valor la Historia de España, más allá del regurgitado -con el agravante de delectación morbosa- de viejas derrotas -Armada Invencible, desastre del 98…- en el que se ha convertido desde hace demasiadas décadas…

Lo mismo, o casi, ocurre con el siguiente relato, “Las Bahamas y `Perico Pelao´”. Su autor, cartagenero como el editor del volumen, hace una magnífica descripción del Ejército español de esa época en acción. Centrándose fundamentalmente en el desembarco y toma de Bahamas con un pulso narrativo a la altura del que conquista taquillas y públicos mundiales desde el mundo anglosajón.

El problema con este relato -como con el de Juan Gómez-Jurado- es que de “Salvar al soldado Ryan”, Emilio Lara regresa al final de su relato al Cine costumbrista español propio de los años cuarenta y cincuenta. Reduciendo las brillantes escenas “à la Kubrick” que ha compuesto antes, a una broma de humor local para explicar el origen de un himno habitual en la Semana Santa de Cartagena, conocido como el “Perico Pelao”…

Otro tanto ocurre con “La cabellera”, el relato del editor del volumen, Arturo Pérez-Reverte. Hay pasajes de una altura más que considerable en él, también con el mismo pulso narrativo que grandes producciones del cine bélico de Hollywood. Otros que profundizan en la Historia del momento de manera igualmente hábil. Especial mención merece la descripción del guía indio que acompaña a los soldados españoles, en el que no faltan muy buenos detalles de ambientación. Como hacer que lleve colgada al cuello una moneda con la efigie de Carlos III, lo cual nos sitúa correctamente -junto a muchos otros detalles así- en la época y el lugar. Sólo que esta vez de mano de los casacas blancas españoles y no de los consabidos casacas rojas británicos.

Pero más allá de ese hábil tejido literario, hay en el relato de Perez-Reverte innumerables dosis de ese costumbrismo castizo que ha catapultado al autor al éxito pero que, en un volumen como éste -supuestamente dedicado a rehabilitar esa parte importante, pero perdida, de nuestra Historia- deberían haber estado de más y prestan un flaco servicio a esa causa.

Por suerte los relatos de José María Merino, Clara Sánchez y Cristina López-Barrio, son ejemplares a ese respecto. Todos ellos nos llevan a distintos escenarios de esa guerra -incluso la mismísima casa de George Washington o el Nueva York sojuzgado por los británicos- poniendo en el papel protagonista a los españoles, pero sin caer después en esos amaneramientos costumbristas que, como ya ha quedado dicho, deslucen otras aportaciones a este libro.

El relato que cierra este volumen colectivo es quizás lo más criticable del conjunto. Y por muchas razones. Lorenzo Silva abunda en él en un discurso decadentista, un verdadero entramado de derrotas seculares españolas que van desde la época de la Armada Invencible hasta Trafalgar. En medio de ellas, los grandes éxitos españoles logrados en apoyo de los nacientes Estados Unidos -otra vez la victoria en Cabo San Vicente, que este autor también atribuye más a Córdova que a Lángara- quedan reducidos a la nada, en una nueva edición de ese pestilente discurso que, desde los tiempos de Cánovas, está desacreditando internacionalmente a España.

Algo hecho, por desgracia, a manos de españoles a los que -no se sabe bien el porqué, más allá de una probable, y actual, tendencia española al suicidio colectivo- se les han firmado cheques en blanco para hablar así tanto dentro como fuera del país. Como es el caso de Lorenzo Silva.

Iberdrola y la plataforma editorial concitada por Arturo Pérez-Reverte -Zenda- quizás tengan buenas razones para haber situado a Silva como punto y final de “Bajo dos banderas”, pero ninguna de ellas parece coherente con el prólogo de Ignacio S. Galán en el que se habla de recuperar pasajes olvidados -y magníficos- de la Historia de España.

El relato de Silva es deprimente, crepuscular y, peor aún, pues incluso haciendo alardes de erudición histórica dando a conocer la aún desconocida Batalla de Glenshiel en la Escocia de 1719, lo único que deja fijado en la mente colectiva española es el consabido recitado de derrotas militares sin paliativos que, se supone, caracterizarían la Historia de ese país.

Es difícil comprender qué ha llevado a Silva a hablar -gracias a un personaje enteramente ficticio- de la derrota de Trafalgar en 1805 tras la victoria de Cabo San Vicente en 1780 sin añadir a continuación, por ejemplo, el episodio de La Coruña en 1809. Ese en el que fuerzas españolas ayudan a salvar -en una especie de Dunkerque de las guerras napoleónicas- al único Ejército del que dispone una desesperada Gran Bretaña en esas fechas…

Este cierre a la baja, en clave rancia y decadentista, es, quizás, lo peor de “Bajo dos banderas” y lo que podría hacer de este libro -necesario y más que digno en conjunto- uno de esos trabajos de amor perdidos de los que hablaba Shakespeare.

La idea de convertirlo en un producto gratuito tampoco parece demasiado acertada. Otro gran autor inglés, sir Tomás Moro, ya explicaba en su “Utopía” que no había nada mejor para quitar valor a algo -el oro por ejemplo- que convertirlo en un objeto inmundo, pueril o sin ningún valor.

Quizás tanto Zenda como Iberdrola esperaban con esa gratuidad del libro, difundirlo mejor, pero deberían haber sido conscientes de que en una sociedad tan materialista como la actual española, en la que la clave del éxito es el dinero -independientemente de la calidad del producto- eso puede ser un auténtico suicidio para una idea en principio tan brillante como la que anima a “Bajo dos banderas”.

España necesita realmente más “Aventuras del sargento Lamb”, más “Johnny Tremain”…, no folletos que se regalan a la salida del Metro y que, en la mayoría de los casos, acaban en la papelera más próxima al lugar en el que han sido regalados por parecer un peso inútil, que no ha costado nada adquirir.

Eso y las náuseas de una mala digestión histórica -como las del relato que cierra el volumen- es lo más descorazonador de esta idea literaria -“Bajo dos banderas”- que merece mejor suerte.

Desde luego, la de ser leída en su justo valor, conociendo sus virtudes y sus defectos, y apreciada tanto como si cada ejemplar de esa obra costase diez piezas de a ocho con la efigie de Su Majestad Carlos III.

 

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