Un terreno difuso. “El espía del rey” de José Calvo Poyato

Lo primero que se puede decir de esta nueva novela de José Calvo Poyato, es que “El espía del rey” está por encima de “Conjura en Madrid” (ambientada como ésta en el siglo XVIII, aunque a principios de esa centuria) pero algo por debajo de “Sangre en la calle del Turco”, de la que ya se habló en una edición anterior de “La novela antihistórica”.

Así las cosas, quizás sería bueno empezar por hablar de lo que se podría considerar, más que vicios, cosas echadas a faltar en “El espía del rey”, que, por otra parte, es una interesante novela histórica.

Está claro que su autor, José Calvo Poyato, es un verdadero fan del casticismo galdosiano. Ya lo demostró en “Sangre en la calle del Turco”, novela dedicada al escritor canario y su época, y otra vez nos lo demuestra, ahora, en la selección de nombres para algunos de los personajes ficticios de “El espía del rey”: espías y conspiradores con nombres tales como Agapito o Secundino.

Esto estaría muy bien si Calvo Poyato se hubiese ceñido a la realidad del índice de nombres habitual en la España de 1748 en la que se desarrolla la mayor parte de la acción de “El espía del rey”. Pero no es así. Nombres como esos, que parecen salidos de una zarzuela de la época de Galdós (en la que además habrían sido puestos principalmente para causar risa en el público) rebaja el, en muchas ocasiones, altísimo nivel que rozan algunas páginas de esta novela.

Esos nombres raros, eran, en efecto, raros en la España de la época. Lo normal eran patronímicos más ecuánimes sacados de las partes más prosaicas del santoral. Como Bernardo, Martín, Juan, Antonio, José, etc… La presencia de nombres menos usuales era rechazada, incluso, por quienes los llevaban. Por lo general, en segundo lugar. El caso del navegante guipuzcoano Manuel de Agote es notorio. Su nombre completo era Manuel Facundo y ya se dejó publicado en su día (mucho antes de que “El espía del rey” estuviese siquiera en proyecto) el rechazo que le producía utilizar ese segundo nombre tan poco usual.

Cuando se hace novela histórica no todo vale. O al menos, no todo debería valer. Y a veces los detalles son tan importantes como el conjunto de la obra. Tener lunares es inevitable, obviamente, pero provocárselos a ciencia y conciencia es algo que roza el absurdo y, por lo general, en nada ayuda a mejorar el aspecto personal. Lo mismo ocurre con estas pequeñas excursiones al sainete galdosiano en medio del siglo XVIII español. No mejoran en nada la calidad, como novela histórica, de “El espía del rey”.

Otro de los defectos, o cosas echadas a faltar en “El espía del rey”, sería, precisamente, ese déficit de su autor, a la hora de documentarse o ceñirse fielmente a la documentación de época.

La bibliografía que Calvo Poyato añade al final de su novela, presenta lagunas importantes. Así, por ejemplo, no aparece mencionada una obra firmada por la historiadora Celina Ribechini, “Venturas y desventuras de un mercader en el Bilbao del XVIII”, dedicada, precisamente, a uno de los principales personajes de “El espía del rey”: Agustín Pablo de Ordeñana, mano derecha del ministro Ensenada que es, a su vez, otro de los principales protagonistas de la novela.

El mismo déficit se encuentra con el modo en el que viajan los especialistas británicos contratados por el navegante Jorge Juan en Londres. El episodio es completamente verídico y constituye, de hecho, la trama principal de “El espía del rey”. Pero, aunque por otra parte, la descripción de Calvo Poyato mejora, y en mucho, la casi fantástica que se daba de ese episodio en “Sartine y el caballero del punto fijo”, la primera novela histórica española que se hacía cargo del tema, esa mejoría es muy relativa.

En efecto, es obvio que José Calvo Poyato, tampoco parece al tanto de las últimas investigaciones al respecto, que indican que la ruta de la mayoría de esos especialistas pasa por la frontera de Irún en el invierno de 1750. Como ocurre con Richard Rooth, al que una vez más, se le hace viajar por una ruta marítima, completamente distinta a la que en realidad siguió, por tierra y hasta esa frontera de Irún…

Esa información publicada por el que estas líneas escribe hace ya varios años, debería haber sido, sin duda, de fácil acceso para un profesor universitario como es el caso de José Calvo Poyato. Sin embargo, si nos remitimos al resultado, parece ser que no es así, con lo cual “El espía del rey”, una vez más, sufre como novela histórica. Eso sin tener en cuenta las consecuencias colaterales tan propias de la España de la Transición que hoy por hoy se resquebraja, precisamente por esa manía de considerar que la “periferia” vasca o catalana forma realidad histórica aparte de la española general. Campo abonado para toda clase de demagogia política que muchas veces -como se vio en el caso de “Victus”- empieza precisamente en novelas de las llamadas “históricas”, y que la inverosímil llegada de Jorge Juan a territorio vízcaino, a bordo de un barco de la compañía bilbaína “Gardoqui e hijos”, no mejora demasiado.

Otro defecto, o cosa echada a faltar, en “El espía del rey”, es su inercia -tan habitual en la novela histórica española- a considerar siempre mejor lo “del extranjero”. Especialmente si ese “extranjero” es británico. Así, algunos de los personajes de “El espía del rey” se quedan extasiados ante una supuesta superioridad comercial y militar inglesa frente a la española. Sacando al Cádiz de la época malparado en la comparación con el Londres de 1748.

Jorge Juan, por ejemplo, se deja decir algunas veces que la flota británica dispone de 100 navíos de línea y es, por tanto, muy superior a la española. Una vez más las investigaciones más recientes sobre la guerra naval y operaciones anfibias contra España (publicadas varios meses antes de que “El espía del rey” estuviese en prensa) demuestran que esa supuesta superioridad naval británica no existe. Así, la Flota del Canal, al mando del almirante Norris, es incapaz de pasar entre 1742 y la firma de la paz en 1748, más allá de la Costa Vasca y sólo dispone de cinco navíos de línea para esa operación. Siendo, por ejemplo, rechazado su intento de ataque a San Sebastián con sólo dos –dos– únicos cañonazos disparados por la milicia local que defiende esas baterías costeras… Unas circunstancias que constaban al mismo Ensenada, como se revela en su correspondencia con las autoridades provinciales guipuzcoanas encargadas de organizar ese dispositivo defensivo.

Todo esto, sin embargo, no quita para que “El espía del rey” roce, como decía, grandes alturas como novela histórica en algunos momentos.

En efecto. Es el caso de las intrigas palaciegas orbitando en torno a la reina Bárbara de Braganza, perfectamente descrita en esta novela no tanto como la reina consorte de Fernando VI, sino como una agente portuguesa y, por esa misma razón, como una fiel e interesada ejecutora de los designios del embajador británico Benjamin Keene. Un personaje que Calvo Poyato describe de manera igual de exacta y minuciosa y con una notable agilidad literaria.

Lo mismo puede decirse del marqués de la Ensenada y de su eterno rival: José de Carvajal y Lancaster. La parte de “El espía del rey” en la que ambos ministros miden sus fuerzas ante el rey Fernando VI en una audiencia palaciega, es, quizás, de lo mejor que se ha escrito en novela histórica en España.

Igualmente, entre las virtudes de “El espía del rey”, deberíamos contar el tratamiento que, finalmente, se hace de Inglaterra. O más concretamente del Londres de aquella época. En ese punto José Calvo Poyato vuelve a romper los moldes habituales en la novela histórica española, describiendo una sociedad donde las desigualdades sociales y la pobreza pueden ser tan rampantes e hirientes como en el Madrid de esas mismas fechas. O en la que las opiniones públicas pueden salir igual de maltratadas en las calles, mesones y tabernas de cualquiera de esas dos ciudades. En Madrid por unas razones y en Londres por otras. Por ejemplo, ser partidario de la derrocada monarquía de los Estuardo, ser irlandés y católico…

En conjunto, “El espía del rey”, aunque puede que no termine de ser ni una mala ni una buena novela histórica, sí que merece ese adjetivo y, desde luego, merece la pena leerla. Siquiera sólo sea para empezar a aprender algo de ese siglo XVIII español tan olvidado y tan “anormalizado”. Primero por la escuela de la Dictadura franquista y, todavía cuatro décadas después, por las consecuencias de esa mala calidad de la enseñanza española durante otras cuatro décadas.

Es una lástima, quizás, que la cuarta economía de una de las zonas más desarrolladas del planeta no pueda aspirar, de momento, a nada más. Lo único que cabe esperar es que, con el tiempo, el buen ejemplo que dan algunas partes de “El espía del rey” cunda y se conviertan en norma y no, como sigue ocurriendo hoy, en la segunda década del siglo XXI, en una excepción.

 

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