De vuelta a un territorio perdido: “Hijos del Gran Arquitecto” de Iñaki Zuloaga

La novela que vamos a considerar este mes en “La novela antihistórica” es una verdadera rareza. Por muchas razones.

En primer lugar, porque esta novela es producto de unas circunstancias políticas anómalas.

En efecto, tras una larga noche de proscripción en España, las logias masónicas han vuelto a la luz pública y, además, con una intensidad verdaderamente desconocida. “Hijos del Gran Arquitecto” es una buena prueba de ese retorno de la Masonería española a los trabajos públicos y no reservados a la clandestinidad, pues la respetable logia Altuna instituida en San Sebastián en el año 1932, durante la demasiado breve primavera republicana española, ha sido quien ha editado, publicado y difundido este libro.

Todo esto, como es lógico, contribuye a hacer de “Hijos del Gran Arquitecto”, una verdadera rareza en el panorama literario español de estas fechas.

Efectivamente, quien quiera podrá entretenerse leyendo entre líneas en las páginas de “Hijos del Gran Arquitecto” las claves de un relato que, como dice el autor, sin revelar ningún secreto de los que los masones (se supone) jamás deben revelar una vez admitidos en la logia correspondiente, contiene evidentes claves relacionadas con el relato en el que se basa la Masonería desde el siglo XVIII en adelante. Algunas de esas referencias son incluso verdaderamente explícitas.

Por ejemplo, cuando Iñaki Zuloaga describe el grave conflicto de intereses que se desarrolla entre las logias francesas, españolas y británicas desde el momento en el que se declara la Guerra de Independencia de Estados Unidos, que es el telón de fondo histórico sobre el que transcurre esta novela titulada “Hijos del Gran Arquitecto”.

El autor, en efecto, no tiene ningún reparo en poner sobre las páginas de su novela la contradicción que supone que una institución como la Masonería que, al menos teóricamente, aspira a la Fraternidad universal para todos los seres humanos, se vea envuelta en una guerra abierta entre quienes desean ese futuro (es decir, los insurgentes norteamericanos) y quienes tratan de hacer lo imposible para que tal cosa no llegue a suceder.

En este caso los gobernantes británicos, que anteponen los intereses imperiales de Londres a cualquier otra consideración. Empezando por la pertenencia, o no, a una logia masónica, ya que (como nos cuenta “Hijos del Gran Arquitecto”) las británicas ven como disuelto prácticamente todo lazo de fraternidad con las francesas y españolas. Al menos en tanto en cuanto siga la guerra que es, en buena medida, (eso tampoco lo oculta el autor de “Hijos del Gran Arquitecto”) un producto de las inquietudes de las logias francesas por ayudar a sus hermanos norteamericanos (Washington, Franklin, …), que han decidido dar el paso decisivo (declarar la guerra al Absolutismo británico) para materializar los ideales masónicos de Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Hay, desde luego, abundante material en esta novela para que quienes se sienten morbosamente fascinados por la Masonería y sus misterios, pasen un rato entretenidos con estas intrigas o con la Luz que viene de Oriente (concretamente de Egipto) o la carga simbólica de Ahimán. Uno de los principales protagonistas de la novela que, procedente de ese mismo Oriente, reparte -a diestro y siniestro- muerte y destrucción, como una especie de extraño ángel exterminador.

Pero, como decía, no es esa la única razón que hace una rareza de esta novela histórica (dicho esto, desde luego, en el mejor sentido de ese adjetivo).

Lo que también hace rara a “Hijos del Gran Arquitecto” es su calidad literaria. Tan sólo hay tres novelas españolas que han tomado como eje de su desarrollo la participación española en la guerra que da nacimiento a los Estados Unidos. Una es “Gritos de Independencia” de Reyes Calderón. Otra “Fuego en el Misisipi”, aparecida casi al mismo tiempo que “Hijos del Gran Arquitecto” y también facturada por un autor vasco, el abogado donostiarra Juan Pérez-Foncea. Partiendo de ese exiguo punto, si comparamos “Hijos del Gran Arquitecto” con “Gritos de Independencia”, la más veterana de esas otras dos novelas (de la más reciente carezco de información más sólida), queda bien claro que el pulso narrativo de la novela de Iñaki Zuloaga gana -de largo- a la obra de la hoy tan polémica economista de Valladolid.

En efecto, “Hijos del Gran Arquitecto”, además de su mayor fidelidad a la época histórica en que transcurre, nos devuelve a un universo literario fascinante. El de las novelas “de aventuras” de calidad. Como, por ejemplo, “La isla del Tesoro” de R. L. Stevenson, con la que comparte un parentesco más que cercano.

Así, con la novela de Zuloaga descubrimos, desde muchos puntos de vista, las miserias, pero también las grandezas, de una época tan fascinante como el siglo XVIII sin la que la nuestra apenas puede comprenderse.

En “Hijos del Gran Arquitecto” hay grandes nobles franceses (como el maestro venerable y padrino de Manex Lamark, el oficial vascofrancés protagonista de la novela) y ministros que organizan complicadas maniobras políticas. Intrigas cortesanas llenas de meandros que cortan la respiración de unos lectores que así vuelven a momentos inefables. Por ejemplo, cuando leyeron, por primera vez, pasajes inolvidables como el de Jim Hawkins, ya a bordo de la Hispaniola, escuchando oculto en un barril de manzanas los siniestros planes de Long John Silver…

En efecto, en “Hijos del Gran Arquitecto” volvemos a encontrarnos con arriesgadas escapadas en las que tiros, cuchilladas y estocadas abundan. Casi tanto como los combates navales entre aquellas poderosas máquinas de guerra llenas de cables y velas que eran los barcos de guerra de la época y llevan años fascinando, desde las páginas de Stevenson o Salgari, o desde las pantallas de Cine, a varias generaciones.

Todo esto, y bastante más, es lo que ofrece “Hijos del Gran Arquitecto”.

De hecho, ese hilo conductor de puro entretenimiento es una hábil maniobra por parte del autor (él mismo, según propia confesión, miembro de esa generación fascinada por el género “de aventuras”) para hacer que así sepamos -un poco más- sobre el complejo proceso bélico y político que llevó -entre 1776 y 1783- al nacimiento de los actuales Estados Unidos y que los lectores españoles bien merecen conocer contado, también, desde la óptica que adopta “Hijos del Gran Arquitecto”. Sin la cual, además, esa historia estaría incompleta. Verdaderamente incompleta.

La orientación personal del autor podrá gustar más o menos, despertar recelos atávicos propagados durante siglos, pero, desde luego, la lectura de “Hijos del Gran Arquitecto” no defraudará, en absoluto, a quienes quieran conocer cómo Estados Unidos consiguió su independencia. En parte gracias, también, a una España casi absolutamente desconocida para eso que llaman “Gran Público” a causa de la zafiedad y mediocridad que domina un panorama editorial español donde, por desgracia, obras como la de Iñaki Zuloaga siguen siendo una excepción. Incluso una rareza, todavía.

Esperemos que “Hijos del Gran Arquitecto” consiga cambiar eso, al menos en parte. El empeño del autor, su buen hacer, desde luego lo merecen.

 

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