Novela holmesiana con acento vasco: “El juramento de Whitechapel” de José Javier Abasolo

La novela “El juramento de Whitechapel” de José Javier Abasolo no es, desde luego, la mejor de las muchas que ha escrito su autor.

En efecto, en contra de lo que se podría esperar de una novela holmesiana, como lo es ésta, no hay en ella un ritmo trepidante, una suspensión de la incredulidad similar a las novelas holmesianas originales, cuyo autor, el doctor Arthur Conan Doyle, por cierto, aparece, aunque sea brevemente, en las páginas de “El juramento de Whitechapel”.

Todo lo contrario, “El juramento de Whitechapel” no parece abundar en esas cualidades. O siquiera en las de una buena novela de misterio -como las de Wilkie Collins, que también son mencionadas en esta novela de Abasolo- o una buena novela policíaca como “El aniversario de la independencia”, también firmada por Abasolo y que -en una trepidante mezcla de ciencia-ficción blanda y “polar” al mejor estilo francés- mantiene a los lectores al borde de la silla, incapaces de levantarse de ella.

Por el contrario, “El juramento de Whitechapel” puede resumirse en breve y sin demasiado interés a pesar de sus más de 400 páginas: en 1888 un joven Sabino Arana, futuro fundador del Partido Nacionalista Vasco, es enviado por su hermano mayor Luis -otro prócer de dicho futuro partido- a educarse en Inglaterra, viendo que no sabe cómo orientar su vida tras emprender varios estudios universitarios en Barcelona que no terminan de interesarle.

El destino del joven -y aún imberbe- Sabino, es Londres y, más concretamente, la casa de Lord Kingsfield. Amigo de la familia Arana y encargado de ser el mentor del retoño díscolo para enseñarle las artes del comercio y que así se convierta en un hombre de provecho en aquella España del siglo XIX que, desde Cataluña y el País Vasco, mira hacia una Gran Bretaña que es el taller del Mundo y domina, todavía, sobre los mares.

Esas circunstancias, sin embargo, llevan de cabeza al joven Arana a descubrir que ese Londres en el que él aterriza tras un convulso viaje marítimo, es el escenario de una serie de salvajes asesinatos de prostitutas en el degradado barrio de Whitechapel.

A esa realidad le abre los ojos el joven diletante Charles Kingsfield, hijo de su mentor que -bajo su bien lograda imagen de joven rico y ocioso al que cuesta mucho meter en vereda para que herede la posición y el imperio económico erigido por Lord Kingsfield- oculta un joven desenvuelto y curioso. Entusiasta de la Literatura de Wilkie Collins y Arthur Conan Doyle y, además, fuertemente preocupado por los dilemas morales victorianos que tan magistralmente plasmará otro autor de la época: Robert Louis Stevenson, autor de “El extraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde”.

Es decir, Charles Kingsfield no sólo se mete en la caza Jack el Destripador por afán de emulación o de aventura, sino porque le preocupa enormemente el problema del Mal en estado puro, el capaz de hacer lo que hace el Destripador…

Y a esa búsqueda arrastra a Sabino Arana, futuro fundador del Partido Nacionalista Vasco como ya se ha dicho, que, por sus avatares personales, ha acabado convirtiéndose en su huésped y, finalmente, amigo. De hecho, casi cuñado pues Abasolo no tiene reparo en hacer que el joven Arana se enamore -y sea correspondido- por la hermana de Charles Kingsfield.

De la mano de esa trama nos adentramos en la Inglaterra victoriana, por medio de personajes ficticios como los Kingsfield, sus empleados y criados o de personas tan reales como Conan Doyle o el inspector Abberline.

El viaje, como digo, dista mucho de la agilidad que podemos encontrar en las novelas holmesianas originales. O incluso en las que se han escrito en el propio País Vasco y con ese mismo trasfondo que quiere emular “El juramento de Whitechapel”. Como “Alcolea”, firmada por el que estas mismas líneas escribe.

Leer, en efecto, “El juramento de Whitechapel”, no es leer “Estudio en escarlata” o novelas del propio Abasolo como “El aniversario de la independencia”. Los personajes se pierden en disquisiciones demasiado largas. Hay cambios de ritmo que despistan a los posibles lectores en vez de ayudar a mantener su interés. De hecho, Abasolo ha planteado la narración en tres planos temporales distintos. Uno en 1888, en el momento en el que se producen los asesinatos, otro en 1903 con Sabino a punto de morir y un tercero al comienzo de la Guerra Civil española. Cuando un sacerdote vasco que asiste en confesión a Sabino Arana en 1903, se decide a poner por escrito todo lo que se supone le ocurrió en 1888 antes de que él mismo, el sacerdote, sea fusilado por las tropas franquistas que lo han detenido como miembro de las fuerzas leales al gobierno republicano.

Esos cambios de época y de narrador complican bastante la lectura de “El juramento de Whitechapel” que, sólo por momentos, consigue revivir la energía que podemos encontrar en las narraciones de Conan Doyle en las que se inspira y a las que emula.

Así las cosas, cabría preguntarse qué se puede sacar en claro de la lectura de “El juramento de Whitechapel”. Aquí las cosas cambian totalmente. Hay que decir que merece la pena leer esa novela. Y especialmente en la España actual.

¿Por qué? La respuesta es muy sencilla. Puede que “El juramento de Whitechapel” sea difícil de leer, puede que incluso cometa algunos errores de percepción histórica, que no se haya documentado mucho en la época, pero, desde luego, es impagable para conocer la figura del fundador de uno de los partidos que hoy, en el año 2020, estaría en condiciones de acabar con la unidad de España tal y como la conocemos.

Naturalmente el relato de esa figura en “El juramento de Whitechapel” es totalmente positivo. Al fin y al cabo, la novela está escrita por alguien próximo a ese partido y, de hecho, ha sido publicada por una editorial, Erein, nada alejada de los planteamientos del Nacionalismo vasco.

Así el Sabino de Abasolo poco o nada de malo tiene que decir de los judíos, o del racismo, pese a que el Sabino real en sus posteriores obras literarias -por ejemplo “De fuera vendrá…”- se despachó, sin tapujos, contra la raza inferior “maketa” -mentirosa, taimada, artera, ladrona, de alta peligrosidad social…- que, procedente de la España mesetaria, amenazaba con contaminar y destruir el idílico mundo vasco que, en realidad, sólo existió en una idealización del pasado imaginada por Sabino Arana.

La misma que le servirá de base para consolidar su hoy, de momento, exitoso partido. Una en la que las mismas leyes excluyentes de limpieza de sangre españolas de la Edad Moderna -llevadas al paroxismo en provincias vascas como la Vizcaya natal de Arana- se han vuelto -desde la época fundacional del PNV- contra esos españoles, o “maketos”, que pasarán a tener la misma categoría -en el imaginario político-administrativo del nacionalismo vasco- que los judeoconversos o los plebeyos en el Antiguo Régimen español. Ese en el que las provincias vascas juegan un papel fundamental y no precisamente como sociedades oprimidas o excluidas. Tal y como también las quiso imaginar el Arana real que, en efecto, dista bastante de la imagen -mucho más dulce, casi inocente- que Abasolo pinta en “El juramento de Whitechapel”.

Sólo por esas razones cualquier lector español, del año 2020, debe leer esa novela que, de hecho, es ya -ahora mismo- todo un documento histórico para entender las derivas del Nacionalismo vasco desde su fundación hasta esta actualidad candente, en la que se perfila como una amenaza absoluta para la pervivencia de España.

Puede que, como decía, el viaje no resulte todo lo apasionante que se podría esperar de una novela que pretende ser holmesiana, pero lo cierto es que, sí, merece la pena esforzarse en leer “El juramento de Whitechapel”. Siquiera sólo sea para aprender grandes lecciones sobre la Historia de ese partido -el nacionalista vasco- y su peculiar fundador que le infundió su principal alma de las dos de las que, dicen, está dotado ese partido según algunos profesores universitarios hoy en ejercicio en el País Vasco (y, por tanto, con la aquiescencia y tolerancia del gobierno controlado por el PNV). Una doble alma que no aparece en el Sabino Arana imaginario de “El juramento de Whitechapel” y así convierte, por tanto, en casi obligatoria la lectura de esa novela para quien quiera estar bien informado de uno de los fragmentos de esa Historia de España que todavía hoy no ha acabado de escribir su última línea…

 

Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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2 respuestas a Novela holmesiana con acento vasco: “El juramento de Whitechapel” de José Javier Abasolo

  1. Jonathan Hernández dijo:

    Perdone Vd., Sr Carlos Rilova Jericó, pero hay un cierto párrafo en su crítica que acaba de descolocarme: “El viaje, como digo, dista mucho de la agilidad que podemos encontrar en las novelas holmesianas originales. O incluso en las que se han escrito en el propio País Vasco y con ese mismo trasfondo que quiere emular “El juramento de Whitechapel”. Como “Alcolea”, firmada por el que estas mismas líneas escribe.”

    O sea, o interpreto de manera muy enrevesada su crítica o está Vd. colocando, negro sobre blanco digital, que “El juramento…” no es una buena novela al no resultar tan ágil… como otras y, entre ellas, otra que Vd. mismo ha escrito. Desde luego de desparpajo no anda Vd. falto, en absoluto.

    Del resto de su crítica-comentario al respecto de si en el País Vasco el PNV bla, bla, bla… tan sólo comentarle que no me interesa en absoluto, básicamente por adocenada, poco rigurosa y nada original ¨”amenaza absoluta para la pervivencia de España”, nada más y nada menos. Si bien, sin duda, muy al gusto de la lectura dominante en la villa y corte y al uso entre el “no nacionalismo” (obsérvese, si es menester, la evidente ironía que acompaña al término “no nacionalismo”) rampante al sur del Ebro.

    Si me permite una crítica a su crítica, Sr. Rilova Jericó, que sean dos: (1) repásese Vd. aquello de la paja nacionalista en el ojo ajeno y, (2) apúntese Vd. un penduliano “ma gavte la nata”. Le vendrá bien.

    Atentamente,

    • Sr. Hernández: (o el que sea su verdadero nombre): cuando vea en periódicos como DEIA reseñas recomendando como libro de cabecera “El juramento de Whitechapel” y envolviéndolo en incienso, escriba a dicho periódico y cuénteles eso del desparpajo. Si se atreve, que lo dudo.
      Si ellos tienen derecho a hacer esas recomendaciones en sus publicaciones, el mismo tengo yo a hacerlo en las mías con mis propias novelas y usted no es quien para opinar nada al respecto. Si tiene problemas con las erupciones de bilis, vaya a ver a su médico de cabecera. No es este el lugar adecuado para tratarlas.
      Respecto a las intenciones del PNV con respecto a mantener la integridad de España o destruirla (bla, bla, bla), me he limitado, como buen historiador, a recoger los datos de la fuente original. Es decir, del propio PNV que no tiene inconveniente, desde su fundación y hasta hoy mismo por boca de sus autorizados representantes, en decir que ese su último objetivo político. El resto de lo que refleja en su estúpido -en el sentido original de la palabra- comentario, lo tomare sencillamente como lo que es: los obsesivos delirios de una cabeza calenturienta.
      Si su obtusa inteligencia -y educación más que deficitaria- que quedan bien a la vista en su ridículo comentario, no le dan para más, no es culpa mía.
      No me voy a despedir atentamente porque ese patético cinismo que vd. exhibe en su patético comentario es algo que prefiero dejar para personas insignificantes y de escasa talla intelectual y moral, como es evidente es su caso. Confío en no verle más por aquí haciéndome perder el tiempo a mí y a los demás lectores verdaderamente instruidos y sensatos -ya cerca de 300.000- que confían en el buen criterio de esta página. Demostrado tanto por su número de lectores, como por los años que lleva funcionando con general aplauso. Salvo casos de cortos alcances intelectuales, como el suyo, que afortunadamente son la excepción.

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