La Primera Guerra Mundial y un buen síntoma: “Los desertores” de Joaquín Berges

Aunque parezca paradójico hablar de buenos síntomas encontrados en medio de un apocalipsis como la Primera Guerra Mundial, lo cierto es que es difícil negar que “Los desertores” de Joaquín Berges es, en efecto, un buen síntoma.

Lo es por varias razones. Las literarias en estado puro, para empezar. Tusquets demuestra con el apoyo a este autor zaragozano, al que ya lleva publicando bastante tiempo, que ha apostado por escritores realmente dignos de ese nombre.

Eso es, en efecto, lo primero que trasluce “Los desertores”. Mucha maestría en el arte de narrar. Al nivel de los grandes autores norteamericanos o sudamericanos. Al nivel de un García Márquez o de un Doctorow o un Joël Dicker.

Lo segundo que trasluce “Los desertores” es que esta nueva Literatura española -por así llamarla- parece comprometida -de algún modo- en romper la especie de círculo mágico -pero nada virtuoso- que tiene rodeada desde hace décadas a otra Literatura española profundamente acomplejada. Tanto que -como en cierta ocasión comentó algún crítico literario- resultaba muy difícil para un autor español escribir, y publicar, algo que no tuviera que ver con cierta idea de España. Una profundamente maniatada por un casticismo enfermizo -anacrónico, de hecho, a partir de la década de los sesenta del siglo pasado- que tenía como premisa básica -y más bien única- la idea de que España era realmente algo exótico y ajeno a “Europa” y al conjunto de los países avanzados en lo político, lo cultural, lo económico…

En ese ambiente intelectual, por llamarlo de alguna forma, se llegó, de hecho, a afirmar en medios de comunicación masivos cosas tales como que España había estado aislada del resto del Mundo desde los tiempos de Felipe II hasta, incluso, los fastos del Quinto Centenario del Descubrimiento de América y las famosas Olimpiadas del 92…

Sobre ese casticismo chabacano y pseudocosmopolita que cabalgaba sobre semejantes falsedades históricas absolutamente indocumentadas, se cimentó -en efecto y como era lógico- un sentimiento de autocompasión -con bastante de autodesprecio y complejo de inferioridad- en el que, si en algún momento los españoles interactuaban con “Europa” o el resto del Mundo en alguna creación cultural (Cine, Televisión, novela…), era como eternos perdedores -la derrota de Rocroi sobredimensionada históricamente y elevada a su enésima potencia una y otra vez- o, en el mejor de los casos, como simpáticos cultivadores del Flamenco, sazonados -a ser posible- con algo de guerra de guerrillas haciendo frontera con el simple bandolerismo.

“Los desertores” de Joaquín Berges, acaso sin pretenderlo, rompe con esa indeseable escena literaria de muy bajo perfil, tomando como protagonistas de su trama a prototipos de la clase media española de finales de los setenta y primeros años ochenta, que se integran -con total naturalidad- con el resto de los europeos de esas fechas y posteriores. Sirviéndoles, de hecho, de guías e intérpretes de acontecimientos que afectaron a una gran cantidad de esos europeos, marcando sus historias nacionales.

Así es, “Los desertores” es un relato de esa Primera Guerra Mundial que afecta a toda Europa -a excepción de España, Suiza, los países escandinavos y Holanda- contado por españoles de su actual clase media forjada cuando su país sale de la larga noche de la dictadura franquista y suelda, otra vez, la profunda fosa histórica que -esta vez sí- la había mantenido en condiciones de semiaislamiento entre 1945 y, aproximadamente, 1965-1975.

Todo empieza con un drama personal que se plantea al protagonista, apodado Jota, a finales de los setenta y principios de los ochenta del siglo XX. Uno que ocurre en un barrio de clase media madrileño, pero que podría haber ocurrido también en un barrio similar de Londres o París o en cualquiera de los escenarios franceses de “Los campos del honor” de Jean Rouaud, novela con la que tanto en común tiene “Los desertores”.

Ese drama personal toma forma, ante todo, en la depresión que sufre la madre de Jota, derivada de un trastorno obsesivo-compulsivo, que lleva, a su vez, a una ruptura matrimonial. Siendo abandonados, tanto Jota como su hermana Carol, en plena adolescencia por un padre que no resiste por más tiempo cuidar a una esposa afectada por una de las formas más virulentas de ese trastorno obsesivo-compulsivo. Uno que la incapacita totalmente, obligándola a guardar cama como único remedio a sus obsesiones.

El hilo de esa relación rota es retomado años después, cuando el padre desertor lega a su hijo Jota, a través de su hermanastro Daniel, un cuaderno en el que ha escrito un metarrelato sobre dos desertores británicos de la Primera Guerra Mundial. Todo eso lleva a Jota en la actualidad, justo en el momento en el que se prejubila, a recorrer media Europa desde Madrid para encontrar el significado oculto de esa narración que su padre le lega. Uno en el que trata de explicar su propia deserción a través de esos soldados británicos que, sometidos a la inhumana crueldad de una batalla como la del Somme, deciden, como el padre de Jota, huir en busca de un horizonte lógico. O al menos asequible para seres humanos no afectados por alguna forma de enfermedad mental. Como un trastorno obsesivo-compulsivo o… la propia guerra a escala industrial que asola Europa entre 1914 y 1918.

Una deserción que, como se repite una y otra vez en “Los desertores”, no implica cobardía o desamor hacia la nación -en el caso de los dos soldados protagonistas del metarrelato de Jacinto, el padre de Jota- o hacia la familia abandonada a causa de la inasumible enfermedad de la madre. O al propio padre desertor, al que Jota se ve incapaz de visitar -y de reconciliarse con él- antes de que muera.

Es así, dentro de esa trama más o menos costumbrista, como “Los desertores” ofrece también un relato minucioso -escrito con verdadera maestría- de la Batalla del Somme contada, con verdadera autoridad, por españoles que no tienen ningún problema en reivindicar ante franceses o británicos ese derecho a contar ese relato del que, cuando menos, fueron testigos directos y próximos. Y a veces incluso protagonistas.

Si algo falta en “Los desertores”, en ese aspecto, es, quizás, -a diferencia de otras recientes novelas españolas sobre el tema como “Cartas a Palacio” o “Los jugadores”- el pasar casi enteramente por alto eso precisamente, que los españoles, aun como potencia neutral, tuvieron mucho que ver con ese relato que pueden reclamar, desde hace tiempo, como algo propio.

Tanto por la presencia de numerosos voluntarios españoles en las filas francesas (algo sobre lo que el relato de Berges apenas insiste), como por la movilización de descendientes de españoles en tropas regulares francesas -por ejemplo, en calidad de suboficiales en los regimientos coloniales de los llamados “turcos”- o como cronistas de aquellos hechos. Bien como simples periodistas o con mayor protagonismo. Caso del escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez que, por esa misma razón -como corresponsal y novelista de los hechos- se gana un respeto en el mundo cultural francés que roza con la veneración. Tal y como se hace patente por las honras fúnebres rendidas a este escritor español a su muerte.

Sin embargo, al margen de esos detalles que, quizás, no se deben imputar a una novela como “Los desertores” (acaso con objetivos muy distintos a los de una novela puramente histórica) esta obra de Joaquín Berges es, sin duda, una lectura verdaderamente saludable para una sociedad -la actual española- que, poco a poco, se está poniendo por delante de mucho de lo que se ha escrito para ella en los últimos cuarenta años pero que, sin embargo, no ha sabido reflejar con exactitud el verdadero papel histórico jugado por España. Unas páginas que, por esa misma razón, empiezan a ser una Literatura -histórica o no- que suena extraña a un público que no se ve ya reflejado en ella.

Algo que, desde luego, difícilmente le pasará a ese nuevo público español cuando entre en las páginas de “Los desertores” para encontrarse con este relato, cabal y razonable, contado por españoles actuales, de aquella Primera Guerra Mundial. Un hecho de la Historia general europea que, después de todo -como Berges demuestra- puede servir incluso de hilo de Ariadna para que personajes literarios tomados de la realidad española actual encuentren y den sentido a su propio relato personal…

 

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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