Un relato imprescindible del “relato”. “Las lavanderas de Gauguin” de J. I. Fernández Bañuelos

Quienquiera que esté pensando en hacerse con una buena biblioteca de novelas sobre lo que supuso ETA en la Historia española de los últimos cincuenta años, tiene que conseguir un ejemplar de “Las lavanderas de Gauguin” de Juan Ignacio Fernández Bañuelos.

Así es. Esa novela no es “Patria” (ni nada indica que pretenda serlo), pero sin ella la ultrapopular obra de Fernando Aramburu y muchas otras que aún están por llegar sobre ese “relato” de lo que fue ETA -tan demandado-, perderían gran parte de su sentido para los lectores que se limitasen a ellas y dejasen de lado “Las lavanderas de Gauguin” porque pueda parecerles una lectura compleja, poco inmediata de cara a lo que ellos (que ya han leído “Los peces de la amargura” o “Patria”) buscan en realidad.

“Las lavanderas de Gauguin” es una novela en la que su autor despliiega -con acierto- pasajes en los que se percibe el suspense propio de la novela negra americana de los años 30 (con banda sonora de Jazz incorporada en las evocaciones del protagonista). Pero es también una novela intimista, llena de personajes complejos y redondos, que huyen del arquetipo propio de los “bestsellers” a los que nos hemos acostumbrado quizás demasiado.

Eso significa que la lectura de “Las lavanderas de Gauguin” es, en muchas ocasiones, compleja, difícil, pues evoca pasajes desasosegantes para quienes la lean. Como los mundos perdidos de la Infancia que, a pesar de que puedan evocar ternura y calidez, también pueden abrir en los lectores los pozos de amargura que suelen abrir las evocaciones literarias que recuerdan que alguna vez vivimos un tiempo mejor. O cómo habría sido nuestra vida si aquel Gran Amor que tuvimos también alguna vez, hubiese durado más que el breve plazo de unos días, unas semanas, o unos meses intensos. Quizás demasiado intensos…

Un panorama éste que, antes de la era de los “bestsellers”, los lectores casi exigían a toda buena novela, porque, gracias a sufrir esas catarsis emocionales, ellos salían reforzados, con mayor madurez personal. O como se diría hoy, enriquecidos por un mayor “crecimiento personal”.

Eso, sin embargo, debería ser pasado por alto por cualquiera a quien no interesen estas cosas (por llamarlas de algún modo) pero quiera realmente tener una buena biblioteca sobre el relato en torno a ETA.

Y la razón es muy sencilla: grandes pasajes de “Las lavanderas de Gauguin” describen con mano maestra, con suspense hipnótico, lo que ocurrió en las calles del País Vasco mientras ETA asesinó a mansalva a sus cada vez más numerosos enemigos. Desde el fin de la Dictadura franquista hasta prácticamente antes de ayer.

Y lo más remarcable del caso es que quien cuenta esos hechos, Juan Ignacio Fernández Bañuelos, fue un testigo directo de ellos.

Tal y como dice el protagonista de “Las lavanderas de Gauguin”, el también fotoperiodista Octavio Colina, al autor de la novela nadie le ha contado esas cosas: las ha vivido directamente. De hecho, ha hecho algo que requiere aún más valor y entereza: las ha tenido que fotografiar para que salieran en la portada o las páginas centrales de los periódicos que contaban el enésimo acto de barbarie perpetrado por ETA.

Ese relato, extirpado a una realidad desasosegante, destructiva, contenido en “Las lavanderas de Gauguin”, no es en absoluto amable. Es crudo y realista a pesar de ir ensamblado entre reflexiones sobre la Belleza, el Arte, los Museos y la función de todas estas cosas en esa vida que llamamos “humana”.

Juan Ignacio Fernández Bañuelos describe, sin concesiones, sin estereotipos, a los seres humanos que han caído bajo las balas o las bombas de los terroristas. A veces por un error que, por supuesto, los adalides de aquella pretendida lucha armada de liberación nacional, no admitían, ni reconocían y por el que -si acaso- sólo daban desabridas disculpas. Lamentando que la necesidad de esa lucha de liberación impuesta por el que ellos describían como “estado opresor”, les llevase a cometer acciones tan lamentables.

“Las lavanderas de Gauguin”, en efecto, habla de hijos de emigrantes españoles llegados al País Vasco en los cincuenta y los sesenta -esos “cacereños” descritos, por ejemplo, en duras novelas de denuncia social como las de Raúl Guerra Garrido- reconvertidos en vanguardia de esa lucha armada del supuestamente oprimido pueblo vasco. Oprimido, se suponía, por culpa de esos mismos españoles que llegaban a la puerta de los Altos Hornos de Vizcaya mendigando prosperidad y un futuro.

Hay pasajes en “Las lavanderas de Gauguin” que causan verdadero horror por la estupidez congénita que exhiben esos supuestos adalides del Pueblo Vasco que, en realidad, son el prototipo de aquello contra lo que decía estar luchando ETA.

Se trata de gente con ningún apellido vasco, pero que rápidamente han cambiado su nombre “español” por otros supuestamente vascos. Como Joseba o Koldo. Neologismos inventados entre finales del siglo XIX y comienzos del XX por los hermanos Arana y que, como comenta algún célebre ensayo de Jon Juaristi, aun en los años 30 del siglo pasado, causaban estupor en el medio rural vasco. Donde no se sabía qué clase de nombres eran esos que supuestamente denominaban a los Josés o a los Luises de toda la vida…

Esos terroristas homologados como vascos gracias a semejante artificio abstruso y alambicado, apenas saben euskera y por esa razón apenas, también, saben armar una de esas bombas-lapa con las que, supuestamente, iban a liberar a ese Pueblo Vasco en el que, en realidad, tan mal encajaban…

Lo más estremecedor de pasajes como estos en “Las lavanderas de Gauguin”, es que, como ya se ha dicho, son absolutamente verídicos. Extraídos de una realidad que hubiera sido risible de no estar guarnecida por casi mil víctimas mortales y muchas otras colaterales.

Cosas así, o el deseo ferviente del protagonista de huir de toda aquel horror, pegajoso y destructivo como el aire que se respira en tierras pantanosas, hacen de “Las lavanderas de Gauguin”, una novela que, en efecto, deberían leer quienes ya hayan leído “Patria”.

Al menos deberían hacerlo si realmente quieren saber en qué consistió todo aquello, aquel supuesto conflicto entre “España” y el “País Vasco” para el que ahora se reclama tan insistentemente un “relato”.

Justo eso (o al menos una parte sustancial de él), es lo que se puede encontrar en muchas páginas de “Las lavanderas de Gauguin” que, por esa misma razón, deben ser leídas…

 

 

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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