¿Es un cuento, es un relato, es una micronovela histórica? No: es “El tigre” de Joël Dicker

Son sólo 60 páginas. Incluso menos, pues la edición española de “El tigre” de Joël Dicker, es una edición ilustrada.

Aún así, el autor de “La verdad sobre el caso Harry Quebert”, nos pone en un dilema, pues ha escrito algo inclasificable.

Sí. Es difícil saber qué son, realmente, esas pocas páginas. Recuerdan, desde luego, a los cuentos de Tolstói. O, también desde luego, a alguien que, no cabe duda, ha aprendido su oficio de escritor de la mano de relatos así.

Pero decir que “El tigre“, la primera obra de Dicker, de ese Joël Dicker que ha fascinado como novelista desde hace unos años, es eso: un cuento, aunque sea de la escuela de Tolstói, es decir muy poco de esa obra que ahora, afortunadamente, ha visto la luz. Sobre todo gracias al éxito cosechado por su autor con “La verdad sobre el caso Harry Quebert”.

Sí, “El tigre” tiene los elementos propios del cuento básico. Es decir, un monstruo que aterroriza a un lejano país cuyo soberano todopoderoso, pero vagamente magnánimo, decide intervenir ofreciéndose a colmar de honores al héroe, o héroes, que acaben con esa terrible amenaza que azota a sus dominios.

De hecho, la estructura básica de “El tigre” es, en principio, una de las estructuras elementales de los cuentos que la Humanidad lleva relatándose desde que empezó con esta práctica. Incluso antes de que la Escritura existiese.

En efecto, “El tigre” cuenta, una vez más, el viaje del héroe. Una trama recogida en el famoso “Motif-Index” que se ha contado y recontado miles de veces. En ocasiones hasta formar un filón inagotable como el de la saga de “Star Wars” que, precisamente, va ahora por su enésima versión de ese “viaje del héroe” iniciado en el año 1977.

Pero reducir una reseña de “El tigre” a sólo eso, es un error. Sería un análisis pretendidamente profundo que, en realidad, sería muy superficial.

¿Por qué? Pues sencillamente porque Joël Dicker lo que hace, también en realidad, en “El tigre” es dar la vuelta, completamente, a ese viejo cuento.

Lo hace en los aspectos formales. Para empezar el soberano más o menos magnánimo que decide enfrentarse a la terrible amenaza que asola sus reinos, no es un personaje mítico, un arquetipo. Es, por el contrario, un personaje histórico perfectamente reconocible como el zar Nicolás II. El mismo de cuya muerte se cumplen cien años en 2018. El mismo que debe enfrentarse, con consecuencias catastróficas, a los sucesos de 1905 que Joël Dicker deja entrever en este aparente cuento que es “El tigre”, como desgracias mayores aún que las del tigre devorador de seres humanos y que están por llegar a esa Rusia que sirve de telón de fondo a ese relato. Rompiendo así, una vez más, con los arquetipos característicos del cuento, donde los conflictos sociales revolucionarios, vueltos en contra de un más o menos magnánimo y paternal soberano, están absolutamente excluidos. Siendo, de hecho, inadmisibles en esos relatos moralizantes y, hasta el siglo XX al menos, con una fuerte impronta conservadora, tradicionalista…

Joël Dicker rompe también los moldes de ese género literario que es el cuento arquetípico y tradicional, con otros personajes que protagonizan “El tigre”.

En efecto, el héroe parece un héroe, pero sólo lo parece. A medida que avanzamos por las páginas de “El tigre” vamos descubriendo que Iván Levovitch es alguien mucho más complejo de lo que un cuento “normal” -llamémoslo así- admitiría.

Para empezar, no es un humilde muchacho algo iluso, como suele ocurrir, casi siempre, en los arquetipos que utilizan los cuentos que, como “El tigre”, se basan en la trama de “El viaje del héroe”.

No. Iván Levovitch, nos dice Dicker, es hijo de una familia de San Petersburgo bien asentada, con una pequeña empresa familiar en la que trabaja Iván. Por otra parte lo que guía a Iván Levovitch, tal y como vamos descubriendo, una vez más, a medida que pasan las páginas de “El tigre”, es una cierta clase de ambición. En apariencia es la justa ambición que vemos aparecer en otros cuentos similares a “El tigre” pero, a medida que el relato se apodera de nosotros, descubrimos que esa ambición es más bien malsana, calculadora. Hasta un punto en el que, como se ve en el “Grande finale” con el que Dicker culmina “El tigre”, es imposible catalogar ese relato como un simple e inocente cuento arquetípico, tradicional. Por más que esa sea su apariencia externa.

Lo mismo ocurre con los demás personajes que dejan su huella en esta pequeña obra maestra de Joël Dicker. Los campesinos que aparecen en “El tigre” no son gentes sencillas y humildes que reciben al héroe con modestia. En ellos es fácil adivinar personas de carne y hueso. Completamente reales. Son descripciones, en su mayoría, de la famélica legión rural que, pocos años después de los hechos que narra “El tigre”, se convertirán tanto en la fuerza de choque de la revolución rusa, como en las víctimas propiciatorias de la misma una vez que ésta empiece a derivar hacia una dictadura.

El primer campesino que aloja a Iván Levovitch, es un hombre mísero, pero no humilde. Tiene problemas con el alcohol. Por otra parte, juzga al joven cazador de San Petersburgo, eliminando su aureola heroica al calibrar mentalmente que Levovitch, si tiene un poco de suerte, puede ser útil a sus intereses (verse libre del tigre) aunque no es más que otro ingenuo cazafortunas que, sin saber realmente a lo que se enfrenta (un tigre monstruoso, uno de esos “devoradores de hombres”), ha venido hasta Siberia buscando el casi mítico oro que el zar ofrece por esa bestia fabulosa.

Un zar que, por cierto, como descubrimos también en el relato de Joël Dicker, determina sus acciones no por valores universales e imperecederos como la Justicia, la Bondad y otros elementos típicos de los cuentos tradicionales, sino en función de si los periódicos hablan, o no, de las desgracias provocadas en la lejana Siberia por el tigre devorador de hombres.

Es con elementos así, con esa hábil, irónica, deformación de los cuentos tradicionales, con lo que Joël Dicker construye su inclasificable relato de menos de 60 páginas titulado “El tigre”.

Uno que, en definitiva, es una pequeña obra maestra que no hay que pasar por alto pese a su apariencia insignificante, engañosamente insignificante e ingenua…

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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