Breve manual para el manejo de la Historia (y la novela histórica): “La oposición” de Alfonso Mateo-Sagasta

¿Qué puede decirse de un libro, de un relato histórico, que apenas tiene cincuenta páginas?. ¿Probablemente poco?. ¿O quizás demasiado?.

Su autor lo ha definido, en alguna ocasión, como “un juguete”. Desde luego puede que lo sea, pero no en el sentido que hoy daríamos a esa palabra. Si “La oposición” es un juguete, es uno de esos juguetes para adultos que la nobleza barroca guardaba en sus gabinetes de maravillas (un mundo que Alfonso Mateo-Sagasta conoce a la perfección). Es decir, un instrumento que puede divertir pero que, al mismo tiempo, instruía.

Esa, quizás, sea la mejor definición de este relato histórico, de este entremés de novela histórica que el autor nos ha regalado en una cuidada edición a cargo de El reino de Cordelia.

La trama es muy básica, en apariencia. Casi teatral. Apenas cuatro personajes llenan esas pocas páginas en las que, sin embargo, tanto se cuenta sobre la Historia y sobre las formas en las que la aprendemos. Incluidas las novelas históricas. Como las que escribe el propio Alfonso Mateo-Sagasta.

Los personajes en concreto son un opositor a una cátedra de Historia y tres profesores de esa materia que juzgan su capacidad para acceder a ese máximo puesto en el complicado escalafón académico español que, pese a que el autor ha preferido no tomar como referente (de hecho, la acción de “La oposición” podría ocurrir en muchos otros países) parece evidente es el lugar en el que ocurre esa pequeña lección de Historia.

Hay algunos personajes secundarios, pero apenas pasan del nivel de meros comparsas, de público que asiste escandalizado, atónito, divertido… a esa oposición a catedrático de Historia que es el hilo conductor de este instructivo juguete.

A partir de ahí, el protagonista de esta pequeña, pero densa, obra literaria, no otro que el aspirante a ese puesto, se dedica a provocar -con tesis sorprendentes- al tribunal que le juzga para saber si puede acceder a la gloria de una cátedra de esa materia.

Con un humor que muchas veces se convierte en ironía, el opositor tiene el descaro de plantear ante los representantes del anquilosado y timorato “establishment” académico, tesis tales como que la Historia, como tal, no existe, pues lo que existe, en realidad, son determinados relatos racionales sobre el pasado que, naturalmente, están mediatizados por el mundo del Presente desde el que se escriben. Algo a lo que se puede responder eso de “fácil, pero había que pensar en ello”.

De hecho, es tan fácil que ya se ha pensado en ello y el opositor protagonista de “La oposición” no es el primero al que se le han ocurrido tesis como éstas, las ha investigado y las ha planteado como imprescindible reflexión para quienes aspiran al título de historiadores.

Uno de ellos es Hayden White, al que se alude explícitamente en las páginas de “La oposición”. Pero junto a él se podría mencionar a otros como los fundadores de la famosa escuela de “Annales”, Marc Bloch y Lucien Febvre, David Lowenthal, autor de un desconcertante libro de Historia de la Historia como “El pasado es un país extraño” o, sin ánimo de agotar la lista, figuras señeras de eso que se ha llamado “Microhistoria” como Carlo Ginzburg.

Todos esos historiadores llevan planteando -desde los años 20 del siglo pasado- preguntas sobre la Historia, sobre en qué consiste realmente, o bien en qué parte de ella, y por qué razón, debe fijarse el trabajo del historiador.

Todo ello demasiado, por lo que se ve, para los ramplones miembros del tribunal de “La oposición” que parecen demasiado confortablemente instalados en el grisáceo mundo académico como para plantearse ninguna clase de preguntas sobre la materia en la que, se supone, son maestros consumados.

Nada de que extrañarse para quienes conozcan por dentro ese mundo (como es el caso del autor de “La oposición” como licenciado universitario que es en esa materia, sólo para empezar) o para quienes hayan leído, por ejemplo, el desopilante “Zafarrancho en Cambridge” de Tom Sharpe, donde se despelleja sin piedad a ese mundo académico en el que un atribulado aspirante al mismo (el infeliz protagonista de la novela, el alumno de posgrado Lionel Zipser) es obligado a escribir una tesis tan ramplona como “El pumpernickel como factor político en la Westfalia del siglo XVI”. Donde todo se reduce a calibrar un elemento tan volátil como el pan de cebada (eso quiere decir “Pumpernickel”) como explicación de los cientos de páginas de datos que deben componer una tesis doctoral.

Se trata, como nos dice la implacable sátira de Sharpe, de una clase de investigación académica ensimismada en detalles casi irrelevantes, pero magnificados hasta el infinito por exigencias de la implacable jerarquía académica, de la que -también- se rió, a conciencia, un maestro en esas lides como Carlo Maria Cipolla. Un profesor de Historia económica en centros de prestigio mundial que ponía patas arriba todo ese sistema de creencias tan pedestres sobre qué es la Historia, realmente, en un par de ensayos cómicos publicados en un volumen titulado “Allegro ma non troppo”. En él, fundamentalmente, el profesor Cipolla demostraba que, a veces, la Historia económica se empleaba para demostrar solemnes estupideces amparada en los cortinajes de cierto ensimismado mundo académico.

De esa especie, sin duda, son los tres ramplones jueces, dos hombres y una mujer, que no parecen comprender los argumentos (tan bien acompañados como vemos) que expone, con toda la razón del Mundo, el protagonista de “La oposición”.

La lista no deja de ser curiosa. Por ejemplo, el aspirante plantea ideas tan incómodas como los claros indicios de que no es científicamente razonable suponer que nuestra idea de las guerras entre griegos y persas (sí, la que ha hecho famosa el cómic y, sobre todo, la película “300”) se basen en un único relato escrito por un griego, Heródoto (conocido, además, como “padre de la Historia”) que, por otra parte, lo escribe muchos años después de que hayan ocurrido los hechos relatados.

El protagonista de “La oposición” lo deja en evidencia con un brillante ejemplo: ¿cómo podríamos decir que conocemos la Historia de la Guerra de Secesión si sólo contásemos con el diario de un soldado nordista?…

“La oposición” abunda en argumentos como esos. Su protagonista no deja prácticamente títere con cabeza: no sólo el rey Arturo, sino don Pelayo tienen muy poco de figuras históricas, han sido consagrados por relatos muy posteriores y, además, de carácter oportunista, deseosos de crear un relato canónico que animase en un caso la unión de la dividida Inglaterra medieval y en otro la lucha de los cristianos contra la invasión musulmana. Una que, por cierto, el protagonista de “La oposición” cuestiona en sus aspectos más repetidos y tópicos, que deberían ser revisados, una vez más. Al parecer siguiendo la estela de estudios como el de Emilio Mitre, al que los fatuos jueces del tribunal de “La oposición” parecen desconocer totalmente. Algo realmente llamativo en quienes se atreven a juzgar la capacidad de los demás en esa materia…

Siguiendo esa pauta, el audaz aspirante de este pequeño y asombroso relato deja claro que inconscientemente nos dejamos atrapar por relatos estereotipados, muchas veces producto no de una investigación seria y bien orientada (la antitesis de la tesis del desdichado Leonard Zipser), sino, por el contrario, de lo que vemos dramatizado en novelas históricas o películas. Por ejemplo, como recuerda el protagonista de “La oposición”, sobre la Guerra de Vietnam…

Naturalmente tales argumentos conducen a un determinado desenlace de esa prueba que describe “La oposición”. Uno que no vamos a desvelar aquí, porque realmente merece la pena leer ese pequeño libro. No sólo para saber en qué acaba tanta audacia, sino para saber más sobre qué cosa podría -y debería- ser eso que llamamos “Historia”.

Algo que, como plantea el protagonista de este sabio relato histórico, sólo podemos alcanzar a saber desde el momento en el que admitimos que estamos manejando una materia muy delicada. En la que, más que en ninguna otra ciencia, hay que plantear preguntas constantes, dudas constantes, evitando dejarse llevar por esas ideas preconcebidas que, como demuestra esta brillante obra de Alfonso Mateo-Sagasta, matan, de raíz, esa forma de conocimiento fiable que llamamos “Ciencia” y que tanta importancia tiene para el mundo en qué vivimos.

Una palabra -“Ciencia”- sin la que lo que nos rodea no sería tal y como es y en la que, desde luego, la Historia debería incluirse. Como queda bastante claro después de leer las serias advertencias que -con tanto heroísmo como buen humor- lanza el protagonista de este juguete literario tan bien acabado, tan necesario para los historiadores, para quienes leen novelas históricas… En fin, para todos los que quieren atreverse a saber…

 

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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2 respuestas a Breve manual para el manejo de la Historia (y la novela histórica): “La oposición” de Alfonso Mateo-Sagasta

  1. David Ruiz dijo:

    Buenas noches.
    Muchísimas gracias por su reseña mensual ya que algunas de sus recomendaciones las he leído y me han encantado. Esta novela me ha parecido magnífica. Muy recomendable para todo aquel lector al que le guste la historia.
    Gracias por su labor.

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