Jesuitas, samuráis y la Historia hermética. “Silencio”de Shûsaku Endô

“Silencio”, la obra de Shûsaku Endô ahora llevada al cine por el maestro Martin Scorsese, es una novela breve. Por tanto es poco ya, de por sí, lo que se puede decir sobre ella, pues no es una historia larga, que se prodigue en centenares de páginas que puedan dar mucho que hablar. Y mucho que opinar, o reseñar.

Sin embargo, su escaso centenar largo de páginas, en su edición española a cargo de Edhasa, no puede tampoco dejar indiferente a quien la lea. Porque desde luego “Silencio” no es una historia escrita -ni llevada al cine- para dejar indiferente a nadie.

Más allá del tejido de la Historia en el que se desarrollan los hechos (entre la tercera década y finales del siglo XVII), “Silencio” juega con todo lo transcendental que obsesiona al ser humano desde que toma conciencia de sí mismo. Como raza y como individuo.

Es decir, esas cuestiones que se plantean en preguntas angustiosas como “¿qué hago realmente en el Mundo?. ¿Esto es fruto de un azar o bien obedece a un plan predeterminado por un ser sobrenatural y todopoderoso llamado, por lo general, “Dios”?”.

En ese contexto histórico, el del Japón del siglo XVII que se entrega a la persecución del Cristianismo, Endô se enfrenta con ese delicado material humano del modo en el que sólo lo puede hacer alguien que procede de una cultura tan compleja como la japonesa y tan llena de angustias y contradicciones como la del Japón posterior a la modernización y occidentalización ordenada por decreto por el emperador Meji en 1868. Esa fecha en la que se barre de un plumazo ese Japón aislado y cerrado al exterior que se describe en “Silencio”. Fundamentalmente a través de los atónitos ojos de su protagonista principal: el padre Sebastiao Rodrigues.

Para entender lo que nos cuenta, o intenta contar, Endô hay que tener en cuenta más que a la obra, al autor. Shûsaku Endô es un hombre educado en la constreñida sociedad japonesa en la que confluyen las restrictivas influencias de la tradición japonesa, basada en la sumisión a las jerarquías feudales, y las no menos restrictivas influencias de la Europa victoriana que Japón trata de imitar desde el año 1868 en adelante, pero Endô es también un joven, enviado a Francia  para estudiar allí en los años 50 del siglo XX, que se ha nutrido de las vanguardias europeas de entreguerras. En ese ambiente en el que florece el Expresionismo, el Surrealismo y otros “ismos” que intentan explicar un mundo complejo y, después de la “Gran Guerra” de 1914-1918, y su secuela de 1939 a 1945, absurdo para muchos y en el que, como se decía en la época (simplificando mucho, eso sí), si se era alguien comprometido políticamente, o se era fascista o se era comunista. Y en el caso de un japonés de la época, lo más probable era lo primero y no lo segundo, habida cuenta del giro militarista, pronazi, tomado por ese país tras el breve oasis de libertad democrática de los años 1912-1926, en la era del emperador Taisho.

Un buen ejemplo del Japón de comienzos del siglo XX en el que crece Endô, es el que se refleja en relatos como los de Soseki. Con todas sus tensiones y contradicciones, personales y sociales, entre la tradición y la modernidad impuesta por Meiji o Taisho. Otro ejemplo interesante para comprender a Endô, el ambiente en el que se forma, podría ser la obra manga “Hitler” de Osamu Tezuka, donde ese autor de lo que en Occidente llamamos “cómic” -y sólo muy recientemente hemos empezado a llamar “novela gráfica”- describe con descarnada sinceridad cómo en el Japón de los años treinta se admiraba abierta, incluso inocentemente, la figura de Hitler y su revolución nacionalsocialista…

Con todas esas influencias en su cabeza, más el cataclismo de una nueva modernización impuesta desde fuera tras la derrota de 1945 (que, sin embargo, tampoco quiere acabar con la tradición japonesa superviviente desde 1868), es con lo que Shûsaku Endô nos describe un período histórico no menos complejo: el de la persecución contra los católicos en el Japón de la larga dictadura militar conocida como Shogunado que persiste desde esas fechas hasta 1868, hasta la revolución Meiji.

Eso, en pocas palabras, es lo que es “Silencio”. Y el resultado es desconcertante para las mentes occidentales. Incluso para las acostumbradas a la Literatura japonesa, para las que algo saben de esa compleja sociedad humana que es Japón a lo largo de la Historia.

“Silencio” no es, no puede ser, un relato más simple y directo, más occidental (por así decirlo) como el que podemos sacar de novelas más o menos históricas, más o menos “de aventuras”. Como las del ciclo escrito por Eiji Yoshikawa, que, en los años 30 del siglo pasado, narrará para el gran público japonés, la azarosa vida del ronin (es decir, un samurái sin amo, errante, un yojimbo, un mercenario) Miyamoto Musashi, o, más cerca de nosotros -en todos los sentidos- el “Shogun” de James Clavell. Esa novela bestseller que describe desde la perspectiva de un navegante inglés más o menos el mismo Japón de finales del siglo XVI y principios del XVII en el que se centra el obsesivo, sofocante, relato de Shûsaku Endô.

En “Silencio”, por el contrario, la Historia de esa época tan minuciosamente reflejada en la saga de Musashi o en “Shogun”, se percibe tan sólo a retazos. A través de lo que el padre Sebastiao Rodrigues, el angustiado protagonista del relato, cuenta en las relaciones enviadas a sus superiores en el puerto franco de Macao, en China, controlado por los portugueses.

Así el trasfondo, verdaderamente espeso, de cómo llega el Cristianismo a Japón y, sobre todo, cómo empieza a ser perseguido, sólo se trasluce de manera bastante vaga en la novela de Endô. Poco se dice en ella más allá de la labor pionera de San Francisco Javier, a partir del año 1549, al que el padre Rodrigues quiere imitar.

Apenas hay alusiones en “Silencio” al gran hecho que marca el punto de inflexión de la presencia del Cristianismo en Japón. Es decir, la ejecución de varios franciscanos y jesuitas -junto con adeptos suyos- en Nagasaki en el año 1597, sumando un total de 26 víctimas. Todas ellas designadas para esa ejecución por el shogun Hideyoshi que, en principio, había facilitado la llegada de misioneros cristianos a un Japón bastante hermético. El mismo que se reconcentra aún más en el shogunado Tokugawa, iniciado en 1603 y que persistirá hasta la Era Meiji, que es el que se encuentra el protagonista de “Silencio”.

Esos hechos, que sirven de telón de fondo a esta novela, en efecto, apenas si traspasan el velo de espesas reflexiones teológicas que se hace el padre Rodrigues y que otros se hacen sobre él. Como los funcionarios japoneses encargados de persuadirle primero de que reniegue del Cristianismo y custodiarlo después hasta el día de su muerte en Japón, o los comerciantes holandeses que recogen noticias sobre él y sus últimos días.

Apenas se puede intuir algo de la Historia sobre la que se desliza “Silencio” en la conversación que sostiene el padre Rodrigues con Inoue Masashige, el señor de Chikugo, encargado de exterminar al Cristianismo en todo Japón. Personaje histórico que, sin embargo, también se desdibuja en “Silencio”, convertido en un amable samurái de edad avanzada que trata más que de imponer su criterio por la violencia, por medio de la persuasión filosófica, debatiendo como lo hace con el padre Rodrigues, subrayándole las contradicciones del Cristianismo. Por ejemplo la de predicar paz y concordia entre todos los cristianos para, en la práctica, ofrecer a los japoneses un bochornoso espectáculo, al atacarse sin piedad entre las distintas iglesias cristianas e incluso dentro del Catolicismo. Como ocurre entre España y Portugal, enfrentadas entre sí y, a su vez, enfrentadas contra los protestantes de Inglaterra y Holanda.

Un hecho absolutamente real esas discordias a las que alude el Inoue de “Silencio”. Como puede leerse en, por ejemplo, el estudio realizado por el profesor Tellechea Idígoras sobre las relaciones en torno a los mártires de Nagasaki, donde indica las ásperas relaciones entre el jesuita portugués Pedro Martins, calificado de obispo de Japón, y los españoles (a los que no quería ver predicando en Japón) así como con otras órdenes como la de los franciscanos.

En realidad, lo que importa en “Silencio” más que esa Historia vaga, vaporosa, en torno a la persecución del Cristianismo en Japón, son, como se ve desde un principio, apenas empezada la novela, las preguntas eternas de los seres humanos que buscan una respuesta al sentido de la existencia. Gente que, como el padre Rodrigues, trata de creer que en el Mundo nada es por azar, ni siquiera el sufrimiento, que todo obedece a un plan trazado por un Dios que guarda silencio, en efecto, que parece no existir, pero que, como ocurre en la novela de Endô, finalmente habla del modo más insospechado y más inesperado. Aunque sólo sea para dejar al ser humano que le habla sin una respuesta definitiva que, acaso, sólo obtenga después de la muerte.

Eso, en definitiva, es lo que hay dentro de las páginas de “Silencio”. Poca Historia, bastante hermética y mucha Filosofía existencialista. No es un mal viaje literario. Incluso es un viaje que no se debería dejar de hacer, buscando desde él todos los ramales del camino. Los que llevan a la verdadera Historia del Cristianismo en Japón, a personajes reales como el señor de Chikugo o a los que inspiran a personajes como el padre Rodrigues.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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