Un paseo por la Historia y la fantasía política: “Vae Victus” de Albert Sánchez Piñol

¿Qué razones habría para hacer una segunda parte de “Victus”, el gran éxito de ventas de Albert Sánchez Piñol del que ya se ocupó “La novela antihistórica” en diciembre de 2014?. Pues hay varias, desde luego.

Algunas de ellas están contadas en la contraportada de “Vae Victus”, esa segunda parte de “Victus”. Por ejemplo, los 250.000 ejemplares vendidos de la primera parte, así como el proyecto de convertir la novela en película. Con esas perspectivas, inauditas en el mundo editorial español, en el que muchas de sus empresas consideran un best-seller cualquiera de sus títulos que, en un año, tenga los mismos lectores que tiene, por ejemplo, “La novela antihistórica” cada mes (cerca de 3000), es lógico que la editorial La Campana, y, por supuesto, el autor, hayan querido aprovechar tal tirón.

Por otro lado habría una buena razón, menos crematística y más artística, para dar continuidad literaria en un segundo volumen a las aventuras del tragicómico protagonista de “Victus”. Ya se señaló en la reseña de “Victus” en esta página que, hacia el final de esa primera parte, Sánchez Piñol ofrecía el perfil más interesante de su descacharrante protagonista, el apócrifo Martín Zuviria (para el autor, Martí Zuviria, (a) “Zuvi Piernaslargas”). Es decir, el de un capitán aventurero de los muchos que, a lo largo del siglo XVIII, engrosaron las filas de ejércitos europeos y extraeuropeos, ofreciendo sus servicios a una de las mayores industrias del momento. Es decir: la guerra.

Había, pues, en “Victus”, materia para un libro. O más. Algo que queda insinuado en “Vae Victus” que, seguramente, tendrá una secuela en breve tiempo.

Dicho esto, quizás sería muy ingenuo olvidar que también habría otra buena razón para que hubiera una segunda entrega de las aventuras de Martín Zuviria.

Esa buena razón sería de orden político. Es decir, para que la propaganda independentista catalana remachase el clavo que ya había clavado en la opinión pública catalana -y del resto de España- por medio de “Victus”, que consiguió colar ese gol por la escuadra a casi todo el Mundo. Desde presidentes de Gobierno hasta periodistas de la Derecha nacionalista española más recalcitrante. Como, por ejemplo, los del grupo Intereconomía, a los que el autor de “Victus” declaraba con total desparpajo -y se le creyó en dicho cenáculo- que su obra no era un panfleto nacionalista (sic)…

Eso por no citar lo que dijeron de la obra algunos académicos de la RAE, curtidos patriotas españoles -o eso dicen ellos- a los que, sin embargo, les faltó tiempo para declarar que la hojarasca independentista que servía de base al 80% del exagerado relato de “Victus” era Historia -por supuesto verdadera- de España…

Con semejantes cimientos era, en efecto, muy difícil que no hubiera una segunda parte de esa novela.

Y ahora, hechas estas reflexiones sobre los posibles porqués de una segunda entrega de las aventuras de Martín Zuviria, entremos en materia para saber lo que nos aporta realmente “Vae Victus”.

No parece haber mucho sitio para dudas en torno a que esa novela constituye, ante todo, más combustible para atizar el “diktat” de los partidos independentistas catalanes, probablemente para tratar de aumentar con él, con ese combustible, la masa crítica de votantes que, por ahora, y pese a los repetidos referéndums y flashmobs independentistas, no ha conseguido, ni siquiera, sumar las voluntades de la mitad de quienes viven en el Principado.

Bien, en ese aspecto Sánchez Piñol no bombea demasiada madera a la caldera independentista en, por lo menos, las 281 primera páginas de las más de 500 de las que se compone su nueva entrega de las aventuras de su siempre apócrifo Martín Zuviria.

En efecto, en esa parte de la obra, que supera casi la mitad de su extensión, son nimias las alusiones de Zuviria a una Historia de la Guerra de Sucesión convertida en guerra de secesión al gusto de los independentistas catalanes actuales. La mayor parte de esas páginas se centra en hablar de la guerra, en el año 1715, de la nación Yama contra los colonos británicos de las Carolinas. Un conflicto en el que “Zuvi piernaslargas” hará uso y abuso de sus gansadas habituales, propias del antihéroe con el que su autor parece sentirse tan a gusto: cambiará de bando varias veces, mentirá, engañará, vagará como un desgraciado de aquí hacia allá y hablará bastante de Poliorcética, de esa materia que parece ser la única cosa seria en su vida.

Su existencia en medio de los yamas permitirá a Sánchez Piñol, por otra parte, hacer un verdadero alarde de sus conocimientos como antropólogo, regodeándose con un tono casi serio a veces sobre cuestiones tales como el mestizaje traído por una colonización violenta, el relativismo cultural, la dudosa teoría del “buen salvaje”, etc…

Todo con el trasfondo de una guerra india -la llamada Yamasee, y no Yama, como insiste en denominarla “Vae Victus”- a la que alguno de los principales especialistas en esa materia, como es el caso de Armstrong Starkey en su “European and Native American warfare, 1675-1815”, no dan casi importancia y que, como decía, Sánchez Piñol apenas utiliza como pretexto para lanzar invectivas independentistas.

No ocurre lo mismo en “Hispaniensis”, cuando el apócrifo Zuviria regresa a España durante la Guerra de la Cuádruple Alianza, en la primavera del año 1719.

Allí Sánchez Piñol vuelve a tocar con fuerza el clarín guerrero del independentismo catalán, dando, otra vez, una versión más que cuestionable de la Historia de España para, al parecer, mejor servir a dicho fin.

“El bueno de Zuvi” en esta ocasión es reclutado por su viejo amigo/enemigo -el duque de Berwick- para combatir en uno de los principales frentes de batalla de esa guerra. Concretamente en el vasco. Toda esa operación, que dura meses, entre finales de abril y mediados de agosto de 1719, es sin embargo despachada por Sánchez Piñol en cuestión de días que ocupan en su novela tan sólo las páginas 326 a 335. Aún así, tan poco espacio es muy bien aprovechado por el autor para poner, de nuevo, al servicio del Independentismo catalán de hoy día, una versión de la Historia cortada a su medida.

En efecto, la colección de inexactitudes históricas en esas páginas es llamativa, incluso alarmante. Para empezar el apócrifo Zuviria confunde a las entonces llamadas “Provincias Vascongadas” (Álava, Vizcaya y Guipúzcoa) con el reino de Navarra. Algo que en 1719 hubiera sonado tan raro como hablar de un motor de combustión de cuatro tiempos, ya que esas cuatro entidades se consideraban en esa época cuerpos políticos independientes, salvo ocasiones muy puntuales, durante las llamadas “conferencias” (documentadas y publicadas en 1995 por el catedrático de la UPV Joseba Agirrezkuenaga), en las que discutían asuntos de interés común por ser todas ellas territorios con ordenamientos forales similares. Algo que, sin embargo, no impedía que un guipuzcoano de aquella época, por ejemplo, considerara insultante que se le llamase “navarro”, ya que tal denominación ponía en solfa los privilegios forales -exclusivamente provinciales- que, al menos teóricamente, le correspondían por nacimiento.

No es, por supuesto, el último error con el que Sánchez Piñol reconstruye la Historia de esa Guerra de la Cuádruple Alianza para denostar a Felipe V y a todos los que le han servido. Así, por ejemplo, el autor de “Vae Victus” hace decir a su apócrifo Martín Zuviria, en la página 328 de la novela, que hay 5000 catalanes que van allí, a “Navarra”, a pasar facturas atrasadas a las milicias vascas y navarras que habían ayudado al Ejército de Felipe V a tomar Barcelona. Lo cierto, si nos atenemos al documento principal sobre esa campaña, editado por el profesor Tellechea Idigoras, en el año 2002, en un libro bastante asequible titulado “San Sebastián 1719. Asedio del duque de Berwick”, es que en la lista de tropas con las que cuenta Berwick en esos momentos nada se dice de esos 5000 catalanes ni de su capacidad de maniobra, que Sánchez Piñol evidentemente magnífica para mayor satisfacción de quienes leen su obra desde el Independentismo catalán.

En efecto, en el texto editado por Tellechea Idigoras, la principal alusión al tema catalán aparece sólo en la página 58 de dicho libro, donde el redactor del documento original -un caballero guipuzcoano de la casa de Idiaquez- indica que Guipúzcoa se ve abandonada a sus fuerzas, quedando con escaso apoyo de las tropas reales porque la mayoría de ellas se habían concentrado en Cataluña, territorio en el que sus naturales sufrían por lo que este documento llama “las vilezas del Govierno (sic)” y suspiraban por recuperar sus “idolatrados Fueros”…

Ese es el único momento en el que parecen coincidir los documentos de época y lo que Sánchez Piñol cuenta en esa segunda parte de “Vae Victus”, que se convierte en una serie de despropósitos históricos que, quizás, convenzan a quienes ya están convencidos, pero que realmente hacen muy dudosa cualquier afirmación de dicha novela, que juega con la Historia evidentemente, una vez más, para proporcionar combustible ideológico a una causa que se alimenta -casi por obligación- de esas deformaciones históricas, alentando con ellas una rabia insana e irracional en la que, según parece, lo importante es ajustar agravios con “Espanya”. Sean dichos agravios reales o imaginarios. Algo que naturalmente funciona mucho mejor si la Historia es deformada a placer y se reparten, por doquier, patentes de villanos, traidores y cobardes.

Odiosos papeles que en este caso se adjudican a los supuestos “navarros” (que son en realidad guipuzcoanos). Concretamente a los defensores de las plazas fuertes de Fuenterrabía -hoy Hondarribia- y San Sebastián.

En efecto, en la página 329 de “Vae Victus”, se dice que en Fuenterrabía el apócrifo Martín Zuviria quiere asesinar a la mitad de la población después de que el gobernador haya rendido la plaza. ¿Cuál es la razón de esta ira asesina?. Sencillamente que tras la capitulación de la plaza por el que Sánchez Piñol llama “gobernador”, Zuviria y sus miqueletes catalanes, que entran como Pedro por su casa en la ciudad rendida, encuentran en el castillo de ella -lo que hoy es el Parador Nacional Carlos V- a prisioneros catalanes que datan allí, en condiciones atroces, desde el año 1714…

Curiosamente la historia de los prisioneros austracistas en Fuenterrabía tiene un final muy diferente al que se escenifica en esa novela. Uno, por cierto, que, como vamos a ver, va a gustar muy poco a los independentistas catalanes que usan el tema de 1714 como arma arrojadiza.

En efecto, si nos ceñimos al artículo que la historiadora catalana Mercè Colomer Bartrolí dedicó, en el año 2006, a uno de esos prisioneros, en el número 11 de las “Fulls Areneycs de Cultura”, editadas por el Ayuntamiento de Arenys de Munt, descubrimos que Francesc Sans de Monrodon, uno de esos prisioneros -uno de los 13 altos oficiales que, efectivamente, fueron traicionados por Berwick en 1714 como cuenta “Vae Victus”- ha escogido, en 1719, un destino muy diferente al que le imagina la inquina independentista de “Vae Victus”.

Así es, a golpe de documento convenientemente citado entre las páginas 26 a 32 de este trabajo de Mercè Colomer, escrito, además, en catalán, descubrimos que, Sans de Monrodon -independientemente de la rigurosa prisión que sufre durante unos años en Fuenterrabía, teniendo que pagarse la manutención- está, en 1719, lejos de ser el despojo que Sánchez Piñol describe en “Vae Victus”. Ni él, ni su hijo, que le acompañaba desde 1714 en su cautiverio. ¿La razón?. Tanto padre como hijo estaban en esos momentos en San Sebastián y en tan buenas condiciones físicas como para poner al servicio de la guarnición borbónica -que pronto va a caer bajo asedio de Berwick- sus buenos oficios como militares y su experiencia como defensores de la Barcelona sublevada en el año 1714. Actitud que les valdrá, como nos recuerda Mercè Colomer en su excelente trabajo de investigación, el perdón total por parte de Felipe V…

La parte dedicada en “Vae Victus” precisamente a ese asedio de San Sebastián es particularmente cuestionable. Para empezar el apócrifo Zuviria desprecia -en su calidad de ingeniero supuestamente hábil- la fortaleza de las defensas de la ciudad que es elogiada por sus enemigos borbónicos como “La plaza mejor fortificada de España”, según dice en la página 333 de “Vae Victus”. Así, nos indica que, tras unos pocos días -cinco para ser exactos- de cañoneo sobre esa ciudad, sus alcaldes acuden a implorar la rendición, haciendo un papel verdaderamente airado, que Zuviria desprecia señalando que en Barcelona habrían preferido asar los muslos de los muertos antes que rendirse tan sólo en cinco días…

Una afirmación asombrosa desde el punto de vista histórico, puesto que San Sebastián, su milicia ciudadana y su guarnición reforzada por veteranos de la Coronela rebelde que defiende Barcelona en 1714 -como los Sans de Monrodón, padre e hijo- en realidad resiste entre el 24 de junio y el 17 de agosto -es decir, no cinco días sino cincuenta y cinco- la panoplia completa de todas las habilidades de Ingeniería militar de las que tanto alardea el apócrifo Zuviria tanto en “Victus” como en “Vae Victus”.

Por otra parte la plaza se rinde de un modo muy distinto al bilioso cuadro que describe “Vae Victus”. Es decir: mediante una capitulación acordada por las autoridades militares y civiles de manera conjunta. Más o menos del mismo modo que Fuenterrabía, cuya resistencia, al decir de documentos de época como el editado por el profesor Tellechea Idigoras, deja admirados a los oficiales de Berwick, al haber soportado más fuego artillero que Barcelona y causado numerosas bajas al ejército sitiador.

Deformaciones históricas como las mencionadas sólo demuestran que Sánchez Piñol o está pésimamente informado, o falta deliberadamente a la verdad para construir un relato que encaje, aunque sea a patadas, en el estrecho marco que exige el Independentismo catalán…

Bien, así las cosas, ¿qué más se puede decir del resto del libro?. Poca cosa aparte de que el ritmo de ideologización que el autor exige a la obra decae, pero que su apócrifo personaje no pierde ocasión para alimentar esos rencores nacionalistas del siglo XXI, mientras sigue comportándose como un capitán aventurero del siglo XVIII.

Es lo que ocurre en “Magna Parens”, la tercera parte de “Vae Victus” en la que “Zuvi” se venga de su gran rival, Joris Van Verboom, convertido en carcelero de una Barcelona al parecer habitada única y exclusivamente por independentistas catalanes modelo 2011. Cosa bastante rara, y contradictoria, teniendo en cuenta que según el argumentario de “Vae Victus” los fieles entre los fieles habrían muerto o estaban desperdigados por el Mundo.

En “Magna Parens”, donde el apócrifo Martín Zuviria escenifica lo que parece ser el ensayo general de su gran venganza contra Van Verboom, Sánchez Piñol vuelve a hacer malabarismos para que la Historia encaje -una vez más aunque sea a patadas- en el estrecho molde que le exige el relato independentista.

Así “Zuvi” viene a España camuflado como representante consular del rey de Prusia, para el que trabaja en esos momentos, pero Sánchez Piñol no explica cómo es posible eso, que en plena Guerra de Sucesión austriaca Martín Zuviria se pasee por España tranquilamente. A cara, y máscara, descubierta… Quizás porque de entrar en explicaciones descubriríamos que, en dicha guerra, la España que destruye la Barcelona de 1714 está aliada con esa Prusia a la que sirve Martín Zuviria… Un detalle que es, tal vez, más Historia del complicado, a veces alambicado, siglo XVIII de la que podría digerir un entregado público independentista…

De la última parte de “Vae Victus” tampoco se puede decir mucho, salvo que no parece una continuación muy lógica de “Magna Parens”, en la que se produce un reencuentro folletinesco de grandes consecuencias pero que, sin embargo, en la cuarta parte, queda completamente arrumbado, como si no hubiera ocurrido. Por lo demás “Zuvi” sigue en esta cuarta parte a lo suyo, a ejercer como un aventurero que debe mucho -parece ser- más al “Barry Lyndon” de Kubrick que al de William Makepeace Thackeray, chuleando a maduras viudas londinenses y embarcándose en desmesuradas aventuras por culpa de su imprudencia congénita. En este caso con el capitán Cook, nuevo embrollo que lo deja listo para lo que parece seguro. Es decir: una tercera entrega de sus aventuras en un breve plazo…

En definitiva, “Vae Victus”, como “Victus”, es una lectura imprescindible para saber en qué basan sus pretensiones los actuales independentistas catalanes.

Un ejercicio muy saludable, siempre y cuando se tenga en cuenta que, como se ha tratado de explicar pormenorizadamente, Sánchez Piñol, una vez más, consciente o inconscientemente, manipula la Historia para poner su obra al servicio de esa idea política que podrá reclamarse legítima, pero no desde luego por razones históricas, pues el abismo entre el catalán austracista que pretende recuperar sus idolatrados fueros perdidos por alta traición en 1714 (recordemos que el “Felipito”, al que Sánchez Piñol tilda siempre de “tirano loco”, había jurado dichos Fueros y Constituciones en 1701, un “pequeño” detalle que el autor de “Vae Victus” olvida mencionar… siempre) nada tiene que ver con quien, desde una ideología fundada en el concepto de nación forjado tras la revolución francesa de 1789, clama hoy por la independencia de Cataluña, agavillando agravios dónde y cómo sea y asesinando a la verdad -como siempre se hace al principio de toda guerra de alta o baja intensidad- en el primer callejón oscuro que queda más a mano. Algo que parece quedar bien claro en novelas como “Vae Victus”.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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6 respuestas a Un paseo por la Historia y la fantasía política: “Vae Victus” de Albert Sánchez Piñol

  1. Antígono dijo:

    Pues no sabía que existiera una segunda parte de la novela…que amenaza con convertirse en auténtica trilogía. Y por lo que veo el autor persiste en sus manías y tics obsesivos. Bueno es saberlo, para abstenernos de acercarnos al producto.

    • Estimado Antígono: pues sí, como las brujas de aquel cuento vasco, existe la segunda parte y seguro que existirá la tercera. Eso sí, yo recomiendo la lectura. De ésta y la anterior. Sólo sea por saber qué piden los catalanes independentistas y la flojera histórica en la que se basan esas demandas. Otra cosa es ya tirar del volumen público, en lugar de comprar un ejemplar, para no engrosar la lista de ventas de una obra que, eso es cada vez más obvio, está al servicio de unos intereses políticos no mucho mejores que la propaganda de guerra del káiser Guillermo II ahora hace cien años.
      Gracias por el comentario, como siempre, y un saludo.

      • ignacio dijo:

        Estupenda reseña. Me gustaría añadir otra consideración sobre la novela analizada: el final (ficticio) que Sánchez Piñol reserva a sus dos personajes-anatema, Joris Prosperus Van Verboom y el Duque de Berwick, resulta digno de estudio psiquiátrico, por la indisimulada saña personal que rezuma, casi patológica y, desde luego, escasamente original (lo de la cabeza que salta por los aires y deja tras de sí un chorro de sangre de medio metro y lo del enterramiento de una persona viva ya aparece, sin ir más lejos, en la película Kill Bill, de Quentin Tarantino).

      • Estimado Ignacio: gracias por la parte que me toca con respecto a la reseña. En cuanto al fin de los dos anatematizados personajes, nada que añadir. Va en el tono general de la novela. Una lástima que en España triunfe esta clase de novela supuestamente histórica. Mejor no compararla con la que se está publicando en Francia en estos momentos.
        El supuesto “corte de calidad” de las grandes editoriales españolas es realmente penoso y el resultado a la vista está. No es que no se haga, o incluso se publique, buena novela histórica en España, es que no llega a las mesas de novedades, que es de donde se nutre un público que parece incapaz de ir más allá. Incluso en esta supuesta “sociedad de la información” que, por lo que se ve, en España sigue anclada en informarse en una gran superficie donde libros como el de Sánchez Piñol reinan de manera absoluta.
        Lamentable.
        Gracias otra vez por el comentario y un saludo.

  2. Caballero dijo:

    Quiero felicitarte, Carlos, por tu lucidez, y agradecerte tu valentía por escribir una crítica bien argumentada sobre las novelas “históricas” de Sánchez Piñol. Me recomendó la novela de Victus un amigo mejicano que vive en Barcelona. Iré a visitarlo en unos meses y me dijo que me leyera la novela, récord de ventas indiscutible, para saber cómo andaba el ambiente. Reconozco que estuve a punto de plantar en el repugnante panfleto independentista que es el capítulo diez. Y lo dice alguien que ha respetado y respeta el derecho a la identidad de cualquier pueblo pero nada me molesta más que la mentira descarada, el insulto innecesario y la manipulación grosera con la que se ha manejado el caso particular de la identidad catalana. En fin, seguí adelante con la novela porque, como bien defiendes, es un buen modo de saber qué información tienen atragantada y saber con qué argumentos ir armado en el caso (espero que no ocurra) de que me vea envuelto en una batalla dialéctica en mi visita a la comunidad catalana. Y a su estrategia goebbeliana de repetir una mentira mil veces hasta hacerla verdad nos quedará nuestra defensa de decir la verdad (bien argumentada) una sola vez para hacerla invencible.

    • Estimado Caballero: gracias de nada. Era de oficio hacer esta deconstrucción, como dicen los diseñadores y cocineros de vanguardia, de las novelas de Albert Sánchez Piñol. Celebraré que te sea de ayuda, aunque hago votos porque no haya enfrentamiento dialéctico ni de otro tipo en Cataluña, una parte de España (¡de momento al menos!) de las mejores. Sobre todo para los que somos norteños, que nos quedamos deslumbrados con el sol y el Mediterráneo cada vez que tenemos la suerte de recalar por allí.
      Un saludo cordial.

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