Las sombras del rey Sol. “El jardinero del rey” de Frédéric Richaud

La editorial Duomo, que ya ha colocado grandes best-sellers en España, como “La Hermandad” de Marcos Chicot y el primer volumen de esa serie, nos ofrece “El jardinero del rey” como un verdadero descubrimiento para los ecologistas del siglo XXI…

Naturalmente la editorial tiene que buscar algún modo de vender el libro que publica y llegar al mayor número de lectores-as posible.

Es difícil discutir las estrategias de marketing ajeno. Sin embargo es difícil también sustraerse a señalar que “El jardinero del rey” de Frédéric Richaud es eso y muchas otras cosas.

Para empezar, y eso es lo que más nos interesa, “El jardinero del rey” es una soberbia novela histórica francesa de la magnífica escuela representada en las últimas décadas del siglo XX por nombres tales como Jean-Christophe Ruffin, Jean D´Aillon o Françoise Parot y su magnífica saga del comisario Nicolás Le Floch, que describe con mano maestra unos desconocidos, pero muy verosímiles, bajos fondos del París dieciochesco.

En efecto, tanto si lo ha pretendido como si no, Frédéric Richaud ha conseguido en esta corta novela reunir, de una manera verdaderamente intensa, un fiel reflejo de lo que fue la corte del Rey Sol, Luis XIV, justo en el momento en el que Versalles, el punto más alto de los delirios políticos de ese monarca, el reflejo físico de sus proyectos de grandeza, se está constituyendo.

Un megalomaníaco plan en el que el protagonista de “El jardinero del rey”, Jean-Baptiste de la Quintinie, desempeña un papel capital al ser, precisamente, el hombre encargado de convertir un páramo ante el futuro palacio edificado a la mayor gloria de Luis XIV, en un jardín capaz de ofrecer una vista grandiosa así como numerosos frutos que exalten, a su vez, la grandeza del rey en los numerosos banquetes ceremoniales -hoy diríamos propagandísticos- que éste ofrece y que son cumplida y detalladamente reflejados en esta magnífica pequeña gran novela sobre la Francia, y de rechazo, la Europa de Luis XIV.

Así es, desde ese punto de partida, desde ese eje que recorre las escasas 130 páginas de la edición española de “El jardinero del rey”, Richaud, a través De la Quintinie, refleja la historia de un hombre, Luis XIV, que sueña con hacerse dueño de Europa y que crea el cimiento sobre el que se va a edificar una gran parte de la Francia actual tal y como la conocemos.

Siguiendo la sabia metodología de los autores franceses que llevan más de un siglo y medio escribiendo la Historia de Francia, Richaud no ahorra ningún detalle.

Así nos muestra tanto la grandiosidad de la corte de Luis XIV como la miseria y la mezquindad que han sido necesarias para que tal magnificencia sea una realidad.

Los ejemplos se multiplican en “El jardinero del rey” de un modo que parece prodigioso en tan poco espacio que, como decía, no pasa apenas de las 130 páginas.

En efecto, Richaud nos habla de las intrigas cortesanas urdidas en magníficos salones con deslumbrantes bailes de máscaras, pero también de desangeladas buhardillas en las que faltan, a veces, servicios que hoy consideramos elementales para una vida con un mínimo de confort.

Richaud nos refleja igualmente la deslumbrante corte de Luis XIV, pero al mismo tiempo, una vez más a través de Jean-Baptiste de la Quintinie, no se olvida de reflejar la mísera vida del 80% de una población que allí, como en el resto de Europa, malvive trabajando unas tierras que deben alimentar tanto a aquellos que las cultivan como a los ejércitos y los cortesanos de Luis XIV que consumen esos valiosos recursos en operaciones que parecen banales, incluso inútiles, o simplemente absurdas en su cruel derroche de vidas.

Como ocurre en el caso de las sucesivas campañas militares que se desarrollan ante los ojos atónitos del jardinero del rey, que no acierta a comprender las razones por las que ese mismo rey que le pide que realice espléndidas obras de ingeniería agronómica, es, a la vez, un sujeto cruel y despiadado que exige igualmente castigos desmesurados para los hambrientos campesinos que han osado robar en sus magníficos jardines -los mismos que ha creado para él De la Quintinie- algunos frutos de esos esfuerzos para hacer algo tan elemental como seguir viviendo. Al menos un día más. Ellos y sus familias.

Un episodio éste que da lugar a un enfrentamiento entre el jardinero y su rey que Richaud sabe escenificar con mano maestra, confrontando a ambos personajes no cara a cara sino hablando a través de los setos de los jardines de ese Versalles en ciernes, donde Jean-Baptiste de la Quintinie desafía, como en una opera de su tocayo, y contemporáneo, Jean-Baptiste Lully, a un rey devenido en esa escena en una especie de dios olímpico, que truena sus órdenes, implacables, convertido -gracias a esos setos- en un ser tan invisible, para De la Quintinie, como omnipotente.

Es sólo un ejemplo, acaso el mejor, de la magnífica manera en la que Richaud nos devuelve a la Francia del siglo XVII, a la Francia de Luis XIV.

Se pueden citar otros, claro está. Por ejemplo el modo en el que uno de los grandes generales de Luis, Turena, se convierte en un héroe durante la Guerra franco-holandesa iniciada en 1672 y no sólo eso, sino además en un héroe muerto al que se elevan panegíricos que De la Quintinie encuentra incluso obscenos, chocantes al saber la clase de operaciones destructivas que había detrás de esa glorificación.

Una que parece inherente a esa corte, y que De la Quintinie y sus disidentes corresponsales y amigos descubren, en toda su crudeza, cuando ven caer a uno de ellos muerto por un   ridículo error judicial: una confusión con una sola letra del apellido que lleva al inocente a la cárcel y lo deja allí, abocado a la desesperación causada por la despótica falta de garantías judiciales que ha desencadenado el llamado “asunto de los venenos”.

Es decir, la compleja conspiración cortesana que culmina en 1680 en un verdadero pánico, y numerosas ejecuciones, cuando se descubre que se está tratando de acabar con la vida del rey por medio de un turbio complot en el que se entremezclan personajes del lumpen parisino, como la llamada La Voisin, con miembros de la Corte, ceremonias satánicas y, por supuesto, veneno.

Un episodio bien conocido y ya reflejado en otras novelas históricas como “El oráculo de cristal”, o en la serie que Jean D´Aillon dedica al notario Fronsac, pero al que Richaud, una vez más, da su muy personal toque en “El jardinero del rey”.

Richaud va aún más lejos al poner el acento sobre los métodos en los que se basa el esplendor versallesco al descubrir De la Quintinie, con la muerte de otro de sus amigos, las llamadas “dragonadas”. Es decir, los abiertos y devastadores ataques militares que lanza Luis contra sus propios súbditos de religión protestante para imponerles la uniformidad religiosa.

Es así, con esa sinceridad, con esa verdad, con la que Frédéric Richaud compone una magnífica novela histórica que enseña toda una fundamental lección de Historia. Tanto para ecologistas, como para quienes tienen otros intereses y otras inquietudes cuando abren la primera página de un libro que aspira a contar una, por lo menos, verosímil historia de la vida del hombre que fue el jardinero de Luis XIV.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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2 respuestas a Las sombras del rey Sol. “El jardinero del rey” de Frédéric Richaud

  1. Antígono dijo:

    Interesante novela, y muy actual teniendo en cuenta el reciente estreno en España de la polémica (en el país vecino) serie de televisión titulada Versalles y que transcurre en dicho lugar y en el reinado de Luis XIV, uno de los grandes reyes (más bien divo) de su siglo.
    Interesante personaje Luis XIV, uno de los inspiradores de la grandeur francesa, y personaje admirado por Napoleón (junto Carlomagno) como uno de los fundadores de Francia. También personaje turbio que se manejó muy bien en las intrigas políticas de su época, tanto en Francia como en Europa.
    Lo dicho, habrá que estar ojo avizor ante esta publicación.
    Un saludo.

    • Estimado Antígono: en efecto hay que estar muy ojo avizor con ella. Y a ver si cunde el ejemplo a este lado de los Pirineos de estas pequeñas maravillas de la novela histórica que, por lo que se ve, aún cuesta escribir en España y más todavía publicar y publicitar…
      Un saludo cordial y, como siempre, gracias por pasarse por aquí a comentar.

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