Los hombres que pudieron reinar: “Palmeras en la nieve” de Luz Gabás

De “Palmeras en la nieve” se puede decir de todo. Empezando porque este mes, al fin, se va a producir ese esperado estreno en el que una de las mayores compañías de televisión española, Atresmedia, ha puesto mucho dinero y, al parecer, también esas grandes esperanzas que sirvieron a Charles Dickens para dar título a una de sus novelas.

Podemos ir descendiendo en la reseña de esta novela a partir de ahí, de constatar que “Palmeras en la nieve” se va a convertir en película porque, como otras novelas de la constelación editorial Planeta (“El tiempo entre costuras” por ejemplo), ha sido un gran éxito literario.

Por ejemplo se puede decir que, para no ser “Guerra y Paz” de Tolstói, la novela de la ex-alcaldesa del PP de Benasque tiene demasiadas páginas. Más de 700 para ser exactos.

Por ejemplo también se puede decir que gran parte del público que no entra entre las decenas de miles que han hecho de “Palmeras en la nieve” un best-seller, jamás va a leer esa novela porque, seguramente, leídas las primeras páginas, la juzgarán como un novelón romántico del estilo -por no irse demasiado abajo- de los de Diana Gabaldón, que tienen, indudablemente, mucho público pero un público muy específico que, por lo general, excluye a otra gran porción del susodicho público. Generalmente a los hombres de entre 30 y 50 años que son, por otra parte, los principales consumidores de otra clase de best-seller -histórico o no- que se centra en otra clase de sexo y violencia que “Palmeras en la nieve” no contempla ni de lejos.

La propia autora, filóloga de carrera, es sin duda muy consciente de que juega con esos códigos literarios, los de esa mal llamada “novela romántica” de finales del siglo XX y principios del XXI.

Es lo que se puede pensar del guiño que hace al comienzo de esta larga novela titulada “Palmeras en la nieve” a través de una de sus principales protagonistas, Clarence, que asume que ese nombre tan raro para una aragonesa de hoy día cercana a la cuarentena, es producto, según ella cree, de la afición de su madre a leer, precisamente, esa clase de novelas románticas.

Sin duda la apuesta por esa clase de género literario es de lo más legítima y a la autora de “Palmeras en la nieve” parece que le ha funcionado de primera.

El único problema es que, como decía, ese formato elegido para narrar la historia que es el eje de “Palmeras en la nieve” probablemente ha atraído tanto público como el que ha repelido.

Y es una pena.

¿Por qué?. Bien, aquí es donde empieza todo lo bueno que se puede decir de “Palmeras en la nieve”, todas las razones por las que la franja de público que no se ha acercado a esa novela -ni ganas- ni siquiera a la película (a menos que se vean obligados a ello por cuestiones, seguramente, de pareja), debería hacer un esfuerzo por aproximarse a esta historia.

Luz Gabás ha conseguido con esta novela, tan discutible en muchos aspectos, algo que no se había conseguido hasta ahora.

Es decir: que una buena parte de la opinión pública española sepa que su país tuvo, hasta prácticamente antes de ayer, un imperio africano que nada tenía que envidiar, para lo bueno y para lo malo, a los que tuvieron otras metrópolis europeas como Alemania, Francia o la más tópica: Gran Bretaña.

En efecto, la historia de “Palmeras en la nieve”, que trascurre en diversos saltos temporales entre los años 50 del siglo XX y los primeros del XXI, nos habla de españoles que bajan hasta el centro del continente africano para trabajar en plantaciones de cacao que exportan ese producto a escala mundial.

Salvo por los nombres, descaradamente hispánicos -a excepción de uno de los principales protagonistas, Kilian Rabaltué-, no falta detalle que no hayamos visto antes en cualquier novela de “sahibs” de las muchas escritas por Rudyard Kipling que luego -vía Hollywood principalmente- han conformado nuestro imaginario de cómo eran los europeos que tenían colonias en esas latitudes, para nosotros, tan exóticas.

Así tenemos españoles vestidos con salacots y toda la demás parafernalia que habitualmente imaginamos como privativa de los británicos. Dichos españoles viven en habitaciones con mosquitera y otras comodidades a la europea que también parecen salidas directamente de “La reina de África”, “Las nieves del Kilimanjaro”, “Tres lanceros bengalíes” y un largo etcétera que no vamos a prolongar.

Entre esas comodidades no falta nada. Incluso jóvenes criados negros a los que tampoco falta detalle. Para empezar, como en las novelas de “sahibs” y similares productos derivados, Luz Gabás, a través de sus personajes, nos dice que a esos sirvientes se les llama también “boys”. Y el título que dichos españoles reciben de ellos es, también para que no falte nada de la parafernalia colonial que asociamos a los británicos, el nombre de “massa” antepuesto a su nombre de pila…

Estos “sahibs” españoles tan bien pertrechados también tienen otras señas de identidad habituales en esta clase de personajes. Así ejercen un control privilegiado sobre las grandes masas de trabajadores “nativos” por medio de la violencia que va desde el azotar a los remisos con varas de madera y artefactos similares, hasta el uso también privilegiado de armas de fuego.

Con todo eso hacen exactamente lo mismo que cualquier otro “sahib” europeo. Es decir: aprovecharse de la colonia, alegar que lo que se obtiene económicamente de ella es a cambio de la misión civilizadora que saca -como se repite muchas veces en la novela- de oscuras selvas a los “nativos” y, si es necesario, imponer dicho criterio por medio de la fuerza en mayor o menor grado -por ejemplo el uso de la fuerza “nativa” de la “Guardia Territorial”, controlada, por supuesto, por oficiales españoles- y, también por supuesto, por medio de una sociedad segregada en la que los “nativos” son ciudadanos de segunda. En especial las mujeres, convertidas en objetos de mero placer físico, usadas y abandonadas cuando conviene, aprovechando una serie de difusos usos culturales en los que las costumbres ancestrales se confunden con una prostitución al estilo europeo bastante descarnada, que traerá consecuencias a casi todos los personajes de “Palmeras en la nieve”.

Con esta extraña mezcla de costumbrismo al estilo Kipling, novela “romántica” en el sentido que se da a ese género a finales del siglo XX y principios del XXI y varios pasajes que se acercan al realismo sucio, Luz Gabás consigue devolvernos esa parte de nuestro pasado que, sin embargo, a pesar de ser tan cruda -quizás incluso odiosa para la sensibilidad de hoy día- hemos desconocido hasta ahora por complejo de inferioridad, por ignorancia histórica, por cierto estúpido buenísmo también bastante desinformado…

Sí, gracias a ese formato tan peculiar, quizás tan poco atrayente para muchos lectores, Luz Gabás ha triunfado donde muchas otras obras se han quedado a mitad de camino. Caso, por ejemplo, del relato breve de Arturo Pérez Reverte titulado “La pasajera del San Carlos”, enteramente desapercibido, leído sin ningún provecho, por lo que se ve, por su legión milenaria de seguidores y seguidoras, películas como “Lejos de África”, que la autora confiesa tener pendiente de ver, o ensayos como “Un guardia civil en la selva” de Gustau Nerín.

Sí, gracias a ese formato tan peculiar de “Palmeras en la nieve”, esta novela nos ha recordado, ha logrado que flote en el ambiente, la pregunta, la duda al menos, de si España tuvo un imperio colonial equiparable al francés o al británico en todos sus aspectos.

La respuesta a esa pregunta es que sí, que la palabra “pañol” -español- causaba más miedo entre los “nativos” del África occidental de mediados y finales del siglo XIX que las que identificaban a franceses, holandeses, portugueses y británicos… tal y como lo cuenta Mary Kingsley, una viajera británica que estuvo realmente allí a finales del siglo XIX y principios del XX. Un miedo totalmente racional porque España no hizo entonces nada diferente a lo que hicieron otros europeos en África y lo estuvo haciendo hasta antes de ayer.

Sólo por esa única razón merece la pena afrontar 700 páginas de una lectura que muchos considerarían más allá de sus fuerzas, sus convicciones, sus gustos literarios.

Porque sólo cierta clase de cobardía moral puede excusar, ahora mismo, el no querer enterarse de lo que España tuvo hasta 1968 en África, de lo que hizo allí, de esa “carga del hombre blanco” kiplingniana -en todos los sentidos- que dejó atrás y de la que, incomprensiblemente -o tal vez no tanto- nos hemos desentendido, queriendo pensar que nosotros no fuimos aquellos hombres que pudieron reinar -y reinaron de hecho- sobre pueblos “incivilizados” de latitudes tropicales, que eso eran cosas “de ingleses” cuando, como demuestra -con valentía y bastante rigor- la novela de Luz Gabás ahora llevada al cine, fuimos o alumnos muy aventajados o, de hecho, verdaderos maestros en esos papeles en los que sólo creemos -¿o queremos?- posible ver a Errol Flynn, a Michael Caine, a Sean Connery…

Anuncios

Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s