España y la “Gran Guerra”: “Los jugadores” de Carlos Fortea

Hoy hablaremos de un libro con escasa visibilidad. Uno de esos que no anda en boca de todos porque cuando uno entra a una de esas grandes superficies, digitales o no, que es donde mayoritariamente se compran hoy los libros, no lo vemos precisamente muy destacado en las mesas de novedades.

Y es una lástima que no se retire alguna sonada mediocridad de las muchas que se ponen ante los ojos de los clientes/lectores en dichas mesas de novedades, para hacer sitio a  “Los jugadores”, porque es un libro que merece la pena. Mucho más que muchos otros de fácil y rápido consumo, pero que no van a dejar detrás de ellos nada cuando se pase su última página, digital o de papel, salvo un rato de entretenimiento más o menos trepidante.

Sí, “Los jugadores” merecería estar más visible en las librerías, ser más vendido por tanto, porque aparte de ofrecer momentos de jugoso entretenimiento -de esos que pueden ofrecer muchos de esos sedicentes best-sellers que nos dicen es imprescindible que leamos- nos aporta conocimientos interesantes y, además, a través de personajes, en la mayor parte de las ocasiones, muy bien cincelados.

Así es. Desde “La verdad sobre el caso Savolta”, publicada en el año 1975, y a excepción de “Cartas a Palacio”, que pasó bastante desapercibida en el centenario de la Primera Guerra Mundial, en España nada se había vuelto a saber de que ese país algo tenía que ver con ese cataclismo bélico que estremeció y derrumbó un viejo mundo para dar paso a éste en el que hoy vivimos.

Y “Los jugadores” cuenta, de un modo frontal y convincente, esa parte de nuestra Historia prácticamente desconocida, ninguneada, obviada, ahogada en ese complejo de inferioridad colectivo tan habitual en España.

En efecto, la novela de Carlos Fortea deja pocas dudas con respecto a lo que se repite varias veces a lo largo del libro y sería bueno que supiéramos: que España, durante cuatro años, entre 1914 y 1918, se convirtió en el principal proveedor de material de guerra y suministros para todas las potencias contendientes de uno y otro bando…

Y, además, el autor de “Los jugadores”, consigue describir esos notables hechos históricos con pinceladas literarias que parecen verdaderas estocadas certeras.

Así, por ejemplo, a través de Jaime Alcoriza, un tiburón de los negocios fundamentalmente narrado en la novela a través de los ojos de su amante, la profesora de piano Marina Galván, Carlos Fortea nos descubre que los empresarios y especuladores españoles venden toda clase de mercancía producida en España en todas las capitales europeas contendientes, de Berlín a París pasando por San Petersburgo, Londres y Viena. Desde cartuchos de Mauser hasta caballos de remonta para los ejércitos que los destrozan masivamente en unos campos de batalla cada vez más mecanizados. Desde paño para uniformes hasta cualquier otra cosa que se necesite a un lado y otro de la línea de trincheras que divide Europa entre 1914 y 1918…

El cuadro de esa vida, la de Jaime Alcoriza, es de lujo, éxito y esplendor. Al menos hasta que las cosas llegan al punto en el que se desarrolla la mayor parte de la acción de “Los jugadores”, el París del año 1919, donde se va a firmar la paz definitiva, y en el que varios españoles, no sólo Jaime Alcoriza, buscan algo.

Gabriel Cortázar, agente secreto al servicio de la Presidencia de Gobierno española, por ejemplo saber qué va a pasar con el Mundo una vez que se firmen los tratados definitivos y cómo eso va a afectar a España.

La periodista Laura Sastre, que firma bajo el pseudónimo de “Carta Blanca”, y va intentando abrirse paso en un mundo profesional difícil y más para una mujer a principios de siglo XX, trata, como su némesis, el rastrero Gurrea, y muchos otros periodistas españoles destinados a París en esos momentos, de encontrar una noticia que justifique lo que sus respectivos periódicos les pagan y, posiblemente, ya de paso, algo que justifique su propia existencia dedicada a la controvertida profesión de periodista.

Marina Galván, la amante de Jaime Alcoriza, busca, quizás, una escapatoria de un mundo deslumbrante -el que ha vivido en los años de grandes negocios para España entre 1914 y 1918, en ese espasmo final de la “Belle Époque”- pero al que sabe que no pertenece y en el que sólo sigue por fidelidad a un amor que, sin embargo, se desvanece en ese agitado ambiente.

Jaime Alcoriza, el especulador, el gran financiero, el negociante, busca seguir especulando, haciendo negocios, ganando dinero en un mundo que, tras la llegada de los norteamericanos a la guerra, ha cambiado drásticamente, erigiendo ante él un rival -los Estados Unidos- con el que es muy difícil competir…

Todos ellos están metidos de lleno en ese gran acontecimiento. Así, en las páginas de “Los jugadores” los veremos cruzarse, a menudo, con otros personajes de mayor o menor nivel que han sido protagonistas directos de esos hechos -la “Gran Guerra”- de la que España, como dice uno de los personajes de Fortea, ha sacado grandes beneficios observando el espectáculo desde lejos.

Así, prácticamente todos ellos, todos esos españoles en el París de 1919, coinciden con, por ejemplo, un todavía desconocido John Maynard Keynes o con el presidente norteamericano Wilson, que trata, con sus famosos catorce puntos, de moralizar las Relaciones Internacionales después de la gran masacre, y evitar una nueva tratando de que no se ejerza sobre las potencias derrotadas una venganza -plasmada en los tratados definitivos, el famoso “Diktat”, o sentencia, impuesto a Alemania- que están más que dispuestos a aplicar tanto los británicos como, sobre todo, los franceses representados por su presidente de gobierno, Clemenceau, que en la novela de Fortea demuestra, una vez más, lo acertado de su apodo -“el Tigre”- obtenido cuando organiza las brigadas criminales especiales en el París de principios del siglo XX.

Esos personajes españoles también se ven metidos en la intriga policíaca que sirve de eje a “Los jugadores” y que da en la novela algunos personajes ciertamente inolvidables. Como el comisario Retier que, por si solo, con sus actitudes, sus monólogos interiores o sus diálogos con otros personajes, recrea también a la perfección el ambiente del París del año inmediatamente posterior al fin de la “Gran Guerra”.

Un escenario que, a través de personajes así, Fortea sabe hacer verdaderamente sugestivo, además de veraz, y en el que los protagonistas españoles se desenvuelven con una naturalidad que hace mucho tiempo se echaba a faltar en la novela española -al menos la que era editada y pasaba los, por lo general, mezquinos filtros editoriales- al parecer incapaz de situar a personajes españoles en grandes acontecimientos de alcance mundial con esa normalidad y naturalidad que derrocha “Los jugadores” y es tan de agradecer.

A ese respecto quizás los fragmentos de la novela que llegan más alto son los diálogos sucesivos de Gabriel Cortázar, el agente español encubierto que espía qué está ocurriendo en el París de 1919, con su viejo amigo, el coronel austrohúngaro Cristoph von Klettemberg, y, sobre todo, con el comisario Retier, casi al final de la novela.

Así, gracias a esas conversaciones de Cortázar con esos personajes directamente involucrados en la “Gran Guerra”, “Los jugadores” devuelve, para los lectores españoles, gran parte de la verdad histórica de lo que hizo su país durante la llamada “Gran Guerra”.

El resultado es un fresco histórico veraz, real, donde los viejos tópicos gazmoños sobre un país atrasado y aislado, alejado de las principales corrientes de la vida europea, por fin desaparecen para dar paso a una cruda realidad sin la cual entender nuestro presente sería difícil.

De hecho, tan imposible como lo ha sido durante los últimos años, en los que novelas como “La verdad sobre el caso Savolta” y “Los jugadores” -separadas por nada menos que cuatro décadas, lo cual es todo un indicio de los grandes déficits editoriales españoles- han brillado por su ausencia, perpetuando una falsa Historia contemporánea de España que se reducía al ensimismamiento resentido y vengativo en la guerra civil de 1936-1939 y en considerar a ese país una rareza en la Europa de la época.

Una actitud que, a veces, ha adquirido tintes tan rocambolescos y bizarros -en el sentido de extravagancia que dan los franceses y los anglosajones a esa palabra- como asegurar que las aventuras coloniales de España en el Norte de África eran poco menos que una simpática excursión campestre, en la que los españoles allí destinados iban más a confraternizar con los indígenas que a explotarlos de acuerdo al manual básico del imperialismo europeo de fines del siglo XIX y principios del XX…

Sólo por ese baño de realismo histórico, descrito además de manera ágil y sugestiva, “Los jugadores” merecería, sí, estar más a la vista en más librerías, ser comprada por muchos lectores españoles que, en absoluto, van a perder tiempo y dinero con ella.

Más bien todo lo contrario, pues a pesar de que su autor, con un exceso de modestia, considera que su obra no es una novela histórica, “Los jugadores” merece ese título mucho más que otras que, por desgracia, llevan vendiéndose en España muchos, demasiados, años con ese adjetivo que, por el bien de muchos lectores de ese país, no deberían llevar.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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2 respuestas a España y la “Gran Guerra”: “Los jugadores” de Carlos Fortea

  1. Antígono dijo:

    Esto sí que es una novedad, una novela española que trata del papel de España durante la Gran Guerra (efectivamente, la última que recuerdo fue el Caso Savolta); centrándose en uno de los papeles que hizo este país durante aquella contienda, la de suministrador de armamento y materias primas para ambos bandos contendientes (aunque el tonelaje mayor se lo llevarían los Aliados), y gracias al cual se construyeron grandes fortunas, como la del empresario (y cacique) cántabro Ramón de la Sota que pondría sus barcos mercantes al servicio de la Royal Navy y por lo cual sería recompensado con el título de Caballero del imperio británico, o se desarrollarían industrias clave para la economía española.
    El otro papel de España en esta guerra sería en el espionaje, convertido nuestro país en un auténtico nido de espías internacional (algo que mostraba el Caso Savolta) pero que tampoco he visto muy tratado en las novelas históricas españolas. Y es que la gente no sabe que España estuvo a punto de entrar en aquel conflicto por muy poco, si Italia hubiera entrado en la alianza de las Potencias Centrales, o el llamamiento a la yihad por parte del sultán otomano hubiera surtido efecto en el norte de África (en Marruecos), España habría acabado entrando en aquella primera carnicería del siglo XX.
    Lo dicho, una novela interesante y que busca un argumento poco trillado, al menos en nuestra literatura.

    • Estimado Antígono: celebro que la reseña haya sido de utilidad. Sí, como bien comentas, es toda una novedad, casi una rareza. Esperemos que haciendo correr la voz se convierta en un libro muy vendido y leído. Hace falta que este país deje de mirarse ya al ombligo y a repetirse a sí mismo cosas que, caso de darse la circunstancia, en una persona y no en un país, ya habrían puesto a la dicha persona en observación cuando menos psicológica con expertos en el tema de trastornos de la personalidad tirando a graves ; ).
      Gracias por el comentario y, como siempre, por las observaciones históricas que haces y que vienen a enriquecer la reseña.
      Un saludo cordial.

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