Un best-seller europeo: “La Hermandad” de Marcos Chicot

No hay, que sepa el autor de estas líneas al menos, una frase famosa que diga que todo lo que se hace con un buen y loable fin, merece un buen fin.

No conozco a ninguna celebridad que haya pronunciado tal frase. La cita más famosa al respecto, la más parecida, es una mucho más cínica: “El fin justifica los medios”.

En cualquier caso, existiendo o no la frase que afirmaría que todo lo hecho con un buen fin merecería tener buen fin, es lo que se debería decir de las novelas de Marcos Chicot que se han convertido en best-seller. Empezando por “El asesinato de Pitágoras” y acabando por la que reseñamos hoy, “La Hermandad”, que es una especie de continuación de la anterior.

No voy a abundar sobre las razones que llevaron a Marcos Chicot, un economista y psicólogo clínico que además es escritor con una larga lista de premios literarios en su haber, a querer convertirse en un autor de best-sellers siguiendo un plan verdaderamente sistemático que, como digo, se ha visto coronado por el éxito. O, al menos, por lo que es la medida del éxito en nuestra sociedad: es decir, miles de lectores y miles de euros en ejemplares vendidos.

Todo esto lo cuenta el propio autor en su página web http://www.marcoschicot.com, donde da toda clase de detalles sobre sus best-sellers y sobre sus otras obras literarias y sobre la buena causa que le ha llevado a buscar ese éxito literario a ultranza que llamamos “best-seller”.

A él me remito pues. A partir de aquí, como siempre, me limitaré a analizar los defectos y virtudes que afectarán, o pueden afectar, a quienes decidan tomar en sus manos una de sus obras. En este caso “La Hermandad”.

El principal defecto, si alguno tiene esta continuación de “El asesinato de Pitágoras”, es que es, obviamente, como ya hemos dicho, y como confiesa sin pudor su propio autor, un best-seller, una obra que ha nacido para ser vendida a millares y producir dinero en cantidades tan proporcionalmente ingentes como su número de lectores. Así pues, a quien no le guste ese tipo de literatura, probablemente, no le gustará “La Hermandad” de Marcos Chicot.

Es una opción. Incluso una opción legítima para todo aquel, o aquella, que abomina de la llamada Literatura de consumo.

Sin embargo esa exquisita actitud, que rechaza relacionarse con obras que buscan el éxito comercial, puede privar a quienes la practican de una obra notable, que se nota ha sido escrita por alguien que algo sabe de Literatura, del oficio de escribir.

En efecto, “La Hermandad” es eso que el académico de la Lengua Arturo Pérez-Reverte ha definido como un best-seller europeo. Categoría en la que él, por supuesto, se incluye y que le sirve para diferenciar esta clase de obras de las que nos llegan de Estados Unidos, caracterizadas por unas tramas simples -incluso simplonas- y unos personajes también bastante acartonados y con unas referencias literarias en general pedestres, sin verdadero fondo cultural detrás.

Justo lo contrario de los llamados best-sellers europeos, en cuyo número encaja, perfectamente, “La Hermandad”. Durante toda la novela la mayoría de los personajes principales exhiben unas biografías en las que, cuando menos, hay aspectos bastante oscuros de la realidad que conocemos de más cerca o más lejos y que afectan a personas igual de reales.

Así por ejemplo, los personajes de “La Hermandad” viven en esa precariedad laboral rampante en la España de las últimas décadas del siglo XX y principios del XXI, que lleva a los famosos “jóvenes aunque sobradamente preparados” -como decía un anuncio de principios de la ominosa década de los noventa- a tener que emigrar para desarrollar sus carreras profesionales o, simplemente, para sobrevivir, o bien a continuar en España en unas condiciones más bien precarias.

De ese modo, en efecto, vive Daniel. Un genio de la Informática obligado a compartir un piso que nada tiene de aquellos otros tan graciosos -con risas enlatadas incluidas- que se nos vendían como un modo de vida tan divertido como fascinante en la archifamosa serie “Friends”.

De un modo algo menos precario, pero tampoco muy brillante, vive Elena, la protagonista femenina de “La Hermandad”, trabajando en una universidad española -el nombre es lo de menos- donde la clave del éxito depende más que de la excelencia profesional, de las buenas conexiones con el profesorado ya previamente establecido en el claustro que, a diferencia de lo que ocurre en las universidades de los países en cabeza de los índices de desarrollo y avance científico, manipula al alumnado desde que entra en la Facultad hasta que es cooptado -esa es la palabra exacta- para pasar a formar parte de ese mismo claustro que será, probablemente, la única universidad en la que estarán en su vida. Una vez más a diferencia de lo que ocurre -al menos hasta la fecha- en las universidades, por ejemplo, norteamericanas, donde es sencillamente inconcebible que alguien acabe siendo profesor en la misma universidad en la que se licenció.

Los avatares de los protagonistas de este best-seller europeo titulado “La Hermandad” están, por tanto, bastante lejos de aquellos a los que nos tiene acostumbrados el best-seller norteamericano, mucho más acartonado, siempre, o casi siempre, lleno de personajes rebosantes de éxito profesional, de excelencia, de, en fin, condiciones de vida bastante inverosímiles para el común de los mortales a un lado u otro del Atlántico.

Ese realismo social -precariedad económica y profesional, un panorama social en ruinas en muchos de sus tramos (emigrantes del Este de Europa que mendigan o se buscan la vida como sicarios, yonkis, atracos callejeros…)- que acompaña hasta el clímax final, hasta la última página, a los personajes de “La Hermandad”, es lo que se perderán quienes decidan prescindir de esta novela por el mero hecho de ser, consciente y deliberadamente, un best-seller.

Se perderán igualmente inteligentes recomendaciones sobre cómo entender la crisis que devora esa realidad en la que Marcos Chicot hace vivir a sus personajes con verdadera honestidad literaria, porque es imposible hablar de la España actual sin hablar de esa crisis, de ese desarrollo histórico en el que estamos inmersos y por tanto no percibimos siquiera como proceso histórico. No al menos hasta que vemos documentales como “Inside job”. Uno que es debatido, con lujo de detalles, por dos personajes secundarios de “La Hermandad”, dando unas claves sobre lo que ocurre en esa realidad que nos rodea como una mancha de alquitrán y de la que los personajes de este best-seller no se despegan demasiado, a pesar de estar sumergidos en un complot electrizante que roza un mundo a medio camino entre la novela fantástica y la ciencia-ficción metafísica de corte “Matrix”.

Algo que, naturalmente, difícilmente encontraríamos, por ejemplo, en las novelas de Dan Brown.

Por lo demás, con respecto a la parte más neta y convencionalmente histórica de la novela, la ambientada en el 507 antes de Cristo, en la época de Pitágoras… el historiador podría mostrar más reticencias sobre el enfoque que el psicólogo y economista ha dado a esa época en esta novela, “La Hermandad”, en la que el pasado y el presente se combinan en una implacable trama binaria -dos capítulos en el pasado, dos en el presente, hasta el desarrollo final- que, como en todo best-seller que se precie, deja sin aliento a quienes lo leen, que pasan y pasan las páginas sin poder dejar de leer hasta el final, hasta la última página…

En efecto, Marcos Chicot se aproxima al mundo llamado “clásico” desde una perspectiva que irrita bastante al cuerpo académico de la Historia. Así, en las extensas y detalladas notas finales de “La Hermandad”, utiliza la fatídica frase que tan poco gusta oír en los cenáculos de la Historia profesional: “La Historia la escriben los vencedores”.

Un mal comienzo para una obra que pretende utilizar, siquiera como telón de fondo, hechos históricos, pues el historiador o historiadora responderá, casi invariablemente, que la Historia, cuando es Historia y no una crónica palaciega, la escriben los historiadores, contrastando pruebas, documentos diferentes y hasta contradictorios, etc… siguiendo, en definitiva, el mismo método científico que sigue cualquier otra Ciencia. Desde la Biología hasta la Química o la Física pasando por la Astronomía, la Psicología y esa que llaman “ciencia lúgubre”. Es decir, la Economía…

Sin embargo, siquiera sea intuitivamente, Marcos Chicot, a pesar de haber pronunciado la fatídica frase en cuestión, ha sabido comportarse como un verdadero historiador en “La Hermandad” y no como un cronista palaciego que escribe, o endosa, la versión de los hechos que glorifica al vencedor de determinado tramo de la Historia.

En efecto, es más que correcta su descripción de Cartago en la cumbre de su poderío, cuando Roma, la Roma que luego destruirá esa otra ciudad en las llamadas guerras púnicas, es apenas una pequeña ciudad-estado que aparece como un poder emergente con el que hay que negociar tratados comerciales, pero aún no es siquiera una amenaza para el imperio mediterráneo establecido en la actual Túnez, entonces llamada Cartago.

Es sólido y real, histórico, el Cartago en el que viven atroces aventuras Akenón y Ariadna, la hija de Pitágoras, enfrentados al mismo siniestro personaje que pretende pervertir las enseñanzas del maestro y fundador de la orden pitagórica sobre la que el autor se explayaba en su obra anterior, ponderando sus virtudes y su influencia -apenas hoy reconocida- en aquel mundo que llamamos clásico.

El Cartago que se describe en “La Hermandad” es lo que ya describió en su día Fustel de Coulanges en “La ciudad antigua”, una obra fundamental para comprender ese mundo clásico en el que nos queremos ver reflejados en la actualidad, pero que se fundamentaba en una serie de elementos difícilmente digeribles para nuestras sociedades occidentales de hoy día.

Elementos tales como la esclavitud como base de la producción económica, la crueldad deliberada, incluso refinada, como parte de la actividad política, el desprecio y marginación hacia los no originarios de la ciudad -en este caso Cartago- que siempre son considerados como ciudadanos de segunda, ajenos a los dioses o diosas tutelares de cada una de esas ciudades-estado (Atenea, Melkart, Baal…), privados de su favor.

Situaciones como esas que describió Fustel de Coulanges en “La ciudad antigua”, están presentes en varios tramos de “La Hermandad”. Por ejemplo en las consideraciones que hace Ariadna acerca de la posición social que ocupan en Cartago ella -griega- y su marido egipcio, bien instalados económicamente gracias a sus conexiones con hombres influyentes de la ciudad, cartagineses de pura cepa como el sufete Eshdek, pero siempre vistos como ciudadanos de segunda por no ser originarios de quienes fundaron la ciudad, de quienes, por así decir, la levantaron sobre cimientos ritualmente ensangrentados en una operación entre la religión y la magia que nada tiene que ver con levantar hoy día una ciudad o un edificio. Reducido en nuestra época a un mero acto mecánico puesto en manos de técnicos cualificados y no de sacerdotes que no dudan en mantener esa sociedad urbana -en cuya cúspide se encuentran- incluso con atroces sacrificios humanos. Sin excluir bebes de tierna edad, como se recuerda también en uno de los pasajes de “La Hermandad”.

Es posible que haya quien encuentre que el viaje de Marcos Chicot al Cartago del 507 antes de Cristo no bucea a la profundidad a la que, para ser justos, han buceado otras novelas -quizás también con voluntad de best-seller- ambientadas en la Antigüedad clásica, como es el caso de la magnífica “Soldado de la niebla” del ingeniero y escritor estadounidense Gene Wolfe. Sin embargo, nadie podrá acusar a Marcos Chicot de no haber extraído hasta el último grano de rendimiento de las ciertamente escasas y mediatizadas fuentes que existen sobre una poderosa ciudad-estado, Cartago, que perecerá siglos después de los momentos en los que transcurre la acción de “La Hermandad”, arrasada hasta los cimientos, sembrada de sal por sus oponentes romanos. Los mismos que construirán sobre sus ruinas -a pesar de la púnica maldición de la que hablan algunos textos romanos y algunas novelas históricas sobre ellos como el célebre “Yo, Claudio”- y la silenciarán definitivamente, dejando que sean los ajenos a aquella poderosa y orgullosa ciudad los que la describan.

Bien desde el bando de sus enemigos o bien desde el bando de aquellos que, como Ariadna, eran considerados en ella, en el mejor de los casos, como ciudadanos de segunda clase y, por tanto, no estarían muy bien dispuestos hacia ese lugar que tan mal los acogía.

Esto, en definitiva, es todo lo que se puede encontrar en “La Hermandad”: un best-seller europeo que merece tener un buen fin porque ha sido concebido con un buen fin y, aparte de eso, ha procurado hacer esa tarea con el mayor esmero posible.

Mayor, desde luego, que el de muchos otros best-sellers no tan escrupulosos con estas cuestiones, que sacrifican a la lectura magnética, compulsiva, de sus páginas, todo lo que se puede arrojar por la borda literaria para que no estorbe tener el libro en cuestión en las listas de los más vendidos.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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2 respuestas a Un best-seller europeo: “La Hermandad” de Marcos Chicot

  1. Plasenciano dijo:

    He de reconocer que me confieso seguiror y admirador de este blog. Deambulo a menudo buscando qué leer que merezca la pena y he de reconocer que cuando una crítica es buena en este blog disfruto enormemente de la lecutra de lo recomendado. Cuando es mala…no compro el libro. Animado por el bajo precio de este y consumidor ocasional de best sellers he de decir que al título de referencia que no le veo bondades por ningún lado… he leído muchos libros malos pero he de reconocer que este se encuentra en la

    Difiero en muchos de sus matices sobre este libro igual que comparto la mayor parte de sus observaciones con otros.

    Le animo a seguir publicando (desearía que feura con más asiduidad) pues sus recomendaciones me duran un suspiro y no veo el momento de encontrar nuevas.

    • Estimado Plasenciano: celebro que “La novela antihistórica” le sea de utilidad y que sus consejos le ayuden a no malgastar tiempo y dinero.
      A lo peor “La Hermandad” no tiene tantas virtudes como se le han achacado en esta reseña. En fin, es posible, acertar siempre es muy difícil.
      En cuanto a la asiduidad, es difícil ofrecer calidad y cantidad al mismo tiempo. Más de una vez al mes sería imposible sin que se resintieran las reseñas, que así acabarían siendo lo mismo que muchas que hay por ahí, simples cortapegas de las notas de prensa de las editoriales.
      No es ese el propósito ni el fin de “La novela antihistórica”, pero dentro de estos márgenes trataremos de seguir mejorando.
      Un saludo cordial.

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