Los horrores de la Primera Guerra Mundial… ¿otra vez?: “El collar rojo” de Jean-Christophe Rufin

Empecemos con una pregunta: ¿era necesaria, o incluso posible, otra novela sobre la Primera Guerra Mundial?.

La respuesta, para quienes lean “El collar rojo” de Jean-Christophe Rufin, probablemente sea “sí”.

Hay muchas razones para dar una respuesta afirmativa a esa pregunta con la que comienza esta nueva reseña de “La novela antihistórica”.

La primera, tal vez, puede ser el buen hacer como narrador de Jean-Christophe Rufin. Algo que viene demostrando desde que debuta, a mediados de los 90 del siglo pasado, con su magnífica novela “El abisinio”, que describía una más de las muchas expediciones de prestigio con las que la corte de Luis XIV trata de hacerse un lugar en el Mundo a finales del siglo XVII. Algunas bien conocidas, como la enviada al reino de Siam, gracias a novelas de las que tal vez bebió Rufin -como la ácida “A mayor Gloria de Dios” de Morgan Sportes- o bien la que es remitida al Negus de Abisinia, que ya ha quedado fijada a la memoria de muchos lectores precisamente gracias a “El abisinio”.

Ese buen hacer literario permite a la nueva novela de Jean-Christophe Rufin, “El collar rojo”, competir con las casi innumerables obras que se han publicado desde 1914 en adelante sobre esa que, desde 1945, empezamos a llamar “Primera Guerra Mundial”.

Ciertamente con sólo lo que se ha publicado en novela gráfica desde el año 2014 en adelante -o incluso antes- había bastante para condenar a la irrelevancia esta pequeña novela de Rufin.

Sin embargo, hay que decir que no es así, que “El collar rojo” no es una novela más, gráfica o no, sobre los horrores de la “Gran Guerra” de 1914 a 1918, que Tardi ya ha descrito exhaustivamente en varias de sus obras, como ya lo hizo la que se considera la mejor novela en lengua francesa sobre esa guerra, “Jules Matrat” de Charles Exbrayat. No, no por eso “El collar rojo” viene a estar de sobra, a convertirse en un ejercicio literario que está de más teniendo en cuenta los miles de páginas y viñetas que se han llenado ya sobre aquella “Gran Guerra”.

En efecto, Jean-Christophe Rufin consigue, una vez más, dar la vuelta a los hechos, mantenernos pegados a las escasas más de cien páginas de esta novela -algo raro en su obra literaria-, para saber qué es lo que ha hecho exactamente el protagonista de “El collar rojo” -el   soldado Morlac- en el desfile del 14 de julio en el que se celebra la victoria sobre los Imperios Centrales y el fin de esa “Gran Guerra”.

De la mano de aquel que debe juzgar el caso, el juez militar Lantier, un personaje bastante redondo -con sus luces y sus sombras planeando sobre un buen fondo humano-, Rufin reconstruye lo que fue la guerra para miles de campesinos franceses sacados de sus casas primero entre una oleada de entusiasmo en el verano de 1914 y después de manera mucho más reacia y triste, a medida que se constata que esa guerra no iba a ser la soñada revancha francesa sobre los prusianos de 1870, ni mucho menos un paseo militar.

El comandante Lantier, un hombre todavía joven pero ya muy cerca de la madurez, casado y con hijos, ha sido oficial durante la “Gran Guerra” y conoce bien lo ocurrido en la fea línea de trincheras que, como una cicatriz gigante, parte a Europa por la mitad a partir del otoño de 1914.

Conoce bastante bien todo eso como para estar harto, asqueado de la guerra. Al menos hasta donde lo permiten sus prejuicios de clase social que, como bien lo dibuja Rufin con la agilidad literaria que le caracteriza, pesan en él más que una desvaída lealtad a la institución militar. Esa misma que Lantier espera abandonar cuanto antes, cerrando así esa página de su vida que, como les ocurre a muchos otros franceses, y a miles de europeos, le duele con mayor o menor intensidad.

Esa circunstancia que en Lantier no llega extremos como los que se vieron en otros hombres de su clase -por ejemplo literatos como Sasoon, Dos Passos o Jünger, de los que nos ocupamos ya en “La novela antihistorica” de junio de 2014- es la que lleva a este personaje a esforzarse por comprender lo que ha hecho Morlac y a buscar para él una vía de escape a la grave condena -como mínimo deportación a alguna de las infernales colonias penales francesas- que le puede caer y que él espera casi con alegría, con verdadera ansia.

De ese antagonismo entre el juez que trata de salvar al condenado y el condenado, que sólo desea que lo condenen y que para eso mismo ha hecho lo que ha hecho, surge una trama que mantiene el interés pegado a los ojos que leen a través de las escasas más de cien páginas de “El collar rojo”.

Lantier se toma muy en serio la tarea de averiguar las razones por las que Morlac desea ser condenado. Lo interroga varias veces, o más bien charla con él -compra tabaco ex profeso para ganarse la confianza de Morlac, por ejemplo- buscando en el relato de su vida durante la guerra la razón que le ha llevado a cometer la grave, escandalosa, falta que ha dado con él prisión y lo ha puesto ante el tribunal para el que instruye el caso el juez Lantier.

Así es como Morlac hace un crudo y veraz relato de lo que supone la guerra para miles de franceses de clase baja como él: la llamada a filas que sigue como una especie de impulso patriótico mecánico, sin cuestionarse mucho el sentido último de todo eso, la dureza de la vida en las trincheras en varios frentes. Primero el occidental y luego el oriental, en Salónica. Los escasos permisos en los que, por contraste, descubre que es mejor, como se decía en los setenta, hacer el amor y no la guerra. En su caso con Valentine. Una joven de clase media-baja, activista política de izquierdas, obligada, por cuestiones económicas, a abandonar París e irse a vivir al campo, cerca de la granja familiar de Morlac…

Todas esas circunstancias y muchas otras, como lo es el descubrimiento -para Morlac- de una ideología política -el Socialismo internacionalista de la época- que aprovecha la guerra para destruir a las instituciones políticas que la han creado, van permitiendo descubrir al juez Lantier cuáles son las razones que realmente hay detrás del gesto, terrible gesto -para la Francia oficial de 1919 al menos- hecho por Morlac ayudado por un perro, Guillaume, que sigue fielmente al soldado hasta los campos de batalla de Europa y del frente oriental y al que éste, Morlac, sin embargo aborrece cordialmente por razones que se descubren al final de “El collar rojo”.

Justo en el mismo momento en el que el sagaz juez Lantier pone al descubierto todas las trampas que Morlac se ha hecho a sí mismo, revistiendo, o más bien envolviendo, asuntos personales, con cuestiones políticas de altos vuelos. Como lo son la revolución rusa de 1917 o la Primera Guerra Mundial.

Un giro de los acontecimientos que Rufin maneja con su habilidad característica y que llevará a los lectores de “El collar rojo” a un final que tardarán en olvidar cuando pasen la última página de esta pequeña gran novela sobre la “Gran Guerra”, que, ya desde hoy, acaso, podemos considerar imprescindible para quienes quieran acercarse a saber algo más de la Historia de aquella cosa terrible que ocurrió hace ahora cien años.

Ese acontecimiento que llenó de muertos, mutilados y tarados de por vida el viejo continente de Europa y dejó en igual estado a muchos de los que, desde otros lugares del Mundo, se llevó a esos frentes infernales llenos de alambradas, conos de proyectiles llenos de agua inmunda en la que se mezclaban restos de cadáveres humanos y animales despedazados, nubes de gas tóxico que envenenan la tierra durante años, bombardeos masivos, el casi constante tableteo de las ametralladoras…

Un largo etcétera de horrores que tan bien creemos conocer y que, sin embargo, Jean-Christophe Rufin, haciendo uso una vez más de su gran habilidad de novelista, nos muestra desde otra perspectiva de la que no deberíamos prescindir ya al hablar de la Primera Guerra Mundial.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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