Esto también es Historia: “El chef” de Simon Wroe

El debut literario de Simon Wroe, “El chef”, es, aunque no lo parezca, una gran novela histórica.

Vista nocturna de Camden Town. Foto: La colección Reding

Ciertamente no está ambientada en la Edad Media, en el Renacimiento, en el siglo XVII, en el XVIII o en plena época victoriana… En esas fechas que, tácitamente, se consideran como el terreno en el que se sitúan las novelas llamadas históricas.

Y sin embargo lo es. Sí, “El chef” es, aunque no lo pretenda, un buen relato de eso que llaman “Historia del Tiempo presente”. Es decir, de ese terreno en el que se unen la memoria de los aún vivos con lo que para otros ya sería Historia: los últimos veinte años, los últimos diez años…

En efecto, “El chef” es una aguda crónica de nuestra sociedad contemporánea. Del magnífico principio de esa novela a su menos magnífico fin.

Simon Wroe, que se suma así al coro de potentes voces que está dando la Literatura británica en estas últimas décadas -de Julian Barnes a Hilary Mantel, pasando por otros-, sabe muy bien de qué habla y lo describe muy bien casi hasta la última página de esta su primera novela.

De hecho, ha sorprendido porque se ha atrevido a manifestar, con verdadera osadía, los rincones oscuros de uno de los aspectos más visibles de nuestra Historia contemporánea.

Es decir, el de lo que realmente cuesta poner un plato de Alta Cocina en la mesa de un restaurante. Un lugar frecuentado cada vez más a menudo por más y más gente del llamado “Primer Mundo” que, desde los años 80 del pasado siglo en adelante -más o menos desde la eclosión del Neoconservadurismo reaganiano y thatcheriano-, ha convertido esas visitas en otro símbolo de estatus social y económico. De hecho, en todo un ritual.

Sí, hasta ahora, salvo los relativamente pocos perjudicados por esa industria gastronómica -es decir, los que trabajan en el vientre de esa bestia alimentada con más y más dinero de operaciones financieras de vértigo al estilo de las de “El lobo de Wall Street”- nadie se había parado a pensar, como Lévi-Strauss -me refiero no a la famosa marca de vaqueros sino al filósofo que escribió sobre lo crudo y lo cocido y la capacidad de cocinar alimentos como signo de civilización-, cuánto cuesta llevar a cabo ese, aparentemente, sencillo acto cultural, tan propio ya de nuestra época.

Simon Wroe sí se lo ha preguntado, se lo ha respondido, porque lo sabe de primera mano, y ha tenido el valor, y la suerte, de ponerse a contarlo en un libro ya traducido a varias lenguas.

En efecto, como nos dice la nota biográfica escrita al margen de la edición española, Simon Wroe, hoy periodista sobre temas gastronómicos, fue cocinero durante bastante tiempo.

Y de esa experiencia viene el relato contado en primera persona por su álter ego literario: “Monóculo”, un joven del Norte de Inglaterra con un titulo universitario en Literatura inglesa que llega a Londres dispuesto a buscarse la vida, a abrirse camino en la gran urbe, huyendo de una familia desestructurada -aunque no completamente aniquilada- por un padre que nunca llegó a convertirse en la gran promesa del golf profesional que algún día fue y por la muerte de un hermano que atormenta a todos los miembros supervivientes de esa familia, mal avenida pero finalmente unida y solidaria entre sí.

Pub londinense, “El hombre verde”. Foto: La colección Reding

En principio “Monóculo” no se llama “Monóculo”. De hecho, que sepamos, no tiene nombre alguno, hasta que la falta de expectativas y de dinero hasta para pagarse una habitación de cuarta categoría en la parte menos turística del barrio de Camden Town, lo lleva a aceptar un trabajo de pinche en la cocina de un pub de la zona: el Swan.

Allí sus compañeros de trabajo, los chefs -o cocineros, si no queremos caer en el esnobismo tan habitual desde los 80 del siglo pasado- conocidos como “Dave el racista” y Dibden, le pondrán ese nombre cuando el jefe de todo aquello -el chef Bob que da título a la novela y explota ese restaurante en nombre de una empresa- les descubre lo que ya han empezado a sospechar por las maneras y el lenguaje más elaborado del álter ego literario de Simon Wroe, que supera el de la media de esa o cualquier otra cocina.

A partir de ese punto Simon Wroe ataca una cruda, pero sin embargo divertida, descripción de lo que cuesta poner un plato en la mesa de muchos restaurantes. Muchos por no decir todos los que, de distintos precios, visitamos cada vez más asiduamente.

Así nos enteramos de que casos como el de Juan Mari Arzak, o el para nosotros menos conocido Pierre Gagnarie, o Jamie Oliver, son excepciones en el mundo de la restauración.

Lo normal, nos señala Simon Wroe por boca de Monóculo, son, en sus propias palabras, cabrones y desagradecidos que puedes ver fumando en la parte trasera de muchísimos establecimientos, quejándose de lo que les pagan, vagabundeando de un establecimiento a otro, en los que no se quedan demasiado tiempo, dimitiendo con bastante regularidad de sus empleos por las más diversas razones.

Aparte de cabrones y desagradecidos, de gente que, en definitiva, no vale para otra cosa salvo para aguantar -muchas veces a base de drogas y alcohol- horarios infernales y turnos de trabajo con unas tasas de estrés inconcebibles en otros trabajos -como confiesa ácidamente Simon Wroe- también hay sádicos que disfrutan con ese anormal estado de cosas.

Arzak

Restaurante Arzak. Foto: La colección Reding

Habitualmente dichos sádicos están en la cumbre de la pirámide alimenticia del mundo -o más bien submundo- de las cocinas. Es decir, son los cocineros-jefe, bien por cuenta propia, bien -cada vez más a menudo- puestos allí como administradores por los dueños de los establecimientos que explotan ese filón económico que es el mundo de la restauración, cada vez más solicitado no sólo para comer sino como experiencia cultural y símbolo de estatus.

En el caso de la novela de Simon Wroe dicho sádico es el ya mencionado Bob. El trato que dispensa a todos los miembros del equipo que sirve la cocina del Swan -excepción hecha de la enigmática Harmony, objeto de deseo amoroso de Monóculo- es un catálogo de atrocidades difíciles de creer. Por ejemplo, a Ramilov, el último cocinero en llegar al Swan, lo encerrará en la cámara frigorífica en varias ocasiones -en una de ellas acompañado por langostas vivas con las pinzas sueltas- por haber despertado su ira -es decir, la de Bob- por diversos motivos, a pesar de haber entrado con buen pie en el negocio.

Breve estado de gracia que, en efecto, no durará mucho dado el carácter de Ramilov, tan complicado como jocundo y obsceno, que da páginas y más páginas de diversión a lo largo de toda la extensión de “El chef” y lleva a esa serie de enfermizas represalias.

Así, Simon Wroe nos describe de dónde sale realmente esa experiencia cultural, y nutritiva, que realizamos cada vez que vamos a un restaurante.

Sale de cabrones, desagradecidos y sádicos que maltratan constantemente, de palabra y obra, a sus subordinados, que ni siquiera se llevan bien entre ellos, a los que sólo les queda el vagar de un trabajo a otro y aguantar a base de alcohol horas y más horas de un trabajo que es el único que les queda antes de despeñarse a los abismos de la marginación social.

¿Exagera Simon Wroe?, ¿nos está hablando de una realidad deformada literariamente?.

No lo parece en absoluto. Es posible que Simon Wroe, por razones lógicas, haya alterado nombres, situaciones, personas… pero en lo sustancial nada de lo que dice es ajeno para quien haya sido testigo de cómo funciona una cocina. Una cualquiera del 90 % de los restaurantes en los que hemos comido alguna vez o podemos comer alguna vez.

En efecto, por difícil que parezca de creer, todas las situaciones que describe Wroe son ciertas, ocurren, a todas horas, en multitud de cocinas.

Desde las broncas entre cocineros y los insultos a los castigos brutales de jefes que saben que los que están a sus órdenes nunca se irán porque ya no queda nada por debajo del trabajo en una cocina.

Lo único que parece irreal es el plato final que Simon Wroe nos ofrece en “El chef”.

Se trata de las circunstancias creadas por cierto personaje conocido, como la mayor parte de los personajes de “El chef”, por un apodo creado por Monóculo: El Gordo.

Un complejo individuo que, a diferencia de lo que ocurre con el resto de personajes de la novela, tiene más de arquetipo que de personaje más o menos sacado de la realidad.

Es un hombre que responde enteramente a su apodo, un aristócrata de los bajos fondos de Camden Town cuyo placer consiste en una Alta Cocina que engulle como un auténtico puerco y que lleva a alturas delirantes creando “performances” gastronómicas, bien en restaurantes como el Swan, bien en su propia casa, que acabarán conduciendo al desenlace tragicómico de la novela.

Simon Wroe se sirve de él para lanzar una interesante reflexión sobre qué es la Cocina, la Gastronomía, dónde están los límites entre barbarie y civilización en el acto de matar, despellejar, trocear… a seres vivos, a veces de lo más frágil e inocente -delicados pajarillos escribanos, cachorros de tigre…- para convertirlos en platos de gusto exquisito.

Sin embargo, esa metáfora, en las últimas páginas de la novela, va, quizás, demasiado lejos, al convertir a El Gordo -esa especie de Brillat-Savarin perverso- en el culpable de todo lo que pasa en una cocina. De que anormales sádicos como Bob sean lo que son, de que actúen como actúan, de que cada plato que sale de una cocina esté fraguado en un trabajo que nadie, salvo cabrones, desagradecidos y gente que no podría encontrar otro empleo, aceptaría…

No se queden con eso, con esa parte de la novela, porque lo cierto es que esa institución central de nuestra Historia reciente, esa Alta Cocina que degustamos en el 90% de los restaurantes que visitamos alguna vez, funciona así por complejas razones económicas y sociales, salidas de nuestro Capitalismo en declive que no son, en absoluto, atribuibles a un demiurgo de características diabólicas como El Gordo.

Y esa, desgraciadamente, es la verdad. La que describe Simon Wroe en las tres cuartas partes de “El chef” y no en su última porción.

Copia de La  cabeza  de Shakespeare

Otro pub londinense, “La cabeza de Shakespeare”. Foto: La colección Reding

Es el único punto en el que puede chirriar una, por lo demás, magnífica primera novela que, esperemos, no sea la última con la que nos deleite Simon Wroe, aspirante, digno aspirante, a ocupar un sitial en las letras inglesas junto a Daniel Defoe o Jonathan Swift.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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