Perdidos en un laberinto victoriano: “Justicia ciega” de Anne Perry

¿Qué se puede decir de esta nueva dosis de crímenes victorianos escritos por la mayor fabricante actual de ese subgénero de la novela histórica y la novela negra?.

El Museo Universal 27 de agosto de1865, Serie de los andrajosos de Londres 1 Colección Reding

Entierro de una joven asesinada. Grabado para la serie de los andrajosos de Londres de “El Museo Universal”, 27 de agosto de 1865. La Colección Reding

Es una pregunta un tanto delicada teniendo en cuenta que los seguidores de Anne Perry se cuentan por miles, no sólo en España sino en todo el Mundo desde que, a finales de los años setenta, esta autora publicara su primera novela.

Iremos, en primer lugar, a las respuestas sencillas. “Justicia ciega” la, de momento para el público español, última entrega de las aventuras de William Monk, es eso, una nueva dosis de la potente droga literaria que Anne Perry ofrece a sus millones de lectores en todo el Mundo a través del que, dicen, es su personaje preferido. El citado William Monk, amnésico policía de la Inglaterra de mediados del siglo XIX que ha protagonizado un buen número de novelas salidas de mano de la señora Perry.

Salvo un leve decaimiento hacia la mitad del libro -que quizás sea sólo una opinión subjetiva de quien estas líneas firma- los lectores de “Justicia ciega” no van a poder despegarse de sus páginas, llevados por ellas a un ritmo trepidante por su autora de cabecera para saber cómo Monk y sus adláteres inseparables -su mujer Hester, sir Oliver Rathbone…- van a resolver ese nuevo enrevesado caso en el que se mezclan el chantaje con la extorsión y una serie de misteriosos asesinatos que, a pesar de parecer resueltos desde el principio, tienen las claves aún sin desvelar de todo el asunto de la novela, como suele ser habitual.

¿Van a sacar algo más que eso de “Justicia ciega” los lectores de esta nueva novela de Anne Perry?. A partir de aquí la respuesta, o respuestas, a esa pregunta ya se hace, o hacen, más difíciles.

En efecto, el crítico no tiene clara la sensación que le ha dejado esta novela con respecto a otras que haya podido leer de la inmensa producción de la señora Perry.

De hecho, hacer una reseña a fondo de “Justicia ciega”, puede resultar breve y sencillo. De hecho, la reseña más breve y sencilla, desde hace mucho tiempo, de “La novela antihistórica”.

Así es, una primera mirada sobre la novela hace que parezca muy poco densa, que, de hecho, la trama tan bien montada por Anne Perry pueda trasladarse a cualquier época. No sólo a la de mediados de la era victoriana.

Con lo cual, a decir verdad, el mérito de la obra descendería un tanto. Más aún teniendo en cuenta que su autora está centrada obsesivamente en escribir siempre con el telón de fondo de esa época.

Ya sea a mediados de la misma, hacia los años 50 y 60 del siglo XIX, a finales, como ocurre en la serie de novelas de Pitt, o bien ya en la época directamente heredera de esa era victoriana, y a veces tan parecida que apenas se pueden distinguir una de la otra. Es decir, la eduardiana, la del breve reinado del hijo de Victoria, Eduardo VII, que apenas pasa de una década entre comienzos del siglo XX y la Primera Guerra Mundial.

En efecto, “Justicia ciega” es una trama trepidante con dos juicios de por medio que, por el modo en el que son expuestos a lo largo de buena parte del libro, pueden imaginarse con facilidad trasladados a los Estados Unidos de hoy día y plasmados en una película con los actores y actrices habituales en ese subgénero que llaman “de juicios”.

Sin embargo, bajo esa apariencia superficial, “Justicia ciega” ofrece más que otra vuelta de tuerca a ese género literario y, sobre todo, cinematográfico.

El Museo Universal 10 de septiembre de 1865, Colección Reding

Un escamoteador. Grabado para la serie de los andrajosos de Londres de “El Museo Universal”, 10 de septiembre de 1865. La Colección Reding

En efecto, esta nueva aventura del inspector Monk nos habla, aunque sea entre resquicios, a veces muy sutilmente, de la época que la autora se ha impuesto como una especie de desafío reconstruir para que sirva de telón de fondo a sus novelas policíacas, que así ganan un plus frente a otras del mismo género que tienen un nivel menor de dificultad para el autor, al estar ambientadas en nuestra época. Algo que, evidentemente, reduce considerablemente la carga de documentación que el autor -o autora como en este caso- tiene que echarse sobre las espaldas para hacer verosímil -y atractiva para muchos lectores- cada una de sus novelas.

Así es, “Justicia ciega”, bajo esa apariencia superficial en la que todo parece centrarse en los dos sucesivos juicios que constituyen la base de la novela, perfora el tapiz del tiempo para dibujar, aunque sea de un modo más esbozado que en otras ocasiones, a personajes de la plena era victoriana tratando de desenvolverse en medio de asuntos criminales que, para otras épocas, habrían tenido un significado, un desarrollo y un desenlace diferentes.

En efecto, “Justicia ciega” plantea explícitamente graves conflictos no sólo morales sino legales para esos más o menos eminentes victorianos. Sencillamente intransferibles a una novela o una película “de juicios” ambientada en la segunda mitad del siglo XX o a principios del XXI.

De hecho, la novela gira en torno a un asunto tan importante para aquella sociedad como lo era la cuestión de la moral religiosa, tan estricta, tan evidente, tan característica de esa encorsetada época.

Casi en las primeras páginas de la novela se expresa con claridad ese conflicto, cuando uno de los habituales de la serie de Monk, sir Oliver Rathbone, en esos momentos ejerciendo de magistrado en el Old Bailey, escalando un peldaño más en su brillante carrera de abogado, es emplazado a actuar como juez en un caso que otro magistrado le anuncia como muy poco fácil de manejar. No es para menos ya que se trata de demostrar si un clérigo no conformista -es decir, ajeno a la iglesia de Inglaterra dirigida por el monarca reinante en Gran Bretaña- ha estado estafando a sus feligreses utilizando como chantaje emocional ideas muy acendradas en la mentalidad decimonónica y, sobre todo, en la Inglaterra victoriana.

A saber: las de la caridad cristiana que los más -o menos- afortunados deberían ejercer con los que tienen menos que ellos. Es decir, los “paganos” de fuera de Inglaterra, de fuera de Europa, a los que es preciso llevar socorro tanto material como espiritual.

Un drama evidentemente muy de esa época que en la nuestra tendría que ser traducido, casi inevitablemente, a, por ejemplo, un escándalo similar relacionado con una ONG en lugar de con una iglesia.

Al socaire de ese grave -para cualquier victoriano medio- asunto moral, se desarrolla el resto de “Justicia ciega”, que vuelve a plantear de modo sutil, pero evidente, cuestiones que demuestran que Anne Perry no se ha limitado a pasar por encima del telón de fondo histórico elegido, una vez más, para otra de sus novelas.

En efecto, los personajes de “Justicia ciega” se cuestionan, siempre desde su época, qué es decente y qué es legal hacer con determinadas cuestiones que, importadas a esta nueva novela de otros episodios anteriores de Monk, vuelven a mostrar, una vez más, a aquella compleja sociedad llena de los famosos sepulcros blanqueados. Esos a los que se alude en los Evangelios -tan escuchados en los cientos de diferentes iglesias británicas, de distintas confesiones, de aquella época- para denunciar la hipocresía.

El Museo Universal 24 de septiembre de 1865,Colección Reding

Pobres durmiendo en un banco. Grabado para la serie de los andrajosos de Londres de “El Museo Universal” de 24 de septiembre de 1865. La Colección Reding

En este caso de una sociedad aparentemente intachable en sus aspectos exteriores pero tremenda, escandalosamente, corrupta bajo esa apacible superficie que algunos historiadores británicos post-victorianos y post-eduardianos -como Edward Hallett Carr- ya denunciaban en alguna de sus obras. Aludiendo, por ejemplo, a las posibilidades -y la necesidad- de conocer mejor la cara oscura, realmente oscura, de aquella aparentemente estricta sociedad a través de episodios tan inquietantes como el linchamiento de un vendedor de golosinas en plena época victoriana -en plena época de Monk- en la población de Stalybridge Wakes…

Nos encontramos así con damas y caballeros que viven, como la cosa más natural del Mundo, rodeados de criados y asistentes en lujosas casas -como es el caso de sir Oliver- tan sólo para demostrar su status social haciendo que otros desempeñen funciones que hoy día nos parece totalmente normal asumir personalmente y para las que no se nos ocurriría contratar criados. Todo lo más una asistenta por horas.

Verdaderas ceremonias de apariencias que se traslucen también en el modo en el que se viste o se contribuye al sostenimiento de una determinada iglesia, la clase de transporte público en la que se viaja -coche de punto u ómnibus- la frecuencia con la que se cambia de ropa y lo mucho, o lo poco, a la moda que dicha ropa está, o en los complementos dados la vuelta -como los cuellos duros- para aprovecharlos al máximo. Práctica común, como señala Perry, entre los menos pudientes de esa sociedad que, sin embargo, aspiran a cierto grado de respetabilidad…

Más allá de eso, Anne Perry nos lleva por los recovecos del sistema carcelario y legal británico de aquellas fechas enseñándolo desde la perspectiva de un hombre de la clase alta victoriana caído en desgracia, haciendo de ese descenso a los infiernos jurídicos de aquella Inglaterra una buena parte de esta, para los lectores españoles, última entrega de las aventuras de William Monk.

En resumen eso es lo que nos ofrece “Justicia ciega”. La entrada, una vez más, a un irrepetible mundo siniestro, sórdido, que causaba escándalo incluso en el resto de la Europa de la época. Por ejemplo en la España de 1865, que publicará en uno de sus periódicos más populares “El Museo Universal” -frecuentado por plumas como la de Gustavo Adolfo Bécquer- crónicas sobre los llamados “andrajosos” de Londres, sobre ese submundo que estremece a la respetable burguesía española lectora de esos periódicos y que, una vez más, Anne Perry logra devolvernos, un siglo y medio después, por medio de otra aventura de su detective favorito: William Monk.

Es decir, esta nueva novela de Anne Perry ofrece bastante más de lo que podría parecer a primera vista, haciéndola una lectura sino prioritaria, sí desde luego muy recomendable, casi necesaria. Tanto para lectores fieles de la actual reina del crimen victoriano, como para posibles candidatos a engrosar esa lista millonaria.

La única cosa que deja a desear “Justicia ciega” es que en España se abriese, o se apoyase al menos, por parte de la industria editorial, un campo similar. Ya abonado, por otra parte, desde 1865 -como se ve por las ilustraciones de “El Museo Universal”- para un público que disfrutaría igualmente de novelas como esas ambientadas en la España de la misma época en lugar de tener que conformarse sólo con la versión anglosajona de esa, por lo que se ve, apasionante era para muchos miles de lectores.

El Museo Universal 27 de agosto de 1865, burguesía madriileña en el Retiro. Colección Reding

Burguesía madrileña en el Retiro. Grabado para “El Museo Universal” de 27 de agosto de 1865. La colección Reding

Algo para lo que, de momento, el único remedio que tiene “La novela antihistórica” es recomendar a esos lectores una visita al enlace colgado en la primera ilustración del número de 10 de julio de 2010 de esta publicación, donde podrán encontrar algún alivio para esa cada vez más notable carencia de detectives victorianos de raíz española en nuestro, a veces, paupérrimo panorama editorial.

Anuncios

Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s