Un día en la Guerra de los Cien Años: “1356” de Bernard Cornwell

Aunque parezca mentira hay cosas susceptibles de mejorar con el tiempo. Ese parece ser el caso de la producción novelística de Bernard Cornwell.

Hombre de armas medieval con palo de trueno. Fabricante Altaya. Pieza de La Colección Reding

Hombre de armas medieval con un palo de trueno. Fabricante Altaya. Pieza de La colección Reding

Sería algo que quedaría bien demostrado por la, de momento, última entrega de esas series de novelas históricas que este autor produce con la misma constancia que un escritor de folletines decimonónicos. Es decir, la nueva aventura del arquero Thomas de Hookton titulada “1356”.

En efecto, “1356” es una gran novela histórica. Supera, con mucho, a otras firmadas por Cornwell que ya se han criticado en “La novela antihistórica”.

Desde luego “1356” supera a las de la serie de Sharpe. El fusilero británico de las guerras napoleónicas que es quien más fama ha dado a Cornwell. A pesar de que este personaje, burdamente chauvinista, no pasa de ser el protagonista de una serie de entregas que sólo sirven, por lo que se ve, para destrozar la reputación histórica del Ejército español en la llamada Guerra de Independencia -para los anglosajones y el resto del Mundo “Guerra Penínsular”- y demostrar, por el contrario, que la victoria de 1814 fue cosa exclusiva de los británicos. Empezando por Wellington y acabando, por supuesto, con la imprescindible colaboración del carismático bastardo Dick Sharpe y sus infalibles rifleros de negro morrión y chaqueta verde.

En “1356” estamos bastante lejos de esas burdas lecturas y mucho más cerca de obras que demuestran la capacidad de mejorar de Bernard Cornwell. Como ocurría con la serie “Crónicas de Starbuck”, ambientada en la guerra de Secesión estadounidense, escrita, sin embargo, casi al mismo tiempo que la de Sharpe. “1356” también estaría cerca de una de sus mejores novelas independientes, de momento, de series como la de los fusileros de Sharpe o aquella a la que pertenece el personaje de Thomas de Hookton: “El fuerte”, de la que ya dio cumplida cuenta “La novela antihistorica” en abril de 2013.

Sí, con “1356” los lectores se pasearan, tranquilamente, por la Guerra de los Cien Años, por las circunstancias de una batalla, la de Poitiers, celebrada precisamente en 1356, que, como recuerda el autor en una nota histórica final -que ha mejorado también mucho desde las que ponía en la serie de Sharpe-, tuvo más importancia de la que se le ha concedido pero ha quedado eclipsada por otras grandes batallas entre ingleses y franceses durante esa larga guerra de, en realidad, algo más de cien años. Como las de Crécy, anterior a Poitiers, y Azincourt, celebrada en el año 1415.

El autor, sin renunciar a su habitual imaginería -un líder carismático rodeado de un grupo de fieles e igualmente carismáticos seguidores, acción directa, frases rotundas y evocadoras para marcar la pauta de la acción en cada final de sección o capítulo- nos lleva en “1356” hasta una Edad Media tan real que casi se puede disfrutar o padecer en carne propia.

Así es, los personajes de “1356” están perfectamente ensamblados en un mundo que nos es totalmente ajeno, incomprensible a menos que el buen oficio del escritor nos lo haga comprensible. Cosa que en el caso de Bernard Cornwell queda más que probada con “1356”.

En efecto, Thomas de Hookton, el personaje eje de la serie iniciada con “Arqueros del rey” y protagonista de esta nueva entrega, más allá de ser el héroe asequible con el que nos podemos identificar hoy día, es, ante todo, un hombre del siglo XIV.

Cornwell recuerda a su público, en determinadas y oportunas ocasiones, quién es: un hijo de clérigo -una especial categoría social de la Europa de la Edad Media y posterior- que obtiene por esa vía una educación superior a la de los hombres que, como él, se han dedicado al oficio de las armas y, a partir de ahí, unas facilidades mayores para ostentar un título de caballero. Aunque no se lo toma -eso de ser caballero- demasiado en serio.

Es Thomas de Hookton un hombre que cuestiona a la Iglesia como institución pero, que, sin embargo, se atiene a sus ritos y mantiene la creencia en un mundo sobrenatural. Uno al que honra por medio de limosnas y dádivas a algunos representantes de esa misma Iglesia con la que, sin embargo, disputa a pequeña escala. Casi del mismo modo en el que lo hacen los poderes temporales en la realidad de la Europa del siglo XIV. Esa en la que transcurren los hechos de “1356”.

Ballestero con pavés. Fabricante Altaya. Pieza de La Colección Reding

Ballestero con pavés. Fabricante Altaya. Pieza de La colección Reding

Así, Thomas se muestra verdaderamente preocupado cuando sus hombres, y él mismo, deben entrar en combate sin haberse confesado previamente, sin siquiera haber oído misa… Algo que parece raro hoy, pero que para un hombre medieval, por mucho que hubiera desafiado a la Iglesia, arriesgándose a la excomunión al casarse con una mujer acusada de herejía -como es el caso de Thomas de Hookton-, era una auténtica tortura moral. Insoportable para quien vivía inmerso en un orden de ideas en el que la salvación del alma tras la vida terrenal era más fundamental que cualquier otra cosa.

Thomas de Hookton es también coherente con la rígida escala social en la que debe moverse.

Así lo veremos en algunos casos rendir pleitesía a caballeros situados por encima de él en el rango. Tanto por los títulos feudales que detentan, como por el hecho de ser familia del propio señor feudal de Thomas de Hookton. Como ocurre en el caso del conde de Warwick, que salva a Thomas y los suyos de un desfavorable encuentro con un príncipe de la Iglesia, o en el breve diálogo antes de la batalla que sostiene el arquero con el conde de Oxford, cuñado del conde de Northampton al que él sirve.

Todo lo demás, el resto del mundo descrito en “1356”, gira de manera magistral alrededor de esas premisas, de esas reglas del juego, que, esta vez sí, Bernard Cornwell sabe manejar con habilidad, respetándolas, usándolas como algo más que un mero decorado a mayor gloria de unos personajes más o menos carismáticos.

En este nuevo episodio de la serie de Thomas de Hookton, la historia del caballero Roland de Verrec es particularmente ejemplar a ese respecto.

Se trata de un muchacho de familia noble, por supuesto, que por los avatares de aquella revuelta Europa de la Guerra de los Cien Años, se ve abocado a convertirse en campeón de justas y torneos.

Cornwell lo dibuja con unos rasgos muy propios de lo que teóricamente debía ser un caballero del siglo XIV. Es decir, alguien que tendría que haber vivido según el ideal de la mística creada en torno a la leyenda artúrica que, precisamente, se está forjando en su forma -más o menos- definitiva en aquella época.

Roland de Verrec es, en efecto, una especie de Lancelot, mezclado con algo de Parsifal, que se ha impuesto la tarea de ser el mejor caballero de Francia para recuperar así sus tierras, usurpadas por el invasor inglés, y se ha adscrito al culto mariano que en esas épocas empieza a tomar fuerza, haciendo el voto, al estilo de Parsifal, de permanecer virgen para de ese modo mantener su destreza en la lid. Así, hasta que cumpla la misión impuesta y consiga casarse, tal y como le ha prometido una aparición de la Virgen en la que se le revela todo ese plan de vida a seguir.

El símbolo de la rosa sin espinas, y blanca, que exhibe en su sobreveste Roland de Verrec, es también otro fino detalle por parte de Cornwell, que nos sumerge con él, nuevamente, en el complejo mundo de la Europa de finales de la Edad Media. Inmersa en esas esotéricas simbologías cargadas de ricos significados. Como se puede ver, por ejemplo, en los contenidos de la cultura trovadoresca que, sin embargo, Cornwell no hace demasiado explícita en esta nueva aventura de Thomas de Hookton.

Bombardero medieval. Fabricante Altaya. Pieza de La Colección Reding

Bombardero medieval. Fabricante Altaya. Pieza de La colección Reding

Una delicada y fervorosa visión del Mundo que, como ya advertía un especialista en crítica literaria como el profesor Arnold Hauser en su “Historia de la Literatura y del Arte” era, en buena medida, una idealización de unas condiciones de vida mucho más duras.

Las mismas que Cornwell, muy bien informado a través del trabajo de varios historiadores que citará en su nota histórica final, nos muestra por medio de personajes que son la antítesis del idealista Roland de Verrec. Por ejemplo Genevieve, la heterodoxa, en más de un sentido, esposa de Thomas de Hookton, que le recordará que toda la Historia de Roland, el primer caballero de la corte de Carlomagno del que él -De Verrec- ha tomado el nombre, es una invención interesada, siendo falso que fueran moros los que acaban con él y la retaguardia del ejército carolingio.

Algo parecido le ocurre a Roland de Verrec cuando debe relacionarse con señores feudales como el conde de Labrouillade, primer motor de gran parte de la acción de la novela, iniciada por una disputa con un vecino con el que se ha fugado su mujer. La hermosa Bertille -que conquistará el corazón de Roland de Verrec- con la que se ha casado por razones económicas. Tan reales, o más, entre la nobleza feudal de la época, como todas las idealizaciones en las que vive sumergido Roland de Verrec.

El contraste entre esas ideas y esas realidades hace de “1356” un interesante viaje, cuando menos, a la Europa de la Guerra de los Cien Años.

Abundando en ese aspecto, Cornwell tampoco se deja atrapar por ninguna clase de chauvinismo, mostrando los motivos que conducen a la guerra descrita en “1356” en toda su crudeza, como una disputa entre las dinastías inglesa y francesa por el control de una parte de Francia que ambos reclaman como propia. Tira y afloja en torno al cual se mueven regiones de la actual Francia, como Gascuña, cambiando de bando y alianza en función de la conveniencia feudal, que nada tiene que ver con las lealtades nacionales tal y como las entendemos hoy día.

En ese aspecto Cornwell tampoco se recata en describir, en toda su crudeza, la brutal guerra de pillaje y saqueo perpetrada por los ingleses y sus aliados sobre territorio francés por medio de las cabalgadas, o resuelta en batallas en las que se despedaza al enemigo. Siempre y cuando sea alguien que no vale nada en el floreciente negocio de los rescates. Ese que el autor de “1356” describe, con precisión, como el expediente utilizado por una alta nobleza que, como se ve por el caso del infame conde de Labrouillade, trata de arriesgarse lo menos posible, poniendo la suerte del combate en manos de mercenarios, contratados para tal efecto, u hombres de armas profesionales que han hecho, como Thomas de Hookton, de la guerra su medio de vida.

La descripción de la táctica de la época, de los asedios y las máquinas empleadas en ellos tampoco defraudará a quienes esperan entrar con esta novela en la Guerra de los Cien Años.

Armas de fuego y regios caballeros acorazados. La realidad descrita en "1356". Piezas de La colección Reding

Armas de fuego y regios caballeros acorazados. La realidad descrita en “1356”. Piezas de La colección Reding

“1356” es, pues, una obra de la que poco se puede decir en contra. Aunque ciertamente hay algunos pasajes dudosos en ella.

Por ejemplo, la presencia de navarros, aliados de los ingleses, demasiado al Norte de lo que eran los limites del reino de Navarra. Una aparición que queda un tanto confusa en las líneas que sobre esto escribe Cornwell.

Lo mismo puede objetarse al regodeo recurrente de Thomas de Hookton en el hecho de que su grupo de fieles tenga por nombre el de “hellequin”. Los hombres de Hookton son así descritos como una mesnada de gente prácticamente al margen de la ley y que adopta por nombre el de una leyenda medieval verdaderamente siniestra: la de la mesnada infernal que recorre las noches robando almas. Algo que, desde luego, encaja bastante mal con un caballero tan piadoso en otros momentos y que, además, está al servicio del conde de Northampton, que, en términos históricos reales, habría exigido una denominación amenazadora para esta mesnada a su servicio, pero más acorde con los cánones de gente que, después de todo, como se ve en “1356”, se confiesa y comulga esperando salvar su alma por toda la Eternidad, situándose así muy lejos, por tanto, de los condenados que, se supone, formaban la pavorosa mesnada “hellequin”.

Pero, en conjunto, podría decirse que ésta, de momento, última novela de Cornwell es verdaderamente impecable.

La única cosa que realmente puede lamentar el lector en español es que apenas hay en ella referencias a las aventuras españolas del príncipe negro. El heredero de la corona inglesa que comparte protagonismo con Thomas de Hookton en “1356”, mencionando tan sólo Cornwell su última gran victoria en Nájera en la nota histórica final.

Pero, claro, eso no es un problema de Cornwell, es un problema español: el de que esperamos que novelas con hechos similares, o ligados a los descritos en “1356”, se escriban por arte de magia, o delegando en autores extranjeros que tienen -como se ve por esta nueva entrega de las aventuras de Thomas de Hookton- cosas mejores que hacer que preocuparse de divulgar una Historia -la de la implicación española en la Guerra de los Cien Años- que deberían de divulgar los propios autores españoles. Al parecer incapaces de hacerlo o de convencer a los editores españoles de que lo hagan, abandonando su papel de colonizados del mundo editorial anglosajón.

Balllestero con gambesón. Fabricante Alytaya. Pieza de La colección Reding

Balllestero con gambesón. Fabricante Altaya. Pieza de La colección Reding

Pero esa, como dice Cornwell imitando a Kipling, es otra Historia que está aún por escribir y a la que no se puede dedicar más sitio en esta nueva edición de ”La novela antihistórica” estando, desde luego, la pelota en el tejado de otros. Desde hace años. Bastantes más de lo que nos convendría a todos: editores, lectores, escritores…

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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4 respuestas a Un día en la Guerra de los Cien Años: “1356” de Bernard Cornwell

  1. Antígono dijo:

    Interesante, hace tiempo que le tenía el ojo echado a la saga de Arqueros del Rey de Cornwell, pero otras lecturas me quitaban el tiempo. La verdad es que sobre este conflicto, leí esa gran saga de Maurice Druon, Los Reyes Malditos, aunque en ella se narraban los orígenes y primeros años de esta “Gran Guerra Medieval Europea”, que afectó a todos los reinos del Occidente cristiano. Sobre el tema que mencionas de los navarros, creo recordar que Carlos II de Navarra (alias el Malo) también pretendió el trono de Francia al ser nieto de Luis X, y que tenía posesiones en Evreux, en el norte de Francia; así que supongo que por ahí deben ir los tiros sobre el hecho de que aparezcan navarros (más bien partidarios del rey de Navarra) tan al norte.
    Respecto a novelas españolas que traten el tema de esta guerra en los reinos hispánicos (a los que también afectó, y de lleno) me viene a la cabeza Los Malos Años de León Arsenal, donde se narran los orígenes y primeros años de la guerra entre Pedro I de Castilla (alias el Cruel) y su hermano bastardo Enrique de Trastámara….que acabaría siendo Enrique II de Castilla (alias el Fratricida)…como se ve por los apodos de todos los monarcas, eran gente a la que no querría tener uno como familia. Enrique que accedería al trono con ayuda del reino de Francia (y del de Aragón) mientras su rival Pedro recibiría apoyo inglés (ahí entraba el Príncipe Negro) y navarro.
    Luego, Francia recibiría en compensación el apoyo de la marina castellana en el Canal, que tantos quebraderos de cabeza daría a los ingleses.

    • Estimado Antígono: gracias, como siempre, por sus puntuales, interesantes y provechosos comentarios. Ciertamente lo de Navarra tenía un sólido fundamento como magistralmente ha explicado en un par de líneas (Navarra estuvo, en efecto, regida por una dinastía de origen francés en la época, con feudo patrimonial tan al Norte como en Champagne), pero de lo que me quejaba yo era de lo poco que Cornwell lo explicaba, dejándolo como al desgaire en plan “bueno, sí, había por ahí unos navarros por allí. Sin más” cuando se explaya mucho más con respecto a otras alianzas como la de los gascones.
      Con respecto a la novela de Arsenal, no la conozco. Sin embargo, como bien señala en su comentario, hay toesas y toesas de tela que cortar en esta cuestión y cantidad de novelas, tan buenas como la de Cornwell, por escribir con ese material que no debería limitarse a una novela debiendo ser libros como ese la norma y no la excepción. Menos teniendo en cuenta el buen material que tenemos. Véase esos reyes que uno no quisiera tener no ya por parientes sino ni siquiera por vecinos, la intervención de la Armada en el Canal, la Historia del almirante Pero Niño y sus estragos en esos combates, la intervención de navegantes guipuzcoanos en los ataques contra ingleses que terminan en la firma de acuerdos diplomáticos casi de igual a igual con Londres y un largo etc… al que se podrían añadir las cabalgadas del caballero bretón Duguesclin por Castilla, la muerte de Pedro con el broche de oro aquel de “Ni quito ni pongo rey…”, las levas feudales para tener tropas de refresco en Francia hechas en territorio vasco y navarro entre las mesnadas de los Parientes Mayores, ligados por diversos lazos a los combatientes de la llamada Guerra de los Cien Años, los intentos de Luis XI en 1476, ya con el conflicto resuelto, de invadir la zona fronteriza de Castilla después de haber echado a los ingleses de Bayona…
      En fin, una larga lista de temas que en Inglaterra o en Francia ya hace tiempo que estarían convenientemente explotados y puestos en conocimiento del Universo Mundo.
      Y no precisamente a espasmos: con una novela aquí, una autoedición -el firmante era un descendiente del historiador guipuzcoano Serapio Múgica- aculla, estudios de los medievalistas de la UPV un poco más allá o una serie como la que se hizo sobre Pedro el Cruel a finales de los años 80.
      De momento, estimado Antígono, tendremos que conformarnos con este Bernard Cornwell mejorado. Y suspirar por lo que puede ser pero, de momento, no es.
      Gracias de nuevo por su comentario y, como siempre, un cordial saludo.

  2. Después de leer su precisa disección de la obra voy a ver si me hago con ella.
    De Cornwell me he leído completa su serie de los fusileros, ese Sharpe impagable contándonos las batallas coloniales en La India y las campañas de Napoleón por la península ibérica hasta Waterloo.
    Me imagino, por mi lectura y por sus apuntes sobre esta obra que, una vez más, Cornwell me va a entretener y me va a hacer interesarme por saber más sobre esa época. Siempre teniendo en cuenta su visión británica de las cosas.
    Un placer leerle y hasta la siguiente.

    • Estimada Isabel: gracias por la parte que me toca. Supongo que “1356” no le defraudará. Es un Cornwell muy mejorado con respecto a la serie de Sharpe, muy aquejada de esa visión en túnel británica que vd. menciona y que a los spanish speaking people nos deja bastante maltrechos sin causa ni razón.
      “1356”, como “El fuerte”, supera ese lastre.
      Hasta pronto.

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