Un viaje en el tiempo que realmente merece la pena: “El reino de los hombres sin amor” de Alfonso Mateo-Sagasta

Alfonso Mateo-Sagasta empieza a disfrutar, cada vez más, de una mayor fama gracias a las “Memorias” de Isidoro Montemayor que ahora, en 2014, han visto publicado su tercer volumen, “El reino de los hombres sin amor”, del que nos vamos a ocupar en esta nueva reseña mensual de “La novela antihistórica”.

Ilustración de Meisonier para la edición de 1846 del "Gil Blas", uno de los personajes de "El reino de los hombres sin amor"

Ilustración de Meisonier para el “Gil Blas” (1846). La colección Reding

Lo cierto es que, visto el resultado, el autor y su obra merecen esa cada vez mayor fama. Principalmente porque esa serie de impecables novelas policíacas ambientadas en la España de finales del siglo XVI y comienzos del XVII, son un viaje, literario, en el tiempo que realmente merecerá la pena a quienes se atrevan con “El reino de los hombres sin amor”. Tercera entrega de la serie que puede leerse de manera independiente con respecto a los dos volúmenes anteriores: “Ladrones de tinta” y “El gabinete de las maravillas”.

Esta serie de novelas del historiador Alfonso Mateo-Sagasta que ya cuenta con tres volúmenes, es un interesante indicio, junto a otros nombres como el de David Yagüe, del que precisamente nos ocupábamos en la edición del mes pasado de “La novela antihistórica”, de una beneficiosa renovación de ese género, tan seguido a nivel mundial, llamado “novela histórica” y que en España, como saben quienes leen esta página desde hace tiempo, ha corrido una extraordinaria mala suerte; siendo representado por autores con ideas bastante atrabiliarias sobre lo que ha sido el pasado de ese país del que -en no pocas y estruendosas ocasiones- se han querido erigir dichos autores en interpretes autorizados y -también en muchas ocasiones- únicos.

En el caso de Alfonso Mateo-Sagasta ocurre justo lo contrario. El autor demuestra que conoce bastante bien el terreno que pisa, a pesar de que la especialidad que cursó en la Universidad Autónoma de Madrid es justo la anterior a la época de su detective barroco, Isidoro Montemayor. Es decir, la de Historia Antigua y Medieval y no la de Moderna y Contemporánea.

En efecto, Mateo-Sagasta nos lleva de una manera amena al siglo XVII español, por medio de tramas electrizantes, del estilo de novelas de misterio como las de Agatha Christie o las de algunos famosos detectives televisivos de la década de los años setenta, cuando el autor era un jovenzano de unos diecisiete años. Resulta, sí, en efecto, difícil no pensar en el detective McMillan y su atractiva esposa cuando uno se adentra en la trama de novelas como “El reino de los hombres sin amor” o las de sus más directos antecedentes “Ladrones de tinta” y “El gabinete de las maravillas”.

El bachiller -e hidalgo reconocido desde esa última novela- Isidoro Montemayor resuelve alambicados misterios con muy escasas dosis de violencia -principalmente concentradas en los últimos compases de esas novelas- de un modo que recuerda mucho a aquel subgénero televisivo heredero de la novela policíaca británica de los años 30 del siglo XX.

En la labor le acompaña siempre, como ocurría en “McMillan y esposa”, su inseparable condesa de Cameros. Su ama, en tanto que la sirve oficialmente como secretario, en pleno ejercicio de sus funciones desde “El gabinete de las maravillas” tras superar algunos accidentados desencuentros reflejados en “Ladrones de tinta” y recordados en “El reino de los hombres sin amor”. Y, además de eso, su amante en secreto.

A esa intriga básica, que es la que mantiene a los cada vez más numerosos lectores de Alfonso Mateo-Sagasta pegados a sus libros, no se sacrifica, sin embargo, apenas nada de lo que era la España de comienzos del siglo XVII.

En efecto, empezando por la relación abiertamente sexual y amorosa que une a la condesa con su sirviente. Mantenida en secreto por razones de mucho peso que Isidoro Montemayor no se olvida de recordar. Por ejemplo, al comienzo de “El gabinete de las maravillas”, señalando que se podía dictar pena de muerte contra un criado que yaciera con su ama. Algo totalmente real en una sociedad cerradamente estamental como lo era la España y, por ende, la Europa de comienzos del siglo XVII.

Ilustración de Meisonier para el “Gil Blas” (1846). La colección Reding

Todos los demás detalles también encajan, como en un mecanismo de relojería en el que se combina la intriga detectivesca con las condiciones históricas que el autor ha elegido y que, cosa bastante rara hasta ahora en la novela histórica española, trata con mucho respeto y buen cuidado.

Así, en las 500 páginas de “El reino de los hombres sin amor”, Mateo-Sagasta nos describe la compleja vida cortesana de Francia y España en la época. Especialmente de la primera de ambas potencias, que en esos momentos se disputan el control de Europa. Contando también todos los trabajosos detalles que iban aparejados a una boda real y que, en la práctica, implicaban una complicada logística. La misma que recaía en los criados mayores de cada una de las casas nobles -es decir, mayordomos o secretarios como Isidoro Montemayor-, parte fundamental de esos cortejos que movilizaban centenares de carruajes, personas, animales… que debían ser atendidos, alojados, reparados…

Toda una ceremonia de prestigio en sí, cargada de actos simbólicos de poder y de preeminencia que, en una sociedad como aquella, eran fundamentales y que Isidoro Montemayor nos va haciendo entender sutilmente, situado por su padre literario -Alfonso Mateo-Sagasta- en un punto intermedio entre nuestra época y la suya.

Algo particularmente notable, por ejemplo, en el modo sarcástico en el que el secretario Montemayor describe uno de los banquetes que se ofrecen en el itinerario entre Castilla y la frontera guipuzcoana del Bidasoa, donde algunos de los más altos nobles españoles, por ejemplo los del Infantado, hacen alarde de costumbres en la mesa que para nosotros son sencillamente repelentes pero que Montemayor describe, no sabemos si en broma o en serio, como todo un despliegue de buenas maneras.

Así, poco a poco, con detalles como esos, Mateo-Sagasta logra reconstruir un acontecimiento memorable que quedó fijado en crónicas, grabados, cuadros, etc…

Es decir, la consumación diplomática de las bodas del rey Luis XIII de Francia con la reina Ana de Austria, y las de su hermano Felipe IV con la princesa Isabel de Borbón, en el año 1615.

La entrega de ambas princesas, una de ellas ya reina de Francia, como recuerda constantemente “El reino de los hombres sin amor”, sobre el complejo escenario barroco que Mateo-Sagasta no pierde -una vez más- la ocasión de describir y explicar para el público de hoy día, debía sellar así las paces entre ambos reinos. Tras casi todo un siglo XVI lleno de agotadoras guerras entre los dos por el control de Europa.

Esa trama principal que, a su vez, provee de la intriga detectivesca que da sustancia a toda la novela, se ve mezclada, como en las anteriores, con las circunstancias de personajes de distinto rango y condición que forman así un gran fresco donde se nos explica, además de entretenernos, cómo pudo ser, realmente, la España del siglo XVII.

No falta detalle. Por ejemplo la importancia de la Literatura y el Teatro, representada en la novela por figuras tan insignes como Lope de Vega y otros autores poco famosos fuera de Inglaterra -tercer invitado al asunto de las bodas reales entre España y Francia-, como Guillermo Shakespeare, que aparece en la novela inspirándose en un contemporáneo mucho más famoso, como lo era Miguel de Cervantes y Saavedra, al que Isidoro Montemayor conoce bien de su primera aventura, “Ladrones de tinta”…

También, más allá de esos dominios más o menos sublimes del Arte de la época y su uso por los poderosos, aparecen criados y amos, con relaciones laborales de lo más expeditivas, subiendo y bajando de mayor a menor importancia. O alcaldes de Casa y Corte que andan haciendo indagaciones en torno a la espesa estela dejada por el séquito real en su camino hacia el Bidasoa, abriéndonos así paso hacia asuntos que se prestan a lo turbio. Como el contrabando de metales preciosos favorecido por el chorro de plata americana que llega a la Metrópoli o el tráfico de esclavos en el que España -así es- anda metida sobre todo gracias a su unión con Portugal. Uno de los principales proveedores de esa mano de obra para toda Europa y sus cada vez más extensas colonias de Ultramar.

Ilustración de Meisonier para el “Gil Blas” (1846). La colección Reding

Así, mientras vamos metiéndonos en una trama de misterio que se lee con suma facilidad, vamos aprendiendo sobre aquella compleja sociedad, obteniendo un interesante cúmulo de conocimientos sobre ese pasado del que procedemos, apenas conocido por un público no especializado en el tema. Al menos hasta que Mateo-Sagasta tuvo la buena idea, allá a comienzos de este nuevo siglo, de meterse en esta tarea, y sus distintos editores hasta la fecha la de publicar esta serie de novelas policíacas e históricas que van ya por su tercer volumen.

Por supuesto, todo hay que contarlo, hay aspectos en “El reino de los hombres sin amor” que pueden resultar cuestionables. Algunos son de detalle. Por ejemplo el uso del euskera “batua” puesto en boca de personajes de 1615, que ni siquiera hubieran sabido qué era aquello. O menciones a poblaciones del País Vasco por las que pasa el cortejo real rumbo al Bidasoa que se compadecen mal con la realidad de la época. Caso, por ejemplo, de Villareal de Urrechua -la actual Urretxu- que Mateo-Sagasta describe como “una aldea”. Cosa que estaba lejos de ser, siendo, por el contrario, una de las principales villas de la provincia gracias, sobre todo, a su papel de punto de etapa en el camino que unía la frontera con Madrid y que, en efecto, hace de esa población en los siglos de la Edad Moderna un mundo mucho más barroco, mucho más complejo, que el de una simple aldea.

Otro tanto ocurre con la percepción de Isidoro Montemayor sobre San Sebastián. Si en esa fecha no es un núcleo tan importante como Tolosa, que él describe como más rica, no es, desde luego, una población de pescadores y poco más, sino una importante guarnición y fortaleza, cuya principal misión en todas las guerras que zanja la boda descrita con profusión en “El reino de los hombres sin amor” ha sido detener el avance francés -o inglés si se tercia- contra Madrid. Eso, unido a su carácter de puerto comercial de primer orden, da cierta impresión de distorsión entre la Historia real y la que utiliza como marco Mateo-Sagasta en esta tercera entrega de esa saga de Isidoro Montemayor, por suerte cada vez más conocida.

En otras ocasiones se puede también echar en falta en la novela que no se atreva a entrar con más fuerza en algunas cuestiones de esa realidad de la España de 1615 que, por otra parte, reconstruye con tanto rigor.

Ilustración de Meisonier para el “Gil Blas” (1846). La colección Reding

Es el caso del papel que juega Inglaterra en ese entramado. Acertadamente descrito como el de una potencia muy decaída tras sus relativos éxitos durante el reinado de Isabel I, pero que Mateo-Sagasta no termina de dibujar en toda su profundidad, dando la impresión de que pasa de puntillas en la descripción de esa Inglaterra de Jacobo I a la que España dicta sus condiciones gracias al oro de América y por encima de toda consideración religiosa. Como recuerda el tahúr Donahue, viejo amigo de Isidoro Montemayor, que señala en una de sus apariciones en “El reino de los hombres sin amor” que España, tras el intento de desembarco de Juan del Águila en Irlanda, ha decidido que puede ganar la guerra de manera más fácil, dedicándose a comprar la voluntad de los lores ingleses con el oro americano.

Algo que, en efecto, ocurrió en el mundo real de 1615 y que llegó incluso a poner en hechos la ejecución, por orden española, de una de las glorias nacionales –a posteriori al menos- de Inglaterra. No otro que sir Walter Raleigh, el famoso explorador, navegante, corsario -pirata para otros- al servicio de la corona inglesa y que Alfonso Mateo-Sagasta despacha en “El reino de los hombres sin amor” de forma bastante discreta, casi inadvertida. Reduciendo el motor de ese complejo hecho histórico a una sugerencia del confesor de Felipe III -el siniestro fray Luis de Aliaga- al duque de Buckingham. Favorito del rey inglés que aparece en esta trama de “El reino de los hombres sin amor” junto con otros personajes -históricos o no- de la saga del Dumas de “Los tres mosqueteros” a la que Mateo-Sagasta rinde un confeso homenaje, sobre todo en el gran final escenificado en Fuenterrabía. Es decir, la actual Hondarribia.

Así es, las cosas ocurrieron de un modo algo distinto, más aproximado a lo que Donahue cuenta a Isidoro Montemayor, cuando señala que el embajador español en Londres, el conde de Gondomar, tiene compradas las voluntades de todos los lores de los que depende el Ejército y la Armada de esa potencia.

Lo cierto es que se sabe que Gondomar tenía también comprada la voluntad del rey de Inglaterra -de hecho, así lo insinúa el mismo Mateo-Sagasta en “Ladrones de tinta”- y que no hacía falta ninguna sugerencia de confesor alguno para que la cabeza de sir Walter rodase como rodó.

Olvida también Mateo-Sagasta señalar que la razón por la cual fue ejecutado Raleigh -el llamado “Guatarral” en los documentos españoles de la época- fue su intento de entrar en las posesiones españolas donde se encontraba, supuestamente, el reino fabuloso de Eldorado…

Una lastima esas ocasiones perdidas -¿o acaso pospuestas para una cuarta entrega de la serie?- de acercarnos un poco más a esa Historia desconocida mientras leemos una magnífica novela negra.

Sin embargo hay que reconocer que todas esas fallas son disculpables viendo, en conjunto, el resultado que consigue Mateo-Sagasta, reflejándonos de un modo mucho más exacto de lo que nunca antes se había hecho hasta ahora, la España del año 1615, del Barroco, del momento en el que esa potencia juega un papel capital en la Historia Mundial y que, hasta hoy, ha sido sistemáticamente escamoteado en novelas muchas veces mal llamadas históricas en las que, por exceso o por defecto, fabricadas en España o fuera de ella, se daba una visión altamente distorsionada, inútil, nociva para todos los que querían leer una novela histórica digna de ese nombre.

Basta con recordar que Isidoro Montemayor es un antiguo veterano de los Tercios de Flandes, ha sobrevivido entero a esa experiencia, tiene estudios universitarios y no ha convertido su vida en una comedia trágica en la que todo es pobreza, miseria, ignorancia y otras truculencias que parecen salidas más de una lectura mal digerida de las fantasías decimonónicas de Merimée, que de los libros de Historia en los que se dice que tales cosas estaban notablemente bien repartidas por toda la Europa preindustrial. Y en especial, en aquellos países, como Inglaterra o Francia, que no contaban, a diferencia de España, con el control de las principales minas de metales preciosos del Mundo.

Grabado para “Veinte años después” de Alejandro Dumas padre (1861). La colección Reding

Sólo por eso estas “Memorias” del bachiller -y ya caballero- Isidoro Montemayor, que cada vez se abre camino con mayor donosura en el rico y complejo mundo barroco, merecen ser leídas con mucha atención. No será tiempo ni dinero malgastado.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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4 respuestas a Un viaje en el tiempo que realmente merece la pena: “El reino de los hombres sin amor” de Alfonso Mateo-Sagasta

  1. SÍSIFO dijo:

    Don Carlos, me ha tocado usted a uno de mis grandes. Desde que compré una lejana edición de bolsillo de “Ladrones de tinta” no he dejado de recomendarle. Aquella forma de recorrer la literatura española, una época y una forma de ver el mundo…

    En cuanto a lo del euskera batua supongo que será hijo de la comodidad de lectura (para sus conocedores), de la corrección política o del descuido y no de la ingeniería socio-histórica.

    ¡Qué se le va a hacer! Me gusta el estilo del autor y siento simpatía por el personaje.

    Sísifo

    • Estimado Sísifo: ya habrá visto que no había mala intención en lo de tocar a uno de sus grandes. Yo también lo recomiendo vivamente. Este último episodio, los dos anteriores y los siguientes que esperemos lleguen con más frecuencia.
      Pero, claro, esto de las reseñas literarias es lo que es. Al menos cuando se pretende que vayan más allá del publirreportaje habitual en los medios convencionales, que con ese espíritu nació, y se mantiene, “La novela antihistórica”.
      De ahí lo de señalar algún que otro “pero” que, seguro, el autor irá puliendo a futuro y que no desmerece, en manera alguna, el conjunto de las ejemplares aventuras de don Isidoro Montemayor, de cuya existencia podemos felicitarnos, porque de otro modo ya sabemos cuál sería la única versión canónica de la Historia de esa época. Una muy distinta de la mucho más cuidadosa y documentada que nos ofrece Alfonso Mateo-Sagasta con este bachiller, hidalgo, caballero que, en efecto, es personaje entrañable y muy simpático.
      En resumen, estamos de acuerdo en lo mínimo. Lo del “batua” estoy seguro no tenía intención perversa alguna. Sería por comodidad y porque no es fácil hacerse con información sobre el eusquera de la ´
      época, aunque, por larga experiencia propia, doy fe de que haberla hayla.
      Como siempre gracias por su comentario y un cordial saludo.

  2. Ignacio dijo:

    Buen libro. Buena ambientacion historica, bien tratado el lenguaje, adecuandolo aceptablemente a la epoca, interesante la trama, genial la ironia. Coincido. Me ha parecido bien como retrata la epoca. Nada maniqueo. Ni enaltece las “glorias del imperio” ni las ningunea trazando una leyenda negra. Describe bastante bien las clases sociales, tal como eran y sus glorias y miserias… que eran muchas. Además, como “documento historico”, Creo que deja la “veracidad historica” en un sitio aceptable. Hace pensar a los personajes al modo de su epoca (por lo que nos ha llegado de ellos), y la forma de vivir y comportarse que describe (mediante la accion), podria parecerse bastante al pasado que ocurrio. Mateo-Sagasta en sus entrevistas explica que la Historia es una “invencion”, una convencion cultural, pero el, aunque no se note en la novela, que se lee amena y ligera, lo tiene muy documentado y cuidado. Cada detalle esta porque debe estar. No da puntada sin hilo, pero no es “recargado” o pedante.
    Tambien muy agradables las referencias a otras novelas y personajes de la epoca, los de Dumas, etc.
    En resumen, recomendable por entretenida, alta calidad historica y literariamente muy digna, (adecuandose al genero, eh), narrando muy bien lo que pretende narrar, que esta claro que no es “alta” literatura, sino una buena y entretenida novela muy bien hecha y bastante esclarecedora de la forma de vivir y pensar de la epoca. Me ha encantado y la recomiendo. Notable en todo!

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