55 años esperando: “Los últimos días del Imperio Celeste” de David Yagüe

Quizás sea una exageración decir que los lectores españoles han tenido que esperar 55 años para que, al fin, se publicase una novela como la de David Yagüe.

Llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. "Le Petit Journal" de 11 de noviembre 1900

Llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. “Le Petit Journal” de 11 de noviembre de 1900

O tal vez no. Si contamos bien desde que se realizó, en España, y se estrenó, la película que es la inmediata referencia de esa novela, la apabullante “55 días en Pekín”, casi son los años, 55, que han pasado desde que esa película, para asombro de propios y extraños, contaba en pleno Tardofranquismo que España -oh sorpresa- había estado metida en magnas aventuras internacionales como las que salían en las películas del Hollywood que algunos llaman de la “Era dorada” y de las que esa película, “55 días en Pekín”, es una buena muestra.

Pues sí, desde entonces todo ha sido -o casi- silencio sobre las escasas escenas de esa película en las que resulta que aparece una legación española en Pekín, con su bandera roguigualda, su himno y hasta un apócrifo embajador español que aconseja a David Niven -interpretando al embajador británico en Pekín- sobre lo que hay que hacer ante la inminente rebelión de los boxers.

Y si no ha habido silencio, ha habido toda clase de especulaciones acerca de la razón para que apareciesen tales cosas en un contexto tan extraño para ellas como una película de aventuras del Hollywood clásico.

Incluso que eso -lo de la bandera, el himno, el embajador español codeándose con los de otras potencias europeas- era sólo una concesión al país, España, que había puesto escenarios, estudios y mano de obra barata para que se rodase esa película ya mítica.

Hasta este año 2014 poco más sensato se ha dicho. Se ha escrito algún que otro artículo, se ha hecho mención al asunto en alguna tesis doctoral.

Por lo demás, por lo que respecta al tema de España y la rebelión de los boxers, para el gran público, ese que consume cultura a través de las grandes superficies y siguiendo el dictado de las grandes empresas del sector, ese país no pintaba nada en el asunto y, sí, seguramente, lo que se veía en “55 días en Pekín” era sólo una fantasía urdida por los productores para halagar la vanidad del país -aquel país tan peculiar, aquella democracia orgánica que empezaba a saber lo que eran un bikini, los Beatles, los Ye-Yés, etc…- que les ofrecía marcos incomparables, estudios también más o menos incomparables y, sobre todo, mano de obra barata y costes muy reducidos gracias al diferencial entre su moneda y las divisas manejadas por Hollywood.

Así las cosas, ha habido que esperar a que un nacido en plena España de la Transición llegase a las puertas del gran negocio editorial español, llamase a ellas, se las abriesen en lugar de echarlo a patadas por la puerta de servicio y así perpetrase la hazaña, gran hazaña, de escribir una novela en la que, blanco sobre negro, se informa al gran público de que no, de que es absolutamente verídico, un hecho histórico comprobable, que España tenía una legación en el Pekín imperial de 1900, junto a la de Japón, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos…, con su bandera, su embajador y todo lo demás que los boxers querían destruir.

Sólo por eso David Yagüe, el autor de la hazaña literaria en cuestión, titulada “Los últimos días del Imperio Celeste”, se merece un aplauso. Incluso una cerrada ovación.

Y, por supuesto, que los lectores se tomen como un deber comprar, leer y recomendar esa primera novela histórica de David Yagüe.

Más que nada porque, de momento, ese es un tesoro verdaderamente difícil de encontrar en el mercado literario español.

Detalle de la llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. "Le Petit Journal" de 11 de noviembre 1900

Detalle de la llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. “Le Petit Journal” de 11 de noviembre de 1900

En efecto, “Los últimos días del Imperio Celeste” ofrece de manera amena pero, en general, bien documentada, una información verdaderamente valiosa para unos lectores -los españoles- que -no nos engañemos- desconocen todo sobre un episodio apasionante de su Historia reciente que, en efecto, está a la altura de cualquier cosa que nos pueda contar Hollywood.

Las aventuras de Ramón Álvarez, el protagonista de “Los últimos días del Imperio Celeste” en la caliente China de la primavera y el verano del año 1900, son perfectamente razonables y plausibles. Tanto como lo pueden ser las de cualquier protagonista de una novela anglosajona de las que, hasta la fecha, han tenido colonizado nuestro mercado cultural.

Como descubrirán enseguida los lectores que se aproximen a esta primera -y esperemos que no última- novela histórica de David Yagüe, se trata de un personaje bastante redondo: un niño de buena familia madrileña, del Madrid de Pérez-Galdós que Yagüe tiene la intuición, el buen sentido, de describir, aunque sea con unas leves pinceladas, como una realidad que trasciende a los tópicos literarios del autor de los “Episodios Nacionales”. En efecto, Ramón Álvarez ha sido enviado a la guerra en el año 1898 por su padre, un hombre de negocios de éxito, negándose a comprarle un sustituto que lo reemplazase en las selvas del frente filipino, para que espabile un poco y siente la cabeza.

Vano esfuerzo, pues Ramón se convierte allí, más que en el héroe que su padre espera, en eso que los franceses de hace cien años llamarán “emboscado”. Es decir, alguien que procura ponerse de perfil en el servicio de combate. Tanto que a veces ni siquiera lleva el uniforme azul horizonte llevado por miles de cadáveres que llenan el centro de Europa entre 1914 y 1918.

Ramón Álvarez, en efecto, se dedica a todo menos a combatir a los yankees y a los tagalos, buscando aprovecharse de la situación, dando tumbos de aquí para allá hasta que acaba, tras el fin de la guerra, en China. Va allí en compañía de otro aventurero trapisondista como él, Luis Garrea, que, también como él -y miles de occidentales y japoneses-, cree que el agonizante imperio chino puede ser la tierra de las oportunidades.

Es así como Ramón acaba metido en un turbio asunto de robo de antigüedades chinas que levanta el telón del trasfondo histórico, real -descrito con tanta veracidad en “Los últimos días del Imperio Celeste” que a veces parece pura y simple crueldad-, de la China de 1900, que, en un último esfuerzo, se alza contra los “kuei tseu”. Los demonios colorados, los extranjeros, fundamentalmente europeos, que han conseguido, con su superior tecnología, poner de rodillas a ese imperio que, como nos señala con buen criterio y mejor documentación David Yagüe, se considera el centro del Mundo.

Arrollado por esos hechos, Ramón empezará un viaje iniciático que lo va a llevar muy lejos del punto en el que ha empezado, convirtiéndolo en una persona también muy distinta, forjada en medio de los turbulentos acontecimientos que han pasado a la Historia como la “Rebelión de los boxers”.

Así Ramón se cruzará con el señor Cólogan, el embajador español en Pekín en ese año 1900 que, como recordaba Javier Sanz -uno de los pocos historiadores que ha tratado de sacarlo del olvido- en su blog “Historias de la Historia”, es poco menos que ninguneado en “55 días en Pekín”. Para empezar siendo cambiado su nombre por otro que nada tiene que ver con el verdadero del hombre que estaba allí, en Pekín, representando a España en 1900, en aquel volcán que es la China de la rebelión de los boxers.

No es ese el único encuentro que tiene Ramón. Ha llegado a la embajada española perseguido por, en efecto, un turbio asunto de tráfico de antigüedades en el que están interesados todos los tipos habituales en la China de 1900.

Es decir, desde funcionarios de la decadente corte imperial, boxers, chinos que quedan al margen de esos asuntos a la espera de acontecimientos futuros que se prolongarán hasta la Segunda Guerra Mundial -y, de hecho, hasta la actualidad-, hasta, sobre todo, diplomáticos europeos. Principalmente británicos y estadounidenses. Todo eso llevará a Ramón Álvarez a relacionarse con otros personajes de esas nacionalidades con los que compartirá una serie de aventuras dignas sino de la versión china de esos hechos -la del premio Nóbel Mo Yan también recientemente publicada-, sí de “55 días en Pekín”.

Detalle de la llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. "Le Petit Journal" de 11 de noviembre 1900

Detalle de la llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. “Le Petit Journal” de 11 de noviembre de 1900

Hay así en el camino de Ramón Álvarez misioneros como el matrimonio Liddle, formados por una fogosa y temperamental irlandesa y un equivalente británico de Ramón Álvarez. Es decir, un hijo de buena familia demasiado aventurero y audaz que ha acabado en el Ejército y de ahí, dando tumbos, en ese territorio fronterizo que es la China de 1900, tan turbulento que sólo puede estar lleno de oportunidades para gentes tan temerarias como él. Tanto que, como Álvarez, también está metido, en secreto, en el trafico de antigüedades chinas expoliadas por personajes de alto rango europeos, que ven aquella China imperial moribunda como un coto de caza particular.

Junto a los Liddle, Álvarez irá encontrándose con muchos otros. Desde personajes históricos con un papel muy destacado en la rebelión de los boxers como la emperatriz china Ci-Xi y el príncipe Tuan o el embajador alemán Von Klemens, hasta otros personajes ficticios que, sin embargo, como los Liddle, retratan muy bien aquella China a punto de sufrir una gigantesca convulsión, una transformación tan profunda como la que Europa sufrirá catorce años después con la Primera Guerra Mundial: el viejo traficante Lao Chiang, mentor de Álvarez y sus compañeros en las aventureras que les suceden en medio de aquella vorágine, el perverso bóxer Liu Han, encarnación de todo lo que provoca la rebelión de ese mismo nombre, el mandarín Kong Dao, que explica esa misma Historia desde el punto de vista del fracasado partido reformista chino, que trata, como bien explica la narración de David Yagüe, de hacer en China lo mismo que se había hecho del Japón del emperador Meiji, aventureros salidos del declinante “Salvaje Oeste”, como William Morgan, que, como Ramón Álvarez -o James Liddle- también ha llegado a China en parte por fascinación hacia ese exótico país tras casarse, y enviudar, de una china, como muchas otras enviadas a construir el ferrocarril para el que trabaja como pistolero Morgan, y un largo etc… que los lectores irán descubriendo por si mismos.

Todos ellos, en cualquier caso, son piezas que encajan en un conjunto que dibuja, con bastante exactitud, la China que desaparece engullida bajo la rebelión de los boxers que, como se deja ver en las páginas de esta novela, es la perfecta excusa para que las potencias europeas acaben de lanzar sobre ese imperio moribundo sus últimos y más certeros zarpazos.

Todo eso -y probablemente más- es lo que sacarán los que lean “Los últimos días del Imperio Celeste”.

¿Hay algo que no encontrarán en esas páginas y tal vez deberían encontrar?. Hilando muy fino se puede señalar que David Yagüe no termina de deshacerse del turbio complejo de inferioridad -ese “canon idiota” del que a veces se ha hablado en “La novela antihistórica”- tan inherente, al menos hasta ahora, a la novela histórica y “bestseller” española.

En efecto, Cólogan aparece en “Los últimos días del Imperio Celeste”, es revindicado por su verdadero apellido y más allá del relativamente triste papel que se le reserva en “55 días en Pekín”, pero, sin embargo, David Yagüe no acaba de darle todo el papel que hubiera merecido. Por ejemplo subrayando más, como si se hace en el artículo que Javier Sanz dedicaba a este personaje en “Historias de la Historia”, que Cólogan era el decano de los embajadores europeos en Pekín y que tiene un ascendiente sobre la corte imperial china que no tienen otros representantes diplomáticos allí presentes en 1900. Como el alemán Von Klemens que, sin embargo, disfruta de mucho más papel en la novela.

De hecho, en “Los últimos días del Imperio Celeste” no se recuerda con suficiente claridad que la decisión de resistir en el barrio de las legaciones en lugar de tratar de huir de Pekín antes de que estalle la rebelión bóxer, fue impuesta -no sugerida como se veía en la película- por Cólogan en su calidad de decano del cuerpo diplomático en Pekín, alegando que sería un suicidio intentar llegar hasta la costa, saliendo al encuentro de las tropas aliadas que vienen en su socorro. Hecho señalado hace ya bastantes años por Fernando Gómez de Val en un artículo sobre el tema publicado en la revista “Historia y Vida” en 1988.

Igualmente David Yagüe, y en esto coincide con Javier Sanz, se deja llevar por el que podríamos llamar “Mito del 98”, que siempre conduce a deducir que la derrota en Cuba y Filipinas ha dejado completamente fuera de juego a España a nivel internacional.

Algo que se desmiente con sólo revisar la correspondencia diplomática de colegas de Cólogan en la fecha. Por ejemplo, del destinado en Londres, aparentemente el centro del poder internacional en la fecha. El donostiarra Fermín Lasala y Collado, que revela a Madrid que Gran Bretaña en esos momentos -por así decir- ha agarrado más de lo que puede, enfangándose en la larga e inacabable guerra del Transvaal en la actual Sudáfrica. Trampa internacional que en esos momentos llevaba a Gran Bretaña a una extraordinaria amabilidad hacia España, tratando de resarcirla por haberla dejado abandonada frente a Estados Unidos en 1898.

Una actitud poco conocida, pero no por eso menos cierta, menos históricamente comprobable, que se concreta en la decidida apuesta española de rehacer su imperio colonial en África, precisamente desarrollando una alianza con una Gran Bretaña más que dispuesta a tener un aliado contento en la zona y, por si acaso, a espaldas de Francia.

Algo que alienta proyectos nada descabellados como el que sugiere ese mismo embajador en Londres en 1900: enviar a Taku, a la costa china, al Carlos V -uno de los más poderosos acorazados de la época- para dar a España un papel preeminente en las negociaciones que iban a seguir a la derrota boxer y que, en realidad, dada la influencia de Cólogan en la China pre y postboxer, como indicaba Javier Sanz en su artículo, era, en principio, un gesto de fuerza eficaz pero, quizás, superfluo.

Sin embargo, pese a la falta de detalles como estos -quizás todavía demasiado especializados- en “Los últimos días del Imperio Celeste”, no se puede pedir más a la novela de Yagüe. Hay que constatar, porque es justo constatarlo, que ya ha hecho bastante consiguiendo escribir y publicar una novela que en Inglaterra, Francia o Estados Unidos es perfectamente normal y que en España, para nuestra desgracia, ha sido hasta ahora una verdadera rareza.

Detalle de la llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. "Le Petit Journal" de 11 de noviembre 1900

Detalle de la llegada del destacamento francés del coronel Trude a Pao-Ting-Fu. “Le Petit Journal” de 11 de noviembre de 1900

Sólo queda, pues, acabar deseando mucha suerte al autor y muchos años por delante para escribir muchas novelas que hagan de “Los últimos días del Imperio Celeste” un buen comienzo de una buena carrera literaria.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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15 respuestas a 55 años esperando: “Los últimos días del Imperio Celeste” de David Yagüe

  1. Antígono dijo:

    Interesante novela, no hay muchas sobre los españoles y el siglo XIX, en el exterior me refiero. Tenemos muchas sobre lo que sucedía en España en su política interna, ahí están las sagas de los Episodios Nacionales de Galdós y Memorias de un Hombre de Acción de Baroja, pero muy pocas sobre que hacían o a que se dedicaban los españoles durante el siglo XIX (dejando aparte las guerras napoleónicas que son el plato fuerte de lo publicado sobre este siglo). Así haciendo memoria me salen pocas, quizás Las Aventuras de Shanti Andía de Baroja (y aquí había también muchas lecturas de carácter interno) y poco más.
    Casi nada hay sobre los españoles en Filipinas, o el Caribe, o en África (dejando aparte una vez más los Episodios Nacionales de Galdós que trataron el tema o las memorias de Avinareta de Baroja). Y sobre todo, escasean las novelas o libros que traten como afectaron los sucesos y acontecimientos de la época a España, parece como si en realidad el país fuese un país ermitaño como el Tíbet de la época, ajeno a todos los problemas que se plantearon. Y a pesar de la política de evitar implicarse de Cánovas del Castillo, lo cierto es que eso es poco creíble. En algo debieron afectar a España esos acontecimientos.
    Lo cual me hace recordar muchas veces, la reacción de muchos compatriotas cuando ven las noticias internacionales diciendo que eso a nosotros no nos implica, algo absurdo en este mundo globalizado….o globalizado hace mucho tiempo, como muestra que la rebelión bóxer implicó a muchas potencias y países que estaban muy interesados en lo que sucedía en la China de entonces. Por muy alejados que estuvieran en el mapa.

    • Estimado Antígono: gracias por tus, como siempre, interesantes observaciones. La verdad es que sí, que tenemos una novela histórica completamente desfasada con respecto a lo que realmente ocurrió en el siglo XIX.
      Incluso con respecto a las guerras napoleónicas que pocos, muy pocos, por no decir ninguno, se atreven a llevar más allá de la frontera de los Pirineos, como si, en efecto, esto hubiera sido un reino ermitaño y no una potencia que, aún ensimismada en guerras civiles casi continuas, no contase, siquiera fuera por contagio, por proximidad al resto de Europa.
      Esperemos que lo de David Yagüe no sea flor de un día, sino una tendencia que se consolide. Realmente nos vendría muy bien. A todos.
      Un saludo cordial.

  2. davidyc dijo:

    Muchísimas gracias, Carlos, por esta completa reseña. Se agradece mucho, de verdad, que el esfuerzo puesto en esta pequeña pasión mía se vea reconocida y que valores el posible valor divulgativo de esta pequeña historia de aventuras. Apunto las cosas buenas que dices y también las mejorables en documentación histórica, que obviamente, hay mucho que mejorar. Y sí,estoy de acuerdo que, visto en perspectiva, Cólogan merecía más espacio y protagonismo. Por cierto, gracias a este libro, me han llegado noticias de que uno de sus descendientes está preparando un libro sobre este personaje y su carrera diplomática, con parte de su archivo fotográfico. Una vez más, gracias, y espero que tampoco sea la última novela.

    • Estimado David: muchísimas gracias a tí. Lo primero por la novela, que ha sido como ver la luz de un faro en medio de una tormenta en alta mar. Lo segundo por haber encajado bien la crítica, que ese es el riesgo que uno corre al meterse en estos avisperos.
      Respecto a lo que yo echaba en falta, es una bagatela puesto en comparación con que hayas escrito algo como “Los últimos días del Imperio Celeste”. Reitero lo dicho en la reseña: son detalles muy especializados que, por suerte o por desgracia, circulan poco fuera del mundo académico. Mi tesis sobre Lasala, que me llevó a descubrir todo el jaleo de la rebelión contado desde dentro de los cenáculos diplomáticos españoles -con datos que chocaban frontalmente con lo que se contaba en “55 días en Pekín” (gran película, por otra parte)- se publicó, pero no pasó de 2000 ejemplares que han ido, sobre todo, a bibliotecas universitarias o a las del País Vasco, al considerarlo, por ese localismo tan mal entendido y tan nuestro, como un personaje de interés, en efecto, “local”, cuando, en realidad, el hombre estuvo en el ojo del huracan internacional desde mediados del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial (te recomiendo -y perdona tanto autobombo- que eches un vistazo a “Bandas de los barrios altos de Nueva York (…). Las manos vascas que construyeron América” en http://www.euskonews.com/0250zbk/gaia25002es.html, para que te hagas idea del tema a través de un género, el Western que, por lo que veo, señor, aprecia vd. casi tanto como el que suscribe).
      En fin, así las cosas, me hago cargo de que sea difícil estar al tanto de lo del envío del “Carlos V” y demás barbaridades colonialistas que se les ocurrían a los españoles de aquella época lo mismo que a los franceses, los británicos, etc… Por suerte, parece que el mundo digital hace un buen trabajo para subsanar esa falta de comunicación, permitiendo un contacto más directo entre autores, lectores, críticos, etc.
      Bienvenido sea.
      En ese orden de cosas, efectivamente, un descendiente de Cólogan está preparando algo sobre él. Eso se decía por lo menos en el blog de “Historias de la Historia” que yo mencionaba en la reseña. Date una vuelta por allí a ver qué se cuenta, no pierdes nada.
      En cuanto a que “Los últimos días del Imperio Celeste” no sea tu última novela histórica, cruzó los dedos y te lanzó una sugerencia: “El viento y el león”, el asunto Pedecaris -o como se recogía en la correspondencia de Lasala, “Perdecaris”-. Como en “55 días en Pekín” la película -que seguro conoces y te habrá gustado tanto como “55 días…”- apenas refleja el papel español en todo aquel asunto, que tenía mucha más cola que la mención que hace uno de los protagonistas señalando que la moneda que usa el declinante emperador marroquí -el muchacho aquel que se divierte andando en bici como si fuera un caballo o disparando una ametralladora sobre sus propios guardias- era “española” y alguna que otra desvaída alusión más que, por estas latitudes hispanas, nos deja in albis.
      El asunto, sí, traía cola, en Londres se jugó muy fuerte buscando compensar a España por lo de 1898 y, de paso, fastidiar a Francia, evitando dejarle el control del Sur del Estrecho de Gibraltar de manera absoluta. Nosotros también, como hubiera dicho Kipling, tuvimos nuestro “Gran Juego” en el Norte de África y de allí para abajo por Río Muni, Terfaya, Sahara… hasta llegar a Fernando Poo y Guinea.
      En fin, ahí queda eso, forastero. Buena suerte y ya sabes dónde estamos.

      P. D.: ¡gracias por los RT!, por cierto

      • davidyc dijo:

        Muchísimas gracias, apunto todas las recomendaciones y las ideas. Que las que has puesto disparan la imaginación de uno. Y sí, el western siempre me ha entusiasmado. Quizá pronto te contacte con más preguntas sobre estos temas que me dices. Un fuerte abrazo
        P.d. Aciertas de pleno, “El viento y el león” me pareció fabulosa.

      • Hola David: pues de nada. Celebro que te hayan parecido buenas ideas las que deje caer por aquí. A ver qué te parece la aventura de Joaquín Lavié en los campos de oro de California allá por mediados del siglo XIX (en la segunda parte de “Bandas de los barrios altos de Nueva York”), que deja a Dickens en mero escritor costumbrista.
        Por aquí andaré.
        Un saludo.

  3. davidyc dijo:

    Reblogueó esto en Esto es el Oeste, señory comentado:
    Completa y estupenda reseña en La novela Antihistórica de Los últimos días del imperio Celeste. Creo que hará las delicias de los apasionados por el hecho histórico en el que está ambientada la novela.

  4. SÍSIFO dijo:

    Don Carlos, me ha presentado usted una atractiva novela que espero conseguir (pagando, ojo) para paladearla. Lo triste es que no se llevará al cine -costes de producción dirán- y aquellos que tendrían que leerla para comprenderse y comprender su pasado no lo harán.

    • Estimado Sísifo: pues ojalá se equivoque, pero, en fin, como se suele decir, se admiten apuestas. Ojalá también se consolide la línea iniciada por Yagüe o por Mateo-Sagasta con la serie de Isidoro de Montenmayor que, por cierto, será el próximo “paciente” de “La novela antihistórica”. O, ya hablando de todo un poco, incluso vueltas de tuerca como la ucronía de J. J. Merelo´, “Historia lógico-natural”, de la que también se trató por aquí.
      Realmente es asombroso el desfase que existe entre lo que se nos ha vendido como novela histórica sobre la Historia de España y lo que realmente fue la Historia de España.
      Sin embargo, vamos a caer en los abismos del Optimismo, parece que se va afianzando una novela histórica española, más digna, mejor documentada, más realista, más acorde al pasado que realmente descansa sobre nuestras espaldas.
      Animemos a los autores comprando sus libros. Qué menos.
      En cuanto a llevar al cine, a la televisión, todo esto. Tanto Mateo-Sagasta como Yagüe deberían tener a los responsables de TVE a la puerta de sus casas pidiéndoles por favor la venta de derechos para una serie, para una película, etc.. Eso por no hablar de nuestra influyente “colonia” en Hollywod, que algo debería hacer. Por lo menos buscar medios para que se hiciera alguna que otra película en la que no salieramos vestidos con morrión de acero y peto y espaldar en pleno siglo XVIII, que el producto existe, se lo juro, en una película de esas de risa tipo “Scary movie” que trata de desmitificar la expedición al Noroeste de Lewis y Clark.
      O la famosa “Marca- España” que por ahí debería ir, para empezar.
      En fin, todo es susceptible de empeorar pero creamos que también lo es de mejorar. Pequeños pasos como los de Mateo-Sagasta o Yagüe acabarán haciendo camino en la buena dirección. Esperémoslo al menos.
      Gracias, como siempre, por el comentario y un saludo.

      • Antígono dijo:

        Lo del peto y morrión sale en más productos que nos imaginamos, hasta en videojuegos supuestamente “históricos”. Recuerdo el Age of Empires III que planteaba campañas en las guerras de independencia de Latinoamérica donde salían piqueros españoles.
        El tópico rinde mucho.
        Un saludo a David, que ha aparecido por aquí.

      • Estimado Antígono: gracias, nuevamente, por el dato. Increible, pero, por lo que se ve, cierto. Parece que los anglos no han superado el trauma de la Leyenda Negra y siguen ahí dale que te pego. Y lo peor es que nadie los desmiente desde aquí. O al menos hasta ahora así ha sido.
        Esperemos que la nueva hornada de novela histórica española de la que forma parte David Yagüe, empiece a poner las cosas en su sitio.
        Un saludo.

  5. alkibla dijo:

    ! Que poco sabe el español medio de la historia de su pais en el Pacifico ! Dejando aparte la presencia de España en las Filipinas, y la famosa Expedición del desventurado Malaspina que poco se ha escrito sobre nuestro papel en Indochina, o las exploraciones del Pacifico Norte en busca del Paso del Noroeste, o la exploracion de las islas del Sur, ¿ O es que piensan que una isla en medio del Pacifico lleva el nombre de un pueblo de Sevilla por casualidad ? No solamente fuimos los ultimos negreros, sino que español era casi sinónomo de aventurero. Leeré la novela reseñada. un saludo cordial

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