¿Nada, después de todo, o grandes revelaciones?… Examinando “El dios de Darwin” de Sabina Berman

La novela “El dios de Darwin” parece ser un libro con grandes pretensiones. Como dice el texto en la contraportada de la edición española, su autora ha recuperado a la protagonista de una novela anterior, la bióloga Karen Nieto, y la ha sumergido esta vez no en el corazón del Mundo -como rezaba el título de esa novela anterior- sino en un thriller.

Clérigo victoriano fotografíado en el estudio de la Reina en Regent Street (c. 1880). La colección Reding

Clérigo victoriano fotografíado en el estudio de la Reina en Regent Street, (c. 1880). La colección Reding

Y no en uno cualquiera, Sabina Berman ha trabado en “El dios de Darwin” una intriga magnética casi a todo lo largo del libro que retoma lo habitual en algunos libros superventas de las últimas décadas. Es decir, una agitada carrera entre varios personajes más o menos característicos, más o menos planos, para sacar a la luz un texto que conmoverá hasta los cimientos las más sagradas creencias de miles de creyentes en todo el Mundo.

Sí, es la estructura del famoso “Código Da Vinci” de Dan Brown. Lo cual no quiere decir que “El dios de Darwin” sea una novela tan simple como esa otra que se limitó, por otra parte, a hacer más asequible a más público algo que Peter Berling llevaba años publicando en una serie de novelas ambientadas en la Edad Media en torno a la llamada “Cruzada de los albigenses”.

No, “El dios de Darwin” encaja bastante bien en lo que se ha llamado “género queer” a partir de ese adjetivo anglosajón que cuenta con múltiples significados, que van desde “marica” a, simplemente, “raro”. Algo que difícilmente se puede aplicar a una obra tan convencional como “El Código Da Vinci”.

“El dios de Darwin” abunda en escenas crudas y en conflictos personales muy duros, experiencias por las que no pasan, ni de lejos, los generalmente simplones y convencionales personajes de Dan Brown.

La protagonista, Karen Nieto, padece una forma de autismo social bastante rara que la lleva a ser incapaz de interactuar de la manera que definimos como “normal” con sus congéneres humanos, que ella describe, casi siempre, como “primates”, describiendo también su conducta en esos términos biológicos. Algo que se concreta, sobre todo, en su incapacidad relativa -de otro modo difícilmente habría novela- para introducirse en la esfera del lenguaje humano, al que identifica con un ruidoso “blablablabla” al que su mente hiperracional es incapaz de encontrar sentido.

A esa protagonista se añaden personajes verdaderamente escabrosos como Tonio Márquez, un antiguo compañero de universidad de Karen Nieto que encaja perfectamente en otra de las acepciones de la palabra “queer”. Profesor universitario en excedencia debido a sus extraños gustos de vestimenta, evidentemente ligados a sus preferencias sexuales -nada convencionales ni propias de personajes de novelas como las de Dan Brown-, una circunstancia que lo lleva hasta un país árabe en calidad de representante de la ONU para los Derechos Humanos en compañía de Franco, un árabe-español que hace funciones junto a él tanto de secretario como de amante.

La Policía Religiosa, o cuando menos alguno de sus conspicuos representantes, tan decisiva en países como el que Sabina Berman describe sin nombrar casi hasta el final de la novela, descubren esa situación, toman cumplida venganza y eso desata la intriga al querer el doctor Márquez difundir el gran hallazgo que había hecho recientemente antes de ser neutralizado, previsiblemente de manera definitiva, por esas airadas fuerzas teocráticas.

El descubrimiento, en concreto, es un manuscrito inédito de Darwin que explicaría grandes misterios. Por ejemplo las razones por las que Darwin, su autor, pese a haber conmovido los cimientos de la Religión con su obra científica, está enterrado en la Abadía de Westminster. Quizás el suelo más sagrado para el culto cristiano mayoritario y predominante en la isla: el anglicano.

Gorilas. Grabado para la obra "Elementos de Zoología" de Laureano Pérez Arcas, 1886. Ejemplar de La colección Reding

Gorilas. Grabado para la obra “Elementos de Zoología” de Laureano Pérez Arcas, (1886). Ejemplar de La colección Reding

Ese manuscrito encontrado por el doctor Márquez precisamente en los archivos de la Abadía de Westminster, también sería la clave que podría reconciliar la Ciencia con la Religión, según expresa obsesivamente otro de los personajes de la novela, el sacerdote católico Sibelius. Brazo ejecutor del actual Papa emérito Benedicto XVI y, como él, miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Es decir, como ya sabe casi todo el mundo, y Sabina Berman lo recuerda, la antigua Inquisición de la Iglesia católica.

Una compleja operación teológica y sociológica que, por si fuera poco, implica a una relativamente misteriosa organización llamada la Santa Alianza. Una entidad que poco tiene que ver con la que recibió ese nombre a principios del siglo XIX -la alianza de los monarcas absolutistas de Rusia, Prusia y Austria para impedir que la revolución prendiera de nuevo en Europa tras 1815- siendo, por el contrario, una conjura transitoria de las tres grandes religiones monoteístas, y con libros sagrados comunes -la cristiana, la musulmana y la judía- confabuladas para juzgar ese apócrifo texto de Darwin y sus posibles consecuencias. Principalmente si es apto para reconciliar ciencia y fe o si, por el contrario, ofende aún más que “El origen de las especies” y otras obras de Darwin a las más profundas convicciones de esas tres religiones.

El resto de “El dios de Darwin” es una carrera por medio planeta, de Oriente Medio a la universidad de Berkeley en California y de allí a Londres, para dar con ese manuscrito oculto en una clave cifrada que sólo Karen Nieto -por su especial amistad con Tonio Márquez- y otras tres personas en todo el Mundo son capaces de descifrar, permitiendo así que el supuesto testamento espiritual de Darwin pueda ser leído y dado a conocer.

Y expuesto lo esencial de la trama de “El dios de Darwin” llega la hora de las preguntas. Preguntas como las que dan título a esta reseña. ¿Hay algo detrás de todo esto?, ¿no hay nada?, ¿o, por el contrario, “El dios de Darwin” es una obra llena de grandes revelaciones?.

Las respuestas en esta ocasión, no son sencillas ni únicas, sino múltiples, diversas.

Para quién sepa poco o nada de Darwin quizás resulte un libro útil. Para quién sepa algo, o bastante, de Darwin, quizás no. No, al menos, más allá de caer en una reflexión que habitualmente pasamos por alto en Occidente, en una sociedad laicizada y que da por supuestas muchas cosas o, peor, tiene muchos otros problemas de los que preocuparse antes que entrar a discutir si realmente la Creación es como la describen los Libros Sagrados de las grandes religiones monoteístas, o es fruto de ese largo proceso de Evolución entre diversas especies que da lugar a la nuestra, perfectamente autoconsciente.

En otras palabras, quienes sepan bastante de Darwin y su obra tan sólo sacarán de “El dios de Darwin” caer en la cuenta de que han olvidado que, para muchos creyentes, es fundamental un relato teológico para explicar la Vida tal y como hoy día existe sobre la Tierra. Una cuestión esta muy seria para esos creyentes acérrimos.

Nada que ver con lo que ocurre con otra mayoría de creyentes más difuminados por la laicización, que no tienen inconveniente en asumir el relato de Darwin que, de hecho, es parte del acervo cultural de gran parte de Occidente y de las sociedades occidentalizadas, convertido incluso en una idea vulgar. Como lo demuestran, por ejemplo, artefactos de nuestra cultura popular como la saga de “El planeta de los simios” en la que la cadena de la evolución se invierte en un par de grados y el hombre resulta ser el animal inferior, aún no evolucionado, frente a otros primates como gorilas, chimpancés y orangutanes.

Caballero victoriano fotografiado en el estudio del Príncipe de Galés (c. 1880). La colección Reding

Caballero victoriano fotografiado en el estudio del Príncipe de Gales en Regent Street, (c. 1880). La colección Reding

Más allá de eso, para los que sepan algo de Darwin y su obra, resulta difícil constatar alguna aportación sustancial de “El dios de Darwin” a todo esto por parte de la novela de Sabina Berman. Es una novelización, seguramente discutible para muchos, de la gran cantidad de obras que existen sobre Darwin y su propia obra, sobre las que se erige, monumental, la de Janet Browne, la principal biógrafa de Darwin que ha dejado muy pocos misterios sin resolver sobre la, en efecto, muy controvertida en ciertos ambientes, figura de Darwin.

Desde luego los lectores de “El dios de Darwin” no van a descubrir ningún misterio sin revelar sobre él en los numerosos excursos que la novela hace para narrar en la propia voz de Charles Darwin sus tormentos religiosos, sus dudas y sus más o menos apócrifas conversaciones con la reina Victoria, que se erige en la novela en la jueza que juzga cuan digno es de ser enterrado en la Abadía de Westminster a pesar de haber contradecido, aparentemente, los fundamentos de la religión cristiana.

En ese aspecto la novela de Sabina Berman sigue aportando poco. Quizás lo más valioso es recordar algo que explica las razones por las que hoy muchos occidentales educados tanto en una tradición religiosa como científica, pueden convivir con ambos relatos que en la novela de Berman aparecen ferozmente enfrentados.

A saber, que ya desde el siglo XVI, con la Era de los Descubrimientos, se daba por supuesto que la Creación, tal y como la describe el libro del Génesis, es tan sólo una metáfora.

Pero más allá de revivir ese recuerdo social olvidado, que explica la naturalidad con la que se asumen hoy relatos aparentemente contradictorios, Sabina Berman se ha visto obligada a soslayar una buena cantidad de información al parecer por la suprema ley que guía toda buena novela de intriga. Es decir, porque de no haberla soslayado no habría tenido base sobre la que edificar esa intriga.

¿De qué se trata exactamente?. Pues de cosas como éstas. La primera que Darwin no vino a romper ningún relato religioso, y no sólo porque ya desde el siglo XVI se considerase una metáfora la creación del Mundo en 7 días exactos. La imperfección de esa creación que, se supone en la novela de Berman, habría puesto de manifiesto la obra de Darwin, era algo ya discutido, y del modo más público y abrupto que se pueda imaginar, en la primera mitad del siglo XVIII.

Los protagonistas de ese debate fueron filósofos como Gottfried Wilhelm Leibniz  y Voltaire. El primero de ambos trató de responder en un opúsculo publicado en 1710, “Ensayo de Teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal”, a una pregunta eterna que atormenta a Darwin. Al menos al que describe Sabina Berman. Es decir, la razón por la que la creación supuestamente hecha por un Dios infinitamente bondadoso es imperfecta y permite la presencia del Mal -o la Imperfección- en su interior.

Chimpánce. Grabado para la obra "Elementos de Zoología" de Laureano Pérez Arcas, 1886. Ejemplar de La colección Reding

Chimpánce. Grabado para la obra “Elementos de Zoología” de Laureano Pérez Arcas, (1886). Ejemplar de La colección Reding

La respuesta de Leibniz era impecable e irrebatible. Casi tanto al menos como las deducciones de Darwin a partir de su teoría de la Evolución. A saber: Dios habría creado el mejor de los mundos posibles de entre todas las opciones que se podía plantear como creador a la hora de crear, valga la redundancia, nuestro mundo. En otras palabras, lo que Leibniz venía a dar a entender a comienzos del siglo XVIII es que la interpretación de esa obra de Dios desde el punto de vista humano, limitado precisamente por ser humano, llevaba al error de ver el Mal, o la Imperfección, en lo que sólo era un engranaje más para mantener en marcha, en evolución al fin y al cabo, una obra que naturalmente tendía al Bien, a la Perfección.

Algo que Voltaire encontraba especialmente irritante y desmentía, por ejemplo, en su novela “Cándido”, ridiculizando a Leibniz bajo el nombre de doctor Pangloss. Un individuo que recorre un mundo lleno de maldad y problemas y que, sin embargo, pese a ser víctima frecuente de esos escollos, repite sin cesar que, después de todo, este mundo nuestro es el mejor de los mundos posibles.

Ciertamente todo esto puede resultar un tanto opinable. Sin embargo, para los que conocen algo mejor la obra de Darwin y lo mucho que se ha publicado sobre él, hay pruebas fundamentales que demuestran que Darwin había llegado, sin necesidad de manuscritos ocultos y guardados bajo caución en archivos de Estado, a una conclusión muy similar a la que sostenía Leibniz ya desde el siglo XVIII.

Su propio hijo se encargó de publicar alguna correspondencia suya en la que decía claramente lo que se supone sólo decía en ese manuscrito que Sabina Berman le achaca. Es decir, que la Teoría de la Evolución y las creencias religiosas no tenían necesariamente que entrar en contradicción, que la Ciencia, en definitiva, es un artefacto humano y como tal falible e incompleto, revisable. Quien tenga curiosidad al respecto sólo tiene que echar un vistazo a, por ejemplo, la “Autobiografía” del propio Darwin publicada en español por el sello editorial Verticales en el año 2009.

En ese libro, que, como advierte el editor español, es una reedición de la “Vida de Charles Darwin” publicada por su hijo sir Francis Darwin, se puede leer en sus páginas 158 a 173 sobre lo que el título de ese capítulo llama “La religión de Charles Darwin” que, entre otros aspectos, incluía ideas muy similares a las expuestas por Leibniz sobre la limitación del entendimiento humano, e incluso alguna correspondencia en la que Darwin reconoce que las creencias religiosas no tienen que ser necesariamente incompatibles con su Teoría de la Evolución, admitiendo sinceramente que es incapaz de alcanzar a saber qué produjo la Vida con las características que él estudió y con qué motivo, pareciéndole altamente improbable que todo eso -la Creación, la Evolución- fuera producto de una mera casualidad, dada la gran complejidad de todo el proceso.

Así pues, en base a todas estas evidencias, habría que constatar que el dios de Darwin hace tiempo que estaba descubierto y con él las razones por las que, después de todo, se decidió honrar a Darwin con una sepultura junto al altar mayor de la iglesia más sagrada para el culto cristiano mayoritario en la Inglaterra victoriana.

Mujer victoriana fiotografiada en un estudio común de Londres, (c. 1880). La colección Reding

Mujer victoriana fotografiada en un estudio común de Londres, (c. 1880). La colección Reding

Estos serían, pues, los limites de esta novela de Sabina Berman titulada “El dios de Darwin”. Muy pocas grandes revelaciones, pero alguna que otra idea valiosa que reaviva en nuestras mentes adormecidas, distraídas por el ruido y la furia cotidiana, cuestiones en torno a las cuales gira nuestra vida, nuestra propia trascendencia. Esa que, a decir verdad, tenemos un tanto olvidada y que, tal vez, deberíamos revisar a través de obras tan breves, ligeras, pero instructivas, como la “Autobiografía” de Darwin después de haber pasado la última página de la novela de Sabina Berman.

 

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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2 respuestas a ¿Nada, después de todo, o grandes revelaciones?… Examinando “El dios de Darwin” de Sabina Berman

  1. Giovanni dijo:

    Buena reseña, leí otra, la suya me pareció completa.

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