En los tiempos del “rey Sol”… “Treinta doblones de oro”, de Jesús Sánchez Adalid

La impresión que se saca de esta nueva novela de uno de los autores más leídos del actual panorama literario español -al menos en ese sector llamado “novela histórica”- no es fácil de explicar.

Por un lado es evidente que Jesús Sánchez Adalid se introduce en un período muy controvertido de la Historia española -el reinado de Carlos II, mal llamado “el hechizado”- con una mirada que parece -al menos parece- relativamente innovadora.

Por otro, sin embargo, “Treinta doblones de oro” arroja, a cada paso, sospechas para el lector que se adentra en sus páginas de estar leyendo, otra vez, la misma eterna -y cada vez más poco creíble- historia negra de ese reinado, que -España es, en general, así- se suele tomar como explicación de todos los supuestos males, tropiezos y fracasos que, se supone -o, más bien, se imagina en un cuadro que suele rozar lo delirante- ha sufrido España en los últimos cuatrocientos -o por ahí- años.

Así es. Los primeros compases de “Treinta doblones de oro” hablan de un país no tan maltrecho como suele ser habitual en la palinodia que se canta cada vez que se habla de la España de Carlos II.

Sánchez Adalid nos explica, por ejemplo, que las cosas están muy mal en la Sevilla de 1680, pero que a la vecina ciudad de Cádiz parece que le va mucho mejor al haber concentrado en su puerto el tráfico que llega de América. Sin duda toda una ruptura del esquema que casi hace obligatorio decir que España es un estado fallido, una Abisinia europea -o poco menos- porque entre 1660 y 1700, es decir, en los tiempos del rey Sol, tuvo un rey -un rey, nada más- que no andaba muy boyante de salud física y tampoco de la otra.

Así, Sánchez Adalid se ceba en “Treinta doblones de oro” en las desgracias de la casa de Paredes y Mexía, de Sevilla, pero ofreciéndonos una versión de ese momento de la Historia de España menos histérica de lo que suele ser habitual.

En efecto, el dueño de esa casa comercial es don Manuel de Paredes y Mexía, un hidalgo que hizo fortuna, en todos los sentidos, en la carrera de las armas y luego se asentó como comerciante al por mayor en Sevilla.

Con esa descripción, muy densa, de ese personaje, “Treinta doblones de oro” rompe así con muchos tópicos sobre la España del siglo XVII. Por ejemplo con el de que la condición de hidalgo era incompatible con la de comerciante al por mayor o, como se decía en la época, “en grueso”, como lo es don Manuel de Paredes y Mexía. Algo, esa inexistente incompatibilidad entre la condición de hidalgo y comerciante, en lo que aún siguen insistiendo, incomprensiblemente, algunas plumas bastante viciadas por una visión obsoleta de la Historia de España.

Es evidente que ese no es el caso de Sánchez Adalid que, parece también evidente, se ha documentado sin prejuicios y ha sabido sacar unas cuantas lecciones de libros de Historia escritos hace una asombrosa cantidad de años. Como puede ser “Poder, honor y élites en el siglo XVII” donde, hace ya más tres décadas, el profesor José Antonio Maravall, especialista en la época en la que está ambientada “Treinta doblones de oro”, demostraba, de manera muy sólida, que la condición de hidalgo, de hombre de honor y de armas, no estaba reñida en absoluto en aquella España con la de ejercer como comerciante al por mayor con empleados que se encargaban de los aspectos más viles -según la óptica de la época- del negocio. Como podía ser el caso de los contables, que es, precisamente, el oficio que desempeña Cayetano Almendro Calleja, el protagonista y narrador de “Treinta doblones de oro”.

Pero, aún así, parece que “Treinta doblones de oro” no puede evitar perderse en el desconocimiento y la escasa difusión de trabajos históricos de los últimos treinta años que, poco a poco y con un muy escaso apoyo académico, se van sacando a la luz para descubrir un reinado que, con el rey tarado o no, es mucho más rico y similar al del resto de la Europa de la segunda mitad del siglo XVII de lo que algunas pesadas inercias mentales -originales de mediados del XIX- quieren hacernos creer todavía hoy.

Así es. La idea de que España estaba “en decadencia” en la época de Carlos II se filtra en “Treinta doblones de oro” y eso no es algo que hable a favor de esta novela, pues esa idea -la de “decadencia” colectiva- era casi completamente ajena a los españoles del siglo XVII. Es posible, como nos recuerda la nota histórica que añade Sánchez Adalid a su obra, que el público español de esa época, en general, percibiera problemas. Por ejemplo con la devaluación de la moneda, con dificultades de abastecimiento, con otra miríada de cuestiones que formaban parte de una realidad cotidiana más o menos dificultosa.

Sin embargo, dar por hecho, como se viene a dar a entender en “Treinta doblones de oro”, que la España de Carlos II estaba tan hundida como Cánovas del Castillo y sus herederos intelectuales han insistido -machaconamente- en señalar desde mediados del siglo XIX hasta ahora, está completamente fuera de lugar.

En primer lugar porque las dificultades económicas o sociales por las que podía pasar un español medio en la segunda mitad del siglo XVII no son muy distintas a las que podía pasar cualquier otro europeo medio de los tiempos del rey Sol.

Es más, de hecho, la España de Carlos II controlaba unos recursos más que considerables gracias a un imperio ultramarino en el que -se diga lo que se diga- aún no se había puesto ningún sol, y eso mantiene al reino a salvo de problemas más graves como los que podían experimentar, en las fechas en las que transcurre la acción de la novela, las actuales Alemania, Italia, Holanda… mucho más expuestas a los peores avatares del momento. Como podía ser el caso de la guerra general desatada por Luis XIV en toda Europa. El verdadero problema para millones de europeos -desde las testas coronadas hacia abajo- en la época en la que está ambientada “Treinta doblones de oro”.

En efecto, Luis XIV recibe, en esas fechas en las que Cayetano Almendro vive su aventura, sobrenombres mucho menos amables que el de “rey Sol”. Se le conoce, por ejemplo, como “el gran dogo de Europa”, el “Marte Cristianísmo”, y se le describe, en fin, como un tirano belicoso -él mismo reconocerá en su lecho de muerte que amó demasiado la guerra- al que pronto podrían estar sometidos todos los estados de Europa. Especialmente las decenas de indefensos principados, ducados, electorados, estados libres, etc… de los que en su día se formará Alemania o de los que, como en el caso de Hannover, saldrá la actual dinastía reinante en Gran Bretaña.

Las Provincias Unidas de Holanda, el antiguo enemigo de España hasta el año 1648, sin ser tan insignificantes como muchos de esos pequeños estados germánicos, también se ven atrapadas en esa dinámica y se consideran, y con razón, la víctima predilecta de todas las ambiciones del rey Sol.

Frente a esto, por difícil de creer que parezca, tan sólo se alza la España del rey hechizado, que financiará y apoyará militarmente, una tras otra, las coaliciones de todos esos estados europeos, pequeños y grandes, que, desde la actual Alemania hasta la actual Italia, se alían para evitar ser aplastados por la política expansionista de Luis XIV.

En efecto, las poderosas flotas comerciales de la España de esas fechas -bien descritas en las primeras páginas de “Treinta doblones de oro”-, traen de la América propiedad del rey “hechizado” recursos financieros que arman los ejércitos de Holanda, de Saboya, de multitud de pequeños príncipes alemanes y, a partir del año 1688 -es decir, unos pocos después de la acción que describe “Treinta doblones de oro”-, también los de la propia Gran Bretaña, caída bajo la férula de Guillermo de Orange, el estatúder holandés que reclama sus derechos a ese trono por su matrimonio con la hija de Jacobo II. Teóricamente el legítimo rey británico, pero derrocado por la llamada “revolución Gloriosa” por sus connivencias con Luis XIV y el temor de muchos de sus súbditos a que, por esa causa, Gran Bretaña acabe satelizada por aquella amenazante Francia.

Una operación de derrocamiento para la que la ayuda de la España del rey hechizado resultará fundamental. Tal y como queda claro por el ascendiente en el Londres de la época del embajador español, Pedro Ronquillo, que, como cuenta la “Historia” de Macaulay, tomará las riendas del reino en ausencia de Guillermo de Orange, llegando a presidir los consejos de ministros británicos.

Como vemos, todos esos detalles, rigurosamente históricos aunque sean poco conocidos y estén aún menos divulgados en España, nos muestran una realidad también histórica divergente de ese supuesto esquema de decadencia asociado, casi maniáticamente, al reinado de Carlos II.

Investigaciones más recientes, y aún así menos conocidas que las de Macaulay -que datan de mediados del siglo XIX- también muestran que el cambio de alianzas sufrido en Europa a partir de la Paz de Westfalia en 1648 traerá a la Península a comerciantes ingleses y holandeses como los que aparecen en la primera y más densa parte de “Treinta doblones de oro”.

Sin embargo, a diferencia de lo que se da a entender en esta novela, su presencia está fuertemente controlada y limitada -en el puerto de Bilbao, por ejemplo, se les prohibía tener residencias de más de una habitación- y mediatizada por comerciantes españoles que les sirven de intermediarios imprescindibles y, en definitiva, socios comerciales, haciendo así que el flujo de beneficios funcione tanto en dirección a los países de origen de esos comerciantes extranjeros, como hacia España.

Así las cosas puede decirse que “Treinta doblones de oro” no es una mala historia sobre la España de Carlos II, y que más de un cincuenta por ciento de la novela sorprenderá a sus lectores y les llevará a preguntarse cosas sobre ese reinado que, como reconocen algunos de los principales especialistas en él, apenas ha sido estudiado.

Aún así, como se puede deducir también de todo lo dicho hasta aquí, la nueva novela de Jesús Sánchez Adalid podría haber ido un cincuenta por ciento más allá del punto al que llega, para describirnos una realidad sobre la España de Carlos II mucho más compleja y rica de la que apenas se insinúa en “Treinta doblones de oro”.

Es obvio que el autor prefiere centrarse desde la segunda mitad de esa novela en la historia de la caída del presidio africano de La Mamora y las consecuencias que esto tiene para sus personajes, convertidos en protagonistas de ese hecho poco conocido, como la mayoría de lo que tiene que ver con el reinado de Carlos II.

Evidentemente el autor está en su derecho de elegir el sesgo que quiere dar a su obra. Y es también evidente que para Jesús Sánchez Adalid lo más importante en esa segunda mitad del libro es la Historia del Cristo de Medinaceli y cómo llegó, precisamente, a convertirse en el Cristo de Medinaceli a consecuencia de haber sido capturada la imagen en ese asalto final contra La Mamora.

Sin embargo el lector, alguno que se había hecho ilusiones al principio de “Treinta doblones de oro”, como podría ser el caso del que estas líneas escribe, se puede ir con la sensación -también legítima- de que la novela podría haber contado más cosas, abierto una ventana más amplia y luminosa a la Historia de España en esos momentos, situándola en un contexto más general de esa Europa que podríamos llamar “del rey Sol”. Ese mismo complejo y rico mundo que es descrito en obras de Historia tan apasionantes como “Los cristianos de Alá”, de los historiadores franceses Bartolomé y Lucile Benassar, donde se muestran -con todo detalle- avatares de muchos otros cautivos cristianos en tierras africanas -como los personajes de “Treinta doblones de oro”-  que en su día dieron incluso lugar a otras novelas históricas como “El galeote de Argel”, firmada, precisamente, por Bartolomé Benassar.

“Treinta doblones de oro” también podría haber dado cabida en sus páginas a la historia de la tenaz resistencia que la España de Carlos II presentará en ese frente africano, donde la caída final de La Mamora es sólo un pequeño incidente comparado con el asedio que sufren otras plazas presidiadas de soberanía española en continente africano. Como puede ser el caso de Orán -mantenida hasta finales del siglo XVIII y evacuada de manera pactada y sin pérdidas para España- o Ceuta. Asunto éste último descrito, no hace muchos años, por José Montes Ramos en otro libro de Historia, “El ejército de Carlos II y Felipe V 1694-1727. El sitio de Ceuta”, tan digno de atención como “Los cristianos de Alá”.

Y es que hay que tener en cuenta que ese largo sitio, el de Ceuta, nos da -más que el caso de La Mamora- la verdadera medida de la situación de España en el concurso de potencias europeas de la época -y, de paso, nos ilustra sobre la verdadera importancia militar de la pérdida de La Mamora-, ya que la supuesta España en declive de Carlos II es capaz, sin embargo de lo ocurrido en esa otra plaza, de mantener Ceuta resistiendo unos embates ante los que Gran Bretaña se rinde casi de inmediato -sin siquiera enviar diversas expediciones de socorro como las que salvan a La Mamora hasta 1681, todas mencionadas, es verdad, en “Treinta doblones de oro”- cuando su plaza de Tánger es asediada y rendida en el reinado del otro Carlos II reinante en esa segunda mitad del siglo XVII europeo. Es decir, el sobrino de Felipe IV, conocido como Carlos Estuardo.

Vistas las cosas desde esta perspectiva la conclusión final a la que se puede llegar sobre esta última obra de Jesús Sánchez Adalid es que “Treinta doblones de oro” no es, para nada, una mala novela histórica. Aunque eso, sin duda, no la librará de que muchos lectores, que hasta ahora han engrosado la lista de los que leen a ese autor masivamente, se pregunten por aspectos del reinado de ese rey hechizado que la propia “Treinta doblones de oro” deja insinuados en su primera mitad y, tal vez, reclamen novelas que les expliquen mejor eso.

Novelas, que, en fin, hagan más y mejor justicia a esa época verdaderamente apasionante en que España entra, más decididamente de lo que se cree, en la Europa de la Ilustración, causando admiración incluso en personajes hoy tan famosos como Isaac Newton.

Novelas que podrían, incluso deberían, ir firmadas, o no, por Jesús Sánchez Adalid, ya que esa tarea de desmixtificación del reinado del rey hechizado -algo que pronto reclamará un público al que ya no le cuadran las cuentas amañadas por Cánovas del Castillo hace más de siglo y medio- es una tarea que da para ocupar a más de una pluma.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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