El anti-Tolstói: “La victoria de la Grande Armée”. Novela histórica y guerras napoleónicas (y IV).

Puede parecer exagerado, o malvado, considerar al ex-presidente francés Valéry Giscard D´Estaing, justo lo contrario de León Tolstói. De hecho, la Academia francesa, a la que pertenece, podría considerarse muy ofendida por una afirmación así, que indicaría, a primera vista, que el aludido, carece de méritos para figurar entre el número de esos elegidos que, se supone, son los mejores escritores de Francia y del mundo francófono.

Lo cierto es que aquí no se cuestionará tal cosa. Si algo tiene Valéry Giscard D´Estaing es una prosa ágil, bien pulida, a la altura, cuando menos, de la tarea que se echó a la espalda cuando decidió escribir la novela -“La victoria de la Grande Armée”- con la que vamos a cerrar esta serie sobre novela histórica y guerras napoleónicas, que ha tratado de repasar ese pequeño “boom” editorial que se ha dado en España en torno a ese tema en el momento en el que se cumplen los dos siglos justos del fin de la, para unos, epopeya napoleónica y, para otros, pesadilla, más bien, bonapartista.

En otras palabras, si en algo es opuesto Giscard D´Estaing al genial aristócrata ruso, no es en la manera de escribir, sino en el contenido de lo que han escrito cada uno de ellos.

En efecto, “La victoria de la Grande Armée”, aunque su autor no parece dispuesto a confesarlo, probablemente debió irse destilando en su cabeza tras la lectura de la monumental -en todos los sentidos- “Guerra y paz” que, probablemente sugirió, hace muchos años, al ex-presidente francés la venenosa pregunta de la que surgen obras como “La victoria de la Grande Armée”. Es decir “¿y qué hubiera pasado si las cosas hubieran sido distintas a las que describe Tolstói?”.

Sin duda debió ser muy difícil para Giscard D´Estaing resistir la tentación de imaginar cómo hubieran sido las cosas de haber hecho Napoleón, en el otoño de 1812, justo lo contrario de lo que se describe en, aparte de en las de muchos otros libros, las páginas de “Guerra y paz”.

Y así, casi sin duda, de ahí debió surgir este libro, “La victoria de la Grande Armée”, que publicó hace tres años Plon en Francia y que ahora ha llevado a las estanterías españolas Edhasa, hace un par de meses.

Se trata de una arriesgada apuesta. Y más para alguien que, como Giscard D´Estaing, tiene que mantener una muy seria reputación política -aunque sea ya a título de pasado más o menos glorioso- y un presente como miembro de la Academia francesa.

En efecto, “La victoria de la Grande Armée” es, por sus características, algo que uno se imagina más bien saliendo de la impresora de una joven y desenfada promesa de las letras francesas -por ejemplo, un Laurent Binet- que del cartapacio de tafilete verde imperio de una bien consolidada luminaria de esas mismas letras francesas, como el ex-presidente Valéry Giscard D´Estaing…

Y es que esa novela es, en primer lugar, un híbrido entre novela histórica -un genero venerable, pero que en alguno medios literarios de élite despierta aún suspicacias- y -eso ya es mucho peor- ciencia-ficción. Otro subgénero que no es que ya despierte suspicacia, sino verdadera aversión en medios literarios como aquellos en los que se mueve, hoy por hoy, el autor de “La victoria de la Grande Armée”.

Sí, “La victoria de la Grande Armée” es una ucronía. Es decir, algo que, en realidad, no ha ocurrido en la línea temporal en la que vivimos, pero podría haber ocurrido en una línea alternativa, a la que se habrían reconducido los acontecimientos históricos de haber intervenido uno, o varios, factores diferentes a los que hicieron la Historia tal y como la conocemos.

Los ejemplos de ese subgénero dentro del subgénero de la ciencia-ficción son numerosos. La mayoría provienen de mediados del siglo XX y carecen, casi unánimemente, de prestigio en los cenáculos literarios de altura en los que parece moverse con toda naturalidad Valéry Giscard D´Estaing.

En efecto, obras como “Pavana”, que imagina una miserable Inglaterra, oprimida por un catolicismo supuestamente oscurantista gracias a la victoria de la Armada Invencible de Felipe II,  o “Lo que el tiempo se llevó”, que imagina unos Estados Unidos igual de desolados y atrasados a causa de la victoria confederada en la que nosotros llamamos “Guerra de Secesión”, no fueron, desde luego, candidatas a ningún premio Nóbel.

Tampoco lo han sido las numerosas historias escritas en torno a la posible victoria del Tercer Reich en la Segunda Guerra Mundial, que parecen obsesionar nuestra imaginación colectiva, como dan muestra de ello relatos como los reunidos en “Hitler victorioso”, “Patria”, o las más acabadas “El sueño de hierro” de Norman Spinrad y “El hombre en el castillo” de aquel Philip K. Dick que fue uno de los pocos autores de ciencia-ficción que logró abrirse un pequeño hueco en el siempre selectivo mundo literario al que pertenecen gentes como Valéry Giscard D´Estaing.

Ni que decir tiene que las ucronías en torno a la guerra civil española -que serían un apéndice de esas otras, las que fantasean con una victoria nazi-, por mucha polvareda que hayan podido levantar en su momento, tampoco han sido vistas como algo más que un divertimento o, seamos sinceros con nosotros mismos, un malsano síntoma de que, en España, ese asunto histórico -la guerra civil de 1936- lleva sin cicatrizar del todo setenta años después de haber tenido lugar.

Los ejemplos son abundantes, para que cada cual pueda juzgar. Por ejemplo leyendo los primeros partos de esa imaginación puestos en las librerías apenas muere el dictador en 1975. Caso de “El desfile de la victoria” o “Los rojos ganaron la guerra”, escritos desde la Derecha ya nostálgica de lo que se desvanecía y así trataba de demostrar que si la república hubiese ganado la guerra nada hubiera sido mejor. Versión contradecida por el premio Planeta de 1976, Jesús Torbado, con “En el día de hoy…” que abordaba la cuestión desde la perspectiva contraria, sin atreverse a ir mucho más lejos de la forzosa entrada de una triunfante república española en la Segunda Guerra Mundial, perdiendo así el terreno ya ganado por “1936-1976. Historia de la segunda república española”, de Víctor Alba, hoy prácticamente inencontrable.  Tendencia -la del retroceso imaginativo en la ucronía española sobre la guerra civil del 36- confirmada por “Franco: una historia alternativa”, publicada en 2008 por Minotauro. Colección de relatos en la que, pase lo que pase, la guerra civil siempre la gana… ¡Franco!…

Un bizarro -en el mal sentido de la palabra- ejemplo español que debería dejar bastante claro que las ucronías sirven, por lo general, más para montar bullas muy desagradables -y, también, revelar graves problemas de digestión histórica- que para prestigiar literariamente a quienes, como Valéry Giscard D´Estaing, las escriben.

Todo un panorama, como vemos, poco halagüeño como para que se metan en él plumas como la de todo un ex-presidente francés, que lo fue por un partido de derechas de lo más serio y almidonado, y es hoy miembro de una institución venerable, y también muy seria, como la Academia francesa. Y además para, queriendo o no, confesándolo o no, enmendarle la plana a León Tolstói.

Sin embargo, es evidente, Giscard, no ha sabido resistirse a imaginar, como muchos otros antes que él, -no sólo literatos, sino historiadores como Niall Ferguson y otros agrupados por él en “Historia virtual”- qué hubiera pasado si… Si, en este caso, el emperador Napoleón hubiese tenido el suficiente sentido común para retirarse de Moscú antes de que cayese sobre su “Grande Armée” el feroz invierno ruso… Aquel “general invierno” que acaba en nuestra realidad histórica con sus esperanzas de dominio imperial sobre Europa, para empezar, y el resto del Mundo para continuar.

La peripecia, para que queden advertidos los que esperan encontrarse en esta novela con fuegos artificiales a lo Norman Spinrad o Philip K. Dick, está contada, con muy buena mano, desde la perspectiva de un joven coronel, François Beille, al que Napoleón, el Napoleón de la ucronía imaginada por Giscard, convierte en general y en autor de lo que técnicamente se conoce como “punto Jumbar”. Es decir, el punto en el que la Historia podría haber cambiado.

Eligiendo esa vía para describir su historia alternativa, Giscard, se aleja muy poco de la verdadera Historia.

En efecto, todo lo que hace o dice Beille, aquello de lo que es testigo durante la retirada de la “Grande Armée”, difiere muy poco de lo que en realidad ocurrió o pudo ocurrir en el “verdadero” otoño de 1812.

Así es. Beille es nombrado por Napoleón jefe de una división desgajada de otras unidades del gran ejército llevado a Rusia y recibe la orden de crear una maniobra de diversión que divida a las fuerzas rusas y las derive hacia el Noroeste, dando así tiempo al emperador para poner en práctica las tácticas de combate que le aseguraron siempre sus fulgurantes victorias.

Es decir, elegir el terreno más favorable y enfrentarse con un enemigo debilitado y superado en número por la concentración circunstancial de tropas napoleónicas.

Esa maniobra dirigida por Beille, tan discreta que bien pudo haber sido parte de la Historia real, es decir de la que realmente se desarrolló para nosotros en el año 1812 de nuestra línea temporal, ocupa la mayor parte del libro.

Es sólo a partir del capítulo XV cuando la novela toma mayores visos ucrónicos al describirse una “batalla de Rusia” que lo cambia todo y que, naturalmente, no tuvo lugar. Es, en definitiva, en esas últimas cien páginas donde la novela de Giscard D´Estaing se convierte en ucronía, en un verdadero anti-Tolstói.

Hasta entonces sólo tenemos una descripción de las peripecias de la “Grande Armée” apenas ligeramente divergente de lo que dicen las fuentes de las que, es evidente, ha bebido Giscard. Memorias de soldados presentes en esa campaña como el capitán Jean-Roch Coignet o el sargento Bourgogne, que hablan de un ejército multinacional -alemanes, italianos, polacos, por supuesto franceses…- con las mochilas cargadas de saqueo, con una uniformidad más que dudosa, que se enfrentan a una población local hostil, a partidas de cosacos que Giscard D´Estaing describe con verdadera precisión, dividiéndolas en las de irregulares -poco mejor que hordas de bandidos- y las regulares, uniformadas de un modo que apenas es posible distinguirlas de los flamantes lanceros polacos de la Guardia Imperial.

El Smolensko descrito en “La victoria de la Grande Armée”, arrasado por la batalla que ha tenido lugar durante la entrada de ese ejército francés en Rusia en el verano de 1812, en nada se diferencia del que se describe en nuestros libros de Historia o en “Memorias” como las del sargento Bourgogne.

Las últimas ciento veinte páginas, más o menos, del libro son, en efecto, las dedicadas a batallas que no tuvieron lugar, a apuestas cada vez mayores por parte de Giscard acerca de cómo pudieron cambiar las cosas hasta el punto de que la “Grande Armée”, destinada a Rusia, no es derrotada en su retirada hacia el Berésina ni por los cosacos merodeadores y el ejército regular ruso, ni por el hambre, el frío y las enfermedades asociadas a una y otro.

Vemos así, desde ese capítulo XV, a un ejército napoleónico que convierte su retirada en una victoria diseñada en la mente del Napoleón de esta ucronía desde que decide hacer lo que su “gemelo” en nuestro mundo real no se atreverá a hacer por razones que aún se discuten, pero que se centran, fundamentalmente, en demostrar que Rusia, con la toma de Moscú -un Moscú abandonado e incendiado-, está completamente derrotada, en lugar de haber hurtado sus ejércitos al golpe fatal que Napoleón llevaba buscando asestar desde el verano de 1812 sin conseguirlo. Como se recuerda en la misma novela de Giscard, que cambia ese error por una batalla celebrada cerca de Vilna, en la que un general Kutúzov, que recuerda, inevitablemente, al que Tolstói retrató magistralmente en “Guerra y paz”, cae prisionero de François Beille, Polonia se convierte en reino independiente, Napoleón decide abdicar y ofrecer un tratado de paz perpetua -más o menos- a unas potencias europeas que se verán -más o menos- dichosas de aceptarlo tras la derrota rusa en Vilna y a un Goethe encantado de aceptar esa embajada propuesta por el mismísimo Napoleón, que vuelve raudo y veloz a París tras esa nueva y fulgurante victoria que sólo tiene lugar en las páginas de “La victoria de la Grande Armée”…

Más allá de esto habría que preguntarse qué puede sacar el lector interesado en estos temas de la lectura de esa peculiar novela firmada por Valéry Giscard D´Estaing.

Está claro, como ya se ha señalado, que hasta la página en la que empieza el capítulo XV, se puede aprender bastante, aunque sea de soslayo, sobre lo que fue la aventura real, no la imaginada por Giscard para crear una Historia alternativa, de la verdadera “Grande Armée” napoleónica. Más allá de ese punto, la lección, el provecho que se supone busca en todo libro el lector, entra ya en un terreno más incierto.

Ciertamente “La victoria de la Grande Armée” resulta muy reveladora acerca de cómo las élites intelectuales francesas -y eso viene a significar la mayoría de los franceses- quieren imaginar que fue, o debería haber sido, Napoleón.

Un Napoleón que hoy se quiere más prudente de lo que fue el verdadero Napoleón, menos lleno de orgullo e intemperancia de lo que lo estuvo el verdadero Napoleón. Ese mismo que llega a decir al canciller austriaco Metternich, apenas un año después de la debacle en Rusia, que él, Napoleón, no tiene que preocuparse por cosas tales como la muerte de un millón de los hombres que combaten bajo sus banderas. Ese mismo que llega a insultar a los oficiales de alto rango que, durante la campaña de otoño de 1813, le sugieren buscar una paz negociada ante el estado más que dudoso de la última “Grande Armée” que se ha logrado levantar tras el desastre de 1812.

En efecto, Giscard quiere imaginar en su novela un Napoleón muy diferente al que en realidad existió, al que se describe con feroz exactitud en obras de Historia firmadas por otros intelectuales franceses, contemporáneos de Giscard, como Dominique de Villepin en “La chute”, dedicada a describir las múltiples causas que hacían inevitable la derrota que es evitada en “La victoria de la Grande Armée”.

En el espacio que hay entre esos dos libros es donde el lector debería buscar la medida de lo que puede sacar a la lectura de “La victoria de la Grande Armée”.

A eso sólo habría que añadir, para el público español, que Giscard -como era hasta cierto punto de esperar- elude casi por completo la presencia de España en su novela, obviando la importancia de la que el verdadero Napoleón llamará “la maldita guerra de España”. Esa misma que, como vamos sabiendo cada vez con más certeza -a medida que superamos, aunque sea lentamente, nuestros complejos colectivos-, tuvo tanta importancia en la derrota de Napoleón como lo pudo tener en la derrota de Hitler, en su momento, la ofensiva lanzada por los aliados en junio de 1944 a partir de las ensangrentadas cabezas de playa de Normandía.

Algo de lo que no se puede culpar tanto a Giscard D´Estaing, que da, aunque sólo sea en unas pocas líneas, cierta importancia a España en el mundo alternativo imaginado en su novela -haciendo afirmar a su Napoleón alternativo que el éxito de su plan de paz depende de crear una sólida alianza naval franco-española- como a nuestras propias debilidades intelectuales, que se reflejan perfectamente en este pequeño “boom” editorial, en español, sobre temas napoleónicos, reducido, como se ha visto en esta serie que hoy se cierra en “La novela antihistórica”, a novelas que aportan muy poco, o casi nada, como es el caso de “La victoria de la Grande Armée”, a nuestro conocimiento sobre lo que de verdad fueron las guerras napoleónicas y cómo se jugo en ellas un destino -el de un emperador y un imperio francés- que no sólo dependía de una derrota -o una victoria- en Rusia, sino de una victoria -o una derrota- de los ejércitos aliados (británicos, portugueses, españoles) que luchan en la Península durante cinco largos años, resistiendo, desgastando a un imperio napoleónico que, ya para cuando decide atacar Rusia, está lo bastante extenuado como para empezar a perder, de manera irreversible, el control sobre su destino. Ese fatal destino que acaba en 1814 con la abdicación de aquel genio militar devorado por su propia soberbia, Napoleón, del que apenas queda rastro en la Historia alternativa imaginada en “La victoria de la Grande Armée”.

Una verdadera lastima y una ocasión, otra más, para hacer votos porque se enriquezca el número de novelas -escritas desde España, o desde un mejor conocimiento de su pasado, a ser posible- en las que se podría contar, por ejemplo, la fabulosa Historia de una de las mayores operaciones bélicas contra Napoleón. La que se desarrolla entre Salamanca e Irún bajo el genio estratégico de Wellington durante los meses de la primavera y el verano de 1813. Tan incomprensiblemente olvidada como hoy es recordada Waterloo.

Así podríamos comprobar que, por difícil de creer que resulte para nuestras inercias mentales, el destino del imperio napoleónico más que en Rusia, o no sólo allí, se decide en la Península, que, por otra parte, había sido el único frente abierto hasta 1812, desde el que se atacó, sin descanso, a los ejércitos napoleónicos, manteniendo viva la llama de la resistencia en la Europa sojuzgada al breve imperio de Napoleón I que realmente existió hasta 1814.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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4 respuestas a El anti-Tolstói: “La victoria de la Grande Armée”. Novela histórica y guerras napoleónicas (y IV).

  1. alkibla dijo:

    Buenos dias, Dr. Rilova. Lo que nos trae este mes es un bocado dificil de tragar; y no porque las ucronias tengan un punto perversamente infantil y morboso, sino porque me producen una profunda inapetencia las elucubraciones historicoficcionales del exquisito politecnico monsieur Giscard d’Estaing, ahora miembro de los inmortales. No crea malvada su consideracion de antagonista del Conde Tolstoy, me parece incluso prudente. De todos es sabido el patrioterismo de los vecinos del norte, mezclado con un supuesto “sprit” en el caso del autor de la obra, aristocratismo de elite y una profunda deshonestidad cultural y personal. Lo que sucede es que cada cual proyecta sus fantasmas, y la ” grandeur ” imperial debe atormentar al señor Guiscard.
    Guerra y Paz es, como novela historica (algo que creo que ud. ya señaló en otro momento) una obra cumbre a mi criterio y al de millones de lectores.(por cierto, le recomiendo encarecidamente si no lo ha hecho ya el visionado de la tetralogia de Serguei Bondarchuk). Si conoce alguna obra en la que se intente explicar de una forma comprensible el númen del imperio de Napoleon Bonaparte y la razón de la campaña de Rusia se lo agradeceria. Para mi existe un profundo paralelismo entre la campaña rusa de la Grand Armeé y la novela de Conrad “El Corazon de las Tinieblas”; de hecho la tesis de Tolstoy de basa en la transformacion del ejercito mas poderoso de Europa en una horda de saqueadores, y en la superioridad moral que esto proporciona a Kutusov y al pueblo ruso.
    En fin, agradeciendole su trabajo le saludo respetuosamente.

    • Estimado Alkibla: no hay de qué. Las gracias las doy yo por sus oportunas observaciones sobre Giscard que, sin duda, enriquecen a lo que yo decía en esta última reseña.
      Sí, hice la hazaña de ver la tetralogía de “Guerra y paz” de don Serguei, al que admiro desde que vi “Waterloo” años ha.
      Mi opinión es que andaba más suelto en esta última, en “Waterloo”, que tiene escenas memorables: la de la abdicación de Nsapoleón es sublime, la del soldado británico que roba un cerdo y es ascendido a cabo por mylord Wellington también y, sobre todo, la escena que la censura cortó en España -sus últimos coletazos, por lo que se ve- y hoy se ve en el DVD en inglés. Esa en la que un soldado británico rompe la formación en uno de los cuadros de Infantería formados ante la Caballería napoleónica y grita a sus enemigos “¿Por qué, por qué nos matamos entre nosotros?”, ¿acaso nos conocemos de algo?”.
      En fin, yo me esperaba más de la tetralogia, por ejemplo de la escena en la que Napoleón ve a Bolkonski tirado en el suelo con la bandera y comenta lo heroico de esa muerte. Algo que Tolstoi borda en la novela con esa retranca que él tenía y que me esperaba mejor representada en manos del director de “Waterloo”, pero, en fin, de gustos, ya se sabe…
      Con respecto a obra sobre el imperio, dejando aparte la de Tolstoi y otros clásicos yo recomiendo, primero “Los duelistas” del mentado Conrad, que se burla, como Tolstoi, de la megalomanía de Napoleón, reduciéndola al absurdo, en este caso no con la muerte, casi segura, que esperaba a alguien que hubiera intentado imitar la apócrifa -dicen- hazaña del puente de Arcola -como es el caso del pobre Bolkonski, empujado a patadas al matadero por el gesto de estupor e impaciencia de su general que le dice, “Bolkonski, haga algo”. Y Bolkonski no tiene más remedio que hacerlo- sino por medio de un húsar medio loco que es incapaz de dejar de encontrar pretextos para batirse por toda Europa, de Moscú a España.
      Pero la que recomiendo sobre todo es una novela corrosiva de veras que, creo, por desgracia, no se ha traducido al español y sería algo así como “Memorias de un recluta de 1813”. Sus autores eran dos franceses de zona germanófona, republicanos de los de Jules Ferry hasta las cartolas y pacifistas. Ponen a Napoleón y su imperio… en su sitio.
      Eran Erckmann y Chatrian, así firmaban.
      Sé que en los setenta, cosa bien rara, se hizo una edición en cómic barato en aquellas famosas “Joyas literarias juveniles” de Bruguera con el título de “Aventuras de un soldado de Napoleón”.
      Creo sería necesario publicarla urgentemente y convertirla en libro de apoyo para la ESO. Y es que en ella se aprende, y muy bien -y yo creo que a base de testimonios de viejos veteranos recogidos por ambos autores- lo que fueron realmente las guerras napoleónicas. Una sola frase para describir a Napoleón en ese libro: “Napoleón, ese devorador de hombres”.
      Es curioso que en Francia se vendiera como libro juvenil. Claro que eso era en el 68, lo cual, quizás, lo explica todo.
      En fin, como siempre gracias por darse UNA vuelta por estos lares, gracias por sus comentarios y anímese tanto con esas obras como con la de Giscard. Aunque sólo sea para criticarle más y mejor.

  2. Sísifo dijo:

    Nunca ese presidente de la república Francesa fue santo de mi devoción. Su egolatría, su racismo y su desprecio a lo que significa el sur de los pirineos me irrita. A diferencia de lo que opina usted las novelas ucrónicas tienen su “puntito”, resaltan algo que olvidamos (incluso el Sr. Anti-tolstói) y es que la grandeza o la miseria de los países o los héroes patrióticos podrían no haber sido y esa necesidad histórica que es Francia no hubiera existido.

    No mentar el desgaste imperial en España es una maldad del tipo muy suya. Le hubiera quedado mejor vencer la guerra de la península pero… era un enemigo insignificante, en su realidad y en la novela. Una novela de ciencia ficción y, además, ucrónica desnuda el alma del autor de forma cruel.

    Gracias por sus análisis.

    Sísifo.

    • Estimado Sísifo: evidentemente hay razones para que el ex-presidente Giscard D´Estaing no sea santo de la devoción de muchos europeos nacidos al Sur de los Pirineos.
      Ojalá una de las principales razones fuera la que vd. menciona, la del rechazo que debería provocar en todo español que se tuviese por culto el hecho de que un novelista francés considerase insignificante la guerra en la Península, cuando, en realidad, en términos históricos reales, fue la última esperanza del continente sostenida de modo más o menos igual por portugueses, británicos y españoles. Eso mientras los prusianos que ahora pretenden dar lecciones a toda Europa, y sobre todo a la del Sur, temblaban muertos de vergüenza y miedo, sin atreverse a nada hasta que los que ellos un día considerarán “subhumanos eslavos” demuestran que el Ogro está ya muy debilitado y que en España se está masacrando lo poco de Ejército y Logística que le queda. Con todo lo cual, como se decía antes, “a moro -en este caso, corso- muerto, gran lanzada”, que no hay peligro, añadiría.
      Pero, claro, eso de momento es difícil dado que DE las últimas grandes novelas sobre las guerras napoleónicas escritas desde España y por españoles una habla de lo que le pasa a un soldado francés y la otra dice que todos los españoles, menos el general Álava, eran idiotas, corruptos, etc… y que, en fin, por eso perdimos la guerra (¡¿?!).
      Evidentemente aún tenemos un largo camino por recorrer y grandes oportunidades por aprovechar.
      De nada por los análisis y gracias por el comentario, como siempre.
      Un saludo cordial.

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