Lo bueno (y lo malo) de leer “Álava en Waterloo”. Guerras napoleónicas y novela histórica (II)

El segundo libro que se ha elegido para esta serie de reseñas sobre el pequeño “boom” de novela histórica acerca de las guerras napoleónicas, “Álava en Waterloo”, de Ildefonso Arenas, no parece haber sido, precisamente, un éxito de ventas a pesar de llevar ya unos cuantos meses expuesto en los estantes de las librerías.

El último cuadro en Waterloo protege al emperador y la bandera. Ilustración de Job para el Napoléon de Georges Montorgueil. Ejemplar de La colección RedingEsa sería una buena razón para no prestarle demasiada atención. Otra, que también ha podido influir en sus restringidas ventas, podría ser su voluminoso tamaño o, como su propio autor diría, su diseño mazacótico, que supera las mil páginas de un modo más que visible.

Sin embargo, es posible que se oiga hablar bastante de esta novela en el plazo de once días. Los que van de este 20 de agosto hasta el 31 de este mismo mes. Si no por otra cosa, porque en esa fecha se conmemorará la batalla de San Marcial, último episodio de las guerras napoleónicas en España en las que tanto destaca el general Álava protagonista, como el título indica, de esta, de momento, última novela de Ildefonso Arenas.

Así las cosas, puede que, después de todo, una reseña de esa novela sea de utilidad a lectores tanto pasados como futuros de “Álava en Waterloo” y las páginas que siguen a ésta queden así plenamente justificadas.

¿Entonces qué se puede decir de esta larga novela de más de mil páginas?. Empezaremos por su más evidente virtud: Ildefonso Arenas ha rescatado del olvido, en el momento oportuno -el Bicentenario de la batalla de Vitoria, celebrado este último 21 de junio- a la figura del general Álava. Alguien que, como tantos otros generales y mariscales españoles, ha quedado injustificablemente olvidado frente a la casi asfixiante bibliografía que existe sobre los generales y mariscales napoleónicos. Los mismos a los que ellos -paradójicamente- infligieron algunas de sus mayores derrotas en compañía de oficiales británicos, que, al igual que ocurre con los franceses, han tenido mucha mejor suerte con la posteridad, con la Historia y hasta con la memoria histórica.

Aunque sólo sea por esta razón esa inmensa novela -en el sentido físico- de Ildefonso Arenas merece un voto de confianza y los euros que cuesta adquirirla. Así como el espacio que hay que buscarle en unas bibliotecas quizás aún muy atestadas pese al avance imparable del e-book.

Arenas, en efecto, rescata del olvido a esta figura que, como podemos al menos entrever entre los miles de páginas de “Álava en Waterloo”, tuvo un papel de muy primer orden en los acontecimientos que, como recuerda alguna vez el propio autor, decidieron el futuro de la Europa, y el Mundo en el que hoy vivimos, ahora hace dos siglos exactamente.

Es más, Ildefonso Arenas recupera no sólo la figura de Álava y los hechos de su vida, dignos de ser retenidos en la memoria por los que han encumbrado, por ejemplo, a Napoleón o Wellington. También da esa oportunidad a otras figuras menores de la verdaderamente fascinante Historia española de la primera mitad del siglo XIX. Como es el caso de Nicolás de Miniussir, quien, al igual que Álava, forma parte del Estado Mayor aliado que combate en la verdaderamente decisiva batalla de Waterloo entre el 16 y el 19 de junio de 1815.

De ese modo Ildefonso Arenas descubre para los lectores en español que al menos dos españoles formaron parte importante de una de las más míticas y mitificadas batallas de la Historia. Esa que da nombre, Waterloo, entre otros elementos celebres, a una estación de ferrocarril del centro de Londres y a un manoseado icono de la música pop.

Un mérito más que considerable y que quizás nunca se le reconozca lo bastante por un público ignorante de los hechos diplomáticos y bélicos que describe “Álava en Waterloo” con una minuciosidad a veces mareante.

Detalle del último cuadro en Waterloo. Ilustración de Job para el "Napoléon" de Georges Montorgueil. Ejemplar de La colección RedingSin embargo, hecho este elogio necesario, imprescindible, de esa novela, hay que advertir que la obra de Arenas es, como decía el chiste que Danny De Vito contaba al comienzo de “La guerra de los Rose”, tan sólo un buen comienzo y, siendo pesimistas, ni siquiera eso.

El autor ha cometido dos errores que, tal vez, desde su perspectiva parecieran aciertos.

Por un lado la extensión del libro va a amedrentar más que a atraer a posibles lectores. De ahí, es posible que se derive una consecuencia aún peor: que los editores españoles piensen que las novelas sobre héroes españoles de las guerras napoleónicas no venden bien y, por tanto, huelga siquiera considerar nada que les llegue a las manos con ese marchamo, sin pararse a pensar que, quizás, no es el tema el que no triunfa sino el modo en el que se ha tratado.

De ese modo Ildefonso Arenas, rendidos admiradores aparte, que los tiene, habría perpetrado con su “Álava en Waterloo” uno de esos favores que matan -título de una de las muchas obras que firmó otro soldado de las guerras napoleónicas, Henry Beyle, más conocido por Stendhal-, al devolver a la vida durante un breve instante a oficiales españoles que están combatiendo a Napoleón en Waterloo -como Álava y Miniussir- y, por otro lado, sembrando el camino de obstáculos para que ese trabajo tan necesario -y, al fin, incluso rentable en muchos sentidos- quede reducido a un breve fogonazo sin ninguna continuidad.

El otro error de Ildefonso Arenas con esta novela es tomarse demasiadas libertades con la Historia real en la que, se supone, se basa toda la estructura de “Álava en Waterloo”.

Arenas escribe en la clave habitual en la novela posmoderna, saliendo y entrando del presente como mejor le conviene, incluso bromeando con esa comunicación inverosímil entre épocas del mismo modo que se puede ver, por ejemplo, en otros autores de novela histórica digamos que de vanguardia. Caso de “El diccionario de Lemprière”. Una obra ambientada en la Inglaterra del siglo XVIII en la que uno de sus principales protagonistas se llama George Peppard…

Vistas las cosas desde esta perspectiva se dirá que por qué no permitir esas licencias también a “Álava en Waterloo”.

La respuesta a esa pregunta sería, sólo para empezar, que por pura coherencia del autor con su obra, ya que Arenas vende su novela como una recuperación del olvido histórico de esa persona, el general Álava, que combate hombro a hombro con Lord Wellington el día de Waterloo.

Así las cosas, Arenas no debería permitirse la larga serie de inexactitudes históricas que se permite desde la primera hasta la última página de “Álava en Waterloo” que, naturalmente, llevan a poner en cuarentena cualquier afirmación de orden histórico que se haga  en esas más de mil páginas. Por más que vengan avaladas por una extensa bibliografía de muchos títulos en francés, inglés, castellano, alemán…

Los ejemplos son múltiples. Apenas empezado el libro podemos sorprender un supuesto diálogo entre el rey Fernando VII y su ministro Cevallos en el que la batalla de San Marcial ya mencionada se convierte en una simple “escaramuza”.

Cosa difícil de comprender cuando existe bibliografía de lo más venerable en la que se ha dejado explicado, hace muchos años, cómo ese día está pendiente de lo que ocurre en la colina de San Marcial el mismo Wellington.

Ese al que tanto y tan bien acompaña el general Álava durante toda esa fase de las guerras napoleónicas, que comienza en el Sur de España y acaba ese día 31 de agosto de 1813 con una fenomenal masacre de soldados españoles, que cargan hasta tres veces, a la bayoneta calada, por esa ladera de acuerdo a las órdenes dictadas al mando aliado por Wellington. Acto heroico que, acabada la batalla con una sonada derrota del mariscal Soult -otro de los protagonistas de Waterloo-, arrancará al “duque de hierro” uno de esos escasos elogios tan raros en él, como Arenas recuerda hasta la saciedad en las páginas de su novela.

Ese detalle nos da el tono de mucho de lo que viene después en “Álava en Waterloo”. Así también descubrimos que Arenas reinterpreta desde una particular visión -la que Tom Burns llamó en su día “Hispanomania” en un interesante libro con ese mismo título- la Historia de España, donde todo, necesariamente, son episodios disparatados, incomprensibles dentro de las corrientes generales de la Historia de Europa, y una confirmación constante de ese manido tópico de que España está en decadencia desde finales del siglo XVII…

La Infantería napoleónica huye despavorida de Waterloo. Ilustración de Job para el "Napoleón" de Georges Montoegueil. Ejemplar de La colección Reding

De ese modo las observaciones sobre España disparadas por el Talleyrand personaje de “Álava en Waterloo” difieren de un modo notable de las que se pueden extraer de las “Memorias” de aquel sinuoso y fascinante protagonista de la Europa napoleónica.

Si seguimos pasando las páginas de “Álava en Waterloo” no tardamos en descubrir más modificaciones sustanciales de esos hechos para hacerlos encajar en el molde del que el autor, por la razón que sea, parece incapaz de prescindir.

Así por lo menos en tres ocasiones, Arenas señala que España no pinta nada en la campaña de Waterloo, al margen, claro está, de la presencia de Álava y Miniussir en el Estado Mayor de los ejércitos aliados, y que de ahí se deriva el que España, ayudada por la presunta incompetencia del marqués de Labrador, némesis de Álava en su faceta de embajador español en París -de manera oficiosa- y en Bruselas -de manera oficial- parezca ser la gran perdedora de los tratados de paz firmados tras la derrota de Napoleón en Waterloo.

Debacle de la que sólo se salvaría en parte, siempre según Ildefonso Arenas, gracias a los buenos oficios de, una vez más, Álava y Miniussir, que se las habrían arreglado para conseguir algunos millones de francos de indemnización en el reparto final.

Se trata de una afirmación completamente equivocada y en la que se notan, una vez más, las lagunas en las lecturas históricas de Ildefonso Arenas.

De haber leído, por ejemplo, un extenso trabajo de Remedios Solano -perfectamente asequible gracias a Internet- acerca del impacto de la guerra española en la insurrección patriótica alemana de 1812-1814, la que aniquila a Napoleón en el frente del Norte de Europa, sabría que la opinión hacía España de protagonistas de los hechos narrados en “Álava en Waterloo”, como el mariscal Blücher o, especialmente, su segundo al mando, Gneisenau, distaría mucho de ser paternalista y condescendiente, cuando no despectiva.

En la Prusia real, no en la imaginada en “Álava en Waterloo”, lo que ocurre en España gracias, entre otros, a militares como Álava -y muchos más olvidados que aún esperan su respectiva novela histórica- es todo un ejemplo y modelo a seguir por un país militarmente aplastado, prácticamente bajo ocupación militar francesa desde 1809 hasta 1813.

En el mejor de los casos avergonzado al ver la guerra que mantienen con una constancia feroz los españoles en un frente Sur que, hasta 1812, es el único en el que aún se resiste al imperio napoleónico.

Otros deslices históricos de “Álava en Waterloo” son de mayor calibre aún. Por ejemplo cuando Ildefonso Arenas dice, categóricamente, en las páginas finales de su libro, que España habría podido arrancar otras condiciones en los tratados firmados en París en 1815 de haber enviado dos divisiones, una contra Perpignan y otra contra Bayona. Algo que habría permitido recuperar, además de mayores indemnizaciones monetarias, las, en palabras del autor de “Álava en Waterloo”, “añoradas provincias” de Lapurdi, Zuberoa y Nafarroa Behera…

Sin entrar en demasiados detalles sobre un tema aún por investigar en gran parte, es difícil comprender cómo Ildefonso Arenas ha podido pasar por alto el contenido del reciente “Diccionario del generalato español” en la investigación que dice haber cometido para escribir “Álava en Waterloo”.

En las páginas de ese “Diccionario” podría haber leído, por ejemplo, que España, en 1815, pone en marcha un ejército de dimensiones descomunales que ocupa toda la frontera pirenaica, y que, además, el capitán general de Cataluña en esas fechas, el general Castaños, vencedor de las águilas napoleónicas en Bailén en julio de 1808 -como no dejan de enterarse en toda la Europa ocupada-, dirige a sus tropas sobre Perpignan y toma esa ciudad francesa como medida preventiva frente a una posible invasión napoleónica…

Eso por no decir nada respecto a la supuesta añoranza española de las tres provincias vascofrancesas de Lapurdi, Zuberoa y Baja Navarra. Bastante difícil de comprender teniendo en cuenta que esos territorios jamás formaron parte de la corona española -en todo caso de la inglesa- y, por lo tanto, nada había ni que añorar ni que reclamar cuando el propio Fernando el católico devolvió en 1512 de “motu proprio” esa “Nafarroa behera” a la que alude Arenas en su novela, tras haber conseguido lo que quería. A saber: la actual comunidad foral de Navarra a este lado de los Pirineos…

Podríamos multiplicar los ejemplos, pero quizás con estos sea bastante para llegar a la única conclusión a la que podría llegar una reseña honesta sobre una novela como “Álava en Waterloo”.

Es decir, que merece la pena hacer el gran esfuerzo de leer una novela como esa siquiera sea para saber que hubo un general español que luchó en Waterloo en el bando aliado, pero también que una novela como la firmada por Ildefonso Arenas solo puede ser, en el mejor de los casos, una interpretación muy subjetiva -y no pocas veces inexacta o anticuada- de aquellos hechos olvidados. Un buen motivo, en definitiva, para seguir animando a los editores españoles a publicar más, y mejor, novela histórica, sobre una Historia que, como demuestra la firmada por Ildefonso Arenas, tiene un gran potencial.

Incluso la élite napoleónica huye y abandona los carros de munición en Waterloo. Ilustración de Job para el "Napoleón" de Gerges Montorgueil. Ejemplar de La colección RedingEspecialmente si se aborda de una manera férreamente rigurosa. Mucho más, desde luego, de la que, por desgracia, encontraremos en “Álava en Waterloo”.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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10 respuestas a Lo bueno (y lo malo) de leer “Álava en Waterloo”. Guerras napoleónicas y novela histórica (II)

  1. Antígono dijo:

    Es cierto que hay un boom de las guerras napoleónicas, motivado por el bicentenario de estas guerras (aunque en España de momento se haya pasado de tapadillo sobre el tema), tanto de novelas de autores españoles como de extranjeros (fundamentalmente ingleses, de franceses no he visto muchas). Ésta que mencionas la he visto en las librerías y en las webs de libros y me pareció interesante.
    También es curioso lo que mencionas sobre el embajador marqués del Labrador (emisario también en el Congreso de Viena) ya que siempre aparece mencionado como un diplomático incompetente y nefasto, quizás haya jugado contra él el haber sido absolutista (como otros muchos españoles de la época…y otros europeos) y que los liberales le pusieran ese sambenito…al fin y al cabo ellos fueron al final quienes se llevaron el gato al agua tras la muerte de Fernando VII. Aunque quizás con este personaje haya sucedido lo mismo que con otros personajes absolutistas por ejemplo el general Elío (para no salirnos de la guerra de la Independencia) héroe de esa guerra y uno de los partidarios de Fernando VII en su pugna con los liberales.

    • Estimado Antígono: bienvenido, tras una larga ausencia, por esta página de comentarios. Gracias por tus observaciones sobre la última reseña. Realmente yo no diría que se ha pasado de tapadillo sobre el tema. Lo digo por ardua experiencia propia. Otra cosa es que lo que se ha hecho haya tenido menos impacto que, por ejemplo, las novelas de Cornwell sobre Richard Sharpe. El esnobismo español, mezclado con nuestro bien cultivado y anómalo complejo de inferioridad -del que novelas como “Álava en Waterloo” dan una prueba más-, hace fácil que ese haya sido el problema con este Bicentenario. También una equivocada visión centralista que echó todos los cohetes para el 2 de mayo y consideró que tras eso, nada. De eso ha habido mucho, por desgracia.
      En cuanto a la fama póstuma de Labrador, es posible que la propaganda liberal tenga mucho que ver. Es un tema verdaderamente apasionante y aún por investigar, el modo en el que el reinado de Fernando VII se ha visto a través de una lente negra proveída por esos liberales que luego, en efecto, se llevan el gato al agua en 1833. Más tras un pacto de no agresión mutua, amparado por las capitulaciones entre el ejército de Angulema y los liberales menos comprometidos, los moderados, y el regio Indeseable que eso no hay quien se lo niegue, pero quizás menos Indeseable de lo que lo quisieron los liberales exaltados que se quedaron diez años de exilio, por si acaso.
      El problema, como siempre, es que si se escriben libros de Historia como “La España de Fernando VII” de Miguel Artola y no se leen o se leen sólo por encima, el error persiste y persiste ayudado por novelistas sin demasiado reparo a la hora de soltar el cuarto de espadas que les pasa de las visceras a la cabeza y de ahí al teclado del ordenador sin apenas darse cuenta de que todo el que escribe tiene una responsabilidad hacía aquellos que lo van a leer. Como mínimo no llenarles la cabeza de tonterias y demagogia.
      Como en todo lo relacionado con la Historia de España, insisto, es mucho lo que hay que investigar.
      En cualquier caso doy fé de que novelas como “Álava en Waterloo” hacen un flaco favor a esas carencias.
      Me llamó mucho la atención el olímpico desprecio del autor por ciertas investigaciones respaldadas por instituciones muy serias. Como es el caso del “Diccionario del generalato español”, donde, como digo en la reseña, se viene abajo toda la tramoya sobre la cual quiere Arenas interpretar lo que pasa en Waterloo y después.
      Es chocante el modo en el que se niega en esa novela, una y otra vez, que España no participa militarmente en esa campaña de Waterloo más allá de la presencia de Álava y Miniussir en el Estado Mayor aliado.
      Otra vez el esnobismo y el complejo de inferioridad español, endosando, por principio, lo que dice el primo de Zumosol anglosajón: “la campaña de Waterloo se decide en una sola batalla en Waterloo, ganada por mylord Wellington. Los hispanos os tenéis que limitar a masticar ajos y a aplaudir desde lejos. Y ay de aquel de vosotros que intente darnos la réplica. Ostracismo como mínimo y fusilamiento si se pone muy pesado”.
      Sencillamente lamentable.
      En fin, esperemos que las cosas empiecen a cambiar desde aquí. Como verás en eso estamos.

  2. Sísifo dijo:

    Don Carlos, Me ha impresionado su breve descripción de los hechos acaecidos en San Sebastián que tiene colgado “El diario Vasco”. Muy agradecido por su solvente explicación.

  3. Sr. Rilova, cada vez que me paso por una de sus publicaciones aprendo no “algo”, sino mucho y muy interesante. Sólo por eso, darle las gracias y animarle a seguir en su línea tan bien documentada y tan libre de opinión.

    Un saludo

  4. i agree with a few things you said

  5. Milius dijo:

    A mi me parece una obra fascinante en muchas de sus facetas, no todo es Álava, el dibujo que hace de muchos de sus personajes es impagable para quienes no somos historiadores, si bien el reparto llega a ser abrumador la personalidad (esa parte más interpretada y también más novelesca) de los principales actores del Congreso de Viena y los campos de batallas es magistral y muy entretenido, y no puedo tampoco dejar de pensar en las mujeres ¡Que mujeres! quizá lo mejor de la obra, sus tres gracias, que como los mosqueteros eran cuatro.

    Ciertamente hay algunas inconsistencias históricas, pero es que esto no es un ensayo o por lo menos no del todo y menos aun una tesis doctoral, y la parte novelada requiere tomarse licencias con lo que el historiador nunca se atrevería, que no es otra cosa que rellenar huecos e interpretar situaciones, yo no fiaría mucho a las memorias de nadie y menos de personajes de la talla intelectual que citas, mientras más inteligente más mentiroso y más hablando de sí mismo o de política internacional que como muy bien apunta Idelfonso es un arte interpretativo y de oportunidad saturado de dobleces para el que no todo el mundo está dotado, Idelfonso también interpreta, como buen novelista y dicho sea de paso como todo el mundo hace cuando se fabrica una obra que vaya más allá de la simple exposición de datos ¿Gran batalla o escaramuza? pues… leamos cualquier periódico o declaración oficial tras una simple manifestación y veremos que incluso de un día para otro es dificil dilucidar su magnitud ¿Por que no iba a serlo para algo que sucedió hace dos siglos? Con las fuentes hay que ser también cuidadoso y no porque lo diga tal o cual obra o incluso documento primario hay que otorgarle automáticamente la verdad absoluta, hoy día no sabemos exactamente que paso del todo en la gestación del 23F, por ejemplo, ¿se sabrá más dentro de dos siglos? lo dudo mucho, los que de verdad saben se han ido a la tumba callados como tales y de sus escritos autobiográficos yo no me fiaría demasiado, el autor de esta obra se toma licencias, sí, pero no más que cualquier otro escritor de novelas.

    • Estimado Milius: cada cual es muy libre de tener una opinión e incluso de considerarla la mejor opinión de este Mundo.
      Otra cosa es dar por buenas cosas que son realmente esperpénticas y nada tienen que ver con la interpretación más o menos subjetiva de un hecho. No hay excusa posible, la versión de los hechos que da Ildefonso Arenas en su monumental obra deja mucho que desear. Fuentes diversas y divergentes coinciden en señalar que la batalla de San Marcial fue todo menos una simple escaramuza. Eso es bastante como para desacreditar por entero a cualquiera que se abone a esa interpretación, pues habla de un hecho que no ocurrió. Cientos, miles, de muertos a las orillas del Bidasoa, todos ellos contados del primero al último, incluso con nombres y apellidos, de común acuerdo en ambos bandos contendientes, dicen que eso, de ningún modo, fue una escaramuza sino una batalla que cambió el curso de la contienda y confirmó la derrota napoleónica en un frente clave como lo era el penínsular, por más que lo ignoremos gracias a nuestro bien asentado complejo de inferioridad hispánico -uno al que flaco favor hacen novelas como “Álava en Waterloo”-. Comparar esa batalla con lo que hoy sabemos del 23-F es un error porque son dos hechos de dimensiones totalmente diferentes y también documentados de manera muy diferente. De San Marcial hay toda clase de documentos: gráficos, escritos que van desde memorias personales de oficiales españoles como Matías de Lamadrid hasta correspondencia militar o memoriales de regimientos combatientes en esa batalla como los tres batallones de voluntarios guipuzcoanos. Del 23-F, sólo para empezar, hay mucha documentación clasificada por el protocolo de acceso a los fondos públicos, generalmente una caución de unos 75 años. Que solemnes ignorantes nos hayan querido vender últimamente eso -esa caución habitual en toda Europa- como una imposibilidad de conocer el pasado, la Historia, no puede ser una licencia para comparar San Marcial con la toma del Congreso esa noche hace poco más de 30 años y sacar conclusiones sobre la incertidumbre a la hora de calificar un hecho histórico de esto o de lo otro.
      Con respecto a Taylleyrand pasa algo parecido, el hecho de que fuera un intrigante no significa que mintiera sistemáticamente y, desde luego, a la hora de hablar del papel de España en el Congreso de Viena -que diverge abismalmente de lo que cuenta Arenas en su novela- es veraz, puesto que lo que hubiera sido más útil a ese carácter intrigante es haber suscrito tesis similares a las de “Álava en Waterloo”, no a las que él, Talleyrand, suscribe sobre el papel, real, no imaginario, de España en aquellos hechos.
      Arenas demuestra una pésima base documental también cuando alude a que no hubo divisiones de combate españolas en Cataluña o en el País Vasco-Francés en la crisis de Waterloo.
      Y todo esto nada tiene que ver con libertades literarias, no tiene disculpa el querer escribir sobre un personaje y una época y conocerlo tan mal, tan evidentemente mal.

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