Honor a “Soldados de honor”. Guerras napoleónicas y novela histórica (I)

A fecha de hoy, julio de 2013, se puede constatar, sin mucho esfuerzo, que ha empezado en España un pequeño “boom” editorial de lo más inesperado y que, sin embargo, parece estar alcanzando cierto éxito. Lo bastante como para que en “La novela antihistórica” nos arriesguemos a dedicar toda una serie de reseñas a esas novelas que coinciden en el año de edición, finales de 2012 a 2013, y en la temática. No otra que las guerras napoleónicas.

Formación de Infantería francesa. Reconstrucción de la batalla de Vitoria 1813-2013. Campamento de La Puebla de Arganzón. Foto La colección RedingEl “boom” es, en efecto, de lo más inesperado porque desde el año 2008, y de eso hace ya cinco, parecía que el tema de las guerras napoleónicas estaba más que agotado y las apuestas editoriales hechas con motivo de los fastos del Bicentenario del comienzo de la Guerra de Independencia, parecían haberse estrellado contra una realidad más bien cruda, que agotaba el dinero de los posibles lectores en autores discutibles en muchos aspectos, pero garantía de éxito de ventas casi asegurado. Es decir, en Arturo Pérez-Reverte y sus dos novelas dedicadas al Bicentenario: “Un día de cólera” y “El asedio” -está última reseñada en el número 1 de “La novela antihistórica”- que prácticamente dejaron sin aliento a otras novelas nacidas en esas fechas como “La derrota” de Bocero de la Rosa y “La gran cifra de París” del embajador Julio Albi.

Tras esas experiencias que parecen haber sido algo frustrantes, sin el eco alcanzado por las mencionadas novelas de Pérez-Reverte o por el un nuevo episodio de la serie de Sharpe publicado por Edhasa a finales de 2010 -reseñado también en “La novela antihistórica” en el número de 20 de enero de ese año-, no se volvió a saber de ninguna iniciativa a gran escala por parte del mundo editorial español y en español para publicar novelas ambientadas en la Guerra de Independencia española mientras se iba aproximando el final de los grandes acontecimientos de ese Bicentenario, previstos para este año 2013.

La primera en romper esa pauta fue Edhasa con “Álava en Waterloo”, editada a finales de 2012. Una arriesgada apuesta -el libro tiene más de mil páginas, está escrito en un estilo prolijo, a veces demasiado prolijo, y se remite en el título a hechos que no estarán “de moda” hasta dentro de dos años- que, sin embargo, aprovechando el tirón del bicentenario de la batalla de Vitoria en junio de este año, parece estar dando sus resultados.

Poco después vino “Soldados de honor”, de la que nos vamos a ocupar hoy, y casi al mismo tiempo, “El mar de los hombres libres” que ha supuesto un auténtico éxito silencioso, alcanzando, sin mucho eco mediático, los 100.000 ejemplares vendidos. La última apuesta la ha vuelto a hacer Edhasa con un libro del ex-presidente francés Valery Giscard D´Estaing publicado en 2010 por Plon y titulado “La victoria de la Grande Armée”. Libro del que nos ocuparemos en números posteriores de “La novela antihistórica” -como en el caso de “El mar de los hombres libres”- aunque no sea, exactamente, una novela histórica sino una Ucronía. Es decir, uno de esos juegos entre Historia, novela y ciencia-ficción que especulan con el “qué hubiera pasado sí…”. En este caso si Napoleón hubiera sido lo bastante inteligente como para retirarse de Rusia con su “Grande Armée” intacta antes que el “general Invierno”, aparte de Kutuzov y sus cosacos, se precipitasen sobre él, tal y como ocurrió en el año 1812 de nuestra realidad.

Así las cosas, puesto que, al parecer, hay interés en el tema, por inesperado que sea, tampoco parece mala idea hacerse eco en “La novela antihistórica” de esas novedades editoriales. Empezando por “Soldados de honor”.

De esta apuesta de La esfera de los libros por novelas sobre las guerras napoleónicas para difundirlas entre el público español se pueden decir unas cuantas cosas malas, pero como hay también unas cuantas cosas buenas que decir sobre esta primera novela del doctor en Historia por Oxford Adrian Goldsworthy, quizás lo mejor sea empezar por esas virtudes de “Soldados de honor”.

Lo primero que llama la atención en esa novela, primera de toda una serie según nos advierte su autor en una nota final, es que tiene, e incluso supera, todos los alicientes de la serie de novelas que Bernard Cornwell ha dedicado al fusilero Richard Sharpe, pero apenas cuenta con algunos de sus defectos.

Oficial de fusileros británico. Reconstrucción de la batalla de Vitoria 1813-2013. Campamento de La Puebla de Arganzón. Foto La colección Reding En efecto, Goldsworthy conoce muy bien todo lo que se describe con tanto rigor en las novelas de Sharpe.

Es decir, las complejas tácticas de combate de los ejércitos de la época, sus uniformes, su despliegue en batalla y las consecuencias del choque armado que, por supuesto, vuelven la acción de esos relatos literarios trepidante, contribuyendo a mantener el interés de los lectores, convirtiéndolos en seguidores seguros de todo lo que se publique bajo ese sello.

De hecho, Goldsworthy profundiza con el rigor propio del historiador profesional que es en aspectos sobre los que Bernard Cornwell hasta hace poco -véase el caso de “El fuerte” reseñada en el número de abril de “La novela antihistórica”- pasaba muy descuidadamente.

Así, nos encontramos en “Soldados de honor” con un estudio de la sociedad que rodea, y de la que sale, el mítico y mitificado ejército que, bajo el liderazgo de Lord Wellington, contribuye de manera decisiva a aplastar las ambiciones dictatoriales de Napoleón I.

Para ello Goldsworthy utiliza recursos verdaderamente hábiles, que hacen que ese tema, que podría hacerse pesado por su propio carácter para lectores que buscan más acción, sea una parte tan entretenida de la trama de “Soldados de honor” como cualquier otra.

Es sobre todo uno de los principales protagonistas de “Soldados de honor”, el soldado voluntario Hamish Williams, quien nos lleva por ese recorrido tan a fondo, tan ágil de leer y, sobre todo, tan realista, sobre lo que significa, para muchos, ser un soldado británico durante las guerras napoleónicas.

Hamish Williams es lo que técnicamente se denominaba en la Gran Bretaña de la época un NCO. Es decir, un “Non Comissioned Officer”, un hombre de cierto relieve social que, generalmente por falta de medios financieros, no podía comprar una patente de oficial y debía entrar en un regimiento -si es que lo admitían en esa categoría- como soldado voluntario u oficial sin comisión. Un incómodo limbo, que Goldsworthy sabe reflejar con exactitud, en el que no se es ni soldado, ni oficial, donde esperar a que la guerra, con su lógica implacable, dé esa patente de oficial que no se podría comprar de otro modo y abrir así paso en la restringida carrera de méritos que el Ejército británico de la época mantenía abierta con verdadera avaricia, si se le compara con la meritocracia instaurada en el francés desde la época de las guerras revolucionarias, o en el español a partir de 1808.

Hamish Williams deberá así enfrentarse a toda una serie de dificultades, en las que se combinan características propias de un personaje literario, con otras comunes a cualquier inglés de extracción social baja o media de la época en la que está ambientada “Soldados de honor”.

Formación de Infantería francesa. Reconstrucción de la batalla de Vitoria 1813-2013. Campamento de La Puebla de Arganzón. Foto La colección Reding Así Goldsworthy no nos ahorra contarnos que Williams es el hijo huérfano de un ingeniero muerto en un accidente laboral que -a causa de la inexistente seguridad social en la Gran Bretaña de la época- hace descender a la familia un escalón en la jerarquía social británica de la época, cerrando así el acceso al soldado Williams a la compra de, al menos, una pequeña comisión, que le abra más y mejores puertas.

Williams tiene hermanas y una madre que tiene que mantenerlas y que sólo cuenta con recursos muy limitados que los mantengan fuera del siguiente escalón inferior de la jerarquía social. El que linda ya con la pobreza que propiamente se puede llamar indigencia y miseria.

A través de complejos periplos vitales como esos, en los que se mezclan romance y aventura con tintes bastante verosímiles, Goldsworthy nos hace, en efecto, un retrato bastante honesto y realista de lo que fue, en realidad, el Ejército de Wellington que cambia la Historia de Europa y del Mundo en junio de 1815.

Algo a lo que ayudan otros personajes de “Soldados de honor”. Como, por ejemplo, el coronel Moss, al mando del regimiento 106, que forma el protagonista colectivo de la novela. Un caballero con posibles que puede permitirse hacer méritos adquiriendo la comisión de coronel efectivo de ese regimiento y planear un futuro de mayor vuelo social gracias a eso y a alianzas matrimoniales que cierra justo antes de partir para la que los británicos llaman “Guerra peninsular”.

Lo mismo ocurre con uno de sus comandantes, que comienza la novela siendo sólo el veterano capitán Alastair Mac Andrews, un viejo soldado, que se ha abierto paso trabajosamente en el Ejército desde la época de la Guerra de Independencia americana y cuya mujer y, sobre todo, hija jugarán un papel fundamental en esta novela y, según parece, en las que van a seguir a ésta.

También es el caso del capitán Wickham, un “social climber” extraído, tanto él como su dicharachera mujer, de las páginas de “Orgullo y Prejuicio” de Jane Austen, cuya historia Goldsworthy encuentra una especie de perverso placer en continuar en el punto en el que la deja la señorita Austen hoy hace doscientos años.

Sin ánimo de agotar la lista de ejemplos, otro tanto ocurre con el soldado Dobson. Un viejo veterano que no tiene otra vida que el ejército. Vida que Goldsworthy describe como un todo orgánico -mujer e hija tan enroladas como él en la delgada línea roja- y a través de la cual describe la aventura vital del soldado inglés común en la época de Wellington sin concesiones a chauvinismos ni eufemismos de ninguna clase.

Otros personajes como el alférez William Hanley, hacen que “Soldados de honor” merezca tanto la atención como el elogio de los lectores de habla española.

En efecto, a diferencia de lo que ocurre con la serie de Sharpe con la que comparte algunos puntos en común “Soldados de honor”, el personaje del alférez Hanley, producto también de una de las complicadas situaciones sociales de la Europa y la Gran Bretaña de la época -hijo bastardo de un noble que lo protege hasta dónde le es lícito protegerlo, pagándole una educación y una comisión en el Ejército que él sólo utiliza como último recurso-, permite a Goldsworthy hacer una descripción más realista de la España de 1808 de lo que es habitual en páginas más groseras a ese respecto como las de la serie de Sharpe.

Tiendas de la Infantería británica. Reconstrucción de la batalla de Vitoria 1813-2013. Campamento de La Puebla de Arganzón. Foto La colección Reding Hanley vive en Madrid en 1808, se amanceba con una española que es bailarina de ballet clásico -rompiendo así con los pesados tópicos de la “Carmen” de Merimée-, y quiere ser Goya, pero, como constata él mismo en los horrores del 2 de mayo de 1808, de los que es testigo, es incapaz de ello.

Hanley y otros personajes como él, en efecto, ayudan a Goldsworthy a huir  en “Soldados de honor”, de manera puntual pero contundente, del, muchas veces, injustificado triunfalismo habitual en la novela histórica anglosajona ambientada en esta época.

 Una tarea que Goldsworthy, asumirá, como narrador, de un modo verdaderamente concienzudo.

Así, por ejemplo, cuando algunos de los oficiales británicos de mayor rango que protagonizan “Soldados de honor” aluden, ya en Portugal, a los “españolitos” como tropas de poca monta en la guerra contra Napoleón, Goldsworthy apuntará que esos mismos “españolitos” han aplastado a todo un ejército británico en 1806 y 1807, desplegado con la pretensión de apoderarse de las colonias españolas en América. Más concretamente con la del Virreinato de la Plata, en la actual Argentina.

Estos y otros aspectos hacen de “Soldados de honor” una recomendable novela para quienes quieran pasar un buen rato aprendiendo algo acerca de la Historia de la Guerra de Independencia española.

Así las cosas, ¿qué es entonces lo malo que se puede decir de ella?. Lo cierto es que es más bien poca cosa, pero aún así, por sentido del deber hacia una crítica lo más fiable posible, es necesario contarla.

La primera objeción que se puede hacer a “Soldados de honor”, es que el subtítulo de la novela en español puede llamar a engaño. Realmente la mayor parte de la acción se desarrolla en Portugal, en las batallas de Roliça y Vimeiro, que son el punto culminante de la trama, y la Guerra de Independencia española apenas es un mero telón de fondo, algo que pulula, a ratos, en el trasfondo de la novela.

Lo siguiente que se puede decir en contra de “Soldados de honor” -aparte de algunos fallos en la traducción que, naturalmente, no se pueden achacar a Goldsworthy- es precisamente eso, que es una novela escrita por un británico al que, por simple inercia, la descripción de los hechos en España le puede resultar de menor interés a pesar de que esta primera novela de su serie es vendida como “la aventura de los casacas rojas en la Guerra de la Independencia”.

A partir de ahí, como ocurre con los fallos en la traducción, no hay mucho más que se pueda reprochar a Goldsworthy, sino a su editor en español, que, una vez más, como suele ser habitual en el mundo editorial español, confía la divulgación de esos hechos a una mano extranjera que, pese a su muy evidente buena intención, no va a hacernos más favores de los necesarios en ese aspecto. Condenando con esa elección, que se limita a comprar fuera novelas sobre ese tema sin hacer el mínimo esfuerzo por buscarlas en España, a cualquier intento español que pueda describir, tanto al público en español como al extranjero, una versión de esos hechos más precisa, más detallada, más realista… que, apuesten lo que quieran, aún no se ha dado pese a los intentos que se han hecho desde 2008 hasta este nuevo “boom” de novelas sobre las guerras napoleónicas de 2012-2013.

Cazadores franceses a caballo. Reconstrucción de la batalla de Vitoria 1813-2013. Campamento de La Puebla de Arganzón. Foto La colección Reding Hecha abstracción de esos defectos que orbitan en torno a “Soldados de honor”, no hay, por lo demás, nada que impida recomendarla como una novela que no supondrá una pérdida ni de tiempo ni de dinero para sus posibles lectores.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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