En el taller de Hans Holbein. “Una reina en el estrado” de Hilary Mantel

La novela de Hilary Mantel de la que nos vamos a ocupar hoy ha llegado precedida por una verdadera fanfarria mediática -digna de Enrique VIII Tudor- sobre sus bondades. Tanta que, de entrada, hace desconfiar.

Detalle de la portada de "Enrique VIII y sus seis esposas" de Maureen Peters (1972). Ejemplar de La colección Reding

Lo primero que se puede pensar de todo esto es qué tiene realmente de bueno una novela que vuelve sobre un camino ya muy trillado y recientemente convertido en bodrio televisivo, de éxito, pero bodrio al fin y al cabo, bajo el título de “Los Tudor”.

En efecto, tanto en el cine, como en la televisión, como en la Literatura de consumo más o menos masivo, Hilary Mantel vendría a pisar -y no por primera vez- en un terreno ya más que conquistado y descubierto desde hace años para la industria cultural.

Hay una verdadera multitud de productos sobre esa época tan concreta y, al parecer, tan fascinante para un gran público. Desde “La vida privada de Enrique VIII” rodada en Inglaterra en el año 1933, hasta la ya mencionada serie de “Los Tudor”, pasando por una nueva serie sobre las seis esposas de Enrique VIII hecha en los años setenta del siglo pasado, hasta la novela de Maureen Peters, publicada en esas mismas fechas. Por no hablar de “Las hermanas Bolena”, que recogía no hace muchos años, para el cine, un episodio poco conocido de la vida de Enrique VIII -sus relaciones con la hermana de Ana Bolena- que aparece de manera recurrente en “Una reina en el estrado”.

Con  este panorama  parece bastante difícil decir nada nuevo -y que merezca la pena- sobre ese período histórico que, a la vista de una lista así, parece despertar un interés endémico en un público lo bastante grande como para que se convierta en algo rentable un libro, una película, una novela o una serie de novelas -como las del “detective” Roger Shallot, que el profesor Michael Clynes popularizó hace un par de décadas- con la única condición de estar todos esos instrumentos culturales ambientados en la Inglaterra de Enrique VIII.

Y sin embargo, aún así, hay que reconocer que Hilary Mantel lo consigue. Decir algo nuevo sobre esa época y decirlo bien, haciendo una magnífica novela histórica.

A diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con una serie como “Los Tudor”, Hilary Mantel demuestra que se puede escribir una obra de éxito comercial sobre esa época sin necesidad de hacer un verdadero desguace del período histórico elegido.

Así es, “Una reina en el estrado” es un avance con respecto a, por ejemplo, la serie de novelas de Roger Shallot o “Enrique VIII y sus seis esposas” de Maureen Peters. No un retroceso como el que supone “Los Tudor” ante productos anteriores de esa misma línea como la película o la serie que aparecieron al mismo tiempo que la novela de Peters.

Charles Laughton caracterzado como un ya anciano Enrique VIII para "La vida rivada de Enrique VIII". The illustrated London News 7-10-1933. Ejemplar de La colección Reding

Así, en “Una reina en el estrado” no nos encontramos con el equivalente literario que hemos podido ver, gracias a “Los Tudor”, en la pequeña pantalla donde se ha reflejado a un Enrique VIII que aparece en público con la cabeza descubierta -como la mayor parte de los principales personajes de su tumultuosa corte- y que, además, curiosamente, se muestra feliz poseedor de una eterna juventud que, como podemos leer en los libros de Historia -y en novelas históricas dignas de ese nombre, como sería el caso de la de Hilary Mantel- se disipó apenas pasó de sus primeros treinta años. Una interpretación cuando menos verdaderamente paradójica del personaje y su época que debió necesariamente llevar a más de un espectador de esa serie a asombrarse ante la diferencia que existe entre el verdadero Enrique VIII retratado por Hans Holbein en su día y el actor que, supuestamente, lo interpreta en esa serie titulada “Los Tudor”.

Un riesgo cierto de vergüenza propia y ajena que no correrán, en absoluto, los lectores de “Una reina en el estrado”.

En efecto, Hilary Mantel consigue a través de las páginas de su nueva novela sobre la Inglaterra de Enrique VIII, hacer que nos sintamos en el taller de ese Hans Holbein que ella convierte en un personaje más de la densa trama novelesca de “Una reina en el estrado”. En ella nos va describiendo con veracidad, en todos sus detalles y matices, la situación de la corte de Enrique VII en el momento en el que el monarca inglés empieza a cansarse ya de su segunda esposa, Ana Bolena, y comienza a buscar el modo de repetir la jugada hecha con la primera de las seis que tendrá. Es decir, Catalina de Aragón, viuda de su efímero hermano, el único verdadero rey Arturo de Inglaterra documentado hasta la fecha.

Se trata de una misión sinuosa, como sinuoso lo era todo en una corte del Renacimiento europeo, arrojada al torbellino de la Reforma religiosa que va a desgarrar el continente durante cerca de cien años de guerras de religión entre papistas y protestantes.

Una misión para la que es necesario el talento de un hombre, el secretario del rey Thomas Cromwell, que es el protagonista absoluto e indiscutido de esta narración, además de ser, como nos recuerda la autora de “Una reina en el estrado”, otra figura que Hans Holbein plasmó en uno de sus famosos lienzos como parte de ese paisaje histórico que ella reconstruye con tanta habilidad.

Con ese planteamiento históricamente realista, Hilary Mantel consigue llevarnos con su peculiar manera de narrar las cosas -a veces un tanto difícil de seguir- hasta lo que hay detrás de esa imagen que el maestro Holbein plasma. Y así consigue hacer algo tan difícil como que, aún teniendo delante la imagen de Thomas Cromwell pintada en el lienzo, veamos lo que hay por debajo de esa imagen serena, contenida, como esculpida en cera que caracteriza a todas las obras de ese maestro en las que aparecen los principales personajes de la Europa del Norte de ese momento. Desde oportunistas astutos y coriáceos como Thomas Cromwell, hasta santos católicos como Tomás Moro, pasando por reformadores como Lutero o reyes como Enrique VIII.

En efecto, Hilary Mantel disecciona a ese hombre, Thomas Cromwell, vestido con el característico birrete a la moda de principios del siglo XVI y el largo ropón de pieles que, en principio, apenas lo diferencia de un Lutero o de un afable Erasmo de Rotterdam con los que, en realidad, poco o nada tuvo que ver a pesar de vivir todos en el ojo del mismo huracán histórico.

Y gracias a esa labor de disección de Cromwell, narrada además casi siempre en primera persona, Hilary Mantel describe al hombre y a su época y lo hace con una exactitud que deja al lector sin aliento prácticamente, llevándole sutilmente de la mano por una mente maquiavélica, equiparable a todo lo que se describe en el manual de supervivencia de esa época turbulenta y peligrosa dedicado a aquellos que, como Thomas Cromwell, quieren prosperar y manejarse con la discreción y el disimulo debidos. Es decir, “El Príncipe” firmado, efectivamente, por Nicolás Maquiavelo.

Todo lo relativo a esa época y lugar queda recogido en las páginas de “Una reina en el estrado”. Y es recogido, por regla general, de manera exacta.

Ejecución de Ana Bolena en "La vda privda de Enrique VIII". The illustrated London News 7-10-1933. Ejemplar de La colección Reding

Así en “Una reina en el estrado” tenemos, por ejemplo, descrita la casa de un hombre hecho a sí mismo, Thomas Cromwell, que tras un largo vagar por la Europa que aún se debate entre la Edad Media y el Renacimiento, regresa a Inglaterra para prosperar en un país natal en el que, en principio, no pasa de ser algo tan insignificante como el hijo de un simple herrero con el que le une una relación cuando menos conflictiva.

Cromwell se mueve en un terreno proceloso, al que teme y odia, pero en el que se desenvuelve con la misma naturalidad con la que se podría desenvolver en él el padre de la primera esposa de Enrique VIII. Aquel Fernando de Aragón que, dicen, sirvió de modelo a todo lo que se escribió en “El Príncipe”.

Así lo vemos cuando tiene que enfrentarse al principal eje de la narración de “Una reina en el estrado”. Es decir, la cuestión del divorcio del rey, de su validez, de las sutiles contorsiones legales que se han debido hacer para dar por válido un nuevo matrimonio del rey -el celebrado con Ana Bolena- del que éste ya se ha hartado, principalmente por la falta de un heredero viable.

Está también reflejada en esas páginas de “Una reina en el estrado” la cuestión de la reforma religiosa a la que se aferra Enrique VIII por la pura necesidad que lo ha enfrentado al Papado por la cuestión del divorcio de Catalina de Aragón, insoslayable para él, pues no le ha dado el heredero varón que la corona inglesa necesita.

Un asunto, el de la necesidad de sumar a Inglaterra a la reforma religiosa, que aún no se ha terminado de decidir en la acción que vemos plasmada en las páginas de “Una reina en el estrado”, entre el año 1535 y el 1536. Dando lugar a muchas dudas que expresan los propios personajes del libro. Por ejemplo, acerca de qué sacramentos son válidos, de abusos en la vida monacal que Cromwell aún está buscando como erradicar, el temor a que a Inglaterra se la excomulgue y le ocurra lo mismo que le ocurrió a Navarra, con la inestimable ayuda de Enrique y sus lansquenetes, en 1512, que apoyan la ofensiva de Fernando el católico contra ese reino descrita en su día por el historiador Julio César Santoyo y un rico etcétera que Hilary Mantel sabe describir muy bien en las páginas de su obra, evitando ese error tan común en muchas novelas del género, que es el de situarse fuera de la época y no en ella.

No falta tampoco en “Una reina en el estrado” la cuestión de la política internacional tratada con la misma exactitud también en contra de lo que venía siendo habitual en la novela histórica de origen anglosajón.

 Así, Hilary Mantel no se deja llevar por el jingoísmo “anglo” tan habitual en tantas novelas históricas de ese origen. Ese que parte de la premisa, absolutamente falsa, de que Inglaterra es ya una potencia mundial en la época de Enrique VIII.

Mostrándonos por el contrario el desprecio, verídicamente histórico, que se siente en Portugal o Italia hacia los ingleses en esas fechas -es muy notable la conversación que Cromwell recuerda haber tenido con un viejo caballero portugués-, considerándolos una nación poco civilizada, en general pobre y atrasada comparada, por ejemplo, con el esplendor del imperio Habsburgo, dueño de unas posesiones americanas que lo hacen apabullante a nivel financiero y, por tanto, económico y militar. Como recuerda a menudo el Enrique VIII que con tanta sencillez y exactitud se dibuja en las páginas de ”Una reina  en el estrado”.

De ahí sale, lógicamente, que la Inglaterra de la época que Hilary Mantel se niega a disfrazar en su novela se encuentra en una verdadera ratonera. Es decir, en la situación en la que necesariamente debe de estar un reino que no es capaz de enfrentarse por sí sólo a la amenaza española encarnada por el emperador Carlos V y su apabullante imperio americano, que pone en sus manos todos los recursos necesarios para enviar, si así lo desea, un ejército a mismas las puertas del palacio de Enrique VIII. Caso de que éste no se avenga a actuar correctamente con respecto a su tía Catalina de Aragón o la hija de ésta, María -la futura María la sanguinaria- prima de Carlos V.

Enrique VIII con su últma esposa, Catherine Parr en una escena de "La vida privada de Enrique VIII". "The illustrated London News" 7-10-1933. Ejemplar de La colección Reding

Y no son esos los únicos aciertos de una novela tan brillante, en líneas generales, como “Una reina en el estrado”. Hilary Mantel no duda en ella en mostrar la miseria atroz en la que viven la mayoría de los ingleses, la precariedad de sus vidas, propia de una sociedad preindustrial en la que no existen las redes de seguridad social que, a duras penas, hemos conseguido disfrutar en las últimas décadas y que vuelven a ser cuestionadas por una mentalidad roma y retrograda como la que muestran ante Cromwell los que gobiernan Inglaterra en esas fechas.

Un guiño a nuestra época probablemente, pero también un severo y merecido varapalo a una falsa Historiografía “whig” que Hilary Mantel ha sabido desmitificar, evitando caer en el error en el que han caído, una y otra vez, muchas novelas históricas anglosajonas, que plantean una Inglaterra de los siglos XVI, XVII, XVIII ya inequívocamente prospera y “democrática”, ejemplo para el resto de los habitantes del Mundo.

Algo imposible, como se describe acertadamente en “Una reina en el estrado” en un país gobernado, como todo el resto de Europa, por un grupo de privilegiados que sólo piensan en mantener sus privilegios frente a una sociedad generalmente famélica y a la que no están dispuestos a ayudar por medio de esa innovación tan peligrosa, propuesta por Cromwell, de un impuesto sobre la renta personal -sin exenciones por privilegios- para generar trabajo y una red de seguridad social…

Hilary Mantel, de hecho, va más allá en esa delicada labor de reconstrucción de la época, dotándola de todos sus elementos propios. Tanto los que nos pueden gustar como los que pueden desafiar creencias más o menos aceptadas como inamovibles.

Es lo que se debe deducir del modo en el que se describe a un santo católico como Tomás Moro, aureolado de unas dimensiones más míticas que históricas, gracias a la imagen que proyectó en su día el cine por medio de “Un hombre para la Eternidad” de Fred Zinnemann y que Hilary Mantel desmonta con tanta contundencia como desmonta los tópicos “whigs” sobre una Inglaterra prospera y democrática, describiéndolo como un hombre de estado capaz de aniquilar a sus adversarios políticos con verdadera saña. Al menos hasta que estos se deshacen de él con armas muy parecidas. Consiguiendo que se le ejecute por resistirse a jurar la supremacía de su rey frente al Papa y haciendo así de él un mártir y santo.

Una visión del personaje histórico que se podrá discutir pero que en términos históricos resulta aceptable e incluso saludable para los que busquen en una novela histórica verdadero fundamento como el que podrán encontrar en “Una reina en el estrado”.

Los defícits que se pueden acumular a esta novela son, en efecto, muy pocos.

Tal vez un exceso de saña contra el mencionado sir Tomás Moro, al que Hilary Mantel ni siquiera reconoce los méritos de “Utopía”, obra en la que se exponen muchas de las ideas sobre un embrionario Estado del Bienestar como el que quiere crear tras su muerte Thomas Cromwell.

Tal vez una exageración en el lenguaje soez que la autora permite usar a ciertos personajes abruptos de la novela. Como es el caso del duque de Norfolk, tío de Ana Bolena…

Detalle de la portada para "Enrique VIII y sus seis esposas" de Maureen Peters (1972). Ejemplar de La colección Reding

Pero al margen de detalles así “Una reina en el estrado” puede ser vista como una magnífica novela histórica y una gran oportunidad para los que prefieren ese género de obras a los libros de texto a la hora de aprender Historia.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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6 respuestas a En el taller de Hans Holbein. “Una reina en el estrado” de Hilary Mantel

  1. alkibla dijo:

    Loada sea la Santa Verdad, dado que sus devotos empiezan a perder el miedo y a predicar la bondad de su culto, que si bien no nos garantiza la felicidad, nos puede curar de la necedad impenitente y nos asegura un anima templada y serena. Laus Veritas.

  2. alkibla dijo:

    ¿ Es posible encontrar un cierto paralelismo entre los Trastamara y los Tudor ? De alguna manera sus origenes son guerracivilistas, independientemente de los lazos por parentesco matrimonial, y la sintonia entre las monarquias española e inglesa durante el siglo XV y el anterior. ¿ Que opina de ello, Dr. Rilova ? ¿ Está por escribir una novela sobre los Trastamara, aparte de lo escrito sobre Isabel I de Castilla?

    • Estimado Alkibla, opino lo siguente sobre lo que me pregunta: desde luego que el paralelismo entre los Trastamara y los Tudor es totalmente pertinente. No sólo eso. Todos los príncipes renacentistas están cortados por el mismo patrón. Los Tudor, los Valois, los Jagellon en Polonia, los Estuardos en Escocia, los Vasa en Suecia… Su aspecto, su política, su uso del Arte como un arma más, su organización militar y financiera, etc… Parece que se las hayan calcado uno a otros.
      Con respecto a la necesidad de novelas sobre ellos, por supuesto. Fernando el católico se merece más de una y más de dos. Lo que se ha hecho sobre su querida mujer, hace como cosa de una década con cierta trilogía de la que no puedo contar gran cosa porque no la conozco a fondo, y ahora con la serie de televisión, apenas da para borrar la imagen santurrona y casposa, aparte de historicamente falsa, que nos dejó para mal, como tantas otras cosas, la dictadura extinta en el año 1975 y de la que, lo que son las cosas, no hemos sabido librarnos. O al menos no han sabido librarse los que hacen y deshacen en este país a voluntad, escamoteándonos a un personaje verdaderamente magnético, fascinante en ese halo tenebroso que siempre rodeaba a estos personajes que daban miedo hasta a Maquiavelo. Esperemos que algún día se haga la luz y nos sacudamos de encima toda esta gazmoñería de la que don Fernando y su estimada consorte deben estar riéndose a carcajada limpia desde el Más Allá.

  3. Tengo comprado el segundo tomo (aguardando su turno de lectura), porque “En la corte del lobo” me fascinó.
    ¡Qué bien cuenta esta mujer la historia de Cromwell!
    En cuanto a Fernando, El Católico, si no me equivoco, inspiró a Maquiavelo para su obra “El Príncipe”. Un libro indispensable para circular por el mundo político.
    Totalmente de acuerdo en que merece publicarse alguna buena biografía sobre su figura y su carisma como estadista que ha quedado sombreado por el de su mujer (para variar).
    Enhorabuena por su blog Sr. Rilova.
    Saludos

    • Veo que coincide en todo con lo que yo decía en mi reseña. Pues nada más que añadir. En estos tiempos estar de acuerdo en algo es ya toda una hazaña, con que estar de acuerdo en dos o más cosas -como nos ocurre con Hilary Mantel, la historia de Thomas Cromwell y la maquiavélica vida de Fernando el Católico que se merece algo parecido la trilogía de H. Mantel- es ya todo un triunfo que sólo puede celebrarse. Sólo le diré que gracias por el elogio al escaparate de “La novela antihistórica” y que aquí estaremos cada mes para los lectores en abierto y cada día, y casi cada hora, para los suscriptores.
      Un saludo cordial.

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