Difícil pero necesario. De la utilidad de leer “Orgullo y prejuicio” doscientos años después de su publicación

Los que siguen esta página ya sabrán que no es la primera vez que se elogia a Alianza Editorial por la oportuna publicación de algún que otro libro.

Detalle de la portada de "La cantinière" de Georges Montorgueil y Job, libro para jóvenes basado en las experiencias d euna cantinera del ejército de Napoleón. Ejemplar de La colección Reding

Ese ha sido el caso con las novelas de Jean D´Aillon ambientadas en la Francia del siglo XVII, del cardenal Richelieu y de su discípulo, y también cardenal, Julio Mazarino, de las que ya se ha ocupado está página en su reseña mensual en el caso de “El misterio de la cámara azul” y, más recientemente, con “La conjura de los importantes”.

Esos elogios se pueden hacer extensivos hoy, en pleno año 2013, a la edición conmemorativa que esa misma editorial ha puesto en el mercado de la obra de Jane Austen “Orgullo y prejuicio” que cumple, precisamente, doscientos años al haber sido publicada en 1813.

En efecto, ha sido muy oportuno por parte de Alianza sacar a la luz una nueva edición de esa obra en ese bicentenario porque de ese modo el público recordará a esa autora y su obra y, tal vez, incluso se acerque a ella. De no haberse arriesgado Alianza Editorial a esa edición conmemorativa es seguro que muchos potenciales lectores de esa obra de miss Austen no habrían caído jamás en la tentación de afrontar ese libro que, como se va a explicar, puede resultarles tan útil.

Una utilidad que, sin embargo -y eso hay que advertirlo desde un principio-, no los va a librar de una tarea difícil, a pesar de que saldrán de ella enriquecidos en sus conocimientos que es, se supone, lo que quiere todo lector.

La prosa de Jane Austen, que, como ya se ha indicado, tiene doscientos años, no es precisamente para aficionados al cine de acción o a una Literatura de consumo rápido y emociones trepidantes y fuertes. Como puede serlo, por ejemplo, la que siempre ha escrito el compatriota de la señorita Austen, Bernard Cornwell, que, por otra parte, ha hecho un filón de las novelas ambientadas en la época en la que vivió la escritora, a comienzos del siglo XIX.

A Jane Austen, muchas veces hay que descifrarla con verdadera paciencia, es difícil de seguir en alguno de sus argumentos y también puede que muchas veces el lector acabe preguntándose que qué rayos le importan a él los, a veces, anodinos escarceos amoroso y flirteos varios de un grupo de señoritas “bien” de la época, las hermanas Benett, que protagonizan colectivamente “Orgullo y prejuicio”.

Sin embargo ahí está precisamente, en esa trama a veces tan plúmbea, también tan difícil de seguir a veces, lo que el lector realmente va a aprender si se atreve a leer “Orgullo y prejuicio”: Jane Austen, sin pretenderlo, abre con todas esas alambicadas intrigas amorosas de varias chicas casaderas de la “gentry” británica de esa época -que eso y poco más es “Orgullo y prejuicio” en apariencia- la puerta a esa época, a la vida real de algunas personas que vivieron en la Europa de la era napoleónica.

Y esa constatación nos deja una visión sorprendente sobre lo que esa novela nos puede enseñar, de la utilidad que tiene para el lector afrontar la, muchas veces, penosa tarea de seguir el hilo a Jane Austen y sus personajes durante cientos de páginas.

Sólo para empezar aprenderemos que en la Gran Bretaña de 1813, por tanto en plena era de las guerras napoleónicas, existió una burbuja de paz y calma que contrasta poderosamente, casi obscenamente, con lo que está pasando en esas mismas fechas en el resto de Europa, en eso que los británicos cortados por el patrón de los Benett, los Bingley, los Darcy, los Collins, o cualquier otro de los personajes de “Orgullo y prejuicio”, suelen llamar “el continente”.

La cantinera de Georges Montorgueil desfallecida durante la retirada de Rusia

En efecto, hay en “Orgullo y prejuicio” muy escasas referencias a lo que está ocurriendo en Europa en el momento en el que Jane Austen la escribe a lo largo del año 1812. Unos acontecimientos atroces, como, por ejemplo, la retirada de la “Grande Armée” francesa desde Rusia, con miles de muertos y con el resquebrajamiento definitivo del imperio napoleónico. Un verdadero cataclismo para millones de franceses y afrancesados. Hechos históricos tan apabullantes que parece ser preciso haber vivido bajo tierra en esos momentos para no haber llegado a saber nada de ellos.

O, como ocurre en el caso de Jane Austen, señalar en toda una larga novela como “Orgullo y prejuicio” sólo en una ocasión la palabra guerra mencionándola por su opuesta “paz”, al final de la misma y casi como si lo hubiera hecho de puntillas, limitándose en el resto de esa novela a otra única referencia a que Gran Bretaña está en guerra aludiendo a la presencia de regimientos de milicia en Meryton, el pueblo cercano a Londres donde se desarrolla la acción.

Una presencia, tan gallarda como ineficaz militarmente -según se rumoreaba- que es para la mayor parte de las protagonistas de “Orgullo y prejuicio”, no un motivo de alarma ante la posible invasión de la isla -que, casi sin duda, esos regimientos de milicia no habrían podido evitar- sino una ocasión más para seleccionar un buen partido entre esos caballeros de vistosos uniformes rojos que ejercen de oficiales de esa descansada tropa, opuesta en todo a los regimientos regulares que están combatiendo en esos momentos en España, que están siendo diezmados -en compañía de tropas portuguesas y españolas- en centenares de batallas, en un escenario verdaderamente apocalíptico que difiere tanto de lo que se describe en “Orgullo y prejuicio” como podría diferir la vida en Marte y en  la Tierra.

Situación idílica que choca, en efecto, fuertemente con una Europa en la que la situación de muchachas como las Benett es brutalmente opuesta. Donde la muerte por hambre o por alguna infección traída por las mugrientas masas de soldados que se combaten desde Portugal a Rusia es moneda común. Tanto casi como la violación que esos mismos ejércitos prodigan siempre que tienen ocasión de ejercerla contra cualquier pobre infortunada -enemiga o no- que se cruzase en su camino.

Basta con consultar muchas de las memorias de soldados que han combatido en esas guerras y las recuerdan años después -generalmente hacia mediados del siglo XIX- para convencerse de que Jane Austen, en efecto, describe un mundo que casi parece fantástico comparado con la realidad, por ejemplo, de las mujeres españolas que son violadas durante la retirada de las últimas tropas británicas estacionadas en España en el crudo invierno de 1808 a 1809 por esos mismos soldados que, se supone, son aliados de los españoles. Un episodio truculento que ha quedado perfectamente recogido en las memorias de Benjamin Harris que fueron traducidas hace cinco años por la editorial de Javier Marías y dadas a conocer así al público español en una obra titulada “Recuerdos de este fusilero”.

Lo que cuenta Harris es más o menos lo mismo que pueden  contar otros soldados. Sus enemigos franceses, por ejemplo. Caso del capitán Coignet, veterano de casi todas las campañas imperiales o el sargento Bourgogne.

Los cosacos atacan Francia durante la campaña de 1814. Ilustración de Job para "La cantinière" de Georges Montorgueil. Ejemplar de La colección Reding

En unas y en otras se encuentran historias de mujeres que nada tienen que ver con las hermanas Benett, cantineras, como las que Coignet encuentra en una de sus misiones en la Rusia del invierno de 1812 y a las que despoja de su caballo por medio de una orden firmada por el emperador que le da prioridad absoluta.

O, sin dejar de hablar de mujeres como esas, otras muchas cantineras que arrostran todos los peligros de esos ejércitos que son el principal habitante de la Europa de 1813. Como aquellas con las que trata el sargento Bourgogne, como la que se ofrece a cuidar de su ropa en medio del desastre de la retirada hacia el Beresina o la que este mismo suboficial de la Guardia Imperial napoleónica ve tratando, desesperadamente, de cruzar con su marido y su hijo el último puente sobre ese río que es lo único que salva  al “Gran Ejército” napoleónico enviado a la conquista de Rusia de la aniquilación  total.

Una experiencia devastadora que incluso es recogida en edulcoradas obras de ficción como “La cantinière” de Georges Montorgueil. Un magnífico libro, también magníficamente ilustrado por Job, de la serie de magníficos y lujosos libros con los que es educada la burguesía francesa de finales del siglo XIX y comienzos del XX, en el que el desastre se convierte en gloria militar y en los que los retoños de esas élites francesas deben aprender todo lo necesario para cumplir con el destino manifiesto que su país, su época y su clase social exigen de ellos. Por ejemplo, en los mataderos de la Primera Guerra Mundial.

Algo que no se comprende bien como fue totalmente ignorado por la señorita Austen mientras escribía “Orgullo y prejuicio”, donde sólo se refleja la profunda problemática moral de casarse por amor o por interés, de la deshonra que supone fugarse con un oficial de la milicia un tanto calavera, o la obsesión por los rangos sociales en la Inglaterra de esa época que lo complican todo extraordinariamente en una maraña de, en efecto, orgullo y prejuicio que da para hacer una larga novela sobre un mundo que no parece el mundo en guerra del emperador Napoleón.

Esa es la más cierta y mejor lección que podrán sacar los lectores de “Orgullo y prejuicio”, la de haber asistido a la recreación de un mundo excepcional, anómalo, pero que realmente existió y fue parte de la Europa napoleónica.

Tanto como las batallas con miles de muertos y mutilados, como las mujeres violadas o maltratadas por una soldadesca infecta que, tras años de guerra, tiene una moral tan raída como sus propios uniformes y es ya incapaz de distinguir el bien del mal en el caso de que haya sido capaz, en su mayor parte, de distinguirlo alguna vez. Unas mujeres a las que si se les hablase de la delicadeza de un caballero como el señor Darcy para con una señorita de inferior categoría social con la que acaba casándose por amor, les parecería que les estamos tomando el pelo, hablando de algo que sólo es posible en las novelas que muchas de ellas eran tan incapaces de leer como de escribir.

Descubrir esa otra cara de la moneda de lo que, al menos deficiente y parcialmente, describen, por ejemplo, novelas como las de Bernard Cornwell, es, sencillamente, lo más útil que se puede obtener de la difícil lectura de “Orgullo y prejuicio”.

Detalle de la escena anterior

Leerla con esa perspectiva bien a mano, es quizás lo mejor que se puede hacer con esa edición conmemorativa que ha publicado Alianza Editorial en el momento en el que  esa novela tan ingeniosa, tan ajena para la mayor parte de los europeos que vivieron en la época en la que fue escrita, cumple doscientos años.

 

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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14 respuestas a Difícil pero necesario. De la utilidad de leer “Orgullo y prejuicio” doscientos años después de su publicación

  1. María dijo:

    Leyendo a Jane Austen me enteré de que las mujeres de esa época, las de clase alta y burguesa, tenían prohibido trabajar. No podían poseer un negocio propio ni podían ganarse la vida de ninguna manera al enviudar. Tengo entendido que Austen pasó apuros económicos, pero había temas sobre los que era de “mal gusto” que una mujer escribiera, eufemismo para señalar que no se iba a consentir. Es muy difícil saber cómo pensaban o vivían las mujeres de la época, cómo lo hacían en la realidad, con tantas imposiciones respecto a “ser” y “parecer”. Desde el punto de vista masculino sólo aparecen como juguetes caros o como víctimas indefensas (corríjame si ha leído otra cosa). No sé de ellas, pero es fácil imaginar algunas cosas, como por ejemplo, que las cuestiones sobre matrimonios y el aspecto llamativo no son temas que hablen sobre la superficialidad, el aburrimiento, el carácter romántico o la coquetería de esas mujeres, sino indicadores de en qué se basaba su propia supervivencia, según el dictado de la sociedad. Directamente relacionado con el hecho de ser más posesiones que poseedoras, está el que se viesen a sí mismas y a sus hijas como mercancía, y que el nivel de vida y cubrir necesidades dependiesen de la valoración que llegaran a tener.
    Las mujeres pobres no sabían leer ni escribir, pero las más afortunadas tampoco tenían permiso para profundizar en los estudios, interesarse por la política ni por ningún asunto fuera del hogar, asumir cargos, desarrollar empresas… Siendo como era “indebido” que una mujer leyera un periódico y con la obligación de salir del salón cuando los hombres empezaban a hablar de “sus asuntos”, ¿llegaría a saber Jane Austen de algún conflicto político de su tiempo?

    • Estimada María, muchas gracias por su profundo y bien argumentado comentario que aquí queda publicado para ilustración de todos los lectores de esta reseña mensual.
      Ciertamente todo lo que señala sobre la situación de la mujer de clase alta -lo de “burguesa” es redundante- en la época es cierto, pero hay que incorporar matices, matices que hacen que siga resultando chocante que en novelas como “Orgullo y prejuicio” exista una total ausencia de referencias a los grandes acontecimientos que están devastando Europa y haciendo que, por comparación, los problemas de mujeres como las señoritas Benett -con toda su gravedad, que al final se ve no es tanta- parezcan una bagatela.
      La mujer de clase alta, en efecto, depende del varón, se entrega a él, no hace nada, es un objeto suntuario más allá de aficiones eruditas como leer, tocar el clavicordio etc… que practican sin carácter profesional.
      Sin embargo a pesar de haber barreras entre ambos sexos las mujeres europeas distan mucho de estar recluidas y aisladas de todo. Las noticias sobre Bonaparte y lo que estaba ocurriendo en Europa tenían que llegar a ellas. Vía sus padres, hermanos, amigos etc…
      Tomemos el caso de la sra. Larpent, contemporánea de la señorita Austen. Su hermano combate en la campaña española, la que ellos llaman “Guerra penínsular” y será ella quien se encargue años después, a mediados de siglo, de publicar esas memorias de su hermano.
      Por otra parte desde la revolución de 1789 y ya antes hay mujeres que toman un decidido papel en la vida pública: como oradoras en la Asamblea revolucionaria, reclamando también la igualdad de sexos, combatiendo en los tumultos callejeros, organizando salones como los de madame Recamier donde se reune a lo más granado de la sociedad para hablar de todo. Hay también mujeres “liberadas” como Mary Woollstonecraft, hija de un clérigo de ideas avanzadas que continúa la tradición de mujeres escritoras que cuenta con ejemplos desde el siglo XVII como María de Zayas -española que escribe Literatura erótica en esa época- y la británica Aphra Behn.
      En definitiva, o la señorita Austen estuvo voluntariamente encerrada en una bodega aislada de todo y de todos para escribir “Orgullo y prejuicio” o forzosamente sabía qué estaba pasando y sino lo refleja en su novela es porque no le concede la importancia que sabía tenía.
      En cualquier caso la reseña sólo trata de poner de manifiesto el carácter valioso que tiene esa lectura, mostrando una faceta real de la existencia en esa época que contrasta fuertemente con la de muchas otras mujeres en aquella devastada Europa. Una cosa no quita la otra, son realidades complementarias y el lector o lectora que se lea “Orgullo y prejuicio” sabrá mucho más sobre esa época, que funda la nuestra, que los que no la hayan leído.
      Eso era todo lo que se quería decir, animar a esa lectura aprovechando la edición conmemorativa, con ese horizonte, con el de saber cómo viven las mujeres de esa época, las pocas afortunadas que están a salvo de la guerra y pueden hacer unos planes de vida que, con todas sus limitaciones, superan las más alocadas expectativas de mujeres como las cantineras de los muchos ejércitos que se están batiendo en Europa mientras Jane Austen escribía “Orgullo y prejuicio”. Se trataba de poner esta novela en su justo valor para los lectores que quieran acercarse a ella sabiendo con qué se van a encontrar, eso era todo.

  2. alkibla dijo:

    La obra de la Sra. Austen denota su concepción del mundo y de lo que resultaba esencial desde su condición de mujer inteligente pero socialmente limitada . Y entre lo que le resultaba relevante, obviamente no lo eran las guerras napoleonicas. Quizá la propia estrategia británica, mas basada en la contencion de las ideas derivadas de la revolución francesa ( y mal que pese, Napoleon era un fruto de la misma ), la utilizacion de la flota como la “muralla de madera”, mencionada por alguien, y como bien señala Ud. en otros comentarios, la actitud oportunista en lo militar , aprovechando la guerra de España y la desastrosa campaña rusa para jugar unas bazas que no hubieran sido posibles en otras circunstancias. Por otra parte, esta estrategia la repiten durante la 2ª Guerra Mundial. Dudo mucho que la pequeña burguesia britanica “rural” estuviera informada de la tragedia continental.

    • Estimado Alkibla, aún dando por valido lo que nos aporta, que no es poco, con su comentario, debo insistir en que es muy dificil que la “gentry” inglesa no estuviese al tanto de lo que ocurría en el continente. Todos los meses salían varias cartas del War Office o del Almirantazgo informando a John Smith, (esquire) -es un ejemplo- de que su hijo había muerto gloriosamente en combate en Salamanca o en un cruce de disparos con los guardacostas franceses.
      La propia presencia de regimientos de milicia moviéndose de norte a sur por el país, o de los regimientos de guarnición -como aquel en el que acaba Wickham, uno de los principales protagonistas de “Orgullo y prejuicio”- también debían ayudar mucho a que se hablase del tema, por no decir nada de lo que vomitarían los periódicos sobre esa gente.
      Los periodistas de aquella época eran ya bastante sensacionalistas. Basta con echar un vistazo a gacetas como la de Aberdeen transcribiendo los partes de guerra que mylord Wellington les envía desde España y verlos describir la derrota peninsular como “el fin del triple Geryon (es decir, Napoleón)”.
      Otra cosa es que miss Austen quisiera o no quisiera darse por aludida y minimizase al máximo toda esa debacle. Yo insisto en que el objetivo de la reseña era recordar que hay una edición conmemorativa de la novela y lo que se puede sacar de su lectura nás allá del “me ha gustado porque sí”.
      “Orgullo y prejuicio” tiene ese valor documental, el de describir el oásis de paz que las chicas de la “gentry” británica supieron fabricarse en medio de una situación crítica para el resto de Europa y de cuyo resultado dependía también la existencia o desaparición de esas condiciones privilegiadas que fueron tan reales como las angustias de las mujeres avasalladas en el resto del continente por las guerras napoleónicas.
      No había intención alguna de declarar a miss Austen falsaria ni nada por el estilo, sólo trataba de subrayar la calidad del conocimiento que se va a sacar de la lectura de “Orgullo y prejuicio” advirtiendo que lo que se plasma en ella es la otra cara de una moneda muy cruda para muchos otros y, en especial, las mujeres contemporáneas de miss Austen.

  3. alkibla dijo:

    Queda constancia de su intención, su honesta intención de subrayar el hecho de que al leer una novela contemporánea de una época trágica, no encontremos reflejo de la conmoción politica y social que supuso en Europa el recorrido del Imperio napoleónico. Siendo Ud. Doctor en Historia Contemporánea le creo comprometido en la investigación de la verdad en los múltiples factores que engendran el curso de los acontecimientos que, con posterioridad, los cronistas teñirán de los colores que mas les plazcan. Pero como escritor ( y de calidad, a mi criterio) reconocerá que la obra es fruto de las obsesiones y fijaciones (conscientes o no) del autor, con sus resaltes y omisiones, pienso que intencionadas. Se puede hacer novela costumbrista sin tener que enfocar tan corto, pero cada quien es cada cual. Por lo demás, espero que Ud. se anime pronto a lanzarse al ruedo y nos deleite con obras sobre el tan desconocido siglo diez y nueve que tan mal empezó y tan mal acabó para España y los españoles. Esperamos volver a saber mas de Alcoléa y sus socios. Saludos

    • Estimado Alkibla. Gracias por el matiz a la reseña sobre la novela de Jane Austen, que es de lo más enriquecedor. En efecto, así planteo yo la cuestión, pero no por eso es justo criticar a miss Austen por vivir feliz -más o menos- en su Arcadia inglesa. Soy consciente de que he abordado la obra desde un punto de vista que igual es original -eso espero- pero muy complicado porque, en definitiva, viene a reprochar a miss Austen que no haya hecho lo que, quizás, el crítico y el lector -en este caso la misma persona- quieren leer en su obra. Parece que todo lo que tiene que ver con “Orgullo y prejuicio” es tan difícil como necesario. Desde su lectura hoy día, a doscientos años vista, como el reseñarla para los lectores de, también, hoy día.
      Le agradezco, como siempre, sus elogios a mis excursiones literarias. Trato de hacer lo que puedo, sobre todo de contrarrestar una literatura histórica de sello español las más de las veces garbancera y sencillamente penosa.
      Yo estaría encantado de convertir “Alcolea” en una serie de novelas detectivescas al estilo de las de Nicolas Le Floch pero, en fin, ya sabe que los editores españoles son muy suyos. Si me consigue un volumen rentable de suscriptores o un editor honesto -en todos los sentidos- yo estaré encantado de seguir con la aventura. En caso contrario, primum vivere… por desgracia.

      • alkibla dijo:

        Lamento sobremanera no poder proporcionarle ni una cosa ni la otra, por lo que tendremos que conformarnos con sus publicaciones academicas y los contenidos de su magnifica pagina. En fin, un mes pasa mas brevemente de lo que parece. Estamos viviendo tiempos muy perros y creo que hay que agradecer los regalos recibidos, y su pagina se me antoja un esplendido regalo para los que quieran escapar de la imbecilidad imperante, al menos en lo que a cultura historica se refiere.
        Saludos

      • Ay, era de esperar, pero no se preocupe, estimado Alkibla. Se hará lo que se pueda, pero sólo, lamentablemente, lo que se pueda, dadas las precarias circunstancias actuales.

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  5. sitiojane dijo:

    Muchas gracias por informarme a través del Blog de Aniversario de O&P sobre esta reseña. Podía siempre admitir que lleva razón, pero en mi opinión, que es la mía, la prosa de Austen no es pesada y se lleva muy bien. También estoy de acuerdo con otros comentarios pero el mío lo quiero centrar sobre lo siguiente…Austen quería hablar de las 5 o 6 familias que formaban la trama central de la novela, reflejar un mundo de la sociedad bien, o gentry, de la que formaba parte y hacer un retrato costumbrista, no una novela sobre la actualidad histórica que vivían. Es como hacer una novela actual y no querer citar ninguna de las Guerras globales que sufrimos…es sólo una orientación/elección en la novela. Por otro lado, cuando se publica O&P, ya tenía casi 18 años….pues la había comenzado en 1795, si mal no recuerdo, por lo que, en este caso, la realidad había ido cambiando con el paso del tiempo. Por otro lado, yo opino que la elección de Austen era un tema personal…aunque Inglaterra no había sido invadida, sí conocía las noticias del continente y de hecho, tenía tres hermanos relacionados con el ejercito, y una familar que había huído de la época del terror francesa. Es sólo que no quería hablar de ello…eso sí, no la hace menos histórica, porque nos ofrece un fresco maravilloso de esa sociedad inglesa no invadida y los movimientos dentro de la misma.
    Gracias por el artículo y haberme descubierto este interesante blog.

    • Pues de nada. Coincido ciertamente en sus apreciaciones. Lo de la pesadez o no de la prosa de Austen es cosa de gustos, y de eso ya se sabe, desde los romanos, que no hay que discutir.
      Respecto a lo demás, estamos de acuerdo: Jane Austen no quiso reflejar, por diversas razones, una realidad que conocía bien y con eso, como yo decía en la reseña, nos ofrece la otra cara de esa realidad histórica minoritaria en su época pero no por minoritaria menos histórica.

  6. Muchas gracias por su reseña. Llegué hasta aquí buscando una reseña de este libro que acabo de leer, y que ciertamente me dejó la impresión de que se trataba de un libro sobrevalorado. Antes de leerlo, me lo recomendaron mucho, así que tenía muy altas expectativas. Quizá no estoy siendo justo, pero esperaba más de esta novela.

    Sin duda es un libro muy bien escrito, con personajes claramente identificables y una prosa ágil y fácil. Pero, precisamente conociendo los acontecimientos tan importantes que estaban ocurriendo en la Europa del momento histórico del libro, me sorprendió mucho no encontrar referencia alguna al conflicto bélico europeo. Me pareció inverosímil que mientras se desarrollaban las guerras napoleónicas pudieran darse situaciones como las que relata el libro y ese sentimiento siempre me incomodó a través de la lectura del mismo. No dejaba de pensar que todo estaba fuera de lugar. Y quizás eso me impidió disfrutar más de su lectura. Sentía que estaba leyendo algo falso o por lo menos “frívolo”.

    Su reseña es la única que he encontrado que aborda este tema, y agradezco las luces que me da sobre esta obra. Entiendo entonces, que era perfectamente posible que en ese momento histórico tan terrible, pudiera existir en Inglaterra “una burbuja de paz” dónde se presentaban este tipo de situaciones aún.

    Según su reseña, la obra transcurre en el año 1812. Yo tengo entendido que en realidad fue escrita hacia 1797, Sólo que fue publicada en 1813. Este dato me parece importante para ubicar la obra. La época de la Regencia en Inglaterra va desde 1811 a 1820, cuando el hijo del Rey Jorge III ejerció la monarquía en calidad de Regente, dado que su padre se había vuelto loco. Las novelas de la época de la Regencia suelen ser consideradas por los mismos ingleses como un período literario muy “swety”. Así, que al principio pensé que ésa era la razón de la aparente frivolidad de la novela. Pero cuando me enteré de que fue escrita mucho antes de la Regencia, me quedo con la idea de que la autora pudo haber escrito un libro mucho más interesante si hubiera descrito detalles del momento histórico.

    En fin, puede que las fronteras entre el período Georgiano y la Regencia sean bastante endebles, pero siempre he pensado en la época Georgiana como una época de mucho fausto y decadencia (María Antonieta, es quizá su mejor referente) y a la época de la Regencia como más romántica y más inclinada al gusto personal de Napoleón Bonaparte por todo lo que tenía que ver con el Imperio Romano (su arquitectura, vestidos, peinados, etc.)

    La obra, por la fecha en que parece ser escrita (1797) quedaría enmarcada durante el período Goergiano pero sus personajes “cazan” más con el período de la Regencia. Quizá ésa sea una muestra más de que el espíritu de la Regencia en realidad empezó mucho antes de que el Rey Jorge IV empezara a regir.

    A lo mejor estoy hilando demasiado fino, pero me gustan las novelas de época porque me encanta la historia y me parece una excelente forma de aprender cómo se vivía en diversos momentos históricos. Cuando me encuentro una novela tan recomendada pero que a mi juicio no encaja con el momento histórico, no puedo dejar de sentirme un poco decepcionado. Lo más probable es que sea yo el equivocado. O simplemente se trate de una decisión de la autora, de no inmiscuirse en temas políticos para evitar polémicas al momento de su publicación.

    • Estimado José Luis: agradecido quedo por sus elogios a la reseña que, por lo que me dice, es casi única en su género. ¡Abrumador sentimiento ese de la soledad del corredor de fondo!.
      En fin, bromas aparte, con respecto a miss Austen y sus idas y venidas editoriales le diré que adopté el criterio usual. Es decir, que la obra pudo ser concebida en 1797, como usted señala, pero todo el mundo la considera una obra de plena época Imperio o, como también señala, para los británicos “Regencia”. Véase las sucesivas portadas con las que se ha editado esta obra. Siempre hacen referencia a ese período. Es una convención muy extendida. Y creo que con razón. Sin duda miss Austen revisó el viejo manuscrito con ojos de 1812.
      En cualquier caso 1797 es un período igual de convulso que el de 1812. Los elementos habituales en 1812 ya están decantados en 1797. Desde la moda estilo clásico, hasta el enemigo contra el que se combate. Es decir, la Francia revolucionaria que ya ha empezado su deriva hacia el Imperio napoleónico.
      No supone una gran diferencia, a pesar de los años. De hecho, puede que en 1797 queden reminiscencias del período georgiano, pero en la práctica de París llegan las nuevas modas, las de los Increíbles y las Maravillosas, los sombreros de copa alta (dicen que estrenados con gran escándalo en Londres), los bicornios o de medio queso, los fracs, las botas de campana con la badana vuelta, los sombreros de capota o pétalo para ellas junto con el vestido de talle alto, los bolsos ridículos y las chaquetas Spencer, etc…
      Con respecto a la “burbuja de paz”, la Gran Bretaña de 1797 no estaba en mejor situación que la de 1812. Puede que incluso peor. Todo el continente arde y el joven Bonaparte les hace la guerra por doquier. Si no a ellos, sí a sus aliados austriacos. En Italia por ejemplo, donde se viene abajo la Primera Coalición contra la Francia revolucionaria, quedándose Gran Bretaña completamente sola ante el enemigo, abandonada por todos, empezando por España en 1795, que había sido un apoyo importante. Como se vio en la evacuación de realistas franceses en Tolón y en otras operaciones conjuntas de las que poco se sabe gracias a la pigmeización de la novela histórica en España, que parece incapaz de ir más allá de la batalla de Rocroi en 1643.
      En fin, tiene usted razón en esa sensación de desazón, de estar oliendo flores en el campo, mientras en el resto de Europa se reparte metralla y guerra. pero es un dato histórico interesante. Ese magnífico aislamiento británico. Al menos literario.
      Eso sí, hubiera sido muy de agradecer más conexión con la realidad por parte de miss Austen que, ciertamente, peca de atmósfera irreal muchas veces, a pesar de describir lugares y circunstancias fácilmente reconocibles desde la Historia.
      Le recomiendo, ya que estamos, la lectura de la reseña de “La novela antihistórica” de este mes de septiembre (la que aún tenemos colgada) para encontrar novelas del período napoleónico más realistas. “El memorial de Waterloo”, para mí, la mejor de todas. Como siempre material de importación (¡qué triste!), pero al menos es de un británico (o medio británico, por lo que se deduce de la obra) sincero.
      En contra de lo que suele ser habitual cuando hablan de este período, donde o se quedan en casa contemplando la campiña, como miss Austen, o ganan la guerra a Bonaparte ellos solos, como pasa en las novelas de Sharpe.
      Un saludo cordial.

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