La Transición intransitiva. Comentario sobre “Las leyes de la frontera” de Javier Cercas

“Maten a ese perro, que es un crítico”. Esa frase rotunda, ingeniosa, aplastante, podría ser, quizás, el mejor comienzo para una crítica a “Las leyes de la frontera“de Javier Cercas.

Seat Ritmo de la Policía Nacional, un clásico de la Transición usado para perseguir "bascas" de delincuentes como la del Zarco. Pieza de La colección Reding

Lo sería porque ante ese libro el crítico se pregunta quién narices le ha autorizado a él a ser crítico -¿Internet?, ¿un desmedido orgullo?, ¿el afán filantrópico de hacer mejores a sus semejantes?- y, lo que es peor, qué es lo que le lleva a meterse en aguas tan profundas y pantanosas como lo son, siempre, las de una obra que tiene como eje una época reciente, muy reciente -tanto que, más que Historia, es recuerdo personal- de un país próximo, muy próximo -tanto que es el del propio critico-, como ocurre en el caso de “Las leyes de la frontera”.

Así las cosas, no cuesta nada que el estado de ánimo del crítico ante ese reto sea, más o menos, el mismo de los que leyeron, como una novedad, aquello de “maten a ese perro, que es un crítico“ cuando la famosa frase fue puesta en circulación. Si hablar de novelas que tratan de épocas y países distintos y distantes de los del crítico es difícil, hacerlo de un libro lleno de materia tan delicada como “Las leyes de la frontera” ya puede resultar estomagante, deprimente, desmoralizador con sólo imaginar lo que van a decir algunos sobre una crítica a ese libro. Algo que, sin duda, puede superar ampliamente a lo que pueda decir el más fanático de los lectores fanáticos de algún que otro autor de best-sellers que ya se ha retratado en las páginas de comentarios de “La novela antihistórica”.

Eso es de temer que ocurra, pero también que a esa crítica sobrevenga un aún más temible silencio ominoso  a lo que se pueda decir sobre “Las leyes de la frontera” y en medio del cual el autor de la crítica ya puede ir imaginándose, si gusta, toda clase de represalias borrosas, anónimas, despeñadas desde ignotas altas esferas -ese “pequeño Madrid del poder” del que el propio Javier Cercas hablaba en una de sus obras anteriores- pero no por eso menos contundentes.

En definitiva, afrontar la tarea de hacer una crítica responsable -no mera publicidad encubierta disfrazada de crítica- y a fondo de “Las leyes de la frontera” puede resultar verdaderamente desmoralizador para el crítico que se siente como el perro del que hablaba aquella ingeniosa frase de “maten a ese perro, que es un crítico”.

Al final, lógicamente, pese a todo, se impone el criterio de que “La novela antihistórica”, por diversas razones, aún sigue teniendo razón de ser y, por tanto, debe seguir publicándose, sacando, puntualmente, su reseña mensual, que es la que le sirve de escaparate. De otro modo estas líneas, y las que les siguen, lógicamente no existirían.

Y puesto que las cosas son, o están, así vamos a intentar decir algo medianamente razonable y útil -para algunos miles de lectores- sobre lo útil y razonable que podría ser comprar y leer “Las leyes de la frontera”.

Ese libro no puede ocultar, desde sus primeras páginas, que es una criatura de ese Javier Cercas que se hizo famoso con “Soldados de Salamina” y se confirmó como autor famoso de Literatura -y Metaliteratura- con “Anatomía de un instante”. Aquella apasionante disección del golpe de estado del 23 de febrero que se convirtió, como “Soldados de Salamina”, en todo un best-seller.

Así es, “Las leyes de la frontera” es puro “territorio Cercas”. Estamos en esa novela, de nuevo, en la España que emerge de las cenizas de la guerra civil de 1936 a 1939. De hecho, con uno de sus penúltimos coletazos, los de aquellos días gloriosos del comienzo de lo que luego se llamó “Transición”. Concretamente el del esplendoroso verano de 1978 que, contado desde una perspectiva muy peculiar, pero también muy influyente en ese momento, constituye el eje en torno al cual gira el resto del libro.

Un "coche Z". Otro de los vehículos policiales de la Transición. Pieza de La colección Reding

Cercas podría haber elegido decenas de escenarios desde los que contar lo que fue aquella España. Sin embargo, ha elegido hacerlo desde la de un par de personajes de la clase media de aquella época -el policía Cuenca y el protagonista de toda la novela, Ignacio Cañas- y desde la de un grupo de quinquis, de esos delincuentes juveniles que -vamos a pensar que no por casualidad- se enseñorean de la opinión pública, y la calle, de la España que comienza con la andadura de lo que luego se dará en llamar “Transición”. Quinquis que responden al nombre de “el Zarco” -el jefe de la banda- y el Tío, el Drácula y otros -sus adláteres- a los que se une un jovencísimo Ignacio Cañas, que, años después, se convertirá en un respetable miembro de la burguesía de Gerona que, como muchas otras de toda España, se consolidará con esa Transición a medida que vayan pasando los años desde 1978.

¿Era esa la mejor opción?. ¿Mejor que, por ejemplo, hacer que el narrador de “Las leyes de la frontera” fuera un militar que hizo la guerra con Franco y vivió a su sombra, odiada, temida y amada durante los cuarenta años que acaban en 1976?.¿O mejor que la de un político que vuelve a la nueva España de la Transición desde el exilio?. ¿O mejor que la de un político criado por el régimen pero que en 1978 es de los que aspira a desterrarlo, transformarlo, tal vez destruirlo del todo?.

Quizás esas sean preguntas sin respuesta puesto que hablamos de Literatura en estado casi puro, a sólo un paso por detrás de lo que pudimos leer en “Anatomía de un instante”, y, por lo tanto, entramos en el terreno del “todo vale” siempre y cuando el autor sea capaz de sacar de esas intenciones una historia -que no Historia- legible, coherente y, sobre todo, que tenga el favor del público que ya ha conquistado con obras anteriores.

Lo cierto es que, finalmente, Cercas ha elegido contar la Transición gracias a esos personajes -el policía, el chico de clase media, los quinquis- y sus avatares durante aquel cálido verano de 1978 en el que en poco tiempo muchos de los que lo vivieron, desde perspectivas muy distintas a las de los personajes de “Las leyes de la frontera”, tuvieron -de hecho, tuvimos– la sensación de que la Historia se aceleraba, de que pasaban cosas inusitadas, grandiosas, brillantes por comparación con la pesada niebla gris marengo del Franquismo que empezaba a desmoronarse tras la muerte física, que no espiritual, de su creador.

Así, a través de esos personajes, Cercas habla de una España desarrollada pero que aún lleva pegada a sus espaldas bolsas de miseria propias de toda sociedad capitalista y más aún de una sociedad capitalista tan peculiar como lo fue la del último Franquismo, en el que se intenta hacer de España un país homologable con el resto de sus congéneres europeos. En todo, salvo en el régimen de libertades políticas, tan necesario para poner coto a desmanes tan visibles como la emigración campo-ciudad descontrolada que acaba haciéndose miseria urbana en “ghettos” como los albergues provisionales de Gerona -esos que juegan un papel tan importante en “Las leyes de la frontera”-, o la corrupción económica y política que da lugar a otra clase de desmanes que son los que, en definitiva, empujan al Ignacio Cañas adolescente de dieciséis años a cruzar esa frontera que da nombre a la novela. La que separa la clase media de la clase baja, el relativo bienestar de los que han sabido callar y otorgar durante el Franquismo a cambio de cierto status de la miseria de los perdedores de todas las batallas que se luchan en España entre la ofensiva del Ebro y la muerte del dictador.

Así es como Cercas crea los personajes y el escenario a través del cual nos explica qué le ha pasado a España en el período histórico que va desde los comienzos de la democracia hasta la actualidad.

Lo cierto es que con unos y otros personajes Cercas da una lección de Historia del tiempo presente -así es como se conoce técnicamente ese lapso cronológico entre los historiadores- verdaderamente interesante aunque no magistral por las razones que se explicarán después.

En efecto, Javier Cercas nos cuenta por el camino que ha elegido la Historia de una España llena de bandas de delincuentes juveniles que se autodenominan con la palabra -hoy ya desaparecida, pero en aquella época omnipresente- de “basca”. Se trata de gente que vive en las áreas marginales de esa España que va prosperando desde los años setenta, consolidando la misma clase media hoy amenazada por la Gran Depresión de 2007. Gente que vive, como se decía en alguna de las películas que trataron de inmortalizarlos -y a las que Cercas da un buen revolcón en las páginas de su novela- “deprisa, deprisa”. Delincuentes motorizados y audaces, que viven frenéticamente su venganza contra la sociedad que los tienta pero no les da los medios adecuados para conseguir esas tentaciones tan necesarias, al parecer tan imprescindibles (coches, chalés, equipos de música, televisores…), gente que nada tiene que perder y por lo tanto viven  cada día de acuerdo al manido tópico de “como si fuera el último de sus vidas”.

Europa entera, no sólo la España de la Transición, se convulsiona durante la década de los setenta. Caricatura publicada por "Le Crapouillot" en junio de 1974, aludiendo a la manipulación del voto femenino por algunos candidatos. Ejemplar de La colección Reding

Una plaga de desorden, de caos, de delincuencia generalizada, a ras de calle, que aprovecha el desbarajuste habitual en todo interregno -en este caso entre, como dice la propia contraportada de “Las leyes de la frontera”, una dictadura que no acaba de morir y una democracia que no acaba de nacer- para desarrollarse y a la que persigue un  nuevo tipo de policía, más profesional -más “europeo” si se quiere- como el inspector Cuenca, que en los momentos iniciales de la novela es tan sólo un joven extremeño que, como muchos otros de esa procedencia -al menos en aquella época-, ha buscado una salida profesional que le permita prosperar sacándose unas oposiciones a la Policía.

Esa misma Policía que, tal y como nos lo cuenta el propio inspector Cuenca años después, lentamente empieza a purgarse de su pasado de simple línea de contención que protege a la Dictadura de sus propios súbditos y a consolidarse como un cuerpo profesional no muy distinto a los de las series norteamericanas “de policías” que hacen furor en aquellos años en los que transcurre la historia del Zarco y su banda, o “basca”, para ser precisos con el lenguaje histórico.

Cercas no escatima detalles a la hora de contarnos lo que fue aquello. Tenemos así referencias a discotecas llenas de bolas de espejos brillantes -hoy puro “vintage”- e imitadores de John Travolta en su inefable papel de Tony Manero en “Fiebre del sábado noche”. Unos antros, como “Rufus”, de los que casi se puede oír emerger la voz en falsete de los Bee Gees y otros ídolos de la música disco que marcará la vida de algunos de los protagonistas de “Las leyes de la frontera”.

No falta tampoco, como no podía ser menos, una constante referencia a la serie de televisión “La frontera azul” que, como explican algunos de los personajes principales de “Las leyes de la frontera” -el Zarco, Ignacio Cañas, Tere…- es la que da título a la novela, a esas “leyes de la frontera” que el joven Cañas romperá y transgredirá en muchos sentidos.

Como Cercas explica  por boca de un ya maduro Ignacio Cañas, convertido en abogado penalista de éxito tras su breve etapa de delincuente juvenil en el verano de 1978, se trata de una serie ambientada en la China feudal donde un grupo de hombres justos se ven obligados a convertirse en proscritos a causa de los desmanes del valido del emperador, que ha corrompido totalmente las instituciones y el gobierno del Imperio Chino, y que, en efecto, arrasó entre los jóvenes y no tan jóvenes de aquellas fechas, que devoraban todo lo que ofrecían los dos únicos canales de televisión disponibles.

Cañas, que se ve sometido a una situación similar a la del protagonista de “La frontera azul”, el antiguo oficial de la Guardia Imperial Lin Chung, traicionado y falsamente acusado -que debe cruzar la frontera azul, la del río que separa a la sociedad civilizada, pero corrompida, de los héroes del Liang Shang Po-, describirá esa serie con todo lujo de detalles así como el impacto social que tuvo en aquellas fechas.

Con esos elementos y otros menores -los modelos de coche ya desaparecidos, los asaltos contra entidades bancarias, los “palos” a casas de particulares y negocios, los tirones a bolsos (en el argot de la época “tanque”, como bien explica Cercas)…- el autor nos explica más que regularmente qué fue la España de la Transición y de dónde salieron personajes como el Zarco, Tere, el brillante abogado Ignacio Cañas, el maduro y profesional inspector Cuenca, la rastrera mujer del Zarco, convertida en estrella de los reality-shows propios de la España de estos últimos diez años y ese largo etcétera que da forma a esa Historia del tiempo presente de la que los hoy día vivos hemos sido protagonistas o, cuando menos, testigos.

Eso, por sí solo, ya es todo un buen motivo para leer “Las leyes de la frontera”. A condición, sin embargo, de ser conscientes de que en esta novela Cercas ha sido menos preciso de lo que lo fue en “Soldados de Salamina” o en ese exhaustivo experimento entre novela y libro de Historia que se tituló “Anatomía de un instante”.

En efecto, Cercas se ha dejado unas cuantas cosas en el tintero. Cosas sobre esa época que venía a cuento contar en “Las leyes de la frontera”. Como, por ejemplo, que junto a series como “La frontera azul” hubo muchas otras que alcanzaron igual predicamento en aquella  época y lugar y que, con ese éxito, hablan de otra España  común y corriente pero a años luz de la atormentada historia de Ignacio Cañas con la basca del Zarco. Series que iban desde las “de policías” -casi innumerables: “Las calles de San Francisco” con un jovencísimo Michael Douglas, “McCloud” que popularizó el chaquetón de piel vuelta y forro de borrego que hizo furor en esos años, “Kojak” que dará lugar a un espectacular chupachups con chicle incorporado, “Baretta“, “McMillan y esposa”, el inefable “Colombo”, “Banacek”, “Starsky y Hutch”, “Los hombres de Harrelson” o “Los ángeles de Charlie”, que influyó sobre el estilo de vestir (y sobre todo de peinar) de miles de españolas de trece a cuarenta años-, las de corte histórico como “Curro Jiménez“ y “Yo, Claudio” y unas cuantas más que, como digo, hablan de una realidad paralela a la que Cercas ha revivido apropiándose, como eje, de “La frontera azul”.

Serie tomada muy en serio por el autor de la que, sin embargo, también podría haber dicho más cosas. Por ejemplo sobre el trasfondo histórico y literario del que surgió en su día la idea para esa serie, extraída de hechos verídicos de la China feudal bien explicados en libros muy asequibles para personajes como Ignacio Cañas -“La muerte de la mujer Wang”, por ejemplo-, o que no todos en aquella España de 1978 se la tomaban tan en serio, pues a partir del nombre del héroe central del Liang Shang Po, Lin Chung, se acotó una jocosa expresión bastante popular en aquellos años -me cuesta creer que Cercas no la oyera alguna vez-, que venía a resumirse en decir de alguien que no era Lin Chung -se pronunciaba siempre, o casi siempre, “Linchu”- sino “Chu lin” (de chulo, se entiende).

También se le ha quedado en el tintero a Cercas el verdadero cine de pandilleros sobre figuras de las que el Zarco es un trasunto. Caso de, aparte de la ya mencionada “Deprisa, deprisa” de Carlos Saura, las sagas sobre el Torete o el Vaquilla, que además sirven para lanzar el último modelo de Seat de la época, el por entonces ultramoderno “Ritmo”. Un cine inspirado, por otra parte, además de en hechos reales de la época, en películas exportadas desde Estados Unidos. Concretamente la atrabiliaria -y hoy patética- “The Warriors”.

Otro ejemplo de las convulsiones sociales y políticas de la Europa de los setenta. La revista "Satirix" convertida en pancarta de la que huye un policía antidisturbios. La colección Reding

Y es un matiz importante, porque ese cine verdadero, real, no disimulado tras nombres imaginarios como los del Zarco y Bermúdez -el supuesto director de las películas sobre la vida del Zarco- tuvo un impacto social grandioso en aquella España de la Transición. Hasta el punto de inspirar un curioso fenómeno de mimetismo social que inspiró a muchas pandillas de macarras de todo pelaje, que iban desde verdaderos desesperados que nada tenían que perder -como el Zarco-, hasta niños de clase media que querían darse una vuelta por el lado salvaje -como el propio Cañas- para hacerse respetar en ese río revuelto, o pijos sin media hostia -como se describe al Batista que atormenta a Cañas hasta empujarle al otro lado de su particular frontera azul-. Estos últimos, en realidad, producto de una clase social que se ve amenazada -la de los vencedores de la guerra civil de 1936 a 1939- y vuelve a expresarse, casi intuitivamente, por medio de la violencia -puesta al día con ejemplos como el de “The Warriors”- que otrora les aseguró el control social del país, induciendo por medio de ella el caos contra una autoridad pública que no terminan de ver como legítima, tras la muerte del dictador que todo lo justificaba para ellos, aferrados a esa curiosa forma de ver las cosas que el sociólogo Juan J. Linz describió en su día como “Franquismo sociológico”.

También falta en “Las leyes de la frontera” un final más rotundo, distinto a ese en el que el autor parece no atreverse a reconocer que la Transición quizás tuvo menos éxito del que él le concedía, por ejemplo, en “Anatomía de un instante”, que es la conclusión a la que parece llegar Cañas cuando el mito del Zarco se le cae definitivamente años después, cuando ya es sólo un muñeco roto, un anciano de cuarenta años devorado por el SIDA y la heroína y una realidad despiadada, y su amor del verano de 1978, Tere, otra de las quinquis de la banda del Zarco, también se convierte en ceniza entre sus dedos.

Esos hechos, que quedan en “Las leyes de la frontera” sin explicación cuando uno de los narradores, el director de la cárcel en la que el Zarco pasa sus últimos días, los despacha con un rotundo “no lo sé” por toda respuesta a la pregunta de si la Historia podía haber sido distinta, tienen realmente una explicación que Cañas perfectamente podría haber dado en las páginas finales de “Las leyes de la frontera”, señalando que el modelo político que se impone a todo Occidente a partir de 1978, el del neoconservadurismo concrecionado en Ronald Reagan y Margaret Thatcher, es el que creó esa realidad que devora y destruye al Zarco y a muchos de los que le han rodeado en aquel verano de 1978 y da lugar a la vida inauténtica e insulsa -a pesar de segura en lo material- que Cañas más que vivir sufre hasta la última página de “Las leyes de la frontera”.

Unos puntos olvidados en esa novela pero, como decía, importantes, con los que quizás tengamos mejor suerte en la próxima novela -o híbrido como “Anatomía de un instante”- que salga de manos de Javier Cercas.

El Talbot Horizon, otro de los vehículos de la Policía de la Transción. Pieza de La colección Reding

Una espera que podemos entretener con “Las leyes de la frontera” siempre que se tenga en cuenta lo que no cuenta esa novela que, pese a olvidos como esos, sirve para aprender algo sobre nuestra Historia del tiempo presente, que es la que aún, lo creamos o no, seguimos viviendo en estos días oscuros producto de lo peor que se incubó en aquellos otros.

 

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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4 respuestas a La Transición intransitiva. Comentario sobre “Las leyes de la frontera” de Javier Cercas

  1. alkibla dijo:

    Esos mecanismos causales que nos llevan inexorablemente a una catarsis como sociedad que ignora perezosamente a Abel Martin y Juan de Mairena, el bienintencionado krausismo, hasta el punto que empieza a resonar la palabra “regeneración” ( “ya se oyen palabras viejas: pues aguzad las orejas). Me temo que tendremos que curarnos de esa roña espiritual denominada “venerables tradiciones”.

    • Estimado Andrés, tenemos un problema de digestión de nuestra propia Historia y nada de raro tiene que se refleje constantemente en todo lo que alcanza gran difusión pública. Como puede ser el caso de las novelas de Javier Cercas que dicen pero a veces no dicen o cuentan pero a veces no cuentan o no cuentan todo lo que deberían contar no para que se produzca un cataclismo institucional, político y sociológico en España sino precisamente para evitarlo y que podamos vivir, tanto como sea posible, un poco más en paz con nosotros mismos.

  2. alkibla dijo:

    Quizá el Canon idiota y la pleyade revertiana se deban a los frustrados (delictivamente) intentos de modernizar a la sociedad española, que arrancan en 1812 con la Constitución de Cadiz por parte de autenticos heroes como Torrijos y otros, que siempre acabaron en exilio o ejecución, empezando por los mal llamados “afrancesados”, liberales, republicanos, federalistas, anarquistas y todos aquellos malquistos por la iglesia y la aristocracia en un siglo XIX profundamente reaccionario, y que tuvo su colofón en la ordalia de sangre y mugre del golpe de Mola, Sanjurjo y Franco (!que trinidad ¡).La politica de exterminio de personas e ideas practicada por Franco durante y despues de la guerra nos ha envilecido y despojado de la flor y la nata de unas vanguardias que no hemos podido recobrar. Y por eso existe un odio larvado y un desprecio manifiesto por la Historia en general y nuestra historia en particular. Como decia Cánovas del Castillo (creo, pudiera ser otro)” la historia de España es como la morcilla: esta hecha de sangre y repite”.

  3. No anda descaminado ese análisis. Sólo discrepo en lo de “los mal llamados afrancesados”. Están demasiado bien considerados. La mayor parte de ellos eran, documentos en mano, acomodaticios y aprovechados que se arrimaron a la fuerza bruta napoleónica por puro interés personal. Muy pocos de ellos eran esos reformistas ilustrados que querian algo mejor para el país con los que se les ha querdo identificar (por ejemplo en “El húsar”). Empezando por José I, del que se ha dicho que hubiera sido mejor rey que Fernando VII. La realidad es que hubiera sido igual que Fernando VII. De hecho, lo demostró llegando a España con una mano delante y otra detrás y saliendo del país convertido en un millonario que murió en un exilio dorado en Estados Unidos, en Filadelfia. ¿Era ese el rey que iba a ser mejor que Fernando VII?. Resulta difícil de creer dado ese curriculum. Los verdaderos patriotas que querían el progreso del país, la Constitución, la Libertad, que los españoles fueran justos y benéficos… esos estaban todos en las juntas de defensa, luchando para acabar con lo que ellos veían -con acierto- como una depredadora dictadura militar que había traicionado la revolución de 1789 y había invadido a traición España en 1808 entrando como supuesto aliado.

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