Lo malo y lo bueno de un best-seller. Algunas ideas y opiniones sobre “El invierno del Mundo” de Ken Follett

Ken Follett es, sin duda, un autor, aparte de leído, querido. Quizás son su ausencia de divismo, su discreción, su accesibilidad, las características personales que le han conseguido esa deseable situación, que hace de él un hombre que, en fin, cae simpático. Tanto si está respondiendo a una entrevista promocional, aguantando alguna bofetada mediática de otros autores best-sellers más antipáticos, que no tienen reparo en afirmar que son mejores que él en entrevistas similares -caso del autor reseñado en esta misma página el mes pasado-, como tocando con su grupo de jazz o dando cobertura al proyecto de recuperación y puesta en valor de la catedral de Vitoria.

Todo eso, sin duda, hace más difícil decir nada malo de alguna de sus obras, que, como ya viene siendo habitual desde “Los pilares de la Tierra”, arrasan en las listas de libros más vendidos.

Sin embargo cuando se asume la obligación de hacer crítica en serio -y no de tipo promocional, tan habitual en las publicaciones clásicas sobre libros- no queda más remedio que actuar según la famosa frase de los juicios anglosajones a la que nos ha acostumbrado, naturalmente, Hollywood. Esto es: decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

¿Qué significa eso en el caso de “El invierno del Mundo” para “La novela antihistórica”?. Empecemos respondiendo esa pregunta por el lado negativo de esa novela.

Decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad sobre los fallos que hay en “El invierno del Mundo” implica decir que es una novela cargada de una extrema simpleza.

La trama es simple, a pesar de los constantes cambios de escenarios -Buffalo (estado de Nueva York), Londres, Berlín, Moscú…-, todo parece una sucesión de rápidos cambios de decorados muy simples, casi planos, como las imágenes que se usaban antes en las escuelas para enseñar a los niños aspectos básicos de la Historia o de la vida cotidiana.

Los personajes, pese a evidentes esfuerzos, son también muy simples. De hecho, casi podrían intercambiarse entre ellos. Resulta difícil distinguir, salvo por dos o tres detalles, a, por ejemplo, Carla Von Ulrich de Daisy Peshkov, o al hermanastro de esta última, Greg Peshkov, de su primo lejano, el coronel de los Servicios Secretos del Ejército Rojo, Volodia Peshkov.

Todos los personajes positivos de la novela son así: una especie de adolescentes llenos de buena voluntad, de ilusiones, de proyectos y de sanas ambiciones. Ya sea el triunfo del Estado del Bienestar en la Gran Bretaña de la segunda posguerra mundial, o el fin del terror stalinista sobre la URSS para dar paso a un verdadero socialismo revolucionario y, después de todo, democrático y no basado en la opresión, la abyecta sumisión  y el terror casi cotidiano.

 

Ni siquiera sus disquisiciones freudianas sobre el sexo -especialmente visibles en Daisy Peshkov- en los abundantes -y muy explícitos, casi pornográficos- interludios sexuales que llenan las páginas de “El invierno del Mundo” -que seguramente han ayudado mucho a mantener esa novela entre la los libros más vendidos-, hacen de estos personajes nada más complejo.

Con los “malos” de esta segunda parte de la trilogía de “The century” ocurre lo mismo. Es fácil confundirlos unos con otros, ya sean el miserable policía nazi Macke, el repugnante Ilia Dvorkin, acólito del no menos repugnante coronel Brobov -ambos tornillos bien engrasados de la maquinaria represiva stalinista, como lo demuestran especialmente en la Guerra Civil española, purgando las propias filas republicanas- o el patético capitán de la Armada estadounidense Gus Vandermeier, incapaz de afrontar unos problemas sexuales que acaban haciendo de él un monstruo y amargando -literalmente- la vida de otros dos personajes de los “buenos” de “El invierno del Mundo” a causa de esas abismales contradicciones personales.

Todos ellos son villanos como de película muda, a los que no cuesta imaginarse frotándose las manos bajo una chistera negra, encasquetada sobre un rostro vil y dotado de largos bigotes encerados para mejor poder ser retorcidos mientras se ata a la heroína a las vías del tren y se espera a que pase el convoy que la haga papilla.

Hay muy pocas excepciones en ese cuadro general de personajes tan planos que casi parecen los actores de una obra de teatro montada por aficionados voluntariosos, capaces sólo de repetir correctamente un papel que se han aprendido de memoria.

Ese sería el caso de Maud Von Ulrich, la aristócrata galesa casada desde la primera parte de esta trilogía follettiana con un noble alemán, Walter Von Ulrich, ganado para las ideas socialdemócratas, y que, de hecho, ejerce de diputado de esa formación al comienzo de “El invierno del Mundo” hasta que los nazis logran hacerse totalmente con el control de Alemania a partir de 1933.

La voz literaria con la que Follett ha dotado a Maud Von Ulrich hace de ella un personaje característico, bien definido, que se distingue del resto, especialmente en los años de la Segunda Guerra Mundial, que, en gran parte a través de ella, Follett nos describe en aspectos tan poco conocidos por un público no especializado en ese tema como la dura situación que viven los alemanes que se han quedado a retaguardia de los supuestamente gloriosos ejércitos del Tercer Reich. Una hecha de hambre, racionamiento, temor a la policía secreta del propio gobierno y de pequeños actos de resistencia, que van desde el reparto de panfletos hasta el espionaje para, principalmente, los soviéticos. Follett hace en ese punto, en efecto, una descripción, de hecho, mucho más realista que la que podemos leer en otras novelas sobre la época con más pretensiones. Como “Praga Mortal”, de la que ya se ocupó “La novela antihistórica” en julio de 2012.

El romance fallido de Maud Von Ulrich con el joven capitán Joachim Koch no hace sino reforzar esa impresión, dando además entrada a otro personaje mucho más cincelado, a pesar de su carácter extremadamente ingenuo, -el citado capitán Koch-, que, al igual que Maud Von Ulrich -o Lev Peshkov, o el propio Stalín, magníficamente retratado en toda su miseria en apenas el par de breves intervenciones que se le conceden en la novela-, logra destacarse por encima de ese elenco de personajes planos y mecánicos que nos cuentan nuestra Historia reciente. Desde el ascenso del Nazismo en Alemania, hasta los comienzos de la Guerra Fría en la Europa posterior a 1945, pasando por la campaña del Pacífico contra los japoneses, la creación de las primeras armas atómicas, la Guerra Civil española y la derrota alemana en Rusia.

Por lo demás, salvo excepciones como Maud Von Ulrich o Joachim Koch, esos narradores que Follett maneja sobre ese escenario tan vasto, no son sólo intercambiables entre sí sino con personajes de otras novelas del autor. Esa es la impresión que queda, por ejemplo, con Lloyd Williams, el joven de clase obrera que, junto con Daisy Peshkov, se lleva la mayor parte del protagonismo en esta novela coral.

Resulta difícil, pese a las barreras del tiempo, no identificarlo con una réplica casi exacta de Malachy McAsh, otro minero -escocés en este caso- que protagoniza otra de las novelas de Follett quizás menos conocidas: “Un lugar llamado Libertad”, que describe, fundamentalmente, la aventura personal de un muchacho que no se resigna a su suerte en la Escocia de finales del siglo XVIII y trata de escapar a un destino nada halagüeño -el que le han reservado los propietarios de las minas y otros medios de producción- intentando una aventura en las colonias americanas que comienza de un modo un tanto abrupto, bastante habitual, por otra parte, en la Gran Bretaña de esa época, en la que los reclutados para poblar las colonias británicas en Norteamérica no eran, precisamente, personal voluntario y que verá culminar sus expectativas, al menos en parte, merced al triunfo de la revolución de esas colonias, que pasan a convertirse en los Estados Unidos en  el año1783. Una independencia real, no sólo consignada sobre un solemne pedazo de papel, conseguida con la inestimable ayuda de los enemigos jurados del rey de Gran Bretaña: Luis XV de Borbón y Carlos III de Borbón, reyes, respectivamente de Francia y de España.

Bien, esto es, sin duda, lo malo de “El invierno del Mundo”, ese exceso de personajes excesivamente “naifs”, demasiado planos, como fabricados en serie para llenar las páginas de una novela que, ante todo, parece querer ser un best-seller.

Lo bueno, para decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, es el resto de esas más de 900 páginas que se leen sin apenas dificultad -acaso por esa misma simplicidad-, permitiendo así a un público que, quizás, no tenga tiempo para otra cosa aprender, de un tirón, unas cuantas cosas sobre acontecimientos que han creado el mundo tal y como lo hemos conocido al menos hasta la Gran Depresión de 2007.

De hecho, Follett no sólo explica los acontecimientos que nos han llevado hasta ese mundo que ahora parece en estado de descomposición, sino que nos muestra en “El invierno del Mundo” claves históricas que aún siguen actuando a fecha de hoy y lo hace desde una impagable perspectiva -más a la izquierda que a la derecha del espectro ideológico- no demasiado común en los medios de comunicación convencionales y masivos. Una postura que podrá ser discutible desde el punto de vista de los enemigos políticos de esa ideología, pero que desde la perspectiva histórica sólo puede considerarse como un acierto que contribuye a hacer un retrato mucho más ajustado de porqué las cosas han resultado como han resultado y que ofrece, además, una saludable advertencia sobre los peligros de una avaricia y una estupidez reconcentradas.

La catedral de San Pablo de Londres durante el "Blitz" aleman. Imagen uublicada en la revista de propaganda nazi "Signal", número 2º de febrero de 1941. Ejemplar de La colección Reding

Las mismas que hace setenta años provocan acontecimientos como la Guerra Civil española o la Segunda Guerra Mundial, a causa, en gran medida, de líderes de la llamada “derecha civilizada”. Como el mismo Winston Churchill, al que Follett no duda en desmitificar, mostrándolo, más allá de su papel heroico durante la Segunda Guerra Mundial, como un hombre ruin, incapaz de soportar medidas de igualación social que mermasen los privilegios de la casta aristocrática a la que él pertenecía y que, como oportunamente recuerda Follett, les lleva -a él y a otros como él- a coquetear tanto con el autoritarismo del cuño de los generales rebeldes españoles, como con el Fascismo más descarnado. Ese que en Gran Bretaña representa -a la perfección- el partido de sir Oswald Mosley, al que Follett da un destacado papel en su novela, desmontando así otra imagen plana sobre la Gran Bretaña de la preguerra mundial como un lugar donde todo estaba predestinado para salvar a Europa del Fascismo por medio de la epopeya de la Segunda Guerra Mundial.

Algo que se desmiente tanto por la actitud de los conservadores británicos ante la sublevación filofascista de parte del ejército español en 1936, como por episodios como los que protagonizan en Londres los fascistas de Mosley, que aparecen infiltrados entre una de las policías con mejor fama del Mundo, los característicos “bobbies” británicos que en “El invierno del Mundo” recuperan sus verdaderas dimensiones históricas. Es decir, las de una fuerza de represión, una “delgada línea azul”, destinada, sobre todo, a defender privilegios de clase, incluso sacando a pasear la mano en comisarías londinenses de las que miembros de la clase obrera -y otros elementos de cierta “peligrosidad social” para la casta “torie” a la que pertenecen personajes con buena fama histórica como Winston Churchill- salen de ellas con algunos dientes de menos o con algunos golpes de más. Incluso con ambas cosas a la vez.

Un legado histórico rigurosamente cierto aunque menos conocido, salvo para los lectores de libros de Historia como los de Hugh Thomas y Gabriel Jackson sobre la Guerra Civil española o visitantes del Museo Imperial de la  Guerra de Londres, donde se puede ver toda una sección dedicada a la parafernalia fascista de Oswald Mosley -camisas negras, correajes, brazaletes idénticos a los nazis salvo por el rayo negro que reemplaza a la svástica…- que con tanta fuerza aparece en muchas páginas de “El invierno del Mundo”.

Una fea, pero cierta, cara de la Inglaterra de los años 30 a través de la que Follett nos señala un hecho histórico básico completamente desdibujado por cientos de películas y series de televisión donde Gran Bretaña -y los anglosajones en general- salvan al Mundo del Fascismo: que potencias como Gran Bretaña sólo llegan a enfrentarse con el Nazismo porque éste se convierte en un rival por el dominio de Europa y del resto del Mundo más que por cuestiones ideológicas de fondo. Una postura que Churchill -con su habitual falta de tacto- resumió diciendo en alguna ocasión durante aquellos oscuros años treinta que si él fuera italiano no dudaría en hacerse fascista…

De hecho, a ese respecto “El invierno del Mundo” está cargado de más sutileza de la que se podría esperar de una novela nacida, además, con vocación de best-seller. En ese aspecto Follett huye de lo plano, casi al contrario de lo que ocurre con la mayoría de los personajes que narran esa Historia atroz de la que hemos emergido nosotros, nuestro mundo actual.

Así, por ejemplo, da también entrada en su obra a los debates en torno a las razones económicas profundas que llevan a  los japoneses a buscar tanto la alianza con los fascismos europeos, como el enfrentamiento abierto contra Gran Bretaña y Estados Unidos: sencillamente lo hace porque le disputan un área imperial, imprescindible para poder seguir existiendo económicamente.

Algo que Follett, por supuesto, hace sin retractarse un ápice sobre el carácter eminentemente perverso del militarismo japonés, al que compara con el Franquismo por boca de uno de los personajes que debaten sobre las razones por las que Japón parece abocado a un enfrentamiento inevitable con Estados Unidos.

Un ejercicio de sutileza -y de honestidad intelectual, no muy habitual en el mundo de la Literatura- a la hora de hacer una descripción densa de los hechos históricos que han determinado nuestra realidad, que Follett no duda incluso en volver, hacia el final de la novela, contra sus propias filas ideológicas, las del Laborismo británico, entre las que busca personajes que no tienen reparo en hacer buenas las peores mentiras propagandísticas de “tories” como Winston Churchill. Es el caso del tío de Lloyd Williams, capaz de destruir unos jardines que han sido de uso prácticamente público sólo por una suerte de venganza  personal contra los Fitzherbert, dueños de las minas donde él se convierte en un furibundo sindicalista. Billy Williams, en efecto, no duda en destrozar en toda su belleza y utilidad pública esos jardines tan sólo para que los Fitzherbert saboreen la sensación de tener bajo sus ventanas una montaña de desechos de carbón similar a la que él ha tenido que soportar durante toda su vida.

Una saludable reflexión que, por sí sola y junto a otras muchas similares, ya hace que la lectura de “El invierno del Mundo” no sea tiempo perdido.

Sólo es de lamentar a ese respecto, y de cara al público español, que esa  novela no haya ahondado igualmente en el papel de los exiliados de la guerra civil en la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que Follett ha manejado con habilidad el papel que España juega en ese conflicto. Es decir, el de servir de antesala y campo de pruebas de lo que ocurre entre 1939 y 1945 en el resto del Mundo.

Ese viaje a nuestro pasado queda notoriamente incompleto. Prácticamente se desvanece desde el momento en el que estalla la guerra mundial, como si nunca hubiera existido -pese a todo lo que Lloyd Williams y otros pro-republicanos británicos viven en el frente de Aragón, incluidas las purgas stalinistas en esa zona-, quedando reducido a la presencia de un par de personajes que colaboran en una de las redes de evasión a través de los Pirineos de soldados aliados y otros fugitivos del Nazismo: Teresa, una bella maestra española que Lloyd conoce en el frente de Aragón actuando como alfabetizadora de la considerable masa de analfabetos que luchaban -con toda la lógica del Mundo- del lado republicano, y un capitán británico de ascendencia española, apellidado Silva, que sirve en esas filas, pero al que Follett apenas concede unas líneas.

De ese modo, a pesar de que “El invierno del Mundo” mejora lo que hacen a ese importante respecto obras como “El tango de la Guardia Vieja” que reseñábamos el mes pasado en esta misma página, Follett se queda a mitad de camino para el público de habla española en esa labor de recuperación de lo que realmente fueron los acontecimientos de los primeros cincuenta años del siglo XX que han determinado nuestra situación actual, (seamos o no conscientes de ese proceso histórico). No hay, pues, en “El invierno del Mundo” referencias a españoles desembarcando en las playas de Normandia, ni liberando París, calle a calle, con la División Leclerc, ni tomando en Berchtesgaden la última fortaleza del Nazismo. Cosas todas ellas que realmente ocurrieron por más que apenas se haya hablado de ellas en best-sellers como “El invierno del Mundo” o “El tango de la Guardia Vieja”.

Sólo queda esperar que, tal vez, en la tercera parte de “The Century” se remedie esa condena de una gran parte de la Historia reciente de España a los rincones oscuros de la Memoria en los que ha estado demasiado tiempo. Un reproche que, por otra parte, debe tomarse sólo como una advertencia a los posibles lectores de “El invierno del Mundo”, pero no como una invitación a no leer este best-seller que, a pesar de detalles así, puede hacer mucho para mejorar los conocimientos de los que se decidan a leerlo.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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18 respuestas a Lo malo y lo bueno de un best-seller. Algunas ideas y opiniones sobre “El invierno del Mundo” de Ken Follett

  1. Sísifo dijo:

    Tentadora descripción de la Gran Bretaña de los años 30 que me incita a buscar un hueco para leerla.
    Gracias por los comentarios.

    • Gracias de nada Sísifo. Ánimo. No es la panacea, tiene aspectos muy flojos, pero es mejor leer “El invierno del Mundo” que no leer nada en absoluto sobre aquella Europa que es donde se edifican los cimientos de la nuestra.

  2. Solo queria decir que soy nuevo en esto de crear paginas web y
    despues de ver la tuya me he sentido con mas motivacion para seguir
    adelante.

  3. alkibla dijo:

    Compré el primer tomo de la trilogía del siglo XX de Follett, pero me pareció tan plana que me quitó el deseo de seguir adquiriendo los siguientes, pues aunque no conozco la historia tanto como quisiera, no me aportaba nada que no conociera ya. Cuando rebajen el precio de la segunda entrega quizá lo compre.

    • Bueno no está mal, ¿eh?. No es la panacea pero aporta cosas, puntos de vista innovadores -lo de la Inglaterra fascista, por ejemplo- pero, sí, es como para pensarse si merece la pena pagar 24 euros por el libro.

      • alkibla dijo:

        Sobre ese tema, la pelicula “lo que queda del dia” da una pincelada como una pequeña excusa de tipo ” que se le va a hacer, incluso entre nosotros hay tipos de estos”, cuando la realidad es que a Eduardo VII le iba la marcha demasiado, la profascista y probablemente la otra también. Los Mosleys , Degrelles , Lavales, Quislingues y otras yerbas balcanicas representaban un alto porcentaje de los sentimientos de las clases medias de la Europa de los 30. Recuerdo unos escritos de Curzio Malaparte cuando lo desterraron al frente finlandés. Estos escandinavos tienen muchos pecados ocultos.

        .

      • Pues sí. Totalmente acertado. Y, por supuesto, que los escandinavos tienen muchos pecados de esos. Así se hizo un best-seller la trilogía de Stieg Larsson, mostrando esa cara oculta que nadie esperaba encontrar en países tan supuestamente civilizados.

  4. alkibla dijo:

    Y al otro lado del atlantico , pues también. Lo solo el Sr. Kennedy Senior, Ford , los Roquefeller y otros magnates (mangantes) tambien pusieron su granito de arena, exorcizandose , como no, a traves del cine en la pelicula “the inner man”. Y es que en esto, hasta el mas tonto hace relojes.

  5. alkibla dijo:

    Por cierto, Alcolea me parece muy bueno, me recuerda a veces a D. Pio Baroja. Y ya puestos, pues gracias por haberme hecho descubrir la revista Hispania Nova.

  6. quintofabioruliano dijo:

    En general estoy de acuerdo en que el novelista ha sacrificado la novela para ir a explicar historia. La verdad es que como novela me ha parecido mucho más floja que la primera.

    En cuanto a la historia. Estoy de acuerdo en que en algunos aspectos retrata temas que no son tocados pero hay otros que no los veo tan claros. (ya no hablo de la propia guerra), por ejemplo en Inglaterra entre guerras. No creo que refleje bien las crisis económicas y políticas y las explicaciones de la alemania de los años 20 me parecen poco desarrolladas para explicar el nazismo (muy simplista y muy de acuerdo con los tópicos). Aún así entiendo que toca temas que de otra manera no se tocarían pero claro, en otros no lo veo tan claro.

    Como novela se cae. La veo forzada al querer meter con calzador a los personajes en todos los fregados y no desarrollarlos adecuadamente. Ha querido hacer una especie de Canción de Fuego y Hielo donde Martin mete a mucha gente en diferentes lugares para explicarnos el todo político y no acaba de conseguirlo.

  7. Gero dijo:

    He podido leer bastante de Ken Follet y, al menos por lo que he podido ver, Los pilares de la tierra es sin duda su mejor obra. El resto me parecen de mucha menor calidad. Y aunque no se trata de novela histórica, no quiero dejar pasar la ocasión de recomendarles un libro titulado ” Un cuento de economia, empresa, banca y política” de M. Fenollar (no sé si es de méxico o español). Muy bueno…

    • Vaya, pues gracias Gero, por tu comentario a la crítica sobre “El invierno dle Mundo” y por esa recomendación, aunque no venga muy a cuento en esta página. A menos, claro, que tenga que ver, algo, con la cuestión de las crisis económicas previas a situaciones como la que describe Follett en su última novela, que ahí parece estar el punto de unión entre un tema y otro ¿no?.

  8. Lu dijo:

    Coincido totalmente en el simplismo de la obra, es como que grandes cosas, que parecerían recibir más desarrollo se definen un unas pocas líneas. Le falta espíritu. Tal vez es que acabo de leer los cinco tomos de Martin y desarrolla tan bien que pasar a leer otro autor (aunque había leído varios anteriores de Follet: Los Pilares…, Un mundo sin fin, La era de los gigantes y ahora este) que deja una sensación rara. De todas formas entretiene y refresca parte de la historia comtemporánea.

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