Un Arturo Pérez-Reverte inédito y algunas reflexiones sobre la Historia del último siglo: “El tango de la Guardia Vieja”

Teniendo en cuenta la mala acogida que tuvieron las dos únicas novelas de Arturo Pérez-Reverte que han pasado por las páginas de “La novela antihistórica” -a saber: “El asedio”, con la que se inauguró está publicación en 20 de julio de 2010- y “El puente de los asesinos”, que ocupó el número de hace un año-, puede resultar extraño que hoy se haga un elogio de la última obra del académico cartagenero en este número de “La novela antihistórica”.

Anuncio de guantes de Foster, Porter & co. (circa 1920). Pieza de La colección Reding

Sin embargo no queda otro remedio que reconocer los méritos de “El tango de la Guardia Vieja“. Sería faltar a la verdad negárselos y con ello, además, esta publicación de crítica independiente se convertiría en una especie de barraca de feria en la que en lugar de tirar sobre patos de hojalata se dispararía, por sistema, sobre efigies del autor que firma esa obra cada vez que hubiera ocasión propicia para ello. Una fea actitud con la que, por otra parte, se le vendría a dar la razón sobre la lúgubre cantinela con la que él describe este país como una especie de parque temático de la envida, la mala fe y el paraíso del acoso y derribo contra aquellos que tienen éxito sólo por el mero hecho de tener ese éxito. En su caso, según parece, en el difícil arte de escribir novelas y convertirlas en best-sellers.

Por lo tanto, puesto que el objetivo de esta página nunca ha sido ese, sino el de proveer al público interesado de una crítica independiente, no mediatizada por intereses comerciales, o personales, no hay ningún inconveniente -ni ninguna contradicción programática- en reconocer  en la reseña de este mes que “El tango de la Guardia Vieja” es, quizás, la obra maestra que Arturo Pérez-Reverte llevaba buscando escribir desde hacía años sin terminar de conseguirlo.

En efecto, “El tango de la Guardia Vieja” llega al punto donde, parece, el académico no pudo llegar con “El pintor de batallas”, que casi hizo tambalearse su fama de autor superventas, sin darle a cambio la consagración literaria que parecía querer buscar con una historia mucho mas compleja que las que había elegido escribir desde “El húsar” en adelante.

En “El tango de la Guardia Vieja” las señales de flaqueza que se podían encontrar en “El pintor de batallas” brillan por su ausencia. Arturo Pérez-Reverte se muestra en esa nueva novela como un maestro en el manejo del lenguaje, de las emociones de los personajes, de sus claroscuros. De hecho, hay algunos secundarios de la trama, como es el caso del supuesto agente a sueldo de la Segunda República española, Fito Mostaza, que es cincelado sólidamente con unas pocas líneas -su mirada sutilmente dura y asesina bajo un bien compuesto disfraz de hombre simpático y mundano-, una cicatriz inquietante de origen desconocido que subraya aún más ese carácter inquietante, tanto de la señal como del personaje, y otros aspectos que no vamos a sacar a colación aquí. Principalmente porque privaría a los posibles lectores que se acerquen a esta última novela de Arturo Pérez-Reverte de ir saboreando la trama a la que añade tanto mordiente ese personaje, Fito Mostaza, singularmente bien acabado, nada plano pese a lo poco que aparece en la novela -tal vez sólo lo justo- y pese a ese nombre de resonancias tintinescas. Esas que tanto le gusta meter de rondón en sus artículos y libros al autor de “El tango de la Guardia Vieja”, admirador confeso de la serie de aventuras del reportero creado por Hergé más o menos en las mismas fechas en las que se inicia la acción de esa novela, en los años 20 del siglo pasado

Ilustración de L. Sabatier para el relato "La Flambée" de Henri de Régnier (1909). Ejemplar de La colección Reding

Pero lo que permite hacer un elogio -sin sarcasmo alguno- de “El tango de la Guardia Vieja” no es sólo el manejo de los personajes, la buena mano con la que su autor los describe y los presenta de un modo que es lo contrario al personaje habitual en el mundo del best-seller en el que hasta ahora se ha movido, incluso con orgullo, el autor.

En efecto, Arturo Pérez-Reverte ha elegido reflejar en la mayor parte de esa novela un mundo literario muy particular, lo que se ha dado en llamar -o se dio en llamar en su día- “lo decadente”, algo que no puede ser manejado con habilidad y con éxito por cualquier escritor.

Así es, gran cantidad de páginas de “El tango de la Guardia Vieja” plasman literariamente el mundo que la subcultura de los arrabales bonaerenses de los que surge ese tango que persigue a los principales protagonistas durante décadas, desde la juventud a la vejez, llamaba “la highlife”. Es decir, la vida de la alta sociedad, en el caso de la novela el de una de las altas sociedades más decadentes que se han conocido -la de los años 20 del siglo pasado- y que, de hecho, hizo una bandera de ese estilo de vida entregado a toda clase de excesos, producto de la sensación apocalíptica dejada en muchos por el cataclismo social, político, económico, cultural… de la Primera Guerra Mundial y, en parte, también resultado de cierta pasión estética morbosa alimentada por poetas como Gabriele d´Anunnzio por sólo citar un caso evidente

Se trata de un mundo muy difícil de manejar literariamente sin caer en el ridículo al tratar de componer una obra que tenga como trasfondo lujo y excesos, champán mezclado con cocaína, fiestas en las que hasta los excesos de todo tipo eran tan lánguidos y aceitosos como la mirada de algunas artistas de la época, como la entonces famosa Pola Negri, todo ello iluminado por la sobrecogedora luz del estilo “Art Decó” que todavía hoy provoca una ambigua sensación de un mundo sumergido en un horizonte con pocas esperanzas más allá de la sistemática autodestrucción por medio de excesos bien organizados y dosificados.

Umberto Eco, un ejemplo literario a seguir y admirar para Arturo Pérez-Reverte que, de hecho, lo convierte en uno de sus personajes en “El club Dumas”, donde le ofrece un significativo aunque breve cameo, lo describe con la precisión y la amenidad que le caracterizan en uno de los artículos que Lumen público bajo el título genérico de “El superhombre de masas”. La lectura de ese articulo a medias jocoso y a medias serio, que el profesor Eco dedica a Pitigrilli -el hombre que hizo ruborizarse a mamá, como señala con muy mala intención el autor de “El nombre de la rosa” desde el comienzo de ese escrito-, ayudará mucho a entender hasta qué punto Arturo Pérez-Reverte ha sabido moverse con habilidad literaria al utilizar como trasfondo de su obra un ambiente nada sencillo, como lo es el de esa decadente alta sociedad del período de entreguerras, entre, digamos, 1920 y 1930.

Así es, Eco describe la literatura de Pitigrilli como algo que pretende ser escandaloso pero que roza el ridículo al describir situaciones pretendidamente sofisticadas con un tono impostado. Dedicado -como hoy parece ser el caso de las famosas sombras de Grey- a escandalizar en realidad a amas de casa burguesas que se escandalizan, de hecho, casi con cualquier cosa que se salga un poco de su adocenado convencionalismo.

Eco ofrece varios ejemplos de esas obras de Pitigrilli en las que el citado autor, por así decir, se pasa de vueltas en su afán por parecer escandaloso y decadente. De hecho, el más escandaloso y decadente de todos los escritores que tratan de parecer escandalosos y decadentes en un momento en el que está muy de moda ser escandaloso y decadente. Es el caso de algún fragmento de “Cocaína”, que recuerda mucho a la orgía arrabalera a la que son arrastrados Mecha Inzunza y Max Costa por el verdaderamente decadente marido de ésta, el compositor Armando de Troeye, que trata de encontrar la inspiración perfecta en esos ambientes degradados, resudados y mezclados con hampa, drogas y prostitución de baja estofa.

Portada para el serial Harry Dickson, el Sherlock Holmes american (1908). Ejemplar de La colección Reding

Y es precisamente ahí donde se puede ver cómo sale airoso Arturo Pérez-Reverte, al saber manejar esas situaciones con verdadera habilidad, reflejando todo ese ambiente sofocante, pegajoso como humo de opio, sin caer en el ridículo en el que cae muchos años antes que él un Pitigrilli que, como recuerda el profesor Eco con su habitual socarronería, es, en realidad, tan adocenado como para estar en buenas relaciones con el régimen de la Italia fascista -en sus aspectos más burdos y chuscos, no en los de la alta estética creada por poetas como el ya mencionado D´Anunnzio- y que queda, finalmente, reducido a sensación de tocador de respetables señoras de la burguesía italiana de aquella época que lo arrinconan, con una cierta sensación de vergüenza, una vez que ha quedado pasado de moda.

El acierto de Arturo Pérez-Reverte en ese terreno tan pantanoso ha estado, tal vez, en dotar a sus personajes principales de una historia personal posterior, de una evolución en la que, con los años y la experiencia, escenas de sexo y degradación a la moda decadente de los años 20 que pueden caer en el estereotipo, adquieren un significado profundo merced a las explicaciones que se dan unos a otros los principales personajes de la novela -Max Costa, esa mezcla de chulo fino, gigoló de altos vuelos y ladrón de guante blanco- y su contrapartida femenina, Mecha Inzunza, que, por otra parte, como se va descubriendo a través de su evolución personal en el tiempo -de los años 20 a los 30 y de estos a los sesenta-setenta- están atados por una pasión amorosa profunda y compleja, ligada a valores por encima de modas y estéticas más o menos pasajeras de las que los personajes se van deshaciendo, o adaptándolas a una elegancia básica a la que se niegan a renunciar a pesar de que ese mundo ha desaparecido con la Segunda Guerra Mundial, como recuerdan varias veces a lo largo de la novela.

Eso, tal vez, es lo que hace de “El tango de la Guardia Vieja” esa obra maestra que todo autor persigue y, sorprendentemente, ha evitado que se convierta -a pesar de tener muchos boletos para ello, dados los antecedentes de su autor- en una caricatura de lo que ya era en su día una caricatura, como ocurría con las novelas de Pitigrilli.

Pero eso no significa, sin embargo, que no haya aspectos muy discutibles en la trama de “El tango de la Guardia Vieja”.

De hecho, es una única cuestión la discutible, pero es una cuestión discutible de importancia para los posibles lectores de ese “Tango de la Guardia Vieja” por otra parte tan intachable. Esa cuestión discutible es, como suele ser habitual en las novelas de Arturo Pérez-Reverte, el modo en el que el autor maneja, una vez más, el trasfondo histórico de buena parte de su novela. Por supuesto a todo lo que se diga a ese respecto se opondrá el argumento que el autor está sacando a relucir más o menos desde que publicó “El asedio”. Es decir: que él no pretende hacer novela histórica (antes no tenía reparo en pretenderlo, pero esa ya es otra cuestión de la que no nos vamos a ocupar aquí) y, sobre todo, que el autor es muy dueño de reflejar la parte de ese pasado histórico que le dé la gana, dejando de lado todo lo demás que pudiera haber ocurrido en los años 20, 30 y 60.

Con respecto a la primera objeción, la única respuesta que cabe es que cualquier autor que utilice como telón de fondo la Historia -la reciente, la medieval, la del siglo XVIII, la del Renacimiento o el Barroco-, ya sea Arturo Pérez-Reverte o Ken Follett -al que el autor cartagenero ha lanzado alguna de sus habituales caricias verbales en las entrevistas de promoción, tratando de dejar claro que “El tango de la Guardia Vieja nada tiene que ver con la trilogía de “The Century”-, debería obligarse -por el bien de sus lectores, por un mínimo de profesionalidad- a manejar ese telón de fondo con cuidado, a menos que no quiera pasar de novelista de folletines neorrománticos sin más pretensiones. Es decir, si elige una época histórica determinada ya está, queriendo o no, pretendiéndolo o no, haciendo novela histórica y quedando, por tanto, sujeto a crítica en ese aspecto.

Con respecto a la segunda objeción se puede decir que es cierto que el autor -lo mismo que un historiador- tiene, o debería de tener, toda la libertad de abordar determinada parte del pasado desde el ángulo que más le interese. En este caso los años 20, la guerra civil española y la relativamente segura, prospera y tranquila Europa de los años sesenta, superviviente de los excesos de esas dos épocas anteriores.

Sin embargo, igual que el autor tiene libertad para elegir el ángulo desde el que mira hacia el pasado sobre el que construye sus personajes -y sin el que no habría podido construirlos, no lo olvidemos-, el crítico también debería tener derecho a recordar la parte de ese pasado que ha sido ignorada u ocultada por el novelista transmitiendo al lector, después de todo, una falsa impresión sobre ese pasado. Tan reciente en el caso del que se describe en “El tango de la Guardia Vieja”, que afecta prácticamente a cualquier lector de treinta años para arriba de los muchos que, seguramente, harán bien en leerse esa novela.

Ilustración de L. Sabatier para "La Flambée" de Henri de Régnier, (1909). Ejemplar de La colección Reding

Arturo Pérez-Reverte ha elegido describir esos años convulsos que han marcado nuestra época presente desde la perspectiva de un personaje bastante anómalo, nada común. Max Costa es un bailarín profesional que combina esa, hasta cierto punto, equívoca profesión con la actividad de ladrón de guante blanco. Así las cosas esa Historia reciente nos es relatada desde el punto de vista de ese Arsenio Lupin cubierto de lodo (que no parece ser capaz de deshacerse de esa pátina aceitosa y sucia que le ha dejado su origen de clase obrera en el Buenos Aires de comienzos del siglo XX, de la que reniega), de esa versión hasta cierto punto cutre del Cary Grant de las películas de Hitchcock en el que se ha convertido en los años sesenta, pasado el tiempo. Es ese hombre tan peculiar, el que describe lo que fueron los años 20 o la cómoda Europa de los años sesenta anterior al cataclismo de la sucesión de crisis encadenadas desde la del petróleo en 1973 o, asunto más delicado aún, la guerra civil española

Se trata, necesariamente, de una visión de ese período histórico, mutilada, mermada, recortada hasta lo indecible salvo por escasos momentos en los que el desclasado Max Costa saca a relucir los colmillos afilados en el medio social del que procede. Como por ejemplo cuando se muerde la lengua para no decir a su amante, en realidad el gran amor de su vida que es Mecha Inzunza, que la bacanal de represalias contra la alta sociedad por parte de la extrema izquierda republicana durante la guerra civil no tiene nada de extraño si se considera que el bienestar insultante de la clase social de la que proceden ella, su marido, o amigos suyos como los Ferriol -refugiados y conspirando en Niza contra la República española, aliados a los nazis alemanes o los fascistas italianos-, se ha erigido en base al sufrimiento de mucha gente que ahora quiere cobrarse esas cuentas atrasadas que, como se dice en la novela, alguien tiene que pagar.

Pero por lo demás el retrato que se hace de un período histórico tan importante todavía para el lector de habla española como la guerra civil, no va en “El tango de la Guardia Vieja” más allá de un discurso un tanto típico y que nada aporta a lo que verdaderamente se necesitaría a ese respecto.

Es verdad que se deja entrever con bastante frecuencia en “El tango de la Guardia Vieja” que esa guerra civil es sólo un ensayo general de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo todo se queda ahí y en el desprecio, por igual, tanto de Mecha Inzunza como de Max Costa hacia la España republicana como hacia la rebelde, a la que consideran, o bien una ocasión para negocios sucios -como los que busca Max a partir de 1939- o bien como un hatajo de curas retrógrados y militares asesinos por sistema que están tratando de convertir a ese país en un cuartel con olor a sacristía.

No hay más reflexión histórica a partir de ese mundo de hoteles de lujo de Costa Azul, de veraneos en San Sebastián, Biarritz o Niza, que, en efecto, existió pero quedó restringido a muy pocas personas por la propia naturaleza de esos ambientes sofisticados y exclusivos. Con ello el lector de “El tango de la Guarda Vieja” se pierde la oportunidad de conocer, una vez más, la participación de los españoles en la epopeya por salvar al Mundo del Fascismo que continuó muchos años después de 1939, incluso más allá de 1945.

Ciertamente “El tango de la Guardia Vieja” no nos da, por así decir, la paliza -y es de agradecer- con la División Azul, que ha representado hasta ahora -casi en exclusiva- la participación española -no muy airosa desde el punto de vista de los vencedores- en la Segunda Guerra Mundial, pero también ha renunciado a la oportunidad de contarnos esos acontecimientos desde el punto de vista de, por ejemplo, algún soldado republicano que hubiese escapado a la caída de Madrid, Valencia y Barcelona y se hubiese unido, como lo hicieron muchos otros miles, a las tropas aliadas -francesas, británicas o soviéticas- para continuar la guerra iniciada en España en 1936.

Hombres que siguieron a De Gaulle desde Bir Hakeim hasta Inglaterra y desde allí, integrados en la División Blindada Leclerc, desembarcaron en Normandia a finales de la primavera del año 1944, llegaron a París a la vanguardia de las tropas aliadas americanas, canadienses, francesas, británicas…, liberaron la capital francesa tras duros combates callejeros -consolidando así la operación Overlord- y desfilaron por los Campos Elíseos bajo el Arco del Triunfo portando la bandera tricolor republicana -la misma que llevaban prendida en su uniforme- y que para ellos representaba a España legítimamente en esos momentos. Unos hombres que desde allí participaron en la invasión de la Alemania nazi, estuvieron por tanto entre los vencedores de esa Segunda Guerra Mundial y que, la verdad, tendrían tanto derecho a estar en una novela como “El tango de la Guardia Vieja” como ese inefable Max Costa y sus gestos de snob sobrevenido, de hijo renegado de la clase obrera, que trata de distanciarse de ella imitando, como un chimpancé de feria, gestos tan relamidos y estereotipados como el de golpear los cigarrillos contra la pitillera antes de encenderlos.

Realmente, pese a la innegable calidad  de “El tango de la Guardia Vieja”, que tal vez sea reconocida como obra maestra, como la más acabada de su autor, el público, quizás, se hubiera merecido otra versión de esos hechos algo más compleja, algo más justa para los combatientes españoles en la Segunda Guerra Mundial -la gran epopeya del siglo XX- que estuvieron, como dice Fito Mostaza en “El tango de la Guardia Vieja”, del lado de “los buenos”, ya saben, la democracia contra el Fascismo.

Imagen del General Koenig ante el Arco de Triunfo con la División Leclerc (1944). La colección Reding

Que en su día esto ya lo hiciera Javier Cercas en “Soldados de Salamina”, no debería ser una excusa para no seguir por ese camino, infinitamente menos trillado que el de los que han querido reducir ese episodio histórico a la versión de los otros, de los alineados con “los malos” -ya saben, los nazis, los de la “Solución Final” y los campos de extermino- o de los que, como Max Costa, se desentendieron de esos enojosos asuntos morales y políticos, pensando sólo en la siguiente estafa, en el siguiente robo de guante blanco en un mundo tan bello y pulido como, en el fondo, vacuo, prescindible después de todo al convertir en privilegios lo que deberían haber sido derechos universales. Los mismos por los que luchaban muchos de los hombres que cayeron en las playas de Normandia, en Las Ardenas, en Holanda, en Alemania, a las puertas de Berlín, arropados por la Union Jack, la bandera de las barras y estrellas, la tricolor francesa o la roja, amarilla y morada de la República española…

Lista de suscriptores de La novela antihistó

Anuncios

Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

18 respuestas a Un Arturo Pérez-Reverte inédito y algunas reflexiones sobre la Historia del último siglo: “El tango de la Guardia Vieja”

  1. Mientrasleo dijo:

    Una reseña magnífica. Yo no entré en tanto detalle por no abrir demasiado el argumento y dejar que la gente lo descubra.
    Lo cierto es que lo que más me gustó del libro fue la firme construcción que tiene, aunque le vi cojeras
    Besos

  2. raquel dijo:

    Muchas gracias Carlos por tu excelente reseña. Llega a una profundidad a la que pocos críticos han llegado

    • Gracias a tí Raquel, por tu atención y por tu elogio. Ese es el objetivo de La novela antihistórica, llegar más lejos que la crítica al uso. ¡Veo que lo vamos consiguiendo!.
      Un saludo muy cordial y hasta el día 20 de este mes en que le daremos un repaso al último bombazo del señor Ken Follett.

  3. alkibla dijo:

    El tango de la vieja guardia no puede ser otro que “Cambalache” de Enrique Santos Discepolo, cruelmente satirizado por Le Luthiers en su inefable Johan Adolfo Mastropiero

  4. alkibla dijo:

    Y habiendo leido casi toda la obra de Perez Reverte, llego a la conclusión que rematar la faena es su punto debil como narrador de ficciones.

    • No eres el único en pensar eso Andrés, otros lectores, y también alguna que otra lectora, me lo comentaron hace tiempo, que los finales son los que pierden a Arturo Pérez-Reverte, que parece que llega siempre cansado al final de la novela y la quiere despachar de cualquier manera. Sin embargo yo tengo que mantener que “El tango de la Guardia Vieja” es una de sus mejores novelas, la más madura, la que más posibilidades tiene de ser su obra maestra.
      Eso sí, seguiré manteniendo siempre que para mí lo peor es su visión mutilada y enfermizamente pesimista de la Historia de España que ha convertido, desde “El húsar” en su caballo de batalla. Ese que le ha llevado tan lejos, quizás más de lo que nos convendría a los que padecemos hoy la atroz imagen-país de España que él ha cebado durante buena parte de estas tres décadas de régimen democrático.
      En fin, dejémoslo ahí, para que lo mediten los responsables de la alta industria cultural española que son los que han permitido ser al autor y su obra con todas sus consecuencias.

  5. salvadora dijo:

    Acabo de leer “El tango de la guardia vieja”. y lo he leído porque hace poco estuve en Argentina y me he quedado enganchada con ese país. No me gusta Pérez Reverte, pienso que es un escritor al que le falta enjundia aunque tiene las claves, las recetas para el éxito. Creo que, pese a ser académico, comete errores gramaticales y semánticos, algunos comunes en los periodistas y él lo fue y se le nota el oficio.
    En cuanto a los momentos históricos en los que se desarrolla la historia, creo que se queda en lo superficial porque lo que le interesa es la historia de sus dos protagonistas y nada más. Esa, de todas formas, es una opción por parte del autor que por supuesto es muy lícita. La novela, excepto en algunas páginas, es amena, de lectura fácil. Es posible que sea lo mejor del autor -aquí no puedo opinar porque he leído poco de su obra- pero desde luego no es una obra maestra, ni por contenido ni por estilo. Pérez Reverte es un escritor eficaz,que crea una historia que vende libros y que puede interesar para llevar al cine, por ejemplo.

    • Estimada Salvadora, publicada queda tu opinión sobre “El tango de la Guardia Vieja”. Ciertamente Pérez-Reverte tiene esos defectos que mencionas y muchos otros de los que ya se ha hablado en ediciones anteriores de esta página. Sin embargo esta novela sí puede considerarse una obra maestra, a su nivel, por comparación con todo los demás que ha escrito. Es eso lo que se pretendía señalar, que el autor se había superado literariamente a sí mismo. No que hubiera escrito el “Macbeth” de Shakespeare, por poner un ejemplo.
      Un saludo.

  6. SrFloppy5 dijo:

    Me pregunto si la crítica del gran Pitigrilli a lápiz de Umberto Eco no viene causada por temas personales. Creo que muchos desearían (entre ellos Reverte, que, no obstante, y aquí coincido, tiene en “El tango de la guardia vieja” una estupenda novela) poseer el talento, la gracia, la sofisticación del insigne turinés.

    • Estimado sr. Floppy: eso, de momento, es un misterio. Uno de esos con los que el dottore Eco escribiría una gran novela. Aunque, la verdad, Pitigrilli era kitsch un rato. Y orgulloso de serlo, por lo que parece.
      Gracias por el comentario y un saludo.

  7. Marta Querol dijo:

    Llego a esta reseña de la mano de un buen amigo, lector compulsivo, y lo felicito por ella. Realmente analiza muchos aspectos de una forma profunda y objetiva, algo que no es frecuenta. Y coincido en casi todos, así que me ha encantado verlos reflejados con tanta autoridad y dominio. También me ha parecido la mejor obra de Pérez-Reverte, y además diferente a las demás. Yo solo le encontré dos pequeños ¿fallos? Mejor digamos dos cabos que no quedaron tan bien atados como hacía prever una novela de la calidad literaria de ésta, al menos para mí. Uno es el cierre de la trama del ajedrez, y otro lo precipitado del final, que ya ha apuntado alguien más arriba. Pero el ritmo, el lenguaje, la historia, los personajes, la combinación de la narración en presente y pasado, la descripción de los ambientes que con tanta maestría ha reseñado, es decir, lo fundamental, me han parecido brillantes.
    De la reseña en lo único que no coincido es en que el autor debía haber dado otras visiones sobre la Guerra Civil o la Segunda Guerra Mundial. Ese no es el tema de la novela, es la época que les toca vivir y lo hacen desde su propio mundo. El novelista no tiene, creo, la obligación de compensar puntos vista, o de tener en cuenta todos los enfoques. Aquí el prisma por el que mira es el de Mecha y Max, y ve lo que ve. O al menos así lo sentí yo. En cualquier caso, felicidades.

    • Estimada Marta: muchas gracias por los elogios a la reseña. Con respecto a los cabos sueltos que ves en la novela yo opino de manera algo distinta, el final es amargo pero, quizás, Max no se puede permitir otro y no creo que desencaje con el resto del libro, aunque yo, sinceramente, hubiera pensado más para dar otra salida a Max. Una que encajase con el personaje sin por ello dejarlo convertido en un juguete de su destino de vividor.
      Más que nada porque el protagonista mismo reconoce que ya no está para esos trotes al principio de la novela. Con respecto a la trama de ajedrez a mí me parece que la cierra adecuadamente. Sobre todo por el modo en el que muestra la manipulación que el bloque soviético hace de ese deporte. Asunto conocido, pero no por ello tan amplia y contundentemente descrito como en “El tango de la Guardia Vieja”.
      Pero, en fin, si hay algo subjetivo en esta vida, es la Literatura, así que en detalles como esos nunca habrá
      acuerdo. Sólo opiniones y gustos diversos.
      Umberto eco ya dijo en uno de sus artículos que el autor que busca la excelencia en su obra siempre crea un final abierto, un bosque narrativo -así lo expresaba él- en el que cada lector se queda atrapado y que se divide en tantos caminos posibles como lectores atrapados en ese bosque literario haya. Cada cual busca su propio final para cada historia que el autor deja deliberadamente abierta. Como ocurre en “El tango de la Guardia Vieja”
      Con respecto al asunto que mencionaba en la reseña sobre la deficiente representación republicana en el asunto de la novela, me reafirmo. Es posible que Mecha y Max sólo puedan contar la Historia desde ese punto de vista: el de una derechista sociológica y el de un cínico aventurero al que le dan igual los bandos en liza. Sin embargo el único representante en la novela de la República, Fito Mostaza, resulta decepcionante por razones que no revelaremos para aquellos que lean la reseña antes de leer la novela, pero que los que los que la hemos leído, la novela, ya conocemos bien.
      Y es algo que no debería ser así, pero, claro, una vez más el autor es muy libre de enfocar las cosas como mejor le parezca. Tanto como lo es el crítico para señalar que tal vez hubiera sido mejor añadir esto o quitar lo otro.
      Por esos caminos avanzan en este caso los bosques narrativos de la novela y su reseña.
      Gracias otra vez por la lectura y por los elogios y recibe un cordial saludo.

  8. tomasvittino dijo:

    Por un lado es muy buena la crítica realizada.. es certera y alumbra ciertos lugares comunes en Perez Reverte.. Pero por el otro siento que es tendenciosa..

    El punto de vista del autor sobre tal o cual acontecimiento histórico, y lo que el desee relatar o sus silencios al respeto en la obra, son propiedad exclusiva de él..

    Lo que falta es que los lectores decidan como debe opinar o sobre que debe escribir o explayarse un autor.. Eso ya no es crítica literaria, sino tratar de predisponer mal acerca de un autor con el cual no se comparten puntos de vista socio políticos..

    • Estimado Tomas: gracias por su comentario. Con respecto a él le diré algo que se solía decir en los revolucionarios años 70 del siglo pasado: “todo es política”. Es decir, no se puede opinar o actuar sin emitir un punto de vista que será necesariamente político, a favor o en contra de una determinada visión política del Mundo.
      Cuando se hace crítica de Arte no se entra en un terreno de excepción a ese respecto. Si así fuera deberíamos, por ejemplo, rechazar la Historia del Arte de Gonbrich por una razón y la de Arnold Hauser por otras casi completamente opuestas.
      Aquí no se ha tratado de predisponer a nadie contra nada sino de ilustrar a los posibles lectores sobre los aspectos que le faltan a la obra, sus desaciertos en la documentación y los hechos históricos -por ejemplo algunos garrafales, como el de considerar que Venecia era un puerto más importante que Cádiz en el siglo XVII (!)- y el propio sesgo político del autor que, efectivamente, es muy dueño de tenerlo, pero que una vez expuesto al público está sujeto, como todo lo público, a crítica y opinión opuesta. Lo contrario significaría que ese autor sería poco menos que divino y sus palabras doctrina y dogma inatacable.
      A eso, vulgarmente, se le llama dictadura. Como, por ejemplo, la que el cardenal Richelieu ejerció en Francia en su momento en muchos aspectos y en el literario también .
      Reciba un cordial saludo y piense sobre esto con un poco más de detenimiento.

  9. Elena dijo:

    Me ha encantado El tango de la Guardia Vieja

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s