Robert Louis Stevenson y la novela gráfica. ¿Una oportunidad, un homenaje o una pérdida de tiempo?

Parece que en una época tan visual como la nuestra cada vez resulta, casi fisiológicamente, imposible fijar la atención sobre páginas y más páginas de letra impresa o reflejada sobre una pantalla que carezcan de imágenes para ilustrarlas. Sin importar si esas páginas son las de una obra de la Literatura universal de lectura más o menos imprescindible, necesaria para confesar que se ha vivido, como decía Neruda, que se ha aprendido mientras se estaba vivo.

Entramos así en un terreno en el que las sombras de Ray Bradbury y su “Fahrenheit 451” parecen ir haciéndose cada vez más y más alargadas, pasando de distopía de ciencia-ficción a cruda realidad.

En efecto, si atendemos a la proliferación de eso que se ha llamado “novela gráfica”, parece que se hacen realidad las palabras que Bradbury pone en boca del jefe de bomberos que se dirige a Montag, el héroe-antihéroe de esa novela, cuando le señala las razones para proscribir las bibliotecas y destruir, por el fuego, los libros: estos se han convertido en un artefacto imposible en una sociedad en la que nadie se quiere sentir mal por ser un ignorante, así, en lugar de elevar el nivel cultural de esa sociedad tan ambiciosa como perezosa, se baja hasta lo más mínimo para que la gente no se canse, ni sufra, leyendo, por ejemplo, las más de mil páginas de “Guerra y Paz”, que primero es convertida en un resumen, después en poco más que un folleto y, finalmente, es destruida completamente como el resto de grandes obras literarias, que ni pueden ni deben hacer sombra a otros medios. Como, por ejemplo, la deprimente televisión falsamente interactiva que domina la cada vez más escasa vida intelectual de los personajes de “Fahrenheit 451”.

Según parece ahora, en esta realidad en la que vivimos a fecha de hoy, estaríamos, aún, en la fase previa a la quema de libros. Esa en la que, como nos dice Bradbury, los clásicos se resumían y abreviaban para hacer que su mensaje llegase, aunque fuera mutilado, a una mayoría que no tenía ni tiempo ni ganas de leer la edición completa y original.

Una tarea en la que parece estar siendo de gran ayuda eso que el genial Will Eisner, padre más o menos aceptado de eso que ahora llamamos “novelas gráficas”, bautizó como “el arte secuencial”. Más vulgarmente conocido hasta ese momento como “cómic”.

En efecto, el cómic parece haber entrado a saco en el mundo de la  Literatura. Hay incluso ediciones de obras de Paul Auster que han aparecido casi simultáneamente en letra impresa y resumidas en viñetas.

Casi se puede sospechar que hoy hay muchos autores que antes que escribir un libro, prefieren contar las cosas por medio de ese sistema. Y hay que reconocer que, a veces, el efecto es sencillamente demoledor, mejor incluso que el que podría provocar una novela al uso, hecha sólo de portada, contraportada y un centenar largo de páginas. Ese es el caso, por ejemplo, de “Maus” de Art Spiegelman, que, a través de lo que su padre le va contando, reconstruye una peculiar -pero no por eso menos contundente- versión de la historia de la “Shoah”, el extermino de judíos por parte del régimen nazi…

En ese nuevo panorama en el que el noveno arte parece estar comiendo, a pasos de gigante, el terreno de la Literatura, llama la atención el modo en el que ese proceso ha afectado a gran parte de la obra de Robert Louis Stevenson.

En efecto, en las estanterías de nuestras librerías pueden encontrarse, a fecha de hoy, la adaptación al cómic de dos obras fundamentales del autor escocés -“La isla del Tesoro” y “Secuestrado”- y una serie de, de momento, cuatro cómics, bajo el título genérico de “Long John Silver”, dedicados, tal y como confiesan sus autores, Xavier Dorison y Mathieu Lauffray, a ser no una continuación de “La isla del Tesoro”, sino un homenaje a esa obra a través de nuevas aventuras en las que se ven involucrados algunos personajes de esa obra maestra de Stevenson como Long John Silver o el doctor Livesey.

¿Qué se puede decir, cómo se pueden valorar esas adaptaciones, esa conversión en novelas gráficas de las obras de “Tusitala”?.

Empecemos por la apuesta más reciente, y por la más arriesgada, esa serie de “Long John Silver” firmada por Dorison y Lauffray.

Puesto que es sólo un homenaje, resulta difícil criticar esa obra desde el punto de vista de la fidelidad a la obra de Stevenson.

No hay duda de que ambos autores, el dibujante y el guionista, se han esforzado por captar el espíritu de la obra del autor de “La Isla del Tesoro”, del mismo modo en el que en su día lo hizo el escritor y navegante sueco Björn Larsson, al que cabe el honor de haber sido el primero en pensar en esa prolongación de la vida de Long John después de que “La Isla del Tesoro” llega a la palabra “fin”.

El Long John Silver de Dorison y Lauffray que tanto entusiasmo parece haber despertado entre los adeptos a la novela gráfica, busca -y cómo no- un nuevo tesoro, en tierras extrañas, exóticas, llenas de peligro sí, pero también de misterios que no pueden quedar sin resolver, de tentaciones de peligro en las que hay que caer. Sin embargo, ponto se ve en esas viñetas que sus autores prefieren captar la atención del público actual antes que mantener determinadas fidelidades: a Stevenson, al momento histórico en el que se desarrolla la acción al que tanta atención dedicaba el autor de “La Isla del Tesoro”…

En efecto, toda la serie de Dorison y Lauffray rezuma una especie de estética gótica, de resonancias “steampunk” -del que Dorison es un gran abanderado, como se puede ver en sus magníficas series de “Los centinelas” y “W.E.S.T.”-, un marco en el que aparecen personajes que la sutileza de Stevenson y, sobre todo, el corsé intelectual de su época -la victoriana-, que él tan bien supo criticar en “El extraño caso del doctor Jeckill y mr. Hyde”, no hubieran admitido. Es el caso, sobre todo, de Lady Vivian Hastings, la dama que se ve atrapada en el centro de la intriga al reclamar su marido que venda todas sus posesiones para que él pueda continuar su búsqueda de Eldorado -al que se alude en la obra, pero no con ese nombre- en las selvas de América Central.

Dorison y Lauffray la describen con acierto, sobre todo en el aspecto literario más que en el gráfico, que tiende, como todo el conjunto de la novela a una estilización gótica, más que dieciochesca, de los personajes y su aspecto.

Es una mujer, propia de su lugar, su época y su clase social, como podemos leer en el primer volumen de la saga, en el que la dama descubre que su marido aún vive, que la boda por interés que va a realizar con un rico amante se frustra por esa razón y que su cuñado ha reaparecido en Inglaterra para ordenarle que venda todas las propiedades de su marido… incluidas las que ella aportó al matrimonio como dote.

Sin embargo esa inicial, y aparente, fidelidad en la serie a lo que sería una vida propia de la aristocracia de Europa de finales del siglo XVIII, es, sin embargo, bastante irregular en esta serie de Dorison y Lauffray dedicada a Long John Silver.

En efecto, en ese primer volumen de la saga, se alude a una turbulenta historia en la que aparece un monje español, conocido por los nativos como “Fernando el loco”, empeñado en arrancar a esos “salvajes” el secreto de esa ciudad perdida llena de riquezas…

Tanto el grafismo de esas viñetas en las que se habla de esa historia dentro de la historia de Lady Vivian -pese a su eficacia visual-, como el contenido literario que las acompaña son tan sólo un compendio de los viejos y manidos tópicos de la leyenda negra sobre la conquista española de América, exagerados de tal modo que ni siquiera hubieran tenido cabida en las horas más bajas en las que Fray Bartolomé de Las Casas redacta su obra sobre la destrucción de América por la conquista española.

Sólo para empezar habría que señalar que ese supuesto monje “Fernando el loco” adopta un papel que, en realidad, sólo asumieron algunos conquistadores dotados por la corona española de poderes militares especiales para las primeras expediciones de conquista y poblamiento. Especialmente las de Cortés y Pizarro que, pese a ser las más conocidas no tienen porque ser las más representativas, independientemente de la cuantía del botín conseguido. Por otra parte se convierte la búsqueda de Eldorado en un negocio propio de enajenados mentales como Lope de Aguirre cuando, en realidad, fue un asunto muy serio en el que estuvieron involucradas instituciones, en efecto, tan serias como la corona inglesa y la española, incluso muchos años después de que Lope de Aguirre hubiera pasado a mejor vida.

Aspectos como estos, unidos a una reconstrucción muy libre del aspecto de los personajes, en la que a veces se representa de forma casi esquemática la vestimenta del siglo XVIII, o donde aparecen errores considerables, como es el de representar oficiales navales sin sombrero en presencia de la tripulación, hacen de la serie de Dorison y Lauffray un homenaje muy vago a la obra de Stevenson, convirtiéndola más bien en una rendida oda de alabanza a la novela gótica inglesa de finales del siglo XVIII y al subgénero del steampunk que a la obra del autor de “La Isla del Tesoro”.

Si algo bueno puede tener está serie de Dorison y Lauffray es que no se puede negar que, tal vez, quizás, muchos de los lectores de esa novela gráfica en varias entregas podrán sentirse tentados a leer el relato original del que salió Long John. Pero abordarán esa tarea con una visión bastante empobrecida del mundo que Stevenson trató de reflejar en todas las novelas históricas que escribió. Desde “La Isla del Tesoro” hasta “Catriona” pasando por “Secuestrado”, “La flecha negra” y “El señor de Ballantrae”.

Una problemática en la que, sin embargo, Dorison y Lauffray no están solos. Como se puede ver, precisamente, en otra adaptación a ese formato de novela gráfica de esa obra de Stevenson -“El Señor de Ballantrae”- llevada a cabo por el dibujante francés Hippolyte, donde la estilización de los dibujos a la acuarela se impone sobre la fidelidad a la época del relato, llevándonos muy lejos de las ilustraciones de Howard Pyle con las que trata de equipararlas el prologuista de esta edición en viñetas de “El señor de Ballantrae”, un entusiasta Michel Le Bris.

Y es que evitar eso requiere un esfuerzo de documentación que sólo algunos dibujantes -esa es la cruda realidad- son capaces de llevar a cabo asumiendo, honestamente, que un cómic, una novela gráfica histórica no puede, ni debe, ser una especie de cheque en blanco que permite reducir la época en la que se ambienta el relato en el que se basa en una apuesta por el vanguardismo. Es decir, en una excusa para una pobre documentación de lo que se dibuja, que, en definitiva y al más puro estilo “Farenheit 451”, acaba por rebajar el nivel de lo que se da a leer en lugar de tratar de enriquecerlo…

Si a alguien le parece ésta una afirmación demasiado exagerada, sólo debe comparar obras como “El barón de Ballantrae” de Hyppolite o la serie de Long John Silver de Dorison y Lauffray, con otra novela gráfica presente en el mercado a fecha de hoy de mano de la misma editorial -la barcelonesa Norma- que ha editado esas otras obras.

Me refiero a la adaptación que en su día hizo Hugo Pratt de “La Isla del Tesoro” y “Secuestrado”, que ahora pueden adquirirse reunidas en un sólo álbum.

Pratt no llegó a vivir ni siquiera el nacimiento de eso que llamamos “novela gráfica”, sin embargo basta con sumergirse en adaptaciones como esas para darse cuenta de que su trabajo supera cualquier expectativa a ese respecto.

En efecto, Pratt consiguió llevar en su día todo el espíritu, todo el pulso narrativo de esas dos obras de Stevenson al formato de cómic y además sin desvirtuar en lo más mínimo la estética con la que decidió plasmar en imágenes lo que hasta ese momento sólo era letra.

Eso es especialmente notable en “La Isla del Tesoro”, donde se combinan, como en un perfecto mecanismo de relojería, tanto las palabras de Stevenson, casi en toda su pureza, con toda su fuerza original -que es mucha, como sabe cualquier lector de esa obra-, como las imágenes en las que las plasmó Pratt. Como siempre acertadas, impresionantes, dinámicas y llenas de detalles históricos que, a diferencia de lo que ocurre con las otras adaptaciones al cómic de la obra de Stevenson de las que hemos tratado aquí, dan al lector una versión de “La Isla del Tesoro” o de “Secuestrado” con valor añadido y las convierte en un verdadero estímulo para leer las obras originales.

Un balance positivo que permite incluso perdonar las libertades que Hugo Pratt se toma con el final de “La Isla del Tesoro”, quizás la parte más floja de su, por lo demás, impresionante versión en imágenes de esa obra que, por sí sola, podría justificar que Robert Louis Stevenson hubiera dedicado su vida a escribir y que es con lo que debería quedarse el lector a la hora de elegir aproximarse a esa Literatura primero a través de este formato en viñetas y después -es de esperar- al original escrito, llevándose en la memoria los rostros de Jim Hawkins, del señor Trelawney, del doctor Livesey, de Israel Hands -el artillero del temido capitán Flint- y, sobre todo, la de Long John Silver imaginados y dibujados por Hugo Pratt.

Le resultará difícil encontrar mejores ilustraciones, mejores ropas, mejores uniformes, armas, barcos, rostros y actitudes para vestir a las criaturas que su mente irá evocando a medida que sus ojos pasen las líneas, las páginas, los capítulos de una de las mejores novelas jamás escritas y a la que, puede decirse, Pratt hizo un gran favor en su día plasmándola en viñetas con el cuidado que siempre acostumbraba a usar con su trabajo y que está perfectamente reflejado en los bocetos que ilustran el prólogo de esta edición de Norma, en el que se cuenta cómo el dibujante se acercó, por primera vez, a la obra, cuando era un niño que trataba de escapar de los aspectos menos heroicos de una Segunda Guerra Mundial que él, en su momento, también supo convertir en Literatura dibujada…

Anuncios

Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Robert Louis Stevenson y la novela gráfica. ¿Una oportunidad, un homenaje o una pérdida de tiempo?

  1. Hace 160 años nacía uno de los hombres más prolíficos del siglo XIX: Robert Louis Stevenson. Como es habitual, el buscador modificó su logo con un “doodle”, esta vez para celebrar el nacimiento del famoso escritor, el 13 de noviembre de 1850. Nacido en Edimburgo, Stevenson dejó una vasta obra que incluye crónicas de viaje, novelas de aventuras e históricas, como también lírica y ensayos. Autor de algunas de las historias fantásticas y de aventuras más populares, como “La isla del tesoro”, “El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde” o “La flecha negra”, adaptadas para niños y llevadas varias veces al cine en el siglo XX.

  2. alkibla dijo:

    Excelente blog de critica literaria, honesto y muy útil. Enhorabuena y que siga así.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s