“La leyenda del ladrón” de Juan Gómez-Jurado o ¿por qué una novela de aventuras no es una novela histórica?

Criticar una novela de Juan Gómez-Jurado no es tarea fácil. Por varias razones. Entre otras, la principal es el abrumador éxito de ventas que han tenido ésta que hoy nos ocupa y todas las anteriores. Un verdadero antídoto contra toda crítica por aquello de que nada tiene más éxito que el éxito, como decía Talleyrand, que, de acuerdo con su biografía de superviviente, algo debía saber de estas cosas.

También dificulta esa tarea el dominio con el que el autor de “La leyenda del ladrón” se maneja en las redes sociales -de lo que puede dar fe nada menos que el propio Alejandro Sanz-, la cercanía con la que se desenvuelve en ellas, interpelando directamente tanto a sus fieles seguidores como a sus posibles críticos.

Así, por ejemplo, en los días previos a la publicación de esta nueva edición de “La novela antihistórica”, el autor de ”La leyenda del ladrón” ha practicado una aguda esgrima textual con el autor de esta crítica a través de las respectivas cuentas de Twitter, @juangomezjurado vs. @nvlanthistorica. En ese escenario, el autor de “La leyenda del ladrón” ha rebatido con mucha firmeza los avances de la crítica que se iba a publicar hoy aquí hechos en ese medio.

Entre otros argumentos Juan Gómez-Jurado ha esgrimido en su defensa el de la larga y, tal vez, penosa labor de documentación histórica que ha realizado durante años antes de ponerse a escribir su nuevo best-seller. Algo que no se le ha regateado, en absoluto, por parte del que estas líneas escribe y de lo que se dejó constancia a través de esa red social de Twitter.

Sin embargo, quizás el argumento más interesante de los que utilizó Juan Gómez-Jurado para defender “La leyenda del ladrón”, es que su obra era lo que él mismo calificó como “una novela de aventuras” y no histórica.

Eso es algo que tampoco se le piensa regatear en esta crítica. De hecho, los guiños y referencias a ese género de aventuras en “La leyenda del ladrón” están bien claros para los que lo conocen más o menos bien -como puede ser el caso del que esta página firma- y como se dejó, también claro, a través de algunos “tweets” cruzados entre @juangomezjurado y @nvlanthistorica, señalando el firmante de “La leyenda del ladrón” que el origen de la idea para escribir esa novela eran clásicos de ese género como, los que tuvieron como protagonista a un Burt Lancaster muy alejado de su perfil de actor comprometido y reivindicativo. Es decir, el de “El halcón y la flecha” y “El temible burlón” y no el de “Que viene Valdez” o el personaje verdaderamente escalofriante que interpreta en “El puente de Casandra”, que, por sí sólo, salva lo que hubiera sido poco más que otro ejemplar del “cine de desastres” de los años 70 con unas gotas de la crítica social tan de moda en la época, pese a la presencia en la misma cinta de Richard Harris y Sofía Loren.

Es evidente que “La leyenda del ladrón” es todo un homenaje a películas como “El halcón y la flecha” o a las que, más o menos en las mismas fechas, se basan en novelas de Rafael Sabatini, el rey del género “de aventuras” en la Literatura. Caso, por ejemplo, de “Scaramouche”, dirigida en 1952 por George Sidney e interpretada por Stewart Granger -uno de los abonados a ese tipo de papeles, como se puede ver en “El prisionero de Zenda” rodada también en 1952- y Eleanor Parker.

La mudez de Josué, el compañero de Sancho de Écija, el protagonista de “La leyenda del ladrón”, durante, más o menos, la mitad del libro, o el aspecto físico de Bartolo, el mentor de Sancho, es, por sólo citar un ejemplo, un claro guiño al personaje, también de fiel seguidor del protagonista, que interpretaba Nick Cravat en el “El temible burlón”.

Todo esto, en principio, haría, pues, una diatriba inútil el convertir esta nueva crítica de “La novela antihistórica” en una requisitoria contra casos y cosas de la trama de “La leyenda del ladrón” que chocan desde el punto de vista histórico. Sería algo así como tener a un pelmazo al lado, mientras se trata de ver una tarde de sábado una reposición de “El temible burlón”, señalando que el corte de pelo de Burt Lancaster, o sus calzones a rayas rojas y blancas, no tienen nada que ver con la pinta que realmente habría llevado un rudo hermano de la Costa en la época en la que, vagamente, está ambientada esa película, a finales del siglo XVIII.

Y eso es así a pesar de que se podría tirar sobre cuestiones como esas “a caballero” -esto es, con ventaja- como dejó escrito en cierta ocasión uno de los personajes principales de “La leyenda del ladrón”, Miguel de Cervantes y Saavedra, que en los años de 1588 a 1591 en los que está ambientada esa novela aún se limita sólo a ejercer de comisario de abastos del rey Felipe II.

Ese sería el caso, por ejemplo, del oficio que toma la protagonista femenina, la esclava Clara, que se establece en Sevilla como boticaria tras la muerte de su maestro, el médico Monardes.

En realidad, más que boticaria, como se dice en la novela, Clara es una herbolera y difícilmente podría ser otra cosa, ya que la labor de boticario, con no ser tan importante como la de médico -tal y como señala Monardes antes de morir- estaba estrictamente controlada en la España de la Edad Moderna por altas instituciones del Estado como el Protomedicato -un equivalente de la época a nuestro Ministerio de Sanidad-, que exigía a quien fuera a ejercer esa actividad un examen bastante riguroso en el que se debían demostrar, como mínimo, conocimientos de la Química de la época y de latín, ya que las recetas de las que dependía la vida o la muerte del paciente eran expedidas por el médico, invariablemente, en esa lengua.

Unas duras condiciones de acceso al puesto que, por otra parte, eran estrechamente vigiladas por los poderes locales donde quería asentarse y ejercer el boticario, que exigían, sólo como primera traba, la licencia expedida por el Protomedicato tras el examen. Cosa que un personaje como Clara está muy lejos de poder conseguir, como bien se podría deducir por el solo hecho de que Elena Céspedes -el personaje histórico en el que Juan Gómez-Jurado se ha basado para crear a la protagonista femenina de su novela- debió ejercer la profesión de cirujano -igualmente fiscalizada por el Protomedicato y los poderes locales- disfrazada de hombre, tal y como nos aclara el propio autor de “La leyenda del ladrón” en las instructivas notas que deja para el final de la novela.

Espigando entre las páginas de “La leyenda del ladrón” se puede dar, en efecto, con muchos detalles de esos que al historiador -qué le vamos a hacer- le chirrían. Ese sería el caso, también, de la extrañeza de Sancho de Écija ante cuestiones básicas de la esgrima como el manejo de la daga con la mano izquierda para proteger ese flanco del tirador mientras se defiende, o ataca, con la espada enarbolada en la derecha (o viceversa, caso de ser zurdo). Cualquier sevillano que no viviese recluido, como es el caso del joven Sancho, debería de haber visto -mucho antes de que un maestro de esgrima se lo señalase- cientos de reyertas de taberna y callejeras en las que los contendientes habrían echado mano tanto de la daga como de la espada para enfrentarse. De hecho, en las fechas en las que se desarrolla la novela, a finales del siglo XVI, ya es prácticamente inconcebible que un hombre armado de espada no portase también terciada sobre los riñones una daga o espadín que le sirviera para contrarrestar los ataques de flanco de sus posibles oponentes. Esa relativa extrañeza de Sancho ante el empleo de la daga para combatir a espada sería, de hecho, tanto como encontrar hoy día a alguien que no supiera para qué sirve un teléfono.

Lo mismo ocurre cuando el maestro Dreyer que instruye a Sancho en esgrima, le habla acerca del golpe de espada llamado “stramazzone” como si se tratase de un verdadero arcano misterioso. Esa figura de esgrima tenía que ser sobradamente conocida para un correcalles como Sancho. De hecho, en los documentos generados por denuncias contra duelistas de esa época, y posteriores, el “stramazzone” aparece frecuentemente recogido y descrito con la palabra “palo”. Es así, en efecto, como en el habla cotidiana de la España del XVI o del XVII se describía esa figura de esgrima, sucia, muy poco elegante pero sumamente eficaz, ya que al golpear, de arriba a abajo, la frente y el cuero cabelludo del oponente cegaba a éste de inmediato al arrojarle a los ojos tanto los restos de su sombrero cortado por la punta de la espada, como una buena cantidad de sangre, obligándole a abandonar el combate -por regla general era eso lo que ocurría- o quedar a merced del oponente.

Pero dicho esto, no hay inconveniente en volver al argumento inicial de esta nueva crítica de “La novela antihistórica”: hay que disculpar esas cuestiones de detalle en “La leyenda del ladrón” del mismo modo en el que las disculpamos, gustosamente, en “El halcón y la flecha”, “El temible burlón”, “Scaramouche”, “El prisionero de Zenda”, y hasta en la parodia que se hace de esa película en la desopilante “La carrera del siglo”…

Sin embargo, hechas las disculpas, absueltas unas culpas que, tal vez, dejan más en evidencia al crítico, por su reseco exceso de celo, que al autor por su audacia, el historiador sigue sin poder callarse. Y tal vez será justo dejarle hablar. A fin y al cabo el hecho de que “El temible burlón” nos guste no debería ser motivo para impedirnos debatir, amigablemente, claro está, sobre la mucho mejor ambientación histórica que podemos ver, por ejemplo, en “Que viene Valdez”, que, además, es un gran valor añadido para esa gran película también protagonizada por Burt Lancaster.

En efecto, aún dejando claro que Juan Gómez-Jurado sólo ha pretendido -y conseguido- escribir una novela de aventuras, resulta que muchos de sus lectores -véanse páginas y más páginas web sobre el tema- parecen creer, por el contrario, que “La leyenda del ladrón” es una buena guía para aprender sobre la España de Felipe II. Y esto no es así y el historiador, a pesar de que pueda estar buscándose enemigos peores que el Francisco de Vargas que hace de “malo” en “La leyenda del ladrón”, siente que no tiene más remedio que aclarar estas cuestiones viéndose, en cierto modo, en la misma situación en la que siempre se veían las víctimas de Napoleón. Es decir: la de tener que convertirlo en enemigo porque el Corso no daba ninguna otra opción, no siendo, precisamente, el último en atacar.

Así es, no poner el foco en que “La leyenda del ladrón”, tal y como honestamente sostiene su autor, no es una novela histórica, equivale a callar y otorgar ante la idea de que los historiadores somos prescindibles, que no tenemos nada que contar acerca de, por ejemplo, la España real, verdadera, de Carlos V y Felipe II, o que toda la Literatura que se puede generar sobre ella se debería reducir a novelas de aventuras como la, por otra parte, muy eficaz  que ha firmado Juan Gómez-Jurado.

Y es que “La leyenda del ladrón” tiene un grave problema para aspirar a ese papel de  novela histórica que algunos le han otorgado más allá de las verdaderas intenciones de su autor: se trata de la cuestión del correcto enfoque histórico sobre la época elegida como escenario.

En efecto, Juan Gómez-Jurado se ha documentado sobre esa época, de eso no hay duda, tal y como he señalado y vuelvo a señalar por si hace falta. De ello hay buenas pruebas en las páginas que su novela dedica a la vida en galeras o al rescate de cautivos en poder de eso que en la época de la novela se llamaba “el Turco”.

Sin embargo, el conjunto de “La leyenda del ladrón” no transmite una impresión exacta sobre qué era la España de Felipe II históricamente hablando. Fijémonos tan sólo en un par de detalles.

Cuando Francisco de Vargas cae enfermo de gota se alude en la novela, con algo de exageración, a que esa fue la enfermedad que mató al emperador Carlos V y que éste quiso librarse de esa enfermedad con misas y rosarios, dando a entender que prescindió de la Ciencia…

La realidad, como lo demuestran la mayor parte de las biografías que se han escrito sobre el emperador desde mediados del siglo XIX hasta hoy, es que no fue la gota la que mató a Carlos V, sino más bien un cúmulo de dolencias debidas a su incontinencia con los placeres de la mesa, y que, al contrario de lo que se dice en “La leyenda del ladrón”, el emperador buscó y recibió, durante años, los remedios que le ofrecían varios médicos. Algunos de ellos excelentes. Tanto que consiguieron aliviarle la dolencia de la gota hasta casi hacerla desaparecer durante sus primeros meses de estancia en el monasterio extremeño de Yuste, sometiéndole, claro está, a una estricta dieta que le prohibía los monumentales atracones que se daba y que, de hecho, eran los causantes de gran parte de esas dolencias que le provocaron una vejez prematura y una muerte también prematura por agotamiento físico.

Despachar, como ocurre en “La leyenda del ladrón”, el asunto de la gota del emperador con esa observación sobre “misas y rosarios” da -aunque no se haya pretendido- una idea falsa sobre la España de aquella época, muy acorde con la ahistórica Leyenda Negra, que convierte a una de las potencias imperiales más longevas del Mundo en poco más que un rebaño de muertos de hambre y fanáticos religiosos. Una imagen de trazo demasiado grueso vista desde el punto de vista histórico que, además, como se demuestra con tan sólo indagar un poco en torno a cómo se trató realmente la gota del emperador, queda absolutamente desmentida.

Lo mismo ocurre, a un nivel menos anecdótico si se quiere, con el diálogo que mantiene Vargas con el banquero Malfini -el malo “secundario”, por así decir, de “La leyenda del ladrón”- acerca de cuál va a ser el destino de la monarquía imperial fundada por Carlos V sobre la herencia de sus abuelos Isabel y Fernando.

Según Vargas, Felipe se está gastando ingentes cantidades de dinero en mantener la fe católica en el Mundo y eso, desde el frío punto de vista del tiburón financiero que es Vargas, es todo un error que se pagará caro con la destrucción del imperio antes o después. Tal vez con el heredero de Felipe II, o con el heredero del heredero…

La verdadera realidad histórica, al menos la basada en investigaciones específicas y a fondo, que, sin embargo, son las que más tardan en calar en los libros de Historia generales y más aún en el imaginario colectivo, revela que  Felipe II distaba mucho de ser un beato monarca católico al modo en el que hoy entendemos esas cuestiones.

En efecto, tanto uno de sus principales biógrafos, el historiador Henry Kamen, como Juan G. Atienza con mucho más detalle y antelación, han revelado ya hace años que Felipe II era, ante todo, un hombre del Renacimiento. Es decir, alguien para quien la Magia, la Religión -tanto la católica, en su caso, como la protestante- y la Ciencia estaban entrelazadas de un modo que hoy nos daría verdadero vértigo.

De hecho, en contra de lo que afirma la leyenda histórica -fundamentalmente generada por los falangistas durante el primer Franquismo- sobre reyes ultracatólicos que lo sacrificaron todo por la Religión católica, Felipe II tenía, en realidad, muy poco que ver con esa falsa imagen de rey austero y monacal, dechado de virtudes evangélicas al gusto del gazmoño Catolicismo decimonónico, siendo, por el contrario, uno de los mayores expertos en Nigromancia y otras artes ocultas como la Alquimia.

De ello, tal y como señalaba Juan G. Atienza en su magnífica obra “La cara oculta de Felipe II”, dan buenas pruebas tanto la planta arquitectónica de El Escorial, bastante lejos de la ortodoxia católica imaginada en el siglo XX por algunas calenturientas mentes del Falangismo, como la llamada Torre de la Botica de ese monasterio, convertida en una especie de centro de documentación e investigación sobre Ocultismo por aquel supuesto fanático de la fe católica que algunos han querido ver en Felipe II, que allí, precisamente, instruirá al que se ha llamado “príncipe de los alquimistas”. Su sobrino Rodolfo II de Habsburgo…

Vistas las cosas bajo esta perspectiva, “La leyenda del ladrón”, seguramente sin querer, nos escamotea el verdadero espíritu de la época en la que transcurre y nos da una imagen falsa del verdadero Felipe II y de lo que vino tras él, que poco, o nada, tiene que ver con el desastre imaginado por Vargas, ya que el rey Felipe y sus herederos -incluso hasta el mismo Carlos II “el hechizado”- sabían perfectamente que una cosa era el “atrezzo” religioso, manipulado a su gusto -como lo demuestran las sistemáticas excursiones por el mundo del Ocultismo de Felipe II- y otra los intereses geoestratégicos de su dinastía, que supieron mantener durante bastante tiempo. Mucho más, desde luego de lo que duró ese rayo solitario que fue el primer imperio napoleónico, que no pasará de diez años.

Es muy posible, insisto, que ese error de enfoque histórico de “La leyenda del ladrón” tenga que ver más con la lentitud con la que se extienden investigaciones como la biografía de Felipe II escrita por Henry Kamen o la obra de Juan G. Atienza en los libros de Historia más generales, menos específicos, que con una mala gestión de esos datos por parte de Juan Gómez-Jurado.

En cualquier caso, sin embargo, el historiador -¿no es lógico que así lo haga?- debe advertir de cuál es la limitación de obras como “La leyenda del ladrón” como novela  histórica. Así las cosas esa obra sólo se puede recomendar desde una página como “La novela antihistórica” como la disfrutable novela de aventuras que su autor reivindica y no, desde luego, como una verdadera novela histórica que, tal vez, el autor sí escriba algún día merced a sus bien demostradas capacidades. Pero hasta que ese día llegue esto es lo que se puede decir de “La leyenda del ladrón” como la novela histórica que nunca pretendió ser. Y, como dijo Edgar Allan Poe, nada más.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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22 respuestas a “La leyenda del ladrón” de Juan Gómez-Jurado o ¿por qué una novela de aventuras no es una novela histórica?

  1. Buenas noches Carlos, he llegado a su blog a través de una recomendación de Juan Gómez Jurado. No soy historiador, pero desde hace dos años estoy investigando mis antepasados, he conseguido llegar hasta mi octavo abuelo, se llamó Giovanni Battista Rabai y llegó a Sevilla procedente de Casanova de la Diócesis de Albenga (Arbenga) de la Rep. de Génova entre 1654 y 1657. Sabría usted decirme que tipo de barcos con pasaje llegaban a Sevilla procedente de Génova en aquella época. Creo que la ruta que siguieron bien pudiera ser Génova > Gibraltar (español) > Cádiz y Sevilla. Le agradezco cualquier información que me pudiera aportar, gracias.

    Reciba un cordial saludo

    • Buenas noches David. Supongo que no le importará que le responda públicamente ya que ha enviado su comentario a la sección pública de la página y no a la dirección de correo agregada a ella. De momento tan sólo publico su comentario -si quiere lo puedo borrar más adelante- y le emplazo a escribir a lanovelaantihistorica@yahoo.es si quiere que la respuesta que puedo darle -que es relativamente sencilla- sea a través de ese correo o aparezca publicada también en los comentarios.
      Un saludo.

  2. a900757 dijo:

    Hacía tiempo que no me pasaba por aquí, pero el debate en twitter me llamó la atención. Como viene siendo habitual, tus críticas nos revelan un punto extra de los libros históricos que hemos leído. En este caso percibo que La leyenda del ladrón sale muy bien parada y quitando algunos detalles, pareces bastante satisfecho.

    Como curiosidad, comentarte que una de los primeros aspectos que me vienen a la cabeza a la hora de recomendar esta novela es que el pesimismo sobre nuestro país y la idea de que éramos un atajo de desarrapados y vagos es sustituido por cierta admiración que demuestra el autor hacia Sevilla y su gente, no en vano una de las ciudades más importantes del mundo en ese momento. Y eso no se consigue fácilmente.

    Parece interesante esa nueva perspectiva sobre Felipe II que comentas. La desconocía, pero siempre me he dicho en mi fuero interno que el soberano de medio mundo poco tendría que justificar a ninguna religión. Intentaré acercarme más a esta etapa de nuestra historia.

    Enhorabuena por la crítica y por el debate, así como al autor porque es un trabajo muy honesto y grato de leer.

    Te dejo el link a mis impresiones sobre La leyenda del ladrón, como he hecho ya otras veces: http://www.soyleyendacharlie.blogspot.com.es/2012/07/la-leyenda-del-ladron-de-juan-gomez.html

    • Gracias soyleyenda por tus comentarios y por el enlace que, como ves, ya se ha publicado junto con tu comentario para general provecho.
      Como siempre eres muy bienvenido a “La novela antihistórica”. No puedo añadir mucho más a tu comentario. Sólo que creo que yo, personalmente, hubiera escrito “La leyenda del ladrón” desde otra óptica más de acuerdo a lo que nos contaban Henry Kamen y Juan García Atienza, pero, claro, eso ya es cuestión de gustos, de ocasión y de oportunidades que no siempre están al alcance de todos. Sólo insisto en que el abanico editorial español debería ser más generoso, más variado. Por el bien de todos. A todo lo demás que decía ayer no quito ni añado nada.

  3. soyleyenda dijo:

    Perdón, no se qué significan esos números en la firma, normalmente lo hago como “soyleyenda”.

  4. Antígono dijo:

    Interesante comentario y resumen de esta novísima novela. Simplemente añadir que tienes razón, muchos libros actuales repiten el mantra de cómo España se arruinó defendiendo el catolicismo bajo el reinado de los Austrias mientras otras potencias no vacilaban en realizar Realpolitik sin tener en cuenta la religión; cuando en realidad, tras la tramoya de la propaganda realizada por los Habsburgo subyacía el hecho de que su política fue encaminada a mantener y aumentar el poder y el prestigio de su dinastía en Europa sin importarles mucho las alianzas, como muestran los tratados entre España y la Persia de los safavíes (que no eran católicos ni de lejos), los tratados entre Felipe II y los gobernantes luteranos de Noruega (mencionados por Kamen en su biografía de Felipe II y que buscaban su apoyo frente a Inglaterra) o la alianza entre España e Inglaterra y Holanda en el reinado de Carlos II contra la católica Francia de Luis XIV, como se ve entonces (como ahora) la política hacia extraños aliados.
    Además del mito permanente de que los Austrias eran nefastos gobernantes por arruinar al país por sus intereses dinásticos, como si Luis XIV no dejase a Francia en bancarrota y al borde de la hambruna en su lucha por lograr la hegemonía en Europa y sentar a su nieto en el trono español.
    Mucha leyenda negra contra los Austrias como se ve, que es lo que suelen rezumar demasiadas novelas del siglo XVI o XVII español.
    Y respecto al asunto mencionado de cómo la Monarquía Católica se endeudó con los banqueros italianos, decir que no era asunto sólo de España; ahora mismo estoy leyendo la saga de Los Reyes Malditos y en ella se ve cómo los monarcas de la casa Capeto de Francia se endeudaron tanto con las casas bancarias italianas (genovesas, sienesas, venecianas, florentinas, etc…) que hasta tuvieron que entregar la potestad de recaudar impuestos a los banqueros italianos al no poder pagar sus deudas a tiempo.
    Lo dicho, que España no fue ni mejor ni peor que otros países de su época, y sus gobernantes no hicieron nada que no hiciesen otros antes.
    PD: De paso mencionar que la afición de Felipe II a la alquimia y el ocultismo le venía de los monarcas medievales hispánicos, que tenían una gran afición a estos temas. Sobre el asunto del sobrino Rodolfo, creo recordar que hubo en su día un documental austríaco sobre el tema de la relación entre la afición de Rodolfo a la alquimia, la astrología y demás ciencias ocultas, y su estancia en España. Fue emitido hará 5 años por Canal de Historia…cuando éste canal tenía una programación decente, pero esa es otra historia.

    • Como siempre, Antígono, dejas comentarios de lo más provechoso (un 10 por lo de la mención de la alianza con los safavíes). De lo demás qué te voy a decir, totalmente de acuerdo, pero a ver si uno de estos días podemos decir que, por fin, se publica una novela española -una al menos- en la que vemos a Felipe II en su laboratorio de Alquimia o al consejo de ministros británico presidido por el embajador español Pedro Ronquillo allá por 1689, en tiempos del rey supuestamente hechizado que, en realidad, era el que pagaba todos los gastos de las alianzas contra ese Luis XIV al que todos, católicos y protestantes, querían ver bajo tierra, acorralado en el “bunker” de Versalles. Cosa que no llegó a pasar sólo porque el muy astuto rey sol le dio la vuelta al asunto, camelándose a España a partir de 1697 para sentar a su heredero en el trono de Madrid y controlar así el chorro de plata que venía de Potosí que era, como dices, el que lo había llevado a la bancarrota, dejando Francia hecha unos zorros, como ahora se empieza a reconocer incluso allí.

  5. dieta dijo:

    “Este libro es lo mejor que he leído en mucho tiempo. Lo tengo en un lugar destacado entre todos los libros de habitación, junto con mis favoritos. Cuando lo releo y miro las cosas voy descubriendo nuevos pasajes buenos. Es algo maravilloso. Yo estoy encantado con La leyenda del ladrón, se la estoy recomendando a mis amigos. Creo que todo el mundo debería leerlo. Pocas veces se puede ver tanto en una novela tan divertida. Muchas gracias por ser escritor!!” em>Quique Huesca, 16 años, Madrid.

    • Aunque este comentario llego como spam, aquí queda publicado. Sin duda “La leyenda del ladrón”, como decía la crítica publicada este 20 de octubre, deja tan buen sabor de boca como lo puede dejar “El temible burlón”, pero recordad reclamar a vuestros editores novelas históricas en las que podáis aprender cosas como que Felipe II era un consumado alquimista o cómo se combatía en las tabernas y calles de la España de su época a daga y espada. Así tendremos más cosas entretenidas que leer y, de paso, nos instruiremos sobre nuestro verdadero pasado. En definitiva, así saldremos ganando todos, historiadores, autores, lectores y, sí, también los editores.

  6. gold account dijo:

    Un regalo inesperado, más tiempo del habitual y un par de portadas en revistas donde el autor aparecía disfrazado de la época (impagable), ha sido la fórmula culpable de que pasara parte del ya pasado verano entre las páginas de La leyenda del ladrón. Estoy hablando por supuesto de la última novela de Juan Gómez-Jurado, que ya es todo un éxito de ventas y que en honor a la verdad hay que decir que cumple su cometido con creces.

    • Sí, sí, perfecto. Sólo te falta especificar que esa novela, la que dices haber estado enfrascado leyendo todo el verano por haber visto al autor vestido de época -menudo argumento, qué nivel- cumple a la perfección su cometido como novela de aventuras pero no histórica, que es lo que aquí importa. Pero, claro, igual es demasiado pedir a un spammer a sueldo de grandes editoriales que por medios así tratan de convencer al público de que les están vendiendo justo lo contrario de lo que les están vendiendo. Patético, verdaderamente patético.

  7. silver price dijo:

    “Este libro es lo mejor que he leído en mucho tiempo. Lo tengo en un lugar destacado entre todos los libros de habitación, junto con mis favoritos. Cuando lo releo y miro las cosas voy descubriendo nuevos pasajes buenos. Es algo maravilloso. Yo estoy encantado con La leyenda del ladrón, se la estoy recomendando a mis amigos. Creo que todo el mundo debería leerlo. Pocas veces se puede ver tanto en una novela tan divertida. Muchas gracias por ser escritor!!” em>Quique Huesca, 16 años, Madrid.

    • No te basta con enviar este spam una vez, tienes que enviarlo dos.
      Muy bien, publicado queda para que se vea la calidad de los argumentos de los que no tienen ninguna objección que hacer a “La leyenda del ladrón” como la novela histórica que no es ni siquiera según su propio autor.

  8. las artes dijo:

    “Este libro es lo mejor que he leído en mucho tiempo. Lo tengo en un lugar destacado entre todos los libros de habitación, junto con mis favoritos. Cuando lo releo y miro las cosas voy descubriendo nuevos pasajes buenos. Es algo maravilloso. Yo estoy encantado con La leyenda del ladrón, se la estoy recomendando a mis amigos. Creo que todo el mundo debería leerlo. Pocas veces se puede ver tanto en una novela tan divertida. Muchas gracias por ser escritor!!” em>Quique Huesca, 16 años, Madrid.

    • Y venga, viva el spam. En fin, os lo publico, para que todo el Mundo vea el nivel -bajísimo- de vuestros argumentos en pro de “La leyenda del ladrón”. Si esto es todo lo que podéis aportar como crítica a su favor, flaco favor le estáis haciendo al pobre don Juan, porque cualquiera diría que sus lectores son robots o algo por el estilo y se los fabrican en los sotanos de Editorial Planeta.

  9. alkibla dijo:

    La labor del Historiador debe ser harto ingrata. Porque expurgar los panegíricos que los cronistas oficiales elaboran o intentar extraer lo esencial, la peripecia humana buscando en los archivos la documentación que ilustra la realidad real del momento, y cotejarlo con el sentido comun y la capacidad deductiva te pueden convertir en un heterodoxo como Ignacio Olagüe, un outsider como la Duquesa de Medina Sidonia o un tostón como Tuñon de Lara.

    • Pues, la verdad, lo peor, Andrés, como deducirás de esta reseña de “La leyenda del ladrón”, es que la divulgación que se hace de nuestro pasado apoyada por los grandes trusts editoriales, tiene poco que ver con la realidad histórica y con el esfuerzo investigador que se está haciendo desde hace años para normalizar nuestro conocimiento del pasado.
      Juan Gómez-Jurado y su bien acreditada simpatía tienen todo el derecho del Mundo a escribir novelas de aventuras, pero las cosas deberían estar un poco más equilibradas y junto a novelas como la suya esos trusts editoriales deberían plantearse dar “chance” a trabajos más en la línea, por ejemplo, de “El galeote de Argel” o de otras excelentes novelas históricas francesas como las de Jean D´Aillon. En resumen, deberían, por el bien de todos, tomar mejores ejemplos y mirar con más cuidado la diversificación de sus publicaciones, valorándolas no sólo por el beneficio económico inmediato, sino como inversión estratégica a medio y largo plazo.
      Es lo que se ha hecho en Francia durante el último siglo y medio y ya ves con qué resultados tan buenos. Para Francia, claro.

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  12. lolodecordoba dijo:

    Varios años después voy a dejar mi opinión. He leído esta entrada aun sin terminar el libro, lo cual ha hecho que esté más pendiente de los posibles errores o anacronismos del libro. Sí, estaba condicionado.
    En una parte del libro, el protagonista carga con 200 monedas, el centén, que equivalía a 100 escudos (de la cual yo desconocía su existencia). El autor comenta que, el protagonista, posiblemente cargara con 3/4 partes de su propio peso. Suponiendo un peso de 80 kilos en un joven fornido, dicho peso serían 60 kilos. Para que 200 monedas pesen 60 kilos cada una debía pesar 300 gramos, lo cual pensé que era una exageración, incluso para un andaluz como Sancho (y como yo).
    Pues según indica Wikipedia, el peso de la moneda era de 359 gramos de oro. Lo cual fue un punto a favor del autor.
    Eso sí, Wikipedia indica que se acuñaron en 1609 (casi diez años después de la historia) y que se acuño en Segovia, no en Sevilla.
    Dicho lo cual, tengo que decir que este libro me ha atrapado, creo que es una buena historia, bien contada de la cual se puede aprender algo. Pero no es un libro de Historia. Ni lo pretende.

    • Estimado Lolo: pues muy bien. Gracias por tan minuciosa observación aunque Wikipedia, la verdad, no tiene mucho prestigio en el mundo académico como fuente de información, así que igual esos datos deberías contrastarlos con algo más sólido. Claro es que dicho conocimiento -por ejemplo el título de un libro de Historia, o varios, en los que se hable de los pesos y valor de las monedas en la época-, al ser de más calidad, es más difícil de conseguir y, como todo lo que tiene calidad en este mundo nuestro, vale dinero, a pagar a los especialistas que controlan ese conocimiento selecto.
      Ya sabes, en el tiro al pato lo más que te llevas es un peluche. Nunca un abrigo de visón. Para eso tienes que ir a un peletero que, naturalmente, te cobrará otro precio que el tío de la barraca de feria.
      En cuanto a que “La leyenda del ladrón” no es un libro de Historia, ni lo pretende, creo que ya está claro en la reseña ese punto. El propio autor dijo en su día que era una novela de aventuras. Con esa mirada hay que leerlo. ¿Hay quién no lo hará así?. Él o ella sabrá. “La novela antihistórica” vende como producto un “plus” de conocimiento sobre estas cuestiones. Para cantar la palinodia y no decir nada nuevo, o casi, nada distinto a las promos de las editoriales o las tapas del libro, ya hay docenas de blogs personales. No es el caso de “La novela antihistórica” que ni lo es, ni pretende serlo, siendo, en realidad, un simple escaparate mensual de otra faceta del negocio del libro en España que busca su público, como Planeta, Espasa o los que se te ocurran buscan el suyo.
      Así está el panorama, aunque por los comentarios que se envían a este panel da la impresión de que ese sutil matiz no entra en muchas cabezas que parecen considerar que todo se reduce a que el libro que les ha gustado es intachable, inopinable, irreductible, incriticable, inmejorable. Los psicólogos suelen llamar a eso Narcisismo. Un mecanismo de defensa psicológico que nos lleva a situarnos en el centro de la Creación y a considerar, por extensión, que la medida del bien y del mal gira en torno a nosotros.
      En fin, como es lógico, aquí seguiremos a la nuestra como lo hacen tantos y tantos bufés, tiendas, talleres, gabinetes de estudios, etc… de este país al que a veces le pasan cosas que no se merece y con una Historia que tendría que ser mejor conocida, por medio de novelas de aventuras, libros de Historia, sólidas novelas históricas que no tengan miedo ni apuro de darse ese nombre, etc…

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