Precaución: “Robin Hood II. El cruzado ”, de Angus Donald

Cuando “La novela antihistórica” estaba dando sus primeros pasos, ahora hace ya dos años, uno de sus números -concretamente el de octubre de 2010- estuvo dedicado a la primera novela de Angus Donald. Esa que giraba en torno a una revisión del personaje de Robin Hood que fue anunciada a bombo y platillo por el autor y sus editores como una de las sensaciones del panorama de la llamada novela histórica.

Tratando de hacer una crítica responsable se habló en aquel número de “La novela antihistórica” de las virtudes de la primera novela de esta serie, “Robin Hood, el proscrito”. Las tenía, en efecto. Y cualquiera que quiera saber de ellas no tiene nada más que consultar ese número de “La novela antihistórica” de 25 de octubre de 2010.

  Sin embargo, había en esa novela de Angus Donald errores de bulto que no la hacían muy recomendable como novela histórica que pretendía dar lecciones -por no decir sopas con honda, vista la publicidad de los editores- sobre la Inglaterra del siglo XII en la que estaba ambientada la acción de esta nueva vuelta de tuerca al personaje de Robin Hood.

Dos años después, cuando está desde hace unos cuantos meses en nuestras librerías la segunda entrega de esta supuestamente rompedora serie de novelas históricas sobre Robin Hood, las cosas no han cambiado demasiado.

En efecto, “Robin Hood II. El cruzado” da, como se suele decir, dos de cal y una de arena por lo que respecta a ese papel de novela histórica que tanto el autor como sus editores han querido incorporar como seña de identidad a esta nueva versión de Robin Hood.

Empezaré, como hace dos años, por hablar de los aspectos positivos que tiene esta nueva entrega de la serie de Angus Donald sobre Robin Hood.

Al igual que en la primera entrega de la serie, Angus Donald se muestra en este segundo episodio de su Robin Hood como un conocedor casi exquisito de la Música medieval y de todo lo asociado con la cultura trovadoresca.

Abundan en “Robin Hood II. El cruzado” los poemas, las “cansós” y otros detalles verdaderamente interesantes relacionados con el papel que juega un trovador en la época.

Por ese lado el lector saldrá muy bien instruido sobre esa parte fundamental de la Historia de la Música, conociendo incluso la diferencia entre un simple juglar -alguien que no componía y se limitaba a interpretar las canciones y composiciones de otros- y un trovador, que compone por su cuenta y goza de una alta estima en las cortes de los diferentes señores feudales, siendo incluso miembro de la casta de los valvasores o caballeros o, como ocurre en el caso del rey Ricardo -otro de los protagonistas de esta novela de Angus Donald-, ser incluso una testa coronada.

También saldrá bien instruido el lector acerca de las cacerías en la época gracias a una en la que participa Alan Dale -que vuelve a ser el narrador de toda la trama, como en la primera entrega- en Messina, mientras espera con los restantes cruzados a embarcar para Tierra Santa. Aprenderá, por ejemplo, como se hacía el ojeo tratando de llevar a la pieza -en este caso un gran jabalí- hacia una zona con redes que permitían acorralarlo y la razón por la que las jabalinas tenían un travesaño central debajo de la punta que se clavaba en el animal: sencillamente para evitar que éste, en su agonía, embistiese contra su cazador deslizándose en el último estertor por el astil del arma.

Los lectores de esta segunda entrega de las aventuras revisionistas de Robin Hood ideadas por Angus Donald también aprenderán bastante sobre la Tercera Cruzada, sobre las tácticas de combate empleadas por sarracenos y cristianos o sobre las complejas relaciones sociales dentro del orden feudal, basadas en obligaciones recíprocas entre personas de distinto rango -de rey a señor feudal, de señor feudal a valvasor, de valvasor a escudero y así sucesivamente- que, eso no se puede negar, Angus Donald refleja con bastante habilidad.

Lo malo de “Robin Hood II. El cruzado” es que tiene otros elementos fundamentales en la trama que distan mucho de ser históricos.

Es algo que se hace patente para quien conozca la época desde las primeras páginas en las que el ya más que maduro Alan Dale va desgranando en la mansión de su pequeño feudo de Westbury sus recuerdos.

En efecto, el punto de partida de la novela son los remordimientos por lo que él, Alan Dale, señor de Westbury, se vio obligado a hacer durante esa Tercera Cruzada -que es el eje de la novela- bajo el mando del rey Ricardo Corazón de León. El cuadro que dibuja Alan Dale en esas primeras páginas pretende ser realista: describe campos de batalla llenos de muertos y moribundos que gimen, de caballos reventados y otros horrores bélicos que, a él, hombre del siglo XII, curiosamente le repugnan de un modo verdaderamente extraño…

Y es que -por más que se empeñe el autor de “Robin Hood II. El cruzado”- una actitud tal es sencillamente inverosímil en un hombre que, como se supone es el caso de Alan Dale, ha dedicado toda su vida al oficio de las armas en calidad de valvasor -o caballero- ligado por juramento feudal a Robert Odo o, si se prefiere, Robin Hood.

En ese punto Angus Donald hace una verdadera jugada de tahúr con la Historia. Sabe perfectamente que esa mentalidad no encaja, en absoluto, con los hombres del siglo XII y menos aún con los que pertenecen a la clase de los caballeros, como es el caso de Alan Dale, señor del pequeño feudo de Westbury del que ha disfrutado desde su juventud hasta ese momento en el que, se supone, ya viejo de más de cincuenta años, recuerda y escribe sus recuerdos de la agitada vida que pasa siguiendo lealmente a Robert Odo.

De hecho, el mismo Angus Donald trae a colación en su novela al ejemplo perfecto de cómo pensaban los valvasores de esa época acerca del oficio de la guerra y todo lo relacionado con él.

En efecto, hacia la mitad de “Robin Hood II. El cruzado”, cuando los cruzados llegan a Messina para pasar por mar hasta la Tierra Santa que pretenden liberar, aparece en la corte improvisada que monta allí el rey Ricardo el caballero Bertrán de Born.

Se trata de un personaje histórico que, de hecho, ha sido utilizado en uno de los estudios históricos fundamentales sobre la Edad Media, “La sociedad feudal” del historiador francés Marc Bloch, como perfecto ejemplo del caballero medieval. Uno que, además, en su calidad de trovador dejó explícitos testimonios de su forma de pensar ante determinadas cuestiones y, en especial, ante la guerra.

Bloch, de hecho, citaba en su obra uno de los poemas de Bertrán de Born compuesto de unas estrofas verdaderamente atroces, en las que el caballero señalaba que el tiempo de Pascua, cuando la vida renace con la primavera, le gustaba mucho, que también le gustaba mucho, comer, beber y reír, pero que nada le gustaba tanto como el tomar parte en batallas, oír en ellas el relinchar de los caballos heridos y los gritos de los adversarios derribados que gritaban pidiendo socorro…

Es en detalles como esos en los que se vuelve a notar, una vez más, que Angus Donald juega con la Historia según le parece y dispone de sus hechos y elementos no para formar un relato verídico cobre la época en la que ambienta sus obras, sino para que ese relato, sólo aparentemente histórico, agrade a los lectores de hoy día, que, probablemente, no podrían digerir que Alan Dale, el narrador de esta historia, fuera un salvaje caballero-trovador sediento de sangre como ese Bertrán de Born -que, en opinión de uno de los mejores historiadores de estos dos últimos siglos, el ya  mencionado Marc Bloch, tan bien representaba a esa clase social- al que, por otra parte,  beatamente censura y descalifica por sus belicosas canciones un Alan Dale muy simpático para nuestra época pero completamente imposible como caballero del siglo XII.

Los detalles de ese estilo abundan en “Robin Hood II. El Cruzado”. A veces son pequeñas tonterias pero que, como se suele decir, dan al ojo. Es lo que ocurre cuando se ve a Robin y Alan tratando de calcular el alcance de una flecha… en metros.

Tan llamativo episodio ocurre durante el asedio a la torre en la que se han refugiado los judíos de York huyendo de uno de los numerosos “pogromos” que sufren a lo largo de la Edad Media y que Donald, esforzándose más por hacer simpáticos sus protagonistas al lector del siglo XXI que por escribir una verdadera novela histórica, sólo explica a medias, haciendo que los villanos de la obra -el acólito del rey Juan, Richard Malbête- sean antisemitas -esa es la palabra, completamente anacrónica, que utiliza Alan Dale para describir lo que está ocurriendo en York, una revuelta antisemita…- y los héroes de la historia sean prosemitas o, por lo menos, como ocurre en el caso de Alan Dale, se piensen con más cuidado las cosas que se decían y creían sobre los judíos en la Europa medieval (asesinato ritual de niños cristianos, el pueblo que mató a Cristo, la necesidad de exterminarlos para no tener que pagar las deudas contraídas con ellos, etc… ).

Ese asedio a la torre de York ofrece, de hecho, numerosas ocasiones a Angus Donald para caer en absurdos anacronismos que alejan a esta nueva entrega de su Robin Hood revisionista de ser una buena novela histórica.

Así, por ejemplo, nos dice que, en un momento dado, los cristianos que rodean la torre enseñan sus traseros en son de burla a los judíos asediados… bajándose lo que Alan Dale llama “sus calzones”.

Un detalle que demuestra el muy básico conocimiento de Angus Donald sobre la vestimenta medieval, con la que tal acción es imposible. Principalmente porque los hombres, salvo reminiscencias de prendas celtas o romanas que serían más la excepción que la regla en el siglo XII, vestían, por regla general, tres piezas distintas para cubrirse de cintura para abajo. A saber: por un lado las “braies”, una especie de calzoncillos tipo “slip” que cubrían el trasero y los testículos y el pene, y por otro un par de calzas que cubrían el pie como nuestros calcetines actuales subiendo por la pierna hasta juntarse con las “braies”, a las que eran anudados por distintos medios.

Lo más curioso del caso es que unas cuantas páginas más adelante Angus Donald alude a “las braies y a las calzas” describiendo la vestimenta de Robin, de lo cual habría que deducir que el autor no es muy riguroso con el modo en el que maneja la información sobre los detalles de la época en la que ambienta su relato, acertando unas veces y otras no en el tratamiento de esos detalles sin que se sepa muy bien a qué obedece esa desorientación que, probablemente, deja al lector más confundido que esclarecido sobre como podía ser la Europa del siglo XII.

Todo esto, en conjunto, hace de “Robin Hood II. El cruzado” una apuesta cuando menos arriesgada para el lector que pretenda leerla como una fuente entretenida de información sobre la Europa de la época de las Cruzadas.

Ese lector pasará un rato, en efecto, entretenido, sin duda. con personajes y situaciones que parecen muy verosímiles a la hora de hacer un balance final de la novela, pero detalles como los que acabó de describir hacen que  “Robin Hood II. El cruzado” deba tomarse con mucha precaución como una novela histórica más o menos pasable y útil.

Es a partir de ahí desde donde el lector deberá considerar si le merece la pena gastar tiempo y dinero en ella o en su inminente secuela.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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18 respuestas a Precaución: “Robin Hood II. El cruzado ”, de Angus Donald

  1. Antígono dijo:

    Interesante resumen; las novelas de temática medieval casi siempre son las más numerosas y las que mayor demanda tienen en las librerías…y que muchas veces suelen tirar por lo misterioso o esotérico para atraer al gran público; de temática medieval he leido unas pocas,que yo recuerde ahora mismo, El Nombre de la Rosa (que me gustó), El Papa Luna (interesante aunque a veces con un ritmo irregular) o Los Malos Años (entretenida pero a veces algo complicada de seguir debido al exceso de personajes)…otras sinceramente no las recomendaría a nadie (entre otras la archifamosa y alabada hasta la saciedad, ignoro por qué, Los Pilares de la Tierra; o La Catedral del Mar una versión hispana de la novela de Ken Follet); en muchas de estas novelas se ven los clichés que has mencionado (y que no son sólo de las novelas medievales sino de otras históricas) como los personajes con visiones más propias de la clase media occidental actual que las de su época, y personajes que casi siempre son auténticos dechados de virtudes y buenos buenísimos, frente a rivales que son el conjunto de los vicios de la Humanidad y malos malísimos.
    La excusa que suelen dar los autores suele ser siempre la misma, que a los lectores les sería imposible identificarse con el personaje….lo que da la idea de que los autores tienen una pésima opinión de sus lectores a los que ven incapaces de meterse en la época y trasfondo de la novela.

  2. Antígono dijo:

    Por cierto, se me ha olvidado mencionar, o más bien recomendar, una serie de novelas sobre la Edad Media que estoy leyendo ahora (y que son un clásico del género), Los Reyes Malditos de Maurice Druon.

  3. Una novela espléndida que confirma a Angus Donald como un autor imprescindible en el género de la novela histórica de aventuras.

    • Gracias Silver Account por ofrecernos una muestra, una más, del marketing editorial. Así los lectores de la página pueden comparar la realidad de una crítica a fondo, como la de “La novela antihistórica” con estas banalidades con las que se intenta vender cada novela que se saca al mercado como la mejor novela histórica del siglo o algo parecido.

    • María dijo:

      Cuesta creer que un editor responda así a la crítica bien argumentada de un lector. ¿De verdad lo considera una respuesta airosa?

      • Gracias María por su intervención. Personalmente creo que su atinada pregunta quedará sin respuesta. El mundo editorial español es, en general, así de dictatorial y de “yo-siempre-tengo-la-razón-caiga-quién-caiga”. Carecen de criterio y si alguien -como es el caso de quien suscribe cada mes desde hace dos años “La novela antihistórica”- señala al emperador que va desnudo por las calles lo menos que se puede esperar de ellos es un mensaje como el enviado por Silveraccount -ya van dos veces en dos distintos casos- aparte del habitual ninguneo y emplazamiento en las listas negras que corren de mano en mano por los despachos donde se decide qué se publica y qué se prohibe terminantemente publicar en España, una vez más caiga quién caiga.
        El desdén en este caso es más grave, puesto que lo que se trata de publicar en “La novela antihistórica” no es sólo la opinión de un lector, sino la de un especialista en Historia cansado de ver cómo se vapulea, se malversa y se ignora el trabajo de los historiadores en el bestseller de turno.
        Gracias otra vez por su oportuna intervención y reciba un cordial saludo.

  4. silver price dijo:

    Una novela sumamente entretenida y rica en detalles, con la Tercera Cruzada como telón de fondo de una historia cargada de aventuras.

    • La respuesta al mensaje de María publicado a las 11 y media del día 10 ha llegado por la vía de la que en su momento hablamos. El editor contesta a la crítica con más propaganda editorial. Y por partida doble. Una actitud muy elocuente de su altura de miras. Huelgan más comentarios.

  5. gold price dijo:

    Una novela sumamente entretenida y rica en detalles, con la Tercera Cruzada como telón de fondo de una historia cargada de aventuras.

  6. Antígono dijo:

    Que agotadores son los hermanos Price; podrían argumentar algo más que las promociones editoriales de las novelas. Opino.

  7. Dudadudosa dijo:

    ¿Se pueden hacer peticiones? Me gustaría saber su opinón sobre la novela “La leyenda del ladrón” de Juan Gómez-Jurado. Me suena a estereotipo tanta pobreza en una de las ciudades más ricas del momento, pero carezco de conocimientos para rebatirlos. Muchísimas gracias.

    • Estimada Cristina, se pueden hacer peticiones. Y la tuya será atendida mañana mismo cuando se renueve la página, a eso de las 11:30 de la noche, tal y como se hace cada día 20 de mes. La crítica de octubre está dedicada, en efecto, al libro “La leyenda del ladrón”.
      En ella, a menos que el señor Planeta o algún hacker “incontrolado” decida aplastar la página de manera preventiva, encontrarás una serie de argumentos ponderados sobre esa cuestión de tanta pobreza en una ciudad tan rica como Sevilla en la época de Felipe II -no es que ahora lo sea menos- que te resulta, con razón, tan extraña y sobre hasta qué punto puedes dar por buena la información histórica de esa novela.
      Un saludo.

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