Otra novela histórica es posible. Elogio de “Rebelde”, de Bernard Cornwell

Los seguidores de esta página ya sabrán que la primera aparición en ella del novelista y antiguo periodista de la BBC Bernard Cornwell no fue precisamente elogiosa.

De hecho, el análisis que se hizo en febrero del año 2011 de la última entrega de la serie que más fama le ha dado -según parece-, la del fusilero Richard Sharpe, no dudaba en calificarla como un perfecto ejemplo de lo que es, realmente, una de esas novelas antihistóricas que habitualmente debemos sufrir en España, bien gracias a nuestra  deleznable -en todos los sentidos de la palabra- producción local, o bien por la compra de grandes éxitos extranjeros como esas series escritas por autores como Cornwell.

De “Rebelde”, la novela de la que se va a ocupar esta página hoy 20 de mayo de 2012., en justicia, se puede, y se debe, decir justo todo lo contrario

“Rebelde” es la primera de otra de las numerosas series -aparte de la ya mencionada de Sharpe, la de “El señor de la Guerra” y la de “Arqueros del Rey”- con las que el señor Cornwell da rienda suelta a su grafomanía. La que se ha bautizado -según parece- como “Crónicas de Starbuck”.

En ella el autor británico afincado hace años en Estados Unidos y casado con una nativa de ese país, traslada la acción de su Literatura al período de la guerra civil entre los estados del Norte y el Sur de ese país. Es decir, a mediados del siglo XIX, a los años de 1861 a 1865, abandonando así los míticos tiempos del Rey Arturo, los de las guerras entre franceses e ingleses por el control de una Francia en formación a finales de la Edad Media, o los de las guerras del Imperio británico contra la República  francesa y el imperio napoleónico entre finales del siglo XVIII y principios del XIX

Y el resultado de ese cambio de ambiente es espectacular. Al menos si se compara esta primera entrega de las “Crónicas de Starbuck” con el flaco favor que Cornwell hace al lector de novela histórica interesado en las campañas napoleónicas con su serie de Sharpe.

En efecto, en “Rebelde” la ambientación histórica, la reconstrucción de la época, es minuciosa -como suele ser habitual en Cornwell- pero, al mismo tiempo, es exacta hasta lo exhaustivo.

“Rebelde” es un libro largo, de cerca de 600 páginas en esta edición española hoy viva en las librerías, y en ellas Cornwell nos explica de manera tan amena como es habitual en él -eso no se le puede discutir- el proceso final por el cual los estados del Sur se declaran independientes de los del Norte y dan comienzo a la llamada Guerra de Secesión

Todo eso se hace principalmente a través de personajes de una calidad extraordinaria, que elevan de una manera digna del mejor aplauso el listón de cómo se debe escribir una novela histórica.

Así, lo primero que se descubre en “Rebelde” es algo elemental en una novela de esas características. Es decir, que los personajes literarios no sean simples maniquís -cuanto más planos y menos desarrollados mejor- vestidos con ropa de época que, además, se dedican a servir de pregoneros de las ideas -generalmente bastante indocumentadas- de determinados escritores sobre una determinada época histórica.

En efecto, el protagonista principal de la novela, el mismo que da nombre a la serie, Nathaniel Starbuck, es un joven de la clase media-alta de Boston, el principal bastión en los estados del Norte de las ideas abolicionistas que, en  contra de lo que se cree generalmente -a pesar de que ya se ha dicho en diversas ocasiones lo contrario- es sólo uno de los motivos -aunque fuera el “casus belli”, la provocación esencial- que impulsaron la guerra entre los estados.

A través de él y de su amigo de la Universidad Adam Faulconer -éste hijo de un terrateniente sureño-, Cornwell plantea de un modo algo más que hábil el drama histórico de la guerra civil en abstracto y de la de Secesión en concreto.

Vemos así a ambos personajes zarandeados por las obligaciones y las convicciones de la época en la que viven, indecisos a la hora de tomar partido, desgarrados porque saben bien que, hagan lo que hagan, el enfrentamiento es inevitable y va a acabar con la unidad y la integridad de un país que ya en esos momentos empieza a ser consciente de su propia magnitud como la mayor república parlamentaria existente en el Mundo en esas  fechas.

Nathaniel Starbuck aparece en escena a lo largo de las primera páginas de “Rebelde” en Richmond, la ciudad sureña -no muy distante de Washington- que está ya en proceso de convertirse en capital de los futuros estados confederados de América. Ha llegado hasta allí tras ahorcar su carrera de estudiante de Teología y futuro predicador llamado a hacerse cargo de la congregación bostoniana de su padre -el furibundo reverendo Elial Starbuck, paladín de los antiesclavistas-, a causa de un enamoramiento fatídico de una actriz que pasó por el campus de Yale con una compañía que representa la, por entonces, popular adaptación a la escena de “La cabaña del tío Tom” de Harriet Beecher Stowe.

Ella resulta ser lo que era una actriz en esa época. Una desclasada, vista con suspicacia por la sociedad bienpensante del Occidente “civilizado” de mediados del siglo XIX. Una aventurera que se aprovecha de la tonta inocencia de un niño bien bostoniano, de carácter impetuoso pero criado en un ambiente rígido y alejado de toda realidad mundana que escapase al estrecho círculo de los llamados “brahamanes” de esa ciudad que constituye uno de los ejemplos más acabados de la esencia de lo que realmente se entiende dentro de Estados Unidos por un “yankee”.

Es decir, un individuo constreñido por su pertenencia a una iglesia de rígida observancia protestante -calvinista preferentemente-, escasamente cosmopolita a pesar de que trata de imitar los modelos que le llegan desde Europa -especialmente el encorsetamiento de la asfixiante burguesía victoriana-, cultivador de la idea de que Estados Unidos es una especie de Paraíso recuperado y tierra de promisión destinada a la comunidad elegida. En este caso los descendientes de los Padres Fundadores que llegan a las provincias inglesas de América a comienzos del siglo XVII. Una clase de hombres y mujeres que encuentra atroz la esclavitud a pesar de que las fábricas norteñas y sus condiciones laborales -principales fuentes de riqueza de esa casta- son sólo un poco mejores que la de la economía fundamentalmente esclavista del Sur.

Una carga insoportable para el joven Starbuck, que, así las cosas, prefiere convertirse en oficial del ejército rebelde para superar ese enfrentamiento visceral entre ese mundo puritano en el que se ha criado y su carácter impulsivo y decidido, inclinado hacia la aventura de manera natural.

El caso de Adam Faulconer es, más o menos, el contrario. Su carácter es también mucho más fuerte de lo que en apariencia se puede esperar de un futuro ministro de la Iglesia. A pesar de ser un virginiano, un sureño, aboga por la conciliación entre estados poniendo, eso sí, como condición irrenunciable la abolición de la esclavitud. Un conflicto de lealtades que finalmente, como se ve a lo largo de toda la novela, lo arrastrará también a soltar determinados lastres y a asumir, con gusto, el estado de guerra entre Norte y Sur por encima de esas convicciones personales que Cornwell hace desaparecer, muy acertadamente, en el torbellino de la guerra civil

A esos caracteres más o menos atormentados, presos los dos -pero sobre todo Starbuck- de la religiosidad aterradora, mortificante, propia del siglo XIX europeo, Cornwell añade otros que contribuyen a terminar de dibujar perfectamente la situación histórica sobre la que se cimenta “Rebelde”.

Entre ellos destacan especialmente la pareja de cuñados Thaddeus Bird y Washington Faulconer.

Cornwell es particularmente hábil en la descripción de ambos personajes. Bird es un pariente pobre de los Faulconer que ejerce como maestro de escuela en ese condado imaginario -más o menos como el Yoknapatawpha de William Faulkner con el que comparte algunas cosas- controlado por la familia de su cuñado desde los tiempos de la llegada a Virginia de los primeros pobladores ingleses.

La primera descripción de Thaddeus es hecha a cargo de Washington Faulconer, que lo dibuja como un apocado zoquete bueno sólo para enseñar a juntar letras y números a los niños de ese distrito sobre el que él gobierna como lo que es en realidad: un notable local, uno de esos caciques tan habituales en el panorama social, económico y político del Occidente de esa época. Ya en el Tammany Hall de Nueva York o en el Madrid de la misma fecha

Después de esa primera caracterización negativa, Thaddeus Bird, más conocido por su apodo de Pecker -pájaro carpintero-, tiene toda la novela para demostrar quién es en realidad él y quién es en realidad ese cuñado que tan mal lo quiere.

Bird, lejos de ser una nulidad que sólo puede avanzar a la sombra de hombres como Washington Faulconer demuestra en su primera conversación con Nathaniel Starbuck ser un individuo de criterio independiente y decidido que desmonta, en esas páginas y a lo largo de toda la novela hasta su apoteosis final en el combate de Manassas -la primera gran batalla de esa guerra que va a durar hasta 1865-, la imagen de Washington Faulconer, poniendo boca arriba las cartas del juego del terrateniente, presentándolo como un hombre con más dinero que inteligencia y necesitado de altas dosis de una autoestima de la que carece por completo. Carencia que es la que le lleva a actuar como actúa. Por lo general de un modo mezquino y ruin, anulando de un modo u otro a todos los que le rodean temiendo que lo eclipsen. Cosa no demasiado difícil por otra parte…

Un carácter que, tal y como Bird cuenta, es lo que en realidad le ha llevado a organizar la llamada Legión Faulconer. Una unidad de combate financiada por él mismo y que su lenguaraz cuñado describe como una especie de juguete con el cual ganarse el respeto de los demás hacendados de la zona, que lo desprecian por dos razones principalmente. Una porque sus fuentes de riqueza dependen, paradójicamente, de la industria y los ferrocarriles -es decir, de las señas de identidad de la economía nordista- y no del cultivo de la tierra por medio de grandes cantidades de trabajo servil. Otra porque los pocos esclavos que tenía -principalmente para el servicio doméstico- fueron liberados a instancias de una ferviente antiabolicionista a la que Washington Faulconer deseaba convertir en su amante. Esperanza en la que se ve defraudado por el puritanismo lógico en la dama que, apenas esbozada en las páginas de “Rebelde”, encaja, sin embargo, perfectamente en la descripción de una yankee de clase alta de mediados del siglo XIX enrolada en la causa del abolicionismo. Una pasión frustrada a la que le conduce tanto el estilo de vida del que forma y quiere formar parte, como el de su esposa, Miriam Bird, hermana de Thaddeus, que da a Cornwell otra gran oportunidad no desaprovechada de recrear en “Rebelde” la época sobre la que ha decidido escribir, presentándonos a la esposa de Faulconer como una más de las enfermas más o menos imaginarias que pueblan los balnearios de la Europa del siglo XIX y que -en función de sus recursos económicos mayores o menores-, prueban toda clase de estrambóticos -para nuestro punto de vista- remedios médicos.

A esas descripciones complejas que se ajustan enteramente a la que debería ser la primera regla de toda novela que quiere ser llamada histórica o se acerca a ese subgénero -que los personajes se sometan a las limitaciones y reglas de la época y no a la inversa-, Cornwell consigue añadir otras que enriquecen aún más esa especie de descripción densa de los Estados Unidos de América en las vísperas del comienzo de la Guerra de Secesión.

Eso lo consigue, otra vez, a través de personajes tan bien esculpidos como Tom Truslow o Belvedere Delaney.

Truslow es otro prototipo del profundo Sur de la época. Un pequeño granjero, lo que comúnmente se llamaba y se sigue llamando en esa parte de Estados Unidos “basura blanca”. Blancos pobres sólo un poco por encima de los esclavos negros pero que, aún así, constituirán el grueso del ejército sudista. Sin embargo, desde el primer momento ese montañés que vive prácticamente al margen de la ley, en un área apenas controlada por los agentes del gobierno -federal o posteriormente confederado-, se presenta como algo más que un simple estereotipo de esa clase social que engrosa las filas sudistas.

Al igual que Bird tiene calado a Washington Faulconer, que trata de atraerse su prestigio personal -su maná, por seguir usando términos de Antropología- a fin de que arrastre a otros voluntarios con los que formar la Legión Faulconer. Por otra parte demuestra tener toda una  serie de buenas razones para aceptar ese envite entre las que no se cuentan, precisamente, mantener a los oligarcas esclavistas de los que no tiene mucha mejor opinión que la que ya se ha formado sobre los yankees.

A medida que se desarrolla una primera accidentada entrevista entre Starbuck y Truslow, Cornwell se aprovecha de él para dibujar hábilmente ese cuerpo social que Truslow encarna, describiendo así a un hombre arisco, individualista en extremo, que vive de la explotación de una pequeña propiedad y de su oficio de maderero y que sufre enormemente por la falta de unos auxilios espirituales que no puede sufragar como los habitantes del valle y que dan lugar a unas creencias religiosas sui generis pero veraces desde el punto de vista histórico.

Cornwell, al parecer muy a gusto con esos profundos retratos literarios para describir cómo es la América que está a punto de comenzar su guerra civil, no los escatima.

En efecto, las páginas de “Rebelde” se van llenando así de personajes que explican todos los matices de ese momento y lugar histórico que es la América del verano de 1861.

El abogado de Richmond Belvedere Delaney, es justo todo lo contrario a Truslow. Con él nos encontramos ante un representante de la burguesía virginiana -que es tanto como decir europea, occidental- de medados del siglo XIX al que no le falta ningún elemento de esa clase social. Ni siquiera los más oscuros, ya que uno de sus negocios es una participación en un burdel de lujo de la capital confederada que ayuda, en cierto modo, a sus actividades de hábil abogado al darle acceso a chantajes y conocimientos privilegiados. Delaney es, en efecto, un hombre sin escrúpulos, dotado de una falsa moral cargada de cinismo que le permite ser el mejor amigo de Thaddeus Bird y al mismo tiempo espía de la causa yankee en el Sur desde los primeros compases de la guerra.

Todos estos personajes principales están acompañados de secundarios que añaden una última capa de veracidad histórica a todo lo que nos cuenta “Rebelde”.

Así vemos aparecer en las páginas de esa novela por ejemplo a los agregados militares europeos destinados a las embajadas de Washington que, como es también habitual en la época, acuden al campo de batalla a informarse de primera mano de la guerra que va a dividir a una potencia ya tan considerable como Estados Unidos.

El protagonismo corresponde en ese grupo al agregado francés, veterano de la Guerra de Crimea que no pasará ocasión de apostillar a James Starbuck. El hijo modelo del predicador Elial Starbuck y hermano mayor de Nathaniel, que, en calidad de oficial de Estado Mayor, guía a esos representantes diplomáticos por lo que parece, sólo parece, va a ser un verdadero paseo militar para el ejército unionista.

Sin embargo Cornwell también da papel entre ellos al agregado español, al que describe en apenas unas líneas como otro personaje más de la época y el lugar. Es decir, como un militar fogueado, con su espectacular uniforme de dragón en azul y rojo y aficionado a las emociones y los licores fuertes, devolviéndonos así un ser real, no un espantajo como los que suelen ser habituales en las novelas de la serie de Sharpe. Más o menos el mismo personaje militar que podemos descubrir en cualquier biografía bien documentada sobre, por ejemplo, el general Prim como la que escribió no hace muchos años Pere Anguera, en la que se ve al general catalán actuando como testigo y protagonista en esa calidad de agregado militar español de las mismas guerras -la de Crimea sobre todo- en la que participan varios personajes de “Rebelde” como Lassan, el agregado militar francés, o bien oficiales de fortuna que buscan medrar bajo la bandera confederada -o, si se paga más, bajo la unionista- en la guerra que está a punto de empezar.

Todo ello, en conjunto, hace de “Rebelde” una novela impecable, que deja muy poco que desear y que contrasta agudamente con otras producciones de Cornwell como la casi siempre deficitaria serie de Sharpe.

Es posible que la descripción de la batalla de Manassas, el punto culminante de “Rebelde”, resulte algo pesada en algunos momentos, quizás demasiado mecánica, realizada según una descripción ya casi rutinaria de los campos de batalla que nunca falta -y, de hecho, es el principal atractivo de la Literatura de Cornwell- en sus obras.

Sin embargo, la descripción de los movimientos tácticos, el detallismo en la acción sobre el terreno -las dificultades con la carga de las armas, por ejemplo los complejos revólveres de percusión como el que porta Nathaniel Starbuck-, o la hábil puesta en escena de personajes históricos como el coronel Nathan Evans, que cambia el curso de la batalla a favor de la Confederación, así como el clímax personal que alcanzan a través de ella personajes como Thaddeus Bird, Starbuck o Adam Faulconer, hacen que no se note demasiado alguna página que, tal vez, podría estar de más en esa parte de la novela.

Así pues sólo queda recomendar “Rebelde” a quienes quieran saber algo sobre el tema de la Guerra de Secesión sin recurrir a manuales de Historia. Muchas veces más difíciles de conseguir que novelas como esta que Edhasa ha tenido la buena idea de publicar -aunque sea con casi veinte años de retraso-, muchas de las de William Faulkner o las magistrales de E. L. Doctorow sobre ese tema, como “La gran marcha” o “El arca de agua”, centrada en las consecuencias inmediatas de esa Guerra de Secesión.

En el capítulo de las lamentaciones sólo se puede añadir en esta crítica que estará vigente hasta el 20 de junio, el temor de que las próximas entregas de estas “Crónicas de Starbuck” no estén a la altura de la primera -algo que ya sucedía en el caso de la de Sharpe-, y que el siempre peculiar mundo editorial español prefiera seguir ocupándose únicamente en publicar el material rancio del primer pirado -o pirada- que pasa por sus despachos con la preceptiva recomendación, antes que fomentar y difundir series de “label” español en las que se desarrolle -para nuestro mercado y para el de exportación- nuestra propia Historia de períodos análogos a la Guerra de Secesión americana como lo fue nuestra tercera guerra carlista de 1873 a 1876.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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7 respuestas a Otra novela histórica es posible. Elogio de “Rebelde”, de Bernard Cornwell

  1. Antígono dijo:

    La verdad es que he visto el libro en las librerías pero su tamaño (y el hecho de ser una saga) me tiraron para atrás. Lo cierto es que el tema de la Guerra de Secesión es muy exótico para gran parte del público español, ya que no suele estar muy presente, ni en novela, ni en ensayo, en las librerías.
    Yo mismo apenas he leído nada sobre el tema, excepto la novela La Roja Insignia del Valor de Stephen Crane, que me pareció bastante buena, la verdad.

    • Pues anímate con Cornwell, Antígono. También está muy bien, pese a ser, como “Rebelde”, tamaño “ladrillo”, “Lincoln”, de Gore Vidal. “El oro de Stonewall Jackson” -que fue una de las primeras críticas de “La novela antihistórica”- es también muy recomendable. La edición ya no está viva, pero aún se pueden encontrar ejemplares en las ferias del libro. Vale la pena y no adolece, desde luego, de ser de formato “ladrillo”. Hace justicia al dicho de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.
      Respecto a las novelas de Doctorow a las que hacía referencia en la crítica no digo más de lo que ya dije.
      Y con respecto a lo de las guerras carlistas… pues no puedo estar más de acuerdo. Por la parte que me toca como autor de “Alcolea”.
      Saludos y bienvenido -como siempre- aquí, que, por cierto, era una canción muy popular durante la Guerra de Secesión. Ya la habrás oído. Es la melodia de inicio de una de las mejores películas de Clint Eastwood, “El fuera de la ley”.

  2. Antígono dijo:

    Por cierto, ya que estamos; tampoco estaría mal que alguien se metiese en nuestras guerras carlistas , como hizo Galdós en su día.

  3. Antígono dijo:

    Por cierto, he mirado en las librerías y ya tienen la segunda parte: http://libros.fnac.es/a712560/Bernard-Cornwell-Cronicas-de-Starbuck-II-Copperhead
    Ha debido de salir este mes.

    • Gracias Antígono por el aviso, aunque, me parece, que ya estaba disponible desde marzo o desde primeros de abril. Esperemos que no pase con esta serie lo que pasó con la de Sharpe, que después de un comienzo muy bueno, no ha hecho nada más que decaer. Séría una verdadera pena, después del buen sabor que deja “Rebelde”.
      Un saludo.

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