La lección de Historia (de España) del “Coronel Jack”. Un corto viaje a la Picaresca británica

No es la primera vez que en esta página aparece la crítica de una novela que encaja difícilmente con el adjetivo, tan controvertido, de “histórica”.

Ese puede ser el caso de “Caballo de batalla”, publicada en febrero de este año. O de “Valor de ley”, publicada en marzo del año 2011.

Las cosas se complican aún más con el “Coronel Jack” de Daniel Defoe que la editorial Gadir ha tenido el acierto de recuperar para los lectores en español no hace muchos meses.

Así es, “Coronel Jack” es un vívido relato, detallista como es habitual en Defoe, de Europa y sus colonias en los años finales del siglo XVII y los primeros del XVIII, pero escrita por un hombre prácticamente contemporáneo a los hechos que describe. Eso bastaría, por sí solo, para descartar a “Coronel Jack” para esta página. Sin embargo, sería un error, un análisis demasiado superficial que nos privaría de lo mucho que hay de novela histórica en esa obra.

Para empezar Defoe la compuso desde un punto de vista retrospectivo, concretamente desde el año 1722, cuando los hechos que describe “Coronel Jack” ya eran Historia para él y para muchos de sus lectores y para otros tantos se habían convertido en esa confusa masa con la que un hombre se encuentra a lo largo de su vida, cuando ha pasado más allá de la que otro gran escritor en inglés, el polaco Joseph Conrad, llamaba la línea de sombra de los treinta años y se da cuenta de que sus recuerdos personales, los de su infancia, los de su juventud, se han convertido también en parte de lo que oficialmente se llama “Historia”.

En realidad el mecanismo que utiliza Defoe para seleccionar la época de la que va a escribir es más o menos el mismo que utilizará años después Walter Scott para muchas de sus obras, que, eso nadie lo discute, son, oficialmente las primeras novelas consideradas como plenamente “históricas”. Gran parte de ellas se basaron en hechos verdaderamente próximos en el tiempo a la propia época de Scott. Lo bastante como para que tuvieran mucho de sus recuerdos infantiles o de los de personas que los habían vivido años antes.

Así pues, parece que hay en “Coronel Jack” una voluntad bastante poco difusa de convertirse en algo parecido a un prototipo de lo que hoy pasaría por novela histórica, al cumplir con la premisa básica de ese tipo de obras. Es decir, reconstruir una parte del pasado, más o menos reciente, más o menos lejano, para un público que, al menos en parte, no lo había conocido directamente.

¿Cumple también con la de ofrecer una descripción al menos correcta de la época de la que habla?. ¿Aprenderá algo de valor el lector habitual de novelas históricas si se toma la molestia de acercarse hasta las algo más de 400 páginas en las que se recoge esta primera edición en español de Gadir?.

Eso es lo que, como cada mes, vamos a intentar esclarecer en las líneas que siguen a éstas.

En principio la respuesta es afirmativa. El lector que se acerque a “Coronel Jack” encontrará un relato bastante revelador de cómo eran las cosas en la Europa de finales del siglo XVII y principios del XVIII, especialmente en la Inglaterra de esa época.

Y la mejor garantía de la calidad de ese relato está, precisamente, en lo sorprendente, en lo inesperado que es lo que aparece en las páginas en las que Defoe nos describe cómo eran, realmente, la Inglaterra y la Escocía de su época, que aún ni siquiera habían formado la unión de Gran Bretaña oficialmente, aunque ésta ya existiera de hecho, como se puede leer en documentos españoles de mediados de siglo XVII, por ejemplo.

En efecto, las páginas de “Coronel Jack” nos describen por medio de un relato verdaderamente magnético, con un estilo más propio de los autores “bestseller” de hoy día que de un temible -para nuestra apresurada época- empelucado hombre de letras del siglo XVIII, una Gran Bretaña que desafía las ideas vulgares que se han ido concibiendo sobre ella gracias al cine y a, precisamente, esas novelas “bestseller” supuestamente históricas.

Lo primero que encontramos en casi toda la primera mitad de “Coronel Jack” es picaresca británica pura y dura. Vida airada y miserable, analfabetismo, pobreza -como no puede ser menos en una potencia que sostiene una guerra constante por el control mundial y, sin embargo, carece de minas de plata como las españolas-, mendicidad y todo el programa habitual en las cortes de los milagros de una sociedad preindustrial escasa de recursos y dividida férreamente en clases sociales sin apenas movilidad entre sus diversos estratos.

La misma clase de sociedades en las que nacer pobre era garantía de una vida breve y miserable con una muerte generalmente atroz, por hambre, por enfermedad, por leva forzosa para las Marinas y Ejércitos que se combaten durante cerca de tres siglos, prácticamente sin descanso, para obtener el control de Europa y del resto del Mundo.

“Coronel Jack”, en efecto, nos da desde sus primeras páginas un saludable baño de realidad histórica describiendo esa Inglaterra que lucha por sobrevivir y es incapaz de alimentar convenientemente a todos sus súbditos, condenando a muchos de ellos a una vida de delincuencia y vagabundaje.

Y Defoe no se ahorra nada. Están ahí todos los detalles que se pueden encontrar descritos, por sólo poner los ejemplos más a mano, en las obras de contemporáneos suyos como el pintor y grabador William Hogarth o el discípulo aventajado de ambos, Henry Fielding, autor de la obra cumbre de esa picaresca británica, “Tom Jones”, publicada unos veinte años después de “Coronel Jack”.

En efecto, Jack nace a finales del siglo XVII de un padre distinguido, pero para él desconocido, que lo deja en manos de una aya que trabaja ese ramo de hijos vergonzantes que, tal y como Defoe no tiene reparo en confesar, es bastante abundante en la Inglaterra de esa época.

Tan abundante como la miseria y la vida de delincuencia que llevan Jack y sus hermanos putativos. Otros bastardos como él que se reparten tanto el nombre de Jack -es decir, en argot inglés, ser más o menos un cualquiera- y ciertos grados militares del que a él, pundonoroso como hijo de un caballero -tal vez un oficial militar de cierto rango-, le corresponde, gracias a sus protestas, el de Coronel, dando así nombre a esta magnífica novela de Defoe que, tal vez sin terminar de pretenderlo, es más histórica que muchas de las que hoy se nos vende bajo esa etiqueta.

Gracias a esos principios tan regulares, el autor de “Robinson Crusoe” nos muestra, siempre en toda su crudeza, una Inglaterra que prospera en ciertos sectores pero que, aún así, es claramente incapaz de mantener a una gran parte de su población que es arrojada primero a la indigencia y a la delincuencia y después a la deportación a las colonias americanas o, en el mejor de los casos, a sus insaciables Ejército y Marina.

Ese es, casi punto por punto, el viaje de Jack a lo largo de la mayor parte de su vida.

Empieza su carrera desaprovechando lo poco que su aya y los servicios para pobres administrados por su parroquia -como es habitual en la Inglaterra de la época- le ofrecen, dedicándose a vagabundear en lugar de aprender, por lo menos, a leer y escribir.

Acostumbrado forzosamente a esa vida, acabará, junto con sus hermanos, durmiendo en la fábrica de vidrio cercana a la casa que ha sido durante algunos años su hogar. Allí vivirán bajo mínimos. Sin preocuparse, mucho o poco, del aspecto sucio que adquieren sus harapos -Jack nos dice que carece incluso de sombrero, una de las peores desgracias para un europeo de esa época, ya que esa prenda es, aparte de sus funciones prácticas, el símbolo de la honorabilidad-, atentos sólo a no morir de frío gracias a las cenizas calientes que se acumulan allí tras cada remesa de fundición de vidrio.

De ahí Jack pasará a disfrutar de una mejor fortuna personal, pero sólo gracias al robo. Primero de objetos personales y después de letras de cambio -el antepasado de los actuales cheques- en los medios comerciales de Londres.

Será allí donde paradójicamente descubra la honradez, la necesidad de ganarse la vida honestamente, de acuerdo a la teoría que sostiene a la clase de buenos burgueses a los que acecha para despojarlos de sus cartas de pago convertibles en dinero contante y sonante. Una serie de robos que, finalmente, acabarán convirtiéndose en la primera fortuna que consigue acumular de modo más o menos honesto -o con apariencia de tal- el coronel Jack.

Queriendo apartarse de esa mala vida, aprovechando la oportunidad que le brinda un honesto agente de las aduanas de Londres, Jack acabará ingresando en el ejército que los lores escoceses han levantado para apoyar con unos cuantos miles de estos primeras casacas rojas a su señor natural: el rey de Inglaterra e Irlanda, Guillermo de Orange, que se prepara en esos momentos para librar una nueva guerra contra Luis XIV dentro de la liga de reyes europeos confederados a fin de evitar que Francia se alce con el control definitivo de toda Europa.

Ese primer contacto del coronel Jack con los grandes asuntos políticos de su tiempo será breve, pues persuadido por uno de sus hermanos putativos, otro de los tres Jacks, acabará convirtiéndose primero en desertor -otra figura habitual en la Europa de la época- y después en “indentured servant”. Es decir, en un esclavo blanco deportado a la fuerza a las colonias americanas de Inglaterra para servir como tal en las plantaciones de allí durante un período de no menos de cinco años.

Será esa circunstancia la que haga finalmente de él un rico hacendado al obtener la protección del plantador que lo ha adquirido en el mercado de esclavos. Desde esa posición Jack explicará, minuciosamente, el funcionamiento del mecanismo gracias al cual Inglaterra se está convirtiendo en un imperio. Incluyendo en ese lote una reflexión sobre los esclavos negros que hoy muy probablemente sería inaceptable si se pensase en adaptar el libro -como se ha hecho con “Robinson Crusoe” o “Moll Flanders”- al cine. Algo que, en cualquier caso, el lector de hoy día debería aceptar como un dato histórico fehaciente: esa es la visión que los europeos de la época de Defoe tienen de la esclavitud blanca y negra. Y las opiniones del autor, de hecho, resultan incluso humanitarias comparadas con otras más extendidas en esa época…

Se trata, en efecto, de una descripción de un aspecto de aquella época tan cierta como la que ofrece posteriormente la novela cuando Jack, con su vida ya asegurada, decide lanzarse a la aventura de conocer mundo pero como el verdadero caballero que siempre ha querido ser, contando con abundantes recursos. Tanto culturales -ha aprendido a leer y escribir tanto en inglés como en latín-, como económicos gracias a su prospera plantación.

Es así como, ya en sus treinta años, comprará una comisión de oficial en un regimiento francés y se verá metido, de lleno, en la llamada Guerra de Sucesión española.

Y es en ese punto en el que “Coronel Jack” resulta más útil al lector español.

En efecto, gracias a esas páginas puede aprender desde una perspectiva, casi de primera mano, de un testigo directo, la verdadera escala de aquel conflicto que es una verdadera guerra mundial por el control de España que, en definitiva, implica el control del Mundo, como más adelante se insinúa en la parte más vitriólica, y menos exacta desde el punto de vista histórico, de “Coronel Jack”.

Así es, Jack combate como oficial -alcanza el grado de teniente coronel gracias a su valor, un logro notable en esos ejércitos dominados por la aristocracia hereditaria- como parte de uno de los regimientos irlandeses al servicio del rey de Francia -y, de rechazo, al de la nueva dinastía que reina en esos momentos en España- por el control de Italia. Uno de los numerosos frentes en los que se dirime esa guerra que implica a las grandes potencias europeas y, especialmente, a la monarquía imperial española gobernada desde ese momento por los Borbón.

Una vez que las aventuras militares de Jack acaban, dándonos una visón más sugestiva que detallada de lo que supone esa campaña que trata de evitar que Francia quede flanqueada desde su frontera sudeste por su enemigo hereditario -el imperio austriaco al que ha logrado desalojar de España, al fin, tras la muerte de Carlos II sin herederos-, Jack se adentra en las aventuras amorosas que lo llevarán de vuelta a nuevas aventuras militares y paramilitares.

Las primeras tienen que ver con las llamadas guerras jacobitas, que tratan de reponer a los Estuardo escoceses y católicos en el trono de Gran Bretaña y de los que Jack se declara partidario aunque de un modo un tanto errático, abandonando sus filas en cuanto ve su impericia militar.

Las  segundas le llevan hasta la Cuba parte del imperio ultramarino español

Ahí “Coronel Jack” deja ya de ser útil para el lector que trata de aprender algo de Historia de España en la época de la Guerra de Sucesión.

En  efecto, hasta ese momento, Jack, con su deambular por los campos de batalla de Italia al servicio de Luis XIV y Felipe V, nos ha llevado a un punto en el que, al menos, podemos empezar a atisbar el verdadero significado y alcance -a nivel mundial- de esa guerra. A partir de él lo que cuenta, y a veces deja de contar, sobre España en esa época, empieza a alejarnos de lo que se puede considerar verídico desde el punto de vista histórico.

Así es, Jack olvida mencionar, por ejemplo, que la insurrección jacobita en la que está a punto de tomar parte ha sido financiada y apoyada con tropas -los propios regimientos irlandeses de España- por el rey Felipe V a cuyo servicio ha estado en Italia.

Por otra parte su descripción del funcionamiento del imperio español, con el que toma contacto poco después de que sus accidentadas aventuras jacobitas acaben, cae en tópicos y exageraciones truculentas. Por ejemplo, que entrar en los dominios españoles en esa parte de América implicaba, nada menos, que ser entregado a la Inquisición  Algo que se desmiente con sólo considerar la cantidad de holandeses o ingleses que en tiempo de paz -y a veces también de guerra- operan libremente en puertos españoles como esos.

Sin embargo, incluso así “Coronel Jack” puede ser una novela valiosa desde el punto de vista histórico. Como ocurría con su descripción de la esclavitud en las colonias americanas, Defoe nos ofrece una opinión propia de los británicos de su época que, en realidad, refleja el temor que España engendra en sus competidores, en este caso los británicos. Un temor que llega hasta el punto de convertirla en una especie de cruel reino oriental cuajado de riquezas que no parece obra de europeos.

Una opinión, por otra parte, que, a pesar de ser un dato valioso sobre cómo algunos intelectuales británicos empiezan a fabricar la leyenda de la que aún somos víctimas hoy mismo, carece de la más mínima base histórica. Basta con comparar, por ejemplo, la vida de los funcionarios de las compañías comerciales españolas -caso de la Real de Filipinas- con los de la británica, que son los herederos directos, en la segunda mitad de ese siglo XVIII, de la situación que Defoe describe -o a veces deforma- en “Coronel Jack”. Descubriremos así que no hay apenas diferencias entre las biografías de Warren Hastings o Robert Clive -los fundadores, en buena medida, del imperio británico en la India del siglo XVIII- y, por ejemplo, la de uno de los más notables servidores de la Real Compañía de Filipinas más o menos en esa misma época y latitudes: Manuel de Agote y Bonechea.

De hecho, las únicas diferencias entre ellos son a favor del vasco. En efecto, Hastings y Clive empiezan su carrera de un  modo muy similar al del coronel Jack, Manuel de Agote procede, sin embargo, de una bien asentada burguesía litoral vasca y lleva a lo largo de sus escasos cincuenta años de vida una existencia ordenada y dedicada tanto al comercio internacional a gran escala, como a la investigación científica, cartográfica principalmente. Algo que Hastings y Clive apenas si pueden hacer constar en su haber pero que es comprensible dada su deficitaria formación académica, que palidece aún más si la comparamos con la de Manuel de Agote, similar, pero de hecho muy superior, a la que el coronel Jack adquirirá cuando se convierta, después de muchas vicisitudes en un gran hacendado.

Aún así, a pesar de esos olvidos o de estos defectos de interpretación histórica en esta novela de Defoe el balance final sobre “Coronel Jack” es que hay que felicitarse porque Gadir haya tenido la gran idea de publicar la única obra de ese autor inédita en español que, además, a pesar de esas lagunas, de esos errores, es la que más habla de la España -de la verdadera, no de la imaginada a posteriori a partir de relatos tuertos como el que preside el final de esta novela- de finales del XVII y principios del XVIII.

A eso sólo se puede añadir que “Coronel Jack” es, en definitiva, un excelente punto de partida para empezar a salir de algunos errores vulgares sobre nuestro pasado, y esperar, claro está, que cunda el ejemplo. Tanto con textos de época como este “Coronel Jack” como con relatos hechos en nuestra propia época de los que, eso es evidente, andamos bastante escasos y bastante necesitados.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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6 respuestas a La lección de Historia (de España) del “Coronel Jack”. Un corto viaje a la Picaresca británica

  1. Antígono dijo:

    Interesante libro, la reseña ya es todo un descubrimiento para mí. Por la visión poco edulcorada que ofrece de la Gran Bretaña del siglo XVIII (aunque las novelas de Dickens tampoco eran muy complacientes con la sociedad británica)…y ya de paso del famoso Siglo de las Luces.
    No hay mucho publicado en las librerías de este siglo en concreto, casi siempre se quedan entre la Antigüedad y el siglo XVII, como si los períodos posteriores no fueran interesantes.
    También es interesante lo que dices acerca de la escasez de datos de las compañías comerciales españolas (muy abundantes en este siglo XVIII) que parece que a nadie le ha interesado siquiera publicar un libro sobre el tema; todo el mundo conoce la Compañía Británica de las Indias Orientales, pero pocos conocen las Reales Compañías de Filipinas, o de la Habana; por mencionar las más importantes.
    Viene bien que de vez en cuando se publiquen al español estas novelas que permanecen ignoradas por el gran público, y que nos hablan de ese desconocido siglo XVIII, que no fue ni tan luminoso como se cree, ni tan pacífico como se supone (si mal no cuento, me salen más guerras que en el siglo XVII).

    • Hola Antigono, gracias por tu nuevo y, como siempre, sagaz comentario y celebro que te sea útil la crítica. Ese era el objetivo, claro. Efectivamente a ver si cunde el ejemplo y empezamos a hablar más de lo nuestro -de esas grandes compañías comerciales españolas que, como la británica, hacían serrín lo que se les ponía por delante- y menos de lo que nos imponen desde fuera como una verdad que, con sólo leer cosas como, por ejemplo,”Coronel Jack” se vienen abajo por su propio peso y nos privan de nuestra verdadera Historia. De la mala, la regular y la buena pero, en definitiva, de lo que deberíamos saber para saber realmente de nuestra propia Historia, como el resto de la gente civilizada.
      En cuanto a las guerras del Siglo de las Luces, pues sí, fueron casi más que en el XVII, que ya es decir, pero lo que más llama la atención de ellas -al menos para mí- es la escala y el poder de destrucción. La mayor parte de ellas son guerras mundiales, por el control de los imperios ultramarinos, en América, en Asia… Y, sin embargo no están muy bien representadas hoy día en la literatura disponible, salvo por ediciones de Fenimore Cooper -en español sólo “El último mohicano”, mo el resto de la serie, que es incluso difícil de encontrar en papel en el idioma original-, “Barry Lyndon” -que tampoco entra en muchos detalles sobre el tema, utilizándolo como telón de fondo-, “Rob Roy” o “Waverly” -ésta también bastante difícil de ver- de Walter Scott o la serie que Stevenson le dedica a las guerras jacobitas: “Secuestrado”, “Catriona” y la mejor de todas -para mí al menos-,”El señor de Ballantree”. De lo que se ha publicado en español sobre la guerra de la oreja de Jenkins -el principal fiasco británico en su intento de dominar la América española- no digo más de lo que ya dije cuando hice la crítica de las novelas de Sartine y de “Mediohombre”.
      Nos gustán más, por lo que se ve, las de romanos o las de las guerras napoleónicas y, mea culpa, yo también incurro en el error. Ahí ha quedado “El viaje del húsar”, publicada hace pocos días en “La colección Reding”.
      Incluso se da más pábulo a la Guerra de Secesióm con las “Crónicas de Starbuck” que ahora se están editando en español y de las que hablaré, espero, dentro de un mes.
      Un saludo y gracias otra vez por tu comentario.

  2. ignatius dijo:

    interesante reseña, creo que voy a hincarle el diente a la novela

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