Para que verdaderamente viva La Pepa. Una lectura de “Cádiz” de Benito Pérez Galdós

Ayer se cumplieron exactamente 200 años de la proclamación de la primera constitución parlamentaria española. Esa que el casticismo -de peor o mejor intención- bautizó con el nombre de “Pepa” porque entró en vigor un 19 de marzo de 1812, día de San José.

Hemos visto en los periódicos y en la Televisión cierta unanimidad a la hora de recoger esa celebración del nacimiento de la España Contemporánea. Por ejemplo, cuando hace unas semanas, a comienzos de este mes de marzo, se trasladaba el texto original desde el Congreso de los Diputados hasta Cádiz para esas conmemoraciones con un despliegue muy similar al que se hubiera utilizado en Estados Unidos con su Declaración de Independencia de 4 de julio de 1776, texto gemelo, por cierto, de esta constitución de 1812.

Sin embargo, como siempre ocurre con estas cuestiones de las conmemoraciones históricas, muchas veces se pierde de vista la importancia real, profunda y verdadera de aquello que se está conmemorando. O bien la conmemoración resulta deficitaria en algunos aspectos, haciendo -deliberadamente o no- que se vuelva un tanto brumoso el verdadero significado de lo que se va a conmemorar.

En la España actual, la que ha emergido de la Transición de 1978, no tiene nada de extraño que una reacción así tenga lugar. Es el único resultado que cabe esperar dado el bien cultivado complejo de inferioridad de ese país durante cuarenta años de dictadura parafascista y casi otros tantos de una Transición de perfil bajo, demasiado suave en asuntos en los que sólo se puede -y se debe- ser contundente.

A ese respecto, hoy 20 de marzo de 2012, un año y veinticuatro horas después -más o menos- de la proclamación de la primera constitución española, la impresión que se saca es que, una vez más, la cuestión de recordar ese hecho histórico sobre el que se asienta la España actual, se ha quedado un tanto a medias.

Los boletos de Loterías y Apuestas del Estado llevaban desde hace tiempo un marchamo recordando que se iban a cumplir doscientos años de La Pepa. El Ayuntamiento y la Diputación provincial de Cádiz crearon sendas comisiones dedicadas a organizar actos y publicar material relacionado con ese recuerdo. Una serie de cómics, por ejemplo, titulada genéricamente como “Doce del Doce” y alguna exposición sobre el hecho que dio lugar a una sintomática polémica cuando se trató de nombrar comisario de la misma al escritor Arturo Pérez-Reverte cuyo único mérito a ese respecto es haber escrito una novela sobre el asedio a Cádiz durante los trabajos de la Asamblea Constituyente que da lugar a la Constitución de 1812.

Millonario proyecto al que el autor tuvo la buena idea de renunciar -con sus broncas maneras habituales- cuando algún político de la oposición municipal de Cádiz señaló a la alcaldesa de esa ciudad las evidentes carencias académicas en la persona elegida para organizar la conmemoración de un hecho histórico y no literario.

Todas esas iniciativas, en conjunto y en definitiva, no parecen haber despertado grandes entusiasmos en torno al hecho y la fecha. Al menos hasta esta última semana en la que se ha prodigado algo más en los medios que algo importante pasaba en Cádiz. Algo que tenía que ver con el resto de España y con lo que había pasado en aquella ciudad doscientos años atrás.

El olvido en el que ha permanecido “Cádiz”, la obra de Benito Pérez Galdós que convirtió aquellos hechos en un relato más o menos popular, de hecho, en una de las primeras novelas históricas españolas, también ha puesto de manifiesto algunas carencias de este bicentenario de la primera constitución española.

En efecto, habitualmente hay un día en el que se organiza una lectura de “El Quijote” de Cervantes para celebrar la Hispanidad, al español y, como dirían los castizos gaditanos de Pérez Galdós, “cétera,, cétera…”.

Nada parecido se ha hecho con “Cádiz” hasta comienzos de este mes de marzo, cuando la cuenta de Twitter de “La novela antihistórica” sirvió para ir dando a conocer, a trozos, ese Episodio Nacional de Galdós que, como su título revela, gira en torno a los acontecimientos del año 1812, la guerra contra la dictadura militar napoleónica que asedia la ciudad, la proclamación de la Constitución y la eclosión de un clima social y político que sentencia en España el Antiguo Régimen y da comienzo a la Edad Contemporánea en la que aún hoy vivimos…

Una iniciativa, la de recordar la existencia de”Cádiz” y animar a su lectura, que -por decirlo todo para que todo quede claro- ha sido hecha a título particular, privado. Tan sólo porque parecía oportuno que una página de crítica literaria dijera algo sobre ese hecho histórico y cómo fue reflejado en una novela que nació con voluntad de ser novela histórica allá por 1874.

Aclarados estos puntos fundamentales sobre las razones para hablar hoy y aquí de “Cádiz”, hay que hablar, evidentemente, de ese Episodio Nacional.

En primer lugar hay que advertir que es un libro relativamente asequible en las librerías -aunque en el momento en el que se redactan estas líneas no hay señales por parte de Alianza Editorial, dueña del texto, ni de nadie, de una reedición del mismo- y en las bibliotecas.

En segundo lugar hay que advertir que han pasado muchas cosas desde el otoño de 1874 en el que Benito Pérez Galdós dio por terminado ese nuevo Episodio Nacional y lo puso de venta al público. Por ejemplo más de cien años en los que nos hemos acostumbrado a un ritmo narrativo más trepidante que el que nos puede ofrecer un autor, como es el caso del escritor canario, que conoció el cine en vida pero que no tenía ni idea de qué era eso en el momento en el que escribió “Cádiz”.

Por esa razón hay que advertir a los posibles lectores de “Cádiz”-que esperemos aumenten notablemente a partir de hoy- que sean pacientes con un libro breve -algo más de doscientas páginas en la edición de bolsillo- pero que tiene más de cien años y, a pesar del genio con el que está escrito, es la  obra de un hombre del siglo XIX que, a veces, sólo a veces, plantea las cosas de una manera que hoy puede parecer extraña, aunque Galdós nunca llegue a la gazmoñería tan habitual en los europeos de la encorsetada era victoriana en la que vivió la mayor parte de su vida.

No se arrepentirán de hacer esas concesiones porque Galdós, pese a toda esa problemática, es un autor  que tenía ya en esa época más de hombre del siglo XX que de finales del XIX.

Hay pasajes en “Cádiz” tan entretenidos y con los que es tan fácil reírse como con un episodio de cualquier sitcom -española o yankee- de las que triunfan en los distintos canales de Televisión de hoy día.

Es el caso, por ejemplo, de las páginas en las que el héroe de esta primera serie de Episodios Nacionales que empieza con la batalla naval de Trafalgar y sigue hasta la época del Trienio Liberal -de 1820 a 1823-, Gabriel de Araceli, visita la casa de la condesa de Rumblar para poder ver allí a su enamorada, Inés, que también es otro de los personajes principales de la serie.

En ellas Gabriel es ya oficial del Ejército gracias a sus méritos personales en Bailén y, como la gran mayoría de los militares españoles de la época, fiel a las ideas revolucionarias y liberales a las que debe un ascenso social que de otro modo hubiera sido imposible para un simple huérfano plebeyo como él. Sin embargo, durante esa visita, se hace pasar ante la condesa de Rumblar, verdadero símbolo de un Antiguo Régimen que se cae a pedazos tanto en “Cádiz” como en otros Episodios de esta primera serie, por un rancio beato que dice querer abrazar la carrera eclesiástica en cuanto el enemigo imperial -visto equivocadamente por la de Rumblar y sus contertulios no como una opresiva fuerza militar, sino como representante de las ideas revolucionarias francesas- haya sido derrotado y expulsado de España.

Un disimulo sugerido por el simplón Diego de Rumblar, el joven hijo -más o menos de la misma edad que Gabriel de Araceli-, heredero primogénito de la condesa de Rumblar que, desde el episodio de Bailén en el que combate junto con Gabriel, se ha hecho afecto a las ideas liberales que le permiten escapar de la tutela asfixiante de una madre que es la caricatura viviente del Antiguo Régimen español; aferrada a pasadas glorias que de nada valen ya -como la espada del siglo XVI que Diego de Rumblar desecha en Bailén para sustituirla por un plebeyo, aunque eficaz, sable de combate- y a una religión católica, beata y farisaica que sólo es una especie de válvula de seguridad destinada a servir como medida de control social y familiar ante el dinamismo engendrado por la revolución de 1789.

Esa artimaña da lugar a una situación equívoca, de sainete, de comedia de situación, que Galdós sabe manejar hábilmente para mostrar con humor, con verdadero sarcasmo, en qué consisten las ideas liberales que en ese momento están plasmando las Cortes Constituyentes y las de los que se oponen a ellas. Como es el caso de la amojamada condesa de Rumblar o de algunos de sus contertulios, como los diputados serviles -hoy diríamos conservadores o “de derechas”- Ostolaza y Tenreyro, ambos personajes históricos que Galdós convierte en “Cádiz” en personajes de novela.

Escenas cómicas como esas hacen que, en efecto, merezca la pena el esfuerzo de leer una novela como “Cádiz” que puede estar algo lejos de lo que el lector actual espera para poder hacer de la lectura un placer y no una obligación penosa.

Pero no son sólo momentos como esos los que hacen aconsejable leer “Cádiz”. El conjunto de la obra es una lección magistral de Historia sobre cómo nace la España en la que hoy vivimos, la que hoy existe porque hubo una Constitución de 1812 que ayer cumplía dos siglos.

En efecto, Galdós describe a lo largo de las páginas de “Cádiz” cómo se va escribiendo esa ley fundamental que destruye el Antiguo Régimen español y cómo eso va afectando a las vidas de los españoles de aquella época representados en toda la escala social. Desde nobles aferrados a sus privilegios como la condesa de Rumblar y diputados “ultras” como Ostolaza y Tenreyro, hasta los majos gaditanos que no saben expresar muy bien de qué va todo aquello -y lo hacen de manera más bien cómica, con todos sus giros coloquiales: “comparito”, “camaraíya”, “mococrasia” en lugar de democracia, “cétera, cétera”…- pero intuyen desde las tribunas del edificio de las Constituyentes que les va a resultar más beneficioso el cambio que el mantenimiento del Antiguo Régimen y la monarquía absoluta. Un viaje que pasa también por liberales exaltados como los que frecuenta Diego de Rumblar -quien tampoco, como los majos gaditanos, sabe muy bien qué hay más allá de las nuevas palabras que repite como un loro, pero intuye que es lo que más le conviene-, por una nobleza algo cínica pero también dispuesta a apoyar el nuevo régimen, como es el caso de Amaranta, la protectora de Gabriel de Araceli -prototipo de la aristócrata de la época al día gracias a su contacto con la Corte- aunque con reticencias, y una masa social algo desdibujada en la que entra todo el Tercer Estado español que se representa a sí mismo asistiendo a los debates de las Constituyentes desde las tribunas públicas del Parlamento.

En suma, “Cádiz” cumple a la perfección, a pesar de sus años, con la función de una verdadera novela histórica. Es decir, la de explicar a quien la lea los hechos históricos con toda la exactitud posible para un formato literario.

El Galdós que la escribe en 1874 no es todavía el Galdós socialista, revolucionario -aunque lo sea más bien de salón- en el que se convertirá hacia los últimos años del siglo XIX. Tiene aún mucho del señorito de provincias -aunque no demasiado reaccionario- que viene a hacer carrera en el agitado Madrid de mediados del siglo XIX en el que culmina, en España, el ciclo revolucionario iniciado en 1789 con la Revolución Gloriosa de 1868. Sin embargo, eso no le impide trazar en “Cádiz” un cuadro bastante exacto de la España de 1812 de la que surge el país en el que él vive, y de rechazo, la España actual.

Y Galdós es justo cuando hace ese retrato. Gabriel de Araceli, el héroe positivo de la novela, su narrador, su voz literaria, sigue ascendiendo en la escala social gracias a sus méritos militares, como cualquier otro soldado español o francés -pero no británico, por ejemplo- de la época de las guerras napoleónicas, eliminando con su propia aventura personal muchas de las opresivas barreras mentales, ideológicas, sociales… que están asfixiando a España como a muchas otras sociedades europeas de la época. Sin embargo no cae en el retrato plano, maniqueo, en el que la revolución española representa todo lo bueno que puede haber en el Mundo desde 1812 en adelante y la reacción frente a ella todo lo malo.

Así, Galdós retrata despiadadamente a personajes como el diputado “ultra” Ostolaza, pintándolo como un represor nato, un arrogante, chulesco y rancio clérigo que sólo está en las Constituyentes para impedir que la revolución que puede acabar con sus privilegios personales triunfe, como se deja ver en la manera abusiva, intimidatoria, en la que aborda a Gabriel de Araceli y Presentación de Rumblar -hija de la condesa y hermana de Diego de Rumblar- a la puerta de las Cortes a las que Presentación de Rumblar ha acudido a espaldas de su reaccionara madre.

Sin embargo, ese retrato verdaderamente odioso para todo el que no sea de la misma opinión que Ostolaza, no impide que Galdós refleje el otro extremo de la cuestión. Es decir, la violencia -lógica, por otra parte- con la que responden algunos de los elementos populares que han asistido a los debates de las Cortes ese día y han identificado -correctamente- a Ostolaza con uno de los partidarios del opresivo Antiguo Régimen, dispuestos a imponer, y mantener, sus abusivos privilegios y prerrogativas.

Una violencia de la que, por otra parte, Ostolaza y otros serán salvados por diputados de ideas contrarias que no están dispuestos a que esa diferencia de opiniones derive en linchamiento. Por mucho que éste les pueda favorecer o les pueda parecer justificado…

Esa habilidad de Galdós para resumir en pocas páginas todas las aristas del hecho histórico -en este caso el proceso revolucionario que da lugar a la España contemporánea, actual- siendo estrechamente fiel a la Historia real se repite en otras páginas de “Cádiz”.

Galdós, por ejemplo, desarma prejuicios sobre el papel jugado en la lucha por un imprescindible y real ejército regular español -representado en esta novela por Gabriel de Araceli y los múltiples cuerpos de voluntarios de Cádiz- frente a los supuestamente eficaces guerrilleros y ciertos espontáneos alucinados, como don Pedro del Congosto, que representa a una suerte de patético Quijote que pretende restaurar la grandeza de España, para él perdida, tratando de que los que combaten al invasor napoleónico se vistan como si fueran soldados de la época de los Tercios de Flandes y la conquista de América. Estúpida idea que fue un hecho real de la España de la Guerra de Independencia -aunque no del modo en el que Galdós lo cuenta- desde el momento en el que fue puesta en práctica -con un éxito similar al que se ve en “Cádiz”- por un antiguo comisario del ejército de Wellington, John Downie, tal y como se recoge en el estudio sobre esa época “Guerra de la Independencia. Imágenes en Cine y Televisión” de Jesús Maroto de la Heras.

Otro prejuicio sobre esa guerra que Galdós también despacha en “Cádiz” con bastante exactitud es el del supuesto papel también imprescindible de unos británicos llenos de absurdos prejuicios -en su mayor parte inventados- hacia España y los españoles.

Lo hace a través de la figura de Lord Gray, amigo de Lord Byron que recala en Cádiz en esos momentos, y representa, a la perfección, el espíritu romántico tan en boga entre las clases altas en esas fechas, que se llevará una desagradable sorpresa acerca de la distancia que separa sus tópicas ideas sobre una España llena de mendigos, conventos, castillos de cuento y otras truculencias cuando se enfrenta en un duelo final con Gabriel de Araceli. Un personaje al que Galdós hace aquí, una vez más, representante de la España real, no imaginaria, en absoluto quijotesca, que lucha por establecer un gobierno constitucional mientras se enfrenta con las tropas imperiales, palmo a palmo, en una Cádiz que resiste con éxito su asedio y que proclama hace ahora doscientos años la segunda constitución de toda Europa, que establecía un gobierno parlamentario, democrático en embrión, justo en el momento en el que incluso en Francia esas ideas que ahora damos por supuestas, por elementales, por básicas, han sido aplastadas por la contrarrevolución napoleónica.

Todo ello, en conjunto, constituye una serie de recomendaciones para que no se deje pasar este bicentenario sin acudir a este “Episodio Nacional” de Galdós, quizás la mejor puerta de entrada a la Historia de la que descendemos directamente y sin la que jamás vamos a entender que es lo que nos ocurre todavía hoy día.

Realmente es difícil, hoy por hoy, hacer algo mejor para empezar a conocer una Historia que aún nos afecta que no sea abrir las páginas de “Cádiz” y empezar a leerlas.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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9 respuestas a Para que verdaderamente viva La Pepa. Una lectura de “Cádiz” de Benito Pérez Galdós

  1. Antigono dijo:

    Gran reseña, ya empezaba a echar de menos alguna referencia al Bicentenario de la Constitución de Cádiz, sobre el que tanto se ha hablado estos días; y muchas veces auténticas barrabasadas, como que si las libertades del 12 no regresaron a España hasta 1978, o como los liberales abrieron un período anárquico y caótico de la España del XIX. Mitos retrógrados, porque al igual que en toda Europa en España hubo Restauración Absolutista (el último monarca absoluto francés no es derrocado hasta 1830) y en gran parte de Occidente este período se conocería como la era revolucionaria (que duraría desde 1776 hasta 1848), incluso un país tan europeo como Francia tuvo un siglo XIX muy movido (todos los gobiernos desde 1789 hasta 1870 fueron derribados por la fuerza en Francia).
    Así que a ese respecto, pese a lo que digan algunos voceras en la radio que van de dar lecciones de historia, lo cierto es que España en nada se diferenciaba de la Europa del XIX.
    De Galdós sólo conocía los primeros libros de la serie, los que van de Trafalgar hasta Napoleón en Chamartín, éste es uno de los que me queda; y tienes razón en cuanto a su visión bastante exacta y fresca de este período de la historia, nada que ver con las evocaciones de Pérez Reverte (este fin de semana se sacó un comic del asunto en El Semanal) donde parecen más películas del No-Do (con guerrilleros cañí y mujeres cantando copla en pleno combate) que visiones exactas de ese momento.
    PD: Interesante comentario el de los oficiales, mucha gente no sabe que en este período, mientras los oficiales franceses y españoles ascendían por méritos de guerra, los ingleses aún podían comprar los cargos militares y heredarlos, muestra del conservadurismo británico de la época.

    • Gracias, Antigono, por tu nuevo comentario que es verdaderamemnte enriquecedor. Efectivamente se han dicho auténticas barrabasadas estos últimos días sobre La Pepa. O se ha callado, que es peor. O se ha tratado de parecer un gran amigo de la Constitución de 1812 cuando en el fondo se sueña con dar marcha atrás al reloj de la Historia hasta los reyes godos, si puede ser. O se ha aprovechado para largar otra ración de ese “Spain is different”, que, como bien dices, no se sostiene ni con postes, bastando con mirar a Francia. O ya puestos a Alemania, donde la revolución liberal fracasa de parte a parte, cayendo bajo la mano de hierro de los Hohenzollern, que llenan de exiliados alemanes España -véase apellidos como Sartorius, por ejemplo- o Estados Unidos, tal y como se refleja, aúnque sea pálidamente, en la película de Ang Lee “Cabalga con el diablo”.
      Lo del cómic de Arturo Pérez-Reverte se comenta ello solo. Lo de la Infantería de línea francesa atacada navaja en mano -si así hubiera sido ahora estaríamos escribiendo en perfecto francés- o lo de pergeñar el engendro en la barra de un bar tomándose unas cañas habla por si sólo de la calidad del producto.
      Lo único decente es el final -bastante más coherente de lo que se podría esperar del autor y su currículum-, pidiendo que se den vivas a La Pepa porque sobre ella se edificó el avance hacia la democracia. En fin, a ver si se va corrigiendo un poco el autor, aunque, como diría él, perro viejo no aprende gracias nuevas. Sobre todo si se ha hecho millonario con las gracias viejas y más que viejas, rancias.
      Mencionar lo del ascenso por méritos en el ejército español, como en el revolucionario francés, y no gracias al dinero o la cuna, como en el inglés, era, de obligado cumplimiento, como se suele decir. Sólo por eso ya merecía la pena dedicar la reseña de este mes a “Cádiz”, para que nos vayamos enterando de cómo fueron realmente las cosas, de quiénes eramos en realidad en 1812. Aunque tenga que ser a través de un autor que escribió en 1874 lo que parece ser hoy no se puede publicar en España, cosa realmente paradójica o más bien inquietante.
      Un saludo y a más ver.

  2. Malax dijo:

    Gracias Carlos por poder leer otras mas de tus excelentes críticas que me abren el apetito de leer y releer, y ya me he bajado “Cádiz” (bendita la internet!).

    Saludos desde Dinamarca.

  3. Sísifo dijo:

    Ley “Trafalgar” en el colegio y solo conservaba un apagado cuadro de la lucha y de los sufrimientos que describía Don Benito (Benito “el garbancero” por su forma de transcribir el lenguaje vulgar). hace uno diez años encontré en una librería de descatalogados de mi ciudad una edición de bolsillo en tapa dura de la primera serie que recorre la guerra de independencia, trienio liberal y Fernando VII y, reconozcolo, la ataqué con prevención pero descubrí a un maestro. (¡Aún recuerdo alguna que otra mirada rara en el metro!)
    Cierto que no tienen el ritmo de hoy y las tramas dee algunos libros se presentan pacatas y ñoñas, pero…IMPRESCINDIBLE. Refleja las grandezas y miserias de un siglo en que la modernidad pugnaba por vencer.

  4. Sísifo dijo:

    Perdón, lo que son las prisas: Donde dije Ley quería decir Leí.

    • No te preocupes, Sísifo, por los errores de tecleo. El que suscribe acaba de corregir unos cuantos en esa extensa respuesta que me agradecias. No hay de qué. Para eso está “La novela antihistórica” aunque, como ves, no siempre esté puntual en esto de responder a los que la leen.
      No era mi intención dar un rapapolvo aumentando así el castigo del acarreo de la piedra. Tan sólo dar más detalles sobre los argumentos en los que se basaba la crítica que criticabas. Lo de Paco Martínez Soria también fue dicho sin mala intención. Era una “boutade” que dicen los franceses, para dar colorido -un poco irónico, es verdad- a lo que pienso de la calidad histórica de lo que narran el escritor innombrable y otros.
      Gracias por tu opinión sobre Pérez Galdos. La comparto totalmente. La gente no debería mirar raro en el Metro, debería leer a Pérez Galdos y nuestros queridos editores deberían facilitar que la línea iniciada por el genial canario no siguiese más tiempo cortocircuitada y diesen pábulo a una novela histórica española menos encanijada y menos acomplejada. Así, a lo mejor, bajaba hasta la prima de riesgo. Más que nada porque sería más difícil para algunos botarates andar diciendo por ahí que España sólo sangria, sol y toros, que es algo tan inteligente como decir, Inglaterra sólo fish and chips, caza del zorro y gente con mala dentadura y peor beber.
      En fin, un saludo y hasta cuando quieras pasarte por esta tu página de crítica de novela histórica. Este mes y el que viene voy a dar un repaso al atentado contra Heydrich en Praga a través de dos novelas distintas. En junio “HHhH” de Binet y en julio “Praga mortal” de Kerr.

  5. Pingback: Cádiz / Benito Pérez Galdós | Aminta Literaria

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