Novelas sobre la Primera Guerra Mundial. ¿“Sartoris” o “Caballo de batalla”?

Por supuesto, la cabecera de esta nueva crítica de “La novela antihistórica” podría haber contenido muchos otros títulos aparte de los que aparecen ahí mencionados. Desde “Adiós a las armas” de Hemingway, hasta cualquiera de la serie de best-sellers ambientados en la Primera Guerra Mundial firmados por Anne Perry, pasando por “La verdad sobre el caso Savolta” de Eduardo Mendoza.

Sin embargo, como es preciso empezar siempre por algún lado, la cosa ha quedado reducida a dos novelas que tienen como trasfondo la Gran Guerra. Las dos muy diferentes. “Caballo de batalla”, de Michael Morpurgo, ha sido sacada de nuevo a la luz por su adaptación cinematográfica de mano del que llaman rey Midas del cine, Steven Spielberg, estrenada hace apenas una semana.

“Sartoris”, de William Faulkner, es, a fecha de hoy, prácticamente desconocida, pese a la fama que conquistó su autor y con muy escasas posibilidades, de momento, de convertirse en nada parecido a una película de éxito.

“Sartoris” es Literatura adulta, sin discusiones, como toda la de Faulkner. “Caballo de batalla” ha sido emplazada dentro del subgénero de “Literatura juvenil”. Un casillero verdaderamente volátil en el que han acabado obras tan adultas como “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift y en el que, como demuestra ese ejemplo -o algunas de las novelas de otro autor tan corrosivo como Jack London- no se entra muchas veces voluntariamente y, en otras, no se entra a pesar de que esa fuera la intención inicial del autor. Como podemos pensar que ocurrió con la laudable “La Isla del tesoro”, del benemérito tusitala. Aquel genial ingeniero escocés que dedicó -afortunadamente- la mayor parte de su vida a escribir Literatura, gran Literatura, y respondía al nombre deRobert Louis Stevenson.

No parece que la entrada de “Caballo de batalla” en ese casillero de “Literatura juvenil” haya sido involuntaria. Todo su contenido parece destinado a mentes jóvenes, que están empezando a acostumbrarse a leer. De hecho, la editora del Grupo Planeta que se ha llevado ese gato literario a un agua que intuye llena de beneficios por su adaptación al cine a manos de Steven Spielberg, Noguer, es una división de esa empresa dedicada a editar, fundamentalmente, libros para niños y jóvenes.

El contenido de “Caballo de batalla”, sus pocas páginas, la forma en la que está narrada la historia -desde el punto de vista de Joey, el caballo-, llevan a pensar que Morpurgo, en ningún caso, aspiraba a escribir algo que no fuera una novela para adolescentes ambientada en un escenario tan terrible como el de la Primera Guerra Mundial.

Dada esa premisa cabe preguntarse si, entonces, merece la pena hablar de ella en esta página.

La respuesta, obviamente, es que sí. Por diversas razones. Sólo para empezar, aunque se podrían dar otras, que Steven Spielberg la ha adaptado al cine, que la película está funcionando bien y eso, y la proximidad del primer centenario de la Gran Guerra -que ya está empezando a ser explotado a conciencia en series para la televisión como “Dowton Abbey”, que ha sido “Trending Topic” hace un par de semanas- pueden hacer de “Caballo de batalla” todo un referente para miles de lectores que quieran saber algo sobre ese hecho, convirtiéndose, sin querer o queriendo, en una novela histórica, o en algo que puede pasar por novela histórica.

Para jóvenes y para no tan jóvenes. Más que nada por aquello del famoso efecto “tren de juguete”. Es decir, como bien sabemos, los trenes de juguete regalados en determinadas ocasiones son más para el adulto que los regala -generalmente de manera alevosa, con vistas ya puestas en ese resultado- que para el niño, o adolescente en el caso de “Caballo de batalla”, que muchas veces es una simple excusa para que el adulto justifique que aún le gusta jugar con trenes en miniatura o que disfruta con relatos que, tal vez, le recuerden los momentos inefables que pasó leyendo “La isla del tesoro” cuando él tenía esa misma edad.

Si eso ocurre, ¿qué aprenderán sobre la Primera Guerra Mundial los que lean, sea cual sea su edad, “Caballo de batalla”?.

Lo que se puede responder a esa pregunta es que se adentrarán en un leve viaje iniciático, en una fábula moral que moraliza sobre uno de los conflictos más atroces que ha vivido el ser humano a lo largo de una Historia saturada de guerras.

En efecto, en las páginas de “Caballo de batalla” la Primera Guerra Mundial, sus causas, la época en la que se desarrolla… quedan reducidas a su mínima expresión. Apenas hay algún momento en el que los personajes humanos se expresan sobre esas cuestiones. En efecto, el padre de Albert, el propio Albert -verdadero dueño del caballo-, el capitán Nicholls, que es quién compra a Joey para incorporarlo a la remonta de su regimiento de Caballería, la madre de Albert, o uno de los compañeros de armas de Albert, David, el desenfadado frutero knockney que comparte los últimos tramos de “Caballo de batalla” con Joey y Albert, apenas dicen algo sobre la guerra, sus causas y otras cuestiones relacionadas con lo que ocurrió entre 1914 y 1918.

Todos ellos apenas entienden ese conflicto o lo rechazan frontalmente por su brutalidad, como ocurre con el capitán Nicholls, el segundo amo de Joey.

Eso, en principio, es malo, para el lector que busca respuestas directas acerca del cómo, el cuándo, el dónde y, sobre todo, el porqué de la Primera Guerra Mundial. Pero no se puede negar que Morpurgo da a través de ese expediente literario una gran lección de Historia, casi sin pretenderlo.

En efecto, los personajes con esa ignorancia o ese rechazo a la guerra, en realidad, nos muestran el verdadero tejido humano y social sobre el que se desarrolló un conflicto que toda Europa temía pero que al mismo tiempo sabía era inevitable.

Morpurgo deja hablar en las páginas de “Caballo de batalla” a personajes atormentados -incluso demasiado atormentados para una novela supuestamente juvenil y, por tanto, fácilmente digerible- como el padre de Albert. Un granjero inglés agobiado por problemas tan adultos, tan complejos, como la hipoteca que pesa sobre su granja y que le lleva a refugiarse -aunque sólo sea parcialmente- en un alcoholismo periódico que lo embrutece, deformando su verdadero carácter y que, como lo expresa por boca de su mujer, desearía ser más joven y tener menos ataduras para acudir a combatir a Bélgica y dar una buena lección a los “boches” que han roto el tratado de neutralidad de esa nación garantizado por Gran Bretaña.

Precisamente una de las principales causas de la guerra para ese país, antes que la muerte del archiduque Fernando de Austria en Sarajevo, que, en principio, es casi irrelevante para estos campesinos ingleses, como se deja entrever en las propias palabras del padre de Albert al enterarse de que ha estallado la guerra.

Ese mecanismo, el de reflejar lo que realmente pensaban -o sabían- muchos de los que se perdieron -o perdieron a alguien- en la apocalíptica franja de trincheras que divide Europa desde el Atlántico hasta los Alpes entre 1914 y 1918, hace que “Caballo de batalla” se convierta en una interesante introducción literaria a la Historia de la Primera Guerra Mundial.

También lo es el hecho de que todo el relato, en su mayor parte, esté planteado según el esquema de “fábula moral” al estilo de las de Lafontaine o las de Samaniego, por no ir más atrás en el tiempo, hasta el que pasa por fundador del género en la Grecia antigua.

Es decir, la guerra está contada desde el punto de vista de un ser, en principio, irracional para de ese modo demostrar el absurdo de esa guerra. Un punto en el que vienen a coincidir los seres humanos que protagonizan “Caballo de batalla” desde el principio en el caso de los más sensibles, como puede ser el caso del capitán Nicholls, o de los más racionales, como el del compañero de regimiento de Nicholls, el también capitán Stewart, que -al revés de lo que ocurre en la adaptación de Spielberg- expresa claramente el absurdo de lanzar cargas de Caballería contra medios de guerra que los superan ampliamente. Como es el caso con las ametralladoras que, efectivamente, trastornan entre 1914 y 1918 -junto con lanzallamas, tanques, gases tóxicos…- la idea de la guerra que se tenía en 1913, todavía teñida, en contra de numerosos indicios racionales, de ese halo romántico y heroico que hizo famoso a Rudyard Kipling. El mismo autor que, por cierto, fue uno de los primeros en despertar a esa pesadilla, al perder a un hijo en uno de los frentes de una guerra que nada tenía que ver con las que él se imaginaba, o sobre las que ironizaba en obras como la magnífica “El hombre que pudo reinar”.

Así, ofreciendo ideas poco elaboradas, tan poco elaboradas, de hecho, como las que suelen tener los principales protagonistas de los hechos históricos, Morpurgo realmente consigue reflejar ese momento histórico con bastante fidelidad.

Es posible que a veces se pase de simplista -por más que lo que describa pueda ser históricamente real-, como ocurre en la escena en la que refleja uno de los -bastante habituales- episodios de confraternización entre trincheras alemanas y británicas, cuando un soldado galés y otro alemán resuelven el problema de quién se queda con Joey, que está atrapado en tierra de nadie, entre ambas líneas de trincheras. Momento en el que ambos soldados reconocen que, tal vez, todo ese complejo conflicto de intereses económicos, políticos, coloniales, etc… que fue la Primera Guerra Mundial, se podría haber resuelto lanzando una moneda al aire…

Es posible también que Morpurgo apenas deje salir a la luz en su novela a voces airadas contra la guerra desde las opciones políticas de izquierda, furibundamente antibelicistas en Alemania, por ejemplo. Un papel que parecía estar reservado a David, el compañero de armas de Albert, pero que Morpurgo, apenas deja esbozarse en las pocas páginas en las que aparece ese representante de la clase trabajadora londinense.

Sin embargo, en conjunto, “Caballo de batalla” es una buena vía de iniciación para los que quieran empezar a saber algo sobre la Primera Guerra Mundial. Un primer escalón por el que acceder a otros libros, a pasajes como el que, en el “Sartoris“ de Faulkner, resume, en gran medida, lo que fue esa primera guerra mundial: una historia de “vértigo, velocidad y muerte”. Como las que el joven piloto de caza Bayard Sartoris cuenta a un abuelo, que ha conocido todavía a veteranos de una guerra -la de Secesión norteamericana- que, tal vez, fue romántica pero que nada tiene que ver con la que le relata ese joven destrozado, trastornado por lo que le ha ocurrido en Francia, como observa el viejo criado negro de los Sartoris cuando lo ve reaparecer en Jefferson, capital del mítico condado de Yoknapatawpha, tras años de ausencia, convertido casi en un vagabundo, en un hombre desorientado por una guerra en la que se aniquilaron seres humanos en cantidades masivas -a escala verdaderamente industrial- que horrorizaron a un mundo que jamás volvería a ser el férreo y encorsetado universo victoriano que finalmente alentó y provocó esa guerra que Michael Morpurgo intenta contarnos, de manera bastante honesta, en “Caballo de batalla”.

El aniversario que se nos viene encima en poco menos de dos años sin duda dará lugar a nuevas novelas sobre aquel conflicto que añade, como se dice en “Sartoris”, velocidad a la muerte en los campos de batalla. Sería de desear que todos partieran de la misma base sólida y límpida que “Caballo de batalla”.

También, ya que nos hemos instalado en el terreno de los buenos deseos, sería deseable que en nuestro estragado panorama editorial alguien tuviera la decencia de permitir -o al menos no impedir- que se publique alguna que otra novela sobre los voluntarios españoles que combatieron del lado de Francia junto a muchos otros de otras nacionalidades -polacos. checos…- desde el inicio del conflicto.

O, por seguir con buenos deseos, que se diera a la imprenta alguna que otra buena novela histórica -aparte de reediciones de “La verdad  sobre el caso Savolta”- que explicase la agitación social en la que es sumida Barcelona desde 1916 en adelante por agentes austriacos y alemanes, que tratan así de empujar a esa guerra a España, poniéndola a favor de los llamados Imperios Centrales. Un hecho que, de haberse producido, probablemente, habría invertido el curso de los acontecimientos drásticamente y que, en cualquier caso, provocó en la España de los años 20 el hundimiento del régimen de monarquía parlamentaria vigente desde 1876 y la llegada de una primera dictadura de corte fascista que prepara el camino de la guerra civil y de la larga noche franquista.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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