El secreto de su éxito. “Las huellas imborrables” de Camilla Läckberg

Como ocurrió en los números 13 y 14 de “La novela antihistórica”, hablaré en esta nueva edición de una en la que se mezcla el genero histórico y la novela negra.

En este caso, sin embargo, sería más apropiado decir que una novela negra se ha mezclado con algo que podría pasar por novela histórica. Esa es, quizás, la definición más exacta de “Las huellas imborrables”. Su autora, como bien saben sus miles de fervorosos seguidores, se ha dedicado fundamentalmente a la novela policíaca y la presencia de una trama ambientada en otra época -los años finales de la Segunda Guerra Mundial- en esta quinta entrega del universo literario que ha creado -el de la detective-escritora Erika Falck- bien puede considerarse secundaria.

Aunque no lo bastante, evidentemente, como para que “La novela antihistórica” pase de largo ante el estante en el que esa novela, “Las huellas imborrables”, ha estado meses y meses en lo más alto de la lista de los libros más vendidos. Como ha ocurrido con el resto de las aventuras de Erika Falck desde que se publicó la primera entrega de esta ya larga serie.

Dicho esto llega la hora de las preguntas. De hecho, de la pregunta casi habitual en las páginas de “La novela antihistórica”. Es decir, ¿qué nos aporta la novela histórica, o los retazos de novela histórica, que en esta ocasión Camilla Läckberg ha insertado en la trama de otra de sus novelas policíacas ambientada en esa especie de Yoknapatawpha, de Macondo sueco, que es su pueblo natal de Fjällbacka?.

La respuesta a esa pregunta, esta vez, no puede ser más sencilla: aporta mucho.

En efecto, “Las huellas imborrables”, seguramente sin pretenderlo -pues su autora es, ante todo, una escritora de novela negra y seguramente no querrá reivindicar otro honor literario-, es una buena novela histórica.

O, dicho de otro modo, la trama secundaria de “Las huellas imborrables” ambientada en la época de la Segunda Guerra Mundial hace muy bien las veces de novela histórica, queriéndolo o no. No hay duda de que Camilla Läckberg se ha esmerado en la documentación de esta quinta novela de su saga. La joven novelista de Fjällbacka demuestra, en efecto, verdadera habilidad para investigar.

Mucha más de la que se podría exigir a alguien que hasta ahora, de un modo u otro, se ha limitado, fundamentalmente, a situar en el presente sus novelas, creándolas -salvo algunos detalles técnicos- a partir de lo que se puede observar en la calle directamente sin más esfuerzo.

O, como mucho, a hablar de una época muy reciente -finales de los años setenta del siglo XX- que, en realidad, sería para Camilla Läckberg -y para muchos de nosotros-, más que Historia, parte de su pasado personal, de su infancia concretamente, ya que la autora es nacida en 1974, como todos los que han leído alguna de sus novelas pueden saber con sólo echar un vistazo a la solapa de cualquiera de ellas.

En otras palabras, y a diferencia de lo que suele ser habitual en los que creen que fabricar churros y escribir novelas históricas son actividades muy similares, Camilla Läckberg maneja muy bien los datos históricos. Sabe perfectamente, por ejemplo, una de las reglas del trabajo básico del historiador: que para escribir Historia -o una novela histórica- no basta con acumular datos, que lo más importante es analizar y situar en su contexto esos datos para crear un relato que explique cómo fue ese período en realidad, prescindiendo de tópicos burdos y de fáciles interpretaciones personales basadas en ideas fijas sobre el pasado más bien chabacanas e indocumentadas.

Así es, la escritora de Fjällbacka reúne en “Las huellas imborrables” datos sobre Suecia durante la Segunda Guerra Mundial y saca de ellos una serie de conclusiones a cual más dura. Sin concesiones, como corresponde a una parte de nuestro pasado común, en efecto, dura, y amarga. Por ejemplo, que, en 1943 o 1944, en Suecia había gente que admiraba a los nazis y a su sistema. Que esa misma gente, como ocurre en muchos países que se mantuvieron neutrales durante la Segunda Guerra Mundial -o estuvieron además bajo ocupación fascista durante décadas, como fue el caso de España- gozan de un notable margen de maniobra y no parecen arrepentidos, en absoluto, de esa admiración por un régimen cuando menos perverso, inhumano.

Ahí, naturalmente, en ese poner de manifiesto que Suecia tiene un pasado, un presente y, esperemos que no, un futuro fascista, está el secreto del éxito -al menos, una buena parte de él- de “Las huellas imborrables”.

A ese respecto Camilla Läckberg ha marchado sobre terreno seguro. La saga “Millennium” de su compatriota Stieg Larsson, había abierto ya ese camino demostrando lo rentable que puede llegar a ser una novela sueca que no tenga inconveniente en hacer un retrato de todos los males morales que afectan a esa sociedad que el resto de europeos, el resto de los habitantes del Mundo se podría decir, considerábamos hasta el día anterior a la llegada a las librerías de la obra del malogrado Larsson, como ejemplar, modélica, en muchos aspectos.

Eso no quiere decir que tanto Larsson como Camilla Läckberg no tengan más mérito que el haber demostrado a Europa, al Mundo, que hay sombras muy siniestras bajo la apariencia apacible de sociedades en las que el Socialismo parece haber triunfado sin necesidad de convertirse en barbarie, demostrando que el desarrollo económico y social es posible sin necesidad de doblegarse ante una lógica de mercado que, como bien sabemos y estamos viendo en estos días, nos lleva de vuelta a lo más oscuro del más oscuro siglo XIX.

En efecto, la escritora de Fjällbacka ha demostrado tener una prosa capaz de mantener pegadas a sus páginas a miles de personas sin necesidad de echar mano de esa revelación que, como ya he señalado, poco tendría de original tras la publicación y masiva difusión de la saga “Millennium”.

Sin embargo tampoco es cosa de negar que una buena parte del atractivo de “Las huellas imborrables” se ha basado -eso es inevitable y seguro que su autora era perfectamente consciente de ello- en la curiosidad de muchos por saber de las negras raíces en las que se sustenta la Suecia actual que, después de todo, como nos revela Camilla Läckberg, no son tan diferentes a las que quitan el sueño a todos los demócratas europeos. No hay nada que objetar.

Sobre todo porque, vuelvo a decirlo, la autora de “Las huellas imborrables” ha sabido manejar con verdadera habilidad esa información histórica y así ha logrado transmitir verdadero conocimiento sobre ese período del que la mayoría de los lectores no sabe apenas nada. En el mejor de los casos que Suecia se mantuvo neutral, al margen de la Segunda Guerra Mundial.

Así es, Camilla Läckberg no ha ahorrado detalles al respecto. Nos muestra en las páginas de “Las huellas imborrables” una Suecia que, oh sorpresa, se parece mucho en muchos aspectos a la Francia ocupada de la misma época o, incluso, a la España franquista.

Una en la que las madres solteras son vistas como desdichadas fulanas que tienen bien merecido todo lo que les ocurra. Una en la que hay gente que se alegra de la ruina de los judíos, brinda alborozada por todas las ocurrencias de Hitler y desea que ese programa llegue a aplicarse algún día en Suecia y, por si todo eso fuera poco, coherentes hasta el final con ese Fascismo primigenio, tratan brutalmente a las mujeres. En especial a la propia esposa, cuando ésta no sabe estar en su lugar, que es uno de los tres que el Nazismo le había designado. A saber: la cocina. Tal y como explícitamente lo señala uno de los personajes más nefastos de “Las huellas imborrables”, Vilgot Ringholm, el alcohólico -y aún así triunfador- hombre de negocios padre de Frans Ringholm, miembro del partido neonazi “Amigos de Suecia” que juega un papel fundamental en “Las huellas imborrables”.

Así, intercalada en la trama que sucede a día de hoy, a comienzos del siglo XXI, Camilla Läckberg hace un retrato sin concesiones, en lo bueno y en lo malo, de la Suecia de 1943, 1944, 1945… y saca de ahí una conclusión fundamental para los lectores: que el pasado no está muerto, que la Historia es una entidad muy peligrosa, no un inerte segmento del tiempo, fenecido hace años, que nada tiene que ver con un presente que sólo los inconscientes, o los ignorantes, que viene a ser casi lo mismo, pueden considerar completamente a salvo de procesos históricos como el que arrasa la mayor parte de Europa entre los años treinta y cuarenta del siglo XX.

Y la lección de Historia que nos da Camilla Läckberg es verdaderamente sutil.

En efecto, la lectura que se saca de “Las huellas imborrables” es que el Fascismo gana terreno y que es un fenómeno infinitamente más complejo de lo que han querido creer nuestras -casi hasta hoy- seguras sociedades occidentales, emergidas en su mayoría de la victoria de las democracias aliadas en 1945, educadas por medio de centenares de películas sobre la Segunda Guerra Mundial -todo un género cinematográfico por derecho propio- en las que las cosas están muy claras: los “buenos”, es decir, los Aliados, han ganado la guerra, los malos -sin comillas, por supuesto- la han perdido; películas en las que hemos aprendido, desde la niñez, a identificarnos con los soldados británicos que construyen el puente sobre el río Kwai, con los yankees que luchan en las junglas de Birmania, con los soldados que el Día-D y la Hora-H desembarcan en las playas de Normandía y se abren camino hacia París, aniquilando una división de “panzers” tras otra y dando su merecido a demoníacos oficiales nazis -preferentemente los más demoníacos de todos, es decir, los de las SS-, que caen bajo un diluvio de balas.

Escenas que -a que negarlo- estamos deseando contemplar para irnos a dormir mucho más tranquilos además de -eso tampoco lo vamos a negar- con muy buen sabor de boca tras ver escenificadas esas catarsis en, por ejemplo, “El puente de Remagen” o “La batalla de Inglaterra”, y que incluso se nos ofrecen en producciones en las que los protagonistas son los alemanes, como es el caso de la monumental “La cruz de hierro”, o las que abordan la Segunda Guerra Mundial desde un punto de vista revisionista y cáustico, como “Los violentos de Kelly”.

“Las huellas imborrables” sabe, sin embargo, comportarse como un verdadero libro de Historia, haciendo frente a esa inercia.

En efecto, Camilla Läckberg sabe sortear con verdadera habilidad en esa novela esos reflejos adquiridos y se suma a una justa causa -tan justa como la de los Aliados en 1945- que sólo muy recientemente ha empezado a dar frutos.

Es decir, la de mostrar que la Segunda Guerra Mundial, y el desarrollo del Fascismo que es su principal causa, es algo mucho más complejo de lo que se nos muestra en nuestra filmografía de cabecera.

Sin negar la maldad intrínseca de esa ideología, Camilla Läckberg nos habla en “Las huellas imborrables” de lo que podríamos llamar “Fascismo difuso”. Algo que, desgraciadamente, está presente incluso dentro del bando que combate, a muerte, al verdadero y genuino Fascismo.

Se trata de una inquietante corriente de pensamiento que considera que no hay nada malo en convertirse en testigo, víctima, juez y finalmente verdugo de aquellos que, evidentemente, como es el caso de los nazis, se comportaron como auténticas fieras con forma humana.

“Las huellas imborrables” se suma así a otros ejemplos recientes -no demasiado abundantes, esa es la verdad- de esa observación más aguda de ese proceso histórico visible en series de televisión sobre esa época como “Hermanos de sangre”, en la que se representa a soldados de la Francia libre ejecutando prisioneros alemanes a los que han dado caza previamente como verdaderas fieras -todo ello ante la mirada hastiada, pero más bien indiferente, de uno de los símbolos genuinos del bien y de la justicia de la causa aliada. Esto es, un oficial norteamericano-, o películas como “El libro negro” en la que los abusos contra los colaboracionistas en la Holanda recién liberada rozan lo nauseabundo y llevan a uno de los personajes que paran los pies a los justicieros improvisados a pronunciar una frase con la que los espectadores educados con películas como “Un puente lejano” -como es el caso del autor de esta página- no pueden sino estar de acuerdo: “sois peores que los fascistas”.

Eso mismo consigue, en un registro aún más sutil, “Las huellas imborrables”, mostrándonos cómo el Fascismo que provoca la Segunda Guerra Mundial es una especie de vapor venenoso capaz de infiltrarse en cualquier lugar. Incluso entre los que defienden las causas más justas. Incluso entre quienes han combatido a ese Fascismo con las armas en la mano y, por esa misma razón, se creen autorizados a erigirse en jueces de los verdaderos y genuinos fascistas sin caer en cuenta de que eso, precisamente, los degrada hasta el nivel de sus enemigos.

La exactitud de esa terrible -pero imprescindible- reconstrucción histórica que podemos leer en las páginas de “Las huellas imborrables”, puede cotejarse perfectamente con documentos de esa época que, sin duda, ha manejado con verdadera maestría Camilla Läckberg, como es el caso de las imágenes que ilustran esta nueva entrega de “La novela antihistórica”.

Se trata de fotos publicadas en el número de 2 de junio de 1945 de una revista británica donde se elogia a la resistencia danesa en particular, y a la escandinava en general, y a su ajuste de cuentas con aquellos que colaboraron con los invasores nazis.

Si se mira con atención al fondo y a la forma de esas imágenes tomadas en el año 1945 se podrá entender aún más perfectamente el relato histórico que Camilla Läckberg ha sabido trazar en “Las huellas imborrables”, ya que esas imágenes hablan por sí solas. Especialmente la de la mujer colaboracionista que prefiere envenenarse a caer en manos de los patriotas daneses.

La única cosa a lamentar con respecto a “Las huellas imborrables”, si es que algo hay que lamentar, es la habitual -o casi- en las páginas de “La novela antihistórica”.

Es decir, que en España no se permita -tras 35 años de democracia- publicar novelas como éstas, que sólo podamos soñar con ver disponible en las librerías españolas obras en las que una trama de novela negra sirva de fondo a hechos históricos que tuvieron realmente lugar, pero que la dictadura -y la olvidadiza transición que la ha seguido- han escamoteado sistemáticamente.

Por ejemplo, una en la que, también por ejemplo, un oficial de la columna de blindados del general Leclerc que libera el París ocupado por los nazis en 1944 se dedique a investigar un caso de asesinato ocurrido el mismo día en el que él y sus compañeros desfilan por los Campos Elíseos tras la bandera tricolor de la República española, junto con representantes de las demás naciones unidas contra el Fascismo.

Las mismas que vemos siempre en películas como “¿Arde París?”, “El día más largo”, “Salvar al soldado Ryan”, “Patton” y cualquiera otra de esas superproducciones bélicas que nos enseñaron lo que ya sabíamos por experiencia propia -de unos cuarenta años de duración-, que el Fascismo es una ideología perversa que saca lo peor del ser humano.

Incluso en aquellos que, como se puede leer en “Las huellas imborrables”, lo han combatido y no saben ponerse moralmente por encima de aquellos infames verdugos, degradándose hasta convertirse, por razones opuestas, en esa clase de persona capaz de disparar sobre un enemigo desarmado o de golpearlo cuando no puede defenderse, o de exterminarlo en masa, o, también, de someterlo durante cuarenta años por medio de un régimen policial que nunca permitió que los vencidos en la guerra civil española olvidasen su condición de cautivos, de botín de guerra del vencedor que se incautó de todo. De personas, de vidas, de haciendas, de periódicos, de editoriales y que, eso cada día es más evidente, jamás los devolvió…

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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