Vuelven a estar de moda. “Los tres mosqueteros”, de Alejandro Dumas

Quizás sería más apropiado decir que nunca han dejado de estar de moda desde que Alejandro Dumas, padre, los puso en circulación a mediados del siglo XIX. La lista de películas que se ha hecho a partir de esa historia magnética, demuestra que desde que el cine es cine hasta la última -y desmedida- versión que se ha hecho de la novela más popular de Dumas, sus tres mosqueteros, más el cuarto -añadido al final de la primera de las tres novelas que les hizo protagonizar-, nunca han dejado de estar de moda.

Hay una versión muda de las aventuras de D´Artagnan y sus inseparables compañeros. Hay una versión hecha en los años cuarenta del siglo XX, con Gene Kelly -luciendo sus habilidades de bailarín- en el papel estelar, hay varias -rodadas además en España- hechas durante los años setenta del siglo pasado y con el actor de moda entonces, Michael York, en el papel de D´Artagnan.

Eso demuestra, sin duda, que a lo largo de épocas de gustos muy diferentes -a veces opuestos-, los mosqueteros de Dumas han estado de moda, han convencido al duro corazón de los productores de cine, que, principalmente, sólo buscan dinero en todo lo que hacen, para que les excaven un hueco en su lista de proyectos. Así hasta hoy, hasta un momento histórico que se cree capaz de todo -hablamos de estética, no de refundar el Capitalismo, claro está-. Hasta de dar una versión de clásicos de la Literatura, como “Los tres mosqueteros”, que, supuestamente, va a superar al original, haciéndolo más atractivo para el público que ha sobrevivido a  la saga de “Matrix”.

Eso es lo que se deduce al menos de “El mosquetero”, en la que el D´Artagnan de turno demostraba tener unas habilidades acrobáticas dignas de una opera china o -tanto monta- una película de artes marciales, y de la última versión que se ha estrenado hace poco menos de un mes, en la que en un guión más fiel a la novela que el desaguisado que se hacía en “El mosquetero”, se cuelan tramas sencillamente delirantes, con globos dirigibles que transportan galeones de guerra por los aires y otras cosas que provocan mareos.

Como, por ejemplo, la espléndida anatomía de Milla Jovovich convertida no sólo en la malvada Milady de Winter, sino en una especie de ninja a cara descubierta muy preparada -artes marciales, acrobacias varias, etc…- para desempeñar todas las perversas acciones que el cardenal Richelieu le encarga.

Los puristas, sin duda, podrán rechinar sus dientes cuanto quieran ante estos excesos. Al menos los puristas que no tienen compromisos con las grandes distribuidoras de cine y, por tanto, pueden hablar tranquilamente en sus columnas periodísticas -o páginas dominicales, o páginas webs, o blogs- del uso y abuso que se ha hecho de la obra capital de Dumas. Podemos unirnos al coro de esas lamentaciones airadas. Sin embargo también podemos ver la botella medio llena y no medio vacía y señalar que, gracias a los excesos cinematográficos, el gran público, al menos, sigue sabiendo quiénes eran los tres mosqueteros y, lo que es más importante, pueden encontrar en las librerías, a fecha de hoy, octubre de 2011, ejemplares recién salidos de la imprenta en los que, con la portada de la reciente película de Paul W. S. Anderson, se arropa al texto clásico que Dumas publicó en 1844 sin que falte una sola línea.

Así pues, parece oportuno dedicar el número de octubre de “La novela antihistórica” a hablar de Dumas y sus cuatro celebres mosqueteros. ¿Merece la pena retomar el clásico?. ¿Incluso ir a la librería y adquirir esa reciente edición que se ha sacado para hacer compañía a la enésima versión cinematográfica, en la que Milla Jovovich alegra nuestros cansados ojos?. ¿Qué cantidad de Historia aprenderá alguien que decida tomarse la molestia de leer una novela de muchas páginas como “Los tres mosqueteros”?.

Voy a tratar de responder a todas esas preguntas que, en realidad, y para lo que realmente le importa a esta página, se pueden resumir en la tercera de ellas.

“Los tres mosqueteros” es, como ya he dicho, un clásico de la Literatura, al menos europea, por lo tanto, se supone, se le pueden disculpar muchas cosas como novela histórica. Y se le pueden disculpar muchas otras en ese aspecto por ser un producto hecho en los años 40 del siglo XIX y por un hombre de esa época.

Sin embargo, disculpar no puede significar, nunca, no advertir a los lectores sobre que hay de malo y que hay de bueno en “Los tres mosqueteros” como vehículo de conocimiento de una determinada época histórica. En otro caso, esta nueva edición de “La novela antihistórica” se habría dedicado a apuntar en otra dirección.

Lo primero que hay que advertir es que Dumas ejerció no sólo como novelista, sino también como historiador. De hecho, él mismo señala en  las palabras que sirven de prefacio a “Los tres mosqueteros” que supuestamente dio con el manuscrito del que sale la novela gracias a estar reuniendo datos para redactar su “Historia de Luis XIV”. Libro que, en efecto, publicó -aunque bajo el título de “Luis XIV y su siglo- , con todo lujo de detalles, en las mismas fechas en las que “Los tres mosqueteros” vio la luz por primera vez.

Eso debería ser una garantía y en principio no se puede negar que sí, que los ribetes de historiador de Dumas y la cantidad y calidad de profesionales de esa ciencia que le rodeaban y servían de “negros” -Auguste Maquet el más celebre de todos- deberían considerarse como garantías de la calidad de los datos históricos que incluyó en novelas como “Los tres mosqueteros”.

Las cosas, sin embargo, son un poco más complejas. Lo primero que debe tener en cuenta el lector o lectora que se aproxima hoy audazmente a las páginas de “Los tres mosqueteros” -quizás picados esos lectores por saber hasta qué punto la película de Anderson traiciona al texto original- es que Dumas tenía una ideología, como todos los historiadores, y más los de su época, en los que esa ciencia -como las demás- no estaba tan desarrollada como en la actualidad.

En su caso, y en contra de la imagen que se ha formado de él, se trata de un credo político muy próximo a lo reaccionario, a lo que hoy llamaríamos ser “de derechas”.

En efecto, Dumas era hijo de la Europa de las revoluciones. De hecho, fue testigo de varias de ellas. Descendía de un general napoleónico -otro fruto de la revolución de 1789- mulato. Era, por tanto, un acabado resultado de un mundo en el que habían rodado coronas, en muchas ocasiones con la real cabeza que las sujetaba debajo, y en la que los descendientes de esclavos alcanzaban por méritos propios entorchados de general. Y esto fue así, indudablemente, por más que Napoleón fuera un pseudo-revolucionario que trata de utilizar los avances de 1789 como una coartada para imponer una dictadura militar a mayor gloria de una ávida burguesía francesa que quiso dominar todo el continente europeo -y, sobre todo, sus colonias- en beneficio propio.

Sin embargo, quizás por conquistar un halo de rebeldía romántica -un movimiento del que Alejandro Dumas puede ser considerado, sin demasiada exageración, como uno de sus emblemas-, la bandera política que el autor de “Los tres mosqueteros” levanta es la de la lealtad a los reyes Capetos cuyo último vástago es llevado al cadalso por las enfurecidas masas revolucionarias en el año 1793.

Su relato corto “Las tumbas de Saint-Denis” lo demuestra claramente. En él se dedica a denostar a los revolucionarios que mutilan ese monumento y profanan las tumbas de los reyes de Francia que descansan en sus criptas. Especialmente a los que se atreven con la figura de Enrique IV. Padre, precisamente, del Luis XIII al que sirven con toda la devoción que pueden D´Artagnan y sus compañeros.

Ciertamente el tono de defensa de la monarquía francesa que se desprende de “Los tres mosqueteros”, es mucho menos marcado que el que se respira en “Las tumbas de Saint-Denis”. De hecho, Luis XIII, el hijo del venerado Enrique IV, es descrito por Dumas sin ambages en muchas páginas de su novela. Con todos sus defectos, que eran muchos, y todas sus virtudes que no eran muchas y, vistas bajo la óptica de Dumas, son menos aún.

Sin embargo conviene no perder de vista, en ningún momento, que Dumas pensaba como pensaba, que se mantuvo más o menos firme en esa postura -otras novelas suyas como “La condesa de Charny”, ambientada en las jornadas revolucionarias que llevan a la ejecución de Luis XVI, lo demuestran con total claridad- y que, por tanto, todo lo que dijo sobre la Francia de Luis XIII en “Los tres mosqueteros” puede estar mediatizado por esa visión de las cosas que Dumas, más escritor que historiador, hombre de mediados del siglo XIX, nunca se recató en controlar como sí estamos obligados a hacerlo los historiadores de hoy día.

Hecha esta última advertencia, podemos ya pasar a considerar los hechos históricos en sí de los que habla “Los tres mosqueteros”.

Dumas concentra en las páginas de esa extensa novela un momento histórico muy concreto. El de la Francia del año 1628 en la que la plaza fuerte de La Rochelle, en la costa atlántica de Francia, va a ser asediada y doblegada al poder creciente del Estado francés tras un largo y penoso asedio que el cardenal Richelieu, el primer ministro de Francia, el valido de Luis XIII, se toma como una de sus principales tareas.

Sobre ese acontecimiento histórico rigurosamente cierto se desarrollan, pues, las aventuras de tres mosqueteros más o menos imaginarios -Athos, Porthos y Aramis- y uno absolutamente real, Charles de Batz Castelmore, caballero de la casa de D´Artagnan.

No puede negarse que en esa novela, Dumas consigue reflejar con exactitud ese momento histórico y las circunstancias por las que pasa Francia y, de rechazo, el resto de la Europa del año 1628. Y lo hace descendiendo a detalles cotidianos que aumentan la calidad del conocimiento histórico que podemos destilar de una obra como “Los tres mosqueteros”.

Así, por ejemplo, refleja con bastante veracidad, desde el primer capítulo, el estado caótico en el que aún se encuentra la Francia de Luis XIII, todavía aterrada por las secuelas de las guerras de religión que acaban mezclándose con la guerra contra España.

Otro tanto ocurre con el modo de vida en una gran corte europea de la época barroca como ya lo empieza a ser París bajo los cuidados del cardenal Richelieu. Es lo que se puede sacar, por ejemplo, del abigarrado cuadro en el que se describe el cuartel general de los mosqueteros improvisado en la casa que ocupa su comandante en jefe, el señor de Tréville.

Ahí Dumas muestra las complejas relaciones de patronazgo basadas tanto en amistades personales como en los orígenes regionales de los muchos peticionarios que acuden a buscar el favor del hombre influyente en la corte. Como el propio D´Artagnan.

De hecho, Dumas tiene verdadero talento para componer un gran fresco histórico en todos sus detalles mediante una sucesión de anécdotas. Así, por ejemplo, ocurre con las que en “Los tres mosqueteros”  están relacionadas con eso que algunos historiadores actuales, como Daniel Roche, han llamado “la cultura de las apariencias” tan propia de la Europa del siglo XVII. Es decir, la que impedía al individuo mostrar una imagen degradada o devaluada, por la razón que fuera -suciedad corporal, deshonor, falta de medios…-, ante el conjunto de la sociedad de la que formaba parte.

Es lo que se saca, por ejemplo, de detalles como la bandolera de la que pende la  espada de Porthos, que muestra un bordado de oro por la parte que queda a la vista de todos y, en la que oculta bajo su capa, tan sólo hay simple badana. O bien del hecho de que alguna vez el criado de D´Artagnan, Planchet, es tomado prestado por alguno de sus compañeros para demostrar que tiene dos sirvientes y no sólo uno, lo cual concedía automáticamente una mayor categoría social.

Lo mismo puede decirse del modo en el que Dumas trata la recurrente cuestión de los duelos, por una parte prohibidos pero por otra imposibles de evitar porque el mismo Estado que los prohíbe, para evitar la autodestrucción de la nobleza que le sirve, exige de ésta un comportamiento honorable -el mismo que la hace fiable como oficiales en los campos de batalla- que la conduce, en una especie de círculo vicioso, a tener que batirse por la más mínima provocación. Una curiosa contradicción que se manifestaba, en efecto, incluso aunque se hayan tomado los hábitos sacerdotales, que muchas veces se trocan por los de soldado. Tal y como el propio Dumas hace notar con respecto a Aramis, o al propio cardenal Richelieu, reflejado en alguna ocasión a lo largo de la novela con traje de soldado o con uno, al menos, en el que se combina su condición de cardenal con la de militar. Carrera para la que, en efecto, se había preparado en su juventud con verdadero entusiasmo.

Otro tanto ocurre con el carácter del rey Luis XIII, timorato, avaro, desidioso hasta el punto de aburrirse mortalmente en medio de un reinado lleno de sobresaltos como aquel en el que él, supuestamente, impera sobre los dos reinos de Francia y de Navarra. Serie de circunstancias que Dumas, una vez más, refleja por medio de anécdotas recogidas directamente de la Historia -con “H” mayúscula- a mayor beneficio de los lectores que esperan aprender algo de esa materia en novelas como “Los tres mosqueteros”.

¿Dónde está la parte mala?. Bien, esa pregunta tiene una rápida y fácil respuesta. Alejandro Dumas, tal y como he señalado al principio de esta crítica, es un acabado producto de la Francia de las primeras décadas del siglo XIX. Eso, en buena medida, lo inutiliza como historiador fiable. Tanto en los libros que son ensayo de Historia, como su “Luis XIV y su siglo”, como, sobre todo, en novelas como “Los tres mosqueteros”, en las que -jamás lo oculta- se toma muchas libertades con la base de hechos reales sobre la que escribe.

Esas circunstancias lo conducen a una exageración de los hechos y a oportunos olvidos sobre lo que realmente ocurre, por ejemplo, en la Francia de 1628, cuando La Rochelle, al fin, cae en la sólida tela de araña que el cardenal Richelieu tiende en torno a ella.

Así resulta que la principal intriga que sirve de eje a “Los tres mosqueteros”, se basa en una falacia histórica sostenida durante siglos gracias al olvido sistemático de un pequeño detalle que la Francia del XIX, inteligentemente ocupada en crear -como otros grandes estados europeos, excepto España- una Historia autoexaltatoria, era incapaz de sacar a la luz. Bien por desconocimiento o bien por ocultamiento deliberado. Se trata de lo siguiente: la victoria de Richelieu sobre los protestantes de La Rochelle se debió, en no pequeña medida, a la actitud de la monarquía española en esos momentos.

Felipe IV, actuando de un modo verdaderamente coherente, prestará todo su apoyo a un reino, el de Francia, con el que su padre, Felipe III, ha establecido una alianza matrimonial en 1615. La misma que lo ha casado a él con una princesa francesa y ha convertido a su hermana Ana de Austria en reina consorte de Luis XIII.

Eso, y el hecho de que el que ha puesto cerco a La Rochelle era un príncipe de la Iglesia católica, la misma que da título a los reyes de Castilla -como es su caso-,  hacen que Felipe IV se inhiba de toda hostilidad contra Francia en esos momentos -en contra de lo que se insinúa en varias líneas de “Los tres mosqueteros”- y, de hecho, se avenga a prestarle toda la ayuda posible para que esa plaza, dominada por un gobierno protestante, que actúa prácticamente como una república independiente dentro de Francia -aprovechándose del edicto de tolerancia dictado años atrás para poner fin a las guerras de religión- sucumba lo antes posible bajo la autoridad del trono de Francia.

De ahí se sigue, necesariamente, que esa intriga central de “Los tres mosqueteros”, los supuestos amores de la reina de Francia con Buckingham y todo lo demás que orbita por muchas páginas de esa novela, tenga muy poca base histórica.

De hecho, el contexto del que Dumas rodea a ese episodio histórico es, prácticamente, opuesto a lo que realmente ocurrió. Sobre todo por lo que respecta al papel de la monarquía española en esas fechas, completamente desvanecido, eclipsado por un relato que, como mucho de lo que escribe Dumas y una miríada  de historiadores y novelistas franceses hasta, prácticamente, los años sesenta del siglo XX, se basa en un expurgo sistemático de todo hecho histórico -anecdótico o no- que vulnere, en lo más mínimo, el relato de un pasado grandioso para una Francia cuya política, como dice el mismo Dumas equivocadamente -¿quizás torticeramente?- hace temblar a toda Europa.

Eso es, pues, todo lo que se sacará de conocimiento histórico de una novela, otra vez de moda gracias al cine, además de a la genialidad de su autor.

Naturalmente el problema ahora no es tanto cosa de Dumas, muerto y consagrado en el Parnaso de la Literatura mundial hace años, sino de algunos imitadores de su obra que siguen endosando, con un entusiasmo digno de mejor causa, esos errores de bulto, y, por supuesto, de los editores que se lo consienten y vetan la publicación de todo lo que trate de poner de manifiesto esos errores y recuperar, por medio de una novela histórica de calidad, lo que fue escamoteado hace un siglo y medio.

A ese respecto es menos grave comprar “Los tres mosqueteros” de Dumas -siempre y cuando se lea con las reservas apuntadas en esta página- que el nuevo episodio de cierto serial de novelas -españolas y escritas en español, parece que para mayor sarcasmo- concebidas como una especie de desgraciado homenaje a los errores históricos de Dumas sobre la España de la misma época en la que transcurre “Los tres mosqueteros” y que, como bien sabrán los lectores de esta página, se va a lanzar al mercado antes de que termine este mes de octubre.

Elijan ustedes mismos entre eso, “Los tres mosqueteros” o la versión realmente histórica de esos hechos que sirven de base a “La sombra roja”, publicada en el número de octubre de este año de 2011 en http://lacoleccionreding.wordpress.com que, además, pueden descargar completamente gratis.

Luego no digan que no se les avisó, que no había alternativa a lo que ofrecían las grandes cadenas de edición y distribución de libros en materia de novelas históricas ambientadas en la misma época que “Los tres mosqueteros”…

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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6 respuestas a Vuelven a estar de moda. “Los tres mosqueteros”, de Alejandro Dumas

  1. Carlos Villarias dijo:

    Sin embargo, quizás por conquistar un halo de rebeldía romántica -un movimiento del que Alejandro Dumas puede ser considerado, sin demasiada exageración, como uno de sus emblemas-, la bandera política que el autor de “Los tres mosqueteros” levanta es la de la lealtad a los reyes Capetos cuyo último vástago es llevado al cadalso por las enfurecidas masas revolucionarias en el año 1793.

    Sólo una corrección, tanto Luís XIII como Luís XVI son de la dinastía de los Borbón, no Capetos. Un saludo.

    • Estimado tocayo: muchas gracias por tu comentario, que revela una atenta lectura del texto. Totalmente de acuerdo en que Enrique IV, Luis XIII, Luis XIV, Luis XVIII, Carlos X… eran reyes de la familia Borbón. Sin embargo la alusión a Luis XVI como Capeto es totalmente pertinente. No sé si recordarás que los revolucionarios llamabana a Luis XVI “ciudadano Capeto”. Es decir, recordaban que descendía -directa o indirectamente, como prefieras- de Hugo Capeto y que ese era todo su mérito. Por lo tanto su apellido era Borbón, sin duda, pero se les puede considerar también -y de hecho ya ves que así es en 1789, 1790, 1792, 1793…- como vástagos del árbol de los Capeto.
      Las casas reinantes y su política matrimonial son algo más complicadas que el apellido que nominalmente llevan. Capetos, Valois, Borbones, Orleans… todos ellos basan sus derechos al trono de Francia en lo mismo: vienen del tronco, de la cepa más pura, de la Sangroyal, ergo todos son Capetos. Faltaría más. Tu distinción les hubiera herido en lo más vivo. Es un matiz “du dernier bourgeois”, una perspectiva inaceptable para las complejas reglas dinásticas y genealógicas de la realeza prerevolucionaria, que se rige por códigos distintos a los de nuestra época burguesa, en la que perteneces a una familia, a un único apellido, no a un linaje como ellos.
      En pocas palabras: lo de Capeto no es un patinazo mío, es un guiño a toda esa cuestión.
      En cualquier caso, gracias por la matización -que enriquece al artículo publicado, como ves por el pequeño debate montado en torno a ella- y por tu, insisto, atenta lectura. Un saludo.

  2. Explorador dijo:

    Muchas gracias por el artículo, he disfrutado mucho leyéndolo. Disfruté muchísimo “Los tres mosqueteros” aunque imaginaba que Dumas y sus negros violaban la historia para hacer un bello hijo, y el resultado me pareció muy grato. Ahora sé más y mejor de la verdadera historia, disfrutándolo igualmente 🙂

    La novela que continua la reseñada, “Veinte años después”, literariamente es apabullante, todos que gustan de ambientes crepusculares y demás deberían leer algunas páginas de ese novelón, y verían lo que es bueno. Hablan mucho de la Fronda, y eso es también algo que desconozco en gran medida, pero bueno, lo repito, quien guste de esta literatura tiene una cita ineludible. Si se me permite la recomendación.

    Un saludo 🙂

    • Estimado explorador, como diría Harry el Sucio, me has alegrado el día. Gracias por tu amable comentario. Esas son las cosas que animan a seguir adelante con trabajos de amor perdidos -que diría Shakespeare, fuera quien fuese- como “La novela antihistórica”. Aquí queda publicado para ilustración de los que la leen -“La novela antihistórica”- que, esperemos, sean cada vez más.
      El comentario sobre “Veinte años después” no sólo es permitido sino muy bien recibido. Estoy totalmente de acuerdo con la recomendación. Una pena que cuando hicieron “La máscara de hierro” con Leonardo di Caprio, Gerard Depardieu, John Malkovich y Jeremy Irons no se reeditasen -como ha ocurrido ahora- las obras en las que vagamente se basaba, que eran la que tú recomiendas y “El vizconde de Bragelonne”, la que cierra el ciclo, que tampoco es como para dejar caer en saco roto.
      Me gustaría reseñarlas, hablar -otra vez- de La Fronda -lee en el archivo de agosto, sobre Jean D´Aillon y “El misterio de la cámara azul” -, pero el criterio, por desgracia, lo impone el mercado, las novelas “vivas”, las que están en las estanterias de las librerías. En fin, gracias otra vez por tu comentario, un saludo y estás en tu casa.

  3. Andrea Tamez dijo:

    Excelentísima resenia, me ha hecho ver otro punto de vista ante esta obra literaria, si me había dado la idea que se tomaba muchas libertades con respecto a fechas ,personajes, momentos históricos, he deseado adaptar esta obra en un formato cómic con ciertas libertades con respecto al modo que se presentan o el trasfondo de unos personajes, espero,ojala un día no lejano pueda reseniar sus dos secuelas,yo espero terminando este proyecto de adaptar el primer libro, me sumergiré a los 2 siguientes para a su ves hacer lo mismo y distribuirlo entre lectores,así mantener vivo el interés.

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