Cara a cara con la Guerra de los Treinta Años. “El misterio de la cámara azul” de Jean D´Aillon

Si el autor de esta página fuera aficionado a la Numerología -que no lo es, pues para eso hizo una carrera “de Letras”, como se suele decir-, empezaría diciendo que se notaba que este nuevo número de “La novela antihistórica”, el catorce, estaba bajo el signo, doble, del número de la suerte. Es decir, el siete.

Como, en efecto, no soy aficionado a estas cosas, sólo diré que esta vez he tenido, simplemente, mucha suerte con la novela elegida para esta nueva entrega de “La novela antihistórica” que casualmente, supongo, ha coincidido con la edición del número catorce de esta página.

En efecto, es una verdadera suerte poder leer “El misterio de la cámara azul”. Y hay que felicitar a Alianza Editorial -al César lo que es del César- por la feliz iniciativa de publicar en un formato relativamente barato -10 euros-, pero con calidad, esta novela de Jean D´Aillon. Esperemos que así llegue a bastantes lectores.

Un reconocimiento que, sin embargo, no pretende ocultar que hay aspectos negativos en “El misterio de la cámara azul” -y, como bien saben los que siguen esta página, se comentarán cumplidamente-, pero, aún así, a pesar de esa matización a la baja -por así llamarla-, son muchos más los aspectos positivos que hacen de ella una verdadera novela histórica y empezaré hablando de ellos.

Jean D´Aillon ha elegido para esta novela que, al parecer, será el comienzo de una nueva serie de libros en los que se mezcla la novela histórica con la policíaca, un estilo curioso, que, en cierto modo, parece ser un homenaje muy consciente a Dumas del que, evidentemente, D´Aillon es deudor no sólo como escritor francés, sino por el tema elegido para “El misterio de la cámara azul”: la conspiración de Cinq-Mars. Uno de los muchos que la genial “fábrica de novelas Dumas” trató.  

Así, hay momentos en los que D´Aillon, como solía hacer Dumas, se convierte en historiador y pasa a describir a sus lectores el momento histórico en el cual se están desarrollando los acontecimientos que él ha convertido en novela y ha imbricado en el tejido histórico real. Hay, en efecto, en “El misterio de la cámara azul” varias interrupciones de ese tipo que recuerdan mucho a, por ejemplo, el famoso pasaje inicial de “Los tres mosqueteros” en el que Dumas se empeña en explicar que su héroe, D´Artagnan, se mueve a través de un país devastado por décadas de guerras de religión y la constante amenaza de los ejércitos españoles y austriacos.

Esa fidelidad al maestro que hoy podría parecer un poco pasada de moda, sin embargo no impide a D´Aillon superar con creces a Dumas (dicho sea esto sin ánimo de expulsar, a patadas, del Parnaso de Novelistas Inmortales al autor de “El vizconde de Bragelonne” o “Veinte años después”. Algo que, sin duda, de nada serviría, teniendo en cuenta que Dumas siempre entraba por la ventana a los lugares donde se le había echado por la puerta. Y sin perder su buen humor, como nos dice su más reciente biógrafa, Simone Bertière).

En efecto, Jean D´Aillon, aún rindiendo esos arriesgados homenajes a Dumas, sabe llevar el género de la novela histórica a la altura de las necesidades del público de hoy día y no se limita, como suele ocurrir lamentablemente -y los números anteriores de esta página son testigos-, a hacer malas imitaciones del propio Dumas, de Scott y de otros autores del siglo XIX que hoy nada aportan como novelas históricas. Salvo reflejar la indigente preparación en ese campo del autor o autora de turno -y, en ocasiones, de los “negros” que les sirven- y la falta de criterio del editor que ha puesto sus obras al alcance de un público que acaba así -como no podía ser menos- a merced de una versión tóxica de los más diversos hechos históricos.

Así es, la gran diferencia entre “El misterio de la cámara azul” y otras novelas pretendidamente históricas -con o sin ribetes policíacos- es que D´Aillon describe, sin concesiones románticas de ninguna clase, sin anacronismos a cuál más ridículo, la vida de los franceses durante el reinado de Luis XIII y el valimiento del cardenal Richelieu, en mitad de eso que luego se ha dado en llamar “Guerra de los Treinta Años”.

Es fácil deducir que, en efecto, D´Aillon está, ante todo, siendo fiel, muy fiel, a los hechos históricos que ha tomado como eje para su novela por la crudeza de lo que nos cuenta.

Así, el París -y por extensión- la Francia que sirven de marco a esta primera aventura del notario Louis Fronsac, son una auténtica pocilga llena de barro y excrementos humanos y animales que, arrojados desde las ventanas, se van acumulando en unas calles sin más alcantarillado que una acequia central al aire libre y las cuadrillas de barrenderos y femateros, que limpian esa mezcla hedionda periódicamente a fin de  convertirlo en estiércol para los campos de cultivo cercanos a la ciudad. La miseria está a la vuelta de cada esquina y la ausencia de agua corriente -y la falta de higiene que va asociada a ella- está también a la orden del día salvo en casas muy afortunadas; como la de la familia Fronsac, que cuenta con algo parecido a esa comodidad tan extendida en nuestra época. Una situación habitual, por otra parte, en la Europa de aquella época, salvo excepciones. Como el Bilbao de finales del XVII que describe un asombrado padre Gabriel de Henao, dotado de un eficaz alcantarillado y, por tanto, de unas calles más limpias que las de otras ciudades europeas de esas mismas fechas. La vida de esa Francia de Luis XIII y Richelieu es, en definitiva, precaria, insegura y peligrosa.

En efecto, D´Aillon también nos habla a lo largo de la novela de asaltos nocturnos, de la necesidad de moverse por las calles de París con escolta armada o muy pertrechado de toda clase de instrumentos ofensivos y defensivos para combatir a los numeroso reitres, caimanes y otra clase de rufianes -algunos de ellos magníficamente descritos, como el Carfour que trata de asesinar a Louis Fronsac por encargo- que acechan en cada callejón y tras cada esquina oscura de la que ese París, tan distinto al que conocemos hoy día -fruto de la política tanto de prestigio como antidisturbios del Segundo Imperio napoleónico-, estaba más que sobrado.

Las cosas fuera de esa ciudad lúgubre, incómoda, sucia y peligrosa, por supuesto, no están mucho mejor.

Los viajes son también peligrosos. Tanto o más que las simples salidas nocturnas por París. Cubrir el espacio de unas cuantas leguas, pocas decenas de los actuales kilómetros, es una aventura muy arriesgada y, sobre todo, lenta. Si las cosas se complican aún más por problemas metereológicos -como es el caso de la tormenta de nieve que D´Aillon describe hacia la segunda mitad de su novela-, la cosa ya acaba en peligro de muerte incluso para los viajeros mejor preparados y que cuentan con potentes medios económicos. Como es el caso de Louis Fronsac y su enamorada Julie de Vivonne.

Ese periplo que el notario parisino se ve obligado a afrontar por orden del cardenal Mazarino, que es precisamente quien paga los gastos, es especialmente aleccionador sobre la precisión con la que D´Aillon se enfrenta -y nos enfrenta-, cara a cara, con la vida real en la Francia de la Guerra de los Treinta Años.

En efecto, en ese viaje la novela eclosiona y se abre para mostrarnos en toda su hiriente crudeza el mosaico de la verdadera existencia en la Francia de Richelieu. Así, nos encontramos con posadas infectas en las que un poco de comodidad -habitaciones limpias de uso individual y convenientemente caldeadas, comida de alguna calidad…-, sólo puede ser pagada por unos pocos y a un alto precio, quedando para el resto un suelo de tierra batida, alcohol de mala calidad y una sala común caldeada más por la hedionda masa humana que la llena que por una buena calefacción.

En ellas no faltan asesinos a sueldo. Hombres desesperados, viejos que no llegarán a cumplir los treinta años nunca y parecen, sin embargo, frisar la cincuentena con sus dientes careados y sus rostros cubiertos de cicatrices diversas. Son, por supuesto, un elemento añadido por el autor porque su intriga así lo demanda pero, en realidad, están sacados -como mucho de lo que hay en “El misterio de la cámara azul”- de la vida cotidiana de la Francia de Luis XIII.

Esos rufianes son gente, en efecto, tan característica de la época y el lugar como el pequeño noble que se comporta como un auténtico bandolero con Louis Fronsac y Julie de Vivonne, metidos en apuros con su carruaje durante la ruta entre París y Orleans, primera etapa del camino que los tiene que llevar hasta Narbona, donde les espera un Mazarino ansioso por obtener los documentos que desarticulen el complot de Cinq-Mars.

También resultan muy reales los habitantes de la granja fortificada en la que Louis y Julie consiguen refugiarse después de haber liquidado a dos de los caimanes -Carfour y uno de los dos mercenarios que le acompañan- que los siguen desde París para matarlos y hacerse con los papeles que desvelarán la conspiración del marqués de Effiat, Cinq-Mars.

Esa granja contiene, de hecho, un verdadero microcosmos de la vida real de los campesinos franceses de la época.

Es un mundo aislado por malas comunicaciones que se cortan al menor problema metereológico -como una simple nevada de dos o tres días- habitado por gente recelosa de todo lo que viene de fuera, que viven para poco más que trabajar y carecen de toda una serie de cosas que hoy consideramos elementales incluso entre los estratos más bajos de las poblaciones occidentales. Como los zapatos, por ejemplo. Todos los habitantes de la granja, en efecto, van calzados con zuecos y apenas tienen ropa con la que mudarse. Y se trata de campesinos relativamente ricos, que disponen de lo que es un verdadero lujo para muchos en esa Europa que muere de hambre, de guerra y de enfermedad. Es decir, varias comidas al día gracias a lo que obtienen del cultivo de la tierra y no va a parar a manos de un estado que desangra esos recursos en una larga guerra y actúa de manera tan voraz como cruel y expeditiva con aquellos que, como esos campesinos, lo sostienen…

Todo estos elementos dotan, en efecto, de una extraordinaria calidad histórica a “El misterio de la cámara azul”. Quienes tengan el acierto de gastar 10 euros en comprársela saldrán de entre sus páginas, sin ninguna duda, aparte de con una sensación agradable -su estilo es ágil aunque no sea, quizás, la mejor novela policíaca del mundo-, con una serie de conocimientos valiosos sobre la vida cotidiana en la Francia de la primera mitad del siglo XVII que pueden hacer extensivos al resto de la Europa de esa época.

Verán, efectivamente, en esas páginas, además de todo lo dicho hasta aquí, el esplendor cortesano del que los franceses llaman “Gran Siglo”. El de la propia corte y el de los salones que la imitan, donde brilla la alta sociedad, el Arte y la cultura. Como es el caso del de la marquesa de Rambouillet, tía de la enamorada de Louis Fronsac. Un “gran mundo” que sólo sirve de contrapunto a la precariedad vital del resto de la población francesa, excluida por razones sociales o económicas de esos círculos que, a su vez, son un verdadero avispero, en el que nadie está seguro a causa de las luchas por el poder entre clanes nobiliarios en un estado débil, aún en formación. Como, de hecho, lo demuestra la celebre conspiración de Cinq-Mars que sirve de eje a la acción de “El misterio de la cámara azul”.

Descubrirán los lectores también gracias a esta novela, que ese pasado aloja un mundo complejo, lleno de normas que nos son extrañas gracias -entre otros motivos- a la proliferación de malas novelas históricas. Es el caso, por ejemplo, de las envenenadas relaciones existentes entre la vieja y la nueva nobleza -por ejemplo, los Rambouillet y el marqués de Cinq-Mars- que quedan perfectamente expuestas en la novela de Jean D´Aillon, dibujadas sobre un tapiz de conspiraciones e intrigas tan reales como la vida misma de aquella época en la que se ha inspirado “El misterio de la cámara azul”.

D´Aillon no traiciona nunca, en efecto, la verdad histórica de la época de la que se ha servido. Sus personajes son criaturas de su tiempo y las acciones en las que se ven envueltos y su respuesta ante ellas, es fruto del estrecho margen de acción que la Francia y la Europa de la primera mitad del siglo XVII les permite.

Así, Louis Fronsac sabe que es prácticamente imposible consumar sus deseos de matrimonio con Julie de Vivonne porque, a pesar de, como él mismo dice, su “buen pasar” -su buena situación económica-, carece de patente de nobleza que le abra las puertas de la familia Rambouillet, que disfruta de ese rango desde tiempo inmemorial… Justo lo único que se necesita para prosperar en la Europa anterior a la revolución de 1789.

De hecho, D´Aillon no se ahorra dibujarnos sabrosas conversaciones en las que describe con verdadero naturalismo las costumbres de la época. Esas que permitían que una Rambouillet, Julie d´Angennes -prima de Julie de Vivonne-, pudiera negar la mano de una familiar pobre a un notario al que, sin embargo, esa familia debe grandes favores. Como lo es el de haber sido salvados de caer bajo la implacable garra de otro noble de mayor influencia que ellos. En este caso un par de Francia, un primo del rey, el cardenal-duque de Richelieu…

Una descripción muy densa de esa realidad histórica que D´Aillon sabe, por lo demás, llenar de matices que la hacen aún más veraz.

Así, vemos que junto a esa, en apariencia, inasequible estructura social basada en estamentos y no en la riqueza -como ocurre en nuestra época- se va abriendo paso en ella, aunque sea lentamente, otra sociedad basada en el mérito y en el trabajo, en los valores burgueses que se imponen a partir del ciclo revolucionario que empieza en 1789 y culmina, aproximadamente, hacia 1870. Algo que uno de los principales personajes de “El misterio de la cámara azul”, Mazarino, hijo de una sirvienta y llegado hasta la púrpura cardenalicia y el poder gracias a su esfuerzo personal y a sus méritos intelectuales, hace patente con toda claridad en una de las últimas conversaciones que sostiene con Fronsac, una vez que la conspiración de Cinq-Mars ha fracasado.

Aspectos como esos, junto con todo lo demás que se ha comentado hasta aquí, hacen, pues, de “El misterio de la cámara azul”, una gran novela histórica que realmente merece la pena leer.

¿Qué se puede, o se debe, decir de malo sobre ella?. Bueno, ya señalé al principio de esta crítica que acaba aquí, que era más bien poco. Pero no por eso, creo, se debe dejar sin comentar. De otro modo esta crítica no sería verdaderamente honesta.

Los lectores que compren “El misterio de la cámara azul” deberán tener cuidado con algunos vicios ocultos en la estructura del, por lo demás, magnífico edificio que ha levantado Jean D´Aillon.

Son los habituales en la novela histórica que se produce más allá de los Pirineos. Es decir, un exceso de chovinismo, una serie de tics del patriotismo francés acuñado -y machaconamente transmitido, sobre todo, desde finales del siglo XIX- que llevan al autor de “El misterio de la cámara azul” a identificar, erróneamente, a la Francia del siglo XVII con un ensayo general para poner en marcha la actual. La misma que, en realidad, surge de un complejo proceso de convulsiones históricas iniciadas en 1789 que borran y entierran -casi totalmente- aquella sociedad del año 1642 que tan bien ha sabido, por otra parte, describir Jean D´Aillon. Por ejemplo, se habla demasiado en “El misterio de la cámara azul” de “Francia” y “España”, cuando en realidad lo que está en juego en esas fechas son los intereses de grandes casas nobiliares con prerrogativas reales e imperiales. Como es el caso de la de los Austria y los Borbón

Se cae también en la novela de D´Aillon en la trampa de considerar la Guerra de los Treinta Años ya casi ganada por Francia, cuando en realidad la investigación histórica más reciente demuestra que el acto final de ese largo ciclo de enfrentamientos sólo se detuvo en 1659. Y lo hizo por agotamiento de ambas partes y, sobre todo, por la extrema debilidad militar y diplomática francesa. En efecto, la Francia de Mazarino no contaba -ni de lejos- con la inmensidad de recursos financieros con la que estaba dotada la dinastía Austria que rige medio mundo desde el trono de Madrid, y había perdido ya todo aliado -Inglaterra está al borde de una nueva guerra civil- que le ayudase a desequilibrar la balanza militar en su favor.

Errores por parte de D´Aillon nada extraños teniendo en cuenta el maltrato que recibe la Historiografía de vanguardia española -tanto dentro como fuera de nuestras fronteras- como la clase de novela histórica que exportamos a Europa. Una en la que, de mano de verdaderos indocumentados, se sigue reflejando una falsa España barroca que, en realidad, en nada se diferencia del resto de Europa -si acaso a mejor-, como podrán comprobar, insisto, quienes tengan la buena idea de leer “El misterio de la cámara azul”. 

Hecha esta recomendación añadiré otra, si la novela de D´Aillon no les basta para desengañarse, o para sacudirse de encima ese cúmulo de peligrosas necedades pseudohistóricas heredadas del sistema educativo de una nada edificante dictadura, si aún dudan de como eran las realmente las cosas en la España de Felipe IV y la Francia de Luis XIII, pueden acudir el próximo 18 de octubre a leer “La sombra roja” en la sección Se puede hacer mejor de “La colección Reding”. 

Por supuesto se trata de un recurso de Internet, ya que el actual mercado editorial convencional en España no permite la publicación -al menos de momento- de otra versión de los hechos sobre la España del siglo XVII que vaya más allá de la narrada por una especie de Robertos Alcázares y Pedrínes más o menos puestos al día y convertidos en espadachines de lance en un Madrid de los Austrias descrito sin el más mínimo rigor histórico, pero aún así aupados, todos esos engendros “a la guerrero del antifaz”, a la categoría de bestseller. Por lo tanto a la de “verdad indiscutible” que debe pasar, y pasa, por encima de la investigación histórica más dedicada e innovadora y de cualquier intento de hacer una novela histórica española a la altura de la del resto de Europa, a la altura de la de  autores como Jean D´Aillon.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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