“Sartine y la guerra de los guaraníes”. ¿Algo es algo?

Hace un mes acabábamos la última entrega de “La novela antihistórica” diciendo que cuando superáramos la decepción que nos había producido la lectura de “Sartine y el caballero del punto fijo”, nos encargaríamos de la segunda novela que Juan Granados ha publicado recientemente con Nicolás Sartine como protagonista. Es decir, “Sartine y la guerra de los guaraníes” que Edhasa tiene todavía hoy circulando por ahí, en las librerías y otros mercados de publicaciones al uso.

El momento ha llegado, evidentemente, este 20 de junio de 2011 en el que esta página de crítica literaria independiente alcanza su número doce y cumple así su primer año de funcionamiento.

Es posible que un mes no baste para superar la decepción que ha dejado por esta redacción “Sartine y el caballero del punto fijo”, pero publicar una crítica sobre la segunda entrega de las aventuras de Nicolás Sartine muchos meses después de haber publicado una dedicada a la primera, no tenía mucho sentido.

Así pues, inevitablemente, hablaremos en este número, que cierra un primer ciclo de “La novela antihistórica, de “Sartine y la guerra de los guaraníes” y no de ninguna otra novela pretendidamente histórica.

El punto de partida para esta nueva crítica bien podría ser una pregunta: ¿ha mejorado en algo la nueva entrega de Sartine a la primera de las dos?. Han pasado ocho años entre la publicación de “Sartine y el caballero del punto fijo” y la aparición de este segundo ensayo literario con el que el profesor Juan Granados ha pretendido llevarnos de vuelta al mundo de la España dieciochesca. Se podría pensar, por tanto, que el autor ha tenido tiempo más que suficiente para pensárselo mejor, para documentarse mejor, para idear nuevas y más convincentes tramas con las que ilustrar a sus seguidores, algunos de ellos verdaderamente incondicionales.

La realidad difiere bastante de esas esperanzas. Puede parecer una crítica devastadora, pero lo cierto es que poco, muy poco, ha cambiado en los ocho años que van de “Sartine y el caballero del punto fijo” a “Sartine y la guerra de los guaraníes”.

Nos encontramos otra vez ante un relato pesado, en el que el autor ha ido incorporando una serie de piezas prefabricadas, como si hubiera escrito esta nueva entrega de las aventuras de su intendente tecleando con una mano y sujetando con la otra algún manual sobre “cómo escribir un best-seller”.

En efecto, otra vez nos encontramos en “Sartine y la guerra de los guaraníes” con una serie de elementos supuestamente sorprendentes, intrigantes, suscitadores de una lectura gastronómica, que parecen haber sido copiados aplicadamente de los consejos que imparte Umberto Eco en “El superhombre de masas”.

Así, una de las cosas que primero aparece en las páginas de “Sartine y la guerra de los guaraníes” es una trama esotérica patentada y garantizada: la construcción de El Escorial en tiempos de Felipe II que se va intercalando en el desarrollo de las nuevas aventuras de Sartine, esta vez destinado por su patrón, el marqués de la Ensenada, en tierras del Virreinato de la Plata. Es decir, en los territorios hoy divididos entre Paraguay, Uruguay, Argentina y Brasil.  Sin embargo, como ya se podía deducir de las maniobras literarias de Juan Granados en “Sartine y el caballero del punto fijo”, esa entrada a través de El Escorial en el mundo de lo esotérico no sirve de gran cosa embutida en las páginas de esta nueva entrega de las aventuras del intendente del rey Nicolás Sartine.

En efecto, el lector, una vez más, no termina de ver, a lo largo de páginas y páginas, qué relación guarda la construcción del monasterio de El Escorial a finales del siglo XVI, con lo que está haciendo Nicolás Sartine a mediados del XVIII en tierras del Paraguay, que, en principio, parece reducirse a buscarse una nueva amante -una cantante holandesa llamada Anne de Groot, que, como ocurre a menudo en las novelas de Sartine, pretende ser un personaje complejo y no pasa de ser poco más que el reposo del cansado guerrero- y vigilar que la Comisión de Límites que debe dividir esas tierras entre el imperio portugués y el español no ejecute nada en detrimento de la soberanía española que Nicolás Sartine representa allí en esos momentos.

Aún así, a pesar de que la relación entre una cosa y otra no termina de estar clara, debemos soportar en “Sartine y la guerra de los guaraníes” largas lucubraciones sobre El Escorial y quienes lo construyen absolutamente áridas, de las que se saca poco o nada en claro. Salvo que Juan Granados ha leído a Juan G. Atienza y su magnífico libro “La cara oculta de Felipe II”, pero no parece haberlo digerido demasiado bien.

En efecto, todo lo que Granados nos cuenta de la construcción de El Escorial resulta mucho más plúmbeo y carente de veracidad histórica que una sola de las páginas de “La cara oculta de Felipe II”. Algo que resulta extraordinariamente difícil de creer si tenemos en cuenta que la obra de Juan G. Atienza es un libro de Historia y no una novela histórica -como pretende serlo “Sartine y la guerra de los guaraníes”- en la que el autor estaría autorizado a tomarse ciertas libertades para instruir a su público al mismo tiempo que  lo mantiene enganchado a sus páginas.

A eso hay que añadir que Juan Granados, una vez más, cede ante el “canon idiota” -seguimos sin saber si por voluntad propia o por imposiciones de su editor- y nos devuelve una imagen falsa y torticera de Felipe II, presentado en las páginas de “Sartine y la guerra de los guaraníes”, también una vez más, como un ortodoxo monarca católico que nunca jamás pretendió otra cosa que arruinar a España sacrificando todas sus riquezas de Ultramar para mantener la pureza católica de una Europa ganada por la herejía  luterana y sus variadas sucursales.

En definitiva, con muy pequeños matices, que se escapan incluso a los especialistas, Juan Granados tiene el descaro de presentarnos en la primera década del siglo XXI una versión de Felipe II, su obra y su reinado, que en nada, o casi nada, difiere de la que el Franquismo impuso durante cuarenta años con sus ultrajantes “enciclopedias Álvarez”.

Sí, los que busquen en las páginas de Juan Granados al Felipe II hombre del Renacimiento y por tanto creyente en una Ciencia que apenas se distingue de la Magia, al rey católico que acumula cientos de libros sobre Artes Ocultas en su santuario de El Escorial, no lo encontrarán. No hay, en efecto, en “Sartine y la guerra de los guaraníes” ni rastro de la ajustada descripción de Felipe II como rey -o más bien emperador- de los ocultistas de la Europa renacentista que las investigaciones de Juan G. Atienza y -en menor medida- Henry Kamen nos devolvieron hace años y en las que ambos historiadores se esforzaban por restaurar una verdad histórica secuestrada durante años por una dictadura alucinada, que necesitaba falsear el pasado de España para autoperpetuarse en el poder.

Esa es, ni más ni menos, la clase de novela pretendidamente histórica que hoy se publica en España escrita por españoles. De ahí se deduce que, al parecer y sin que se sepa muy bien la razón, seguimos castigados, cada vez que leemos una de ellas, a continuar comulgando con las ruedas de molino ideadas por los falangistas afectos al régimen franquista que hicieron una falsa Historia de España cortada a la medida de sus delirios asesinos. Por ejemplo convirtiendo a un verdadero príncipe de alquimistas y otros heterodoxos de alta gama como Felipe II, en un rey ultracatólico, mitad monje, mitad soldado, al gusto de los cánones de aquella organización vestida de azul como la muñeca de la canción.

Así las cosas, si los lectores de “Sartine y la guerra de los guaraníes” soportan esas, como vemos, pseudohistóricas y malintencionadas divagaciones acerca de la construcción de El Escorial con las que Juan Granados llena páginas y páginas de su nueva novela, lo único que sacarán en claro es que Felipe II fue timado por algunos alquimistas y que, al parecer por esa razón, se volvió un verdadero escéptico en estas cuestiones.

Por tanto, como Juan Granados parte de una premisa histórica absolutamente falsa -ese escepticismo de Felipe II ante la Alquimia y otras artes ocultas- esos lectores no hallarán, desde luego, en esta nueva entrega de las aventuras de Nicolás Sartine, ninguna mención a la gigantesca base de datos sobre cuestiones esotéricas y Ciencias Ocultas en la que el rey prudente convirtió la llamada “Torre de la Bótica” enclavada en el centro del monasterio de El Escorial. Una maniobra que, sin embargo, como nos revelan las investigaciones de Atienza y Kamen, fue ejecutada con perfecto conocimiento de causa por un Felipe II que deseaba rodearse de los mejores libros sobre esa cuestiones para fines que sólo de un modo pálido y deslavazado se dejan ver en “Sartine y la guerra de los guaraníes”, donde falsamente, una vez más, se da a entender que hay un proyecto ocultista tras la construcción de El Escorial, del que algo sabe un despreocupado Felipe II, pero que, como venimos a descubrir muchas páginas después, de vuelta al siglo XVIII y al Paraguay, es cosa de malos y traidores vasallos -en este caso una orden secreta dentro de la de los jesuitas- que actúan por cuenta propia y en detrimento de la monarquía hispánica…

De ese modo los que lean “Sartine y la guerra de los guaraníes” seguirán ignorándolo todo, o casi todo, sobre la cara oculta de Felipe II, que en realidad era la verdadera.

En el mejor de los casos seguirán creyendo que eso de los reyes dedicados a la Alquimia y a las Artes Ocultas era asunto de gentes “de Europa”, como Rodolfo II  rey de Bohemia, que, hoy por hoy, es quien lleva esa fama a nivel internacional. Una que, gracias a los malos oficios de editores como Edhasa y autores como Juan Granados, no disfruta su tío, Felipe II de España, que, como bien han demostrado las ya mencionadas investigaciones de Juan G. Atienza y Henry Kamen, fue quien instruyó a Rodolfo en su bien surtida biblioteca de la Torre de la Botica de todos los conocimientos que luego, de vuelta a Centroeuropa, se dedicaría a aplicar con verdadera fruición y con tanta afición que ha dado para escribir unas cuantas páginas al respecto en magníficas novelas históricas como “Ex libris”.

¿Qué hay en el resto de “Sartine y la guerra de los guaraníes” una vez que salvamos este primer y gran error histórico?. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que más de lo mismo.

En efecto, Granados nos lleva a lo largo de cientos de páginas por una confusa trama en la que todo parece girar en torno a Nicolás Sartine y sus contundentes opiniones sobre el Mundo. Especialmente las que tiene sobre lo efímero del Amor que él mismo, llegando al colmo de las inconsistencias, desmiente al final de la novela.

De ahí salimos con la impresión de que España va a dividir sus tierras del Cono Sur de América con Portugal, que a resultas de esto los ingleses hacen lo imposible para que las cosas se tuerzan, aunque realmente lo único que consiguen es dar una paliza a Sartine y su grupo, y retenerlos prisioneros de los mocobíes, para que después el inefable intendente del rey se escape masacrando a los indígenas por delegación en la persona de Juan Cusano, siempre eficaz para estos asuntos.

Hecho esto, Sartine, después de nuevas divagaciones y nuevas idas y venidas sin demasiado fuste, ajustará cuentas con el oficial inglés que ha sido enviado a entorpecer esa misión que, después de todo, no se sabe muy bien en qué consiste. Aparte de averiguar qué clase de comuna anarquista -en contra de los verdaderos deseos de la monarquía española- tienen montada en aquellas latitudes la orden de los jesuitas y, sobre todo, la organización secreta -de corte evidentemente masónico- que se mueve dentro de la comunidad jesuita de Paraguay para crear un reino independiente a partir de esas misiones. Oscura maniobra que será convenientemente castigada por Sartine y los suyos, en la persona de uno de los más conspicuos representantes de la conspiración: el padre Charlevoix, jefe militar del ejército organizado en las misiones como fuerza de autodefensa. Un clímax que se alcanza tras un viaje por el Cabo de Hornos en el que Sartine demostrará sus dotes de navegante.

Tanto vacuo trajín acabará con un nuevo gesto mecánico incorporado a la trama de “Sartine y la guerra de los guaraníes”. En efecto, Granados parece haber pensado que, como toda buena novela de aventuras que se precie, la suya debe tener también un tesoro escondido. El mismo que Ensenada, Sartine y sus adláteres descubrirán oculto en El Escorial, bicoca de origen desconocido pero suficiente para mantener durante doscientos años en marcha el, sin duda, lento proyecto de sedición jesuítica en Paraguay y lo bastante grande como para hacer inmensamente rico a Nicolás Sartine.  .

A eso, o poco más, se reduce el contenido de “Sartine y la guerra los guaraníes”. Y los que se tomen la molestia de leerla, es eso, y poco más, lo que van a sacar en claro sobre la Historia de España en una época completamente ignorada por nuestro imaginario colectivo, tanto que ni siquiera parece capaz de reivindicar como propios los contenidos -más veraces- de magníficas películas históricas como “La Misión” a través de la cual se puede recuperar un excelente fresco visual de esa España colonial del siglo XVIII que en esta nueva entrega de las aventuras de Sartine se desdibuja hasta límites verdaderamente deprimentes, creando la impresión de que el conocimiento histórico de los españoles retrocede en lugar de avanzar.

Juan Granados, en efecto, nada nos dice en “Sartine y la guerra de los guaraníes“ del verdadero papel que juega España en las relaciones internacionales de la época, no aporta prácticamente nada nuevo al conocimiento de ese período y, en definitiva, frustra las grandes esperanzas que se podían haber depositado en una serie de novelas que, al fin, parecían ir a recuperar una época como la Ilustración española, poco menos que maldita durante cuarenta años de dictadura.

Antes de concluir, parece justo añadir que hay algo bueno en las páginas de “Sartine y la guerra de los guaraníes”, en episodios como el combate entre Sartine y los suyos, nada más desembarcar en América, contra una partida de bandeirantes para liberar a un grupo de esclavos negros o, más aún, en el episodio en el que el intendente y los suyos deben enfrentarse a los mocobíes azuzados contra ellos por los ingleses que pretenden truncar los planes de la Comisión de Límites, pero eso es todo. Juan Granados no da más de sí, no parece capaz de ir más allá de esos pequeños detalles para superar la indigencia de la novela histórica escrita en España treinta y cinco años después de que se extinguiera en ella un régimen que consideraba a ese país -convertido durante cuarenta años en su finca particular- como “different” al resto de Europa.

Se suele decir que “algo es algo” cuando tratamos de consolarnos ante una situación desastrosa descubriendo algún detalle que ha escapado a la catástrofe, pero, la verdad, en este caso, esos dos o tres episodios no son ni siquiera bastante. En absoluto.

Seguimos, pues, esperando a que esto cambie, a que la Transición también se lleve a cabo en el mundo editorial español que, por casos como “Sartine y la guerra de los guaraníes”, demuestra que lo está necesitando de manera urgente.

¿Se hará algo antes de que los bonos de deuda española se usen sólo para hacer gorros de papel como ha ocurrido a poco días de publicar está nueva página de “La novela antihistórica”?.    

La pelota está, una vez más, en el tejado de los editores españoles. Veremos cuantos años más tardan en decidirse a bajarla de ahí.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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2 respuestas a “Sartine y la guerra de los guaraníes”. ¿Algo es algo?

  1. Marisa Campos dijo:

    Qué tipo más infumable. Seguro que el impresentable y amargado autor de esta reseña estará muy satisfecho de poner a parir un buen y entretenido libro. Pero cualquier persona que haya podido leer dicha reseña, se habrá percatado de lo resentido y tonto que puede llegar a ser un tipo que sólo se dedica a leer libros que no le gustan.

    • Estimada Marisa Campos, como ve la política de publicación de nuestra página de crítica literaria es justo la opuesta a la de ciertas editoriales españolas. Publicamos, sí, cualquier estupidez, pero incluso las que no nos gustan y nos critican con acritud, como es su caso.
      Muchas gracias por sus abruptas palabras. El bajísimo nivel cultural del que hace gala en su pobre mensaje, la falta de argumentos que la llevan a recurrir a insultos de filósofo de barra de bar -“tonto”, “infumable”, “resentido”- sólo confirma que no nos hemos equivocado a la hora de juzgar “Sartine y la guerra de los guaraníes”: sólo puede ser del gusto de personas ordinarias, con bajo nivel formativo y que hacen alarde de un talante autoritario propio de los que aún añoran la “enciclopedía Álvarez” y sólo piensan en crujir al que discrepa lo más mínimo de su cerrada y cerril visión de las cosas. Por todo ello, insistimos, muchísimas gracias Marisa. Continúe marchando, impasible el ademán, tras los pasos de autores como Juan Granados. Ya tendrá ocasión de lamentarse pero para entonces, como decía Brecht, ya será tarde.

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