¿La excepción que confirma la regla?. “Sartine y el caballero del punto fijo”

Los asiduos a esta página de crítica independiente ya sabrán que, de todas las editoriales que publican novela supuestamente histórica en español, Edhasa es la que con menos simpatías cuenta en la redacción de “La novela antihistórica”.

Puede parecer una actitud malsana, rozando incluso una cuestión personal -como bien se sabe, hay opiniones para todos los gustos, sobre todo para explicar conductas ajenas-, pero creemos que hay más que sobrados motivos para ella. Cualquiera lo podrá comprobar si lee números anteriores de esta página dedicados a libros publicados recientemente por esa editorial, que, no lo olvidemos, nació especializada en publicar novela histórica.

En efecto, en el número de octubre nos ocupábamos de la primera entrega de otra de las muchas series anglosajonas que gusta de publicar, es de imaginar que por razones de índole económica -a menos que el masoquismo colectivo juegue algún papel en todo esto- Edhasa. Se trataba, concretamente, de la enésima versión de la vida, real, imaginaria, o al cincuenta por ciento, de Robin Hood, perpetrada en este caso por Angus Donald, un estudiante de Antropología -se ignora si licenciado en esa materia o no- anglosajón.

Ya dejamos dicho allí qué es lo que nos parecía. En resumen, salvo por unos pocos detalles acertados, otro insulto a la inteligencia del lector español de novela histórica, que quedaba, una vez más, abandonado a una falsa y falseada memoria colectiva condenada al rincón de la Historia, privado de una versión más ponderada del pasado, no mediatizada por el complejo de superioridad británico.

En febrero de 2011 nos dedicamos a hacer otro tanto con otro de los títulos de esta editorial barcelonesa: la última entrega de las aventuras del fusilero Richard Sharpe, conspicuo salvador de la Europa sometida a la garra napoleónica que ha tomado, desde hace años, el teatro de operaciones español como morada literaria en la que mostrar que Napoleón y su imperio de poco más de diez años de duración fueron derrotados gracias, y sólo gracias, a los británicos.

Tampoco vamos a repetir aquí nuestra opinión sobre “Los estragos de Sharpe”, que era aún más desfavorable que la que nos habíamos formado sobre el Robin Hood de Angus Donald. Para eso, naturalmente, están los archivos. En este caso los de esta página mensual de crítica literaria.

Y es que tenemos bastante por hacer después de que, una vez más, hayamos sondeado los fondos más recientes de Edhasa. En esta ocasión la hemos tomado -por así decir- con una de las pocas series históricas producidas en España que se ha atrevido a publicar esta editorial, la de Nicolás Sartine, intendente del rey.

Empezaremos hablando de lo malo que hay en esta novela, primera de una irregular serie cortada por el patrón de la firmada por Patrick O´Brien y otras, como la ya mencionada de Richard Sharpe, sobre las que Edhasa parece tener la exclusiva para el mercado de habla española.

Lo primero que hay que decir a ese respecto es que Juan Granados se esfuerza en hacerse comprender, en captar la atención de su público… pero no lo consigue.

En efecto, el autor coruñes se queda en “Sartine y el caballero del punto fijo”, primera entrega de la serie dedicada a las andanzas de Nicolás Sartine, intendente al servicio del rey Fernando VI de España, muy por debajo de aquellas fuentes en las que parece haberse inspirado y a las que rinde un homenaje nada discreto, empezando por el nombre y el apellido de su principal protagonista.

Nos referimos a la serie de Nicolás Le Floch y monsieur Sartine, protagonistas de otra serie de novelas históricas -subespecie “de detectives”- ambientadas en el París de Luis XV, en la segunda mitad del siglo XVIII, y que -que nadie se extrañe- también han empezado a ser publicadas para el mercado hispanohablante por Edhasa. La misma editorial que, como el mismo Juan Granados cuenta en los agradecimientos iniciales de “Sartine y el caballero del punto fijo”, ha confiado enteramente en él y en su obra.

Sí, Granados y su Sartine están muy por debajo de la agilidad con la que se desenvuelve Jean-François Parot, el autor de la ya larga serie de novelas dedicadas a describir las andanzas de Nicolás Le Floch, comisario al servicio de la Policía de Luis XV.

Efectivamente, el personaje de Granados, un intendente español -de origen francés, como mucho de lo que trae la nueva dinastía borbónica, enviada a reinar a España una vez que Luis XIV reconoce su fracaso militar ante la alianza liderada por Madrid en la última mitad del siglo XVII-, se mueve de manera torpe y pesada, aburre al lector hasta lo indecible, obligándole a hacer un verdadero esfuerzo para encontrar algún motivo de interés en seguir, hasta el final, las más de 500 páginas de “Sartine y el caballero del punto fijo” dedicadas a describir, se supone, un caso de intriga y misterio ambientado esta vez no en el París Luis XV, sino en el reino de su primo y aliado, Fernando VI, en 1748. Justo cuando termina la llamada Guerra de la oreja de Jenkins en la que esos dos reinos, España y Francia, se enfrentan ferozmente con el principal adversario de la dinastía borbónica. Es decir, la Gran Bretaña de los Hannover.

Granados se esfuerza -aunque no parece que lo haga muy denodadamente- en incorporar a “Sartine y el caballero del punto fijo” lo fundamental en toda novela de misterio. Es decir, un misterio -valga la redundancia- básico que los protagonistas de la obra se deben esforzar en desentrañar. En este caso se trata del asesinato de un oficial enviado a El Ferrol a dictar las disposiciones necesarias para construir allí uno de los más modernos y mayores arsenales militares de Europa, destinado a hacer realidad los proyectos del marqués de la Ensenada, profusamente explicados a lo largo de esta primera novela de la serie de Nicolás Sartine, intendente del rey. A saber: crear un poder naval español capaz de rivalizar con el británico. Designio, como también describe prolijamente Granados, torpedeado una y otra vez por el embajador español en Londres y su patrón en la corte. Es decir, respectivamente Ricardo Wall y José de Carvajal y Lancaster.

No hay duda, por detalles como esos, que Juan Granados, lo mismo que conoce la serie de Nicolás Le Floch, ha leído también -y con notable atención- las lecciones impartidas por su colega -en el campo de la docencia y en el de la novela- Umberto Eco en su impagable libro -como mucho de lo que escribe- “El superhombre de masas”.

En efecto, Granados ha echado en el puchero de su “queimada” novelística todos los elementos que Eco señala en ese manual como esenciales para los folletines de los cuales se ha nutrido la llamada “novela histórica” que, pese a todo, incluidas las protestas de su propio autor, es lo que parece aspirar a ser “Sartine y el caballero del punto fijo”.

Tenemos un grupo de hombres audaces y decididos, es decir, un nuevo grupo de cuatro mosqueteros, que en este caso son intendentes y comisarios al servicio no de Luis XIII de Francia y de Navarra, sino al de un acabado ejemplo de monarca ilustrado como Fernando VI. Igualmente tenemos a varios hombres de poder que tratan de controlar la acción básica de la novela y asimismo a los personajes de la misma. En este caso se trata de un hombre de poder positivo, el marqués de la Ensenada y de Carvajal y Lancaster, que asume el papel de cardenal Richelieu en toda su malvada plenitud.

No faltan tampoco otros elementos propios del folletín decimonónico como la anagnórisis. Es decir, el reencuentro de personajes que llevan tiempo -a ser posible años- sin verse y que están unidos por un destino más o menos trágico, más o menos jovial. Sería el caso, por ejemplo, del que se tercia entre el ingeniero Ábalos -convertido también en “gracioso” de la trama de “Sartine y el caballero del punto fijo”, aunque en la siempre más respetable calidad de “sabio despistado”- y Jorge Juan en  Londres, en la casa desde la que éste, bajo una identidad supuesta -la de mister Joshua- espía para hacerse con todos los secretos posibles de la corona británica, para, por supuesto, utilizarlos en favor de la española.

Igualmente hay enfrentamientos dentro del grupo de hombres audaces y decididos en los que la amistad entre ellos sufre determinados vaivenes que también espolean la fidelidad del lector y su interés en esa lectura que Eco describe, muy apropiadamente, como “gastronómica”, en tanto en cuanto el lector tiene la sensación de devorar, de deglutir, lo que lee del mismo modo en el que saborearía un plato más o menos exquisito, pero siempre de su gusto. Es el caso del ya mencionado Ábalos que, junto con el naturalista sueco Perh Loefling, es objeto de las burlas de Felipe O´Conry, comisario ordenador al servicio de Sartine que juega en este caso el papel de Porthos. Esto es, el personaje, simpático, bullangero y expeditivo que sirve de válvula de escape al exceso de seriedad que, a veces, se desliza en novelas de este tipo.    

Para que no falte de nada, la tensión sexual, los amores desgraciados del principal protagonista, Nicolás Sartine, también están muy presentes en “Sartine y el caballero del punto fijo”. En este caso, Constance Bonacieux es la noble italiana Catalina Lasaletta, casada, por razones más bien prosaicas, con el marqués de la Victoria, personaje histórico que Granados ha querido convertir en la némesis de Nicolás Sartine, completando así el círculo perfecto de todos los elementos que Eco señala como las claves del éxito del folletín decimonónico y, por extensión, de la actual novela histórica. Empezando -a qué negarlo- por su “El nombre de la rosa”.

Pues bien, a pesar de esa atenta lectura y aplicación de la receta de “El superhombre de masas”, “Sartine y el caballero del punto fijo” no puede evitar convertirse en una mortalmente aburrida sucesión de episodios inconexos en los que el lector no sabe, la mayor parte del tiempo, dónde se encuentra ni de qué va todo esto. Un cajón de sastre en el que entran desde disquisiciones sobre gastronomía mezcladas inopinadamente con combates navales, hasta sesudas reflexiones sobre el Deísmo propio del siglo XVIII y la obra del filósofo de origen ibérico -y fama mundial- Baruch Spinoza.

Ni siquiera los episodios en los que se mezclan también elementos de la novela gótica -pasadizos, mazmorras, asaltos nocturnos, etc…-, como ocurre en el caso del ataque en Londres contra el embajador Ricardo Wall para secuestrar a Petruccio -el criado-sicario al que se le ha asignado en la novela de Granados el papel de asesino del oficial del rey que trataba de erigir el arsenal y astillero de El Ferrol-, logran despertar mayor interés en un lector que, ya casi al final del libro, se pregunta, ansioso, a dónde quiere ir a parar Juan Granados con tanto vaivén que, de hecho, no parece ir a ninguna parte.

Hasta aquí todo lo malo que hay en “Sartine y el caballero del punto fijo”. Vayamos ahora a considerar que tiene de bueno esta novela histórica. Porque, de hecho, no carece de buenas cualidades que la convierten, de alguna manera -un tanto precaria, eso sí- en algo mucho mejor que mucho de lo que se tiene la desvergüenza de publicar bajo el sello de “novela histórica“ en el mercado de habla española.

En efecto, aunque parezca difícil sostener esa opinión después de decir lo que acabamos de decir sobre “Sartine y el caballero del punto fijo”, como críticos responsables no nos queda otro remedio que señalar, una por una, a ser posible, las cualidades de esta novela histórica de Juan Granados. Por pocas que puedan ser.

Lo primero que hay que decir, aunque el autor se cure en salud -por así decir- en la nota histórica que publica al final de la obra, es que “Sartine y el caballero del punto fijo” es, en efecto, una novela histórica. La realidad que describe, es la del siglo XVIII español. Hay en ella elementos de indudable valor para el que desee conocer esa parte del pasado del país. Granados consigue acercarlo a los casos y cosas de la corte de Fernando VI, a las disputas entre el partido pro-británico y el pro-francés -que, en esas fechas, es tanto como decir pro-español-, encabezados, respectivamente por Ensenada y Carvajal y Lancaster.

Lo hace con todo detalle, describiendo de manera sucinta pero eficaz las peculiaridades melancólicas del rey, su dependencia de su reina -una princesa de origen portugués de la casa Braganza-, el modo en el que esos accesos son aliviados por el genial músico Carlo Broschi, más conocido por Farinelli, gran amigo, por otra parte, de Nicolás Sartine, y multitud de detalles verídicos, prácticamente inéditos en la novelística histórica española.

Todo eso, como decimos, hace de “Sartine y el caballero del punto fijo” una novela histórica digna de tal nombre, por más que el autor se tome algunas libertades considerables con episodios que se resolvieron de un modo un tanto diferente al que se describe en “Sartine y el caballero del punto fijo”. Caso, por ejemplo, de la llegada a España de Richard Rooth, uno de los constructores navales captados en Inglaterra por Jorge Juan, que entró en el país por la frontera de Irún, procedente de Francia, a finales del invierno de 1750, según consta en los archivos de la Diputación guipuzcoana.

El único problema con todo esto es, como ya hemos señalado extensamente, la torpeza con la que se describen y se trata de transmitir esos episodios más o menos verídicos, que devuelven al lector español una parte de su pasado hasta ahora ocultada, negada por cuarenta años de una dictadura casticista -todavía con numerosos epígonos aún en puestos de poder en la economía, en la política y, desde luego, en la industria cultural- que negaba, sistemáticamente, que la existencia de personajes como Sartine y todo lo que le rodea pudieran ser “españoles”, haciendo uso para tal fin de un argumento tan absurdo como considerar la quintaesencia de lo español a los Habsburgos que, como su sólo nombre indica, eran una dinastía, de hecho, tan extranjera -o más- que la borbónica el día de su llegada al trono de Madrid en 1700.

Un defecto que se agrava, de cuando en cuando, con la vacilante manera en la que Juan Granados asume esa tarea titánica de dar la vuelta en “Sartine y el caballero del punto fijo” a años y años de estupideces pseudohistóricas sobre la Ilustración española, que fue tan francesa, tan “extranjera”, como lo pudo ser en sus propios países la alemana, la italiana, la inglesa o la escocesa.

Hay demasiados momentos, en efecto, en los que Juan Granados se rinde a ese “canon idiota” propio de mucho de lo que se vende al público de lengua española como “novela histórica”.

Así, por ejemplo, “Sartine y el caballero del punto fijo” da por hecho que España es militarmente débil -sobre todo en lo naval- en la época en la que se desarrolla esta novela. Algo absolutamente falso si se tiene en cuenta la derrota, sin paliativos, que esa potencia acaba de infligir a Gran Bretaña  durante esa Guerra de la oreja de Jenkins que se cita, de tarde en tarde, a lo largo de toda la novela. Una postura ante esos hechos históricos bastante difícil de comprender teniendo en cuenta, como se deduce por los apéndices de la novela, que su autor conoce muy bien -y de primera mano, como historiador que ha pisado más de una vez en su vida un archivo- la realidad histórica que pretende novelar. Circunstancia que brilla por su ausencia en la mayor parte de la faramalla que se nos vende como “novela histórica”.

Esa sombra del “canon idiota” recorre, en general, la mayor parte de las páginas de “Sartine y el caballero del punto fijo”. Granados, en efecto, pierde así otra gran oportunidad de dejar las cosas en su sitio a la hora de describir la derrota de Vernon ante Cartagena de Indias.

De ese modo Granados falta a la verdad histórica y parece que lo hace de manera totalmente consciente, quizás suavemente aconsejado por su editor, que es uno de los más dados a considerar, por lo que parece, al público español en una permanente minoría de edad intelectual y, por tanto, incapaz de aceptar que las cosas fueron así y no como son descritas en el “canon idiota” heredado de la Dictadura.

Es lo mismo que parecen trasudar las desaliñadas explicaciones que se dan en “Sartine y el caballero del punto fijo” a la presencia de irlandeses, como Felipe  O´Conry y la novia de alquiler de Sartine -Betsy- en la España dieciochesca. Como se dice en la propia novela, llegan huidos de la tiranía anglicana, pero a esa afirmación más o menos cierta, Granados no añade nada más, perdiendo así la oportunidad de explicar que esa era la única salida para miles de hidalgos irlandeses, condenados a arar para los terratenientes británicos o a prosperar en el exilio en Francia o en una de las monarquías más poderosas de Europa -la española- que, como el historiador Carlo María Cipolla ha descrito -al parecer, en vano-, controla en esas fechas las finanzas mundiales a través del flujo de plata americana. El mismo que el almirante Vernon ha tratado de capturar, también en vano, por medio de su más que fallido asedio a Cartagena de Indias en los años inmediatamente anteriores a la acción de “Sartine y el caballero del punto fijo”…

En detalles como esos, y en su plúmbea prosa, es en los que se arruina una novela que podría ser la excepción que confirma la regla en el negocio -sucio negocio las más de las veces- de la llamada “novela histórica” española.

De “Sartine y el caballero del punto fijo” se sale así pues con la catastrófica sensación de que, una vez más, en este país se pública novela histórica no de acuerdo a ningún buen criterio de calidad literaria y de un mínimo de exactitud, sino en función de lo bien relacionado que esté el autor con los círculos de poder literario y de su obligada pleitesía -más o menos voluntaria, más o menos forzada- al “canon idiota”. Ese según el cual España jamás ha tenido papel relevante alguno en los acontecimientos históricos mundiales, quemando así, metafóricamente, cientos y cientos de documentos, de hechos históricos, alojados en decenas de archivos españoles y extranjeros y condenando, de hecho, a ese país a permanecer cautivo y desarmado de la nefasta herencia dejada por la dictadura franquista y su particular manera de entender las cosas. Una cuyas peores consecuencias aún sufrimos hoy día cada vez que un ejecutivo de Standard and Poor´s -es un ejemplo- decide que la deuda española no es solvente.

¿Cambian algo las cosas a partir de la segunda novela de Sartine que ha tardado siete años en aparecer?. ¿Se le puede otorgar un voto de confianza?.

Eso es algo que, obviamente, dejaremos para otra ocasión. Tal vez cuando nos hayamos recuperado de la, en general, decepcionante -sí, decepcionante, como todo lo que podría ser y no llega a ser- lectura de “Sartine y el caballero del punto fijo”.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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