“Tierra y destino”. Una víctima más del “canon idiota”

Hemos elegido para nuestro décimo número, que se publica, además, en la semana del Día del Libro, una novela diferente a las nueve anteriores que, por una u otra razón, ya han pasado por estas páginas. 

Es diferente por varias razones. Es diferente porque está escrita a cuatro manos por dos novelistas pacenses: Jesús Berrocal-Rangel y Antonio Castro Sánchez. Es diferente porque no es una novedad recién lanzada al mercado. Es diferente, sobre todo, porque no es una novela publicada por una gran editorial. Sin embargo, ninguna de esas razones la hace menos interesante para llenar todo un número de “La novela antihistórica”. Todo lo contrario, “Tierra y destino”, como vamos a comprobar, da para hablar, largo y tendido, sobre la novela histórica que se publica, hoy por hoy, en lengua española. Tanto, o más aún, que cualquiera de esos “grandes éxitos” que nos venden las grandes editoriales cada pocos meses.

Su acción está ambientada en un período especialmente delicado para el género. Es decir, en la llamada Guerra de Independencia, de 1808 a 1814, y en la segunda de las guerras civiles desencadenadas por el proceso revolucionario al que da cuerpo el levantamiento de 2 de mayo de 1808 y el proceso constitucional que culmina en 1812. Es decir, en la llamada Primera Guerra Carlista que se extenderá desde 1833 a 1839.

En números anteriores ya hemos tenido ocasión de hablar de otras novelas -pretendidamente históricas- ambientadas en esa época. Caso, por ejemplo, del primer número de esta revista, dedicado a “El asedio” de Arturo Pérez-Reverte, o de nuestro número ocho, en el que tratábamos de ver qué había de novela histórica en la última entrega de las retorcidas aventuras del fusilero Richard Sharpe elucubradas -al parecer sin descanso- por Bernard Cornwell.

Como habrán podido comprobar los que hayan leído esas dos entregas de “La novela antihistórica”, lo habitual en esos relatos supuestamente históricos que eligen la época de la Guerra de Independencia como eje de sus narraciones, se reduce a ensartar, mejor o peor, una serie de escenas completamente estereotipadas características del pensamiento -llamémoslo así- de determinados autores representativos de dos tradiciones pseudohistóricas igual de nefastas: la de la escuela decadentista española y la que podríamos llamar “escuela triunfalista” británica.

Según ese estereotipo literario, los españoles carecen en 1808 de un ejército digno de tal nombre. A lo sumo cuentan con unas siniestras cáfilas de bandoleros, de patillas hirsutas, intenciones siniestras, higiene dudosa, cultura inexistente, salvajismo a flor de piel y navaja de siete muelles siempre presta que juega, más o menos, el papel de las V-1 y V-2, en la Segunda Guerra Mundial. Es decir, el de arma maravillosa capaz de derrotar, por sí sola, a los mejores ejércitos del momento. En este caso a la Caballería napoleónica, por ejemplo.

El contrapunto a esa imagen, sacada de la profunda desinformación histórica tan cultivada por autores desgraciadamente demasiado vendidos, como Bernard Cornwell, -y también de una mala digestión de las pinturas negras de Goya-, es el de unos ejércitos franceses y británicos -incluso portugueses, como se veía en la última entrega de las aventuras de Sharpe de la que hablábamos en el número ocho de esta revista- uniformados según los cánones napoleónicos y ajustados en todo -táctica, comportamiento sobre el campo de batalla, códigos de honor, armamento, etc…- a la imagen que tenemos formada de un ejército europeo del siglo XIX.

Así, los franceses se comportan, en general, como formidables enemigos que, en muchas ocasiones, parecen estar posando para un grabado de Vernet, un cuadro de David o, por lo menos, una imagen de Épinal  Los británicos, por su parte, constituyen un ejército ejemplar incluso en sus defectos -alcoholismo generalizado, afición a saquear, presencia mayoritaria entre sus filas de delincuentes habituales, elitismo que cierra al talento militar los rangos más elevados de la oficialidad, etc…- y, por supuesto, son los héroes que, finalmente, salvan de la opresión napoleónica a toda Europa…

En pocas líneas ese es el que podríamos llamar -en sentido estrictamente etimológico- “canon idiota”. El mismo que se aplica, constantemente, en toda supuesta novela histórica ambientada en la España de la Guerra de Independencia. Por supuesto contando siempre con la credulidad más absoluta por parte del público que consume ese tipo de novela, que piensa, además, que está aprendiendo algo sobre la Historia de la que sale la España contemporánea, y con el aplauso -y reverencia debida- por parte de los editores autóctonos; felices, a lo que parece, de enriquecerse un poco más a costa de la ignorancia ajena y del prestigio del país en el que viven y, se supone, manufacturan un producto que -como muchos otros- queda automáticamente devaluado en los mercados exteriores, al proceder de un país absolutamente desprestigiado gracias a la amplia difusión de artefactos literarios como esos.

La imposición de ese peaje a cualquier novela ambientada en la época en la que lo está “Tierra y destino” es, por desgracia, absoluta, como ya lo hemos señalado en diversas ocasiones a través de diferentes números de esta revista. Es evidente que ni una sola novela que pretenda poner las cosas en su sitio por medio de un relato histórico, literario pero bien documentado, tendrá jamás la más mínima oportunidad de ser publicado por una gran editorial española si no hace que todo gire en torno a esa serie de disparates históricos. Sin embargo, es aún peor comprobar que ese “canon idiota” también se está convirtiendo en obligatorio en las editoriales pequeñas y -se supone- independientes como Carisma libros, que es la que con un notable y digno esfuerzo puso ya hace un tiempo “Tierra y destino” en las estanterías de los mercados de libros.

En efecto, desde la primera página de esa novela puede percibirse, con disgusto, que buenos autores de novela histórica, como lo son los dos que han escrito “Tierra y destino”, pagan, una vez más, el peaje de convertir la Guerra de Independencia en una serie de deformaciones de la realidad histórica que, en lo esencial, es absolutamente fiel al “canon idiota” habitual en las páginas de, por ejemplo, Bernard Cornwell dedicadas a las aventuras del fusilero Richard Sharpe.

Y así, como no podía ser de otro modo y manera, se acaba arruinando como novela histórica un relato vigoroso, escrito con muy buena mano literaria, y redondeado con un excelente final.

En efecto, Berrocal-Rangel y Castro Sánchez, demuestran lo que son capaces de hacer cuando crean para “Tierra y destino” un personaje como Louis François D´Armagnac, el antiguo húsar napoleónico que es el principal protagonista de esa novela junto con su némesis, el coronel Arturo D. Flinter, medio español, medio irlandés que empieza durante la Guerra de Independencia una carrera militar que culmina en la Primera Guerra Carlista.

La caracterización del personaje de D´Armagnac no deja nada que desear, ni en sus características generales -es descrito como un dandy propio de las novelas de Dumas, con el preceptivo bigote de los veteranos napoleónicos-, ni, de hecho, en muchos de los detalles que lo rodean. Como por ejemplo el de las inscripciones grabadas en  sus dos pistolas: “Friedland, 1807” y “Waterloo, 1815”. Justo los dos momentos en los que, para él, empieza y acaba su particular epopeya napoleónica.

Tampoco lo dejan sus aventuras a lo largo de la Guerra de Independencia, en la que conoce al amor -eterno, por imposible, a pesar de que es consumado-, y las que vienen después de esa que marcará, para siempre -o casi- su existencia, convirtiéndolo en un personaje atormentado y errante, que busca la muerte, cortado en muchos de sus rasgos por el patrón de Lord Byron y el de alguno de sus personajes.

Es, evidentemente, un personaje sólido como el acero de esas pistolas en las que lleva grabado el nombre de su primera y su última batalla bajo las banderas de Napoleón y de un nivel muy superior al que nos tienen acostumbrados -mal acostumbrados- ciertos autores que valoran su calidad literaria, sobre todo, en función de lo que han vendido. D´Armagnac es, en efecto, un personaje verdaderamente redondo y, además, una fuente de conocimiento histórico también verdaderamente interesante para el lector.

En contra de lo que se podría esperar a partir de ese alarde, sin embargo, “Tierra y destino” se apega, aunque sea a regañadientes, a las líneas básicas del “canon idiota”.

Así encontramos en las páginas de esta novela, una vez más, unos españoles que, básicamente, se dividen en las tres categorías habituales impuestas -a sangre y fuego editorial- por los cultivadores, guardianes y fomentadores de ese “canon idiota”.

Es decir: bandoleros sin escrúpulos, de inteligencia limitada y salvajismo a prueba de bomba, soldados de buenas causas diversas -en este caso la liberal- hambrientos, mal vestidos y peor calzados y, lo peor de todo, que no tienen ni idea de por qué luchan ni parece importarles lo más mínimo y, finalmente, una pequeña élite de lechuguinos de buena familia y bien alimentados -caso del capitán Ballester-, que pueden permitirse el lujo de adoptar poses nobles, románticas, en fin, idealismos de cualquier clase que, en última instancia, tienen que representar en escenarios convenientemente alejados de una España en la que -eso se viene a dar a entender en “Tierra y destino”- no tienen sitio esas veleidades; haciendo así buena la opinión de determinados cenáculos un tanto peculiares pero, por desgracia, aún con mucho predicamento en la España actual. Caso, por ejemplo, de ciertas mesas de supuestos debates en las que todos los tertulianos están de acuerdo sobre la enésima decadencia de España por culpa de los “rojos”, ciertas columnas periodísticas tan populares como mal escritas y un demasiado largo etcétera.

De ahí, en efecto, no pasa “Tierra y destino”, y lo peor es que podría haber pasado, regalando al público una magnífica novela histórica sobre las guerras de la Era revolucionaria en España, como lo demuestra -insistimos una vez más- el que sus dos autores hayan sido capaces de crear un personaje como Louis François D´Armagnac.     

La última pista sobre él en “Tierra y destino”, remitido a una expedición convenientemente exótica y romántica -muy propia de la Europa decimonónica- por la Sociedad Geográfica de Madrid, apenas sí redime algo todas esas concesiones al que hemos descrito como “canon idiota” por parte de Berrocal-Rangel y Castro Sánchez.

En su caso, volvemos a insistir, duele aún más, porque sabemos a través de la figura del inolvidable aventurero francés -en cierto modo nacionalizado español liberal e ilustrado por esa enésima aventura descrita en las últimas páginas de “Tierra y destino”-, que no tenían ninguna razón para rebajarse del modo en el que parecen hacerlo al admitir que el “canon idiota” les dicte muchas de las otras páginas de esa novela; que podría haber sido mucho mejor si sus dos autores se hubieran sacudido de encima la imposición de ese yugo -y quién sabe si también las flechas de cierto haz- impuesto por autores de supuestas novelas históricas -tan exitosos como indocumentados- que carece, paradójicamente, como no dejaremos de repetir en estas páginas, hasta del más mínimo fundamento histórico.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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