“enterrado con su delantal de masón”. “Valor de ley” de Charles Portis como novela histórica

Lo primero que se preguntarán nuestros lectores es la razón, o razones, por las que se debe considerar a “Valor de ley”, la novela de Charles Portis que ha inspirado dos diferentes versiones cinematográficas con ese mismo título, como una novela histórica.

La respuesta es relativamente sencilla, pero nos llevará un tiempo explicarla. De hecho, nos llevará todo este espacio mensual que dedicamos a criticar cualquier novela que se saque al mercado con mayores o menores pretensiones -o probabilidades- de entrar en la categoría de “histórica”.

Es muy probable que Charles Portis nunca pretendiera hacer la competencia a Gore Vidal, el autor que ya en 1968, cuando él publicó “Valor de ley“, era el escritor de novela histórica por excelencia de Estados Unidos.

Es muy probable también que Charles Portis sólo pretendiera escribir una novela ambientada en una determinada época del pasado de Estados Unidos -concretamente en las décadas inmediatamente posteriores a la Guerra de Secesión (1861-1865)- sin que se le diera el adjetivo de “histórica”; del mismo modo que otro de sus contemporáneos, William Faulkner, tampoco parecía buscar ese adjetivo -hoy tan codiciado entre algunos editores- para “Sartoris” o “Los rateros” que, créanlo o no, tienen muchos puntos de contacto con lo que Portis quiso contar en “Valor de ley”.

Sin embargo no hay duda de que a Charles Portis le salió una verdadera novela histórica cuando escribió “Valor de ley”.

En efecto, Portis supo trascender, intencionadamente o no, los límites del subgenero de “novela del Oeste” -ese en el que han estampado su firma desde autores completamente adocenados hasta el mismísimo Charles Dickens- en el que -sin duda- se metió el día que decidió escribir “Valor de ley”.

Su caso es casi el contrario a, por ejemplo, “El día de Hitler” de Elmore Leonard, donde el afán de hacer Literatura en estado casi puro devora tanto el marco de novela negra en el que se quiere inscribir ese título, como el de sus coordenadas históricas que, a medida que avanzamos desde la primera mitad del libro, acaban haciéndose prácticamente irrelevantes, llevándonos a deducir que la acción de “El día de Hitler” podría haber tenido lugar en cualquier época, o lugar, que no fueran los Estados Unidos de finales de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, esa obra parece en muchas ocasiones salida de una de las pesadillas de benzedrina de Jack Kerouac; autor que, por cierto, debió alegrarse un tanto de la aparición de “Valor de ley” -si es que tuvo tiempo de leerla antes de morir de cirrosis el mismo año 1968 en el que Portis la publicó- porque en ella bien pudo descubrir el “auténtico Oeste” que no pudo descubrir mientras hacía el viaje de costa a costa del que salió “En el camino”.

Así es, Portis, a diferencia de lo que le ocurre a Leonard con “El día de Hitler”, consiguió con “Valor de ley” reflejar con algo más que exactitud un fragmento de aquel mundo, el que vulgarmente se ha llamado “Salvaje Oeste”, que, en realidad, refleja en buena medida a toda la sociedad europea -o más bien occidental- de mediados y finales del siglo XIX. Es decir, la de nuestros propios tatarabuelos.

En efecto, “Valor de ley” nos devuelve por medio de su texto a los Estados Unidos de Norteamérica que, superando poco a poco las heridas de la guerra civil, continúan la expansión hacia el Oeste -hasta unir las dos costas de ese subcontinente, la del Pacífico y la del Atlántico- iniciada apenas las trece colonias rebeldes al rey de Gran Bretaña se han convertido en una nación independiente tras la llamada guerra revolucionaria. La que las desgaja de la corona británica por el Tratado de París de 1783, impuesto al rey Jorge por sus súbditos rebeldes y sus dos poderosos aliados: los reyes de Francia y de España.

El modo en el que se hace en “Valor de ley” la descripción de ese concreto momento histórico que, insistimos, refleja a toda la sociedad occidental de mediados y finales del siglo XIX, supera todo un canon establecido en la sociedad americana -y, por extensión, en todo el mundo dominado por los occidentales- desde el momento en el que esa aventura deja de ser real para empezar a convertirse en un recuerdo susceptible de ser reflejado en diversos espectáculos. Es decir, más o menos a finales de la primera década del siglo XX que, seguramente de manera intencionada, es el momento que elige Portis para situar el punto en el que comienza la narración a través de la voz de una envejecida -y algo amargada- Mattie Ross. La misma mujer que, aproximadamente en 1876 -el año del fin más o menos definitivo de Jesse James, constantemente evocado en “Valor de ley”, y también el mismo en el que nuestros  propios “confederados”, los carlistas, son asimismo derrotados-, busca justicia por la muerte de su padre a manos de uno de sus empleados, Tom Chaney.

Así es, en “Valor de ley” no queda apenas un rastro de ese relato gazmoño y estereotipado -antihistórico, en definitiva- que podemos ver reflejado, una y otra vez, en el llamado “Western” clásico. Escrito o, más habitualmente, filmado.

Uno en el que, por ejemplo, el general George Armstrong Custer es, simplemente, un héroe algo impetuoso y no un demente genocida, o los hombres comúnmente conocidos como “vaqueros” visten unas ropas indudablemente artísticas, pero más al gusto de la sociedad norteamericana de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, que ajustada a la realidad que se puede documentar en los magníficos archivos gráficos de Estados Unidos, o, por no agotar la lista, los cheyennes, los sioux lakota y muchas otras naciones americanas anteriores a la llegada de los colonizadores -o más bien exterminadores- blancos son reducidas a la triste, y simple, condición de “indios”, “salvajes”… apareciendo en esos espectáculos con un aspecto a veces tan fantástico como el de los mencionados “vaqueros” y hablando una jerga que poco, o nada, tenía que ver con los idiomas normalmente manejados en la zona de las grandes llanuras norteamericanas entre 1870 y 1910. El famoso “Jau” es, quizás, la prueba más evidente del modo en el que ese canon, ese relato estereotipado, antihistórico, escrito o filmado, degrada esa porción del pasado de una nación que, por su influencia a lo largo de todo el siglo XX, es también, en cierta medida, la nuestra. Esa palabra, jamás existió en el habla de la mayor parte de las naciones indias que aparecen reflejadas en esos “Western” clásicos. Se trata de una corrupción del “waho” de los lakota. Una interjección con la que se saludaba al interlocutor y se le pedía que entrase en conversación…

Ese canon tan mediocre dio lugar, de eso no hay duda, a obras justamente elogiadas, a clásicos del genero como “La diligencia”, “Sólo ante el peligro”, “Raíces profundas” o, por no agotar tampoco esa otra lista, “Horizontes lejanos”, pero -de eso tampoco debe haber la menor duda- asimismo produjo miles de metros de celuloide rancio lleno de alucinaciones históricas como las hasta aquí descritas.

La evolución de la sociedad norteamericana -y por extensión occidental- a lo largo de la sexta década del siglo XX en la que está escrita “Valor de ley”, cambió muchas cosas. Entre ellas la percepción de la realidad cotidiana de esas sociedades y, de rechazo, de su propio pasado.

No resulta, pues, exagerado considerar que es de ese proceso de ruptura social, de demolición de determinados tabúes, prejuicios y barreras sociales, que culminan con las conocidas revueltas estudiantiles -especialmente virulentas en Europa y América del Norte- del que salen, entre otras muchas cosas completamente nuevas, lo que se ha dado en llamar el “Western crepuscular”.

Se trata de un relato de esa porción del pasado común a América y Europa en el que todos -o casi todos- los elementos clásicos del género se trastocan y se transforman para satisfacer, también en esto, el deseo de autenticidad reclamado por una sociedad cansada de los convencionalismos contra los que ruge la masa airada de estudiantes en Berkeley, en París, en San Francisco, en Woodstock, en las calles enrojecidas de la primavera de Praga o también en el Madrid tirando a gris plomo del tardofranquismo….

Es evidente que “Valor de ley” supo asumir y reflejar el espíritu de esa época de convulsión y renovación en la que nació. La misma que uno de sus principales gurús -el aludido Jack Kerouac- apenas pudo vivir para ver.

Es por eso por lo que “Valor de ley”, aún sin pretenderlo, es una verdadera, y recomendable, novela histórica.

Los que la lean aprenderán, en efecto, mucho sobre los comportamientos peculiares de la sociedad decimonónica europea. Una impresión que se puede casi palpar desde las primeras páginas de la novela.

El tono en el que se expresa Mattie Ross, su forma de hablar para nosotros tan peculiar, el modo en el que elabora las descripciones de los acontecimientos que la llevan a perseguir a Tom Chaney a través de un territorio que aún no forma parte siquiera de los Estados Unidos, son, en efecto, las propias de una joven de clase media educada en las rigurosas maneras -fuertemente impregnadas por la religión- características de la Europa -o si se quiere, del Occidente- del momento histórico en el que se sitúa la acción de “Valor de ley”, el de las últimas décadas del siglo XIX.

Un rigorismo moral que normalmente calificamos con el adjetivo de “victoriano”, que, en el caso de los países católicos, por ejemplo, dará lugar a esas extensas familias de diez o más vástagos que aún hoy día son la señal distintiva de una religiosidad muy militante, y, en general, tanto entre protestantes -como es el caso de Mattie Ross, adicta a una de sus sectas más rigurosas, la de los calvinistas escoceses o presbiteriana-, a un abandono total por parte de la mayor parte de nuestros antepasados decimonónicos a las normas dictadas por unas iglesias cada vez más deseosas de invadir -y controlar- determinados aspectos de la vida privada en los que hasta ese momento no se han atrevido a entrar. El resultado será el de ayudar a encorsetar, más y más, a una sociedad ya previamente constreñida por los estrechos valores de una burguesía comercial e industrial enteramente triunfante. Un cuadro histórico muy concreto que Charles Portis sabe reflejar con extraordinaria fidelidad en las páginas de “Valor de ley”.

En efecto, la narradora de “Valor de ley” y su relato son un acabado ejemplo de la sociedad occidental de la época victoriana y no hechos y personas cortados al gusto de la sociedad norteamericana de los años 40 y 50 del siglo XX, que es en lo que probablemente se habrían convertido si esa novela hubiera sido escrita diez años antes.

Los acontecimientos a los que se enfrenta esa narradora tan bien calibrada como personaje histórico, o los hechos que rodean su existencia, son también un producto lógico de aquel mundo que, evidentemente, no es el nuestro.

Es lo que ocurre con numerosas referencias en el texto a hechos, hasta cierto punto, totalmente desconcertantes para los habitantes de la segunda mitad del siglo XX y de comienzos del XXI, que somos los espectadores de esa obra.

Ese sería el caso de las disposiciones sobre el entierro del finado Frank Ross, el padre de Mattie, descritas con relativo lujo de detalles en “Valor de ley”. En concreto la de que, por orden de su testaruda hija, sea revestido para ese ultimo viaje con los atributos distintivos de su pertenencia a la Masonería. Concretamente con el característico mandil, de la logia de Danville para más señas.

Un hecho perfectamente habitual en el Occidente del siglo XIX, donde esa sociedad, secreta en algunos ámbitos y semisecreta en otros -especialmente en el mundo anglosajón-, es parte casi cotidiana de la vida de los habitantes de esa época, dividiendo países, ciudades, familias… entre partidarios de las ideas de la revolución francesa -como “grosso modo” es el caso de la mayoría de masones- y partidarios de ideas conservadoras o abiertamente reaccionarias frente a esa convulsión que caracteriza el siglo XIX y cuyas secuelas llegan hasta nuestros días.

El funeral masónico que se celebra en la basílica de Atocha en Madrid por la muerte del general Juan Prim en enero de 1871, tras el controvertido atentado de la calle del Turco, sería otro perfecto ejemplo de esa extraña presencia cotidiana de la Masonería en el día a día de los occidentales de la segunda mitad del siglo XIX que con tanta agudeza se recoge también en “Valor de ley”.

Esa tónica de fidelidad histórica que pasa por encima de lo que pueda ser familiar al lector -la que debería ser la primera ley de toda buena novela histórica o que, al menos, utiliza la Historia como base-, se observa en la mayoría de las páginas de esa novela firmada por Charles Portis en un año tan innovador como el de 1968.

Es el caso, verdaderamente significativo, de las armas que utilizan los protagonistas. En contra de lo que suele ser habitual en el llamado “Western” clásico, que adapta los hechos históricos que le sirven de eje al gusto más convencional del más convencional de los públicos, en “Valor de ley” se alude a armas que están muy lejos de las pistolas casi de juguete, de verdadera guardarropía, habituales en este subgenero desde los tiempos de Tom Mix hasta los de John Wayne, protagonista, por cierto, de la primera adaptación cinematográfica de esta novela de Portis.

En efecto, el padre de Mattie deja tras de sí un revólver Colt “Dragoon”, que ni siquiera utiliza todavía cartuchos metálicos sino una compleja carga de pistón y fulminante que, tal y como el propio Portis describe a través de uno de los accidentados encuentros entre Mattie Ross y el comisario Rooster Cogburn, requiere un tiempo muy superior al de la carga por medio de cartucho metálico, que es la que habitualmente se deja ver en el mundo del “Western” clásico. Ya sea escrito o filmado.

El propio Cogburn utiliza grandes revólveres de ese tipo. Subrayando así ese acierto histórico de Portis, el de mostrarnos que ese tipo de armas son habituales en el mundo que él describe. Muchas de ellas, como parece probable en el caso de Cogburn, son restos de la Guerra de Secesión, en la que constituyen el arma habitual de los oficiales y de la Caballería, tanto del Norte como del Sur, de un modo muy similar  a lo que ocurre en otros cuerpos militares equivalentes en esa Europa de la que se nutrió la estética norteamericana que luego nos ha sido devuelta vía “Western”. Es el caso, por ejemplo, de los húsares españoles, que durante la guerra contra Marruecos entre 1859 y 1860 aterrorizan a las tropas del Majzen con esas armas -en su caso del sistema Lefacheux o Lefaucheux- que, como notan las tropas marroquíes, pueden ser disparadas hasta seis veces sin ser recargadas.

En ese aspecto, que trata de aproximar la realidad del relato del “Western” a la realidad histórica, Portis parece haber sido también un pionero, ampliamente imitado después, como se deduce del hecho de que ese tipo de revólver -“Dragoon” o “Navy” calibre 36- se ha convertido en un arma emblemática del “Western” postclásico. Como puede verse en películas tan características de esa nueva visión de las cosas -menos antihistórica- como “La trilogía de los dólares” de Sergio Leone, contemporánea de la novela de Portis, “El fuera de la ley” en la que poco después el principal protagonista de esa serie, Clint Eastwood, aplicará en Estados Unidos todo lo aprendido en Almería, o, por sólo citar otro ejemplo más, “Forajidos de leyenda”, estrenada en el año 1980, que, en cierto modo, viene a cerrar esa etapa de revisión hasta que la reabre el propio Clint Eastwood en el año 1992 con “Sin perdón”.

Lo mismo ocurre con el armamento que portan otros personajes. El pretencioso ranger LaBoeuf usa un rifle tipo Sharp -un arma especial para cazar búfalos-, además de su revólver. Las armas de Tom Chaney, el asesino de Frank Ross, son un reflejo, exacto en su precariedad, de la realidad de muchos occidentales, del origen más variado, que tratan de abrirse paso en esa última frontera. Tal y como Mattie señala, sólo tiene a su servicio un anticuado rifle Henry al que ni siquiera es capaz de encontrar una correa decente, llevándolo suspendido al hombro con una desastrada cinta de algodón.

El ambiente de la pensión Monarch en la que se aloja, muy a su pesar, Mattie Ross, es igualmente un reflejo de la sociedad europea de la segunda mitad del siglo XIX, los diálogos, los personajes que la habitan, como ocurre especialmente en el caso del viajante de comercio vendedor de las que Mattie llama primeras calculadoras de bolsillo, reflejan al mundo de la segunda revolución industrial más que a ese estereotipado “Oeste” al que nos ha acostumbrado cierta mala literatura y un cine más preocupado de los resultados comerciales -o de mostrar el genio de sus respectivos directores- que de ofrecer una historia coherente y funcional sin sacrificar el rigor histórico, que, en contra de lo que se cree, no hace sino aumentar la calidad del producto.

También resultan de alto valor histórico las referencias en “Valor de ley” a los que Mattie llama “indios civilizados”, que aparecen en más de una ocasión a lo largo de esa novela descritos como sedentarios, cristianizados y vestidos como los europeos, incluso convertidos en prósperos granjeros. Una imagen que nos aleja así más y más de los antihistóricos estereotipos del “Western” clásico y, por el contrario, nos acerca a una realidad histórica que ha quedado reflejada, además de en el celuloide que ha seguido los pasos de Portis -caso, por ejemplo, de la ya mencionada “El fuera de la ley”-, incluso en la documentación oficial que conserva el gobierno de Estados Unidos en sus Archivos Nacionales, donde no falta algún que otro legajo sobre esas “tribus civilizadas”.

Pero por encima de todo, lo que hace de “Valor de ley” una buena novela histórica es la actitud vital del principal protagonista de esta historia junto con Mattie Ross. Es decir, el comisario Rooster Cogburn.

En efecto, todo lo que rodea a Cogburn es anticonvencional y, por lo tanto, netamente histórico. Es, sólo para empezar, un tipo que difícilmente hubiera encajado en lo que el público pedía en 1945 o 1955. Tal y como es descrito en “Valor de ley”, Cogburn vagabundea de un lado a otro buscando fortuna, intentando encontrar un trabajo que le acomode, pero sin dar con ninguno en concreto, salvo el de comisario federal que le permite, por lo que se ve, continuar con el genero de vida errante y aventurero que adquiere durante la Guerra de Secesión unido a las guerrillas sureñas, declaradas finalmente fuera de la ley -o casi- incluso para la propia Confederación a causa de sus constantes abusos.

Su vivienda se reduce, como descubre Mattie Ross con desagrado, a una pequeña habitación en la trastienda de un tendero chino. La narradora también nos señala que Cogburn es una especie de semianalfabeto -algo habitual en aquella época y lugar-, incapaz de manejar con soltura los formularios burocráticos propios de sus funciones de comisario federal.

Su manera de actuar es completamente irregular, como se pone de manifiesto en el interrogatorio al que le somete el abogado de Odus Wharton, uno de sus detenidos, y como seguirá demostrando a medida que pasamos las páginas de “Valor de ley”.

El modo en el que aplica la ley tiene, en efecto, más que ver con los métodos del criminal que fue que con los del estereotipado “sheriff” de estrella resplandeciente, tan habitual como falso en el discurso anterior al año en el que Portis publica “Valor de ley”.

El resto de su interminable vagar que Mattie Ross describe en las últimas páginas de esa novela, es perfectamente coherente y fiel a una realidad histórica desagradable pero auténtica, como no podía ser menos en una sociedad que, como saben perfectamente en la civilizada Europa, es tan sólo un remedo, una caricatura de ella misma, que trata de imitar usos y costumbres refinados -algo que refleja muy bien Portis cuando Cogburn señala que su ex-mujer no le puede dar lecciones de moralidad porque era divorciada-, pero a la que aún le falta mucho para homologarse con los centros de civilización del otro lado del Atlántico. Tal y como se puede leer, por ejemplo, en algunas actas del Congreso de los Diputados español de esa misma época, en las que se mencionaba que nada de lo que ocurriera en los Estados Unidos podía extrañar, dado que en ese país el revólver era una prenda más del vestuario masculino…

Totalmente de acuerdo a ese esquema, Cogburn sigue vagabundeando de allá para acá, se casa con la viuda de su compañero Potter, abandona su trabajo de comisario, liquida en duelo a Odus Wharton, se une a los matones que imponen la ley a tiros a los emigrantes que llegan a Estados Unidos a fines del XIX en la llamada guerra del condado de Johnson -que en 1980 da lugar a otro “Western” crepuscular, “La puerta del Cielo” de Michael Cimino- y acaba sus días en un “Circo del Oeste” a principios del siglo XX, cuando la realidad comienza a convertirse en leyenda, en mito, en deformación paulatina de los hechos históricos…

Todos esos episodios, precisamente por ese carácter desconcertante, inesperado para el espectador de finales del siglo XX y comienzos del XXI, son auténticos hechos históricos, y la manera hábil en la que Portis sabe manejarlos y desarrollarlos sobre la trama de su novela, es lo que hace de “Valor de ley” una muy recomendable novela histórica, para leer antes o después de haber acudido al cine más cercano a ver la fiel versión que de ella han hecho los hermanos Coen, que es a quienes debemos agradecer, después de todo, la reedición de este título tan elogiable.

La única cosa que hay que lamentar es la habitual. Es decir, que más allá de afortunadas casualidades como la que acabamos de mencionar, el panorama editorial español parece dispuesto a seguir escamoteándonos la parte de esa Historia decimonónica que nos corresponde y de la que también formamos parte.

Como mucho, podremos leer cosas como “Valor de ley” en tanto en cuanto cineastas rentables decidan llevar a la pantalla relatos como el de esa novela. Por lo demás deberemos  asumir que “Las historias naturales” o “La guerra de la Cochinchina” de Juan Perucho es lo más cerca que jamás va a estar ningún editor español de publicar el equivalente, también español, de “Valor de ley”.

Afortunadamente, como diría Rick, el dueño del café americano de Casablanca, siempre nos quedará Internet. Al menos en tanto en cuanto determinada legislación ya esbozada en nuestro Congreso y Senado no se despliegue -como es de temer- no para  frenar la piratería, sino para devolver el poder absoluto a los adocenados editores de costumbre. Autorizándoles, por ejemplo, a cerrar, a placer, páginas como las de “La novela antihistórica” en las que se comete la osadía de ofrecer alternativas como la que ofrecimos en nuestro -afortunadamente- cada vez más lejano número 1, mediante la reedición electrónica de “Alcolea”.

Esfuerzos con los que, además de criticar -como reprochaba hace unos meses, a fuerza de sus habituales lugares comunes, cierta conocida periodista de cierto conocido diario de papel-, tratamos de demostrar, de manera práctica, que existe novela verdaderamente histórica en este país, que, de hecho, cualquier relato de ese tipo que se haya hecho o se pueda hacer en Estados Unidos -o en Francia- es perfectamente viable también en lengua española, que sólo falta inteligencia, conocimiento y voluntad entre aquellos que, salvo excepciones como la que nos ocupa hoy, deberían haberse encargado, cuando aún estaban a tiempo, de dar salida a ese material en lugar de acallarlo…

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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2 respuestas a “enterrado con su delantal de masón”. “Valor de ley” de Charles Portis como novela histórica

  1. soyleyenda dijo:

    Hola,

    me ha gustado mucho esta reseña. Una novela apasionante de por sí. Este análisis no hace más que añadir una nueva dimensión a su lectura.

    Me permito el lujo de enlazar esta reseña en mi propio blog.

    Gracias!

    • Hola soyleyenda. Muchas gracias por tu comentario y, por supuesto, por tu enlace. Perseveraremos en el intento, tratando de ofrecer una crítica de novela histórica, rigurosa, de calidad y sobre todo independiente.
      Un saludo.

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