El fantástico mundo del señor Cornwell. “Los estragos de Sharpe”

Habíamos advertido en el número de enero que, en su día, nos ocuparíamos del modelo original en el que se basaba la novela que criticábamos en él, “Un hombre de honor” de Iain Gale. Es decir, la serie de Richard Sharpe creada por Bernard Cornwell.

Ese día, es evidente, ha llegado este 20 de febrero de 2011.

Para ajustar esas cuentas hemos elegido la última novela de esa serie, “Los estragos de Sharpe”, publicada en español en el año 2010 y que, lógicamente, aún se encuentra en las librerías, a la caza de lectores incautos que pueden salir con ella bajo el brazo, leerla embebidos -un efecto que Bernard Cornwell sabe lograr con verdadera maestría-, y quedar convencidos de que han aprendido algo sobre lo que llamamos “Guerra de Independencia española”.

Hay que reconocer que en “Los estragos de Sharpe”, que data del año 2003, Cornwell parece haberse moderado un tanto con respecto a otras obras de esa serie en las que los peninsulares, especialmente los españoles, aparecen como una turba mugrienta y desarrapada, que sólo logra salvarse de su triste destino bajo la bota napoleónica gracias a la insustituible ayuda de unos británicos ampliamente superiores, en todo, o casi todo, a ellos.

Hasta cierto punto no es de extrañar puesto que “Los estragos de Sharpe” está ambientada, casi exclusivamente, en Portugal, durante la campaña del año 1809, justo un poco antes de que Lord Wellington -idolatrado irracionalmente y sin medida alguna por Cornwell, como él mismo reconoce- se haga con el mando de las tropas británicas en la zona.

Una situación que, naturalmente, dulcifica los juicios de Cornwell, generalmente despectivos, como corresponde a un buen “tory” británico, sobre las razas europeas allende el Canal. Al fin y al cabo los portugueses no son británicos, pero son aliados de los británicos y eso, por lo que se ve, ya merece una cierta consideración hacia esos pobres seres que, en cualquier caso, no han tenido la suerte de nacer en las verdes praderas inglesas o, siquiera, en los bajos fondos de Londres -como el propio Sharpe- que, como todo el mundo sabe -todo el que lee novelas de Bernard Cornwell, al menos- son mucho más “chic” que cualquier otro bajo fondo del Mundo. E incluso que muchos palacios que no tienen la suerte de estar erigidos en Gran Bretaña.

Es así como el historiador lector habitual -e irritado- de las aventuras peninsulares de Richard Sharpe, descubre con asombro en “Los estragos de Sharpe” que los portugueses tienen un ejército organizado y capaz de rivalizar incluso con el británico. Es más, dirigido por jóvenes oficiales que aparte de tener redaños y ser militares cojonudos -en palabras del propio Richard Sharpe-, son hombres cultos capaces de discutir de poesía, ciencia y filosofía con oficiales británicos.

Al menos, dicho sea de paso, con uno un tanto inverosímil, como lo es el capitán Hogan. Probablemente el único hidalgo irlandés que, hacia 1809, no había huido de la verde Erin para obtener el grado de oficial que, en el Mundo real -no en el fantástico imaginado por Bernard Cornwell-, le hubiera sido sistemáticamente negado por los invasores escoceses e ingleses, no dejándole otra salida que la de resignarse a destripar terrones -eso es lo que aún gritan como desafío los lealistas del Ulster a sus vecinos católicos durante las famosas “marchas”-, o huir de Irlanda y sentar plaza en alguno de los regimientos irlandeses mantenidos por los reyes de España y Francia para dar cobijo a esa interesante mano de obra militar. Circunstancia ésta que Cornwell parece ignorar completamente en “Los estragos de Sharpe” o, cuando menos, querer ignorar completamente para trazar en este nuevo episodio de su más famosa serie una Historia británica aceptable para sus peculiares -y por lo general rancios- esquemas mentales, propios de la caverna “tory” más recalcitrante.

Siguiendo con esas inenarrables sorpresas, también descubrimos en “Los estragos de Sharpe”, que esos portugueses tienen uniformes y organización militar regular. Es más, que son incluso capaces de plantar cara a los franceses sin necesidad de que lleguen los británicos a salvarles en el momento oportuno, como una especie de 7º de Caballería avant la lettre y vestido con casaca roja. O verde, en el caso de los mitificados fusileros del regimiento 95, que son la quintaesencia de esta serie de novelas que ha hecho millonario a Bernard Cornwell.

Así es, uno de los principales personajes de “Los estragos de Sharpe”, el teniente Vicente, del ejército portugués, se muestra como un aliado inestimable para Richard Sharpe. Y llega, además de a salvarlo en un momento dramático, incluso a darle toda clase de lecciones sobre diversos aspectos de la conducta militar más sofisticada que Sharpe recompensa, a su vez, con toda una serie de exabruptos de soldado veterano que no está para contemplaciones de guerra galante y argucias de hombre de Leyes -como es el caso del joven teniente Vicente-; cosa que deja bien clara desde el primer momento en el que traba conocimiento con el oficial portugués y los restos de su unidad, dispersada después de que los franceses del mariscal Soult hayan tomado Oporto.

Así las cosas, es innegable que “Los estragos de Sharpe” continúa la línea curiosamente iniciada con la primera novela de la serie, “Los rifles de Sharpe”, y abortada también desde ese mismo momento. El argumento de esta última se basa en un episodio inmediatamente anterior al que sirve de base a “Los estragos de Sharpe”, ambientado en la campaña de enero de 1809 en Galicia, durante la retirada desastrosa del ejército de sir John Moore tras la derrota de Espinosa de los Monteros a través de un Norte de España que parece un preludio de la Rusia de 1812 en la que se hundirá el poder napoleónico casi definitivamente.

En efecto, en “Los rifles  de Sharpe”, Cornwell reconocía -si bien de un modo “sui generis”, es cierto- la existencia de un ejército español organizado y con varias lecciones que enseñar a los británicos. Incluido el propio Sharpe, que es convertido en objeto de burla -entre desdeñosa y cariñosa- por el comandante de Cazadores español Blas Vivar, que es quien se encarga de salvar al oficial de fusileros en los escasos momentos de apuro que pasa durante ese primer episodio de la serie ambientado en la Guerra de la Independencia.

Pero, por lo que se refiere a la novela de la que ahora nos ocupamos, “Los estragos de Sharpe”, ese reconocimiento de los portugueses como un aliado de peso en la lucha contra Napoleón no impide que, en conjunto, esta novela, como el resto de la serie -exceptuada “Los rifles de Sharpe”-, esté fundamentalmente escrita desde ese insoportable chauvinismo anglosajón que necesita, como una especie de droga, denigrar todo lo que no es británico, pasando por encima de los hechos históricos si es preciso.

En efecto, “Los estragos de Sharpe”, como ocurre con el resto de esta serie de novelas funestas para todo el que quiera saber algo sobre la llamada Guerra de Independencia, rezuma tópicos a cuál más grosero sobre esa fracción de esa otra fracción de la Historia del Mundo que conocemos como “guerras napoleónicas” que, en el fantástico mundo del señor Cornwell, no acabaron peor de lo que acabaron -al menos, para todo aquel que no fuera un francés bien relacionado con el poder imperial francés- gracias, y sólo gracias, a Lord Wellington y al ejército de Su Graciosa Majestad Británica ayudado -sólo circunstancialmente- por los incomparablemente inferiores ejércitos de otros países al parecer -aunque Bernard Cornwell no parece estar muy seguro de ello- europeos.

Así es, desde las primeras páginas de “Los estragos de Sharpe”, Cornwell se despacha a gusto con los portugueses, señalando su escasa capacidad de resistencia en las afueras de Oporto frente al avance de las tropas de Soult. La descripción que hace de los soldados que pasan ante los ojos de Sharpe es, cuando menos, humillante, rebajando a los portugueses al grado de tragicómicos cobardicas -salvo muy escasas excepciones- que no valen ni para llevar el uniforme.

Después, esa primera impresión de desdén apenas contenido se refuerza cuando Sharpe es salvado “in extremis” de una muerte que parece más que segura por la intervención del teniente Vicente y los hombres que éste ha logrado mantener bajo sus órdenes por las bravas, matando de un tiro a uno de sus sargentos que les incitaba a la rendición. Episodio éste que despertará una más o menos rendida admiración de Sharpe por su colega portugués pero que, sin embargo, no va mucho más lejos por lo que se refiere a recuperar la realidad histórica perdida en este nuevo episodio del fantástico -en el peor sentido de la palabra- mundo literario del señor Cornwell.

El fusilero Sharpe, una vez que se hace con el mando de la unidad mixta -soldados portugueses más sus propios hombres- gracias a que su patente de oficial es anterior a la de Vicente -en una escena que parece un homenaje a la película “Zulú” de Cy Endfield-, lanza a los portugueses una arenga en la que queda bien clara la doctrina que preside toda la serie de novelas de Sharpe ambientadas en la Guerra de Independencia. Es decir, que los portugueses no son malos soldados y que pueden ganar la guerra si están bien dirigidos. No por un obispo, como ha ocurrido hasta ese momento, sino por oficiales ingleses hechos y derechos como él o el propio Lord Wellington…

El resto de la novela gira en torno al mismo tópico. Sólo Sharpe sabe qué es lo que hay que hacer, sólo Sharpe sabe tomar las decisiones militares correctas, sólo Sharpe se da cuenta de en qué compleja trampa se están metiendo por culpa de un traidor inglés, el -falso- coronel James Christopher al que deberá soportar durante la mayor parte de la novela -así como rivalizar, o al menos intentarlo, por el amor de Kate Savage, la “chica” de esta película literaria- y que, a su pesar, será el que ayudará a Sharpe a demostrar, por oposición, una vez más, todas su virtudes.

A saber, su incombustible superioridad británica que desprecia ferozmente las ideas “europeístas” del coronel Christopher, que ve a Napoleón poco menos que como un profeta de la actual Unión Europea (circunstancia que Cornwell aprovecha, una vez más, para demostrar sus férreas lealtades a la ideología “tory”, totalmente contraria a ese arreglo que nos ha salvado de guerras devastadoras durante setenta años), su lealtad elemental a su regimiento, a su comandante en jefe y a la verde y feliz Inglaterra -que el mismo Sharpe es incapaz de imaginarse invadida por los franceses como lo está el Portugal que tiene ante sus ojos por, al parecer, cosas de la superioridad racial- y, cómo no, su innata habilidad militar que le lleva a resistir con éxito un asedio a una posición que previamente ha fortificado hábilmente. Desafiando allí a una nutrida representación del ejército del mariscal Soult integrada por cuerpos de élite como lo son los cazadores a caballo franceses, una unidad de Artillería y otra de “voltigeurs”, los tiradores de élite franceses que, desafortunadamente para ellos, no poseen nada tan bueno -ni siquiera parecido- al mítico fusil Baker -otra de las obsesiones autoexaltatorias recurrentes en ésta y en todas las demás novelas del fusilero Sharpe-. Circunstancia, por otra parte, que sirve siempre a Cornwell para demostrar la estupidez innata de Napoleón, incapaz de darse cuenta de que sólo armas como el Baker, con el ánima del cañón rayada, pueden  ser verdaderamente útiles para el tiro de precisión.

En definitiva, “Los estragos de Sharpe” nos ofrece más de lo mismo, más de lo de siempre, del mismo veneno que Bernard Cornwell lleva años vertiendo en los ojos de medio mundo gracias a las novelas de Sharpe.

Según la velada propaganda que sobre ellas vierte su editor en español, Edhasa, en la solapa de sus sucesivas ediciones, Bernard Cornwell, aparte de haber vendido 30 millones de ejemplares de la serie de Sharpe y de sus otras creaciones, es uno de los escritores más leídos y de mayor éxito “en el género de la novela histórica de aventuras”…

De lo que no dicen nada esas elogiosas críticas y otras aún más retorcidas en sus contorsiones y reverencias, que persuaden al público de que lo que está leyendo es “bueno”, “auténtico”… es de lo que se oculta tras esa fachada de rutilante éxito…

Así, los ejecutivos de Edhasa, como la gran mayoría de los que sirven a grandes grupos editoriales, parecen completamente indiferentes a la falsa visión de los hechos históricos que da Bernard Cornwell en esa serie de Sharpe. Algo verdaderamente chocante en una empresa que se ha dedicado, prácticamente en exclusiva, a la edición de novela supuestamente histórica.

Sólo para empezar, en esa serie de Sharpe que tanto elogian, todo lo que haga referencia al ejército español durante la Guerra de Independencia es borrado sistemáticamente, destruido, falseado, convertido en una caricatura de los aguafuertes de Goya.

Hay algunos episodios en los que los españoles aparecen reducidos al rango de hombre de las cavernas. Ese sería el caso de un supuesto jefe guerrillero ridículamente apodado como “El Matarife” que se dedica en “Sharpe y la batalla de Vitoria” a matar a los prisioneros franceses por medio de un salvaje ritual que hubiera avergonzado hasta a Jack el Destripador y que Cornwell trata de asimilar a una corrida de toros.

Una gracia sin ninguna gracia que repite también en “Los estragos de Sharpe”, donde aparece un personaje similar al final del relato. Un cabrero portugués que sólo piensa en matar y mutilar franceses porque estos han violado a su mujer…

Un tópico, falso y con poco o ningún fundamento histórico, que se repite constante en esta serie de novelas, reduciendo a los únicos españoles -y portugueses- uniformados que aparecen en ellas en poco más que áskaris, tropas indígenas semicivilizadas por los británicos.

Es lo que encontramos, por ejemplo, en “Sharpe y la campaña de Salamanca”. En esa novela que se supone ambientada en torno a una batalla, la de los Arapiles, en la que, como en todas las de esa guerra, las tropas regulares españolas tienen un papel destacado, el general Álava sólo aparece porque Lord Wellington lo busca para pedirle cuentas de la supuesta negligencia y cobardía de los regimientos españoles. Circunstancias éstas sacadas, una vez más, de la manga en la que Bernard Cornwell parece guardar todos los prejuicios e informaciones deformadas que le ayudan a pergeñar estas grasientas novelas.

En definitiva, la serie de Sharpe de la que forma parte “Los estragos de Sharpe”, se desarrolla sobre un proceso de suma y sigue, en el que van desapareciendo, machetazo literario a machetazo literario, los hechos y personajes reales en los que se basa el comienzo de la Historia Contemporánea de España en la que aún vivimos todos nosotros. Incluidos los ejecutivos de Edhasa que, por lo que se ve, no tienen vergüenza, ni escrúpulo alguno, en publicar estas obtusas novelas que tratan de hacer pasar por Historia lo que sólo son las retorcidas obsesiones de un escritor inglés.

Nada -salvo una pequeña y confusa alusión en “La venganza de Sharpe”-, se dice en las páginas que Cornwell lleva años emborronando sobre el Séptimo Ejército español que repele, en combinación con las tropas portuguesas y británicas, a los restos del ejército francés hasta Toulouse en 1814, de las guerrillas que en 1810 son completamente reestructuradas por el mando español para convertirse en regimientos regulares que puedan ser operativos en la clase de guerra que se debe luchar contra Napoleón y que nada tienen que envidiar a las tropas británicas o francesas, o de figuras como las de Mendizabal, Longa, Freyre, el propio Álava que apenas aparece un instante en  dos de las novelas de la serie -y sólo de manera relativamente positiva en “Sharpe en Waterloo”- y son jefes militares perfectamente equiparables en lo bueno o en lo malo -como ocurre en el caso de Longa- a los británicos. Menos aún alude la serie de Sharpe a unidades de Caballería regular como la que manda un verdadero jefe guerrillero, no una estantigua como “El Matarife”, el mariscal Juan Martín Díez, (a) “El Empecinado”, que, según la documentación disponible, combate de tú a tú con unidades de élite francesas como las de dragones destinadas en 1810 a Guadalajara y toma prisioneros según las normas de guerra civilizada que, por cierto, tanto desprecia Sharpe cuando le conviene, como ocurre en la novela que hoy criticamos…

Es evidente que en el fantástico -en el peor sentido del término- mundo del señor Cornwell nada de eso es relevante. Parece que ni siquiera conoce el cuadro que Goya pinta a personajes como el mariscal Juan Martín Díez que, para cualquiera que lo conozca, está lejos de representar algo que no sea un militar europeo de época napoleónica. Tanto que, de hecho, podría incluso pasar por un oficial inglés. Sus prejuicios, es también evidente, impiden a Bernard Cornwell incluso aceptar fuentes británicas -pensamos por ejemplo en las cartas de F. S. Larpent, editadas en 1853 en Inglaterra, o incluso simples soldados de plomo como alguno de los que ilustran estas imágenes, caso del comandante guerrillero de 1812- que desmienten sus tópicos habituales.

Así pues, a ese punto de degradación llegan las novelas supuestamente históricas de Bernard Cornwell, al de robarnos, bajo nuestras narices, por así decir, nuestra propia Historia, las raíces en las que se asienta nuestro mundo actual.

Edhasa, una vez más, se hace gustosamente cómplice de ese desaguisado y desde luego su publicación de la trilogía de José Luis Corral sobre el mismo tema del que tratan la mayor parte de las novelas de Sharpe, no la eximen de un gramo de esa culpa. Sólo para empezar “¡Independencia!”, la segunda de esa corta serie que empieza con “Trafalgar”, incorpora a un personaje navarro de Vera de Bidasoa que, más que inverosímilmente, nada sabe sobre esa batalla naval y que, además, se llama “Mikel”, un nombre que no existirá en el País Vasco hasta bien entrado el siglo XX, cuando la grafía inventada por los nacionalistas desplace a la tradicional. Con ello nuestros lectores podrán hacerse una idea de la calidad como ”novela histórica” de esas obras de otro autor, español en este caso, que la falta de criterio y responsabilidad cívica elemental de los editores de Edhasa ha elevado a la categoría de suprema autoridad sobre un período fundamental para nuestra sociedad como lo fue la Guerra de Independencia…

La conclusión que se puede sacar, por tanto, de la lectura de “Los estragos de Sharpe”, es que es urgente convocar una huelga de lectores en nuestro país que debería durar, al menos, hasta que los actuales editores dimitieran en masa o tuvieran la humildad de reconocer que han convertido a España en el paraíso del bodrio literario por lo que se refiere al género de la, hoy al menos en ese país, mal llamada “novela histórica” y se dedicasen a buscar soluciones para ese grave perjuicio.

Sería interesante que esa huelga empezase por negarse a comprar ninguna novela de la serie de Sharpe. Aunque sólo sea para que la deuda soberana española no siga disparándose por las nubes gracias, en parte, a esa propaganda negativa que Edhasa, eso es evidente, no tiene reparo en aventar por un puñado de euros sobre un país que va enfermando sociológica y culturalmente, a cada año que pasa, bajo insanos efluvios literarios como los que se destilan en series como las de Sharpe o, si a eso vamos, en sus émulos españoles a los que también se apresura a dar pábulo Edhasa.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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14 respuestas a El fantástico mundo del señor Cornwell. “Los estragos de Sharpe”

  1. Miguel Ángel dijo:

    Lo mismo pensé, básicamente, aunque mis limitados conocimientos históricos me impiden argumentar tal y como usté lo hace, al leer la primera novela de la saga de Sharpe en España (Sharpe y el Águila del Imperio) y aún más al leer la segunda novela de dicha saga (Sharpe y el oro de los españoles). Según había creído yo siempre, el pueblo español fue el primero en poner en aprietos a Napoleón, pero para el autor británico el ejército español lo constituyen una panda de inútiles y cobardes y los guerrilleros españoles no son más que una banda de ladrones de oro.
    De todas formas es lógico que sus novelas tengan éxito en este nuestro país, muy dado a olvidar o denigrar cualquier cosa que hagamos los propios españoles y a elevar cualquier acto que hagan los demás. El que Cortés tuviera los suficientes redaños como para meterse en todo un continente con un puñado de españoles, el hecho de que el tamaño del Imperio español no haya tenido comparación con practicamente nada hasta la fecha, el hecho de que nuestros embajadores vestidos de negro en las cortes européas del siglo XVI fueran temidos y respetados por todos se nos olvida fácilmente. Eso sí, alucinamos con la conquista del oeste, con los piratéos de Drake y con novelas como la de Sharpe. Algún día aprenderemos a apreciar nuestra historia y a tenernos en lo que valemos.
    Un saludo.

    • Estimado Miguel Ángel, aquí queda publicado su comentario. Pues sí, así es. Estamos colonizados culturalmente y así se publican las novelas que se publican y se nos hace creer cosas sin ningún fundamento histórico.
      No es ya sólo la conquista de América o la eminencia del imperio español, que no fue ni mejor ni peor que, por ejemplo, el británico del siglo XIX. Es que nada sabemos, por ejemplo, del apoyo militar y diplomático español al nacimiento de Estados Unidos (¿vio vd. algo de eso, por ejemplo, en la película “El patriota”?. Seguro que no). O del modo en el que Inglaterra, por ejemplo, doblaba el espinazo cada vez que don Pedro Ronquillo el embajador español en Londres -vestido a la última moda de Versalles, como estaba mandado, y no de negro, por cierto-, levantaba un dedo allá por 1689, en pleno reinado del supuesto rey hechizado,. obligando a Guillermo III de Orange, el “héroe protestante”, incluso a entregar en manos de las autoridades españolas a sus propios súbditos escoceses que tratan de colonizar ilegalmente Darién. Cualquier cosa con tal de que el grifo de la plata española y su ayuda militar no se cerrase y los dejase sólos ante el peligro de Luis XIV. ¿Leeremos alguna vez novelas sobre esos temas?. ¿Se les dará el mismo pábulo, si se publican -alguna hay sobre lo de Estados Unidos-, que a las de Bernard Cornwell?… Sigamos soñando mientras la deuda de Francia -país con buenas novelas históricas- se paga a 98 y la nuestra -la de un país que no hace sino repetir que está en decadencia desde el siglo XVII- se paga -qué curioso- a 289.

      Un saludo.

  2. Azirafel dijo:

    Realmente debo reconocer que no he leído ninguna de las ediciones españolas de Cornwell, realizadas por Edhasa. Sino las ediciones de bolsillo inglesas de Harpercollins. Y en todo caso las dos primeras novelas escritas por Cornwell sobre Sharpe (Sharpe’s Eagle y Sharpe’s Gold, respectivamente), pero creo que el juicio sobre el autor inglés viene algo viciado en este caso.

    Considerar la serie de Sharpe una novela histórica y no de aventuras es una decisión editorial de Edhasa de la que toda responsabilidad debería recaer sobre los editores. De hecho la edición inglesa deja bien claro en la contraportada que son las aventuras de Sharpe (“a classic Sharpe adventure” es lo que se lee) y le da patente de novela de aventuras y no de novela histórica. De hecho también basta fijarse que la edición americana se califica de las Richard Sharpe Adventure Series.

    Dicho esto, desde luego tener en cuenta la veracidad histórica o no siempre es interesante, pero no creo que pueda juzgarse del mismo modo unas novelas de aventuras que unas novelas históricas. En la novela de aventuras se tiene que poner la importancia de las peripecias y su capacidad para divertirnos por encima del rigor histórico. Y en este aspecto las ediciones inglesas de Cornwell siempre incluyen una introducción y unas notas históricas donde Cornwell viene a reconocer que pone siempre la aventura por encima de la historia, aunque trate de mantener esta todo lo que puede.

    En cuanto a la principal crítica vertida en el blog, que es su tratamiento de las fuerzas españolas, merece la pena fijarse en las notas de “Sharpe’s Gold” (en español “Sharpe y el oro de los españoles”) donde no deja de repetir que su tratamiento es injusto para los guerrilleros y las tropas españolas. Para ello se escuda en dos aspectos. El primero es que su historia trata sobre soldados ingleses, así que a menudo no se topan lo suficiente con las tropas españolas. El segundo es que entre los guerrilleros había gente buena y mala, y que sus personajes tienden a encontrarse con los peores. Ahí de hecho cita a Francisco Espoz y Mina para justificarse apoyándose en las críticas de este para muchos de los guerrilleros en sus memorias.

    O lo que es lo mismo, Cornwell lo que hace es novela de aventuras, y en la novela de aventuras tiene que haber buenos y malos, personajes secundarios y sucesos para que los protagonistas destaquen. Juzgar sus novelas como históricas y acusarle de presentar a los personajes peninsulares como secundarios para mayor gloria de los protagonistas sería tan injusto como criticar una novela histórica por no incluir peripecias casi imposibles o heroes de condición poco humana.

    Por otra parte, un detalle menor, la primera novela de la serie nunca podría ser “Los rifles de Sharpe”, ni esta “Los estragos de Sharpe” la segunda. La primera novela según orden de escritura fue “Sharpe y el águila del imperio”, y la primera cronológicamente sería “Sharpe y el tigre de Bengala”. Supongo que se empleaba el término primera de la serie para referirse a la primera novela cronológicamente ambientada en la Guerra de la Independencia, pero aún así siempre merece la pena aclarar estos aspectos.

    • Estimado Azirafel. Publicado queda su comentario. Muy interesantes todas esas matizaciones. Ciertamente me refería a la primera de las novelas dedicadas a la Guerra de Independencia. No a las precuelas que nos hablan de Sharpe y sus aventuras en la India escritas después de, por ejemplo, “Sharpe´s eagle”.
      Por lo demás, insisto en los argumentos publicados en la entrada. Las “notas históricas” de Cornwell nada arreglan. Ni el hecho de que se considere por sus editores novela de aventuras y no histórica.
      Cornwell siempre ha blasonado de lo último -por ejemplo en la, por lo demás, magnífica “El ladrón de la horca”- y no de lo primero, y la propaganda de sus respectivas editoriales, la británica y la española, siempre trata de arrimar -por así decir- el ascua a esa sardina, mencionando la opinión de otros autores conocidos -vide licet Stephen King- que las consideran un sólido entretenimiento. Para nada una novela de aventuras semifantástica.
      Cornwell en esas “notas históricas” que vd. menciona se permite hacer juicios históricos de gran calado para los que evidentemente carece de la adecuada formación académica y que, por tanto, hacen caer por tierra toda defensa que se quiera hacer de estas novelas en ese aspecto. Ni siquiera se sostendría una tan voluntariosa como la suya.
      Es el caso, por ejemplo, de la que endosaba en el episodio que, si mal no recuerdo, se tradujo en español, como “El regimiento de Sharpe”. En esa nueva novela se evacua discreta y oportunamente a Sharpe a Inglaterra para conseguir reemplazos para su mermado batallón, justo en el momento en el que se debe producir la batalla de San Marcial -gran ocasión para hablar del ejército español, que, tal y como lo describen las propias fuentes británicas, lucha solo en la misma y contiene a Soult y su contraataque- y el arrasamiento de San Sebastián.
      Sobre ese último episodio, el incendio de San Sebastián, Cornwell da por toda explicación de esos hechos históricos en su “nota histórica” que es evidente que los españoles no habían aprendido la lección de no ayudar a los invasores franceses. Conducta que era la que conducía a semejantes excesos por parte británica que, algo avergonzado, trata de justificar con tales argumentos que, en definitiva, no hacen sino demostrar la indigencia de sus conocimientos históricos más allá de la mera anécdota muy sesgada siempre a favor de los superhombres británicos. Ni siquiera se muestra en ese punto bien documentado en las propias “Memorias” generadas por Napier y otros oficiales británicos de las que ha bebido en otras ocasiones para sustentar sus novelas.
      En efecto, la supuesta colaboración de los habitantes de San Sebastián con las tropas ocupantes jamás existió más allá de círculos afrancesados como los que podría haber habido, por ejemplo, en Madrid o Tolosa. Poblaciones igualmente tomadas -o liberadas, si lo prefiere-en 1813 por las fuerzas combinadas anglohispanoportuguesas pero que no sufrieron tales excesos.
      El incendio y saqueo de San Sebastián fue tan deliberado por parte británica como el de Badajoz y respondía a los planes de Wellington, publicamente aireados y recogidos en algunas de esas “Memorias”, de tomar como rehen ese puerto de San Sebastián, tan bien conectado con Inglaterra por mar, de cara a una futura guerra contra España que empezaría en cuanto se acabase con Napoleón. La aniquilación de la ciudad sin tocar una piedra de las murallas y fortificaciones, parece corroborar enteramente esos planes.
      Cornwell sin embargo, insisto, se refugia a ese respecto en una postura tan cínica como ignorante, descolgándose con argumentos del tipo de los que le menciono que, insisto, no se corroboran ni siquiera en las fuentes que él ha manejado y que, para el historiador, convierten, por tanto, sus “notas históricas” en una prolongación del bodrio que ha despachado en las páginas anteriores de cada una de sus novelas.
      En definitiva, es vd. muy dueño de tratar de sacar la cara al señor Cornwell y su fantástico mundo, pero ahí está el análisis del historiador y su opinión: el que quiera saber algo de la Guerra de Independencia debe mantenerse alejado de las novelas de Sharpe y exigir a su editor de cabecera novelas bien documentadas y, a ser posible, y para variar, escritas por autores españoles que algo sepan de todos estos temas. Que haberlos haylos (y no estoy pensando, precisamente, en algunos catedráticos zaragozanos de Historia medieval, que tampoco han hecho, muy buen papel a ese respecto, ni en otras reliquias de tiempos pasados con bula, según parece, para pisar ciertos despachos muy importantes de Barcelona o Madrid y publicar cualquier cosa mal llamada “novela histórica”).
      Un saludo.

  3. faas dijo:

    Me parece un poco obsesiva la insistencia en la precisión histórica cuando un novelista, es decir, un artista, no tiene ninguna obligación de apegarse a los hechos históricos ni hacer alarde de investigaciones acusiosas. Si un escritor escribiera una nobela en la que Napoleón termina aprisonando al rey de Inglaterra sería totalmente válido. La novela es creación literaria, no ensayo científico, el arte trasciende toda regla rígida. Un inglés no tiene por qué tener consideraciones con el mundo hispánico. Más bien hay que escribir best selers en los que los españoles sean los héroes.

    • Estimado Faas: unas cuantas precisiones si me lo permite. Novela se escribe con “v” y se dice “acuciosas” no “acusiosas” y, en cualquier caso, la palabra correcta sería más bien “precisas”.
      Dicho esto, no hay nada de obsesivo en señalar que la novela a la que hace referencia es una mala, en varios aspectos, novela histórica.
      Esa libertad creativa ilimitada que vd. atribuye gratuitamente al autor, empieza y termina cuando dicho autor pone el adjetivo “histórica” a su obra.
      Cuando uno elige hacer esa clase de novela debe ceñirse a un mínimo de credibilidad. Si fuese otro tipo de novela, de ciencia-ficción, por ejemplo, si sería válido el ejemplo que da de Napoleón derrotando al rey de Inglaterra. Le recomiendo la reseña de este pasado mes de octubre de “La novela antihistórica” en el que se analizaba un libro similar, “La victoria de la Grande Armée”.
      Y, en cualquier caso, es perfectamente legítimo advertir al lector de que lo que va a leer es válido sólo hasta cierto punto por éstas, éstas y éstas razones. No hay que tener tanto miedo a la crítica. Del mismo modo en el que tampoco se debe tener miedo de las aspirinas.
      En cuanto a la cuestión de que hay que escribir novelas en las que los héroes sean los españoles, no sé si lo dice desde la ingenuidad o el sarcasmo, porque de esas, se lo aseguro, hasta ahora ha habido más bien pocas no por falta de conocimientos al respecto, ni de personas dispuestas a escribirlas, sino, más bien, porque las editoriales españolas les han cerrado la puerta, dando vía libre y sin competencia a cosas como las firmadas por el señor Cornwell.

    • Estimado Faas: unas cuantas precisiones si me lo permite. Novela se escribe con “v” y se dice “acuciosas” no “acusiosas” y, en cualquier caso, la palabra correcta sería más bien “precisas”.
      Dicho esto, no hay nada de obsesivo en señalar que la novela a la que hace referencia es una mala, en varios aspectos, novela histórica.
      Esa libertad creativa ilimitada que vd. atribuye gratuitamente al autor, empieza y termina cuando dicho autor pone el adjetivo “histórica” a su obra.
      Cuando uno elige hacer esa clase de novela debe ceñirse a un mínimo de credibilidad. Si fuese otro tipo de novela, de ciencia-ficción, por ejemplo, si sería válido el ejemplo que da de Napoleón derrotando al rey de Inglaterra. Le recomiendo la reseña de este pasado mes de octubre de “La novela antihistórica” en el que se analizaba un libro similar, “La victoria de la Grande Armée”.
      Y, en cualquier caso, es perfectamente legítimo advertir al lector de que lo que va a leer es válido sólo hasta cierto punto por éstas, éstas y éstas razones. No hay que tener tanto miedo a la crítica. Del mismo modo en el que tampoco se debe tener miedo de las aspirinas.
      En cuanto a la cuestión de que hay que escribir novelas en las que los héroes sean los españoles, no sé si lo dice desde la ingenuidad o el sarcasmo, porque de esas, se lo aseguro, hasta ahora ha habido más bien pocas no por falta de conocimientos al respecto, ni de personas dispuestas a escribirlas, sino, más bien, porque las editoriales españolas les han cerrado la puerta, dando vía libre y sin competencia a cosas como las firmadas por el señor Cornwell.

  4. ernesto dijo:

    Supongo, con mis limitados conocimientos históricos, que pretender conocer la historia en profundidad y con un mínimo de veracidad, leyendo ficción histórica es como querer conseguir una ingeniería leyendo libros de ciencia ficción. El leer libros como el que comentas, a mi al menos, me ha motivado buscar fuentes más creíbles, e intentar comprender un poco más de la historia de nuestro país. Y por lo poco que he leído, seguramente podría estar equivocado, ni los ingleses eran tan superiores, ni los portugueses tan mediocres, ni nosotros tan desharrapados, pero tampoco habría que pensar en todo lo contrario, pues según algunos historiadores, tu estarás de acuerdo, las tropas inglesas y portuguesas fueron un aporte fundamental en la llamada guerra de independencia, pero sin las fuerzas españolas y las meteduras de pata de los mariscales franceses, incluido Napoleón, el envío de tropas al Rusia, es una buena prueba de ello, tal vez hoy llamaríamos de otra forma esa guerra de independencia. Un saludo . Me encanta este sitio.

    • Estimado Ernesto: el camino que dices seguir sería el correcto. Empezar con novelas como éstas pero preguntándose si lo que dicen es verdad o tan sólo una versión literaria de una serie de prejuicios.
      Es una pena que Cornwell, que ha escrito grandes novelas históricas como “El ladrón de la horca”, “Rebelde” o, sobre todo “El fuerte”, incurra en eso en casi toda la serie de Sharpe.
      La verdad histórica sobre esa que los británicos llaman “Peninsular War” está muy lejos de lo que cuenta Cornwell. De no haber sido por la resistencia a ultranza de España a Gran Bretaña no le quedaba nada para ser la siguiente víctima de Napoleón que así, sin un Bailén por ejemplo, o con una España o aliada a él o derrotada sin paliativos, hubiera acabado por adueñarse de toda Europa, dejando a Rusia en un rincón, sin ningún apoyo externo.
      El problema no es ya que los anglosajones cometan esa serie de inexactitudes con una guerra, la de Independencia española, que, en definitiva, les salvó el pellejo, sino que desde España no se pongan las cosas en claro con una serie -o varias- de novelas equivalentes en las que se dé el punto de vista desde las fuentes españolas. Con más rigor, con un punto de vista más equilibrado, más certero, más histórico, menos chovinista.
      Celebro que te encante este sitio por la parte que me toca. Un saludo.

  5. jordi dijo:

    Calificar como “grafía inventada por los nacionalistas” el proceso de normalizacion linguistica desarrollado a principios del siglo XX por parte de la Real Academia de la Lengua Vasca – Euskaltzaindia es un poco caer en lo mismo que se critica en las novelas de Sharpe, ¿no?. Teniendo en cuenta que de lo que se trato es de definir una norma a partir de un idioma con fuerte tradicion oral y poca escrita, y cuyos usos cultos los habia desarollado gente formada en dos idiomas diferentes como el Español y el Frances, quizas se tomaran decisiones discutibles (no soy linguista ni estuve alli) pero queda lejos de ser calificado de invento. Que otros idiomas europeos (como el Español, Ingles o Frances) pasaran por ese proceso 150 años antes, no le resta valor ni deberia ser pie a que se critique de manera tan burda desde un punto de vista teoricamente academico.

    • Estimado Jordi, en repuesta a esta pregunta retórica que usted me hace y para la que, de todos modos, ya parecía tener la respuesta, con lo cual no sé ni para qué la planteaba -salvo para autoafirmarse en su fe personal- le digo varias cosas:
      !. No fue Euskaltzaindia la que normalizó dichas grafías. Dicha institución se ha limitado a endosar lo que los hermanos Arana sistematizaron y exageraron a partir de ciertas lucubraciones de mediados del siglo XIX sobre cuál debía ser la grafía “correcta” del euskera para diferenciar, aún más, el español de lo que entonces se llamaba “lengua vulgar vascongada” o “vascuence”.
      2. Es obvío que usted no estaba allí y no es filólogo. De hecho, es obvío que opina sin haber leído trabajos sobre el euskera histórico. Le adjunto un link a uno que yo mismo publiqué hace años y en el que puede ver documentos del siglo XVIII escritos en euskera donde no hay ni rastro de esas grafías que sólo pasaron a tener carta de naturaleza porque el designio político de los hermanos Arana, fundadores del Nacionalismo vasco, así lo quiso. http://www.euskonews.com/0427zbk/gaia42703es.html
      Y adelántandome a su contraargumentación respecto a ese link que le envío: no, estos documentos no son excerpcionales, todos los documentos escritos en euskera antes de de que los hermanos Arana dieran carta de naturaleza obligatoria (para ser un buen “basko”, claro) a esas grafías son iguales. No había nadie que se llamase Mikel en 1808. Si acaso “Miquel”. La forma tradicional, y coloquial, de ese nombre para los vascoparlantes de la época era “Miel”.
      Este artículo del académico H. Knörr http://www.vianayborgia.es/bibliotecaPDFs/FOLI-0080-0000-0135-0154.pdf le ayudará a ilustrarse sobre la falta de base sólida de su argumentación. Espero que así se dé cuenta vd. de que los errores de Cornwell se basan en su desconocimiento de nuestra común Historia (saludos de mi parte al tambor del Bruch) y que su paralelismo entre mis supuestos errores y los del sr. Cornwell no resiste el menor análisis. Yo, como ve, me baso para decir lo que digo en mis investigaciones a pie de archivo -es decir, pegado a la realidad de esa época-, el sr. Cornwell se basa en tópicos, lugares comunes, falta de información genuina y actualizada sobre los más recientes trabajos históricos en torno a la época en la que ha decidido ambientar su novela, etc…
      Ya ve, compara usted la noche y el día. Sin mucha fortuna, por cierto.
      Un saludo cordial.

      • jordi dijo:

        Estimado Carlos, me sorprende el tono de la respuesta ya que mi intención no era tan agresiva como lo que se intuye que ha interpretado. Por partes:
        – Que no soy experto ni estoy a pie de archivo ya se lo digo. Le leo con interes y con una cierta esperanza de aprender. Otro tema es que pueda no estar de acuerdo con alguna afirmación. Aun asi, tenga en cuenta que el lector potencial de un blog como este va a ser mayoritariamente no profesional y ciertamente indocumentado (por lo menos yo).
        – No he leido ninguna novela de Sharpe precisamente alertado por criticas como la suya que me han desanimado. En cambio le dire que ha incluido usted “Soldados de Honor” en la pila de pendientes. No vine a buscar pelea.
        – Tengo clara (creo) la diferencia entre un texto historico y una novela historica. Por enlazar con otras criticas de su blog (que comparto) Perez Reverte me parece entretenido como novelista, pero las pongo al mismo nivel de rigor que las peliculas de Indiana Jones. Otro tema es que parecen forzadas para justificar su ideario politico actual, principalmente lo relativo a la unidad de España. Me surge la duda (igual usted puede aclarmela) de si un huerfano de clase baja de Oñati a los doce años sabria castellano, con lo que podriamos cargarnos la premisa inicial de Alatriste.
        – Me sorprende, y por aqui iba mi critica, quizas mal expresada, la omnipotencia y falta de contexto con la que se suele juzgar a Sabino Arana y su epoca en general. Fue un actor politico de cierta importancia (ni el mas racional, ni el mas tolerante, dicho sea de paso), pero vivio en la epoca en la que vivio. El nacionalismo, la redefinición de los estados, la independencia de las colonias, el fin de los imperios. No hablamos de un señor que aterriza y todo lo puede. No me imagino a Sabino Arana dictando la grafia correcta a los academicos (mas cuando el proceso duro desde 1918 a 1968 y el buen señor se murio en 1903). Que fueran años en que algunas cosas estuvieran definiendose y las decisiones que se tomaron no serian las mismas en otro tiempo no invalida el proceso. No fuimos unicos. En Irlanda se prohibio la gaita por ser arma de guerra de los independentistas, en Escocia el kilt, salvo como uniforme militar. Suena absurdo desde la optica actual pero entiendo que la historia debe ayudarnos a entender esas cosas. Por eso, me ha chirriado el brochazo con el que ventila usted el proceso de unificacion de la lengua como un “invento de los nacionalistas”.
        – Asumo que se da una simplificación porque no era el objeto del articulo, pero insisto en que si Cornwell se basa en “tópicos, lugares comunes, falta de información genuina”, en esa afirmación a usted lo unico que no le puedo reconocer es la falta de informacion genunina. ¿Si no aceptamos que los españoles de Cornwell reflejen una realidad mucho mas compleja (sino que de hecho la ocultan), que hacemos con “los nacionalistas”? Me parecio impropio de lo que habia leido en sus articulos y asi se lo he querido transmitir.
        – No se si la referencia al tambor del Bruch es porque Sharpe coincide con el pero de ser asi, tenga en cuenta que Boromir puede eso y mas.
        – Leido el articulo que referencia, le dire que me parece curioso e interesante. No voy a pretender rebatirle ni negarle valor. Que la discriminacion linguistica existio no lo vamos a negar, pero que no fue homogenea parece tener sentido. Soy de la idea de que no era tanto un fin como una herramienta para la represion social y por lo tanto tiene sentido que donde no fue posible o no marcaba una diferencia social, no se ejerceria con tanta contundencia.
        No pretendia comparar, solo expresar una discrepancia. A ver si he tenido mas fortuna esta vez.
        un saludo cordial

      • jordi dijo:

        Por cierto, siempre he creido que los hachazos que historicos, geograficos y cientificos de las peliculas de Indiana Jones eran intencionados, en este caso buscando repetir la ingenuidad de los comics en que se inspiraba. Aplique a muchas de las novelas en las que observa incongruencias.

      • Estimado Jordi, con respecto a sus dos mensajes le digo lo siguiente:
        1. Siento que la respuesta le haya parecido demasiado abrupta. Sólo puedo decir que tenía varias razones para responder así. La primera que usted espetaba el mensaje sin saludo alguno, sin fórmula de cortesía alguna y de ahí pasaba a exponer una enmienda casi a la totalidad a la crítica que yo hacía de la novela de Sharpe.
        Es decir, su argumentación, reducida a su esquema lógico -y llevó 20 años haciendo esa labor, reducir al esqueleto lógico miles de argumentaciones- venía a ser: “puesto que usted despacha de manera maximalista (en mi opinión) el tema de las grafías nacionalistas euskéricas, cualquier crítica histórica que haga a la novela de Cornwell ya está desautorizada de antemano”.
        Partiendo de ahí, su terreno de argumentación no parecía demasiado cordial y, desgraciadamente, me llevaba a mí a ponerme a la altura marcada. Cosa que no me gusta, pero, claro, cuando te disparan a revólver sólo hay dos opciones: o salir corriendo de manera bastante desairada o echar mano de otro revólver.

        2. Aclaradas, espero, las razones para el tono de la respuesta, con respecto a lo demás sólo puedo decirle que ni atribuyo ni dejo de atribuir nada a Sabino Arana. Yo no lo condeno ideológicamente, me limito a constatar lo que ya está demostrado, más que suficientemente, por quienes han estudiado su vida y obra. Historiadores de larga y contrastada trayectoria como Ludger Mees o José Luis de la Granja Sainz. Arana no es ni “bueno” ni “malo”. Sencillamente tiene un 90% de la responsabilidad, por lo menos, de haber falseado la Historia del País Vasco para lograr el éxito de sus objetivos políticos.
        Hoy día eso se puede rebatir desde el punto de vista ideológico o sentimental, pero no desde el histórico.
        El artículo que le mandé, no sólo el mío, sino el de H. Knörr y los de muchos otros colegas -en el sentido académico de esa palabra- sólo constatan ese hecho que podrá gustar más o menos, pero es ya irrebatible desde el punto de vista científico, que es el que a mi me interesa.

        3. Por lo demás celebro que La novela antihistórica le resulte útil. Para eso nació. Espero que por muchos años. Para que se sepa qué validez tiene lo que vemos en novelas como la de Cornwell o en películas como las de Indiana Jones. Cornwell o Spielberg están en su derecho de entretener falseando la Historia, pero me parece igual de legítimo ponerlos en evidencia. En caso contrario veinte años de investigación, docencia, publicaciones, divulgación, etc… no tendrían sentido. Ni en mi caso, ni en el de muchos otros. La existencia de cuerpos académicos y científicos es un índice de desarrollo y civilización de cada sociedad. Imagine dónde estaríamos si el programa de investigación espacial estuviese no en manos de ingenieros espaciales sino de guionistas de Hollywood.

        Sin otro particular reciba también un muy cordial saludo.

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