Ninguno como los granaderos británicos. “Un hombre de honor” de Iain Gale

La primera novela de la que nos vamos a ocupar en este primer número del año 2011, fue publicada por el Grupo Planeta dentro de una colección, “Militaria”, de la que ya tuvimos ocasión de decir algo en el número 3 de “La novela antihistórica”, cuando elogiamos las virtudes, evidentes, de “El oro de Stonewall Jackson” del congresista Robert J. Mrazek. Se trata, como ya indica el título de esta nueva crítica, de “Un hombre de honor” del escocés Iain Gale.

¿Qué podemos contar a los lectores sobre este libro que todavía puede encontrarse en las mesas de saldos, no muy lejos de la entrañable novela de Robert  J. Mrazek?. ¿Es recomendable gastar apenas seis euros en ella?.

No hay respuestas sencillas a preguntas de esa clase sobre “Un hombre de honor”. Para empezar hay que considerar que, tal y como recuerda su editorial en España, en cualquier momento en el que se le presenta ocasión, ésta es sólo la primera de una serie de novelas sobre la vida y aventuras de Jack Steel, un oficial escocés de granaderos al servicio de la reina Ana, soberana, a principios del siglo XVIII, de lo que ya entonces se conoce como “Gran Bretaña”. Por tanto, también para empezar, parece ser que, de momento, nos encontramos ante el comienzo de una saga literaria protagonizada por uno de esos incomparables seres, superiores a Alejandro Magno y Hércules según una de las letras atribuidas al conocido himno de los granaderos británicos (hagan memoria, es esa música estridente y marcial con la que aún desfilan ante la reina Isabel II los guardias de gorro de pelo de oso que cualquier turista que se precie ha fotografiado alguna vez).

Steel parece ir a desarrollar esa actividad a lo largo de varias novelas en el ejército del famoso Lord Marlborough -el Mambrú de la canción infantil que hemos oído cantar hasta hace no tantos años- que combate en Flandes y Alemania durante la que será conocida como Guerra de Sucesión de España. Es decir, entre 1704 y 1714. 

Como es habitual en la novela histórica anglosajona, Gale y su personaje cumplen con todos los requisitos marcados para este tipo de relatos desde la época del inefable C. S. Forester, el Saturno que dio a luz al capitán Horatio Hornblower, aquel superhombre británico que, cómo no, derrota a Napoleón Bonaparte prácticamente él sólo -apenas con alguna ayuda de la familia Wellington- y a pesar de las trabas que le ponen los españoles con su costumbre de huir ante el enemigo y dormir la siesta.

Es decir, nos encontramos en “Un hombre de honor” con un héroe de orígenes más bien modestos, a medio camino entre el propio Hornblower y el miserable Richard Sharpe de Bernard Cornwell, otro superhombre de masas británico que derrota él sólo a Napoleón, a pesar de ser huérfano de una prostituta, y de los españoles, demasiado ocupados en rezar y temblar ante los comisarios de la Inquisición.

De un modo similar al caso del capitán Hornblower, Steel consigue su ascenso en el escalafón en gran parte gracias a sus relaciones amorosas -algo más explícitas que las del pacato Hornblower- con una mujer de rango superior.

También siguiendo la pauta marcada por Horatio Hornblower y por Richard Sharpe, Steel se niega a aceptar una situación cómoda en uno de los regimientos ingleses de élite -en el que su amante le ha facilitado la entrada-, y se dedica a buscar el olor de la pólvora y el silbido de las balas y la metralla enemiga en una unidad, la de los granaderos -también de élite, pero destinada a las líneas de asalto del frente-, donde encontrará entrañables compañeros que parecen calcados de los que protagonizan la serie de Richard Sharpe. Caso, por ejemplo, de su sargento, Jacob Slaughter, casi idéntico al  Patrick Harper que da la replica a Sharpe a lo largo de esa larga serie de novelas escritas por Bernard Cornwell, según parece, para deleite del lector anglosajón y humillación ritual del hipanoparlante y de las que ya nos ocuparemos en el momento oportuno en esta redacción.

Esa actitud es la que acaba poniendo a Jack Steel en el ojo del huracán histórico que sirve de eje a esta primera novela de la serie. Es decir, la batalla de Blenheim de 13 de agosto de 1704 en la cual Marlborough gana su puesto en los libros de Historia así como un magnífico palacio -bautizado con el nombre de esa gran victoria- que siglos después heredará Winston Churchill, último descendiente -aunque indirecto- del gran hombre.

A partir de esas premisas, Iain Gale convierte “Un hombre de honor”, ante todo, en una recreación, precisa, de la batalla de Blenheim y de las circunstancias que rodean al ejército británico en esos momentos, destacado a la Alta Baviera con el fin de derrotar a ese pequeño estado alemán aliado de Luis XIV.

Es en ese gran hecho histórico en el que se entromete este nuevo superhombre de masas británico. Como es habitual en sus predecesores -los ya aludidos Hornblower y Richard Sharpe-, Jack Steel se revelará ante esas circunstancias como un “outsider” con talento -por ejemplo, viste sombrero de tres picos, negándose a utilizar el gorro puntiagudo característico de las unidades de granaderos-, al que el hombre de poder, también habitual en este tipo de novelas -como bien lo ha señalado Umberto Eco en alguno de sus ensayos-, encargará una misión sumamente delicada que transcurre paralela al gran acontecimiento histórico -en este caso la batalla de Blenheim-, pero que puede dar al traste con ese hecho fundamental para que Gran Bretaña ocupe el lugar que los británicos creen que ocupa en el Mundo.

Su capacidad de improvisación, su escasa sujeción a las normas, su talento para la violencia, su valor connatural -todas ellas características imprescindibles en este tipo de héroes con su propia serie de novelas-, permitirán a Steel sortear los problemas inherentes a esa Gran Misión encomendada por el hombre de poder que, por supuesto, como ya habrán adivinado, es el mismísimo duque de Marlborough.

Problemas que Steel encontrará tanto dentro como, por supuesto, fuera de sus propias filas.

Su némesis en el ejército de Marlborough será el capitán Aubrey Jennings. Un odioso compañero de armas convenientemente aristocrático y, por tanto, incapaz de aceptar el ascenso de un “parvenu” como Steel, hijo de un oscuro hidalgo escocés que amenaza su propia promoción social, ya que Jennings es un noble segundón y en una situación irregular a pesar de su ascendiente familiar.

Así, el capitán Jennings se muestra como un verdadero miserable capaz de aliarse con los que no quieren el bien de Gran Bretaña. Léase, aquellos que por su espesor mental o por su nacionalidad no británica no se dan cuenta, o quieren impedir, que se den los pasos que se deben dar para que Gran Bretaña llegue a ser lo que sus novelistas imaginan que es hoy día. Es decir, dentro de las filas británicas los “tories”, los altivos conservadores británicos -hoy diríamos derechistas-, que buscan la caída en desgracia de Marlborough intentando fabricarle un escándalo que lo desacredite ante la reina Ana como partidario de la dinastía de los Estuardo, expulsada del trono británico por la revolución de 1688. Fuera de las filas británicas Steel se tendrá que enfrentar, por supuesto, a varios franceses que, también por supuesto, no pueden desear nada mejor que ver caer en desgracia al duque de Marlborough, el hombre que, después de todo, parece estar ya destinado, incluso antes de la batalla de Blenheim, a derrotarlos.

Esa premisa da origen a toda una serie de aventuras, a cada cual -eso no se puede negar- más emocionante, que hace la lectura de “Un hombre de honor” bastante grata y, aunque con reservas, instructiva sobre el período en el que está ambientada.

Ese es el caso, por ejemplo, de las escenas de combate que avivan el interés del lector en las primera páginas y que sirven a Jack Steel para demostrar su talento militar, o la larga marcha a través de las líneas enemigas para poder recuperar la documentación que compromete como jacobita, partidario de los Estuardo, al duque de Marlborough. Circunstancia que también permite a Jack Steel conocer a su futura mujer, Louisa Weber, una atractiva hostelera bávara -aunque al parecer de remotos e intricados orígenes británicos- por la que rivalizará con el mezquino capitán Jennings.

No hay duda, desde luego, de que Iain Gale conoce bien el período que ha elegido como eje de las aventuras de su héroe. Uniformes, armas, tácticas de combate, tanto de Infantería como de Caballería, y otros elementos propios de la guerra dieciochesca, están presentes en “Un hombre de honor” y Gale los sabe utilizar muy bien para hacer que la acción mantenga su atractivo. La escena de la masacre de parte del grupo de granaderos de Steel a manos de un escuadrón de húsares franceses hacia el final de la expedición de búsqueda de documentos, es un claro ejemplo de esas habilidades.

Aún más: Gale describe la guerra de principios del siglo XVIII tal y como realmente es. Es decir, un asunto de caballeros que no desean repetir los horrores contra la población civil, propios de la Guerra de los Treinta Años -que son precisamente los que dan lugar a esa forma de guerra tan civilizada, propia del siglo XVIII-, pero se ven rebasados por determinadas circunstancias; entre las que la menor no es, precisamente, el hecho de que gran parte de sus tropas están compuestas por delincuentes más o menos rehabilitados para uso militar y por oficiales subalternos entre los que abundan nobles segundones resentidos por su suerte y capaces de todo, hasta de alguna que otra vileza -como violar posaderas en apuros o intrigar contra su comandante en jefe-, con tal de mitigar un tanto sus resentimientos sociales.

Así pues, dicho todo lo dicho, nuestros lectores se preguntarán qué hay de malo en “Un hombre de honor”. La respuesta a esta pregunta es más sencilla que las que planteábamos al principio de esta crítica y es la habitual en esta página. Sencillamente, que esta primera novela de la serie de Jack Steel está escrita, en líneas generales, desde el típico complejo de superioridad anglosajón.

Así es, esto es una evidencia tan innegable como todos los méritos de “Un hombre de honor” que hemos reconocido hasta aquí. La trama de la novela de Gale hace girar los complejos acontecimientos que forman la Guerra de Sucesión española -de hecho, verdaderamente mundial, con frentes abiertos en América o Asia aparte de en Europa- en torno a esa consabida especie de “destino manifiesto británico” habitual en este tipo de novelas también desde los tiempos de Hornblower.

Así, por supuesto, sólo la batalla de Blenheim parece ser importante para el curso de esa guerra, sólo Marlborough es un gran estratega, sólo él obtendrá grandes victorias y sólo… un largo y también consabido etcétera de lugares comunes de ese estilo.

A ese respecto resultan verdaderamente reveladoras algunas afirmaciones de Gale, bastante inopinadas, puestas en boca de Jack Steel acerca de que España es un frente sin importancia en esa guerra. Algo sencillamente absurdo, pues es la sucesión a ese trono -que en esos momentos, le pese al cenizo reaccionario de turno que le pese, es una potencia más que considerable- la que provoca esa larga guerra que finaliza en 1714.

Así las cosas, parece que, aún sin haber leído las restantes novelas de la serie que están por llegar -al menos al mercado británico-, ya se puede afirmar, sin mucho temor a equivocarse, que con “Un  hombre de honor” nos encontramos ante un ejemplo -otro más- de cierto discurso histórico anglosajón en el cual se magnifican los hechos que atañen a esa comunidad y se arrinconan y degradan los que implican a los demás protagonistas legítimos de esos hechos históricos. En especial a los españoles, verdadera bestia negra que, según parece, todavía alienta en los terrores más informes de un inconsciente colectivo anglosajón, necesitado de destruir hasta la imagen histórica de ese viejo enemigo para, al parecer, poder dormir tranquilos, sin temor a -quién sabe- la llegada, por sorpresa, de una nueva armada esta vez sí verdaderamente invencible.

Así las cosas, parece evidente que la serie de novelas de Jack Steel ha venido a las librerías para reforzar la impresión entre los británicos de que su país ha dirigido la Historia mundial desde esas épocas, ya remotas para el gran público, que contra toda evidencia histórica -al menos en el caso de la Guerra de Sucesión- todo ha salido a favor suyo, que las demás potencias europeas no tenían la menor oportunidad y que, en fin, la Historia del Mundo gira en torno a esa pequeña isla emplazada en mitad del Mar del Norte.

Así las cosas, parece bastante ingenuo esperar que la serie de novelas de Jack Steel llegue siquiera a plantear a sus lectores que la Guerra de Sucesión fue, en realidad, una lucha por la hegemonía global entre la casa de Austria y la de Borbón que se desarrollará a lo largo de muchos sangrientos episodios durante todo el siglo XVIII. A saber, la Guerra de la Cuádruple Alianza en 1719, la de Sucesión austriaca en la década de los cuarenta, la de los Siete Años entre 1757 y 1763, y la de Independencia americana de 1776 a 1781, que, a su vez, se prolongarán durante las guerras revolucionarias y napoleónicas hasta 1815.

Un esquema en el que España, en contra de lo que suele ser habitual en este tipo de novelas -mal informadas o mal intencionadas, o ambas cosas a la vez-, juega un papel capital que, como es también habitual, jamás queda reflejado en esta Literatura completamente viciada por cierta Historiografía británica, henchida de arrogancia más que de verdadero conocimiento histórico, y la falta de respuesta que esas ínfulas encuentran entre sus principales perjudicados, indiferentes, como siempre desde los sombríos tiempos de Antonio Cánovas del Castillo, a esa campaña de desprestigio secular, o, peor, encantados de poder demostrar gracias a ella, una vez más, que España es un país sumido en la decadencia y el aislamiento internacional desde hace siglos. Una enfermiza maula salida no de los hechos históricos, sino de imaginaciones perversas y sin escrúpulo alguno que, como bien lo demostró el aludido Antonio Cánovas del Castillo, lo justifica todo. Y por “todo” ya sabemos a qué se suele referir ese sector del espectro político español…

En definitiva, lo que hay de malo en “Un hombre de honor” es que es otro de esos productos que, intencionadamente o no, se dedican a expandir la ignorancia histórica entre el público español con las mismas consecuencias que suele traer eso de jugar con fuego..

¿Don José Manuel Lara hijo, dueño del Grupo Planeta, aceptará algún día que se publique en su editorial una serie de novelas en las que, por fin, se expongan acontecimientos como la Guerra de Sucesión española tal y como fueron y no tal y como los anglosajones y sus fieles lacayos españoles los han querido imaginar a mayor conveniencia suya?.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero desde luego en la redacción de “La novela antihistórica” dudamos mucho que el dueño del Grupo Planeta, y los empleados que siguen fielmente sus instrucciones, vayan a permitir tal cosa.  Y es que somos bastante mal pensados -como mucho reeditarán a Alfonso Dánvila, lo cual no es, precisamente, una solución al problema- y nos da la impresión de que el aludido editor tiene otra clase de prioridades que la de hacer dinero con novelas históricas igual de eficaces que “Un hombre de honor” pero exactas y menos disfuncionales y peligrosas para el país en el que, al fin y al cabo, el señor Lara tiene la mayor parte de sus activos e inversiones.

De ser de otro modo, desde luego, su política de compra en el exterior y, sobre todo, en España sería muy distinta a la que nos tiene acostumbrados. Es decir, la que puede deducirse de su solícita publicación de novelas como “Un hombre de honor” o, sobre todo, “La gran cifra de París”, también publicada en esta misma colección “Militaria” con la pretensión -enteramente fallida desde el punto de vista de la fidelidad a los hechos históricos- de describir la Guerra de Independencia.

¿Qué es lo que se pretende con este arrojar piedras contra el propio tejado?. Una de dos, o los editores españoles como José Manuel Lara hijo no saben lo que se hacen, o lo saben demasiado bien y son perfectamente conscientes de la peligrosa trampa de pólvora que están cebando bajo nuestros pies, aunque quizás no de sus imprevisibles consecuencias. Puede que las dos cosas si hacemos caso a la increíble noticia sobre las conclusiones a las que llegaron las principales empresas culturales españolas reunidas en Madrid en diciembre de 2010 acerca de que proyectar una buena imagen-país, es fundamental para vender después otros productos en los mercados exteriores. Algo de lo que sólo han tardado treinta y cinco años en darse cuenta, crisis mundial mediante además.

¿Significará eso que Alfaguara, Ediciones B, Edhasa, el Grupo Planeta… dejarán de comprar novelas en las que España no pinta nada históricamente o es representada como el basurero de Europa a lo ancho y largo de diversas épocas?.

También lo dudamos mucho… Eso sí, cuando esa bomba cebada bajo nuestros pies por esa política editorial estalle, no se quejen, o háganlo en la ventanilla correcta. Encontrarán la dirección a la que elevar sus protestas por ver a España convertida en un Protectorado, o en algo peor, dentro de novelas como “Un hombre de honor”. En esas grandes oficinas se ha hecho lo imposible para que eso llegue a ocurrir. A las pruebas impresas nos remitimos.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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