Un cuento chino. “Los hijos del cielo” de Luis Miguel Ariza

De todas las obras que han pasado por estas páginas, la de Luis Miguel Ariza es, quizás, la peor de todas.

En efecto, “La novela antihistórica” en su, de momento, corta andadura ha analizado novelas como “El último Dickens” de Matthew Pearl o “El oro de Stonewall Jackson” de Robert J. Mrazek en las que había algún que otro defecto en la forma o en el fondo histórico sobre el que estaban construidas aunque, en conjunto, resultaban recomendables como novelas históricas. También las ha visto pésimas desde el punto de vista histórico y ni siquiera originales en su trama básica, caso, por ejemplo, de “El asedio” de Arturo Pérez-Reverte. Incluso ha considerado algunas muy poco satisfactorias, tanto desde el punto de vista histórico como desde el punto de vista simplemente literario. Como ocurría con “Robin Hood, el proscrito”.

 

Sin embargo “Los hijos del cielo” de Luis Miguel Ariza es un verdadero compendio de todos los defectos que se pueden encontrar en esas novelas y de ninguna de las virtudes que algunas de ellas tienen.

Supera, y con mucho, a “El asedio” que, hasta la fecha, era la peor de todas las que han sido criticadas en esta revista.

En el aspecto literario “Los hijos del cielo” está pésimamente escrita. La acción del relato, como suele ser habitual en muchas novelas, ha sido dividida en distintas tramas. Ese recurso que, se supone, es normalmente utilizado para evitar cansar al lector con un discurso demasiado lineal y mantener un suspense básico que le incite a seguir adelante, se convierte en “Los hijos del cielo” en una ceremonia de la confusión que, en lugar de despertar el interés de los lectores, sólo consigue desconcertarlos y, por lo tanto, obligarles a abandonar la lectura o a continuarla -como les ha ocurrido a estos sufridos críticos literarios- con un penoso esfuerzo que no sienta nada bien a novelas que pretenden venderse como “best-sellers”.

Así es, las tramas en las que se subdivide “Los hijos del cielo” parecen no ir a ninguna parte. La que traslada la acción al navío británico Mercury resulta casi absolutamente superflua, puesta ahí porque parece que al autor le ha gustado mucho “Master and commander” y no se resistía a no meter en su novela todos los tópicos de esa saga firmada por Patrick O´Brien llevados al cine por Peter Weir. Uno no sabe, en definitiva, qué pintan en esta historia esos marinos británicos enrolados por el Imperio chino en una expedición de castigo, de corte más bien fantástico, bastante inverosímil en cualquier caso, contra los piratas que infestan el mar entre Macao y Cantón.

Es algo que se confirma en las casi insoportables escenas finales de la novela, en las que el autor pretende hacer coincidir las tres historias que hasta ese momento ha ido alternando: la del huérfano Tomás que lleva en su cuerpo -siempre según Luis Miguel Ariza- la única vacuna viable de la viruela en esos momentos en Asia, y es, más o menos, el narrador principal de la novela en primera persona, la del periplo del Mercury persiguiendo a unos piratas que, alternativamente, aparecen como vapuleados por una potencia de fuego superior -se supone que la de los británicos a bordo del Mercury– y, sin embargo siempre reorganizados, casi incólumes, en otras partes de la novela, y, finalmente, la del doctor Xavier Balmis, que busca a Tomás -después de haberlo perdido en un ataque pirata- ayudado por un actor chino-filipino y los dos guardaespaldas que el emperador ha endosado a éste último, tanto para proteger su vida como para obligarle a volver a la Ciudad Imperial a rendir cuentas de la misión que le ha encargado.

En esas páginas, en las que todos esos personajes se encuentran, al fin, en un mismo lugar, el lector se ve, completamente indefenso, ante unas escenas que resultarían inverosímiles hasta sobre la pista de un circo. Escenario al que acaban pareciéndose bastante, teniendo en cuenta la inopinada irrupción en esa parte de la novela de la acrobática mujer pirata, Cheng-I-Sao -con una gran facilidad para desnudarse y mostrar sus evidentes encantos y que también debe mucho al mundo del cine, especialmente al de acción fabricado en China durante los últimos años-, y una multitud de cocodrilos -o caimanes, cosa que el autor, a pesar de ser biólogo, no parece tener claro en algunos momentos- dispuestos a devorar todo lo que se pone delante de ellos. Ya sea en el agua o, lo que ya resulta menos creíble, en tierra, donde en esa cadena de despropósitos que es “Los hijos del cielo”, esos reptiles suponen, en contra de toda evidencia científica, una amenaza tan letal y fulgurante como si estuviesen en su elemento natural.

El conjunto de esas escenas, que, se supone, deberían ser de acción, es sencillamente farragoso por la acumulación de situaciones poco creíbles y en las que los acontecimientos se llevan a sucesivos “tour de force” que después el autor se revela incapaz de resolver con brillantez, reduciéndolo todo a muchos tiros, muchos saltos, mucha sangre, mucho peligro… en fin, mucho de todo, sin intentar siquiera que esas acrobacias literarias encajen con cuestiones de pura lógica. Como, por ejemplo, la de que un barco de guerra europeo de comienzos del siglo XIX como el Mercury -y más aún sus tripulantes- no quedarían precisamente muy bien parados si se dedicasen a disparar todas sus baterías a la vez -cosa que hacen sin necesidad alguna si nos ceñimos al relato, a menos que su objetivo sea gastar pólvora y balas en balde- en una cueva como la que sirve de escenario a las rocambolescas escenas finales de “Los hijos del cielo”, llena de estalactitas que, evidentemente, sólo por la reverberación del sonido producido por esa serie de cañonazos concatenados, empezarían a desplomarse sobre todo lo que estaría bajo esa bóveda. Circunstancia que es obviada por el autor sin siquiera aludir a, por lo menos, la caída sobre la cubierta del Mercury de algunas esquirlas de esas concreciones calizas.

El lenguaje de algunas frases utilizadas por Luis Miguel Ariza para escribir esta pretendida novela histórica no ayuda, precisamente, a resolver una lectura ya de por sí bastante complicada por todas esas circunstancias. Hay numerosos ejemplos en esta novela que, realmente, hacen, como se suele decir, daño a la vista. Es el caso de oraciones como la que se puede leer -o intentar leer al menos- en la página 490 de “Los hijos del cielo”. En ella un primer sujeto de la frase, el actor chino-filipino Wang Lai-Mei -cuyo verdadero nombre es Víctor de La Cruz-, es reemplazado en esas funciones por Cheng-I-Sao, la mujer pirata, del modo más inopinado. El confuso resultado es el siguiente: “El actor se avergonzó al comprobar la oleada de calor que le llevaba a una excitación poco recomendable en esas circunstancias. Quizá se encontraba ante una enigmática sacerdotisa -el propio Víctor se había confesado ateo ante sus colegas-, pero lo cierto es que Cheng-I-Sao, a medida que acercaba más y más la ropa al morro del monstruo, rezó a la oscura deidad de Hui-chou para que aún perdurase el suficiente olor del elixir de Kuei en la ropa (…)”.

El uso que Luis Miguel Ariza hace de la Historia es casi tan malo como el que, como podemos ver por frases como esas, hace de la Gramática y del arte básico de la narrativa.

Y eso, el mal uso de la Historia, claro está, es lo que más interesa -y preocupa- a esta redacción.

La cadena de despropósitos históricos que contiene esta novela supuestamente histórica  es aún más abundante que la de meteduras de pata gramaticales y literarias.

Para empezar toda la trama de la novela se basa en una falacia. La expedición Balmis, en efecto, nunca pasó más allá de Macao y, así, todas las cada vez más rocambolescas e increíbles aventuras del doctor Balmis imaginado por Luis Miguel Ariza en unas quinientas plúmbeas páginas, apenas tienen ni el menor viso de realidad histórica.

Su autor, mostrando algo de buen criterio, no hace ni siquiera amago de justificarse por esto en las deslavazadas notas históricas que introduce al final de su obra. Hace bien, porque no hay manera posible de justificar su saqueo sistemático de la Historia de la expedición Balmis.

Lo que sigue a ese decidido plan de expolio de la Historia, como era de esperar -y de temer- roza sencillamente lo demencial y, todavía peor, confirma que cualquier pluma cargada de carencias pero cuyo dueño esté bien relacionado con los canales del actual poder literario en España, puede, hoy por hoy, publicar, prácticamente, lo que le dé la gana bajo el rótulo de “novela histórica”. Siempre y cuando su obra -por así llamarla- se amolde más o menos al canon literario -también por llamarlo de algún modo- obligatorio -según parece- en el mundo editorial español para ese género. Es decir, presentar la Historia de España como un auténtico bebedero de patos, como un pozo de lágrimas, fracasos y desesperación. Especialmente si la supuesta novela histórica está ambientada en la España del periodo de la Ilustración dieciochesca o la del comienzo de la Era de las Revoluciones. Esto es, a partir de la llamada Guerra de Independencia iniciada en 1808. Momentos históricos -como sabrá cualquier lector de los textos escolares del Franquismo- especialmente odiados por cierto sector muy caracterizado de la Derecha española que -a las pruebas nos remitimos- parece dictar prácticamente sin excepción qué tipo de novela histórica se puede publicar en España. Una evidentemente cortada a la medida de sus intereses políticos.

Los mismos a los que Luis Miguel Ariza se muestra inquebrantablemente fiel a lo largo de las quinientas pesadas páginas de “Los hijos del cielo”.

Así, lo primero que este autor tan bien mandado nos dice por boca de su narrador, Tomás, el huérfano que, supuestamente, servirá a su delirante versión de Xavier Balmis para vacunar -nada menos- que a la corte imperial china, es que “los políticos”, así, en general, sólo hablan con palabras vacías y están situados, más o menos, en la misma categoría humana que el narrador por el que habla la voz de Luis Miguel Ariza, define como “oportunistas”. Una confusa mezcla -la de “políticos” y oportunistas- que parece ser la culpable de que la tumba de Balmis haya sido tiznada con un insulto que el protagonista y narrador se propone borrar en cuanto termine su relato.

Las explicaciones a ese respecto que el personaje sólo da en las últimas líneas de la novela, y deprisa y corriendo, no hacen mucho por mejorar ese cuadro en el que la Política no parece ser el remedio a los numerosos males que acucian a una España que, según nos dice Luis Miguel Ariza, se “asoma al abismo de su decadencia”. En ellas Fernando VII aparece como el “monarca” que manda a su regreso a España -el autor no tiene a bien ser más preciso- “fusilar a los liberales y a los que juraron la Constitución”, aparte de extender “el odio entre muchas gentes del pueblo”. Único motivo que debería explicar para el cada vez más aturdido lector, el hecho de que alguna “sabandija” -en las propias palabras del autor de “Los hijos del cielo”- haya escrito la palabra “traidor” en la tumba de Balmis…

Con esa confusa faena de aliño se despide la novela de Luis Miguel Ariza, que deja al lector sin más referencias que este tipo de Literatura, persuadido de que la Historia de su país es un verdadero desastre, una sucesión de malos reyes, de liberales -salidos de la Nada- fusilados por jurar una Constitución -también de origen extraterrestre por lo que se ve- y de malos políticos y oportunistas que, al final, entre todos ellos, parecen haber hecho que alguien -a estas alturas ya es bastante difícil saber quién, aparte de que es una sabandija- haya llamado “traidor” a Balmis sin qué se sepa bien tampoco la razón por la que dice eso de un gran hombre -en opinión de Tomás el huérfano- que, además resulta haber llevado a cabo una indeleble hazaña para la Historia de la Medicina. Por si no lo sabían. Cosa que no sería de extrañar teniendo en cuenta que Luis Miguel Ariza se olvida siempre de mencionar ese detalle a lo largo de las más de quinientas páginas que dura su novela. Así, hasta que en las últimas líneas de ella deja caer, más bien con desgana, ese hecho que, a decir verdad, debería haber sido el eje central de su novela.

Un olvido, o error deliberado, que, por otra parte, no es de extrañar. Pues, en general, el autor de “Los hijos del cielo” parece demasiado ocupado en cantar las maravillas de los británicos que ocupan -más bien por qué sí- gran parte de esos centenares de confusas páginas. Descritos, por cierto, de acuerdo al canon habitual en la mezquina novelística “histórica” española.

Es decir, como una especie de  superhombres nórdicos que, entre otros grandes logros, controlan la voluntad de los chinos con una superior tecnología militar que sólo ellos parecen poseer -como ocurre con las carronadas y la munición de palanqueta-, son los únicos -también según parece- en disponer de factorías en Cantón -los españoles, en palabras de Ariza, sólo tienen allí una simple oficina- y toda otra serie de hazañas que culminan en el hecho de que los capitanes de la Royal Navy -al menos los que aparecen en las novelas de Luis Miguel Ariza- se visten con el uniforme del color que a ellos les da la gana. Rojo en este caso, en lugar del azul que hasta ahora es el único documentado para todas las Marinas de Guerra de las principales potencias europeas de la época (España, Francia, Gran Bretaña…). Eso por no decir nada de que algunos de ellos, como el Austin Cox que protagoniza  gran parte de “Los hijos del cielo”, prefieren cañonear piratas chinos y despreciar a las razas que a ellos les parecen, de oficio, inferiores -la española incluida, por supuesto-, antes que llevar una regalada vida en el Almirantazgo o en el Parlamento. Como en realidad habría correspondido al nieto del tercer conde de Essex que dice ser este personaje que se vuelve más y más inverosímil a medida que el autor de “Los hijos del cielo” nos lo va describiendo…

Todo esto, en cualquier caso, perfectos ejemplos de la colección de absurdos históricos con los que Luis Miguel Ariza ha adornado su novela sin que -según todos los indicios- le preocupe lo más mínimo que sus lectores saquen una impresión equivocada, hasta lo patológico, de su propia Historia.

En efecto, la verdadera situación del Asia de 1805 que pretende dibujar el autor de “Los hijos del cielo” no puede estar más alejada de la realidad. Los británicos, en contra de lo que su cine y la mala Literatura se han empeñado en contarnos, distan mucho de ser los únicos europeos a los que se respeta y se teme en la China y el Pacífico de la época. De hecho, si Luis Miguel Ariza se hubiese quitado sus anteojeras ideológicas para leer libros como “La ruta española a China” o “Gobernar colonias” del profesor J. M Fradera -obra a la que ya hicimos mención en el número 2 de esta revista-, se habría enterado de un par de cosas al respecto, que es lo mínimo que se puede exigir a alguien que pretende escribir una novela histórica, o algo que intenta parecérsele, ambientada en ese lugar y época.

En efecto, en esas páginas  podría haber sabido que los españoles están tanto o más implicados que los británicos en el tráfico de opio, o que la Royal Navy, el gobierno de Su Graciosa Majestad Británica y su compañía de las Indias Orientales actuaban todos a una en tan sucio asunto como el del tráfico del opio y no a la greña, como pretende hacernos creer el autor de “Los hijos del cielo” mediante situaciones cada vez más inverosímiles. Como la que enfrenta al capitán Austin Cox con Samuel Pritchard, agente secreto, para terminar de hacerlo aún más increíble, de la compañía británica de las Indias Orientales. Personaje y circunstancias que Ariza parece haber imitado, con muy poca fortuna, a partir de la trama de un libro al menos interesante como “El diccionario de Lemprière” de Lawrence Norfolk.

También, si se hubiese tomado la molestia de documentarse correctamente -más allá de aprender algunas palabras en chino para dar exotismo a su novela-, podría haber indagado, al menos en internet, sobre las iniciativas culturales puestas en marcha a lo largo de todo el año 2009 -uno entero, por tanto, antes de que su novela fuera publicada- en torno a la presencia de los españoles en Asia en esa época. Quizás así habría descubierto -quién sabe si con provecho- la exposición organizada por el Museo Naval de San Sebastián en la que se exhibían parte de los “diarios” del navegante getariarra Manuel de Agote y Bonechea, factor de la Real Compañía de Filipinas en Cantón. En uno de ellos, sólo para empezar, podría haber contemplado un hermoso plano de la factoría española en ese puerto. Una que se parece muy poco a una simple oficina y, de hecho, no tenía mucho que envidiar a la británica…

Personaje este Manuel de Agote y Bonechea, por cierto, al cabo de la calle, en todo lo que tenía que ver con el tráfico de opio en Asia en esas fechas, y al que los británicos adulan constantemente porque disponía de dos elementos temibles: el respaldo de una flota de guerra aún incólume y que en esos momentos -los años de 1779 a 1797- mantiene a raya a la británica -mucho más, por supuesto, a la de imperios como el chino, éste sí, verdaderamente asomado al abismo de su propia decadencia- y, sobre todo, plata de alta calidad procedente de las colonias americanas. Factor este último que, aún después de la independencia de esos territorios, convierte a los agentes comerciales españoles en la zona en interlocutores privilegiados para las compañías británicas, como lo deja bien claro el “Gobernar colonias” del profesor Fradera…

Esta es, pues, la calidad como novela histórica de “Los hijos del cielo”.

A qué se debe que un grupo de prensa supuestamente progresista como PRISA haya dado cobijo al autor de semejante matraca de corte fascistoide en sus páginas, y en sus nóminas, es un misterio que queda por resolver junto con el de la causa por la que el mismo grupo editorial no ha podido publicar una sola novela histórica -en 35 años de democracia- que no se parezca sospechosamente a los contenidos de la “Enciclopedia Álvarez” que tantas mentes en edad escolar aniquiló durante la dictadura franquista.

“Los hijos del cielo”, en cualquier caso, es una novela que, por supuesto, no les recomendamos leer. Si quieren saber algo sobre la China de esa época quizás sacarán más provecho de contemplar imágenes como las que, procedentes de una amable colección particular, ilustran esta edición de “La novela antihistórica”. La primera del pérfido personaje de Sax Rohmer, Fu-Manchú, utilizado ahí como reclamo publicitario por un comerciante de especias español del siglo pasado, la segunda de un fumadero de opio chino tal y como aparecía reflejado en la prensa del Segundo Imperio francés que, en 1861, ha invadido por primera vez la Ciudad Prohibida china con su ejército y la tercera mostrando un detalle de un navío británico del año 1815, el Northumberland -que tendrá el raro honor de llevar a Napoleón a su exilio en Santa Elena- con sus carronadas correctamente colocadas en el castillo de popa y no en cualquier lado. Como deberían haber estado de acuerdo a la desbocada imaginación del señor Congreve al que Luis Miguel Ariza da crédito en su novela sin ser consciente -por lo que se ve- de que muchos de sus inventos bélicos fallaron -como es el caso de sus famosos cohetes- o fueron finalmente utilizados de acuerdo a un plan mucho más discreto que el que su autor había proyectado…

Si esperan algo mejor de la otra única novela que el mundo editorial español  ha autorizado a publicar sobre la expedición Balmis, “Ángeles custodios” de Almudena de Arteaga, contengan el gesto de llevarse la mano a la cartera hasta haber leído el próximo número de esta revista que estará dedicado, precisamente, a esa obra.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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2 respuestas a Un cuento chino. “Los hijos del cielo” de Luis Miguel Ariza

  1. Philippe dijo:

    ¡Pero qué esperabais de un perroflauta que escribe en el País!

    Demoledora la crtítica jajajaja menudo sopapo al señor Ariza

    • Estimado Philippe, aprobado queda su comentario. Discrepo, eso sí, con la definición de “perroflauta que escribe en “El País””. Dista bastante Ariza de ser un perroflauta. Yo diría que es más bien lo contrario. Los Ariza son gente de eso que llaman “buena familia”. Toda una dinastía de periodistas que está esparcida por medios tan distintos y distantes como TVE, Intereconomía y el Grupo Prisa. En todos ellos, por desgracia, se oyen opiniones como las sostenidas en “Los hijos del Cielo”.
      Por lo demás, gracias por la apreciación de la crítica que, más que demoledora, ha pretendido ser justa. La novela “Hijos del Cielo” es pésima. Es difícil decir algo bueno sobre ella. Sobre todo cuando convierte la Historia de la expedición Balmís justo en lo contrario de aquello que fue. Sólo cabe desear que en una próxima reencarnación su autor nazca en Inglaterra o en Francia para que compruebe en carne propia lo fácil que es publicar allí novelas del pelaje de “Los hijos del Cielo” sobre Cook, Cartier, Champollion o similares.
      Deberíamos reflexionar -sobre todo en la sección de personal de “El País”- sobre las consecuencias de alimentar semejantes visiones enfermizas de nuestro pasado que ahora nos están pasando factura con cada subasta de deuda soberana -esa cosa tan seria- y cada vez que en Bruselas se menciona la palabra “rescate”. ¿Cómo no va a necesitar rescate un país que fracasó hasta cuando triunfó al decir de supuestos escritores de supuestas novelas históricas como Ariza?. Así nos va, no hay que buscar mucho más lejos para encontrar la raíz del problema. ¿Darán marcha atrás los valedores de escritores como Ariza?. Deberían, porque cuando no se es parte de la solución se es parte del problema. Y, por tanto, se es responsable de él. Con todas las consecuencias.

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