Robar a los lectores para dárselo a los editores… Algunas observaciones sobre “Robin Hood, el proscrito” de Angus Donald

La novela -se supone que histórica- que va a ocupar las páginas de nuestra revista este mes, tiene como tema principal a un personaje de leyenda: Robin Hood. La firma el antropólogo escocés -como delata su propio nombre y apellido- Angus Donald. En España la edita Edhasa dentro de la colección “Narrativas históricas” que tan buenos resultados le está produciendo desde hace años.

Para criticarla con el debido oficio, comenzaremos por comentar los aspectos buenos de “Robin Hood, el proscrito”.

Con ella ocurre lo mismo que ocurría con “El oro de Stonewall Jackson” de Robert J. Mrazek, la novela de la que tuvimos ocasión de hablar en el número anterior de esta revista. Que está llena de guiños a los lectores de este género de novela que han hecho sus primeras armas durante la época que algunos entusiastas han llamado “la verdadera patria de un hombre“, es decir, la Infancia. De hecho, Angus Donald, que ahora anda por la mitad de sus cuarenta años, reconoce en la nota histórica que se añade al final de su libro -y de la que nos ocuparemos más tarde-, que esta novela -la primera de una serie con los mismos personajes y tema-, tiene alguna que otra deuda con “las películas y programas de televisión” que él vio en su época de adolescente.

Deudas que, aunque Angus Donald no lo reconozca, no se limitan a esas películas y programas de televisión sino, evidentemente, al contenido de la infinidad de obras literarias que, desde el siglo XV en adelante, han utilizado como argumento a Robin Hood, su eterna novia y su alegre banda. Escritas por grandes plumas como Walter Scott o Alejandro Dumas. O por autores menores, pero no con menos empuje que esas vacas sagradas de la Literatura, como ocurre en el caso del genial ilustrador Howard Pyle, y entre los que podríamos incluir también a algunos autores españoles como Mariano Hispano, cuyo “Robin Hood” la editorial Molino lleva publicando varios años … casi desde las mismas fechas en las que Angus Donald era, o empezaba a ser, un adolescente…

Deudas, en fin, que se hacen muy patentes en la aparición de ciertos elementos y personajes en las páginas de este nuevo “Robin Hood”. Caso, por ejemplo, de las cuevas de Sherwood, el refugio ultrasecreto de aquel popular salteador de caminos vestido de verde, excavado por duendes según nos dice el narrador de la saga iniciada por Angus Donald -el, para esos momentos, provecto cincuentón Alan Dale-, o la propia presencia de esos seres en la trama de “Robin Hood, el proscrito”, personificados en Ket y su hermano Hob, que no son exactamente duendes pero lo parecen.

Así las cosas, la novela de Angus Donald toca, qué duda cabe, fibras entrañables para todos los que se han familiarizado, desde sus primeros pasos como lectores en serio, con la figura de Robin Hood.

De hecho, se nota que la mayor parte de las páginas de “Robin Hood, el proscrito” han sido escritas por la mano de un antiguo lector que conoce bastante bien todo lo que tenga relación con el personaje. Uno que no se ha interesado por él sólo en el momento en el que se decidió a escribir el “best-seller” de turno.

No puede negarse, desde luego, la habilidad con la que Angus Donald hace verosímiles sus “tour de force” con respecto al personaje clásico -por así llamarlo- de Robin Hood y sus circunstancias también clásicas. Es lo que puede verse, por ejemplo, con el modo en el que el autor de “Robin Hood, el proscrito” maneja y transforma la famosa escena de la pelea entre el fraile Tuck y el propio Robin, que acaba con éste en el agua, o la también famosa escena, imprescindible ya en todo lo que tiene que ver con Robin Hood, en la que el bandido de Sherwood se enfrenta con “Little John” peleando con barras sobre un curso de agua en el que también acaban remojándose esos personajes.

En uno y otro caso, Angus Donald ha transformado sutilmente esos episodios canónicos de la historia de Robin Hood para crear un personaje nuevo y, hasta cierto punto bastante verosímil, a partir de ellos.

Así, la pelea con Tuck, es la de un joven noble de origen normando -no sajón, como es habitual en los relatos que han precedido al de Angus Donald-, que odia a la Iglesia a causa de los malos tratos que recibe de un preceptor fanático que acabará sus días de una forma verdaderamente horrible a manos de este nuevo Robin Hood de ojos helados y grises. Lo mismo ocurre con la pelea con el inevitable “Pequeño Juan”, fiel segundo de Robert de Locksley. En el “Robin Hood” de Angus Donald la pelea entre proscritos por el derecho de paso sobre un río, se convierte en el entrenamiento para la lucha de un joven barón normando, Robert Odo, futuro Robin Hood, entrenado por un maestro de armas, John Nailor, que nueve de cada diez veces, más o menos, lo tira desde el puente levadizo al foso del castillo familiar mientras lo prepara en esa clase de lucha, rústica para el gusto del padre de Robin, pero eficaz en la docta opinión de John Nailor para alguien que, como ocurre con el hijo de su amo, debe dominar el oficio de las armas…

Para hacer esa transformación -o la de Guy de Gisborne, el archienemigo del Robin que podríamos llamar “clásico” en un traidor a la banda de Sherwood de origen claramente sajón-, sin que las cosas chirríen demasiado a los ojos de los seguidores de Robin Hood y sus aventuras, se necesita, en efecto, la mano hábil de alguien que conoce muy bien al personaje.

Sin embargo, y ya dejando aparte esos elogios a la habilidad literaria del autor de “Robin Hood, el proscrito”, ¿es verosímil desde el punto de vista histórico esa nueva versión del personaje dibujada en más de cuatrocientas páginas por Angus Donald?. Naturalmente la redacción de “La novela antihistórica” no tiene más remedio que preguntárselo. Al fin y al cabo, no es ningún secreto que esa es nuestra razón de ser.

Lo honesto, como críticos literarios, es responder que, en principio, sí, que el “Robin Hood” de Angus Donald es verosímil históricamente, que hay pocas cosas que no sean plausibles en él desde el punto de vista histórico. Incluso a pesar de que Angus Donald da, por así decir, la vuelta al personaje, convirtiéndolo del habitual oprimido y derrotado guerrero de ascendencia sajona, en descendiente del obispo Odo, de, en fin, uno de los odiados linajes normandos que acompañan a Guillermo el conquistador en la expedición de 1066 que acaba con el dominio sajón sobre lo que en el futuro será la mayor parte de la actual Inglaterra.

La novela sigue siendo históricamente verosímil también a pesar o, precisamente, gracias a que Angus Donald en lugar de mantener el carácter más menos “democrático” del mito literario -el ladrón que roba a los ricos para dárselo a los pobres, el que capitanea muy informal e igualitariamente una banda de alegres compañeros…-, hace de él un casi perfecto señor feudal del siglo XII, al que sólo le falta salir de la lista de proscritos del reino para retomar el puesto y los poderes que le otorgaban, en una sociedad como la inglesa de esa época, su nacimiento dentro de la casta de la nobleza normanda. Tal y como se puede deducir de la organización social paralela, al margen de la ley, que Robert Odo ha puesto en marcha, sustituyendo al poder oficial, tratando de enmendar al mismo tiempo sus errores, pero sin cuestionarse, en lo básico, ese orden social, actuando, de hecho, como un señor feudal más, que recibe diezmos y tributos y exige las lealtades habituales en ese sistema entre vasallos y señores que ofrecen protección armada contra los numerosos problemas que engendraban sociedades con estados aún poco consolidados, como lo son las europeas de aquella época.

Hay incluso agradables sorpresas a ese respecto en las páginas de “Robin Hood el proscrito”. Por ejemplo en aquellas en las que, en contra de lo que suele ser habitual esperar del indocumentado chauvinismo de los escritores de “best-sellers” anglosajones, el autor de “Robin Hood, el proscrito” reconoce que las manufacturas de armas españolas son las de mayor calidad. Siempre es, sin duda, agradable descubrir que, al contrario de lo que suele ser normal en este tipo de novelas, nuestro país no aparece reflejado en él como una tierra exótica, fuera de Europa, poblada por salvajes comedores de ajo que aún están, más o menos, en la Edad de Piedra, mientras en Inglaterra ya han alcanzado un estadio de evolución política, económica y social similar al que disfrutaba ese país antes de la contrarrevolución perpetrada a principios de los ochenta del siglo pasado por Margaret Thatcher.

De hecho, la novela de Angus Donald muestra un más que pasable conocimiento de aspectos muy hermosos de la cultura medieval y sabe, una vez más, explotarlos con acierto. Así ocurre, por ejemplo, con sus alusiones a la música trovadoresca ejecutada en diversas ocasiones por distintos personajes de la novela como Robin, Marian de Locksley, por supuesto, el propio Alan Dale, que según el canon que se ha ido formando y deformando desde el siglo XII en adelante, fue el cantor de las hazañas de Robin Hood, y su maestro, Bernard de Sézanne, prototipo del trovador errante y enfermo de una clase de amor que se corresponde enteramente con los cánones del llamado “cortés”en la época en la que transcurre la novela, pero que Angus Donald no cae en el error de considerar exento de relaciones sexuales completas y explícitas.

Esos personajes y sus circunstancias encajan perfectamente en los parámetros del siglo XII en los que el autor escocés pretende ambientar su novela.

Como lo hacen también otras escenas de gran calidad histórica. Caso, por ejemplo, del incidente en la ciudad de Nottingham descrito al principio de la novela. El que acabará con Alan Dale colocado en la incómoda posición de huido de la justicia que no tiene más remedio que acabar uniéndose al séquito parafeudal de Robert Odo, señor de Sherwood. Nos referimos a las páginas en las que los hombres de sir Ralph Murdac, sheriff de esa jurisdicción que comprende también a los bosques de Sherwood y Barnsdale, lo capturan tras descubrirlo robando una empanada. En ese punto la novela alcanza niveles magistrales, en especial por lo que respecta a la caracterización de sir Ralph Murdac, vestido con caras ropas de color negro -algo que pocos se pueden permitir en la época y es, aún en el siglo XV, un signo de alto rango y distinción social, como se deduce de las pinturas españolas, francesas o borgoñonas de esas fechas-, peinado con el corte de pelo semiesférico característico de los hombres elegantes de esa época y de prácticamente los dos siglos posteriores, impostado en su papel de justicia del rey legítimo, aderezado con un suave perfume de lavanda, despreciando los objetos materiales, como corresponde a un caballero que no se preocupa del coste de cosas que jamás ha fabricado o visto fabricar…
Lo mismo puede decirse de algunas de las escenas de combate iniciales. Quizás en ellas muestra Angus Donald algo menos de soltura, pero no por ello deja de resultar básicamente verosímil el desarrollo de las tácticas empleadas en el primer enfrentamiento entre el séquito de Robin Hood y el conroi de Caballería normanda al servicio de sir Ralph.

Sin embargo, más allá de estos y otros detalles, la calidad histórica de lo que podemos leer en las páginas de “Robin Hood, el proscrito” resulta, en conjunto, cuando menos dudosa.
En efecto, la existencia de ritos páganos firmemente desarrollados en la Inglaterra de la época, es el primer terreno pantanoso -hablando desde el punto de vista histórico- en el que se mete, con muy poco éxito, la novela de Angus Donald.

Para empezar los rituales paganos que se describen en “Robin Hood, el proscrito” tienen bastante que ver con las caducas -y hace tiempo defenestradas científicamente- teorías de Margaret A. Murray, según las cuales la Brujería perseguida en Europa -hecha la excepción de España desde 1610- a lo largo de los siglos XVI y XVII, sería, en realidad, el vestigio de cultos paganos de corte matriarcal muy similares a los que describe Angus Donald en su novela mezclándolos, de manera bastante alegre, con el culto al dios celta Cernunnos en un estilo que recuerda, más que a verdaderos rituales paganos que hayan podido sobrevivir en la Inglaterra del siglo XII, al extraordinariamente popular -en la Inglaterra actual, al menos- culto “wiccan”, en el que se confunden Paganismo, Brujería de la Europa de la Edad Moderna, “New Age” y algunas desorientadas teorías feministas.

Las excusas de Angus Donald a ese respecto en la “Nota histórica” que acompaña el final de esta primera novela de su serie sobre este renovado Robin Hood, no hacen nada por mejorar el panorama que ha plasmado varias veces en las páginas de “Robin Hood, el proscrito”. Afirma en esa “Nota” que, en efecto, él ha decidido incluir en la novela esa cuestión a pesar de que la mayoría de los historiadores aseguran que no hay supervivencias de Paganismo en Inglaterra en el siglo XII… Una afirmación que resulta cuando menos alarmante sobre el método que ha seguido Angus Donald para documentar su novela y también sobre el grado de atención que prestó en sus clases para obtener la Licenciatura.
En efecto, categóricas palabras como esas acerca de la imposible supervivencia del Paganismo en la Europa del siglo XII, sólo pueden ser puestas en boca de quien nada sabe sobre los trabajos de uno de los más prestigiosos historiadores de la Brujería europea, el profesor italiano Carlo Ginzburg. Parece evidente, en efecto, que Angus Donald no ha leído, ni sabe nada acerca del estudio que este historiador dedicó a los llamados “Benandanti”, fratria de paganos que había logrado sobrevivir en áreas rurales de la Italia del Norte hasta bien entrado el siglo XVII… Supervivencia que, por otra parte y como recuerda el profesor Ginzburg, no se limita únicamente a esa zona de Europa, habiendo detectado él casos muy similares en Livonia.

De hecho, Angus Donald podría haber sostenido con más autoridad sus argumentos si hubiese profundizado algo en investigaciones como las del profesor Christopher Hill, que recogía indicios bastante razonables de casos similares a los “Benandanti” en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XVII en su magnífico trabajo “El mundo trastornado”, dedicado al estudio de las ideologías religiosas que sirven de fondo a las guerras civiles inglesas de esas fechas. Obra de la que, según todos los indicios, nada debe saber Angus Donald. Como tampoco parece saber nada del “Religion and the decline of magic. Studies in popular beliefs in sixteenth and seventeenth century England” de Keith Thomas, que abunda aún más sobre ese tema, como deja bien claro su título; o siquiera del más convencional “Reason, religion and ridicule. The age of enlightement in England 1660-1750”, escrito por un antiguo ministro “tory”, que, publicado en 1996, explicaba un par de cosas sobre la supervivencia supersticiosa de viejas creencias, no ya en la Inglaterra medieval sino en la de la Ilustración …

Al margen del mayor o menor grado de realismo en la descripción de unos cultos paganos que -desde el punto de vista de la Historia- podrían estar menos extinguidos de lo que incautamente afirma Angus Donald, hay, por supuesto, otros errores de fondo histórico que hacen esta novela poco recomendable.

Es el caso, por ejemplo, de la delirante batalla final que preside el enfrentamiento entre Robin Hood y el sheriff Murdac, en la que se mezclan proscritos, tropas mercenarias traídas de Flandes con instrumentos tan modernos como ballestas, una carga a lo berserk de un tumultuoso grupo de paganos dirigidos por la sacerdotisa Brigid que, nada menos que a bastonazos, consigue hender una casi perfecta formación militar y un plato final verdaderamente incomestible. Ese en el que el proscrito Robert Odo es salvado del cerco de sir Ralph Murdac mediante una carga de caballeros -templarios para más señas- más digna de figurar en la saga de “El señor de los anillos” que en una novela que aspira al adjetivo de “histórica”.

Un digno final, por otra parte, para algo que, de hecho, había comenzado muy mal.
En efecto, lo más hiriente, históricamente hablando, de “Robin Hood, el proscrito”, es el punto de partida no sólo de la novela, sino de la serie completa.

Nos referimos a la afirmación de Alan Dale en las primera páginas de la obra de Angus Donald acerca de que Robert Odo será, en último término, “el gran señor que llevó al rey de Inglaterra a una mesa en Runnymede y le obligó a someterse a la voluntad de las gentes del país” …

Se trata de una frase que, por sí sola, basta ya para condenar toda aspiración al título de “histórica” para una novela como “Robin Hood, el proscrito”. De ella se deduce que ese escalofriante, y a la vez admirable, Robert Odo que Alan Dale se dispone a describir, sería uno de los fundadores de la democracia moderna que, una vez más -cómo no-, sería exclusivamente de origen anglosajón. Se repite así, en pleno siglo XXI, la falacia histórica con la que los británicos de finales del XIX y principios del XX alimentaron su complejo de superioridad y, de rechazo, el de inferioridad del resto de europeos al otro lado del Canal.
Lo que en realidad ocurrió en Runnymede, como ya lo han explicado diversos historiadores -incluidos los de nacionalidad británica, que conocen, a la perfección, las obligaciones y métodos de nuestro oficio-, fue que los barones normandos obligaron al rey Juan sin Tierra a firmar una serie de garantías legales -por ejemplo la de no ser detenido sin motivo justificado, el famoso y hoy aún tan traído y llevado habeas corpus- que se aplicarían, exclusivamente, a su selecta casta. En absoluto a esas “gentes del país” de las que tan alegremente habla Angus Donald por boca de su imaginario Alan Dale…

Esa marcha desde las tiranías feudales hasta las actuales sociedades de derechos -al menos en teoría- universales, fue un largo camino que pasa a través de cerca de seis siglos y culmina en la revolución francesa -no inglesa- de 1789. Una larga travesía que está salpicada de muchos hitos entre los que Runnymede sería, en el mejor de los casos, uno más y no precisamente, como acabamos de ver, el mejor de los ejemplos.

Puestos a buscar demócratas avant la lettre de época medieval, quizás sería más adecuado olvidarnos de una figura mítica como Robin Hood y traer a colación a los hombres de verdad, de carne y hueso que, arriesgando una y otro, convocaron las Juntas Generales de las villas de Guipúzcoa en el año 1397, en Guetaria, para poner coto a desmanes como los que perpetran personajes tan reales como sir Ralph Murdac o imaginados como ese Robert Odo salido de las manos de un novelista que, pretendiendo crear un relato original a partir de una fuente hasta cierto punto manida, se pierde en una selva para él demasiado densa y oscura. Los lectores interesados en el tema, podrían aprender algo a ese respecto en cierto relato histórico corto publicado en una de nuestras webs asociadas, “Chronicae Guetariae”, en la que uno de nuestros fieles amigos y colaboradores -el autor de “Alcolea”, de la que ya pudieron disfrutar los lectores en nuestro primer número-, se dedica a hacer aquello que, evidentemente, editoriales supuestamente serias como Edhasa, parecen ser incapaces de hacer -es decir, difundir conocimientos históricos sólidos por medio de relatos novelados-, contentas, por el contrario y por lo que se ve, con mantener nuestros niveles de conocimiento histórico sobre la Edad Media en el que se encontraban cuando las pastillas de chocolate francesas traían imágenes como las que -amablemente cedidas por un coleccionista particular- han ayudado a dar algo de color a este número de “La novela antihistórica”.

Con esto damos así por concluida esta cuarta entrega de nuestra revista, recomendando, evidentemente, que no se gaste un sólo euro en la compra de “Robin Hood, el proscrito”.
Menos aún cuando existen relatos como “La muerte de Fortún de Aguirre” que se pueden obtener de manera enteramente gratuita. De ellos, sacarán los potenciales lectores de “Robin Hood, el proscrito” mucho más provecho. Tanto económico, como en lo que se refiere a mejorar su estado de desorientación histórica.

El mismo con el que se han hecho millonarios editores que, como se trasluce en la publicación en castellano de obras como “Robin Hood, el proscrito”, parecen no tener otro horizonte empresarial salvo el de servir, a cambio de unos cuantos siclos de plata, a las editoriales anglosajonas y su revenida y blimpeana manera de ver el Mundo. Una actitud inculta y snob hasta rayar el ridículo más absoluto, impropia de quien se da el título de editor, que, a poco que continúe, no tendrá, precisamente, muy buenas consecuencias para nosotros, los que vivimos al Sur-Suroeste del Canal de La Mancha. Aunque advertencias como éstas sean desdeñadas de un modo verdaderamente irresponsable en despachos como aquellos en los que se decidió traducir al castellano y comprar -¿quizás con genuflexión incluida ante un ídolo de Teddy Roosevelt?- “Robin Hood, el proscrito”…

 

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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