Un saldo interesante. “El oro de Stonewall Jackson”

La novela de la que nos vamos a ocupar este mes es, en efecto, un saldo. No hace muchos meses era posible verla en las mesas de saldos, tan sobrecargadas últimamente, de establecimientos como El Corte Inglés en sus sedes de grandes ciudades como Sevilla o Madrid.

Aún así, a pesar de estar en esa posición algo desmejorada, lejos del Olimpo de los best-sellers, la novela de  Robert J. Mrazek “El oro de Stonewall Jackson”, sigue resultando atractiva. De hecho, muy atractiva. Para empezar, hay que señalar que la portada es todo un acierto por el que habrá que felicitar al departamento de diseño de Editorial Planeta, que es la que se ha encargado de que esta novela corta se haya traducido y distribuido en el mercado de habla española.

El aficionado al genero de novela histórica se sentirá atraído hacia ella casi automáticamente. O incluso el del “Western” que muchas veces es una y la misma persona. Puede que incluso entre los seguidores de Faulkner -que también muchas veces son los mismos que degustan novelas históricas y “Western”- consiga alguna mirada más bien atenta hacia ese grabado que representa toda la parafernalia de una guerra tan mitificada como la de Secesión americana. Una circunstancia favorable que Planeta, por supuesto, no ha dejado pasar por alto, dotando a “El oro de Stonewall Jackson” de un subtítulo de lo más oportuno para hacer mella en los interesados: Una novela de la guerra de Secesión. Uno que, también por supuesto, no aparece por ningún lado en la edición original en inglés, que se conformaba con un lacónico “Stonewall´s Gold”. Es decir, poco más o menos, “El oro de Stonewall Jackson” que se ha respetado, cosa rara, en la traducción al español que en el año 2007 realizó Planeta apenas se hubo publicado esta novela en unos Estados más Unidos que los de la Guerra de Secesión.

Pasada esta portada tan bien cuidada, como vemos, en todos sus detalles, el lector encontrará que no se ha engañado al comprar “El oro de Stonewall Jackson”.

En efecto, la lectura de esta novela es verdaderamente magnética. Sus 243 páginas saben a poco. Se disuelven en las manos del lector en demasiados pocos días. Y es que, según todo parece indicar, “El oro de Stonewall Jackson” es una novela escrita por alguien que disfruta con la lectura para dedicarla a los que también disfrutan con la lectura.

Todos los que han aprendido a leer como un entretenimiento y no como una obligación con la mejor de las novelas escritas para ese fin, “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson, volverán a encontrarse en “El oro de Stonewall Jackson” con una hábil reinterpretación de esas páginas que, en su día, tuvieron en sus manos dejando también, seguramente, la impresión de haber pasado entre ellas demasiado deprisa. Entrarán así, de nuevo, gracias a la novela de Robert J. Mrazek, en esa misma historia, la de Jim Hawkins, el caballero Trelawney, Long John Silver o Israel Hands que todos, en el fondo, siempre quisimos que no acabase nunca.

Sólo por eso “El oro de Stonewall Jackson” gusta. Cae simpática desde el principio. Y se siguen con complicidad los abundantes guiños del diputado Mrazek a la novela de Stevenson. Guiños que empiezan desde prácticamente las primeras páginas de “El oro de Stonewall Jackson”, cuando descubrimos que el protagonista habla en primera persona de los acontecimientos que va a narrar. Casi en el mismo tono, incluso con el mismo ritmo, que el autor de “La isla del tesoro” imprimió a la voz de Jim Hawkins. Un personaje con el que el principal protagonista de “El oro de Stonewall Jackson” comparte, además, el mismo nombre: James, o Jamie, que, como sabemos, es lo mismo que Jim.

Parecido con el personaje de Stevenson que no acaba, por supuesto, ahí. Las primeras escenas de la novela de Mrazek nos llevan otra vez, en efecto, al conocido territorio de  “La isla del tesoro”. En ellas aparece un misterioso, y repelente, por muchas razones, extraño, con aspecto de haber desertado de lo poco que queda ya, en aquel crudo invierno de 1864-1865, del ejército de la Confederación, que llega hasta una pequeña población en la que una madre sin marido se dedica al negocio de alquilar alojamientos para poder sobrevivir…

Todo ello, como vemos, muy similar, demasiado para no ser deliberado, a las primera páginas en las que otro misterioso extraño, Billy Bones, igual de repelente y vicioso que el cabo Blewitt de Mrazek, desertor esta vez de la tripulación de Flint -grupo humano con muchos elementos en común con un ejército a punto de ser derrotado, como el sudista- aparece salido casi de la nada, de entre las brumas del pasado, para alojarse en una posada, “El almirante Benbow”, regentada por una mujer sin marido visible a la que sólo acompaña un voluntarioso hijo conocido por Jim Hawkins.

Los paralelismos de la novela de Robert J. Mrazek con la obra de Stevenson no se detienen tampoco ahí. El doctor Cassidy, tutor accidental de James Lockhart, tiene, evidentemente, incluso en la sonoridad de su apellido, bastante del doctor Livesey de “La isla del Tesoro”.

Lo mismo ocurre con el personaje que se erigirá en protector de James Lockhart a lo largo de buena parte de la novela, el proteíco mayor Alain de Montfort, que, como Livesey en el caso de Jim Hawkins, se encarga de sacar de más de un apuro a James Lockhart, llevándolo incluso hasta los brazos de la protagonista femenina de “El oro de Stonewall Jackson”, Kate Dandridge, que, como Jim Lockhart o el propio Alain de Montfort, comparte paralelismos con otros personajes de Stevenson incluso en su nombre. En este caso, con la Catriona que daba título a una de las dos novelas de la serie que “Tusitala” dedicó a las aventuras de David Balfour en la Escocia inmediatamente posterior al fracaso de la última rebelión jacobita, la del año 1745. Ciclo en el que, como recordarán los fieles lectores de Stevenson, también hay un protector del joven héroe de esa saga en dos volúmenes llamado Alan -tan parecido a Alain-  Breck.

Dicho todo esto los lectores de esta página se preguntarán, con razón, si hay algo más que merezca la pena comentar detrás de esa habilidad de Robert J. Mrazek para apoderarse de las tramas de Stevenson y llenar su propia novela de guiños cómplices como estos.

La respuesta a esa pregunta, naturalmente, es afirmativa. De otro modo este tercer número de “La novela antihistórica” estaría ahora mismo hablando de otras cosas. Mrazek sabe, en efecto, manejar con mucha habilidad todos esos guiños pero, además, sabe crear con ellos una historia original en la que los paralelismos con la obra de Stevenson son, principalmente, un estímulo para que el interés de la lectura aumente entre todos los que se han atrevido a pasar de la atractiva portada de “El oro de Stonewall Jackson”.

Mrazek va incluso mucho más allá de lo que Stevenson se permitió en muchas de sus mejores obras, como, sin duda, lo es el caso de “La isla del tesoro” y, en menor medida, la serie dedicada a David Balfour. Así, la sexualidad de sus personajes es mostrada con toda la crudeza que, por desgracia, va asociada  a una situación de guerra como aquella en la que se enmarca la acción de “El oro de Stonewall Jackson”… o la Escocia de 1745.

La madre de James Lockhart no tarda en ser asaltada, como era lógico esperar, por el cabo Blewitt. Lo mismo le ocurrirá a Kate Dandridge cuando la banda de desesperados sudistas que persigue a James Lockhart en busca del mapa que indica el punto en el que estaría enterrado el oro de Stonewall Jackson, llegan hasta su casa familiar. Puede decirse que la lógica de la situación y de los personajes así lo exigen y Mrazek no se anda con demasiados miramientos, ni impide que sus personajes se expresen como se debe expresar alguien atrapado en esa situación extrema, aunque esas escenas en la novela no llegan a ser todo lo terribles que, desgraciadamente, llegaron a ser en la vida real.

Detalles como esos dotan de una veracidad contundente a la novela de Robert J. Mrazek. Una que necesita toda aquella que, como es el caso, no esté amparada por un genio como el de Robert Louis Stevenson, capaz de cubrir y disimular con Arte las inevitables concesiones a la gazmoñería victoriana que encorsetó su obra y la de muchos otros.

Esa es la tónica general en la novela. El resultado final es de los que en esta redacción sólo podemos alabar. Es decir, el de lograr un relato de época conseguido. O, en otras palabras, una buena novela histórica.

Las armas, los movimientos tácticos, la vida militar de la época de la Guerra de Secesión, están descritas con perfección en “El oro de Stonewall  Jackson”. Casi hasta el último detalle. Como se puede apreciar, por ejemplo, en el atuendo del cabo Blewitt.

Pero además Mrazek no se conforma con esos episodios que dotan de veracidad y acción a la trama de la novela. Junto a detalles como esos, se preocupa, sobre todo, por describirnos la vida de retaguardia de la población civil alejada de esos escenarios épicos. Así, junto a la descripción minuciosa, verosímil, de grandes batallas como Manassas,  aparecen en las páginas de “El oro de Stonewall Jackson” hiperinflación y devaluación de la moneda confederada a medida que la derrota de sus tropas se va haciendo más y más evidente, mujeres viudas o con maridos desaparecidos, como es el caso de la madre del protagonista, y bandas de desertores, cada vez más envalentonadas y envilecidas a medida que la disciplina y el propio ejército confederado se van convirtiendo en una entelequia.

Esa voluntad deliberada de reflejar con exactitud el marco histórico en el que se desarrolla la acción, lleva a Robert J. Mrazek a escoger un final que remata más que dignamente “El oro de Stonewall Jackson” como novela histórica y, de hecho, como novela sin ninguna clase de adjetivos.

Así es, la “Nota del editor” que cierra el libro describe personajes que, ante todo, cumplen la que debería ser la primera norma de toda buena novela histórica. Es decir, la de ser plausibles literariamente sin forzar el marco histórico que el autor ha elegido para emplazarlos. Las cosas que les ocurren a los Lockhart, madre e hijo, especialmente a este último, son las que padecieron o, más raramente, disfrutaron, muchos europeos o americanos de la segunda mitad del siglo XIX.

La calculada oscuridad en la que Mrazek sume el desarrollo y la culminación de la relación entre James Lockhart y Kate Dandridge, las propias vidas de los dos personajes después de aquella aventura tras el oro de Stonewall Jackson, es verdaderamente honesta. Con la Literatura en sí y, lo que más nos interesa en este caso, con la que elige la Historia como soporte básico de su acción. Lo que se cuenta en esas páginas es lo que, más que probablemente, les hubiera ocurrido de haber vivido el resto de sus vidas entre la América y la Europa de la segunda mitad del siglo XIX.

Nada -o muy poca cosa- habría, pues, que reprochar a “El oro de Stonewall Jackson” como novela histórica.

El único punto negativo de esta crítica debe sumarse, como ya empieza a ser habitual en las páginas de “La novela antihistórica”, en contra de la editorial que la ha publicado. Una vez más nos encontramos en este caso con el problema que venimos denunciando en estas páginas desde nuestro primer número. Esto es, la falta de criterio, el snobismo indocumentado de los editores españoles, que compra y vende este tipo de novelas sin que, al parecer, les preocupe poco o nada si tienen calidad -como ocurre en el caso de “El oro de Stonewall Jackson”- o no.

La, en general, fracasada colección “Militaria” en la que Planeta eligió situar “El oro de Stonewall Jackson”, es un perfecto ejemplo de esa política de publicar novela histórica importándola desde el exterior sin ningún criterio y, en apariencia, sin tener nada que ofrecer como contrapartida a ese intercambio desigual.

En efecto, la mayor parte de las novelas de esa serie, por no decir casi todas, son anglosajonas y describen la realidad de un buen número de períodos históricos desde esa perspectiva. El público español queda así privado de conocer su propia Historia. No ha habido, en efecto, que se sepa, ni un amago siquiera por parte de Planeta, de publicar en esa serie que, por otra parte ha pasado completamente desapercibida, novelas ambientadas en el equivalente español a la Guerra de Secesión. Esto es, la llamada Tercera Guerra Carlista desarrollada entre 1873 y 1876…

De todas las novelas de la serie “Militaria”, en efecto, sólo hay, de momento,  una, “La gran cifra de París”, ambientada en territorio español -durante la Guerra de Independencia- y escrita por un español. Desgraciadamente se trata de Julio Albi, alguien que está incapacitado para escribir nada siquiera interesante sobre esa parte del pasado, en cuanto que miembro de una clase social y una generación marcada por los tópicos históricos habituales en la Ultraderecha española que conformó el régimen que dominó a ese país entre 1939 y 1975. Una situación que, como venimos denunciando desde el primer número de esta página web, exige que la Historia de España sea un conjunto ininterrumpido de fracasos. Incluyendo en ese lote -¿qué mas da?- episodios evidentemente victoriosos como la Guerra de Independencia de 1808 a 1813, que es en la que torpemente el señor Albi ha tratado de situar la acción de “La gran cifra de París” que le ha publicado Planeta en esta serie en la que también se ha editado “El oro de Stonewall Jackson”.

A ese respecto resulta un verdadero alivio saber que Planeta ha fracasado en esta aventura editorial que, al margen de buenas novelas históricas como “El oro de Stonewall Jackson”, sólo nos ofrece más de la pervertida doctrina que ha convertido en una especie de aborto la idea que el público de habla española tiene sobre su propio pasado. Esa que le lleva a creer que episodios habituales en el resto de Occidente, como los que describe la novela de Robert J. Mrazek, nada tienen que ver con ellos, que son descendientes de un proceso histórico peculiar, excéntrico con respecto a lo que es normal en Europa y en el resto del mundo europeizado…

Un error vulgar cuidadosamente mantenido en perfecto estado de salud por el mundo editorial español -ellos sabrán por qué- y que, como comprobamos en el número anterior de “La novela antihistórica”, se puede desmentir con sólo echar un vistazo a un par de fotografías de época.

Las que ilustran este número son otro perfecto ejemplo del nivel de ignorancia al que los editores españoles están conduciendo a su público gracias a esa política de publicaciones que además de no producir, parece ser, beneficios económicos netos -la primera regla de un negocio de éxito-, parecen destinadas únicamente a perpetuar el analfabetismo sobre nuestra propia Historia alimentado con verdadero ahínco durante la dictadura franquista. Si lo que pretendían los editores de Planeta es el fomento de ese complejo de inferioridad colectivo, de esa idea generalizada de que España es un país “diferente”, destinada a asegurar la dominación de cierta oligarquía sobre él, pueden felicitarse. Seguramente lo han conseguido. ¿O hay, hoy por hoy, muchos lectores de novela histórica publicada en español capaces de distinguir a un soldado de la Guerra de Secesión de un integrante de los ejércitos que lucharon, en uno o en otro bando, durante la Tercera Guerra Carlista entre 1873 y 1876?.

Seguro que no. Gracias, pues, a esa política de publicaciones es necesario explicar que la primera imagen -obtenida bajo licencia Creative Commons- que ilustra este nuevo número de “La novela antihistórica”, corresponde a un  oficial de la Unión. Y la segunda a otro hombre del mismo rango que sirvió en la escolta del Pretendiente carlista en la guerra de 1873 a 1876 y nos ha facilitado, una vez más, la amabilidad de José María Tuduri.

Como ven, apenas hay diferencias entre uno u otro. Lo cual debería llevar a todos los que leen novela histórica publicada en español a reflexionar sobre el pésimo trato que parecen estar sufriendo por parte de sus proveedores habituales. Y también sobre las razones por las que estos sólo parecen dispuestos a permitirles leer cierta clase de novela histórica que parece estar muy bien seleccionada. Por no decir censurada para no permitir que pase por esos filtros nada que no pudiera haber sido publicado, pongamos por ejemplo, en la España de 1959.

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Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
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2 respuestas a Un saldo interesante. “El oro de Stonewall Jackson”

  1. Antes que nada felicitaros por la página. No sólo protocolariamente, sino también de corazón y de cabeza. Ya iba haciendo falta alguna especializada en el tema.

    E insinuaros un probable campo de lo más fecundo para un estudio: Córdoba, como inocente víctima reciente de sienes y sienes de juntaletras ávidos de pasta que la han tomado con ella haciéndola escenario de sus pestiñosas novelas histérico-fosfóricas aprovechando su fastuoso pasado moruno.

    Yo lo haría, pero habiendo comenzado un par de ellas y habiendo notado cómo escrófulas purulentas me salían como natural reacción alérgica he tenido que desistir. Pero igual vosotros estáis inmunizados…

    • Se acepta, cómo no, el sabio comentario -aunque con retraso por causas técnicas- y la sugerencia. En efecto, Córdoba es campo fecundo teniendo en cuenta lo que algún escritor de allí ha tratado de hacer pasar, durante décadas por novela histórica. Un cordial saludo de la redacción

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