Un daguerrotipo victoriano. “El último Dickens” de Matthew Pearl

La redacción de “La novela antihistórica” no tiene más remedio que celebrar el éxito de esta tercera novela de Matthew Pearl traducida para el público español después de “El club Dante” y “La sombra de Poe”.

La aparición en formato de bolsillo de “El último Dickens”, cosa que ha tenido lugar, como bien sabrán nuestros lectores, no hace demasiado tiempo, es también una buena ocasión para felicitar a Alfaguara por haber tomado el relevo a Seix-Barral en la publicación de las obras de este autor. Aunque, claro, es evidente que la editorial del Grupo Prisa ha apostado sobre seguro al hacerse cargo de la, según parece, rentable obra literaria del neoyorkino.

Desde nuestro punto de vista -el de un grupo de historiadores preocupados por la manipulación que se hace de nuestro campo de trabajo en obras de difusión masiva como éstas-, “El último Dickens” supone un cierto alivio para una vista cansada de leer absurdos históricos en obras que pretenden presentarse, además, como la panacea a la ignorancia sobre el pasado que ellas mismas fomentan. Caso, por ejemplo y sin ir más lejos, de la que se criticó en el primer número de esta revista.

Así es, “El último Dickens” nos reconcilia -al menos momentáneamente- con nuestro peculiar mercado editorial. Sería injusto no reconocer en estas páginas que, gracias a ella, un buen número de lectores en lengua española han podido aprender algo útil sobre la sociedad victoriana. Tanto sobre su modelo original, obviamente el de la Gran Bretaña gobernada por la reina Victoria -concretamente la de 1870, casi, por tanto, a mitad de ese reinado que acaba en 1900-, como sobre una de sus réplicas más acabadas o, al menos, conocidas -gracias al cine de Hollywood, por supuesto-: la de los Estados Unidos de Norteamérica.

En efecto, los lectores de “El último Dickens” entran de lleno en  ese recodo del pasado con esta novela en la que, una vez más, Matthew Pearl nos devuelve al Boston de la segunda mitad del siglo XIX y al peculiar universo literario puesto en marcha en “El club Dante”. Es decir, al del microcosmos académico de Harvard y, sobre todo, al del mundo editorial yankee, reflejado, principalmente, en la editorial “Ticknor, Fields y compañía”. La misma empresa en la que, en el momento en el que se desarrolla la acción de “El último Dickens”, el James R. Osgood de “El club Dante”, algo más maduro ya, se ha convertido en el socio más joven de la misma. Puesto de responsabilidad que le llevará a verse envuelto en un escabroso misterio relacionado con la última novela escrita por Charles Dickens antes de morir, “El misterio de Edwin Drood”.

A partir de ahí, Pearl desarrolla una trama sumamente cuidadosa con respecto a la época en la que ha ambientado su relato.

El modo en el que acciona a los personajes de la obra de acuerdo, únicamente, a lo que era posible en la sociedad de la época es sencillamente magistral a lo largo de la mayor parte del relato.

Así es, el autor de “El último Dickens” consigue efectos que están muy lejos de dominar otros que se inmiscuyen en el amplio, vago y maltratado campo de lo que se conoce como “novela histórica”. Por ejemplo su protagonista femenina, Rebecca Sands, es un personaje verdaderamente complejo y lo es no por un capricho de Matthew Pearl, sino porque las circunstancias que la rodean socialmente -es decir, las del cerrado, sofocante, Occidente victoriano- la han hecho así. Principalmente las duras condiciones económicas y sociales que debe enfrentar una mujer de esa época que ha preferido el divorcio a continuar soportando malos tratos por parte de su primer marido. Otro personaje que demuestra el buen hacer de Pearl en esta su tercera novela, al describirlo el autor en toda su complejidad a pesar de que su aparición en la novela apenas ocupa unas cuantas líneas de las casi quinientas páginas de “El último Dickens”. Se trata de un antiguo soldado de la Unión, de profesión carpintero, que regresa a su casa trastornado después de haber caído prisionero de la Confederación y ser remitido al atroz campo de Danville, precursor de los de exterminio erigidos por los nazis. Estado de pesadilla consciente que finalmente acaba haciendo de él el maltratador que terminará empujando a Rebecca Sands a la difícil situación de mujer divorciada en la América decimonónica.

La réplica que puntualmente da el señor Osgood a la desgraciada señorita Sands está tallada con la misma precisión que amolda las características de los personajes a la época elegida como marco y no a la inversa, como suele ser habitual en demasiadas novelas que aspiran al adjetivo de “históricas”. En efecto, el ya más maduro que joven editor, que ha ascendido en “Ticknor, Fields y compañía” desde su puesto de ayudante en “El club Dante” hasta el de socio en “El último Dickens”, evoluciona y se comporta de acuerdo a las estrictas normas que se impone la burguesía europea victoriana de la que, se supone, él es un acabado representante.

Así, su amor por la señorita Sands, con la que acaba compartiendo la aventura de buscar, casi por medio Mundo, los últimos capítulos de “El misterio de Edwin Drood”, es adecuadamente tímido y pacato. Su idea de lo que es socialmente conveniente o no es igualmente producto de esos convencionalismos. Lo mismo se puede decir del modo en el que reacciona frente a la destrucción de ese orden social al que asiste durante la mayor parte de esta novela, cuyo eje básico es la búsqueda de los últimos capítulos de la última novela de Charles Dickens. Una circunstancia que le obligará a adentrase, casi siempre a su pesar, en el otro lado del espejo de la correcta, encorsetada y almidonada sociedad victoriana. La que ocultaba detrás de una plácida superficie un atroz cúmulo de disfunciones sociales, como ya lo dejaron claro dos de los principales escritores de esa época y lugar: Oscar Wilde por medio de “El retrato de Dorian Gray” y Robert Louis Stevenson  a través de “El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde”.

Así, Matthew Pearl cierra un círculo casi perfecto en el que nada, o casi nada, deja que desear a los lectores que se han acercado a él buscando, además de un rato de entretenimiento literario, aprender algo sobre el pasado sin tener que recurrir a un libro de Historia.

De hecho, el escritor neoyorkino hace alarde de su capacidad, de su dominio sobre la época en la que parece sentirse tan a gusto, y así nos muestra todos los recovecos y oscuros matices de una sociedad del pasado tan compleja, tan distinta de la nuestra, como lo fue la victoriana, a pesar de que de ella nos separan tan sólo apenas un par de generaciones. Eso es al menos lo que parece querer conseguir introduciendo en la trama la historia de uno de los hijos de Dickens -Francis- que, como él mismo explica a lo largo de sus espasmódicas apariciones en la novela, ha abandonado el hogar paterno para evitar marchitarse a la sombra de su famoso padre y se ha hecho a sí mismo ingresando en la Policía colonial británica y ascendiendo en ella hasta el puesto de comisario. Institución cruel por su propia naturaleza -como bien lo sabe cualquiera que haya leído a otro gran novelista británico, George Orwell, miembro de ella a comienzos del siglo XX- y, por tanto, uno más de los reflejos oscuros de la pulida superficie del espejo en el que se quiere reflejar la sociedad victoriana que, sabiamente, Matthew Pearl no hace el más mínimo esfuerzo por ocultar.

En efecto, gracias a ese personaje, Francis Dickens, y a la habilidad con la que lo maneja el autor neoyorkino, los lectores descubren la clase de aventureros y delincuentes de uniforme y con la Ley de su lado que permiten que la burguesía de Londres y, de hecho, de gran parte del mundo occidental decimonónico, pueda respirar tranquila en sus respectivas metrópolis gracias al trato inhumano que se dispensa a los pueblos asiáticos dominados por Gran Bretaña en esos momentos. Un asunto al que el cultivo y tráfico sistemático de opio no es, en absoluto, ajeno. Más bien todo lo contrario, como lo deja bien claro Matthew Pearl a través de la mirada atónita del desencantado hijo de Charles Dickens que asiste en primera línea, por así decir, al desarrollo real, no ficticio, del asunto que su padre decidió convertir en el argumento de la que será su última novela.

Dicho esto, poco más se puede añadir a una crítica del tipo de las que llevamos a cabo en “La novela antihistórica”. Tan sólo que es una lástima que el estilo literario no acompañe muchas veces a un vehículo de datos históricos tan brillante como “El último Dickens”. Matthew Pearl sigue siendo, en efecto, un autor difícil de seguir, con una narración que se pierde en largos circunloquios y que divide la acción de un modo en el que, más que suscitar interés en sus lectores, les invita a tomarse unas largas vacaciones de cada uno de sus libros para poder llegar hasta la última página de los mismos.

Por lo demás es también de lamentar que las editoriales españolas se peleen por controlar y vender en su mercado productos como éste, de indudable calidad, y no hagan otro tanto con la producción local que, sin duda, podría superar ampliamente este modelo americano cuyos representantes más conspicuos son el propio Matthew Pearl y Caleb Carr. El caso de “Alcolea”, que publicábamos con nuestra primera crítica, es un buen ejemplo de hasta dónde se podría llegar por ese camino si las grandes editoriales apostasen decididamente por producciones como esas.

El material para obras de este estilo no faltaría, desde  luego, sin necesidad de comprarlo en mercados exteriores. Recomendamos a nuestros lectores que echen, por lo menos, un vistazo a un ameno libro de Historia, “Gobernar colonias”, del profesor Josep María Fradera.

En sus páginas encontrarán personajes que hubieran hecho temblar al mismísimo Edwin Drood, o incluso a Herman “Cabeza de hierro”, y a los que temieron y respetaron funcionarios coloniales británicos como los que se encarnan en Francis Dickens y sus atrabiliarios compañeros. Todos ellos fueron reales y de nacionalidad española, por más que hoy, debido a la absurda política de publicaciones de nuestro mercado editorial que ya denunciábamos desde la presentación de esta revista el pasado 20 de julio, sea casi completamente desconocida para el público de habla española.

Una situación que a veces roza lo absurdo y que sería cómica de no ser más bien trágica por lo que se revela tras ella. Los ejemplos abundan. Nuestros lectores podrán comprobarlo por sí mismos si echan un vistazo atento a las dos imágenes que ilustran esta segunda crítica de “La novela antihistórica”.

Seguramente la mayoría habrá creído que esos dos serios personajes decimonónicos, victorianos, son, respectivamente, un prospero industrial del Manchester de 1870 y un marino de la “Royal Navy” de su Graciosa Majestad Británica…

En realidad, son, respectivamente, Baldomero Ollo, industrial de la segunda mitad del siglo XIX, en efecto, pero no de Manchester sino de Tolosa y Alejandro Churruca y Brunet, descendiente del héroe de Trafalgar que en 1840, antes de embarcar, se hizo retratar en Bayona en ese magnífico daguerrotipo que hoy, como la fotografía de Baldomero Ollo, se conserva en la Colección de José María Tuduri, quien gentilmente nos ha permitido sacar estas dos imágenes -aunque sólo sea por unos momentos- del olvido al que parecen estar condenadas gracias a la política de compras de las grandes editoriales españolas que, pese a acertar muy excepcionalmente en casos como “El último Dickens”, siguen, por regla general, perpetrando favores que matan -al estilo de aquel personaje de Stendhal- cuando deciden qué novela histórica debe ser publicada en España y qué otra debe ser comprada a editores extranjeros.

Así, por el momento, nuestra ignorancia sobre nuestro propio pasado no hace sino aumentar cada vez que compramos una novela histórica en español gracias a la  mezcla de reaccionarismo político y esnobismo -penosamente indocumentado, zafio y hortera- que caracteriza a quienes deciden qué se puede -o se debe- publicar dentro de nuestro, por lo general, lamentable mundo editorial.

Las consecuencias de semejante horizonte son, de momento, imprecisas, pero sí se puede afirmar -al menos desde la perspectiva que da nuestro oficio de historiadores- que a medio plazo, como poco, son muy poco halagüeñas. Especialmente para quienes, como ocurre con la editorial de “El último Dickens”, hacen profesión de fe progresista y demócrata en cuanto surge ocasión para ello.

Dicho queda, aunque, a la vista de lo que ha ocurrido en este reino junto al mar durante los últimos treinta años, imaginamos que de nada servirá y nadie, absolutamente nadie, hará nada para que el público que lee novela histórica en español deje de creer que personajes como Baldomero Ollo o Alejandro Churruca y Brunet sólo pudieron existir en el Boston de 1870 en tanto que por estas latitudes sólo había “tocaores”, “bailaores”, flamencas y cigarreras con navaja en la liga…

Anuncios

Acerca de Carlos Rilova Jericó

Licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco. Administrador del weblog de "La novela antihistórica", creada como página de crítica independiente en el año 2010 para ayudar a mejorar el criterio de selección de obras de gran difusión comercial entre el público y redactor de la reseña mensual de acceso libre publicada en esa página cada día 20 de cada mes. Director del banco de imágenes y centro de investigación histórica "La colección Reding". Profesional de la investigación histórica y cultural para diversas empresas y organismos públicos desde el año 1996.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Un daguerrotipo victoriano. “El último Dickens” de Matthew Pearl

  1. Celebro que hayais creado esta brújula para los amantes de la novela histórica. Siempre que visito una librería y compruebo el alud de publicaciones del género -algunas de ellas, por cierto, escritas por compañeros de la radio-me pregunto quién controlará el rigor histórico de lo que cuentan.

    Ánimo y leña al mono.

  2. soyleyenda dijo:

    Interesante novela. Tras tu comentario gana enteros como “novela histórica” y su ambiente literario la hacen ganar puntos; pero por desgracia Pearl todavía anda muy lejos de otros campañeros suyos y sigue costándole enganchar al lector con unas tramas más elaboradas.

    Destaca en la ambientación y falla en la ejecución.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s